martes, 28 de agosto de 2012

PRECES Y BULAS


A Guillermo Ugarte Chamorro,
hombre de teatro y buen amigo,
mi amistad eterna.



OVIDIO, TRAGEDIA DE UN RELEGATUS

El castigo impuesto a Ovidio consistió en la relegatio o confinamiento, no en el exilium o destierro, aunque el poeta usa indistintamente estos términos para referirse a su mísera condición, probablemente con la intención de despertar la compasión de los lectores de aquel entonces, pues, la soledad y la tristeza que lo embargaba en tomos debía ser indescriptible.  El mismo Ovidio confirma su condición de confinado en sus “Póntica”...

“Sin embargo, así como desearía que se pudiera negar también mi falta, del mismo modo nadie ignora que el delito se halla lejos de mí.  Porque, si parte de mi culpa no fuera excusable, la relegación habría sido un castigo pequeño.  Pero el propio César (Augusto), que todo lo ve con claridad, vio que mi delito podía llamarse necedad.  En la medida en que yo mismo y las circunstancias lo permitimos, me perdonó y usó el fuego de su rayo con moderación.  No me quitó la vida, ni los bienes, ni la posibilidad de regresar.
(Op. Cit. I, 7 VV. 39 –49)


Sulmona, ciudad natal del
poeta
Las causas por las cuales el poeta fue relegado no son claras, aunque las hipótesis que se barajan echan un poco de luz en este asunto tan brumoso.  Ovidio lleva en Roma buena vida, entre las elegancias del gran mundo, la poesía y las alabanzas que resonaban cada vez más fuertemente a su alrededor. Repentinamente en el año 8 d.C., cuando el poeta contaba ya 51 años, una orden de Augusto lo obligaba abandonar sin tardanza Italia y dirigirse a Tomos, antigua colonia de Mileto y entonces pequeña plaza fuerte en los confines del imperio.  La localidad, habitada por getas con algunos griegos barnizados, era árida, inclemente e insegura.  Ovidio, en diversas epístolas de las “Tristias” o de las “Pónticas”, se queja y lamenta de los getas, cuya lengua debió aprender durante los nueve años de confinamiento.  Dice el poeta sobre los getas en los libros citados: “Que la tierra me acose con la guerra y el cielo con su frío; que me ataque el fiero geta con sus arma...”,Esta carta, en lugar de mi voz, mesalino, te ha traído desde los crueles getas el saludo que está leyendo”, “ruégale que no me deje su presa débil de los getas y que conceda un suelo apacible a mi desgraciado exilio.”

Metamorfosis, poema épico
Acosado por el dolor, el poeta católico arroja al fuego los 15 volúmenes de las “Metamorfosis”, poema épico que comprende la narración de 246 fábulas metamórficas, dispuestas cronológicamente, desde el caos hasta la transformación en estrella de Julio César, escogidas entre el riquísimo repertorio de la tradición griega y entre las fábulas itálicas.  En una larga seña de adynata, Ovidio afirma que después de la decepción que Pompeyo Macro le ha proferido no hay nada imposible, ni siquiera la inversión del normal acontecer del cosmos “De nuevo fluirán hacia atrás desde el mar hasta su nacimiento los profundos ríos y el sol, dando la vuelta a sus cabellos, retrocederá; la tierra tendrá estrellas, el arado se hendirá en el cielo, el agua producirá llamas y el fuego agua; todo irá contra las leyes de la naturaleza, y ningún cuerpo seguirá la ruta que le fue asignada”. (Tristias. I, 8vv. 1-5). La fidelidad de Macro Pompeyo hacia Ovidio brillo por su ausencia: no tuvo ninguna contemplación en retirar las obras del poeta de las bibliotecas públicas de Roma, tal como lo atestigua Suetonio (Augusto 56), para evitarse cualquier inconveniente con el emperador; este hecho contrasta con la fidelidad que le demostró Higinio, encargado de la Biblioteca Palatina.  El abandono en que lo dejaron los amigos de otros tiempos, ahonda la pena del poeta desterrado quien, empleando imágenes metafóricas ya aparecidas en elegías anteriores, compara su destierro con una condena a muerte y, por ende, su despedida de Roma con las honras fúnebres, organizadas para despedir a un difunto.

Pero no sólo es Macro Pompeyo el destinatario de sus reproches, también Aurelio Cota Máximo: “¿Tú, también, esperanza en otro tiempo de mis cosas, tú que eras para mí refugio y puerto, tú también abandonas el cuidado del amigo acogido y te descargas tan pronto del piadoso peso del deber?  Soy una carga, lo confieso, que, si ibas a dejar en un momento nada favorable para mí, no debiste haberla tomado.”  (Tristias. V, 6vv. 1-7). En contra parte, Ovidio también se deshace en alabanzas para con aquellos que sí se mantuvieron al lado suyo cuando estuvo desterrado en Tomos.  Uno de ellos se Suilio Rufo, que estaba casado con la hijastra de Ovidio, la hija que su tercera esposa, Favia, había tenido en su primer matrimonio.  Ovidio recurrió a él para que intercediera a su favor ante germánico, ya que por entonces Suilio Rufo era cuestos.  Si nos atenemos a las palabras de Tácito en sus “Anales”, este Suilio tenía una moralidad dudosa, lo que lo llevó a ser desterrado en tiempos de Tiberio y a hacerse conocido durante el reinado de Claudio por sus traiciones (“Anales”. IV 31, 3; XI 5, 1 y XIII 42, 2).  Aunque ya no hagas nada por mí, he quedado en deuda con tu intención amistosa y llamo mérito a querer ayudarme. ¡Que ese entusiasmo tuyo dure por largo tiempo y tu piedad no se canse de mis desgracias!  Algún derecho me otorgan los lazos de parentesco, que deseo permanezcan siempre indisolubles.  Pues, la misma que es tu esposa, es casi mi hija, y la que te llama yerno, me llama a mí su esposo.” (Pónticas. VI, 8 vv. 5 –12).  En otra epístola, cumplido ya el sexto invierno que pasa Ovidio en Tomos (invierno del 14 al 15), el poeta se dirige a su entrañable amigo Caro, poeta preceptor de los hijos de Germánico, quien siempre dio a Ovidio muestras de gran lealtad y fidelidad, ya en una elegía de las “Tristias”, el poeta tenía la esperanza de que Caro le conseguiría el perdón del Emperador.  Ovidio no se siente culpable, pues, considera que él no ha atentado contra la vida del César, ni que sus palabras hayan ofendido al Emperador.

Augusto
En su defensa, Ovidio se dirige al Emperador Augusto alegando de que otros poetas antes que él también cantaron poemas amorosos y que nunca fueron castigados por ello.  Manifiesta el poeta que bajo sus “enseñanzas” ninguna esposa aprendió a ser infiel, puesto que gran parte de lo escrito en sus obras de carácter amoroso no son más que invenciones de corte falso y fingido y que los comentarios que muchos han hecho sobres u obra dicen más de lo que él se pr0ouso decir.  Las justificaciones de Ofidio no dejan de tener asidero, por cuanto poetas como Terencio, Sajo, Caúmaco, Meandro, Sófocles o el mismo Homero tocaron temas mucho más “impúdicos” que los de él y no recibieron en su tiempo el más mínimo reproche.  Escuchemos al poeta en sus descargos: “Se han añadido también a la tragedia bromas obscenas, y cuenta ésta con muchas palabras que han olvidado el pudor.  Ni perjudica en nada al autor que nos presentó a Aquiles afeminado el haber disminuido sus valientes hazañas con sus versos (alusión a la intimidad proverbial entre Aquiles y Patroclo (cf. Iliada I 348 y sigs.), que, al parecer, fue abordada en un drama de Sófocles).  Arístides recogió en sus obras los cuentos milesios que habían sido objeto de reproche y, sin embargo, no fue expulsado de su ciudad (Referencia Arístides, poeta de Mileto y autor de una recopilación de cuentos o narraciones cortas, titulada “Milesiaca”, de carácter fuertemente procaz.  Estos cuentos pueden considerarse un claro antecedente del “Satiricón” de Petronio y del “Decamerón” de Bocaccio); ni Eubio, autor de un relato impuro, que describió la corrupción de la semilla en el vientre materno (Eubio es un escritor prácticamente desconocido y, por lo que parece indicar Ovidio, autor de una especie de tratado del aborto, probablemente basado en relatos mitológicos), ni aquel que compuso hace poco los libros sibaritas (Alusión a Hemiteón de Sibaris, autor de una obra bastante obscena, que abordaba especialmente la pederastia; esta obra es mencionada también por Marcial y Luciano)  huyeron de su patria, ni aquellos que no silenciaron sus experiencias amorosas (aquí Ovidio alude a todos los autores de obras obscenas en general. Si nos apoyamos en testimonios como los de Marcial o Suetonio, podemos concluir que este verso de Ovidio se refiere especialmente a los escritores que destacaron en esta faceta literaria:  por ejemplo, Astianassa, Elefantes y Filainis, autoras de poemas auténticamente pornográficos);  todas estas están confundidas con las obras de doctos atores, expuestas al público gracias a la generosidad de nuestros generales se hallan a disposición de todos y para no defenderme sólo con armas extranjeros, también  la literatura romana contiene muchos temas licenciosos, y así como el grave Ennio contó las guerras con un estilo propio, Ennio, sublime por su ingenio pero tosco en su arte, y así como Lucrecio analiza las causas del fuego que todo lo devora y vaticina la caída de los tres elementos del mundo de  la misma forma el lascivo Catulo cantó con insistencia a su amante, que tenía el falso nombre de Lesbia (Catulo, contemporáneo de Cicerón y de Lucrecio, merece el título de “padre de la poesía lírica romana”. Su obra está muy influida por Safo y Calímaco.  Corrió innumerables aventuras con hetairas o mujeres casadas que lo llevó a endeudarse considerablemente.  En los poemas de Cátulo, la mujer amada se llama Lesbia; escoge ese nombre en honor de la mujer griega que mejor cantó el amor: Safo de Lesbos.  La mención de Ovidio está impregnada, evidentemente, de una dosis hiperbólica, como buscando magnificar el hecho ante los oídos y ojos del emperador Augusto; y no contento con ésa contó muchas historias de amor, en las cuales él mismo confesó su propio adulterio” (“Tristia”, II, vv. 409 – 431).

Al mismo tiempo se excluía de las bibliotecas públicas el “Arte amatoria”, publicada seis años antes. El motivo de tan duro castigo que arruinaba totalmente la vida de un hombre ya madura se ha ido aclarando, en algo con el tiempo.  Lo cierto es que la conducta de Augusto que, para evitar la publicidad de un proceso, condenó al poeta sin ningún procedimiento judicial y veló hipócritamente con la suave orden de relegación la efectiva crueldad de la pena, hace pensar en un escándalo de corte, del que Ovidio fuese tal vez cómplice.  Y se ha hecho notar que, en el mismo año en que era desterrado Ovidio, se condenaba a la misma pena, por orden del Emperador, a Julia, sobrina del monarca, que, siguiendo la misma suerte y el mismo triste ejemplo de su madre, se había hecho rea de relaciones ilícitas con el joven Patricio Silano. El pretexto declarado fue una medida de moralidad pública contra el poeta, que había enseñado el adulterio y se había hecho responsable moral de un estado de disolución en las familias. Revisando algunos versos de las “Pónticas” encontramos algo revelador que ha hecho pensar a algunos autores que el delito que motivó la condena del peta consistió en haber visto algo ofensivo para la dignidad de la familia imperial o haber incurrido en algún sacrilegio con la vista; así, por ejemplo, como haber visto a Livia desnuda, o haber contemplado los misterios de alguna ceremonia religiosa vedada a los hombres, como el culto a la Buena Diosa o a Isis.  Asimismo, la alusión al mito de Acteón que hace Ovidio, hace pensar inmediatamente en la hipótesis de que el poeta hubiera contemplado desnuda a Livia, esposa de Augusto.  Como se sabe, Acteón, hijo de Aristeo y Autónoe y nieto de Apolo y de Cadmo, se educó junto al centauro Quirón, que le enseñó el arte de la caza.  Un día, cuando cazaba en el Citerón, contempló a Artemis cuando se bañaba desnuda.  La diosa lo transformó un ciervo y enfureció contra él a los perros de su jauría, que lo devoraron sin conocerlo y luego lo buscaron en vano por todo el bosque (cf. Ovidio, Metamorfosis. III 138 –252) Veamos los versos de las “Pónticas” alusivos a este hecho, donde también el poeta se califica como uno de los mejores autores de su tiempo...

“¿Por qué tuve yo que ver algo? ¿Por qué torné culpable mis ojos? ¿Por qué?, ¡Imprudente de mi!, ¿tuve yo conocimiento de aquel delito? sin pretenderlo, Acteón contempló desnuda a Diana y, sin embargo, no por ello fue menos presa de sus propios perros; y es que, a los ojos de los dioses, hasta el azar hay que expiarlo y un hecho casual no obtiene el perdón, si ha sido ofendida una divinidad. Aquel mismo día en que me perdió un mal error, cayó la mina sobre mi casa, modesta ciertamente, pero sin tacha; y aunque modesta, sin embargo es tal que se celebra por su antigüedad y no inferior a ninguna en nobleza; al no hacerse notar ni por su riqueza ni por su pobreza, un caballero procedente de ella no se distingue en ninguno de los dos sentidos.  MI casa podrá considerarse modesta por su fortuna o por su origen, pero desde luego no pasa desapercibida debido a mi talento.  Y aunque parezca que he abusado de el durante mi juventud, sin embargo tengo un nombre famoso en todo el mundo, y el mundo de los hombres de letras conoce a Nasón y se atreve a contarlo entre los autores que son apreciados.”
(Op. Cit. II, vv 103 –120)

La publicación de “El arte amatoria” (Ars amatoria) suscito cierto escozor entre sus lectores.  De los tres libros que conforman el discurso.  Los dos primeros enseñan a los hombres como se conquista a las mujeres hermosas de liviano amor; el tercero proporciona enseñanza a las mujeres par que sepan retener a su lado los corazones por ellas conquistados.  Sería un error considerar el libro como un tratado de mora, por cuanto una lectura detallada pone frente a nuestros ojos una obra jocosa de fino humorismo, escrita por el buen gusto de un disoluto.  Viendo el escándalo que suscitó su libro, Ovidio se apresuró a escribir los “Remedios de amor” (Remedia amoris) palinodia donde enseña cómo prevenirse para no caer en los lazos del amor y como librarse cuando se halla caído en ellos.  La excusa por el contenido de su arte amatoria se sustenta cuando dice que no la escribió para la sociedad recatada sino para las mujeres de caminos equívocos y para los hombres disipados.  Voltaire lo calificó de libro muy inocente escrito muy decentemente y en el cual no se encontraba palabra obscena alguna “Yo no echaré en cara a Ovidio sino sus “Tristras” serviles

Hay versos en esta elegía que justifican el ácido calificativo del filósofo francés.  En el Libro II leemos lo siguiente:

“¡Que a ejemplo de estas divinidades, te lo suplico, clementísimo César, tu cólera se aplaque gracias a mi ingenio poético!  Cólera ciertamente justa y que no voy a negar haber merecido (mi boca no ha perdido hasta tal punto la vergüenza, pero, si no hubiera cometido esta falta, ¿Qué favor podrías concederme entonces?  Mi suerte te ha ofrecido la oportunidad de perdonarme.  Si cada vez que los hombres cometemos una falta Júpiter enviará sus rayos, en breve quedaría desarmado.  Sin embargo, después de tronar y aterrar al mundo con su estruendo despeja las nubes y devuelve al cielo su claridad.  Con razón, pues, se le llama padre y soberano de los dioses; con razón el ancho mundo no posee nada más grande que Júpiter.  Tu, también, pues que eres llamado soberano y padre de la patria, compórtate como ese Dios que tiene tu mismo nombre.  Pero eso es lo que haces en realidad y nadie ha gobernado nunca con más moderación que tú las riendas de su imperio.  Con frecuencia, tú has concedido al bando vencido el perdón que, de haber resultado vencedor él, no te había concedido”.
(Tristias, Libro II. vv. 27 –45)

Más adelante las lisonjas y las súplicas dirigidas a aquel de quien depende su “indulto” se tornan excesivas; el estado de ánimo del poeta rayan en la angustia y la desesperación:

“Juro por el mar, por la tierra, por las divinidades del tercer mundo, por ti, Dios protector y visible, que mi ánimo ha sido siempre favorable a ti, el más grande de los hombres, y que con mi mente, que es con lo único que pude, fui siempre tuyo.  Yo he deseado que tu ingreso en los astros celestes fuera tardío y forme una mínima parte de la muchedumbre que hacía esta misma súplica; por ti ofrecía piadosamente incienso y, formando un todo con los demás, yo mismo también secundé los votos públicos con los míos.”
(Op. Cit., II v.v. 53 – 61)

Junto a buenos y sabios consejos, en “Remedios de amor”, abundan otros maliciosos, libertinos y burlescos; Ovidio muestra un lenguaje erótico estilísticamente poco pulido.  El poeta echa mano de muchos ejemplos míticos aludiendo a personajes de las “Heroidas”. 

Una de las epístolas más corrosivas de estas “Heroidas” es la undécima, la que Cánace envía a su hermano Macareo a quien le ruega recoja los huesos de su hijo, Macar, y los suyos, enterrándolos en una sepultura.  Hijos ambos de Eolo, dios de los vientos, dejáronse llevar por una pasión incestuosa; fruto de ésta, nació Macar, quien cubierto de yerbas y flores fue sacado del palacio de Eolo por una vieja alcahueta ama de Cánace; para evitar la furia del abuelo.  Descubierto el hecho, el dios de los vientos envió al niño a un bosque donde fue devorado por las fieras; Macareo se refugió en el templo Délfico de Apolo y la infeliz Cánace hubo de suicidarse con un puñal enviado por su padre.  Los versos en los cuales Cánace solicita al hermano amante lleve a cabo su petición logran en la pluma de Ovidio un sublime lirismo:

Mas, ¡Oh tú, dulce y regalado hermano,
De esta tú hermana, que su fin procura,
Tanto tiempo querido y tan en vano!

Ruégote que los miembros in ventura
Recojas de tu hijo, y con su madre
Los deposita en una sepultura.

Rabie su abuelo, desespere y ladre,
Un sepulcro, aunque angosto, nos sustente;
Dame en esto venganza de tu padre.

Vive, y allá en tu alma esté presente
Mi memoria, y mi fin exorbitante
Llora como es razón eternamente.

Mi cuerpo, aunque esté horrendo, no te espante,
Pues es de aquella que se mostró ufana
Con amarte y tenerte por amante.

Ruegote cumplas de tu triste hermana
El último mandato y testamento,
Que yo quiero cumplir de buena gana
De mi iracundo padre el mandamiento.

(“Las Heroidas”, Ovidio, Madrid. Luis Navarro, Editor, 1884, Pág. 189)

Aletea en “Remedios de amor” una ironía tenue y graciosa sobre estos semidivinos amores que Ovidio ridiculiza, cuando se refiere a la ceguera de todos los enamorados que con pinceladas de fantasía embellecen incluso las imperfecciones de sus amantes y llaman Afrodita a la mujer rolliza, o pequeña, a la enana.  Para Ovidio, buen brebaje para los enamorados consiste en pensar en ciertas realidades naturales de las cuales no se hallan libres ni las más bellas mujeres, o de exagerar en sus propios pensamientos ciertos defectos y aun representarse en un desagradable aspecto aquellos caracteres que no constituyen verdaderamente defectos. Tan sólo un hombre de buena sociedad como Ovidio que había convertido en juego el amor y la poesía, podía escribir con tanto desprendimiento sobre un tema tan dramáticamente humano.

Estos dos libros, junto a “De los medicamentos de la cara” (De medicamine facili) comprenden el ciclo amoroso del poeta latino y que serían tomadas como pretexto para que abandone Italia.

Si bien la vida de Ovidio en cuestiones de amor y escarceos amorosos no fue ejemplar y en su juventud se entregase a los placeres fáciles, no llevó la vida desenfrenada de muchos de sus contemporáneos.  Se cree por eso que l nombre de Corina, inspiradora de varias poesías eróticas que componían los “amores” elegías apasionadas de elegante libertinaje, era imaginario.  Se ha gastado mucha tinta acerca de la personalidad de Corina, suponiendo muchos que ese nombre encubría el de Julio, hija de Augusto, opinión consagrada por una tradición de la que se hizo eco Sidonio Apolinar.

Ovidio era muy joven cuando se casó.  El primer matrimonio con una mujer “Nec digna nec utilis”, sin hijos, acabó pronto mediante el divorcio; un segundo enlace con una mujer de buenas costumbres, pero incapaz de una larga convivencia con el poeta, terminó también al poco tiempo.  Pero de este matrimonio ha quedado testimonio en lo que se refiere a la hija tenida con esta mujer; la muchacha se llamó Ovidia y Casóse con Fido Cornelio, un procónsul.  Como el marido se hallaba destacado en la provincia de África cuando Ovidio fue desterrado, la hija no estuvo presente en el triste episodio del destierro del padre (“mi hija se hallaba ausente, lejos, en las costas africanas, y no pudo saber nada de mi aciago destino”). Se lamenta el poeta en las “Tristias”.  No se debe confundir a Ovidia, la verdadera hija del poeta, con su hijastra Perila, aproximadamente de la misma edad que la anterior, casada con Suilio Rufo, que sí se hallaba presente la noche de la despedida de Roma.  Esta Perila, era hija de su tercera esposa, Fabia: Ovidio la llama nostra y no mea y, sobre todo, por el contenido del verso 18 de la “Elegía” que le escribió (“fui como un padre para una hija”. “Tristias” III. 7) y por el verso 11 de “Pónticas” IV. 8 (“es para mí casi como una hija”).  Hoy, la identificación de la hijastra de Ovidio, lleva a pensar que se trate de un pseudónimo; se le ha querido buscar al nombre explicaciones razonables, como la de que podría ser un derivado del gentilicio Petronio, lo que supondría que su madre Fabia había estado casada antes con un tal Petronio, o la explicación de que el nombre esté vinculado a algún topónimo.  Ahora bien, el dato confirmado por Apuleyo en La Apología. X) de que el poeta neotérico Ticida llamase Perilla en sus poemas a una tal Metela, puede ser definitivo en este sentido.  Eso, unido al nombre del hijo habido en el matrimonio de Perila y Suilio Rufo, M. Suilio Nerulino, ha hecho a F. Della Corte Reconstruir los datos biográficos relativos a Perila de la siguiente manera:  Fabia habría estado casada en primeras nupcias con Claudio Nerón, de cuyo matrimonio naciera una hija llamada Nerulla, a la que Ovidio llama con el sobrenombre de Perilla; esta Nerulla sería la madre de Suilio Nerulino, habido en su matrimonio con Suilio Rufo.  (cf. F. Della Corte, Ovidio.  Tristra II, 275, Génova, 1973)

Con Fabia se casó alrededor de los cuarenta años.  Era una joven viuda de la noble familia de los Fabios y emparentada al parecer con Marcia, prima de Augusto y esposa de Fabio Máximo.  Ovidio compuso un epitalamio con motivo de la boda de Fabio Máximo con Marcia, tal como lo menciona el poeta en las “Pónticas”:

“Yo soy aquel que te honró, a quien tu mesa festiva solía contemplar entre tus invitados, aquel que dirigió el epitalamio ante vuestras antorchas nupciales y compuso versos dignos de vuestro afortunado matrimonio,; aquel cuyos libritos recuerdo que tú solías alabar, exceptuando aquellos que perjudicaron a su autor, y a quien a veces leías tus escritos, que él admiraba; yo soy aquel a quien fue entregada una especie perteneciente a vuestra casa”.
(Op. Cit. Libro I. vv. 129 –137)

Muchos autores han pensado que, con este matrimonio, el poeta aspiraba a ocupar el puesto cercano a Augusto que había dejado vacante la muerte de poetas como Virgilio y Horacio.  Lo que si parece evidente es que esta tercera esposa tuvo bastante que ver en el hecho de que Ovidio centrara bastante su vida y serenara su producción poética debido.  Debido a tal parentesco y amistad, Ovidio tenía fundadas esperanzas de que su esposa le consiguiera el perdón del Emperador, razón por la que no accedió a que ella lo acompañara al destierro.  Fabia fue el consuelo de Ovidio después de sus fracasados matrimonios; en versos imponentes manifiesta el sulmonense en las “Tristias”:

“Tú no puedes serme arrancado; juntos nos iremos de aquí, juntos”. Dijo; “te seguiré y así seré la esposa desterrada de un desterrado.  También a mí se me ha impuesto la marcha y a mí también me recibe el confín del mundo; yo seré una ligera carga para tu nave de prófugo.  A ti ha sido la cólera del César la que te ha ordenado abandonar tu patria, a mi el amor conyugal: este amor será mi César”.  Tales cosas eran las que intentaba ella conseguir, como lo había intentado ya antes, ya duras penas cedió ante el interés de su permanencia en Roma.

Salgo, o más bien aquello era ser llevado al sepulcro sin haber muerto, escuálido, con el pelo desgreñado sobre mi intonso rostro.  Ella, enloquecida por el dolor (según se me ha dicho), perdidos los sentidos, cayó desvanecida en medio de la casa.  Cuando volvió en sí, con los cabellos afeados por el sucio polvo, y levantó sus miembros del frío suelo, dicen que prorrumpió en lamentos por ella misma, por los Penales abandonados, y que invocó repetidas veces el nombre del esposo que se le había arrebatado, y que se lamentó como si hubiese visto colocados sobre la pira los cadáveres de su hija y su marido juntos; que deseó morir, y muriendo perder sus sentidos, pero que no murió por consideración hacia mí.  ¡Que viva!  Que viva y, puesto que así lo han querido los hados, me sostenga continuamente con su ayuda en mi ausencia.”.
(“Tristias”, I, 81 –102)

Sin embargo, con el tiempo la esperanza depositada por Ovidio en manos de su esposa para que intercediera en su favor se fue desvaneciendo y los sentimientos del poeta hacia su esposa se debilitaron igualmente, lo que se hace evidente en el cambio ostensible de tono que hay de las “Tristias” a las “Pónticas”, y en el hecho mismo de que, mientras que en las “Tristias” le ha dedicado seis poemas, aquí le dedica sólo dos y carentes de las tiernas expresiones que encontrábamos allí, aludiendo sólo a sus cualidades morales.  Ese enfriamiento de Ovidio hacia su esposa se debe, sin dudas, al hecho de que el poeta no podía comprender que ésta, a través de Marcia, no pudiera conseguir de Livia o del propio Augusto el levantamiento de su castigo o, al menos, el cambio del lugar de confinamiento.  Debido a ello en el Libro IV, último de las “Pónticas”, no hay alusión alguna a su esposa, cosa difícil de entender pero bastante significativa por otra parte.

Las epístolas que Ovidio dirige a sus amigos son muy significativas, pues, son un claro indicativo del estado de ánimo, fluctuante muchas veces, del desgraciado poeta: cuatro a sexto Pompeyo, quien prestó una valiosa ayuda y protección al poeta en su travesía por tierra desde Tempira a Tinias.  Por otra parte, Ovidio recibió de él importante ayuda económica; dos a Tuticano, autor de una “Feácida”, poema que narraba la estancia de Ulises en el país de los Feacios. Tuticano y Ovidio eran amigos íntimos desde muy jóvenes, intercambiándose sus obras poéticas y dándose mutuamente consejos al respecto; tres a Marco Valerio Mesala Mesalino y ocho de quien podríamos decir era el mejor amigo del poeta, Marco Aurelio Cota Máximo:  dos en las “Tristias” y seis en las “Pónticas”. 

Marco Valerio Mesala Corvino,
protector y mecenas de
Ovidio.
Mesalino era hijo de Marco Valerio Mesala Corvino, romano ilustre, buen militar, mejor político y orador, amigo y mecenas de los poetas de su generación:  Ligdamo, Tibulo, Valgis Rugo y el propio Ovidio, entre otros, habían formado parte del famoso círculo de Mesala, paralelo y, en buena medida, antagónico del círculo oficialista de Mecenas.  Algo más joven que Ovidio, Mesalino, fue Cónsul el 3 a.C. y murió el 21 d.C. – colaboró estrechamente con Tiberio, como lugarteniente suyo, en la campaña de la Panonia de los años 6 al 9, donde tuvo una brillante actuación.  Debió de tener gran ascendiente ante Tiberio, aunque su actitud con Ovidio fue bastante reservad, tal vez para no desagradar al Emperador.  Tácito, al igual que a su hermano, nos lo pinta como un personaje poco simpático, gran adulador del príncipe (of. Andales I 8,5 y III 18,3).  A Mesalino, Ovidio le recuerda su amistad al igual que la que tuvo con su padre, el Corvino, y le pide interceda a su favor ante Augusto.

“Da, te lo ruego, amabilísimo amigo, acceso a mis lágrimas; no cierres la rígida puesta a mis temerosas palabras y, favorable, llévalas hasta las divinidades romanas (...) y como embajador de mi misión acoge mi causa aunque en mi nombre ninguna causa es buena.  (...) Que ahora tu favor, que el amor del príncipe eterno te concede, se interese por mi abatida fortuna.  (...) el momento es favorable a los ruegos:  él se encuentra bien y ve que el poderío qué él te dio, roma, se halla en su plenitud;”
(“Pónticas” II 2)

Ponto Euxino, cuyas aguas vería el
poeta en su exilio en Tomi, desolado
país del Mar Negro.
En las epístolas a Cota Máximo predomina el canto a la amistad y el elogio a la vida familiar, con fuertes connotaciones de moralismo, como si quisiera Ovidio borrar de este modo los reproches de inmoralidad que se le habían hecho por sus poemas anteriores, especialmente por el “Arte Amatoria”.  Marco Aurelio Cota Máximo, hijo de Marco Valerio Mesala Corvino, con quien el padre de Ovidio Mantenía una buena amistad, aunque más bien a nivel de clientela, y hermano de Marco Valerio Mesala Mesalino.  Se llamaba así por haber sido adoptado por su tío materno, Aurelio Cota.  Tras la muerte de su hermano en el año 21, adoptó su sobrenombre de Mesalino.  Las relaciones de Ovidio con la familia Mesala databan de antiguo, de cuando había marchado a estudiar a Roma y su padre le había recomendado a Marco Valerio Mesala, quien lo animó desde el primer momento en su faceta de poeta.  Entonces comenzó la amistad con sus dos hijos, peor con el que intimó más fue con Cota, a pesar de ser unos veinte años más joven que Ovidio; con él estaba el poeta en la isla de Elba cuando lo sorprendió la noticia del confinamiento, a finales del 8, y Cota nunca lo abandonó en su desgracia; sólo así se comprende los versos que le dirige Ovidio en los vv. 81 – 82 de las “Pónticas”.

“Sin embargo, te amé de tal manera más que a nadie, que tú sólo has sido el objeto de mi afecto en cualquier circunstancia”.
(Op. C.T. II. 3)

En las epístolas a Cota Máximo, Ovidio celebra la lealtad del buen amigo.  La carta evidencia, como pocas, la importancia que la amistad tiene para el peta, así como la necesidad que siente de ella.

“Pues estando tú sano y salvo, alivias mucho mis tormentos y haces que una buena parte de mí se encuentre bien.  Y, aun cuando algunos titubean y abandonan mis sacudidas velas, tú permaneces como el único ancla de mi destrozada nave.  Agradezco, pues, tu afecto y perdono a aquellos que con la Fortuna dieron la espalda a mi exilio.  (...) ¿Qué timorato no evita el contagio del enfermo, por temor a contraer de él el mal vecino?  A mí también me abandonaron algunos de mis amigos, por miedo y por excesivo terror, no por odio – no les faltó afecto ni la voluntad de servicio:  pero tuvieron mucho miedo a los hostiles dioses.  Y así como pueden parecer más precavidos y tímidos, así no han merecido el nombre de malvados. O es más bien mi candidez la que excusa de este modo a mis queridos amigos y contribuye a que no tengan ningún reproche hacia mí.  Podrán estar éstos contentos con mi perdón y podrán declarar que su conducta ha quedado justificada, puesto que también yo lo atestiguo.”.
(“Pónticas”, III. 2)


Estatua de Ovidio en su
ciudad natal.

El estado de Ovidio al escribir estos versos reflejan un ánimo más equilibrado, o quizá un alto grado de resignación a su destino, pues, llevaba ya varios años confinado en Tomi y veía que el corazón de Augusto seguía imperturbable.

Concluyamos diciendo que Ovidio pertenece a esa estirpe de romanos que habían alcanzado madurez mental y habían desarrollado la capacidad de comprender y emplear los elementos griegos, en contraste con aquellos pueblos del mismo período para quienes la cultura griega se había perdido por completo, porque eran incapaces de apreciarla, como es el caso de los capodocios, los armenios, los sículos, los etruscos, los gálatas, los sirios, los cartagineses, los palolagonios, los oscos, los celtas, los umbríos, los íberos, los tracios y una serie de tribus contemporáneas de los romanos que aparentemente se hallaban en la misma fase cultural y que aun estando en contacto con los griegos durante un período más largo y de manera más íntima que los latinos, fueron infecundos en lo que a producción literaria se refiere.  Los romanos, vecinos de los griegos, fueron un pueblo digno que continuo y asimiló la cultura helénica.  Nombres como los de Propercio, Tibulo, Cicerón, Lucano, Virgilio, Ovidio, Ennio, Lucrecio, Terencio o Planto, se han constituido en dignos herederos de los helénicos que van desde Homero hasta Leonidas de Tarento y Asclepíades, pasando por los conspicuos Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes.

Piedra recordatoria del nacimiento
del poeta en Sulmona

Wolfsschanze, setiembre – noviembre del  2005.




SCHUMANN, UNA INTELIGENCIA EN SOMBRAS
A Leopoldo Chiappo, a su amistad eterna.
In Memorian

En una de las tantas conversaciones que sostuve con Leopoldo Chiappo, la mayoría de las veces en su oficina en la Universidad Cayetano Heredia, me contó que tenía un amigo que había cumplido 85 años y que siempre lo encontraba lleno de optimismo, jovial, con el entusiasmo de un jovenzuelo de 20 años. En una oportunidad, Leopoldo lo había interrogado. ¿Cómo haces para mantenerte así, querido amigo? El octogenario lo miró con cierta suspicacia y, con una sonrisa cómplice, le contesto: es que he escuchado miles de horas de música de cámara, miles de horas de música que alimenta el espíritu y fortalece el ánimo.

El amigo compartía con Leopoldo y conmigo una pasión desenfrenada por la música de compositores como Chopin, Berliotz, Teleman, Mozart, Dvorak y tantos otros genios que nos han dejado un legado musical incomparable. Leopoldo sentía una gran admiración por Beethoven, el mismo embeleso que yo sentía por Schumann. “A ti te atrae no sólo su música, sino también su fatalidad”, me dijo Chiappo abriendo los ojos y enarcando las cejas. Ahora que recuerdo ese momento, tan grato y placentero, coincido con su apreciación. No sólo me apasiona su música, sino la tragedia de su enfermedad nerviosa que lo llevaría a la tumba. Su visión del mundo que lo rodeaba no era nada alentador para un hombre de su genio. Ya a los 18 años, en una carta dirigida desde Leipzig a Gisbert Rosen, un compañero de estudios, dice a este… “No he intimado con ninguna familia de aquí. Evito, no sé porqué, a los de mi deplorable calaña, y salgo raras veces. La puerilidad de este mundo egoísta me aterra. Imagínate un mundo sin habitantes, un vasto cementerio, el sueño sin sueños de la muerte; la naturaleza sin flores, sin primavera. Tal es nuestro mísero mundo; camposanto de ilusiones, sueño de muerte turbado con visiones de sangre, Jardín de Cipreses y de sauces lastimeros.” (Carta fechada el 14 de agosto de 1828). Visión muy sombría de la existencia para un joven de tan tierna edad Robert Schumann nació en Zwickan (Sajonia), el 8 de junio de 1810.
Casa natal de Schumann en Zwickau,
según un grabado del siglo XIX.

Hijo de August y Johana Christiana, Schumann vino al mundo el mismo año que Chopin, poco más de un año después de nacer Mendelssohn y apenas más de un año que naciera Lizzt. “Ninguna cosa puede proceder de nada, ni volver a la nada”, dice Epicuro. “Nada viene de nada”, canta Lucrecio. Esta pléyade de excepcionales artistas vienen de un soplo espiritual que va más allá de toda compresión. Ellos nos han legado una herencia musical que infunde aliento de actualidad a lo pasado, al acontecimiento abolido.

El pasado transformándose en presente, los espectros readquiriendo corporeidad, las leyendas inmemoriales prorrumpiendo del fondo de los tiempos, para situarse a través de la música en el primer término de la vida. Hasta los nueve años no dio Schumann claros indicios de su pasión por la música; en el verano de 1819 asistió en Karlsbad a un recital del virtuoso del piano Ignaz Moscheles; la impresión que le causó fue fortísima, y Schumann guardaría durante toda su vida, como un tesoro, el programa de mano de aquel concierto. Schumann sintió desde muy joven una inclinación por el piano que lo llevó a componer algunas fantasías, generó por el que el músico sintiera una gran predilección; en 1836, dedicaría a Liszt su Fantasía en do. Otra de sus pasiones fue la literatura.

Indudablemente la de Schumann era un alma romántica y, en su búsqueda intensa de almas gemelas, dio con la obra de alguien que ejercería una influencia fundamental en él: Johann Paul Richter, conocido como Jean Paul. “Jean Paul ocupa el primer lugar en mis preferencias: lo pongo sobre todos, sin exceptuar al mismo Schiller (a Goethe no lo entiendo todavía)”, escribía Schumann en 1828.

También en 1828 realizó un viaje con su amigo Gisbert Rosen: visitó a Heine en Munich. Sin embargo, su más emocionado recuerdo lo dedicaría siempre a la vista que realizó en Bayreuth a la viuda de su admirado Jean Paul, quien había fallecido el 14 de noviembre de 1825. “…gracias a la bondad de la anciana señora Rollwenzel, visité a la viuda de Jean Paul y recibí como regalo un retrato de él. Si todo el mundo leyera a Jean Paul, entonces todo el mundo sería seguramente mejor, aunque más desdichado: muy a menudo él me acercó a la locura, pero el arco iris de la paz y del espíritu humano flota suavemente sobre todas las lágrimas y el corazón se siente maravillosamente transportado y transfigurado”, escribía Robert en 1828.

La lectura de Jean Paul Richter lo impresiona sobremanera. La lectura de sus novelas, cuyo tema dominante está integrado por la complejidad y el conjunto de problemas del hombre vinculados al mundo grande y pequeño, al encuentro con las sublimes potencias de la vida, con la naturaleza, el destino y el amor, vislumbran al futuro músico hasta llevarlo a escribir tres dramas y dos novelas, que lamentablemente se han perdido. Pero esos adiestramientos juveniles con la pluma le servirían años más tarde para desarrollar sus textos de crítica, porque la personalidad de Schumann aparece también revelada en el ámbito literario musical y, encuentra en la crítica, su manifestación más adecuada. Orientada por un capacidad de juicio incisivo y brillante, Schumann fue el primero en reconocer la genialidad y grandeza de sus contemporáneos Chopin y Brahms. Un hombre de tal grandeza espiritual carecía de mezquindad y sordidez a la a la hora de juzgar a sus colegas; siempre supo ser justo, lo cual supones un mérito poco común.

Hay un hecho que lo pinta de cuerpo entero. En Octubre de 1829 recorre el norte de Italia. En Venecia se siente fascinado por la armoniosa asociación de las bellezas naturales con las creadas por el arte humano. Allí le roban su pequeño capital, y para pagar los gastos de regreso a Alemania no le queda otra cosa de valor que un buen reloj que le regalo su madre; pero no quiere venderlo y se ve obligado a afrontar mil dificultades y molestias con el poquísimo dinero que le queda.

En 1830 Schumann recibió una nueva revelación: un concierto de Nicolo Paganini en Frankfurt. Ya no podía dudar por más tiempo; dudar era poner trabas a su genio. Robert Schumann, a la edad de veinte años, tomó la firme resolución de dedicarse por entero a la música. Desde Heidelberg el 30 de Julio de 1830, a las cinco de la mañana, seguramente tras una noche en vela ocupada por apasionados pensamientos, Schumann escribe a su madre una carta trascendental. “Toda mi vida ha sido una lucha de veinte años entre poesía y prosa o, dicho de otro modo, entre música y jurisprudencia. En la vida práctica he visto un ideal tan alto como el arte. El ideal consistía justamente en obrar en forma práctica y con la esperanza de luchar dentro de un gran círculo de acción, pero ¿qué esperanzas existen, sobre todo en Sajonia, para un hombre sin título de nobleza, sin protección, sin fortuna y sin verdadera afición a las mendicidades del trajín jurídico y a las peleas por unos céntimos? En Leipzig he vivido sin preocuparme por un plan de vida, he soñado y he vagado, y en el fondo no he hecho nada en concreto; aquí he trabajado más, pero allí y aquí he estado siempre pendiente del arte. Ahora me encuentro en la encrucijada y me asusto ante la pregunta: ¿a dónde? Si sigo a mi genio, él me conduce al arte, y creo que ése es el camino acertado. Pero en el fondo – y no lo tomes a mal, te lo digo con cariño y dulcemente -, me parecía que te me cruzabas en el camino, para lo cual tenía, buenas y maternales razones…Para el hombre no puede haber idea más torturante que la del porvenir desdichado, lánguido y chato que él mismo se ha preparado. Elegir en la vida una dirección diametralmente opuesta a la primera educación y destino tampoco es muy fácil y exige paciencia, confianza y rápida adaptación ante los conocimientos. Me hallo aún en medio de la juventud imaginativa, la que todavía puede ser cultivada y ennoblecida por el arte; he llegado también a la certidumbre de que con aplicación y paciencia, y guiada por un buen profesor, dentro de seis años podré competir con cualquier pianista. En este o aquel aspecto tengo así mismo fantasía y quizá talento para la creación propia. Y ahora me pregunto: ¿lo uno o lo otro? En la vida sólo en una determinada actividad puede lograrse algo grande y autentico… De proseguir los estudios jurídicos, aún tendría que permanecer aquí un invierno más para escucharle a Thibaut las “Pandectas” que cada jurista debe conocer. Si me quedo con la música tendría en cambio que irme irremisiblemente de aquí y volver nuevamente a Leipzig. Wieck, que se halla en Leipzig, y al cual desearía confiarme, y que me conoce y sabe confiar mis fuerzas, debería continuar mi formación. Un único favor, querida madre, que me harás gustosamente. Escríbele tú misma a Wieck, a Leipzig, y pregúntale sin rodeos qué opina de mí y de mi plan de vida. Como ves, ésta es la más importante de cuantas cartas te he escrito jamás. No hay que perder tiempo. Que sigas bien madre, y no temas. El cielo sólo ayuda al hombre que se ayuda a sí mismo”.
La madre de Schumann, no sin duda y vagos temores, escribió, efecto, a Friedrich Wieck siguiendo las indicaciones de su hijo. El maestro puso condiciones: seis meses a prueba, trabajo intenso y metódico y clases de armonía y composición con Heinrich Dorn, paralelamente a las suyas. La aceptación del joven Schumann fue total y se alegría inmensa Leipzig lo esperaba.

Sala de Música de Robert Schumann
en Zwickau Museo, Hauptmarkt 5.
Schumann fue un estudioso perseverante. En su estancia en Leipzig recibió clases de composición y armonía bajo la tutela de Heinrich Dorn, maestro de capilla de catedral. Allí también conoció a quienes darían vuelco a su vida de manera trascendente: Friedrich y Clara Wieck. El severo Friedrich, fabricante de instrumentos y profesor de piano había puesto en su hija Clara, a quien encontraba cierto virtuosismo en el teclado, sus más caras esperanzas de convertirla en una concertista famosa. Clara, quien sentía una gran pasión por la poesía de Jean Paul, encontró en los versos del autor de “Héspero” el sendero que la llevaría a los brazos de Schumann; la joven tenía sólo 12 años.

Alojado en casa del anciano Wieck, Robert recibe frecuentes invitaciones para asistir a los salones de la familia Carus en los que se reunía la mejor sociedad de Leipzig , pues, los Carus consideraban que eso convenía en su carrera de músico; pero él apenas sales de sus habitaciones; se siente torpe, aburrido, melancólico, desagradable y misántropo. Todo esto resulta incomprensible en un hombre cordial y eufórico cuando vivía contrariado; es inexplicable ahora que puede dedicarse plenamente a su gran ilusión (la música), viviendo cerca de dos personas a las que tanto afecto profesa; a Friedrich Wieck, su profesor, a quien admira y agradece la hospitalidad que le presta, y a la pequeña Clara, que poco a poco va penetrando en su corazón.
En la primavera de 1831 consigue pagar cuentas con su tutor y concreta su situación económica. Los dolores de cabeza y de muelas son en él cada vez más frecuentes; ha pasado una semana sin salir de cuarto. Algo no funciona bien en su organismo y ese algo tal vez sea el punto departida de la neurastenia que lo llevaría a la locura. A mediados de setiembre de 1831 la epidemia de cólera lo aterroriza; temo morir tan joven, le escribe a su hermano, y se siente tan angustiado que está pensando en pegarse un tiro. La tremenda incoherencia y alta de lógica de esta frase es un síntoma inequívoco de que ya existe un desequilibrio en sus facultades mentales. En la primavera del mismo año, Heinrich Dorn, cansado de la volubilidad estudiantil de Schumann, deja de darle clases. Echa de menos a Wieck que está en París. Trabaja mucho, pero durante algún tiempo ha abusado de la cerveza. Luego ha conseguido dominarse y abandonar “ese hábito vulgar, corriente en Baviera”. En agosto de 1832 escribe en su diario que su casa entera se ha convertido en una farmacia. Teme que su mal sea incurable y ya está pesando en estudiar teología. Es fácil determinar que sus propósitos se van volviendo, algunas veces, ilógicos. La muerte de su hermano Julio, el 18 de noviembre de 1833, lo hace de prisa de delirios y de una negra melancolía, con síntomas ya muy definidos de neurastenia patológica. No puede dormir, ha estado rígido e insensible varios días, sufre congestiones violentas, terrores repentinos, se queda sin aliento y luego se aletarga.

En 1834, Schumann fundó la revista “Nene Zeitschrift für Musik”, dedicada a la crítica musical. Desde sus páginas celebró la música de Schubert, músico cuya influencia lo llevó a componer numerosos ciclos de lieder, que suman alrededor de ciento cincuenta; cuatro de ellos se cuentan entre los más celebres de toda la literatura para canto y piano. En sus “Textos sobre la música y los músicos” libró repetidas y enconadas disputas contra todo aquello que, según su opinión, echaba o contaminaba el arte: las ignorancias vanidosas y triviales; los advenedizos, oportunistas e incompetentes diletantes que tanto exacerbaban su ánimo y los músicos sin mérito alguno. Su lenguaje crítico queda frecuentemente galvanizado por un estilo corrosivo, condensado en páginas brillantes.

Friedrich Wieck, padre de Clara.
Los amores de Robert y Clara son de los más vehementes que registra la historia de la música, y tuvieron que resistir la tenaz oposición del padre de Clara. Seis años de durísima prueba tuvieron que resistir los jóvenes amantes antes de consumar la boda que, a pesar de la aun oposición de Friedrich Wieck, se llevó a cabo el 12 de setiembre de 1840. En una carta al padre de Clara, Schumann se lamentaba de la actitud de éste…”El ponerme usted a prueba durante los dieciocho mese últimos ha sido algo tan severo como la mano misma del destino. ¡Pero, cómo soportar su mala voluntad! Lo ofendí a usted profundamente y mi castigo ha sido también grande. Siga probándome por un tiempo igual; acaso lograré coincidir con sus deseos y recobrar su confianza, si no exige de mí lo imposible (…) Lo que siento por Clara, y que conmueve todas las fibras de mi ser, no es un deseo fugaz, ni una emoción violenta, ni algo superficial, sino la convicción profunda de que todos los augurios son favorables a nuestra unión, convicción basada en la capacidad de Clara para asegurar la felicidad de ambos. ¡Acaso no alcanza a todo su nobleza? Si usted lo admite así, seguramente me prometerá no disponer nada definitivo acerca del porvenir de Clara. Por mi parte del doy mi palabra de no comunicarme con ella sin su permiso. Sólo pido que se me consienta escribirle cuando se halle ausente en sus largos viajes” (Carta del 13 de setiembre de 1837).

Todo el año 1837 es una zozobra amorosa, una lucha desesperada; cartas y más cartas, fechadas a altas horas de la noche o a primeras de la madrugada, pidiéndole a Clara que le conteste, que interceda cerca de su padre, que le conceda el “sí”. Dudas, vacilaciones. El 13 de setiembre escribe una segunda carta a Friedrich Wieck. La misiva es un modelo de patética sinceridad, de tierna, Viril y conmovedora poesía; le pide que consienta su matrimonio con su hija. Pocos días después el maestro y el alumno tienen una entrevista dramática; Wieck se niega, fundándose en la inestable posición del joven músico y en la manifiesta volubilidad del artista. Robert queda anonadado, moralmente deshecho; es incapaz de razonar; está totalmente desorientado, Wieck le asegura que su decisión es irrevocable y definitiva y no es el hombre que pueda ser conmovido por argumentos de tipo sentimental. Schumann sospecha y teme que su viejo maestro proyecte “Vender” a Clara al mejor postor. Les prohíben que vuelvan a verse. El no es capaz de ningún bello pensamiento. No cabe duda que este golpe causo una nueva lesión de su psique y lo empujó un poco más hacia el abismo al que se encaminaba sin remedio. Odia a Wieck, cuya materialista obstinación le parece monstruosa.

En una carta a Clara, Schumann refería pocos días más tarde, en tono patético y desesperanzado, la humillante entrevista que mantuvo con el obstinado Wieck:… “La conversación con su padre fue terrible. Esa frialdad, esa mala voluntad, esa confusión, esas contradicciones; tiene una imprevista manera de herir en el corazón y clava el cuchillo hasta la empuñadura… ¿y qué hacer ahora, querida Clara? No sé por dónde empezar. En absoluto. Mi inteligencia se anonada y los sentimientos poco valen ante su padre. ¿Y qué hacer ahora? Ante todo, esté prevenida y no se deje vencer… ¡Confío en usted, con todo mi corazón, y esto también me sostiene! Tiene que ser muy fuerte, mucha más de lo que usted misma sospecha, puesto que su padre me ha dicho esas horribles palabras de que “a él nada le conmueve”. Témalo todo de su parte; logrará con violencia lo que no consiga por astucia. ¡Témalo todo! Me siento hoy tan desfallecido, tan humillado, que casi no puedo concebir un pensamiento decoroso y bueno; su misma imagen se me diluye de tal manera que apenas consigo representarme sus ojos. Ser pusilánime y estar dispuesta a abandonarla es algo a lo que no he llegado todavía; pero me siento muy exasperado, muy ofendido en mis más sagrados sentimientos, como madera noble a que se golpea cual a la tabla más tosca. ¡Si por lo menos recibiera una palabra suya!... En vano busco una disculpa para su padre, a quien siempre he considerado hombre noble y compresivo. En vano, para explicarme su negativa, busco un motivo más hermoso y profundo; por ejemplo, que al comprometerse podría usted verse disminuida como artista, o que es usted demasiado joven. A él nada de eso le importa, créamelo. La echara en brazos del primero que posea suficientes títulos y dinero. Para él lo más importante se reduce a dar conciertos y viajar; por eso la extenúa a usted, por eso destruye mi fuerza cuando está en pleno empuje para hacer algo hermoso en este mundo. Se ríe de todo, incluso de las lágrimas que usted vierte… Consuéleme; ruegue a Dios que no me deje hundir en la desesperación. Me siento atacado en las raíces mismas de mi vida”.

En abril de 1939, la muerte de su hermano Eduardo vuelve a ensombrecer su vida. En mayo, ventilados los intereses de la familia, hace cuentas y resulta que puede disponer de una renta anual como para sostener una familia. Se entusiasma, su júbilo es muy grande, ya no había trabas que le impiden unirse a Clara. Solicita a Wieck lo la autorización paterna y, cuando ya no esperaba la respuesta, la recibe. Era un pliego de 6 condiciones de lo más humillante. Entre otras cosas consiente el matrimonio de su hija con Schumann, desterrándolos de Sajonia, controlando un abogado los ingresos económicos del músico y desheredándola a ella. Si bien Friedrich Wieck era un estimable hombre con dotes de músico, estos menesteres se revela como un ser despreciable; a Schumann no le quedó más remedio que acudir a la justicia.

Toda la vida de este hombre genial oscila entre dos mundos (música y amor) que lo precipitan al oscuro abismo de la locura. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera dado la lógica que se da en cualquier ser humano en tal grado de desesperación ante tamaña injusticia? ¿Hubiera tenido quizá una reacción homicida? Es más que seguro. Pero en un ser tan elevado como Schumann esto nunca hubiera sucedido. Sobreponiéndose a su desesperación y a su angustia, el músico prefirió asumir su calvario y siguió adelante.
“Gran Dios es amor y digno de admiración, así entre los hombres como entre las divinidades, por muchos y diversos motivos; pero, sobre todo, por su origen, porque es el más antiguo de los dioses”, dice Platón en El banquete. ¡Y vaya que si Schumann lo que fue hasta su muerte! Como si esa negativa a otorgar la mano de su hija fuera poco, Wieck continuó atacando a Robert, difamándolo y calumniándolo por medio de libelos que hacía circular por los ambientes donde se movía su víctima. El pobre Robert se veía obligado a perder mucho de su valioso tiempo en defenderse, escribir cartas y contratar abogados. En una misiva al abogado Einert le escribe… “Querido señor: Tendrían mucho gusto en verle a usted hoy para consultarle un asunto privado de gran importancia. Como tal vez no me expresaría con claridad y serenidad suficientes, prefiero enviarle de antemano por escrito una relación precisa de lo ocurrido” (Carta del 30 de junio de 1839 fechada en Leipzig). Y como tantas veces, debía repetir la historia que tanto lo atormentaba. ¿Pero a qué se debe la intolerancia de Friedrich Wieck, ilustre pedagogo, uno de los más grandes que dio la Alemania del siglo XIX? ¿Sintió acaso traicionada la confianza que había brindado a aquel joven sajón del cual se sentía tan orgulloso cuando cursaba estudios musicales bajo su tutela? Lo cierto es que para Wieck habían sido dos años de intenso trabajo (1830-1831) con ese alumno Schumann, tiempo que consideraba bien empleado, pues, su joven alumno de 20 años había hecho sorprendentes progresos ante el teclado; pero de ahí ha congeniar con su joven hija de 9 años, Clara, en quien él tenía depositado las esperanzas de un futuro promisorio, debido al virtuosismo de esta para la música, eso ya era otra cosa. Sino cómo se explicaba las interminables giras pianísticas, con objeto de mantenerla alejada de todo contacto con Robert.

Clara estaba con las manos atadas por ser menor de edad, debía esperar a cumplir 20 años para liberarse de la tutela del padre. Schumann se hallaba desesperado, así lo muestra en una carta dirigida al abogado Einert; teme que las cosas se dilaten más en el tribunal de apelaciones, instancia en la que el profesor y el alumno han llegado después de un turbulento litigio judicial. Robert está enfermo, cansado de tanta lucha, y entra en momento de gran desaliento. Ahora, y a pesar de todo, Schumann está dispuesto a plantear la batalla definitiva. “Querido señor mío, dice Schumann a Einert, (…) Si tiene usted la menor duda sobre nuestro éxito final, no me lo oculte. Clara se pondría fuera de sí de fracasar esta pública tentativa y, ¡Qué le diré a usted e mí! Por consiguiente, si duda usted, es preciso buscar otra solución, aunque confieso que no sé cuál podría ser. (…)Si el señor Wieck le dijera algo más de mi vida privada, sírvase recordar que es calumniador y malévolo en extremo. Alguna disipación anterior a mi conocimiento de Clara es lo único de que tenga que reprocharme. Sin duda me conocerá usted mejor con el tiempo. (…) Aseguro usted que la hostilidad del señor Wieck es debida únicamente a que nuestro casamiento significaría el término de ciertas especulaciones económicas. No me extrañaría que exigiera compensaciones por las lecciones de piano dadas a su hija”. (Carta fechada el 3 de julio de 1839).

Los reproches e ironías de Schumann se justifican por los ucases recibidos por quien, quiéralo o no, sería su futuro suegro. Llega el día en que Clara es ya una mujer de 21 años, mayor de edad, segura de sí misma y con capacidad para decidir su destino. El viejo profesor no se detiene y desencadena una larga serie de inquietudes encaminadas a lograr que la sentencia sea negativa. Wieck no se presenta a las requisitorias del tribunal, retira la asignación reservada mensualmente para su hija y formula una acusación legal contra Schumann, culpándolo de borracho y enajenado. Para contrarrestar las acusaciones de Wieck, consigue con cierta facilidad el título de Honoris Causa por la Universidad de Jena en Turingia. Paralelamente, Franz Liszt obtiene un gran éxito en Dresde, donde interpreta algunas obras de Schumann.

Liszt regresa a Leipzig procedente de Viena coronado de éxitos. Las visitas de su gran amigo constituyen para Schumann un lenitivo. Empero, Robert se da cuenta que pertenecen a mundos distintos. Él y Clara buscan y saborean en el arte un encanto íntimo, una secreta profundidad; Liszt, no por culpa suya, vive rodeado de esplendores y oropeles, en los que el arte se diluye en un ambiente bastante frívolo y convencional. En los meses anteriores a que el tribunal de Apelaciones dicte su sentencia, Schumann termina las doce canciones sobre textos del poeta Joseph Von Eichendorff y él mismo se asombra, dadas, las circunstancias angustiantes que vive, la cantidad de música que ha escrito.

Por fin, el 01 de agosto de 1840, el tribunal de Apelación dicta sentencia: Clara Wieck dispone de absoluta libertad para casarse con Robert Schumann. Los seis largos años de calvario sufridos por la pareja tienen su premio unos días más tarde, el 12 de setiembre de ese año, Robert y Clara contraen matrimonio a las diez de la mañana en la iglesia de Schönefeld, próxima a Leipzig. La felicidad de la hija del anciano Wieck es indescriptible. Así lo escribe de su Diario“Nos casamos en Schönefeld, a las diez. Cantóse primero un coral y luego el predicador Wildenhahn, amigo de la infancia de Robert, pronunció unas palabras sencillas pero sentidas. Mi corazón rebosa agradecimiento hacia el Señor que ha prometido nuestra unión después de salvar tantas dificultades. Yo le he suplicado en mis oraciones que me conserve a mi Robert muchos años más. La sola idea de que pueda perderlo me trastorna. ¡Quiera el cielo ahorrarme esa desgracia que no podría soportar! (…) Se bailó un poco, sin incurrir en ninguna extravagancia, y todos los rostros irradiaban satisfacción. Hizo un día hermosísimo. El mismo sol, que se ocultaba desde hacía algún tiempo, vertió sobre nosotros sus rayos en nuestro camino hacia la iglesia, como si quisiera bendecir nuestra unión. Nada vino a turbar la felicidad de un día, cuyo recuerdo inscribo en este libro como el más hermoso e importante de mi vida”. (Diario, de Clara Schumann, setiembre 13 de 1840).

La madre de Clara asistió a la boda de su hija, mientras el viejo Wieck asimilaba su amargura encerrado en su casa. Lo que tanto había temido. Clara es consciente que sus días de gloria como pianista, con el advenimiento de su sexto hijo, ha llegado a su fin. Ha sacrificado su vida por la del hombre que ama, pero sabe que dejar entrever lo que un sacrificio ha costado parece indicar el deseo de ponerle precio, por eso opta por la discreción. Tal vez por su mente discurren los versos de Tasso, “Noi morremo ma non morremo inulti”.

En 1847 fallece Mendelssohn y Schumann siente quebrarse su espíritu como una rama en un árbol que se va secando. ¡Quizá el mismo dolor que se apoderó de Byron cuando murió Shelley, o el sufrimiento agónico que cubrió el alma de Goethe cuando muere Schilla, ahora busca en él una nueva víctima! Los llantos de Aquiles ante la pira que consume el cuerpo de Patroclo atraviesan los siglos para posarse en los ojos de Schumann que llora, inconsolable, el amigo perdido. Los meses agotadores que consume en la creación de su Fausto, inspirado en la clásica obra de Goethe, lo llevan a una crisis mental que se presenta más oscura, más violenta que nunca, obligándolo a suspender todo trabajo y a empezar un tratamiento en Dresden; las visiones paranoicas del compositor, que lo acosan en terribles noches de insomnio, le producen continuos ataques de llanto y de risa.

Dura prueba realmente por la que tuvo que pasar Schumann. ¿Cuánto de esta amargura y angustia minó sus nervios aligerando el final de su trágica existencia? Aún aparecían en la mente del músico alemán la noche de aquella en que, con tan sólo 17 años, percibió los incipientes desequilibrios psíquicos que lo llevaron a concluir que la integridad de su yo comenzaba a fragmentarse. Fue esa noche, que en alucinante visión, intuyó la posibilidad de la locura. En su diario íntimo escribió… “Siento como si fuese a perder la razón”. Esta idea se apoderó de él con tal fuerza que durante algún tiempo nada logró superar el terrible acceso de depresión mental. “Ningún consuelo, ninguna plegaria, ninguna burla”, escribió.

Otro hecho trascendental marcó su vida. En el curso de sus estudios con Friedrich Wieck, sufrió un grave incidente; como anhelara ser un virtuoso del piano, sometió la mano derecha a un ejercicio técnico excesivo: con un dispositivo mecánico de su invención que le paralizaba el cuarto dedo – recurso que Franz Liszt puso de moda -, perdió la movilidad de su mano derecha. Abandonada, pues, para siempre y a la fuerza la actividad de pianista, supo, no obstante, oponer al dolor de la renunciación la plena entrega de todas sus facultades a la creación musical. El fin de su carrera como concertista mermó drásticamente sus ingresos económicos. Schumann fue soñador y un romántico empedernido. Desde la páginas de su revista “Nene Zeitschrift für Musik” dio vida a la imaginaria “Hermandad de David”, en pro de la defensa de la música de su época, en abierto enfrentamiento a la “Orden de los Filisteos”, que eran – básicamente – sus detractores. Para Schumann, estos rivales representaban las dos facciones en que se dividía el mundo, o mejor dicho, su mundo: los que anteponía las utopías de la justicia y la belleza y los que se entregaban a la voracidad del dinero y el lucro. En una descarnada confesión el propio Schumann hubo de reconocer que “la Hermandad de David es más que secreta, dado que sólo existe en el cerebro de su fundador”. Sin embargo, los 8 hijos del matrimonio no se podían alimentar ni vestir con las fantasías de redención humanista que atormentaban a su padre. Félix Mendelssohn acudió en ayuda de su amigo. La mistad de estos músicos se remontaba hacia 1830, donde ambos entablaron una estrecha amistad que, salvo pequeños problemas, se mantuvo inalterable hasta la muerte de Mendelssohn, la noche del 4 de noviembre de 1847. Schumann intentaría componer un homenaje póstumo que, sin embargo, nunca llegó a completar. Mendelssohn como director de los conciertos de la Gewandhaus de Leipzig, se volcó a difundir las obras de Schumann. El tiempo han demostrado que, a pesar de la amistad y cariño que Schumann sentía por Mendelssohn, sus juicios siempre eran imparciales y hacia la obra del autor de “Romanzas sin palabras”. Siempre lo tomó en cuenta cuando requería de un juicio para la obra de un tercero. En una carta dirigida a A. Von Zuccalmagio, dice Schumann… “En primer lugar debo decirle que hace pocos días le alargué a Mendelssohn, con quien acostumbro comer, vuestro ensayo “Tomo primero”, para que lo leyese. Lo contemplaba a distancia para ver qué cara pondría al llegar al pasaje final, que, le confieso, me hizo asomar lágrimas a los ojos. Leía atentamente, revelando con la expresión del noble e inolvidable ostro, su aprobación cada vez mayor. Luego llegó al pasaje en cuestión. ¡Hubierais tenido que verle! “¡ah! ¿Qué es esto? Realmente es demasiado; me causa un verdadero placer. Uno se ve alabado de muy diversas maneras; pero esta viene directa del corazón...” ¡Había que verlo y oírlo! “¡Muchas, muchísimas gracias al autor!” y en esta forma siguió hasta que nos zambullimos en champaña”.

Una vez conseguida la mujer amada, y con ella una colaboradora abnegada y fiel, la inspiración de Robert s desborda: en un solo año compone más de cien lieder. Mientras la obra de Schumann crece, los tiempo de Clara como concertista van llegando a su fin; ocho hijos no son poca cosa para cuidar y educar. Cuando el sol brilla las estrellas no se ven, y a la luz de Clara se fue apagando con cada embarazo. Las esperanzas del anciano Friedrich Wieck se fueron por la borda.


¿Pero, era Clara la niña con un futuro prominente en el campo de la música que su padre creía? Detengámonos un momento en la vida de esta mujer que tanta transcendencia tuvo en la vida de Robert Schumann. Según los críticos y las crónicas de la época Clara era una de las pianistas más importantes del siglo XIX, y puede figurar, como meritos propios, al lado de un Franz Liszt o un Sigismund Thalberg, dos de los más grandes pianistas de la época. Clara Josephine Wieck había nacido en Leipzig el 13 de setiembre de 1919. Sus padres, Friedrich Wieck y Marianne Tromlitz, provenían de familias donde el cultivo de la música era algo tradicional. Friedrich era un reconocido maestro de piano y tenía un negocio de venta de partituras y de pianos. La madre, hija y nieta de familia musical, era pianista y soprano; ayudaba a su marido en la tienda y daba clases a los alumnos que ya poseían cierta destreza. En ese ambiente como no se iba a despertar la inquietud, en esa pequeña niña, por la música. Pero si bien recibió una gran formación musical, no sucedió lo mismo en el campo del amor y el afecto. Quizá su espíritu era aún muy joven para calibra la soledad, esa bendita fuerza, esa dulce compañía que a hombre sabio lo libra de es agitado mundo corrompido que nos rodea. Clara no empezó a hablar hasta los cuatro años, por ello sus padres llegaron a creer que era sorda.

El matrimonio entre Friedrich y Marianne se fue derrumbando poco a poco hasta que la madre de Clara decidió abandonar al marido marchándose con los dos hijos habidos en el matrimonio. Wieck con algo ajetreo legal, consiguió la custodia de su hija, poco antes del divorcio. La madre volvería a casarse y desde ahí tuvo poca relación con la niña. Friedrich dedicó mucho tiempo a su hija y, para confirmar si la niña era sorda, comenzó a enseñarle de oídas; la niña aprendía muy pronto planeó para su hija una vida de concertista, preocupándose por una formación completa, con los mejores maestros disponibles, sabía lo que Leopold Mozart había conseguido con su hijo Wolfgang; Clara estudió canto, instrumentación, contrapunto y composición.

A los nueve años Clara se enfrentó al público y los encandilo. Dio su primer recital en la Gewandhaus de Leipzig a os 14 años y al año siguiente Friedrich la llevó de gira al París. A esa edad comenzó a componer el concierto para su piano en su Do menor. Lo finalizo y estrenó a los 16 con la Leipzig Gewandhaus Orchestra dirigida por Félix Mendelssohn – Bartholdy, quien años más tarde se convertiría en uno de los amigos predilectos de Robert Schumann. Friedrich Wieck quería para su hija lo mejor, de ahí que llevara a su hija a tocar en los ricos y elegantes salones de Leipzig, frente a los músicos más jóvenes de los 20 y 30 del siglo XIX, incluyendo las sonatas para piano del distinguido compositor alemán Carl María Von Weber y los últimos trabajos de Federico Chopin. Clara dio conciertos en Dresden, París, Berlín y Viena.

En Viena recibió del Emperador del título de Real e Imperial Virtuosa de Cámara. El viejo Friedrich veía coronar sus esfuerzos y eso lo impulsó en su empresa de hacer de su hija una estrella. Pero en 1830 aparece Schumann y con el tiempo, Friedrich Wieck verá desvanecerse la aurora musical y el futura prominente que esperaba para su hija. Pero, adelantémonos en el tiempo y regresemos a Robert Schumann.

En setiembre de 1853 aparece en la vida del gran compositor un joven de Hamburgo llamado Johannes Brahms; parece como si el negro sino se apiadara de Schumann enviándole a su amargo existencia un momento de serenidad, alguien que cubra de alguna manera el vacío dejado por Mendelssohn. Brahms, de 20 años fue un niño prodigio que sentía una gran admiración por Robert; el joven músico presenta, tímido y respetuoso, sus primeras obras al que considera un maestro indiscutible. Schumann estudia las partituras con la humildad y la grandeza de los grandes genios; descubre en ellas el chispazo del genio musical en ciernes y de inmediato se propone prestar a Brahms toda su ayuda para que la obras del oven compositor tengan la máxima repercusión. Nadie tan ajeno como Schumann a las horcas caudinas; siempre tenía las manos límpidas para ayudar a apoyar a quien lo necesitara, de ahí que publicara una opinión sobre la obra el joven Brahms de inmediato…“un talento a cuyo progresivo desarrollo no hubiéramos asistido sin que surgiera armado de todas las armas, como Minerva dela frente de Júpiter. Y este ha llegado: al borde de su cuna han velado las Gracias y los Héroes. Es joven, se llama Johannes Brahms. El día que dirija con su varita mágica las masas corales y orquestales que le comunicarán su poder, los misterios del mundo invisible nos serán desvelados en maravillosas visiones” (publicado en Neue Zeitschrift für Musik, en 1853).

Este escrito de Schumann produce enorme impresión. Al poco tiempo se nombra a Brahms maestro de la música y director, durante algunos años, de la orquesta que tiene en su corte el príncipe de Lippe – Detmold conoce a Liszt y varias veces interrumpe las funciones de su cargo para viajar, dando conciertos con el violinista húngaro Rémenyi. Brahms no defraudó a Schumann. Fue extremadamente laborioso y organizado. Trabajaba únicamente (de no ser en alguna ocasión muy excepcional) por las mañanas a partir de una hora tempranísima. Heredo de Schumann su corazón generoso y altruista para con los talentos musicales que permanecían ignorados por falta de interés de quienes podían ayudarlos en su carrera. Conocemos un caso de procedencia irrebatible. Antón Dvorak, el hoy famoso músico checo, era un compositor ignorado con un bagaje considerable, que en vano proponía a los editores. Ninguno quería publicar sus obras. Dvorak consiguió que Brahms las oyera, y éste escribió a su editor Simrock una carta redactada en estos términos… “Acabo de descubrir a un gran talento musical llamado a ocupar un sitio importantísimo en la música de nuestros días, por su inspiración original que refleja a menudo las características placenteras del folklore de su patria. Le recomiendo vivamente que no deje escapar la ocasión de editar las obras de Dvorak”.

Al ver frente a sí a un hombrecillo de pequeña estatura, de barbita y cuerpo poco airosos, Simrock debe haber tenido la impresión de encontrarse frente a un sencillo comerciante. Brahms no se equivocó al juzgar a Dvorak como Schumann no erró al juzgarlo a él, con el paso del tiempo Devorak, se ha convertido, junto a Smetana, en uno de los más conspicuos, famosos e inspirados compositores checoslovacos.

Los juicios de Schumann fueron siempre equilibrados y precisos. En 1845 escribe una carta a Mendelssohn en la que expresa su opinión sobre la música de Wagner. Schumann había conocido a Wagner en Dresden en 1844. El futuro creador de la Tetralogía contaba con el total respaldo de Liszt (cuya hija, Cósima se enredaría sentimentalmente en la turbulenta vida amorosa de Wagner), quien no se cansaba de señalarlo como el gran revolucionario de la música europea y el fundador de la ópera nacional alemana.

Como era costumbre, Wagner se puso a hablar sin interrupción, fanfarroneando y empleando ironías y bromas que él mismo festejaba con grandes risotadas; mientras, Schumann se sumía en un silencio cada vez más profundo y angustioso. Robert se debe haber sentido como una copa del más fino cristal soportando a pocos metros el paso de un rinoceronte bufando salvajemente. Al final, Schumann calificó a Wagner como un “charlatán brillante, pero fatigoso”, en tanto que Wagner definió a Schumann como “un misántropo antipático, aunque de innegable grandeza”. El desencuentro con dos figuras carismáticas del ambiente musical del momento – Liszt y Wagner – reveló a Robert y Clara Schumann que vivían aislados. Pero volvamos a la carta de que Robert dirigió a Mendelssohn. “Sin duda es un muchacho inteligente – dice Schumann – lleno de ideas originales y audaz en grado sumo, cuyo “Rienzi” se está comentando todavía. Sin embargo, es incapaz de pensar o de escribir cuatro compases consecutivos de música hermosa y realmente buena. Todos estos músicos jóvenes están flojos en armonía y en el arte de escribir a cuatro voces ¿Cómo es posible que perduren obras así compuestas?” Estas frases son las más desafortunadas y lamentable que jamás escribiera el genial romántico Schumann, siempre tan lúcido, tan perspicaz, tan penetrante y atinado en sus juicios.

¿Miopía estética de Schumann, una incomprensión, o tal vez una ruin rivalidad, celos enfermizos? Muchos críticos han querido ver esto. No olvidemos sus vacíos mentales, sus ataques alucinatorios. Concluyo que se debió a una oscilación que su desequilibrio mental engendró en un determinado momento. Prueba de ello es que quince días después – y quince días no son tiempo suficiente para que un artista de su talla experimente cambio tan rápido en sus convicciones estéticas – se retracta en parte de lo que ha dicho y reconoce que la primera audición de la ópera Tannhäauser en Dresden lo ha impresionado profundamente.

Por algo que luchó Schumann siempre, y se lo hizo saber a su amigo Brendel cuando éste puso en marcha el proyecto de fundar una Sociedad Universal de Músicos Alemanes, es que él propondría la creación de una sección destinada a “proteger la música clásica contra las adaptaciones modernas”. Y no se equivocó. Han transcurrido 165 años desde entonces y el mal se ha agravado hasta lo imprevisible. Basta con una mirada a las horrendas “adaptaciones” que los modernos han hecho de las obras de Bach, Chopin, Puccini, Toscanini, Wagner y tantos otros, a música sincopada.

En mayo de 1849 ha terminado ya, prácticamente, su “Manfred”, inspirado en el poema homónimo del poeta inglés Lord Byron. La historia del héroe, Manfred, que busca una justificación para sus propios errores en las cumbres de los Alpes, en un paisaje terrible y fantástico, encontró en la música de Schumann, especialmente en la abertura, una correspondencia perfecta.

En mayo de 1849 tiene un incidente epistolar con Franz Liszt, quien manifestó que “Leipzig es una París en miniatura” y ha calificado de “filisteísmo”, ciertos rasgos comunes que cree descubrir en las composiciones del grupo (no organizado naturalmente) Schumann – Mendelssohn – Hiller – Bennet. Robert se siente tocado en las fibras de su sensibilidad más intima y se defiende con una aspereza y acritud desacostumbradas en él.

Era una carta, fechada en Bad Kreischa, el 31 de mayo de 1849, dice entre otras cosas al músico húngaro… “¿Es posible que considere usted a Leipzig como un Paría en miniaturas? No esperaba de usted un juicio tan radical sobre mi carrera, pues conoce usted muchas de mis obras. Si examina mis composiciones no dejará de encontrara en ellas muchas variedad, pues siempre procuré que tuviesen frescura, no sólo de forma sino de idea. Verdaderamente nuestro pequeño grupo de Leipzig no es tan malo, pues comprende a Mendelssohn, Hiller y Bennett y no creo que se le pueda comparar desfavorablemente con los parisienses, vienes y berlineses. Si un rasgo común caracteriza las composiciones de nuestro grupo, llámele usted filisteísmo o como quiera, tenga en cuenta que todas las épocas artísticas presentan un fenómeno parecido. Tome usted a Bach, Haendel y Gluck o Mozart, Haydn y Beethoven y encontrará en sus obras ciertos de ejemplos de similitud desconcertante. Exceptuaré las últimas composiciones de Beethoven, aunque son un retorno a Bach. Nadie es original por completo. Pero ya he dicho bastante. Su observación fue un ultraje injustificable; pero esta tarde lo olvidaremos. Las palabras no matan; lo que importa es marchar adelante”. Como bien dice Schumann, las palabras no matan y menos cuando se da entre hombres de una altura espiritual deífica. Prueba de esa grandeza es que Franz Liszt ejecuta bajo su dirección Fausto, Manfred y Genoveva, tres de las más bellas composiciones de Schumann.

Sus crisis mentales no dejan de acecharlo: dolores de cabeza terribles, nerviosidad, mal humor. Por esta época, 1850 es llamado a Düsseldorf para ocupar el cargo de director de la orquesta municipal, como sucesor de Hiller. Schumann acepta y con ello comete un grave error y se procura un fracaso, pues carece de condiciones para dirigir.
En junio de 1852, fecha en que Liszt había hecho la primera presentación de su Manfred, en Weimar, Schumann arremete otra vez contra Wagner y su música; ahora en una forma cruda y lamentabilísima. Dice de él que carece del sentido de la forma; que su genio no despide rayos de la luz pura; que su música es inferior a la de un aficionado y a veces repugnante y que es un signo de decadencia considerar esa música entre las obras maestras del drama alemán. ¿Qué explicación darle a estas palabras? ¿Cómo justificar este juicio tan agresivo y desproporcionado brotado de una inteligencia tan poco usual como la de Schumann? Los nubarrones de la tormenta final ya circulan otra vez por su cerebro proyectando negras sombras sobre sus ideas. La locura que acecha a nuevamente a Robert no es aquella de la que hablaba Heine en sus “Cuadros de viaje”… “La verdadera locura es tan rara como la sabiduría verdadera. Quizá no sea, en el fondo, otra cosa que la sabiduría misma, que cansada ya de saberlo todo y de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la sabia resolución de volverse loca”.

En octubre de 1852, la luz de su genio vuelve a brillar a través de un claro o un desgarrón entre aquellos densos celajes de la locura que lo aqueja. Dedica a su amigo, el violinista y compositor húngaro Joseph Joachim, su Fantasía en re, para violín y orquesta, opus 131. Sus elogios y cariños a Johannes Brahms, son transmitidos por Schumann a través de sendas cartas a Joachim… “Yo creo que se fuese más joven escribiría algunas rapsodias sobre el joven aguilucho que se ha abatido de pronto en Dusseldorf procedente de los Alpes, o bien, para emplear otra metamorfosis, ese magnífico torrente que como el Niágara, se vierte en cascada desde lo alto, coronado por el arco iris mientras que revolotean en sus orillas la mariposa y el ruiseñor. Creo que Johannes Brahms es un nuevo apóstol San Juan, cuyas revelaciones desconcertarán a muchos fariseos y a otros muchos, por los siglos de los siglos” (Carta fechada en Dusseldorf, el 8 de octubre de 1853).
Brahms será el último ser sobre la tierra al que amará Schumann. Descubre en el joven aguilucho a su continuador, el cíclope que irá hasta el fin del derrotero cuya abertura él ha despejado. En un gran sentimiento de amor puro, en el que evoca a Mendelssohn y a Brahms juntos, proclama lo que él considera su verdad.

Brahms para Schumann es como un dios que dirige el futuro. Ve al joven de Hamburgo dando un formidable impulso al porvenir alimentando con su música una vasta teoría de artistas entre los cuales se encontrara un genio, que rebotará, rebasará los límites de la poseía, y así sucesivamente, indefinidamente, porque cree en el progreso, dentro del arte.

Este Brahms del que habla Schumann no posee más que su adolescencia y su genio. Tiene veinte años y desconoce todo de la vida. Legó hasta Schumann con timidez y audacia, como un púber temeroso y familiar que no duda del amor que quiere inspirar. Schumann parece encontrarse en ese joven de cabellos largos y mirada soñadora: cuando Schumann era joven y estudiaba en Leipzig, usaba también una cabellera que le caía sobre los hombros desmesuradamente. También poesía esa bella mirada de celaje azul, que sueña y se evade de pronto, fuera del mundo.

En otra carta a Joachim, fechada en Dusseldorf el 13 de octubre de 1853, escribe… “He comenzado a reunir y poner en orden mis ideas sobre al aguilucho. Mucho quisiera ayudarlo en su próximo vuelo público, pero temo que mi afecto personal sea demasiado grande para lograr una consideración imparcial de las luces y las sombras de su plumaje. Cuando llegue a una conclusión, que será dentro de pocos días, la comunicaré a su compañero de armas, que lo conoce mejor que yo”. Estas palabras dirigidas al violinista y compositor húngaro nos hacen reflexionar sobre lo difícil que es determinar cuál de los dos, Schumann o Brahms, se siente más satisfecho por esa amistad. ¿Será aquel muchacho de corazón virgen o aquel músico que ya ha vivido un buen tiempo para la poesía y el amor? De lo que sí podemos estar seguros es de que ambos pusieron de sí lo que toda amistad debe poseer: felicidad, amor, entrega, entereza y sacrificio.

Monumento a Schumann en su ciudad
natal, Zwickau en Sajonia.
Las crisis de Schumann se van agudizando poco a poco. Sufre dolores fulminantes, insomnios, una superexcitación terrible. De tanto en tanto, anota en su Diario, “Extrañas molestias en el oído”. A pesar de la enfermedad que lo perturba, aún acaricia otros proyectos: reunir en volúmenes sus obras de crítica y ordenar n un armonioso “Jardín de los poetas”, las prosas o poemas consagrados a la música. Son muchos los artistas con los cuales Robert se ha deleitado: Heinrich Heine, que goza e ironiza, en los Liederkreis (Op. 24), y el Amor del poeta (Op. 48); Goethe, que aspira a la paz en el Canto de Suleika (Op. 25); Burns, el escocés enamorado de cuna; Thomas Moore; Gordon Byron en el poema dramático Manfred (Op. 115); E.T.A. Hoffmann (Op. 16); Jean Paul en Mariposas (Op. 2); el Veneciano Chamisso, a quien evoca en la vida y el amor de una mujer (Op. 42); Reinick, el pintor (Op. 36); Justino Kerner, confundido con la brillante naturaleza (Op. 35); el nórdico Andersen (Op. 39) y otros más.

Hay otro dato en la vida de Schumann que no debe ser dejado de lado por cuanto en otra persona, que no padeciese la perturbación mental que lo aqueja a él, podría pasar como algo normal: el espiritismo. Ser Arthur Conan Doyle, el célebre creador de Sherlock Holmes, dice en su autobiografía… “me he visto obligado a dedicar mis últimos años a contar al mundo el resultado de treinta y seis años de estudio del ocultismo, a fin de hacerle ver la trascendental importancia de esta cuestión. Con esta misión he recorrido más de cincuenta mil millas y pronunciado conferencias ante más de trescientos mil personas, además de escribir siete libros sobre el tema. Tal es la vida que cuento detalladamente en mis memorias” (Sir Arthur Conan Doyle, Memorias y aventuras).
A partir del 30 de enero de 1854, las sesiones solitarias a su mesita de espiritismo se intensifican; allí posa las manos y le habla con voz sorda, lenta, difícil. Son innumerables las preguntas que ahora le dirige a la mesita. Siente necesidad de interrogar a los espíritus ilustres, de saber lo que pensaba Platón acerca de las relaciones entre el alma y la música.

Hay algo de malsano en la pasión con que hace girar la mesa, en su obstinación. Pero todavía, evocan la idea de demencia. ¿A qué trastorno corresponde exactamente su furor de espiritismo? ¿Por qué se excita con esa materia ciega que oscila bajo su mano? Al ver así a Robert Schumann, solitario, discutiendo con lo invisible, se tiene la impresión de que roza las fronteras por donde lo ignorado se sepa de lo conocido.

En febrero de 1854, Schumann escribe en su Diario, “Maravillosos sufrimientos”, en alusión a sus terribles insomnios. Hasta el día 16 no hay mejoría. El doctor Hasenclever viene a verlo todos los días, pero se muestra impotente ante el mal. En las horas de silencio y lucidez, el pobre Schumann llora al sentir destruirse su espíritu, bajo la acción de esa música e ultratumba, porque piensa que allí está el recuerdo de una vida anterior, a cuyo término ha cambiado de envoltura corporal. Se aferra desesperadamente a la realidad, al presente, a su trabajo, a su Clara; quisiera luchar como un gigante contra esa pesadilla que lo atormenta, pero su ya debilitado cuerpo, su maltrecha mente, parecen abandonado en una causa ya perdida.

No es difícil imaginarse escena más trágica que la que vive Schumann, y también Clara Wieck, la mujer que dejó su futuro como pianista para consagrarse a la vida y a la obra de Robert Schumann. En esas noches de febrero la música en la mente de Schumann debe haber estallado con una violencia irresistible. Los seres forjados de luz y dulzura le deben haber hecho comprender al enfermo que son ángeles llamados a dictarle, de parte del virtuoso Mendelssohn, un tema puro y divino. En esos imprevistos abandonos que hace de su lecho debe haber escritos esos ángelus venidos de celajes ignotos; vuelve a acostarse y prosigue su conversación con los ángeles. Está extendido sobre la espalda y observa el cielo: una claridad superterrestre baña la noche; la hora de la revelación perturbadora suena en algún resquicio del infinito.

Clara, fiel y amorosa, vela las alucinaciones del enfermo. Los gestos de la fisonomía de Robert le indican ansiosamente la mutación de sus sentimientos. Cuando Clara nota que rostro de su marido se ensombrece, se crispa, llama a al doctor Hasenclever, pero todo es inútil. Robert no ignora en ningún momento que está enfermo. La idea de que está destinado a una casa de alienados la tortura, lo angustia, lo atormenta. “Mi querida, le respete a Clara, ya no soy dueño de mí mismo, no puedo responder de mis actos”.

Los recuerdos del suicidio de su hermana Emilia en 1826, quien en un rapto de locura se arrojó al río, lo atormentan. En un descuido de Clara, Robert deja su dormitorio y se marcha de la casa. Es de noche, las calles están desiertas y una lluvia torrencial cae del hermético cielo. La música y los ángeles parecen guiar su paso, pero el siente que quiere huir de ambos. Camina al azar, sin saber ya dónde se encuentra. La visión de un puente le recuerda la existencia de su amado Rhin.

Esa noche el río parece haber tomado su cauce en el Leteo. En su mente, un ángel parece haber desplegado sus alas uniendo con sus extremidades las dos orillas. La música resuena en su mente. Schumann suspira y cae; es el clamor de una lama que ha llegado a los límites de sus fuerzas. Es la noche de 27 de febrero de 1854. Unos pescadores que lo han estado observando desde sus barcas lo salvan de morir ahogado. De allí es conducido a la clínica del doctor Richarz en Endenich, cerca de Bonn, la ciudad que vio nacer a su amado Beethoven. Allí permanece semiinconsciente a ratos y en estado de relativa lucidez otros. Tranquilo, apacible, vive de recuerdos; habla con amigos que ya no existen o que no están presentes. Clara se halla en el sexto mes de embarazo; este niño, a quien llamará Félix en memoria de Mendelssohn, nacerá en junio, mientras su padre continúa internado en Endernich. En el sanatorio Robert disfruta de una hermosa visión: un parque lleno de flores y árboles por donde Robert, bajo una estrecha vigilancia, pasea de cuando en cuando. Ha perdido la memoria y todo su pasado parece haberse desvanecido; poco a poco aparecerán chispazos de cordura que lo llevarán a recordar algunos hechos, algunos rostros, algunos afectos.

Robert no sabe tampoco que Clara sufre lejos de él; que Brahms, de regreso en Dusseldorf, le ayuda a soportar su desgracia; ha olvidado su paternidad. Los médicos apartan de él toda preocupación, todo recuerdo de un pasado doloroso. Está solo en la tierra, solo como un niño que acabara de nacer, sin padres. No tiene edad, ni amor ni arte. Vive el momento tierno o el momento triste, incapaz de evocar el que le ha precedido o de imaginar el que le seguirá.
Los médicos tratan de privarlo de cualquier preocupación, de cualquier recuerdo que le traiga algún pasado doloroso. El doctor Richarz y el doctor Peters lo acompañan en sus paseos matutinos y vespertinos. Él les habla de las impresiones que le causa la naturaleza; gusta de las violetas porque las considera dulces y tímidas. El resto del tiempo permanece en su lecho. Los médicos abrigan la esperanza de que una palabra, que un suspiro indiquen el despertar de esa alma prisionera entre las sombras.

El 18 de julio corta unas flores y le pide al doctor Peters que se las envíe a su mujer. Sabe que tiene una esposa pero no recuerda su rostro. Más adelante expresa al doctor Richarz el deseo de recibir noticias de su mujer. Richarz considera ese deseo como un buen indicio. En la concepción órfica el presente es contemplado sólo como una etapa a vencer en vista a un enfermo a un futuro de salvación.

Robert Schumann es el Orfeo que tañe su lira amenizando con su música a los dioses del infierno; pero no lo hace para sacar a su amada del averno, es su vida la que está en juego. Richarz accede y Clara le escribe el 13 de setiembre día del cumpleaños de Robert. Contemplar la letra de la mujer por la que lucho tenazmente contra un padre intolerante e intransigente lo regresa al mundo real. Emocionado, Robert contesta a la misiva reconstruyendo el pasado, preguntando qué se hecho de los seres que amaba y de los objetos que decoraban su vida y que tantas alegrías le dieron. “¡Qué placer me ha causado ver tu escritura, mi querida Clara! Mil gracias por haberme escrito en este día señalado entre todos y por los amantes recuerdos tuyos y de los queridos hijos. Dales a los pequeños mi amor y mis besos. ¡Oh, si pudiera veros, y oíros unas palabras! Pero la distancia es demasiado grande. Quisiera saber de ti, cómo vivís y en dónde; si tocas tan maravillosamente como siempre; si maría y Elisa continúan progresando y si todavía cantan. ¿Tienes aún el mismo piano Klemm? ¿En dónde están mis partituras y manuscritos? (…) ¿En dónde nuestro álbum de autógrafos de Goethe, Jean Paul, Mozart, Beethoven y Weber y las cartas dirigidas a ti y a mí? (…) También echo en falta papel pautado, pues a veces me siento inclinado a escribir algo de música. Mi vida aquí es muy sencilla. Mi distracción principal es la visita a Bonn y de allá el Siebengebrige y el Godesberg ¿Recuerdas que una vez, estando sentados allí, al sol, te dio un calambre? También quisiera saber, amada Clara, si tienes miedo de enviarme ropa y cigarros, pues me interesa mucho. Darme más detalle de los niños. (…) Y ahora, adiós, querida Clara y queridos hijos todos. Escribidme pronto”. (Carta fechada en Endenich, el 14 setiembre de 1854).

La misiva es de por sí desgarradora, el grito de un náufrago aferrado a un madero en un mar que comienza a encabritarse en una noche donde el cielo se cierra sin estrellas, el gemido de un hombre en cuyo espíritu se diluye la esperanza. Los días y las noches que se suceden en esa aparente lucidez es engañosa. ¿Pasará por esa mente trastornada el recuerdo de su padre? La de ese hombre que quiso tanto y que se esforzó mucho para hacer de su librería un lugar atractivo y el negocio más próspero de la ciudad; de ese hombre que fundó un periódico, que creó una colección de vidas ilustres de todas las épocas y países y que publicó una traducción de poemas de Byron y de Shelley. ¡Quién los sabe! ¿Seguirá en su memoria las noches en que iba con sus padres a cas del doctor Carus, quien lo había admitido en sus veladas desde que había dejado el Liceo de Zwickan por la escuela del doctor Doehner? ¿Manarán por esa mente perturbada los solitarios paseos, impregnados de melancolía, que emprendía alejándose de los amigos mientras buscaba en la literatura obras en las que se encontraran expresadas una tristeza y una angustia análoga a la que lo invadía en sus quince años? Esos años en que exploraba a Schiller, en que saboreaba a Schulze, descifraba a Goethe, consultaba a Young que hiciera otrora las delicias de su padre, años en que se embriagaba en los versos de Byron y adoraba a Shakespeare. ¡Quién los sabe! Robert parece mejorar. ¿Será una ilusión? Y si lo es, qué importancia tiene.
 

Brahms, sentado junto a su amigo Joachim,
violinista y copositor húngaro.

Lo más hermoso de la vida son las ilusiones de la vida, dijo Balzac en su “Fisiología del matrimonio”. El saber que ha sido padre nuevamente lo entusiasma, así lo manifiesta en una carta dirigida a Clara, fechada en Endenich el 18 de setiembre de 1854… “¡Qué gratas nuevas me envías! El nacimiento de un hermoso niño, y también en junio; la sorpresa que te dieron para tu cumpleaños nuestra queridas María y Elisa tocando Bilder aus Osten; el traslado definitivo de Brahms a Dusseldorf (dale mis cariñosos recuerdos) son en verdad noticias gratísimas. Si me consultaras sobre el nombre propondría el de un amigo inolvidable (Félix). Mucho me alegra saber que una colección completa de mis escritos, el concierto para violoncelo, la Fantasía para violín (que tan magníficamente toca Joachim) y las Fughetten, ha sido publicada. Ya que tan cariñosamente te ofreces. ¿Quieres mandarme algunos ejemplares? (…) Acabo de regresar de Bonn en donde he hecho la visita acostumbrada a la estatua de Beethoven, que siempre me deleita. Mientras esta allí comenzó a tocar el órgano de la catedral. Estoy mucho más fuerte y parezco más joven que en Dusseldorf. Y ahora he de hacerte una súplica. ¿No podrías escribirle al doctor Peter que me dé algún dinero de vez en cuando., y tú se lo abones? Me molesta no tener ni para darle a un pobre. Mi vida transcurre sin acontecimientos. (…) ¿Guardas aún el doble retrato que nos hizo Rietschel en Dresden? Sería muy feliz si lo tuviese aquí. También quisiera saber las fechas de nacimiento de los niños: están anotadas en el libro pequeño azul. Ahora voy a escribirles a María y a Elisa, que me pusieron unas líneas tan cariñosas. Adiós, pues, mi querida Clara. No me olvides y escríbeme pronto”.

Esto no parece la carta escrita por un alienado, la de un hombre que durante bastante tiempo camina por la cornisa que separa la cordura de la insania. Pero esta calma es un sosiego engañoso, son las aguas tranquilas que preceden a un mar que poco a poco se irá tornando proceloso. Peor no hay duda que esos recuerdos benditos que van llegando a su memoria a cuentagotas lo ayudan a conjurar su infortunio. Llama a Brahms en su ayuda; por medio de cartas y dela lectura de sus últimas obras. “¡Cuánto deseo verle a usted, mi querido amigo, y oír sus preciosas Variaciones ejecutadas por usted o por Clara y de cuya magnifica interpretación me habla Joachim en su carta! Existe en la obra entera una cohesión exquisita, y abundancia de fantástico hechizo, muy propio de usted, y, además, la prueba de lo que es para mí un nuevo desarrollo de su arte, y es la gran habilidad con que usted introduce el tema, de manera misteriosa y apasionada, y en momentos inesperados, para hacerle desaparecer después por completo. Muchas gracias también mi querido Johannes, por todas sus atenciones con Clara, que me habla siempre de usted en sus cartas. El invierno es muy templado. Ya conoce usted los alrededores de Bonn. Yo siempre me deleito en la contemplación de la estatura de Beethoven y en la hermosa vista desde el Siebengebirge. Escriba pronto a su amigo que le quiere y admira” (Carta fechada en Endenich el 27 de noviembre de 1854).

Los recuerdos siguen a los recuerdos como las olas que se asoman a la playa, y las exaltaciones hacia su joven amigo se tornan más cálidas. ¡Cuánta necesidad de afecto tiene este hombre que ha sido cruelmente separado de su mundo por el fatal destino! En su carta a Brahms del 15 de diciembre de 1854 hay una especie de alegría, de impaciencia feliz y emotiva. Ese tuteo súbito, es algo así como si tuviera el presentimiento de que negros y amenazantes nubarrones asoman en el horizonte de su lucidez. “Clara me ha enviado tu retrato. Me habla de las Baladas compuestas por ti, desde que nos hemos separado. ¡Me gustaría conocer tus nuevas obras! Desde Hanover no nos hemos vuelto a ver. ¡Ah, qué época feliz aquella! Adiós, mi fiel amigo, habla de mí y sigue escribiéndome”.

El amor de Schumann, su voluntad, su misión a la realidad parecen que triunfarán sobre la locura; por lo menos así lo creen Richarz y Peters, sus médicos de cabecera. Las visitas de Bettina de Arnim, de Joachim y de Brahms han causado un efecto positivo, pero muchas veces las caídas y recaídas suelen aparecer improvisadamente. Bettina Von Brentano, amiga de Goethe y de Beethoven, visitó a Schumann en Endenich y dejó un testimonio estremecedor. “A través de un patio desierto llegamos a una casa igualmente vacía, donde aguardamos al médico. Cuando éste llegó por fin, le pedí con insistencia que me permitiera ver a Schumann. Me condujo a una segunda casa a través de largos corredores, y en ella reinaba un silencio tan profundo que se había oído un ratón si hubiera corrido por el suelo. El doctor me dejó a solas un rato. Al final apareció Schumann. Corrí hacia él y lo abracé. Dijo que cada vez tenía más dificultades para hablar, porque hacía más de un año que apenas hablaba con alguien. Recordó algunos momentos de su vida pasada y expresó un gran entusiasmo al hacer una relación de sus antiguos alumnos. Más tarde, le comenté al doctor Richarz que Schumann se había mostrado muy tranquilo y amable, pero él me dijo que la nobleza de ánimo de Schumann era un síntoma más de enfermedad”.
Así como existe al declinar la vida, una edad crítica, la situación de Schumann ha llegado a una etapa hórrida donde mezcla la imaginario con la realidad y comenta sus estadías en Sicilia, en Londres, lugares donde no ha estado nunca. Johannes Brahms acude al lado del enfermo en cuanto Richarz y Peters lo autorizan, y así se convierte en el único consuelo con que Schumann cuenta hasta que se produzca el fin.

Brahms encuentra con gran sorpresa a un Schumann cuya mirada perdida busca una visión fugaz y febril. Aunque se halla muy excitado, parece agobiado por el peso de un gigante. Entre sus incoherencias insiste en que sus ángeles han regresado y que esa compañía busca recompensarlo por haber sido un buen hombre durante su vida.

 A Brahms no le cuesta percibir ese segundo divorcio de Robert con los hombres, con el mundo, y con él mismo inclusive, Brahms tenía la ilusión de regresar a Dusseldorf con Schumann, en donde Clara espera noticias, impaciente y angustiada. Richarz tiene esperanza en una recuperación, pero se niega a darle de alta. Brahms regresa con las manos vacías y Clara prosigue soportando su calvario.

En diciembre de 1855, Schumann ha adelgazado considerablemente, sus gestos se han vuelto lerdos, los rasgos de su rostro se modifican, se confunden, su corazón late lentamente. Para el 7 de diciembre el doctor Richarz ha perdido toda esperanza y hace se lo comunica a Clara. Brahms acude a Endenich en febrero de 1856 y se impresiona al ver al amigo transformado, al punto de no reconocerlo. Las alucinaciones del oído y de la vista son incesantes. Los amigos que acuden al sanatorio ha despedirse del amigo que deambula por los caminos ignotos de la locura se tienen que conformar, como en el caso de Wasilewski, a observarlo desde una puerta y a cierta distancia. En razón de los lazos de amistad que une a Brahms con el enfermo el doctor Richarz consiente a que se vean. Schumann reconoces confusamente a Brahms, la presencia del tan amado discípulo no le provoca ningún asombro. Pasa por esos días, mayo de 1856, observando un atlas geográfico en el cual busca nombres de ciudades, como quien planifica una gira musical.

Cada día que pasa, permanece más tiempo en su lecho; sus ojos claros, se enturbian, como el cielo ante la tempestad. Entre el 14 y el 23 de julio su salud se deteriora tan aceleradamente que el doctor Richarz envía un telegrama a Clara: si quiere encontrar con vida a su esposo, venga urgentemente.

En el cerebro de Schumann sólo existe un sonido; se trata de una nota, el la, que percute una y otra vez en sus sentidos y le ocasiona atroces sufrimientos. Acompañada de Brahms, Clara acude a Endenich; la agonía de Robert inspira tal tristeza, que Brahms suplica a Clara que renuncie a verlo. Clara insiste y con coraje enfrenta una realidad cruel y triste. En contraste con el alegre trinar de centenares de pájaros que revolotean por los jardines y con esos rayos de sol que iluminan la lúgubre habitación, encuentra a su marido perdido entre la blancura de las sábanas. Sus labios se mueven dulcemente. Al principio se niega a aceptar que aquel hombre sea su esposo. Hay en su rostro toda la alegría, todo el dolor de la locura. Madre de ocho hijos – uno ya había fallecido tiempo atrás -, Clara, a través de ese cuadro espeluznante y conmovedor, trata de reconstruir los antiguos rasgos, de encontrar la cara del hombre por el cual luchó tenazmente contra la voluntad de su padre. Un abrazo tierno, un beso casto, cierran el libro de un amor sublime de dos seres que supieron enfrentarse a la adversidad que trató de separarlos. Brahms, el querido aguilucho, solloza desconsoladamente ante la imagen desfigurada del hombre que le brindó cariño y comprensión en todo momento. Ella abandona Endenich el 27 de julio sin saber si volverá a verlo dejando atrás el último abrazo, el último beso. Es el amplexo de Andrómaca despidiendo a Héctor en las puertas de Troya antes de su definitivo enfrentamiento con el griego Aquiles.

Al día siguiente, el 28, Schumann es aquejado por constantes convulsiones. Es la lucha final entre Schumann y los ángeles de la insania, la sublevación de las fuerzas instintivas de la realidad contra la posesión demoniaca que precede al último vuelo. Después de la ardua batalla final viene la misteriosa calma. Su vida, antes un río tormentoso, se convierte en un apacible arroyo donde las últimas horas transcurren serenas y apacibles. Su corazón late con un ritmo que se torna insensible. A las cuatro de la tarde del 29 de julio de 1856, a los cuarenta y seis años de edad, Robert Schumann fallece en el sanatorio de Endenich.
Clara Shumann, al piano. Fotografía
tomada en 1895
Clara Schumann le sobrevivirá 40 años. Más tarde, relatará así, en sus memorias, aquellas últimas horas pasadas junto a la vida de su amado músico: … Johannes (Brahms) lo vio pero me rogo, con los médicos, que yo no lo viese; como un deber para mis hijos, creyeron que no tenía que conmoverme mucho. En una palabra, emprendí el viaje de regreso sin haberlo visto. Pero no soporté esto mucho tiempo: por el dolor, la nostalgia de Robert, el deseo de recibir aunque sólo fuese una mirada, el hacerle sentir mi proximidad, por todo eso tenía que volver a él, y así viaje nuevamente el domingo 27 de junto a Johannes. Lo vi, era el atardecer, entre las seis y las siete, me sonrió y me rodeó con un brazo, luego de un gran esfuerzo, pues ya no podía dominar sus miembros. Jamás lo olvidaré. No cambiaría ese abrazo por todos los tesoros del mundo. Mi Robert, ¡así hube de volverte a ver! ¡Con qué dificultad me fue preciso reconocer tus queridos rasgos! ¡Qué imagen dolorosa! Hace dos años y medio me fuiste arrebatado, sin despedida. Con tanta pesadumbre en el corazón yacía yo a sus pies, y apena si me atrevía a respirara. Sólo de cuando en cuando me regalaba Robert una mirada nublada pero indescriptiblemente suave. A su alrededor todo me parecía sagrado, incluso el aire que el generoso varón respiraba. Al parecer hablaba mucho, y siempre con los espíritus, y no toleraba que alguien permaneciese largo tiempo en su compañía; entonces se mostraba intranquilo y era casi imposible entender lo que hablaba. Una única vez comprendí “mi”, y seguramente quería decir “mi Clara”, puesto que al pronunciar aquella palabra me miraba con ternura. Luego dejo una vez “Conozco” – quería significar a “a ti”, probablemente -. El lunes 28, Johannes y yo pasamos todo el día fuera; de vez en cuando estuve con Robert, a menudo observándolo tan sólo desde una mirilla de la pared. Sufría terriblemente, aunque el médico decía que no. Sus miembros estaban sometidos a continuas convulsiones su habla era muy agitada. ¡Ay! Tuve que rogar a Dios que por compasión lo liberase. Desde hacía semanas sólo se alimentaba de vino y jalea. Hoy se los di yo misma y los tomó con expresión feliz y verdadera ansia, el vino lo sorbía de mis dedos. ¡Ah, bien sabía él que era yo quien se lo daba! El martes 29, fue liberado de sus sufrimientos. A las cuatro de la tarde adormeció sosegadamente. Sus últimas horas fueron tranquilas, y así se durmió definitivamente mientras los demás no lo observaban; nadie estaba con él en ese momento. Lo volví a ver sólo después de una media hora. Joachim (Joseph) había venido desde Heidelberg movido por un telegrama nuestro. Esto fue lo que después de mediodía me detuvo en la ciudad más que de costumbre. La cabeza yacía hermosa, con la frente despejada, límpida, suavemente combada. Me encontré junto al cadáver del hombre por mi apasionadamente amado, y me sentí en paz; toda mi desolación se trocó en agradecimiento a Dios por haberlo finalmente liberado, y cuando me arrodillé junto a su lecho, experimenté la santidad de la hora. Tuve la sensación de que su maravilloso espíritu flotaba sobre mí. ¡Ay! ¡si por lo menos me hubiese llevado consigo! Lo vi por última vez; le puse algunas flores junto a la cabeza. Se llevó mi amor consigo. ¡El jueves 31, a la 7 de la tarde, el entierro! Estuve en la diminuta capilla del cementerio y escuché la música fúnebre; luego lo sepultaron en la tierra, pero yo tenía el claro sentimiento de que no era Robert, y si tan sólo su cuerpo. Su espíritu se cernía sobre mí; mi oración nunca fue tan fervorosa como en esa hora. Que Dios me conceda la fuerza de vivir sin él”.

Schumann fue enterrado en el cementerio de Bonn y sobre su tumba erigieron posteriormente sus amigos, un sencillo monumento. En 1913 su casa natal en Zwickau, quedó convertida en Museo Schumann y se inauguró solemnemente.

Schumann nació el mismo año que Chopin, situándose de lleno, como aquél, en el mundo romántico. La música alemana romántica tiene en – Schumann, en lo que al piano se refiere, a su máximo exponente. Jamás se sabía hasta qué punto la trágica herencia patológica que llevó, primero a su hermana, y después a él la locura, pudo haber influido positivamente en su personalidad como músico.
Los torpes y absurdos excesos con dispositivos de su invención que le lastimaron la mano derecha, le impidieron proseguir - como ocurre con Beethoven debido a su sordera – una carrera de concertista; a partir de ahí sólo se dedicaría a la composición. Clara Wieck y Robert Schumann marcaron con sus vidas, un hito importante en la historia de la música. Ambos demostraron con sus acciones lo que Cicerón sentenciaba en su Oratoria… “Nada es difícil para el que ama”.

Wolfsschanze, Marzo – Agosto del 2011.





MIGUEL SERVET, HISTORIA DE UNA IGNOMINIA


“No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”
“Epístola Satírica y Censoria”
QUEVEDO    




Miguel Servet
“Te advertí con frecuencia que pisabas en falso al admitir esta monstruosa discusión de las tres esencias divinas. Deja, pues, de torcer la ley contra nosotros, como si trataras con un judío. Ya que no distingues como es debido, entre un gentil, un judío y un cristiano, te instruiré con toda precisión sobre esto”, escribe Miguel Servet a Calvino después de 1546, siete años antes de ser llevado a la hoguera.


Calvino fue para Servet el hombre fatal, la sombra negra de su mala fortuna a la que estuvo unido desde 1534. Juan Calvino era de Noyon, la antítesis perfecta de Servet, corazón duro, envidioso, calculador y mezquino, entendimiento estrecho, pero claro y preciso, organizador rigorista, inflexible y sin entrañas; nacido para la tiranía al modo espartano; escritor correcto, pero seco, sin elocuencia y sin jugo; alma de hielo, esclava de una mala y tortuosa dialéctica; sin un sentimiento generoso, sin una chispa de entusiasmo artístico; espíritu cerrado a todos los deleites de lo bello.

No podría concebirse dos personas más opuestas que Servet y Calvino. Un mismo hermetismo de cadáver, y una idéntica capacidad para enardecerse: el ala de la mariposa agitándose cerca de la llama y el bronce incandescente, casi enrojecido; en el fuego infernal. Servet tuvo una historia también semejante a la Juan Calvino. También él fue hijo de un notario, hermano de un cura, estudiante de abogado y seguidor del Papa. Como Calvino, empezó a estudiar la Biblia en sus lenguas originales cuando todavía era un estudiante de leyes. A la edad de 18 años Servet aceptó la creencia que le costó la vida casi 25 años después.


“Dios no es un ser con tres personas, esto le hace un monstruo de tres cabezas, dijo Servet. No se encuentra en toda la Biblia una palabra acerca de la trinidad o de las tres personas divinas, Jesús es un hombre y no el eterno Hijo de Dios. El Espíritu Santo no es un espíritu diferente de Dios, sino que es el Espíritu de Dios manifestado en el mundo”.

(“Errores de la doctrina de la Trinidad”)


Teólogo reformista, predecesor de la moderna exégesis racionalista, filósofo panteísta, médico, descubridor de la circulación de la sangre, geógrafo editor de Tolomeo, astrólogo perseguido por la Universidad de París, hebraizante y helenista, estudiante vagabundo, controversista incansable, a la vez que soñador místico, la historia de la vida de Servet y opiniones excede a la más complicada novela.

Toda duda acerca de la patria de Servet debe desaparecer ante la declaración explícita que él hizo en su primer proceso, el de Viena del Delfinado. Allí se dice natural de Tudela, en el reino de Navarra. Y aunque dos meses después, en el interrogatorio de Ginebra, afirma ser “aragonés, de Villanueva”, esta aserción ha de entenderse no como del lugar de su nacimiento, sino de la tierra de sus padres. Y, en efecto, la familia Serveto de Aviñón, y la familia Reves, segundo apellido de nuestro heresiarca, radicaban en Villanueva de Sixena, por más que él naciera casualmente en Tudela, viniendo a ser, por tal modo, aragonés de origen y navarro de nacimiento.

Fachada de la casa natal de
Miguel Servet en Villanueva de
Sigena, sede del Instituto de
Estudios Sijenenses "Miguel
Servert".
Miguel Servet (Michael Servetus, en latín) nació en Villanueva de Sigena en Huesca (Aragón) el 29 de setiembre de 1511, día de la festividad de San Miguel. Fue educado en un convento dominicano, donde se le emasculó, según era frecuente en esa época: conservaba así su voz infantil para el coro de la iglesia. Siendo todavía un adolescente se destacó en sus estudios como bien reconoce uno de sus biógrafos. A los 14 años de edad sabia griego, latín y hebreo, y sus conocimientos en filosofía, matemáticas y teología eran bastante buenos. Estudio derecho en la Universidad de Tolosa y medicina en la de París. También profundizó la filosofía, las Santas Escrituras, el Talmud y astrología.

No había salido aún de la adolescencia cuando comenzó a servir de paje y secretario de Juan de Quintana, confesor del emperador Carlos V.

En sus viajes oficiales constató las divisiones religiosas existentes en España, nación que había obligado a judíos y musulmanes a elegir entre la conversión al catolicismo o el exilio. Las autoridades españolas desterraron a 120 000 judíos que rechazaron el catolicismo y quemaron vivos en la hoguera a varios miles de moros a quienes por su religión consideraban herejes. La Inquisición jugó su papel preponderante en las torturas, juicios y quemazones a los herejes. La persona que más influenció en la organización y funcionamiento de la Inquisición española (Tribunal de Santo Oficio) fue su primer Inquisidor general, fray Tomás de Torquemada. Sobre él, al igual que sobre el mismo tribunal, se han tejido diversas especulaciones atribuyéndole casi todos los defectos posibles y favoreciendo de este modo la leyenda negra en torno a la Inquisición.

Torquemada era un hombre de virtudes reconocidas y plenas de un deseo fervoroso de defender la fe y la moral pública y privada, lo cual llevó a los Reyes Católicos a su designación como inquisidor general. Antes se había desempeñado por 22 años consecutivos como superior del convento de Santa Cruz de Segovia. No gustaba de honores ni dignidades y la humildad junto con su total desapego a las riquezas, era una de sus características más resaltantes. Al mismo tiempo, su temperamento era enérgico en la defensa de los dogmas católicos burlados permanentemente por las prácticas y ataques de los judaizantes. Acostumbrado al autocontrol y a una férrea disciplina, los exigía de los demás, enseñando con su ejemplo personal. Con perspicacia, veía el peligro que significaban los falsos conversos y la ineficacia de las autoridades para contener a los herejes. Por ello, desde su nombramiento, se abocó íntegramente a luchar en defensa de la religión, la fe, la moral y la propia España. Él fue el primero que normó la acción inquisitorial y los procedimientos que se utilizarían dando así un marco de legalidad al actuar, anteriormente desordenado, de los inquisidores.

Con 16 años, Servet se mudó a Francia para estudiar leyes en la Universidad de Tolouse, donde por vez primera vio una Biblia completa. Aunque estaba rigurosamente prohibido leerla, decidió hacerlo en secreto, y cuando terminó, juró volver a leerla “mil veces más”. Es muy probable que la Biblia que estudió en Tolouse fuera la Políglota Complutense, la cual permitía consultar el texto sagrado en los idiomas originales (hebreo y griego), así como la traducción latina. Pero ¿qué era la Políglota Complutense y por qué estaba prohibida por la Iglesia Católica? Antes de seguir con Servet, conviene un recuento histórico de este libro cuya lectura colocaba a Servet en la lista de los heresiarcas que debían ser exterminados por el bien de la Santa Iglesia.

Alrededor de 1455 hubo una revolución en la publicación de la Biblia: Johannes Gutenberg empleó por primera vez la imprenta de tipos móviles para su impresión. Por fin se rompían las cadenas que habían restringido la distribución de la Biblia a muy pocos manuscritos. Ya podía producirse en grandes cantidades y a un precio relativamente módico; no tardaría en ser el libro más distribuido del planeta.

Como la Biblia de Gutenberg estaba escrito en latín, los eruditos europeos vieron la necesidad de disponer de un texto confiable en los idiomas bíblicos originales: hebreo y griego. La Iglesia Católica aceptaba únicamente la versión Vulgata latina, si bien ello representaba dos grandes inconvenientes: en el siglo XVI, la mayoría de la población no entendía latín, y, además, en el transcurso de más de mil años, el texto de la Vulgata había acumulado una considerable cantidad de errores de los copistas.

Tanto los traductores como los estudiosos precisaban de una Biblia en los idiomas originales y una traducción latina mejorada. Así que en 1502 el cardenal Jiménez de Cisneros, político y consejero espiritual de la reina Isabel I de España, decidió satisfacer estas necesidades con una sola publicación. Esta histórica herramienta de traducción llegó a conocerse como la Políglota Complutense. Cisneros aspiraba a lograr una Biblia políglota, o plurilingüe, que contara con el mejor texto hebreo, griego y latino, incluidas algunas partes en arameo. Dado que el arte de la impresión se hallaba en sus inicios, marcaría un hito en su historia la consecución de esta empresa.

Primera página de la
Políglota Complutense, con
escudo del Cardenal Cisneros.
El primer paso de Cisneros en esta ingente labor fue comprar numerosos manuscritos hebreos antiguos- los cuales abundaban en España; así como conseguir varios manuscritos en griego y latín, para construir la base del texto de la Políglota Complutense. Cisneros confió la tarea de compilarlos a su equipo de expertos, a quienes dirigió en la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares (España). Entre los entendidos invitados a colaborar figuraba el prestigioso lingüista Erasmo de Roterdam, quien declinó la propuesta.

Tomó diez años llevar a cabo la monumental tarea de preparar el texto, y otros cuatro imprimirlo. Hubo muchísimas dificultades técnicas, pues los impresores españoles no poseían caracteres hebreos, griegos ni arameos. Cisneros requirió, entonces, los servicios de un maestro impresor llamado Arnaldo Guillermo Brocario para preparar la composición tipográfica en estos idiomas. Al fin comenzó a imprimirse en 1514. La impresión de los seis volúmenes que componen la obra completa acabó el 10 de julio de 1517, cuatro meses antes de la muerte del cardenal. Se publicaron unos seiscientos ejemplares, paradójicamente en pleno apogeo de la Inquisición española. (se produjeron seiscientos ejemplares en pergamino. En 1984 apareció una edición facsímil limitada).

La misma naturaleza de la Políglota Complutense suscitó algunos desacuerdos entre los expertos que trabajaron en ella. El conocido humanista español Antonio de Nebrija, precursor de los humanistas españoles, publicó en 1492 la primera Gramática Castellana y tres años después se entregó al estudio de las Santas Escrituras, lo que haría por el resto de su vida. Este conocimiento de los libros sagrados le permitió hacerse cargo de la revisión del texto de la Vulgata que aparecía en la Políglota Complutense. Pese a que la Vulgata se San Jerónimo era la única versión autorizada por la Iglesia Católica, Nebrija vio la necesidad de cotejarla con los textos originales en hebreo, arameo y griego. Tenía la intención de corregir los patentes manuscritos existentes de la Vulgata.

Para limar las discrepancias entre la Vulgata y los idiomas originales, Nebrija exhortó a Cisneros: “Planta de nuevo aquellas dos antorchas apagadas de nuestra religión que son la lengua griega y la lengua hebrea; ofrece recompensa a quienes se consagren a esta tarea”. Y le recomendó: “Cada vez que se presentan variantes entre los manuscritos latinos del Nuevo Testamento, debemos remontarnos a los manuscritos griegos; cada vez que haya desacuerdo entre los diversos manuscritos latinos o entre los manuscritos latinos y los manuscritos griegos del Antiguo Testamento, debemos pedir la regla de la verdad a la auténtica fuente hebraica”.

¿Cómo reaccionó Cisneros? En el prólogo de la Políglota…, el cardenal expuso sin ambages su opinión: “Hemos puesto la versión de San Jerónimo entre la hebrea y la septuaginta, como entre la sinagoga y la iglesia oriental, que son como dos ladrones, el uno a la derecha y el otro a la izquierda, y Jesús, esto es la iglesia romana en el medio”.

Como Cisneros no permitió que Nebrija corrigiera la Vulgata latina basándose en los textos de los idiomas originales, Nebrija prefirió abandonar la empresa en vez de estampar su firma en una revisión deficiente.

Papa Clemente VII
Volviendo a Miguel de Servet, al haber estudiado las Escrituras y haber visto en España la decadencia moral del clero, la fe católica de este excepcional hombre terminó viniéndose a tierra. Sus dudas se agravaron más al ver la coronación de Carlos V como emperador el papa Clemente VII. El pontífice, sentado en su silla gestatoria, recibió al monarca español, quien le besó los pies. Servet escribió después acerca del Papa: “Con mis propios ojos he visto yo mismo como lo llevaban con pompa sobre sus hombros los príncipes (…) Y cómo lo adoraba todo el pueblo de rodillas a lo largo de las calles”. Servet no lograba conciliar la sencillez evangélica con tanto ceremonial y opulencia.

Poco a poco iba incubándose en Servet el germen de su apostasía. Fue por esos años que dejó discretamente de trabajar para el confesor Quintana y comenzó a buscar en solitario la verdad. Estaba convencido de que el mensaje de Cristo no estaba dirigido a teólogos y filósofos, sino a la gente del pueblo, gente que lo entendería y lo pondría por obra. Así pues, decidió examinar el texto bíblico en las lenguas originales y rechazar toda doctrina en conflicto con las Escrituras. Cabe señalar que la palabra que más aparece en sus obras es “Verdad” y sus variantes.

Los estudios históricos y bíblicos lo persuadieron de que el cristianismo se había corrompido durante los primeros tres siglos de nuestra era. Aprendió que Constantino y sus sucesores habían promovido falsas enseñanzas que condujeron a la adopción del dogma de la Trinidad.

Entretanto, Servet había entregado su libro a Juan Secerius, impresor de Haguenan, en Alsacia, sin hacer caso de las exhortaciones de Ecolampadio, que lo llamaba judaizante y trabajaba, siempre en vano, por detenerle en sus temeridades. Parece que la misma intensión tuvieron los pastores de Estrasburgo, Bucer y Capitón, y aunque Servet no se rindió del todo a sus consejos, modificó por sugerencia de ellos algún pasaje. Realmente salió de Estrasburgo menos descontento que de Basilia, y, con la generosa inexperiencia propia de la juventud, no tuvo reparo en poner en el frontis de su obra sus dos apellidos, y su patria. El impresor tuvo buen cuidado de no dejar ninguna señal por donde pudiera descubrirse el suyo. El rótulo decía a secas: De Trinitatis Erroribus.

Edición de los Errores
acerca de la Trinidad.
Su libro “De errores acerca de la Trinidad”, el cual lo convirtió en blanco principal de la Inquisición. Servet tenia las ideas muy claras. Escribió: “En la Biblia no hay menciones a la Trinidad (…) Nosotros conocemos a Dios no por nuestras orgullosas concepciones filosóficas, sino a través de Cristo”. En su Declaración sobre Jesús el Cristo, indicó que el dogma de la Trinidad causaba perplejidad y confusión, y que las Escrituras no contenían “ni siquiera una sílaba” que lo respaldara. También llegó a la conclusión de que el espíritu santo no es una persona, sino la persona de Dios actuando.

La Biblia es para Servet la única regla de creencia, la llave de todo conocimiento, y en la Biblia está todo saber y filosofía, no ha de usarse ninguna palabra que no se lea en las Escrituras; todo lo que no se encuentre allí le parece ficción, vanidad y mentira. Tal era la consecuencia lógica de la Reforma; y conculcado el principio de autoridad, ¿Cómo había de respetar la de Lutero, Zuinglio o Escolampadio el que había roto con la de la Iglesia universal? ¿Ni cómo había de quedar ileso el sistema cristológico, cuando los luteranos se habían encarnizado tanto con el antropológico? Si les parecía lícito negar el libre albedrio y el poder de las obras, ¿Con qué derecho perseguían como impío y blasfemo al que, más audaz consecuente que ellos, quería penetrar en las entrañas del dogma? Providencialmente estaba ordenado que el hacha de la Reforma viniesen a ser los unitarios, y la evolución lógica que había comenzado con Juan Valdés siguió su curso con Servet y los socinianos.

Sus obras tuvieron buena acogida entre algunos lectores. Así, el reformador protestante Sebastian Franck escribió: “Servet, el español, defiende en su tratado que sólo hay una persona en Dios; la Iglesia romana mantiene que hay tres personas en una sola esencia: prefiero darle la razón al español”. Pero ni la Iglesia Católica ni las protestantes le perdonaron nunca sus ataques contra esa doctrina central. El estudio de la Biblia llevó a Servet a rechazar varias enseñanzas y practicas eclesiásticas por encontrarlas incompatibles con las Escrituras, entre ellas el empleo de imágenes en el culto. Un año y medio después de publicar “De errores acerca de la Trinidad”, dijo lo siguiente de los católicos y los protestantes: “Ni con estos ni con aquellos estoy de acuerdo en todos los puntos, ni tampoco en desacuerdo. Me parece que todos tienen parte de verdad y parte de error y que cada uno ve el error del otro, mas nadie el suyo”. En efecto, había emprendido en solitario su búsqueda de la verdad.

El libro fue calificado por Marcelino Menéndez y Pelayo en su “Historia de los Heterodoxos españoles” (1945), de “ruda mole de pedanterías rabínicas a medio digerir, sofismas de escolar levantisco, atrevimientos filosóficos, en medio del desprecio que a cada paso manifiesta por la filosofía.-, piadosas y fervientes oraciones, salpimentada con todas aquellas amenidades de estilo que en sus brutales polémicas usaban los teólogos protestantes- y muchos que no lo eran-, de la Santísima Trinidad. Imagínese qué efecto produciría semejante aborto (el libro de Servet), lo mismo en el campo católico que en el protestante… cuando el venerable confesor de Carlos V tropezó con un ejemplar de aquella impía producción de su antiguo secretario la calificó de pestilentisimum illum librum”.

Por su parte los protestantes no estaban menos furiosos. El reformador alemán Martín Bucer dijo desde el púlpito: “Servet merece que le arranquen las entrañas”. Malanchton, más frío, leyó despacio el libro y aprovechó muchas de sus sugerencias para sus propios escritos. En Basilia se prohibió la circulación del volumen. Servet viajaba por el mundo católico, lo conocían en todas partes, y nadie le puso nunca la menor cortapisa. Pero al pisar suelo “reformado” comenzaron a alborotar los gansos. No bien se enteraron de su libro contra la Santísima Trinidad, los teólogos luteranos no pudieron ocultar su enorme desazón. Antes, Servet había dogmatizado de palabra, y Ecoloampadio (Juan Hausschein), que era el Papa protestante de Basilia, avisó al reformador suizo Ulrico Zwinglio, a lo que éste contestó: “No se ha de sufrir tal peste en la Iglesia de Dios. Indigno es de respirar quien así blasfema”.
Queda pues, de manifiesto, con suficiente claridad, que si Calvino no hubiese quemado a Servet, lo habría procesado la Inquisición católica. Pero ésta hubiera puesto en su mano los medios de retractarse, mientras que lo de Calvino fue un auténtico secuestro y un asesinato Jurídico, como se deduce de las circunstancias que lo acompañan.

Pero su sinceridad ni sus agudas reflexiones le impidió extraer conclusiones equivocadas, entre ellas que, de acuerdo a ciertos cálculos la batalla de Armagedón y el Reinado Milenario de Cristo se iniciarían durante su propia vida.

Pero ¿qué haría ahora que los protestantes lo rechazaban como a un apestado a él y a su libro y con una iglesia romana dispuesta a llevarlo derecho a la hoguera?

Fue entonces que concibió la idea de emigrar a América. Por decidió cambiar su nombre por el de Miguel de Villanueva, nombre tomado de su pueblo natal, y así pasó 20 años sin ser descubierto. Servet tenía 22 años cuando contrajo una cita en París con Juan Calvino recientemente convertido. Servet había llegado a París después de tratar de encontrar seguidores de sus ideas en los estados germanos. Ahora esperaba convencer a Calvino. Este mantuvo la cita. Disfrazado, Calvino acudió a la casa en que se había concertado la reunión. Impaciente esperó al español, pero Servet no acudió. Diecinueve años después aparecería Servet en una ciudad helvética y se encararía con el hombre a quien había prometido encontrar en París.

En los próximos años, el incansable y bien dotado Servet hizo muchas cosas. Falto de todo recurso pecuniario, tuvo que buscar una tarea análoga a sus aficiones, y, como otros muchos sabios del siglo XVI, se hizo corrector de imprenta, oficio que exigía un profundo conocimiento de las lenguas sabias y mucho más literatura que al presente; como que el mismo Erasmo fue corrector en casa de Aldo Manucio. Los hermanos Trechsel, de Lyón, contrataron a Servet que, por entonces, se daba con todo ahínco al estudio de la geografía y de las matemáticas, y le encargaron preparar una nueva edición de Tolomeo mucho más correcta que las anteriores. Servet hizo un trabajo admirable para su tiempo. Obra maestra de tipografía y erudición, Servet ha sido honrado por muchos intelectuales con el merecido título de padre de la geografía comparada. La antigua versión latina de Tolomeo, hecha por Bilibaldo Pirckheimer, abundaba en toda suerte de errores geográficos y de sentido, que Servet remedió en gran parte colacionando las antiguas ediciones y algunos manuscritos griegos. El texto fue prolijamente adornado con grabados en madera e ilustrado con cincuenta mapas. En el libro hace un triste retrato de los españoles de quienes decía “que son de buena disposición para las ciencias, pero que estudian poco y mal y cuando son semidoctos se creen ya doctísimos, por lo cual es mucho más fácil encontrar un español sabio fuera de su tierra que en España. Forman grades proyectos, pero no los realizan, y en la conversación se deleitan en sutilezas y sofisterías. Tienen poco gusto por las letras, imprimen pocos libros y suelen valerse de los que les vienen de Francia. El pueblo tiene muchas costumbres bárbaras, heredadas de los moros. Las mujeres se pintan la cara con albayalde y minio y no beben vino. Es gente muy templada y sabría la española, pero la más supersticiosa de la tierra. Son muy valientes en el campo, sufridores de trabajos, y por sus viajes y descubrimientos han extendido su nombre por toda la superficie de la tierra”.

Estudió arte consiguiendo el grado de maestro y se doctoró en Medicina. La curiosidad científica lo llevó a practicar disecciones de cadáveres, como lo había hecho antes Leonardo da Vinci, con objeto de entender el funcionamiento del cuerpo humano. Tuvo por maestros a Jacobo Silvio Du Bois, de Amiéns; a Juan Fernel de Clermont, y al famoso anatómico Juan Günther, de Andernach; y por condiscípulo y amigo, al gran Andrés Vesalio, el padre de la anatomía moderna, con quien hizo muchas disecciones, preparando los dos, como ayudantes, la lección de Winter. Así lo refiere este en sus “Instituciones anatómicas”: “En esto tuve por auxiliares a Andrés Vesalio, joven muy diligente en la anatomía, y después a Miguel Vilanovano, varón de todo género de letras eminente y a ninguno inferior en la doctrina de Galeno. Con la ayuda de estos hombres examiné en muchos cuerpos humanos las partes interiores y exteriores, los músculos, venas, arterias y nervios y los mostré a los estudiosos”.

Portada de la obra de
Miguel Servet
Christianismi restitutio
(1553).
Debido a su gran conocimiento de la anatomía humana, Servet se convirtió posiblemente en el primer europeo en descubrir la circulación pulmonar de la sangre, de la cual dio cuenta en su “Restitución del cristianismo”. Tales comentarios se realizaron setentaicinco años antes de que William Harvey hiciera una descripción completa del aparato circulatorio.

El Tolomeo se vendió bien, a pesar de su alto precio en el mercado, y la fama de Miguel Servet como hombre de ciencia fue aumentando. La amistad que hizo por aquel entonces con un médico de Lyón llamado Sinforiano Champier, hombre erudito y laborioso, fue trascendental para ampliar sus conocimientos en medicina. Durante el juicio al que fue sometido más tarde en Ginebra, se le criticó por presentar en esa obra a Palestina como tierra estéril y apenas cultivada. Servet repuso que dicha descripción se refería a su estado actual, y no al que tenía en la época de Moisés, cuando sin duda fue un lugar que manaba leche y miel.

También escribió el “Tratado Universal de los Jarabes”, que proporcionó un enfoque equilibrado y novedoso de determinado tipo de medicina. El caudal de conocimientos que contiene este libro convierte a su autor en precursor en el campo de la farmacología y en el uso de las vitaminas. Dada la erudición que demostró en tantas materias, un historiador lo ha llamado “Uno de los más grandes intelectos de la historia e ilustre contribuidor a la cultura universal”.

En París, Servet dio conferencias sobre geografía y astrología. Predijo un eclipse de Marte con la Luna. Incluso se aventuró a predecir lo que ocurriría a los hombres y a las naciones, según los signos estelares. Por esto y por haber hablado insolentemente a un profesor, Servet fue llevado a juicio ante el Parlamento francés. Se defendió tan bien que escapó con una reprimenda y la condena sobre sus escritos sobre Astrología. Nadie sospechó que fuese Servet, negador de la doctrina de la Trinidad.

Por 12 años Servet vivió pacíficamente en la ciudad francesa de Viena, cerca de Lyón. Allí editó libros y practicó la medicina; era un católico modelo y gran amigo del Arzobispo, quien nunca sospechó que el piadoso Villanueva fuese aquel Servet que había escrito que el Papa era “la más vil de las bestias”. Y la Iglesia de Roma “la más depravada de las rameras”. Siguiendo esta existencia de dos caras, Servet estaba muy ocupado escribiendo otro libro. Calvino había llamado a su obra maestra: “Instituciones del Cristianismo”. Servet llamó al libro suyo: “Restituciones del Cristianismo”.

Estos dos libros, tan controversiales en esencia y en contenido, definieron a la larga las posiciones de estos dos intelectuales: riberas opuestas de un mismo rio; el anverso y el reverso; diástole y sístole de un corazón irreconciliable consigo mismo.

En este punto veo conveniente una breve reseña de ambos libros para compenetrarlos más en el pensamiento de ambos reformadores.

Portada de La
Institución de la
Religión Cristiana.
La Institución Cristiana es la obra máxima “Summa” del protestantismo, escrita por Juan Calvino, quien la elaboró en ediciones sucesivas hasta su muerte el 27 de mayo de 1564. La primera edición latina publicada en Basilea en 1536, es un compendio en cinco capítulos de la fe de Calvino poco después de su adhesión a la Reforma.

El primer libro de la edición definitiva trata del conocimiento de Dios creador y soberano sector del mundo.

El conocimiento del mundo y el de nosotros mismos son el fundamento de la verdadera sabiduría y son inseparables porque el mundo no se conoce verdaderamente a sí mismo sino en presencia de la santidad absoluta de Dios; y no conoce a Dios hasta que conoce la profundidad de su propia miseria espiritual.

El conocimiento de Dios está naturalmente impreso en el espíritu humano, y esto hace a los hombres inexorables por su impiedad. Pero puesto que el conocimiento natural de Dios está corrompido por el pecado original, es necesario recurrir a la guía de la Escritura, cuya autoridad está confirmada por el testimonio del Espíritu Santo en la conciencia del creyente. Sigue a esto el tratado de la Trinidad de la Creación y de la Providencia. Dios es la voluntad soberana que gobierna el mundo para su gloria, sometiendo a sus designios a las criaturas buenas y malas, y obligando al propio Satanás a cooperar al bien de los fieles.

El segundo libro trata del conocimiento de Dios redentor. Por la caída de Adán todo el género humano ha sido sometido a maldición. El hombre, privado del libre albedrío, está sometido a una miserable esclavitud, y su corrompida naturaleza no produce nada que no merezca condenación. Su sola esperanza de redención es Jesucristo. La ley del Antiguo Testamento ha sido dada para mantener la esperanza de los hombres en la venida del Redentor. Cuando los tiempos estuvieron maduros, apareció como mediador ante Dios y los hombres, Jesucristo, verdadero Dios y hombre verdadero. Investido de la triple función profética, regia y sacerdotal. Él ha cumplido la redención mediante su muerte, su resurrección y su ascensión a la diestra del Padre. El hecho de que Cristo haya “merecido” la salvación de los hombres no aminora, por lo demás, la gracia de Dios, de la cual es, por el contrario, una demostración.

El libro tercero, el más importante de la obra, comienza diciendo que la doctrina expuesta en los libros precedentes no es de ninguna utilidad si no es desarrollado interiormente, avivada por la acción del Espíritu Santo, cuyo principal efecto es la fe. La fe es, objetivamente, la sana doctrina, subjetivamente el conocimiento de ella, y de modo particular de la voluntad misericordiosa de Dios que se ha revelado en Jesucristo. En tal sentido la fe es confianza, certidumbre de la remisión gratuita de las culpas prometida por el Evangelio. Si bien puede existir durante algún tiempo también en los réprobos, la fe es dote de los elegidos, en los cuales está inspirada y sellada por el Espíritu Santo. La fe produce la verdadera penitencia y la regeneración de las almas, restaurando la imagen divina con la “mortificación” de la carne, y la vivificación del espíritu; y se prosigue por grados hasta el fin de la vida terrena; refutación del concepto escolástico de la penitencia, de las indulgencias, del purgatorio. La vida del hombre cristiano consiste en la renuncia a sí mismo, en la paciencia para sufrir la cruz, y en la meditación de la vida futura.

Al llegar a este punto, Calvino introduce el tratado de la “justificación de la fe” en el sentido luterano - melanchtoniano, doctrina necesaria para glorificación de Dios, y para la radical humillación del hombre y para la paz de los fieles. Con la justificación de la fe se relaciona la doctrina de la libertad cristiana, que es obediencia interior, igualmente alejada del legalismo a lo judaico y del “libertinismo”.
Sigue el tratado de la oración y de la exposición del “Padrenuestro”, y, finalmente, la doctrina de la “elección”, por la cual Dios, en su soberano consejo, ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la perdición. Esto, en cuanto a Calvino y su libro. Veamos ahora las “Restituciones del Cristianismo”, el controvertido libro de Servet, y causa principal de su condena a ser quemado vivo en la hoguera.

El titulo tiene significado polémico contra la obra de Calvino. Servet es el exponente principal de la corriente más radical de la Reforma, que, persiguiendo el ideal de interiorización y simplificación evangélica, llevó su crítica hasta el corazón del dogma cristiano, combatiendo la doctrina “escolástica” de la Trinidad, mantenida integra por los reformadores protestantes. El pensamiento de Servet es místico y panteísta. Dios es energía, actividad, fuerza infinita continuamente en acción. El Verbo no es el Hijo, coetáneo y consubstancial con el Padre, sino una disposición divina mediante la cual Dios se complace en revelársenos, y que se hace persona real únicamente en Cristo. Jesús es un hombre rebosante de divinidad, por ella divinizado, a fin de que por medio de él también los hombres se conviertan en hijos de Dios mediante la iluminación del Espíritu.

El dogma de la Trinidad tiene significado histórico, no metafísico: describe nuestra iluminación y redención y será abolido cuando Cristo restituya el reino de Dios Padre. Esta concepción tiene alguna afinidad con la doctrina de las tres épocas en Gioachino da Fiore, al que, sin embargo, Servet no conoció directamente. La fe es energía activa de purificación interior, identificación con Cristo, que produce la obediencia a sus preceptos, y que es la única ley del cristiano. Este concepto místico de la fe tiene mayor afinidad con Erasmo y Juan de Valdés, que con Lutero. El amor de Cristo, la caridad viva, son el aspecto positivo de la doctrina servetiana, que tuvo gran influencia principalmente en Italia, sobre aquel antitrinitarismo cuya más cumplida expresión fue el Catecismo Sociniano, obra de Fausto Sozzini (1539-1604), que la dejó incompleta y que tomó su forma definitiva de sus discípulos. Entre las cuestiones más trascendentales que trata Sozzini gira en torno a la afirmación de que no existe el pecado hereditario.

Hasta aquí los dos libros, antagónicos en conceptos cardinales.

 En su libro sobre los heterodoxos españoles Menéndez y Pelayo tiene palabras muy gruesas para calificar las “Restituciones…” de Servet:… “verdadero cosmos teológico, pero que debiera titularse en realidad Destrucción del Cristianismo, amasijo de doctrinas neoplatónicas, influidas por Maimónides, Aben Hezra, Hermes Trismegisto, Filón, Jámblico, Porfirio y Plotino.

Juan Calvino
No faltan las ideas materialistas también y alusiones a su descubrimiento de la circulación de la sangre. Aquella doctrina puede calificarse de “pancristianismo”, derivación del panteísmo. En la parte relativa a la salvación del alma (soteriología) ataca el fatalismo protestante, pero de paso se desata en groseros insultos contra el Papa y la Iglesia romana. En el ejemplar que llegó a manos de Calvino, vio éste reproducidas allí no solo las doctrinas que tanto odiaba, sino el contenido de las cartas particulares que el aragonés le había escrito, con cuantos epítetos injuriosos y frases de menosprecio habían dictado a Servet el calor de la controversia y la destemplanza de su propia condición…”

Más adelante agrega…


“Tal es el libro de Servet: enorme cogerie, especie de orgía teológica, torbellino cristocéntrico, donde no se sabe qué admirar más, si la pujanza de los delirios o la ausencia casi completa de buen juicio, y donde el autor parece sucesivamente pensador profundo, hermano de Platón y de Hegel, místico cristiano de los más arrebatados y fervorosos, paciente fisiológico, escritor varonil y elocuente y fanático escapado de un manicomio, dominado sobre todo esto el vigor sintético y unitario de las concepciones y la índole terca, aragonesa e indomable del autor. Verdadero laberinto, además, en que cuesta sacar en claro si el Cristo que Servet defiende es Dios u hombre, ideal o histórico, corpóreo o espiritual, temporal o eterno, y si vive en este mundo o en el otro”

(“Historia de los heterodoxos españoles”)



Respetando la opinión de hombre tan docto como Menéndez y Pelayo, de cuya erudición hace mofa Alfredo González Prada al decir que “aquel hombre que sabía el número de pelos que tenía la cola del caballo de don Quijote”, cabría preguntarse si del mismo manicomio del que dice habría salido Servet, no sería el mismo del que habrían de salir la banda de lunáticos asesinos que aterrorizaron la tierra con aquella sanguinaria institución que él, con el mismo fanatismo que de esos criminales, defiende a ultranza: la Inquisición. Escuchemos al “ecuánime” erudito español: … “El genio español es eminentemente católico: la heterodoxia es entre nosotros accidente y ráfaga pasajera”. Pero, si la herejía era “accidente y ráfaga pasajera”, ¿acaso valía la pena instituir la Inquisición para combatir fantasmas? Después de “tan inteligente” premisa, Menéndez y Pelayo dice que el verdadero creyente no puede dejar de aprobar las acciones de la Inquisición. “El que admite que la herejía es crimen gravísimo y pecado que clama al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil; el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición”.

He sido lector de Menéndez y Pelayo desde la escuela secundaria, fervoroso admirador de su entrega total al estudio, pero no puedo entender ese fanatismo suyo, rayano en la estupidez, que justifica la persecución e incluso encarece y glorifica las acciones del Santo Oficio. Volvamos a Servet.

En los años 1546 y 1547, cuando tenía 35 años, Servet estuvo en correspondencia con Calvino. Ya que no podía entenderse con él de palabra, determinó escribirle, sin pensar que aquellas cartas iban a ser el instrumento de su pérdida. Para hacerlas llegar a manos de Calvino se valió del común amigo Frellon, editor iyonés, para quien uno y otro habían trabajado y que hacía gran contrabando de libros protestantes. La correspondencia empezó en 1546 y continuó todo el año siguiente. Calvino usó en ella su seudónimo, Carlos Despeville, y entró con disgusto en la polémica, mirando al español como un satanás que venía a distraerle de sus provechosos estudios y a quien no tenía esperanza alguna de convencer. Servet empezó por proponerle sus cuestiones favoritas: “¿si el hombre Jesús crucificado es hijo de Dios y cuál es la causa de esta filiación?”. “¿Cómo se entiende el reino de Cristo en el hombre y cuándo puede decirse que éste queda regenerado?”.

“¿Por qué se dice que el Bautismo y la Cena son sacramentos de la Nueva Alianza y si el Bautismo debe ser recibido a la edad de la razón como la Eucaristía?”.

Estas preguntas eran hechas de buena fe como por un monomaniaco teológico, ávido de disputa y atormentado por la duda. Calvino le respondió con tono y dogmatismo de maestro, lo cual hizo que Servet perdiera la paciencia y una tras otra, le escribió hasta treinta cartas, que hoy pueden leerse al final de las “Restituciones…” y que reflejan la exasperación del iracundo reformista: llenas de groseras y brutales injurias contra Calvino, estas cartas son el crudo testimonio de un alma exacerbada. Ímprobo, blasfemo, ladrón sacrílego son algunos ucases lanzados a quemarropa por Servet. Además de esto, viene una carga explosiva de feroces herejías contra el misterio de la Trinidad (cerbero, tricipite fatale somniun, etc.), afectaban un tono de superioridad insoportable para el orgullo de Calvino. Añádase a esto que, aparte de sus yerros unitarios y anabaptistas, Miguel Servet, al fin y al cabo hombre de gran entendimiento, había puesto el dedo en la llaga del calvinismo y aun de toda la Reforma y con razón exclamaba: “Tenéis un Evangelio sin verdadera fe, sin buenas obras…, las cuales son para vosotros vanas pinturas. Vuestra decantada fe en Cristo es humo sin valor ni eficacia; habéis hecho del hombre un tronco inerte y habéis anulado a Dios con la quimera del servo arbitrio. Hacéis caer a los hombres en la desesperación y les cerráis las puertas del reino de los cielos… La justificación que predicáis es una fascinación, una locura satánica… No sabéis lo que es la fe ni las bunas obras, ni la regeneración… Hablas de actos libres como si en tu sistema pudiera haber alguno; como si fuera posible elegir libremente, cuando Dios lo hace todo en nosotros: ciertamente que obra en nosotros Dios, pero de manera que no coarta nuestra libertad. Obra en nosotros para que podamos pensar, querer, escoger, determinar y ejecutar… ¿Qué absurdo es eso que llamas necesidad libre?”

Estos ataques vitriólicos pusieron a Calvino fuera de sí, y más cuando le remitió Servet un ejemplar de sus “Instituciones del Cristianismo”, la obra fundamental y predilecta de Calvino, llena de anotaciones injuriosas en los márgenes, que eran, a todas luces, despreciativas para la obra y para el autor: “No hubo página que no manchara con su vomito”, escribe Calvino. Y como si todo esto no bastara, recibió al poco tiempo un enorme mamotreto que Servet había escrito: el primer borrador de sus “Restituciones…”, con una recomendación semejante provocativa: “Ahí aprenderás cosas estupendas e inauditas; si quieres, iré yo mismo a Ginebra a explicártelas”.

Guillermo Farel
En una carta escrita al rechoncho reformador francés Guillermo Farel, Calvino le dijo: “Servet acaba de enviarme, juntamente con su carta, un extenso volumen de sus locuras. Si se lo consiento vendrá aquí; no diré una palabra para que venga, pero si lo hiciera, mientras tenga aquí alguna autoridad, no permitiré que salga con vida”

Sin embargo Calvino, sabiendo dónde estaba Servet, no tomó ninguna acción delatoria para para denunciarlo a las autoridades católicas de Viena.

En 1550, siendo médico del arzobispo de Viena en el Delfinato, Servet contactó con dos cuñados suyos que eran impresores y logró imprimir, clandestinamente las “Restituciones…”. En lugar de su nombre, Servet sólo puso las iniciales M.S.V. (Miguel Servet Villanueva). Al final del libro, como apéndice, incluyó las 30 cartas escritas a Calvino.

En aquel tiempo, en la próxima ciudad de Lyón, cinco pastores protestantes estaban encerrados esperando la sentencia de muerte. Acababan de terminar sus estudios en Suiza y volvían como misioneros a su nativa Francia. A las tres horas de haber cruzado la frontera fueron descubiertos y encarcelados. Todo el mundo protestante estaba conmovido y excitado respecto a su suerte. Cartas y mensajeros de protesta vinieron como un rio de todas las iglesias y ciudades suizas. Calvino escribió también encendidas cartas de consuelo y ánimo a los cinco jóvenes predicadores que se hallaban en la cárcel, antes de que, encadenados unos a otros, fueran quemados en la hoguera en el mes de mayo de 1553.

Entre tanto, Servet había dado una última corrección a su libro y buscaba por todos los medios de publicarlo: empresa verdaderamente temeraria ¿sería fácil encontrar un impresor que tuviera la osadía de entregar al mundo esa tea encendida, que más que “Restituciones del Cristianismo” podía ser calificado como Destrucción del cristianismo? Marrinus, un editor de Basilia recibió el manuscrito como quien recibe a un apestado en su casa; el 9 de abril de 1552 Marrinus leyó el manuscrito y lo devolvió, excusándose de publicarlo. La publicación era comprometedora para cualquiera que se atreviera a publicar esa dinamita con mecha encendida: Nadie se atrevía a caminar por la cornisa con vientos huracanados alrededor. Fue entonces que Servet, que caminaba ciego y desatentado a su ruina, decidió publicar sus “Restituciones…” a costa suya y en la misma Viena. Logró convencer al impresor Baltasar Arnoullet para que instalara una prensa clandestina, dirigida por Guillermo Guéroult. Luego de hacer juramentar a los operarios y con gran recelo y rapidez, logró que en cuatro meses se imprimieran 1000 ejemplares. Las pruebas fueron corregidas con minuciosidad de entomólogo por Servet, y el 3 de enero de 1553 todo estaba concluido. Al fin de la última página se leen las iniciales M.S.V. según Menéndez y Pelayo, “El titulo viene a decir, traduciendo a nuestra lengua: Restitución del cristianismo, o sea revocación de la Iglesia católica a sus antiguos quiciales, mediante el conocimiento de Dios, de la fe de Cristo, de nuestra justificación, de la regeneración del Bautismo y de la manducación de la cena del Señor. Restitución, finalmente, del reino celeste, después de romper la cautividad de la impía Babilonia, y destrucción total del Anticristo con todos sus secuaces”.

Terminada la impresión de su obra, Servet la empaquetó en cajas de cien ejemplares cada una y envió cinco de ellas a Pedro Merrin, fundidor de tipos de Lyón, y otra a Juan Frellon, para que los mandara a vender a la feria de Francfort. El resto de la edición quedó bajo custodia de un amigo de Servet, llamado Bertet, que vivía en Chatillón.

Uno de los ejemplares remitidos a Frellon llegó pronto a manos de Calvino, quien estalló en cólera al ver en ese libro no sólo las herejías de su adversario acrecentadas y subidas de tono, sino todas las cartas que le había dirigido, con cuantos epítetos injuriosos y frases de menosprecio habían dictado a Servet el calor de la controversia y la destemplanza de su propia condición.

Estatua de Miguel
Servet, maniatado a la
estaca de la hoguera,
en la Plaza Aspirant
Dunand
de París.

Pero Servet no se hallaba a su alcance ni era de esperar que viniese a Ginebra. ¿Cómo deshacerse de tan incómodo sujeto? Fue entonces que Calvino no encontró otro medio que una delación infame y aun hecha cobardemente, lanzando a su enemigo la piedra y escondiendo la mano. Necesitaba un testaferro y lo encontró sin dificultad en un protestante de Ginebra de nombre Guillermo de Trye. Era este hombre un mercader de Lyón de oscuros antecedentes. Calvino aprovechó un entredicho entre Trye y un primo suyo que vivía en Lyón y que se llamaba Antonio Arneys. Este le escribía continuamente a Trye echándole en cara su apostasía y exhortándole a volver al gremio de la Iglesia. Arneys se mofaba constantemente de la falta de orden y disciplina que existía en Ginebra. Fue entonces que Calvino se ofreció gentilmente a dictarle a Trye las contestaciones a las cartas del primo, sabiendo que Servet se hallaba en Lyón de incognito. En una de esas cartas Trye (Calvino) intercaló unos párrafos intrigantes:


“Aquí no se permite, como entre vosotros, que el nombre de Dios sea blasfemado y que se siembren impunemente doctrinas y opiniones execrables, y puedo alegarte un ejemplo, que bastará a cubriros de confesión. Dejáis vivir tranquilamente a un hereje que merece ser quemado tanto por los papistas como por nosotros…,un hombre que llama a la Trinidad cerbero y monstruo del infierno…, que destruye todos los fundamentos de la fe, que recopila todos los sueños de los herejes antiguos y condena como invención diabólica el bautismo de los párvulos. Ese hombre ha sido condenado por todas las iglesias; pero vosotros le habéis tolerado hasta el punto de dejarlo imprimir sus libros, llenos de blasfemias. Es un español llamado verdaderamente Miguel Servet, pero que se hace llamar ahora Villanueva y ejerce la medicina. Ha vivido algún tiempo en Lyón y ahora reside en Viena, donde su libro ha sido impreso por un quídam que ha puesto allí una imprenta clandestina y que se llama Baltasar Arnoullet. Para que encuentres veraz lo que te digo, te envío como muestra el primer pliego…”

(Carta fechada por Trye en Ginebra, 26 de febrero de 1553).



Conviene tener en cuenta que las páginas que Trye envía a Antonio Arneys son páginas del libro impreso, cuyos ejemplares empezaban a correr de mano en mano y no del original manuscrito que Servet envió a Calvino, del cual este no hizo ningún uso.

Inmediatamente que Arneys recibió la carta de Trye con las hojas del libro, entrego todo al inquisidor general de Francia, Mateo Ory, quien de inmediato denunció a Servet ante el señor Villars, auditor del cardenal Tournon, quien vivía en ese entonces en su quinta de Rousillon, a pocos kilómetros de Viena. La casa de Servet fue allanada y sólo se encontró algunos ejemplares de su apología contra los médicos parisienses.

Servet juró por todos los santos que todo no pasaba de ser una confusión y que él era Miguel Villanueva, un fidelísimo seguidor de Roma, y nada tenía que ver con el hereje Servet, ni con el libro que llevaba las iniciales M.S.V. Como no se podía probar nada contra Servet, las autoridades eclesiásticas pidieron a Arneys que escribiera a Ginebra con la finalidad de recibir pruebas contundentes contra el hereje. La respuesta de Calvino, haciéndose pasar por Guillermo de Trye es obra maestra de duplicidad y perfidia, capaz de escarnecer no sólo a un hombre, sino a una comunidad. Fue tal el alboroto en torno al caso Servet, que Guillermo de Trye (Calvino) escribe a su primo Arneys en respuesta a su petición:


“Cuando os escribía mi carta pasada, nunca creí que las cosas habían de llegar tan lejos… Pero ya que habéis declarado lo que os escribí privadamente, quera Dios que esto sirva para purgar a la cristiandad de tales inmundicias y pestes. Si tienen esos señores tan buena voluntad como dicen, la cosa no me parece difícil; pues aunque por ahora no os puedo remitir lo que pedias, es decir, el libro impreso, os enviaré una prueba mucho más eficaz: dos docenas de cartas escritas por Servet, y que contienen una parte de sus herejías. Si se le presentase el libro impreso podría no reconocerlo; pero no sucederá así con su escritura. Todavía quedan por aquí no sólo el libro impreso, sino otros tratados de mano del autor; pero os diré una cosa, y es que me ha costado mucho trabajo sacar de manos del maestro Calvino lo que os envió ahora, no porque deje el de desear que tan execrables blasfemias sean reprimidas, sino porque le parece que, no teniendo él la espada de la justicia, su oficio es convencer a los herejes más bien que perseguirlos; pero tanto le ha importunado, que al fin ha consentido en entregarme esos papeles… Creo que por ahora tenéis bastante para apoderaros de la persona de ese tunante y comenzar el proceso. Por mi parte, sólo deseo que Dios abra los ojos a quienes discurren tan mal”

(Carta fechada por Trye en Ginebra, 26 de marzo de 1553).



La Rochefoucauld en sus “Máximas” manifiesta que las traiciones más frecuentes obedecen a la debilidad que a mi deliberado propósito de traicionar; a todas luces, este no parece ser el caso de Calvino.

El Inquisidor recibió aquellos papeles, pero comprendió bien que, firmados como estaban por Miguel Servet, no servían para convencer a Miguel de Villanueva, ni probaban de ningún modo que fuera autor de “Restituciones del cristianismo”, ni que este libro se hubiera impreso en Viena. De ahí que fuera necesario una nueva misiva de Arneys a Trye sobre este punto. Guillermo de Trye (Calvino) se apresura a contestar, una carta tan infame, vitriólica y ponzoñosa como las otras:


“Veréis la última epístola de las que os he enviado que él mismo declara su nombre, diciendo llamarse Miguel Servet alias Reves, y excusándose de haber tomado el nombre de Villanueva, que es el de su patria. Por lo demás, cumpliré, si Dios quiere, la palabra que os he dado de remitir sus libros impresos, lo mismo que os he hecho con las cartas… Y para que sepáis que no es la primera vez que ese desdichado se ha propuesto turbar la paz de la Iglesia, os diré que hace unos veinticuatro años fue expulsado de las principales iglesias de Alemania. De las cartas de Ecolampadio, la primera y segunda están dirigidas a él con este rotulo: Serveto Hispano neganti Christum ese Dei filium consubstantialem Patri. Melanchton habla también de él en algunos pasajes… En cuanto al impresor, sabemos de cierto que ha sido Baltasar Arnoullet, ayudado por Guillermo Guéroult, su cuñado, y no podrán negarlo. Es posible que la edición se haya hecho a expensas del autor y que él tenga ocultos los ejemplares”.

(Carta de Trye fechada en Ginebra, el 31 de marzo de 1553)



Monumento en Champel
¿Queda alguna a los calvinistas y defensores de Calvino de que esas cartas serían entregadas a las autoridades católicas para ser utilizadas como prueba contra Servet? Cuales quiera sean los esfuerzos de los protestantes por justificar a Juan Calvino, desde aquella época hasta la nuestra, la denuncia no deja lugar a dudas, pues, era imposible no darse cuenta de la trascendencia de su acción al entregar las cartas y acotaciones de Servet a los jueces de la Inquisición. Además, el mismo Calvino lo reconoce: “No quería negarlo”, dice. Y agrega “Si lo hubiera fulminado con el fuego celeste, no habría hecho más que cumplir con mi deber, pues no es solo a la pequeña comunidad ginebrina la que está confiada a mi cuidado, sino la Iglesia Universal”. Calvino olvida lo esencial: que no quemará a Servet con el fuego del cielo, sino con el de la tierra. Pero ya que llega a ello por la “Gloria Dei”, no vacila un segundo en que todo le es lícito, incluso la delación. Calvino parece ser un hombre de felonías antes que un hombre que debate sobre ideas. Calvino se niega, a diferencia de Servet, a beber del agua de la verdad y la tolerancia, de la comprensión y la paciencia. Parece haber olvidado las palabras del evangelista:


“… Cualquiera que bebiese de
esta agua, volverá a tener sed; 
mas, el que bebiese del agua que
yo le daré, será en él una fuente
de agua que salte para la vida eterna”      

(San Juan, IV, 13-14)  



¿Olvidó Calvino que él también en un tiempo fue un perseguido por sus ideas? En esos tiempos, helado y estremecido por un aterrador miedo, Calvino se sentía en riesgo de muerte, y parecíale exhalar, cada día más nítido, el olor del humo de la hoguera. Lo aterraba la pira. “Soy por naturaleza tímido, flojo y pusilánime” escribió por ese entonces. He aquí al antípoda de Miguel de Servet.

El 4 de mayo de 1563, el dominico Mathieu Ory, gran Inquisidor de Francia, se apodera de Servet, lo encarcela en merito a la denuncia de Trye y de Calvino. Con esto Calvino trabajaba por cuenta de los inquisidores franceses para poder vengarse de su antagonista. Denunciaba también al impresor clandestino de la “Restitución Cristiana”, que se llamaba Baltasar Arnoullet, ayudado por su cuñado Guillermo Gréroult. No faltaba detalle. Servet, Arnoullet y Guéroult fueron detenidos y encerrados en calabozos separados. Lo que ocurrió entonces a aquel hereje blasfemo, antitrinitario y convicto, en los calabozos de la Inquisición católica merece relatarse.

“Todo induce a creer - dice Menéndez y Pelayo, pasando de largo sobre la vaguedad de las noticias que de ello hay - que determinaron hacerle “puente de plata”; en una palabra: que el arzobispo de Vienne lo dejó escapar de la prisión, y previamente Servet había podido comunicarse con su criado Perrin para que fuera al monasterio de San Pedro a pedir al prior trescientas coronas de oro, a fin de no hacer el viaje sin dinero.

¿Cómo pudo materialmente evadirse, sin que nadie se diera cuenta? Muy sencillo. La prisión tenía un patio o terraza que daba a la calle, el cual estaba siempre cerrado, pero a los prisioneros distinguidos se les permitía ir allí, ya que la chirona no tenía un excusado en el interior; también tenía permiso de los inquisidores para pasearse por el jardín de la cárcel. El tercer día de su detención, Servet se levantó a las cuatro de la mañana, se vistió y se puso encima el pijama y gorra de dormir. Vestido de este modo pidió al guardia la llave del patio. Sin sospechar nada extraño, este se la dio. Servet se quitó el pijama, la gorra y los dejó bajo el árbol al cual se subió, para después, de allí, saltar al tejado de una casa próxima. Recién amanecía, de ahí que sólo fuera avistado por una mujer madrugadora que pasaba por ahí. Se dirigió al puente del Ródano, por donde salió de la ciudad como uno de los trabajadores tempraneros.

La noticia de su fuga no se divulgó hasta varias horas después. Hubo una búsqueda frenética del prominente prisionero. Al no ser hallado, el tribunal de Viena pronunció la sentencia de que fuera quemado en efigie. Esta fue la primera quema de Servet, hecha con gran solemnidad, con un monigote de paja como víctima, juntamente con cinco fardos de escritos y libros suyos. Pero ¿y los cajistas, los autores materiales de los libros heréticos? Suele decirse que en estos casos pagan justos por pecadores, y que cuando la Inquisición es de mano dura no deja de hacer un escarmiento, sólo para que lo vean los demás. Pero no hubo tal cosa. Fue descubierta la imprenta clandestina de Arnoullet y con ella los tres cajistas: Straton, Du Bois y Papillón que lo declararon todo, aunque se defendieron alegando que no sabían latín y que habían impreso el libro sin entender una palabra de él. Fueron embargados los cinco paquetes de ejemplares remitidos a Pedro Merrin, en Lyón. El único que tuvo una pena de prisión relativamente corta fue el dueño de la imprenta, Baltasar Arnoullet.  

Al salir de la cárcel pensó Servet en dirigirse a España, pero temiendo que le prendieran los mismos gendarmes franceses antes de llegar a la frontera, pues, carecía de salvoconducto, resolvió dirigirse a la frontera italiana, que tenía más carca. Parece ser que quería llegar a Nápoles para ejercer allí la medicina entre sus compatriotas. Su trayecto no tocaba precisamente Ginebra, pero, huyendo de los espías, vaga por Francia durante cuatro meses, ya acercándose, ya alejándose de Ginebra, como la mariposa que revoloteando en la llama quiere y no puede alejarse. “No sé qué decir, sino que un designio fatal lo llevaba a acercar su cabeza a Ginebra”, expresaría con asombro Calvino.

Comedia Andria . Terencio
Terencio tenía 20 años cuando en su comedia Andria escribió que “la verdad engendra odio”. Quienes piensan que carecen de enemigos se calumnian a sí mismos. Quien jamás tuvo la entereza de decir la verdad o de rechazar un acto de justicia no cosecha enemigos. En Servet se concentra el hombre que busca la verdad a toda costa, porque considera que esa es la justicia que premia al hombre de acción, de pensamiento y entre los muchos enemigos que tuvo Servet destacó Juan Calvino, quien fundó en Ginebra un estado autoritario de orientación protestante. En 1541, Calvino regresó a Ginebra, cuya población encontró dispuesta a hacer penitencia. Calvino puso inmediatamente manos a las obras de estructuración de aquella sociedad teocrática que debía convertir a Ginebra en la Roma de los reformados, y depuró su Iglesia de todo cuanto no podía fundamentarse en el Nuevo Testamento. Ginebra era una república, y la administración religiosa se concibió según el modelo republicano; un Consistorio ejercía la autoridad suprema sobre las costumbres de los habitantes, organismo compuesto de tres sacerdotes de la ciudad y de doce burgueses honorables y respetados por todos, laicos que eran elegidos por el concejo municipal y que se les denominaba “présbitas” o “ancianos”. El Consistorio velaba a fin de que cada ciudadano asistiera fielmente a los servicios del culto, y participara en la comunión. Clausuró tabernas y teatros, y redactó un reglamento que determinaba minuciosamente cómo debía comportarse el ciudadano en las bodas, entierros y diversas festividades, y cómo debían vestirse y peinarse ginebrinos y ginebrinas. La indumentaria de vivo colorido propia del Renacimiento fue sustituida por trajes discretos de corte muy sencillo. A intervalos regulares, los ancianos practicaban “pesquisas” en las casas y si alguien se había comportado incorrectamente debía comparecer ante el Consistorio, donde lo amonestaban o le imponían una sanción; en ciertos casos, la sanción era el puro y simple encarcelamiento. Como se ve, todo un antecedente teórico-práctico de los cánones que regirían la Gestapo nazi, el FBI de Edgar Hoover, o la KGB de Lavrenty Beria en los años del Stalinismo.

La teología calvinista derivaba en herejía la doctrina agustiniana de la predestinación: en la Escritura, Dios dirige a cada uno de nosotros su llamado a la conversión y le ofrece la liberación y la salvación eterna. Quienes rechazan su mensaje, y por consiguiente la salvación, deben perecer y quienes lo aceptan son preservados por la gracia. Una cosa es Calvino predicando y otra Calvino en acción: el noyano parece haber creado un mundo paralelo al que predica San Agustín en sus “Confesiones”. Dice el teólogo tagastino:


“Porque verdad es, Señor, que tu hiciste el cielo y la tierra; vedad que el principio en que hiciste todas las cosas es tu sabiduría; verdad que asimismo que este mundo visible tiene dos grandes partes, el cielo y la tierra, breve compendio de todas las naturalezas hechas y creadas; y verdad igualmente que todo lo mudable surgiese a nuestro pensamiento la idea de cierta informidad, susceptible de forma y de cambios y mutaciones  de una en otra. Verdad que no padece acción de los tiempos lo que de tal modo está unido a la fama inconmutable, que, aun siendo mudable, no se muda; verdad que la informidad, que es casi nada, no puede recibir las variaciones de los tiempos; verdad que aquello de que se hace una cosa puede, en cierto modo de hablar, llevar el nombre de la cosa que se forma de ella; por donde pudo ser llamado cielo y tierra cualquier informidad de donde fue hecho el cielo y la tierra; verdad que, de todas las cosas formadas, nada hay tan próximo a lo informe como la tierra y el abismo; verdad que no sólo lo creado y formado, sino también todo lo creable y formable, es obra suya, de quien proceden todas las cosas; verdad, finalmente, que todo lo que es formado de lo informe es primeramente informe y luego formado”.

(XIX, 28).



¡Qué tan alejado está Calvino de la humildad de San Agustín para aceptar las cosas celestiales! No cabe duda que su dictadura no fue de derecho o fuerza, sino de voluntad y carácter. Calvino fue tan severo como cualquier papa en rechazar el individualismo en las creencias.

Regresemos a Servet y su llegada a Ginebra, paradero final de su existencia. Se cuenta una coartada bastante extraña para explicar cómo fue a parar a Ginebra, a meterse en la boca del lobo, en lugar de dirigir sus pasos a lugares más seguros. “No sabía el camino, y no se atrevía a preguntar a nadie por miedo a ser otra vez detenido”. Con estas andanzas, sin más ni más, llegó precisamente a Ginebra. Sin duda no yerra quien supone que Servet entró en Ginebra porque así lo quiso, y así es la verdad. Siempre había viajado, hablado y escrito cuanto había sido de su capricho y gusto. Estaba tildado de hereje en su fuero interno cuando fue secretario del Confesor de Carlos V, Juan de Quintana, personaje que hubiese tenido poder para encerrarlo y darle un disgusto. Se sabe también de su audacia al comprar una imprenta clandestina en el Delfinado. Los fanáticos inquisidores lo habían dejado escapar por un milagro de aquel Dios del que tan monstruosas cábalas escribía. ¡Y ahora se dirigía a Ginebra! Era su afán aventurero lo que lo llevaba allí, esa inquietud hormigueante y temeraria que comunica a los hombres de aquel siglo la movilidad de los insectos. Lo cierto es que Servet anduvo errante más de cuatro meses por el Delfinado y la Bresse, hasta que su mala fortuna o la ignorancia de la tierra que pisaba lo llevó a Ginebra el 13 de agosto de 1553.
El comportamiento de Servet en la capital suiza confirma una vez más que, contra lo que cree Menéndez y Pelayo en su “Historia de los heterodoxos españoles”, había ido a Ginebra para provocar al propio Calvino, dándose plena cuenta de loa que hacía. Servet había entrado en Ginebra por aquella misma Puerta Cornavin por la que Calvino había pasado 17 años antes; se hospedó quizás en el mismo albergue, el de la Rosa, sobre la plaza Molard.

“La Divina Providencia lo llevó a Ginebra, donde pronto fue identificado y aprendido”, recuerda Teodoro Beza, primer biógrafo y amigo íntimo de Calvino. Esta parte de su vida, la trágica en la vida de Servet, tiene muchos testimonios que se enredan como fibras de lana en una madeja. Según otras confesiones, el español pasó cerca de un mes en Ginebra aguardando el fallo del proceso que Calvino no iniciara a los libertinos por el caso de Filiberto Berthelier, director de la Moneda, hijo del gran patriota ginebrino que había perdido su cabeza luchando por la libertad y por la patria. Todo el pueblo de Ginebra veneraba en el hijo la memoria de su padre. Los libertinos, durante el proceso que Calvino y el Consistorio habían entablado contra Berthelier por libertinaje de pensamiento, querían arrancar de manos de Calvino su principal arma: la Excomunión. “¡Calvino y el Consistorio quieren apropiarse de todo el poder que pertenece al Estado!” gritan eufóricos los libertinos. ¡Vana esperanza!

“Me había detenido en Ginebra con el propósito de proseguir mi viaje a Zúrich, y me ocultaba cuanto podía. Nadie me conocía en la ciudad y yo no conocía a ninguno”, expresa el mismo Servet.

Obligado por la ley- como todo forastero que llagaba a la ciudad - a declarar su identidad al dueño de la posada, se dio a conocer como “Miguel Villanueva, médico español”. Como los agentes destacados por el Consistorio irrumpían en las casas para obligar a los ciudadanos y forasteros a concurrir a la Iglesia, Servet también fue compelido. Servet, fue temeroso, pues, sabía que podía ser reconocido fácilmente por alguno de los exiliados franceses. Era domingo, todo el mundo fue a la Iglesia. Alguien lo reconoció y le pasó la voz a Calvino, quien inmediatamente pidió a los Consejos la orden de arresto.

Grabado de la Hoguera.
Miguel Servet
Servet resolvió no permanecer una hora más en Ginebra, y ordenó un barco para atravesar el lago en la mañana siguiente, 13 de agosto, y continuar la marcha a Zúrich. Demasiado tarde. Por la mañana, cuando ajustaba las cuerdas de su baúl, oyó que alguien llamaba suavemente a la puerta; sin esperar respuesta, un hombre de baja estatura, que vestía largos hábitos negros, con rostro pálido y bondadoso, entró en la pieza y sacando de entre sus ropas un bastón blanco con puño de plata, tocó levemente el hombro de Servet y le susurró al oído algo como una plegaria o alguna otra expresión litúrgica tan rápida e ininteligiblemente que Servet sólo escuchó las últimas palabras: “-En nombre de la República de Ginebra… ”.

La raposa había caído al fin en la trampa; Calvino se podía sentir satisfecho. No había habido necesidad de ninguna persecución, ingenuamente, la víctima se había acercado temerosamente al victimario: pagaría con su vida esa osadía.

Aquella misma tarde de domingo durmió ya el atrevido heresiarca en la cárcel. No faltan, sin embargo, los que discrepan de ésta versión. Un historiador llamado Willis sostiene que Servet había estado cerca de un mes oculto en Ginebra, en conversaciones secretas con los adversarios de Calvino en la misma ciudad, fomentando la oposición contra éste, entendiéndose con el antiguo partido de los “libertinos”. Cierto o no, de nada le valdría a Servet para librarse del trágico destino que le esperaba. “Los enemigos de mis enemigos, son mis amigos”; los enemigos de Calvino, lamentablemente, no serían tan poderosos para los intereses de Servet.

La ley Ginebrina exigía que el acusador fuese reducido a prisión hasta que probase su demanda. Pero Calvino tenía ya preparado un testaferro para que estuviese por él en la cárcel y sirviese de acusador oficial: era su criado, Nicolás de la Fontaine, que compareciendo ante el juez regular, acusó a Servet de haber escrito 38 proposiciones heréticas y difamando, en la persona de Calvino, a la Iglesia de Ginebra. No tardó en salir La Fontaine en libertad bajo fianza, mientras Servet quedaba preso; pero se le escuchaba en una infinidad de cuestiones teológicas, que formaron parte de sus interrogatorios. Aún no lo habían sentenciado a prisión: estaba solamente detenido y en vía de proceso, por lo cual se le oía; pero la tumba comenzaba a cerrarse sobre su cabeza, y el proceso no cesaba de caminar hacia su condena total.

Servet presenta el 22 de agosto su primera reclamación a los señores de Ginebra:

“Digo humildemente que es una nueva invención, ignorada de los apóstoles y discípulos de la Iglesia antigua, perseguir criminalmente por la doctrina de la Escritura o por cuestiones que dependen de ella… Por lo cual, siguiendo la doctrina de la antigua Iglesia, en que sólo la punición espiritual era admitida, pido que se dé por nula esta acusación criminal. En segundo lugar, señores, os ruego que consideréis  que ni en vuestra tierra ni fuera de ella he ofendido a nadie ni he sido sediciosos o perturbador. Porque las cuestiones que trato son muy difíciles y para gente sabia, y en todo tiempo que estuve en Alemania no hable de ellas más que con Ecolampadio, Bucer y Capitón, y en Francia con nadie. Además, he reprobado siempre y repruebo las sediciones de los anabaptistas contra los magistrados y la opinión de que todas las cosas han de ser comunes. En tercer lugar, señores, como soy extranjero y no sé las costumbres del país ni las maneras de proceder en juicio, pido que se me dé un procurador que hable por mí. Si esto hacéis, el Señor prosperará vuestra república”. Estas peticiones fueron en vano.

Por su parte, la insurrección que proyectaron los libertinos se vino a tierra y, al ver que la causa estaba perdida, abandonaron a Servet a su suerte. Un miembro del tribunal eclesiástico de Vienne, de paso por Ginebra, presentó a la magistratura una demanda para que el hereje prófugo, Miguel Servet, fuese remitido a las autoridades francesas. Los jueces le permitieron bondadosamente elegir el lugar de su juicio: Ginebra o Francia. Servet solo quería que toda la causa sobre él se decidiera de una vez.

El 15 de setiembre había escrito a los jueces: “Humildemente os suplico que abreviéis estas dilaciones y me declaréis exento de culpa. Calvino se ha propuesto, sin duda, hacer que me consuma en la prisión. Las pulgas me comen vivo, mi calzado está desgarrado y no tengo camisa para cambiarme. Os presenté una demanda conforme a la ley de Dios, y Calvino es responde con las leyes del emperador Justiniano, alegando contra mí lo que él mismo no cree. Cinco semanas hace que me tiene aquí encerrado y todavía no me ha citado ningún texto de la Escritura que lo autorice. Os había yo pedido un procurador o abogado, porque soy extranjero, ignorante de las costumbres del país, y no puedo defender yo mismo mi causa. Y, sin embargo, a él le habéis dado procurador y a mí no… Os requiero que mi causa sea llevada al tribunal de los Doscientos, y si puedo apelar a él, desde luego apelo, y protesto de todo, pidiendo la pena del talión contra mi primer acusador y contra Calvino, su amo que ha tomado la causa por su cuenta”.

Miguel Servet
A modo de respuesta si manda tapiar la ventana de su celda, lo que equivale a sepultarlo vivo. A veces Servet recupera el humor. El poco espacio y el hedor de la prisión le molestaban mucho. En sus delirios, llegó a ser tan osado que llegó a escribir al Pequeño Consejo: una explicita carta en la cual desenmascara a Calvino.

“Estoy detenido en acción criminal de parte de Juan Calvino, que me ha acusado falsamente de haber escrito:

1.    Que las almas eran mortales.

2.   Que Jesucristo no había tomado de la Virgen María más que la cuarta parte de su cuerpo.

Estas son las cosas horribles y execrables. Entre todas las herejías y crímenes, ninguno hay tan grande como hacer el alma mortal; porque en todos los otros hay esperanza de salvación, pero no en éste, pues el que tal dice no cree que haya Dios, ni Justicia, ni resurrección, ni Jesucristo, ni Sagrada Escritura, ni nada; sino que todo muere y que el hombre y la bestia son una misma cosa. Si hubiere dicho o escrito esto, yo mismo me condenaría a muerte.

Por lo cual, señores, pido que mi falso acusador sea condenado a la pena del talión y que esté preso, como yo, hasta que la causa sea definida por mi muerte o por la de él, o por otra pena. Y me someto a la dicha pena del talión y soy contento de morir si no lo convenzo de ésta y de las demás cosas que especifiqué después. Os pido justicia, señores; justicia, justicia, justicia”.

Y luego de formular sus cargos contra Calvino, entre los que le encara esconderse como un pérfido detrás de las cartas de Guillermo de Trye, manifiesta:

“Señores hay cuatro razones grandes e infalibles para condenar a Calvino.

La primera, porque la materia de doctrina no está sujeta a acusación criminal… La segunda, porque es falso acusador, como lo muestra la presente demanda y se probaría fácilmente por la lectura de su libro. La tercera, porque sigue en gran parte la doctrina de Simón Mago, contra todos los doctores que ha habido en la Iglesia. Y como mago que es, debe no sólo ser condenado, sino exterminado y lanzado de esta ciudad y sus bienes adjudicados a mí, en recompensa de los míos, que él me ha hecho perder”.  

Es curioso notar que el mismo Servet suponía que el veredicto del juicio pudiera ser de muerte, pero no esperaba que fuere él quien tuviese que morir.
A medida que los días de su encierro pasan, Servet parece hundirse en la desesperación y sigue clamando: “Magníficos señores hace ya tres semanas que deseo y pido audiencia, sin haberlo obtenido jamás. Os suplico por el amor de Jesucristo, no me neguéis lo que no negaríais a un turco. En cuanto a que habéis dispuesto se me procure alguna comodidad, nada de eso se ha hecho: estoy peor que nunca. Y para colmo, el frio me atormenta enormemente a causa de mi cólico y quebradura ocasionándome otras miserias que me avergüenza mencionar. Excelencias: por el amor de Dios ordenadlo por obligación o por piedad”.

Contra la voluntad de Calvino, el Pequeño Consejo decidió consultar a las iglesias de los cuatro cantores (Zúrich, Basilea, Berna y Schaffhausen) sobre el trato que ha de aplicarse al “heresiarca” Servet. Las respuestas no demoraron mucho y podríamos resumirlas en la expresión:

“Que Dios os conceda poder para extirpar esta peste en vuestra Iglesia”, o esta otra, “Mi amado hermano, la Iglesia del Señor te agradecerá siempre el castigo de este blasfemador”.

Calvino visitó a Servet en prisión tratando de “hacer entrar en razón” al hereje español. Todo fue en vano. Calvino debe haber recordado las enseñanzas de San Pablo:


“Por último, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra de Dios se propague más y más, y sea glorificada en todo el mundo, como lo es ya entre vosotros, y nos veamos libres de los díscolos y malos hombres: porque al fin no es de todos el alcanzar la fe, pero fiel es Dios, que os fortalecerá y defenderá del espíritu maligno”.

(Epístola II de San Pablo a los tesalonicenses. Cap. III. 1-3)



La parte central del Monumento
Internacional de la Reforma, en Ginebra,
Suiza; recuerda el legado de Guillaume
Farel, Juan Calvino, Teodoro de Beza y
John Knox.
El 26 de octubre de 1553 se dictó la sentencia; Farel, Bucer, Zuinglio y Melanchton habían coincidido en afirmar que el hereje debía ser exterminado. “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Contra Miguel Servet de Villanueva del Reino de Aragón en España. Quien según ha confesado primeramente hizo imprimir en Agnon, hace unos veintitrés o veinticuatro años, un libro contra la Santa e Indivisa Trinidad. Ítem, y varios otros puntos y artículos execrables blasfemias: que es una cruel y horrible muerte, perdición y ruinas de muchas pobres almas contaminadas por tan desleal y detestable doctrina. ¡Es espantoso decirlo! Y nosotros en nuestra condición de síndicos jueces de causas criminales de Ginebra, en estas causas y en otras justas que se nos han elevado en el deseo de limpiar a la Iglesia de tal peste, damos definitivamente nuestra sentencia: A ti, Miguel Servet, te condenamos a que seáis atado y conducido a un madero y quemado vivo con tu libro, el que escribieras con tu mano y has impreso”.

A Servet se le comunicó el 26 de octubre mismo que la sentencia sería ejecutada al día siguiente. “Espero que Servet sea condenado a muerte pero que se le exima del tormento de la hoguera”, había escrito Calvino a Guillermo Farel el 20 de agosto; y el 26 de octubre le escribía: “Mañana se ejecutará a Servet. Me he esforzado por cambiar la forma de ejecución, pero todo ha sido vano” Servet no cesó de gritar, en castellano: “¡Misericordia! ¡Misericordia!”. Calvino presenció la escena con una complacencia de antropófago, con una euforia repugnante, que él mismo no sabe ocultar en sus escritos. “Que los impíos no se vanaglorien de la obstinación de su héroe como la conducta de un mártir. Es una estupidez de irracional la que demuestra cuando se le comunicaba la sentencia… no cesaba de bramar: ¡Misericordia! ¡Misericordia!”.

Lo más execrable de esta referencia de Calvino, es su crueldad glacial: va a quemar a Servet y previamente lo hiere con un dardo envenenado ridiculizando el acento español de su gemido fúnebre.

A las nueve, Servet es conducido al tormento. Los que lo habían conocido antes de su encarcelamiento no lo reconocían ahora: era un hombre rubio, de mediana edad; cuando le sacaron de su celda parecía un anciano de 70 años. Farel vino a Ginebra y trató de convencer a Servet de que claudicara, pero éste, aunque fue a la hoguera con temor y no con el gozo de muchos mártires protestantes, mantuvo sus convicciones. Farel anduvo revoloteando de un lado a otro hasta su muerte. Farel había censurado, anteriormente, a Calvino por haber pedido su muerte por la espada en vez del fuego.

Parece que podría soportar mejor que Calvino el ser testigo de sus últimos momentos. Si hubiéramos pedido alguno de sus contemporáneos alguna descripción completa del misionero Guillermo Farel, nos hubiera dicho que era un gnomo rojo, acribillado de pecas, palurdo y feo; que cuando se ponía a hablar frente a frente con alguien, chillaba como si estuviera ante la multitud en una plaza pública; que su voz parecía salir de una caverna, mientras que la barba fluvial se le sacudía y las venas del cuello se le hinchaban amenazando con estallar; cuando hablaba la saliva saltaba de sus gruesos labios orlados de azul, bajo la mirada de unos ojos provistos de pupilas que irradiaban terribles destellos rojos, como en las fieras. En vano sus enemigos se empeñaban en envenenarlo, ahogado o ultimarlo de un balazo. “¡Oh, el demonio rojo!: El fuego no lo quema, el agua no lo ahoga, la serpiente está viva”, exclamaban quienes lo ven llenos de un temor supersticioso. He aquí un fiel retrato de maese Guillermo Farel, el engendro que estará como una sombra junto a Servet en su hora más negra.

Camino a la fogarada el tiempo era malo; la llovizna lo empapaba todo. Las calles y lugares que recorría la procesión- un piquete de mosqueteros ginebrinos procedidos del juez lugarteniente a caballo y del Gran Heraldo- estaban obstruidas por una apretada multitud. El silencio solo era interrumpido por el llanto de los niños y las mujeres y también por el ruido de las cadenas que arrastraba el condenado.

Después de leérsele nuevamente la sentencia, Guillermo Farel cuchicheaba al oído del sentenciado una petición de abjuración: Servet se mantuvo impertérrito. Farel, el verdugo y brazo derecho de Calvino advirtió con voz sonora a los asistentes: “¡Ved qué poder puede lograr Satanás sobre el hombre, exclamó Farel señalando a Servet ante la multitud. Este hombre es extraordinariamente ilustrado y quizás a creído estar en la verdad; ahora está en manos de Satán, lo que también puede ocurrir con vosotros!” Farel insiste, pero Servet no cede. Ha llegado hasta allí y no va a abjurar sólo porque aquel demonio de rostro salpicado de efélides se lo pide, casi rogándole.

El verdugo toma a Servet de la mano y lo hace subir a la pira. En la base, troncos de pino y abeto, esperan el fuego; ramas de encina con las hojas aún verdes también esperan arder. La lluvia había cesado, pero la humedad impedía que las ramas ardieran: el humo ahogaría al condenado antes  que fuera alcanzado por las llamas, abreviando así el tormento; otros, lo más imaginativos y maledicentes, afirmaban que era por maldad, porque el veredicto de Vienne, “quemar a fuego lento”, fue mejor observado por la Inquisición de Ginebra que por la de Roma: no con una efigie inanimada, sino con una persona viviente.

Lo colocaron en el banquillo, lo ataron al poste con una cadena de hierro y pasaron cuatro o cinco veces una cuerda alrededor de su cuello. Le pusieron en la cabeza una corona de encina espolvoreada con azufre. Se le ató al pecho su “Restitución del Cristianismo”, y como si fuera una piedra, le colgaron al cuello su obra sobre la Trinidad; luego le prendieron fuego. En la colina de Champel, a la edad de 42 años, Miguel Servet fue ejecutado por la estúpida intolerancia de una religión que dominó las mentes de millones de personas durante diez siglos, aterrorizando comarcas enteras con el castigo divino y la excomunión para todos aquellos que no se sometieran a la “bondadosa voluntad de Dios”.

Pesadas nubes se movían en el cielo, según testimonios que han quedado de ese nefasto hecho; caía rápidamente el crepúsculo; lo mismo que aquella vez en el Gólgota, la multitud que observó el asesinato se disolvía silenciosa alejándose de Champel donde se había extinguido la hoguera:


“Y todo el pueblo que había presenciado
el espectáculo, se alejó
golpeándose el pecho”

(Lucas, 23. 48)    



Calvino no tuvo el valor de presenciar la ejecución; no tuvo el sadismo que corría por las venas de Farel.

Calvino tuvo, indudablemente, participación directa sobre la muerte de Servet. Pidió a los Consejeros su arresto; fue quien redactó los cargos contra él; entro en debate con él ante el Pequeño Consejo para probar que sus herejías amenazaban la Iglesia de Cristo, y aunque Calvino no tuvo una parte efectiva en el veredicto de matar a Servet, lo aprobó.

Calvino, en la “Institución Cristiana”, se expresa en lo referente a la pena de muerte impuesta a los herejes de la siguiente forma:

“Nosotros (los protestantes) no debemos imitar su furor (el de los católicos)” al ejecutar a los herejes. Torquemada decía, “Nuestro propósito es tratar a los herejes con gran misericordia e indulgencia”.

Hay juicios diversos sobre el destino trágico en el que sucumbió Servet. El gran Voltaire dijo: “Cuando Calvino vio a su enemigo cubierto de cadenas lo llenó de injurias… tal como hacen los cobardes cuando son los amos”.

Aunque Calvino había eliminado a su rival directo, había perdido autoridad moral. La injustificable ejecución de Servet escandalizó a muchos pensadores de toda Europa y brindó un poderoso argumento a los defensores de los derechos civiles, quienes se oponían a que se matara a las personas por razones de fe. A partir de ese momento lucharon con más determinación a favor de la libertad de culto el poeta italiano Camilo Renato lanzó la siguiente protesta: “Ni Dios ni su espíritu han aconsejado semejantes acciones. Cristo no ha dejado tales ejemplos acerca de los que lo negaron”. Y el humanista francés, uno de los más dilectos discípulos de Calvino, Sébastien Castellion, escuchó un libro bajo el seudónimo de “Martín Belius”, donde dice: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”.

En 1553, al enviar a Servet a la hoguera, acusado de un sacrilegio auténtico o supuesto hacia la Santísima Trinidad, Guillermo Farel hubiera podido recordar que veinte años antes, él mismo había sido acusado de negar la consubstancialidad del Hijo y el Padre, es decir, también de sacrilegio hacia la Trinidad; y que del mismo error había sido acusado su maestro, Calvino.

El Monumento expiatorio que
los calvinistas de Ginebra
erigieron en Champel a Servet
en 1903.
En 1903, se erigió en Champel, en el mismo lugar en que fue quemado el heresiarca español, un “monumento expiatorio” con la inscripción en francés que dice:


“Hijos reverentes y agradecidos de Calvino, nuestro gran reformador, pero repudiando un error que fue el de su siglo, amantes de la libertad de conciencia de acuerdo con los verdaderos principios de la reforma y del Evangelio, erigimos este monumento expiatorio, el 27 de octubre de 1903”.


¿Cómo explicar la personalidad torcida de Calvino? ¿De dónde nace ese afán dictatorial que rigió gran parte de su vida? Quizá sea preciso remontarnos al 26 de abril de 1538, día, mes y año en que fue expulsado junto a Farel de Ginebra, pues, los ginebrinos no estaban dispuestos a ser excomulgados por ese hombre que censuraba en ellos su forma de vestir, sus lujos, los juegos de azar, las mascaradas, los juramentos y cualquier diversión inocente.

Humillado, Calvino marcha a Francia, a Estrasburgo, ciudad situada a orillas del Rin, donde trabaja como predicador de los refugiados protestantes franceses, a la par que sigue acumulando escritos. Como diputado de esta Villa asiste a las dietas de Fráncfort, Haguenau y Worms. Al igual que sus predecesores en la reforma y aún ordenado sacerdote, se casa en Estrasburgo con la viuda de un anabaptista, Idelette de Buren, con quien tendrá un hijo, muerto prematuramente. El matrimonio duró nueve años; la muerte de su mujer ensombreció la vida de Calvino. Con el paso de los años, muertos sus opositores causantes de su destierro de Ginebra, Calvino recibe una propuesta para regresar a la ciudad Suiza por parte del partido católico, organizado por el cardenal Sadouto.

Como Cayo Marcio Coriolano, los que lo habían desterrado se rinden ahora a sus pies. Calvino siente que ha llegado su momento y está dispuesto a imponer sus condiciones con más intransigencia que nunca. He aquí donde podemos marcar el hito de su evolución a la dictadura que lo ha hecho célebre en la historia.

Su respuesta a los enviados de Ginebra muestra la soberbia de un hombre decidido a imponer sus condiciones a como dé lugar: “Si queréis tenerme en vuestra ciudad, expulsad antes de ella los pecados, desterrad los vicios, con los cuales no puedo vivir dentro de vuestras murallas”. Los ginebrinos cedieron y colocaron la navaja en manos del matarife. Lo que vino después fue una teocracia de sentido bíblico, con un clero, un consejo de ancianos y una policía de las costumbres que fiscalizaba hasta lo que se bebía y hablaba en las tabernas.

No había rincón de la ciudad que escapara a los ojos inquisitoriales de los clérigos calvinistas convertidos por Calvino en verdaderos perros de presa. Una borrachera se castigaba con la cárcel, el adulterio con pena de muerte. En las fiestas ginebrinas no se podía bailar; sólo se podían cantar salmos. Pronto los ginebrinos comprendieron que la heterodoxia no deja nunca de producir extremos o bien sangrientos o bien ridículos, o bien ambas cosas.

Cuando en Ginebra estalló la peste en 1542 Calvino optó por mantener una distancia prudente de los infectos, consideró que la comunidad lo necesitaba y por ello debía conservar la vida, ponerla en riesgo era algo que no cabía en sus posibilidades.

Ese ambiente de excitación y dolor provocado por la peste aumentaron los odios y los resentimientos contra Calvino y el consistorio, ese ente que, sin ser un organismo político, gobernaba la ciudad. Se hablaba mal de Calvino, pintaban caricaturas de él y hasta perros y gatos eran bautizados con su nombre. ¿Cómo pudo mantenerse un régimen autoritario como el que impuso Calvino? En aquellos tiempos llegaban a Suiza un gran número de protestantes que huían de Francia, Flandes, Inglaterra, España e Italia. La mayoría de ellos eran franceses y se sentían orgullosos de aquella dictadura impuesta por un paisano suyo en una ciudad extranjera. A diferencia del luteranismo que había sido un movimiento típicamente nacional alemán, el calvinismo pretendía tejer sus influencias por toda Europa hasta alcanzar un carácter ecuménico.

John Knox
La afluencia de “reformados” extranjeros ayudo a Calvino a quebrantar la resistencia que le oponían los ginebrinos mismos. Sobre Francia ejercía Calvino una decisiva influencia, estando en relaciones con el conde Gaspard Coligny, en Inglaterra con Eduardo VI y el eclesiástico arzobispo de Canterbury Thomas Cranmer, y en Escocia con el reformador presbiteriano John Knox, quien fuera años más tarde perseguidor de María Estuardo. Ya por estos años, Calvino se comportaba con una intransigencia absoluta en materia de dogma. En 1551 apareció Gerónimo Bolsec, “quien habiendo arrojado su hábito de monje se convirtió en uno de los médicos más capacitados”. Bolsec apareció también como un teólogo experto. Criticó la teología de Calvino hablando con otros, aunque no se atrevió a enfrentarse con el mismo. Un viernes, el pastor de un pueblecito cercano tenía un estudio bíblico con un periodo de preguntas. En el coloquio, después del sermón, Gerónimo Bolsec se levantó para denunciar la doctrina de la elección. “Es una estupidez – dijo – una locura; hacéis de Dios un tirano, pues si Dios ha decidido todas las cosas desde un principio es responsable por el pecado mismo. Este Calvino que os enseña estas cosas es un impostor, sois locos de seguir su enseñanza”. Juan Calvino había llegado a la Iglesia, durante el periodo de discusión sin ser notado. Quieto, desde un rincón, escuchó el ataque de Bolsec. De repente, con gran sorpresa para el ex – monje, que no pensaba que estaría presente, Calvino se levantó y se puso al frente para refutarlo, defendiendo la doctrina de la elección divina. Con su extraordinaria memoria citó fácilmente textos de la Biblia, de los padres de la Iglesia, como San Agustín. En argumentos espirituales ¿quién podía vencer a Calvino? Al final, Bolsec fue preso y desterrado de Ginebra el 22 de diciembre de 1551, amenazándosele con pena de azotes si volvía a poner los pies en el territorio. En su vejez, Bolsec aprovechándose de su ligera relación con Calvino escribió un libro sobre la vida del reformador ginebrino, afirmando entre otras cosas que era un sodomita. De todos los libros escritos contra Calvino, este fue el más vil y malicioso, un libelo lleno de imaginaciones y calumnias. En 1552 un monje que se había hecho ermitaño, Serafín Troillet, decidió probar que Calvino en su “Institución Cristiana” hacia a Dios autor del pecado, y por lo tanto enseñaba falsa doctrina a la Iglesia de Ginebra.

Fue un proceso antagónico largo. Farel y Viret llegaron a Ginebra para apoyar a Calvino.

El secretario del Ayuntamiento, poco versado en teología, expresó su cansancio escribiendo en las actas: “Habiendo oído sus respuestas repetidas una y otra vez…” El Pequeño Consejo dio un veredicto para satisfacer a todos: Declaró que “las Instituciones eran santas y bien hechas, y que la doctrina de Calvino era la doctrina de Dios; pero también declaró que Serafín Troillet era un buen hombre y un buen ciudadano. Así terminó el asunto pero no quedó solucionado. Un doctor llamado Castellio, que presidia la academia de teología, tuvo también que salir de Ginebra por no coincidir con las opiniones de Calvino en el “Cantar de los Cantares”. Otro intelectual, Grueti, autor de un escrito subversivo contra Calvino, fue decapitado después de varios meses de sufrir cárcel y torturas.

Esta breve reseña de Calvino, con sus encuentros y desencuentros, con sus primeras víctimas, nos sirven para entender la evolución de un hombre en su actitud y en su pensamiento. Estas víctimas de Calvino son la prehistoria de la más famosa del grupo, el sabio español Miguel Servet, hereje antitrinitario. El episodio de Servet es particularmente odioso porque refleja la incapacidad de Juan Calvino para hacer amistades, o al menos rasgos de camaradería, algo tan espontaneo y natural entre los hombres, tanto por sus correspondientes semejanzas como por sus mutuas diferencias. Una entrañable amistad puede surgir de una vieja discrepancia, de una rivalidad antigua. Es frecuente entre las personas sabias y tolerantes el recordar después de unas décadas, el añejo motivo que los llevó a tirarse los trastos a la cabeza, y que a fuerza de golpes acabe por surgir entre los rivales una especie de comunión, de intercambio de ideas, un ápice de respeto y consideración por el otro.

Resulta inimaginable ver a un Erasmo, poseído de poder absoluto, enviando a la hoguera a Lutero sólo por discrepancia de ideas. Erasmo como Lutero tenían en su esencia algo vital para hombres de ideas como ellos, la tolerancia, algo que en Calvino parecía no existir.

En Calvino respecto a Servet, con el que había estudiado en París siendo jóvenes ambos, se confirma un fenómeno anormalmente contrario a este. La vieja polémica con Servet no despierta en el frío e introverso tirano de Ginebra ninguna reacción generosa, a olvidar, a perdonar, a beber juntos una copa, sino que este noble reflejo sentimental es reemplazado en el alma de Juan Calvino por un sentimiento de odio sordo e implacable, en que el quebranto de la doctrina es considerado como un ultraje personal. Esta reacción, mal llamada inquisitorial, pues lo inquisitorial es cosa jurídica y objetiva, no personal y rencorosa, es incompatible con la caridad del misionero, del pastor, del predicador, el cual no debe concebir odio hacia el que yerra, sino tratar de redimirle, puesto que el cree estar en posesión de la verdad y considera al otro como un  extraviado. Y al extraviado, al equivocado, al que yerra, hay que iluminarlo, no odiarlo. He aquí el error palmario de Calvino.

Calvino y Servet en un cuadro de
Theodor Pixis
Mirando el asunto desde este siglo XXI, es triste ver que Calvino en su trato con Servet actuó como otros hombres de su día. Era una época de hogueras. Una edad en que los hombres todavía creían que tenían el deber de juzgar las creencias de otros hombres respecto a Dios. es lamentable, porque en sus escritos, y en muchas cosas que hizo, Calvino se adelantó a su tiempo, señalando el camino de la tolerancia y la libertad; la separación de la Iglesia y el Estado; y el derecho de cada hombre a creer en Dios según los dictados de la conciencia.

La construcción del monumento a Servet no deja lugar a dudas en cuanto a su significado: “quemando por error”. ¿No ocurrió lo mismo con Cristo? ¿No está todavía crucificado y no lo estará hasta el fin de los tiempos por error? “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo” según la expresión de Pascal; y según la de Lutero, “en todo hombre que sufre, sufre Jesús”.

Si es así, sobre la hoguera de Servet el mismo Jesús fue quemado por Calvino.

Unos párrafos selectos de las obras de Juan Calvino que se oponen a una interpretación exagerada de la doctrina de la Predestinación y la Soberanía Divina, nos ilustrarán un poco sobre la contradictoria personalidad del noyano.


Sobre la Elección y predestinación

No podemos comprender, en verdad, la incomprensible sabiduría de Dios, ni está en nosotros el discutir sobre ella, para llegar a saber quiénes hayan sido elegidos por su eterno consejo y quiénes reprobados (Rom. 11). Pero no es esto necesario a nuestra fe, la cual puede estar superabundantemente segura con la siguiente promesa: Que Dios recibirá como hijos a los que hayan recibido a su Hijo Unigénito (Juan 1, 12).

¿Quién podrá ser de tan desordenada codicia que, no contento con ser hijo de Dios, ambicione aún otra cosa?

Y así, cuando encontramos en Cristo Jesús  la buena voluntad del Padre para con nosotros, la vida, la salud, y el mismo reino de los cielos, nos debe bastar ese bien tan grande y tan supremo. Debemos pensar esto: que no nos faltará nada absolutamente de aquello que pueda conducir a nuestra salvación y a nuestro bien si Cristo es nuestro; y ciertamente será El nuestro y nuestras todas sus cosas, si nos apoyamos en Él con fe cierta, si en Él descansamos, si en Él mismo ponemos la salud, la vida, todas nuestras cosas, en fin; si esperamos con toda seguridad que jamás sucederá el que Él nos abandone. Pues Él mismo parece como que se nos viene a las manos para que recibamos tantos bienes mediante la fe.

Aquellos, empero, que no contentos con Cristo, se esfuerzan en penetrar más alto, provocan contra sí la ira de Dios, y al querer entrar en el abismo de la majestad de Dios, son oprimidos por su gloria (Prov. 25 – 2 – 6). Como sea Cristo Señor nuestro, aquel en el cual el Padre ha elegido desde la eternidad a aquellos que quiso fueran suyos y los contó entre la grey de su Iglesia, tenemos un testimonio suficientemente claro de que nosotros estamos elegidos por Dios y pertenecemos a su Iglesia, si es que comunicamos con Cristo.

De otra manera sería cosa inútil y de ningún fruto que creyésemos que existía la Iglesia Universal si cada cual no creyera que es miembro de la misma.
Por lo demás y respecto de los otros, no está en nuestro poder juzgar si son o no de la Iglesia, si son réprobos o elegidos. Pues ésta es una prerrogativa singularísima de Dios el saber quiénes son de Él, como lo atestigua Pablo (2.a Tim. 2 – 19). Y para que la temeridad del hombre no vaya demasiado allá, los acontecimientos de cada día nos enseñan en cuánto superan los juicios de Dios a nuestra comprensión. Pues algunos que aparecían perdidos completamente y como a tales se les lloraba, volvieron al buen camino por la bondad divina, al contrario, algunos que parecía estaban sobre los demás, cayeron con frecuencia. Sólo los ojos de Dios pueden ver quiénes perseverarán hasta el fin (Mat. 24 – 13), lo cual es, en último término, el principio de la salud (Mat. 16).

Más aunque no podemos saber con certeza de fe, quienes son los elegidos; sin embargo, cuando la Escritura nos da ciertas notas, como hemos dicho antes, por las cuales podamos distinguir a los que son elegidos e hijos de Dios de los que son réprobos y extraños a Él, en cuanto que Él quiere sean por nosotros conocidos. Con cierto juicio de caridad deben ser considerados y tenidos como elegidos de Dios y miembros de la Iglesia a todos aquellos que confiesan, como nosotros, al mismo Dios y al mismo Cristo con la confesión de la misma fe, con el ejemplo de la vida y con la participación de los sacramentos. Y aunque haya en sus vidas el residuo de alguna imperfección (ya que nadie aquí puede ser perfecto), con tal que no se gloríen y se complazcan demasiado en sus vicios y esperen bien de ellos, es de esperar que mediante el impulso benéfico de Dios, aprovecharán cada día en lo mejor hasta que, despojados de toda imperfección, lleguen a la eterna bienaventuranza de los elegidos. La Escritura nos define con estas notas a los elegidos de Dios, a los hijos de Dios, al pueblo de Dios, a la Iglesia de Dios, a fin de que por nosotros puedan ser conocidos. Aquellos, empero, que no están conformes con nosotros en la misma fe, o que aun cuando la confiesen con los labios, sin embargo, niegan con las obras al Dios que con los labios confiesen, (como suele suceder con tantos que vemos en la vida completamente perdidos, ebrios en la voluntad de pecar, y como adormecidos y descansando tranquilos en sus maldades), todos éstos en sí dan las señales de no pertenecer a la Iglesia o ser miembros de ella.

(Institución de la Religión Cristiana. De la primera edición latina escrita por Juan Calvino en el año 1536, Traducción de J. Teran. Las Citas bíblicas fueron añadidas en las últimas ediciones publicadas por Calvino a mediados del siglo XVI.)




Sobre la Obediencia libre y espontánea

“Como quiera que no se encuentra ningún hombre, bárbaro o salvaje que no sea afectado por alguna opinión religiosa, se desprende de ello que todos hemos sido creados para este fin: que conozcamos la majestad de nuestro Creador, y habiéndola conocido le tengamos en la mayor estima, y le honremos con todo temor, amor y reverencia”.

“Pues nosotros no sabemos si agradará a Dios hacerles misericordia y traerles al camino de la salvación. Más bien debemos esperarlo, puesto que todos son creados a la imagen de Dios. Y puesto que nuestra salvación, no procede sino de la pura bondad gratuita de nuestro Dios, ¿por qué no haría Él lo mismo con aquellos que se hallan al presente en el camino de perdición como nosotros estuvimos?

(Institución de la Religión Cristiana. Sermón sobre la 1.a epístola a Timoteo. Calv. Op. LIII cap. 135)



La segunda cosa en que consiste la libertad cristiana, y que depende de la anterior, es que las conciencias obedezcan a la ley, no como obligadas por la necesidad de la ley, sino que, libres ya del yugo de la ley, de sí mismas obedezcan a la voluntad de Dios. Puesto que han de estar en contínuos terrores, en tanto que estén bajo el dominio de la ley, jamás podrán dar a Dios aquella pronta y alegre obediencia, si antes no son adornadas o enriquecidas con semejante libertad. Lo que queremos decir, lo explicaremos mejor y más claramente con un ejemplo. Es un precepto de la ley, el que amemos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestras fuerzas. Para que esto pueda ser hecho, precisa que el alma esté antes libre y vacía de todo otro pensamiento y sentimiento; que el corazón esté limpio de todos los deseos, y que las fuerzas estén todas ellas empleadas en esto.

Ved ahí como todas nuestras obras están sujetas a la maldición de la ley, si es que queremos hacerlas al modo de la ley. ¿Pues, de qué manera entonces se dispondrán las infelices almas para obrar correctamente y para que puedan confiar no estar sujetas a la maldición en todo lo que hacen?

si nuevamente libradas de las exigencias de la ley, o mejor de todo el rigor de ella, oyen que son llamadas por Dios con paternal suavidad, responderán contentas y alegres al que les llama, y le seguirán a dondequiera que los quiera llevar. En suma, los que gimen bajo el yugo de la ley, son semejantes a los esclavos, a los cuales es necesario que cada día les estén mandando sus amos en cada coda que han de hacer.

Porque éstos ninguna cosa piensan haber hecho; ni se atreven a aparecer delante de sus amor, sin que por entero hayan primero hecho la tasa que sus amos les habían puesto. Pero los hijos, que son tratados por los padres más liberal y dulcemente, no dudan en ofrecerles obras empezadas o hechas a medias, y aun teniendo algo de imperfecto o vicioso; los hijos están confiados en que su obediencia y prontitud de ánimo serán aceptadas, aunque les ofrezcan las cosas menos exactamente hechas de lo que desearían. Así a nosotros, nos conviene ser, que confiemos con toda seguridad  en que nuestros obsequios serán ciertamente recibidos y aprobados por nuestro indulgentísimo Padre, cualesquiera que ellos sean y por imperfectos y rudos que sean. Y, en verdad, que esta confianza no nos es poco necesaria; pues, sin ella, en vano nos esforzamos. Pues ciertamente Dios no se creerá honrado con ninguna de nuestras obras sino con aquellas que con toda sinceridad hagamos para honrarle. Pero ¿quién podrá hacer tal cosa con semejantes terrores dudando de si Dios será agradado u ofendido con nuestra obra? cuando, pues, Pablo exhortó a los fieles a no permitir que el pecado reinase en su cuerpo mortal, y a que no presentasen sus miembros al pecado por instrumentos de iniquidad; más que se ofreciesen a Dios como resucitados de los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de justicia; ellos, por el contrario, podrían objetarle que llevaban todavía una carne llena de concupiscencias, y que habitaba todavía en ellos el pecado. Él empero, añade esta consolación, que estaban libres de la ley, como si dijera: Aun cuando no sientan completamente que el pecado ha sido  del todo extinguido en ellos, y aunque la justicia no vive del todo en sus almas; no hay, sin embargo, porqué tener miedo o decaer de ánimo, como si perpetuamente tuvieran a Dios ofendido por las reliquias del pecado, cuando por la gracia han sido libertados, para que sus obras no sean examinadas por tal regla, es, a saber, la de la ley. Pero los que infieren de aquí que podemos pecar, puesto que no estamos bajo la ley, entiendan los tales que esta libertad en nada tiene que ver con tal pretensión, ya que el fin de ella es animarnos más y más al bien.

(Institución de la Religión Cristiana. Instrucción y confesión de Fe. Cal. Op. XXII cap. 33).

Estatua de Miguel Servet
en Villanueva de Sigena.


Wolfsschanze, agosto2011 – mayo de 2012.    
    





EDVARD MUNCH, UNA VIDA EN LOS “FRISOS DE LA VIDA”


Edvard Munch, pintor noruego
Foto 1892
Hay un grabado que me llamó la atención cuando era niño, “El grito”, de Edvard Munch. Sólo me enteré de su autor cuando en la secundaria me interesé por la obra de Ibsen, porque Munch, al igual que el autor de “Casa de muñecas”, había nacido en Noruega. Es un cuadro que impacta, como si nos hubieran arrastrado al filo de un abismo para escuchar ese grito indescriptible que brota de lo más profundo. “El grito”, como toda la obra de Munch, nos revela un espíritu atormentado que ha sobrevivido a las más duras pruebas. “La enfermedad, la locura y la muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna”, escribió, y en sus pinturas expresó la neurosis que lo acosaban.

Pocos artistas como Munch ofrecen una relación tan estrecha entre vida y obra: Los avatares personales ejercerán una influencia decisiva en la orientación de su actividad artística.

Pintor, litógrafo, aguafuertista y xilógrafo, Munch, nacido en 1863, tuvo una niñez traumática. Su padre fue un médico de enfermos pobres que pasó su existencia atrapado en una religiosidad casi demente; vio morir de hambre a su madre y a su hermana mayor cuando aún no había cumplido los catorce años.

Edvard Munch 1865.
Foto J. Lindegaard
Hay pintores que han cambiado tomando diferentes caminos para llegar a una plenitud de desarrollo, tal es el caso de Gauguin o de Picasso; otros parecen seguir un mismo derrotero hasta el final. Viendo las obras del pintor noruego, percibimos que pertenece a este último grupo.

No cabe duda de que Munch fue la personalidad más influyente del expresionismo, ese movimiento pictórico preocupado por los valores morales y sociales del hecho artístico. Démosle un vistazo a lo que fue el expresionismo en su esencia, en su contexto y su desarrollo.

La crisis de la civilización contemporánea encontró en Alemania la expresión más evidente. Su situación geográfica en el centro de Europa, la avidez de experiencias siempre nuevas y la inexhausta curiosidad del espíritu germánico contribuyen a que el pensamiento y las letras alemanas estén siempre inclinados a experimentar las ideas y sufrir las influencias más variadas. El sentido de la tradición es por otra parte débil, y siempre nueva, en cambio, la interrupción, la vuelta a los orígenes, casi como una ley de todo su desarrollo espiritual. Cada vez la verdad del alma alemana se demuestra con ese regreso a los principios, replanteando el problema de sus ser en toda su complejidad.

La guerra aceleró después la catástrofe de las ideologías, catástrofe prevista y considerada necesaria por los mayores espíritus del siglo; y si, hacia 1910, se inician nuevas modalidades en todas las artes, es indicio de que se empezaba a elaborar una nueva cultura que llegaría más allá de la catástrofe bélica, aunque expresándola y significándola. El nuevo movimiento en Alemania se denominó “Expresionismo”. 

 Diversas influencias alemanas y extranjeras concurrieron en la preparación de esa especie de nuevo “Sturm und Drang”: la experiencia de Nietzsche, la experiencia abismal de Dostoievski, el nihilismo de Strindberg, la crítica social de Ibsen, el misticismo de Kierkegaard, contribuyeron en distinto grado a determinar en Alemania aquella crisis del alma, de la cultura y de la vida.

El Grito (1893). De Edvard
Munch.
La historia del Expresionismo, tan viva y rica en contradicciones, puede encerrarse genéticamente entre 1910 y 1920. Entre ambos términos el movimiento adquirió su fisonomía más evidente y produjo sus mejore obras.

Antes de 1914, el Expresionismo denuncia la crisis inminente; después, con el inesperado derrumbamiento de toda estructura social, con la irrupción de fuerzas instintivas e irracionales en el choque de la guerra, el Expresionismo levanta su bandera en defensa del hombre fuera de la historia, del hombre que no quiere volver a entrar en aquella sociedad que no ha mantenido ninguna de sus promesas. Todo vínculo se había roto; el fin de la guerra obligaba a comprobar que ya no existían largos valederos entre los hombres. La crítica contra tal situación de la sociedad se producía incluso en las naciones occidentales, pero en Alemania la crítica, surgiendo espontáneamente de la catástrofe, fue llevada con violencia radical; por esa razón parecía que el Expresionismo iniciaba una nueva era, y asumía la importancia de una auténtica revolución. Se quería, en Alemania, encausar todas las ideas tradicionales, familia, sociedad, religión y procesando a la época liberal se negaron los valores establecidos por la tradición del siglo precedente.

 El Expresionismo, variado y contradictorio en sus ideales, tenía ese radicalismo que a menudo acompañaba al desorden. Ideas metafísicas y teológicas sobre el destino del hombre, sobre la culpa y sobre la redención, sobre la caída y el recobramiento de la inocencia primitiva, ideas y mitos confluyeron para formar el mundo del Expresionismo. Parecía que de la catástrofe surgía la fe en sus limitadas posibilidades humanas; y, con ella, la idea del hombre como creador de su mundo. De modo que la desintegración social en la que insistía el expresionismo, haciendo de ella uno de sus temas principales, parecía ser solamente la promesa de una renovación integral de la vida. La renovación debía surgir del alma, y se daba un valor absoluto al mundo interior, más allá de toda contingencia y de cualquier aspecto externo; la exterioridad, por sí misma, era desconocida y negada. De ahí que el Expresionismo, rompiendo con la civilización artística burguesa de la época, pudiera proponer la vuelta a las grandes formas del arte.

No se busca ya la solución de la vida, se trata únicamente de buscar en la oscuridad del ser las raíces de los sentimientos no contaminados por la civilización. Los valores de la vida son llevados hasta un límite irritado y convulsivo. Donde el Expresionismo subvirtió más evidentemente el pasado, fue sin duda en el campo de la pintura. Aquí los antecedentes son remotísimos y numerosos (van desde las esculturas asirio-babilónicas hasta los ídolos bárbaros de las tribus negras), pero hay que advertir en seguida que muchos de esos vestigios llegaron a Alemania a través de Francia, en lugar de ser un verdadero fruto de la curiosidad alemana. Sea como sea, este retorno a las exigencias primitivas, va unido a la influencia directa de la pintura de Van Gogh, Pablo Picasso, Henri Matisse o Edvard Munch.

Autoretrato. Edvard Munch
1882
Otro aspecto fundamental en la vida de Munch era la melancolía. ¿Era Munch un melancólico? Profundicemos un poco sobre la melancolía. El termino deriva del latín melancholía y que tiene su origen en un vocablo griego melankholía que significa “bilis negra”. Se trata de la tristeza vaga, permanente y profunda, que puede haber surgido por causa física o moral y que hace que el sujeto que la padece no se encuentre a gusto ni disfrute de la vida. ¿Cuándo la melancolía pasa a convertirse en una patología? Según los especialistas esto sucede cuando se altera el normal pensamiento del individuo y dificulta su desempeño social. Es normal que una persona pueda sentirse melancólica una mañana o una tarde y que por eso crea conveniente permanecer en su casa sin hacer nada. Pero si dicha conducta se repite a lo largo de varios días y la persona que la padece abandona su vida social y obligaciones laborales, estamos ante una depresión que requiere tratamiento. A comienzos del siglo XX Sigmund Freud se ocupa de este término. En su libro “Duelo y melancolía” que data de 1916, define el duelo como un estado “normal” debido a la pérdida de un objeto amado, y también como un trabajo psíquico especial, cuyo objetivo es que el sujeto pueda renunciar finalmente a ese objeto perdido. La melancolía, por su parte, no es sólo un duelo patológico (donde ese trabajo no ha ocurrido); también se diferencia por la naturaleza del objeto perdido. Entonces, Freud señala que el objeto perdido del melancólico es el yo mismo. De aquí la calificación que hace de la melancolía como “psiconeurosis narcisista”, ya que en ella se trata de una ruptura de la función de narcisismo.

Posteriormente en “El malestar en la cultura”, Freud establece un paralelo interesante entre melancolía y aflicción. Para él, las múltiples analogías del cuadro general de la melancolía con el de la aflicción justifican un estudio paralelo de ambos estados. Para Freud, la aflicción es, por lo general, la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etc. Bajo estas mismas influencias surge en algunas personas, a las que por lo mismo se les atribuye una predisposición morbosa, la melancolía en lugar de la aflicción. Es importante, asevera Freud, que jamás se debe considerar la aflicción como un estado patológico y someter al sujeto afligido a un tratamiento médico, aunque se trate de un estado que le impone considerables desviaciones de su conducta normal. Se debe confiar en que el cabo de algún tiempo desaparecerá por si sola y se juzgará inadecuado e incluso perjudicial perturbarla.

En cuanto a la melancolía, Freud sostiene que se trata de algo que se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la perdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución del amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones de que el paciente se hace objeto a sí mismo, y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. 

Este cuadro se hace más inteligible cuando se reflexiona que la aflicción muestra también estos caracteres, a excepción de uno solo: de la perturbación del amor propio. La aflicción interna, reacción a la pérdida de un ser amado, integra el mismo doloroso estado de ánimo, la cesación del interés por el mundo exterior- en- cuanto no recuerda a la persona fallecida-, la pérdida de la capacidad de elegir un nuevo objeto amoroso- lo que equivale a sustituir al desaparecido- y al apartamiento de toda función no relacionada con la memoria del ser querido. Se comprende que esta inhibición y restricción del yo es la expresión de su entrega total a la aflicción. En realidad, si este estado no nos parece patológico es tan solo porque nos lo podemos explicar perfectamente.


“En la aflicción nos explicamos la inhibición y la falta de interés por la labor aflictiva que absorbe el “yo”. La pérdida desconocida, causa de la melancolía, tendría también como consecuencia una labor interna análoga, a la cual habríamos de atribuir la inhibición que tiene efecto en este estado. Pero la inhibición melancólica nos produce una impresión enigmática, pues no podemos averiguar qué es lo que absorbe tan por completo al enfermo. El melancólico muestra, además otro carácter que no hallamos n la aflicción: una extraordinaria disminución de su amor propio, o sea un considerable empobrecimiento de su “yo”. En la aflicción, el mundo aparece desierto y empobrecido ante los ojos del sujeto. En la melancolía es el “yo” lo que ofrece estos rasgos a la consideración del paciente. Este nos describe su “yo” como indigno de toda estimación, incapaz de rendimiento valioso alguno y moralmente condenable”.

(“El malestar en la Cultura”, Sigmund Freud, Alianza Editorial; 1988, pág. 217).



Para terminar de ilustrar este tema de la melancolía, tan inherente a Edvard Munch, quisiera hacer hincapié en cómo se presentó ésta en otro gran pintor del siglo XIX, el holandés Vincent Van Gogh. En una carta fechada en Cuesmes en julio de 1880, y dirigida a su hermano Theo, dice Vincent:


“De manera que en vez de sucumbir a mi nostalgia me dije a mi mismo: tu tierra, tu patria, está todo alrededor. Así pues, en lugar de entregarme a la desesperación opté por una melancolía activa, en la medida en que fuera capaz de la actividad, en otras palabras, escogí el tipo de melancolía que espera, que lucha y que busca, en vez de la melancolía que desespera insensible y angustiosamente. Consecuentemente, realicé un estudio más o menos serio de los libros a mi alcance, como la Biblia y, la revolución francesa de Michelet y luego el invierno pasado, Shakespeare y un poco de Víctor Hugo, Dickens y Beecher Stowe (…). Sabes, por ejemplo, que a menudo he descuidado mi aspecto. Lo admito y también admito que es “escandaloso”. Pero fíjate, la falta de dinero y la pobreza también tienen algo que ver con eso, así como una profunda desilusión y además, en ocasiones es una buena forma de asegurar la soledad que necesitas, de concentrarte más o menos en cualquier estudio en que estuvieras sumido”.

(en “Vincent Van Gogh” por Vincent Van Gogh,2008 Confidential Concepts, Worldeide, USA,Volumen I)



Cocina de Edvard Munch, en
Asgardstrand, Noruega.
Para quien conoce la vida y la obra de este monstruo de la pintura, huelgan los comentarios sobre el contenido de esta carta. Sólo cabe agregar que esta noción sobre la melancolía es crucial para la vida artística del pintor holandés. Por último, antes de regresar a Munch, cabe anotar que el tema de la melancolía está presente en tres pinturas del siglo XIX: “Melancolía”, cuadro de Paul Gauguin de 1891; “Melancolía” del pintor francés Paul Serusier de 1890, mientras un tercero que, aunque no lleva el nombre de “Melancolía”, se reconocen en él elementos de la disposición del melancólico: el puño cerrado que sostiene la cabeza, la gestualidad sombría del rostro. Se trata del “Retrato del Doctor Gachet”, 1890, de Van Gogh.

Casi toda la obra de Munch fue creada en un completo aislamiento, sufriendo de la separación de sus coetáneos, buscando inspiración en su propia subjetividad, expresándola a través de temas obsesivos y dramáticos. Aislado, introspectivo y mordaz, Munch hizo visitas ocasionales a París y permaneció largos periodos en Alemania. Su desarrollo espiritual lo acercó a filósofos y escritores como Kierkegaard, Ibsen, Nietzsche y Strindberg.  

Pintor en gran parte autodidacta, Munch ingresó en la Escuela de Arte y Oficios donde permaneció dos años. La atmósfera intelectual de esta ciudad en 1880, especialmente un fuerte efecto en él. Formó parte del grupo “Bohemia de Cristianía”, dirigido por el escultor y poeta anarquista Hans Jäger. El nombre del grupo era el de una discutida novela Jäger sobre el tema de la libertad sexual, y sus miembros estudiaban y discutían todos los problemas políticos, sociales y éticos que han sido reflejados con maestría en las obras de Ibsen, en especial “Casa de muñecas” (1879) y “Espectros” (1881). La sociedad era para ellos una entidad a la cual bebía combatirse, y el arte el arma con la cual luchar. En la primera versión de pinturas tales como “El día después” y “Pubertad”, ambas de 1886, Munch uso la observación realista para expresar temas sociales. En la primera de ellas apreciamos a una mujer tendida en su lecho con el brazo izquierdo tirado hacia el suelo como en un estado de abandono. Los cabellos largos y desordenados hacia el lado de la cabecera donde está el brazo salido, sumado a sus ojos cerrados, nos dan una impresión de renuncia, de ausencia. La pierna derecha, contraída y formando una especie de ángulo recto de más realce a la saya con que está vestida. Sobre una mesa ovalada al pie de la cama se aprecian dos botellas, una de vino y un vaso a medio llenar. Este cuadro es una de las composiciones más efectistas de Munch. En un mundo angustiado, de soledad enloquecedora, de total incomunicación, la mujer aparece en la obra de Munch como un vampiro, más torturada aún que sus víctimas. En “Pubertad”, se aprecian reflejados los problemas de la adolescencia, tan discutidos en la época y considerados por los bienpensantes como piedra de escándalo. Sentada al borde de su cama apreciamos a una adolescente desnuda, con los brazos estirados y cruzados a la altura del pubis y con las manos posadas levemente sobre el muslo derecho una, y al costado de la rodilla izquierda la otra. Sus pequeños senos, al desnudo, no despiertan apetito carnal alguno; la joven aparenta unos 13 ó 14 años. Sus ojos grandes y abiertos, denotan la perplejidad de la muchacha que cae en la cuenta de que ha dejado de ser una niña y que toma conciencia de su sexualidad latente; esta es una de las pinturas más famosas de Munch.

Este cuadro tuvo una primera versión, hoy destruida, que fue pintada cinco años antes que el célebre drama de Franz Wedekind “El despertar de la primavera” (1891), dedicado al análisis de los problemas de la adolescencia. A partir de 1885 Munch había visitado Francia cuatro; años más tarde ganó una beca para ir a París y permaneció en el extranjero hasta 1892. Visitó la Riviera, Italia y Alemania. Vio cuadros de Van Gogh y Paul Gauguin en la Galería Goupil de París, donde trabajaba Van Gogh.

Vio la exposición de Gauguin en el Café Volpini que ejerció una influencia determinante en su obra. Sus grandes figuras de contornos fluidos y su utilización de colores puros proceden directamente de Gauguin. También influyó en él Odilon Redon con sus arabescos lineales y la atmósfera de pesadilla de sus litografías. Uno de sus más famosos grabados es “El grito”, donde Munch refleja magistralmente la angustia humana. En un puente, un hombre, con ambas manos cubriendo sus oídos, emite un grito que, por la expresión de sus ojos desorbitados y por el rictus de su boca, refleja un alarido que parece no tener fin y, que si lo tiene, ese fin debe estar marcado por la locura. Nada hay aparte del puente; tras el hombre sólo un paisaje desolado, sin aves, sin vegetación, sin humanos. Aquí la soledad del hombre del puente parece la soledad del hombre primitivo, esa soledad de hoy que, en el plano oscuro de nuestros instintos, se convierte en un tormento.

La primera versión de “El bote amarillo”, 1891, contiene diseños similares a los de Gauguin. Al mismo tiempo su movimiento hacia el espacio es mucho más fuerte. En 1892 Munch fue invitado a exhibir en Berlín. Este fue el punto culminante de su carrera y un suceso de gran importancia para Alemania. Sus pinturas causaron tal clamor que su exhibición fue clausurada en Berlín, pero fue llevada a Breslau, Dresde y Múnich, como también a Copenhague, y señaló el camino que seguiría el expresionismo alemán en las próximas décadas.

Edvard Munch. Dance of life
(La Danza de la vida)
1899 - 1900
La pintura de Munch rechaza los temas neutrales del impresionismo para entregarse a la expresión de estados de ánimo intensamente subjetivos, con frecuencia morbosos y turbadores, que tienen como finalidad explorar el mundo interior de la conciencia humana. Sus temas fueron casi siempre la enfermedad, el alcoholismo, la dolorosa soledad de la adolescencia y de la vejez, el ansia de amor insatisfecho, la decepción y la angustia. Según escribió en su propio diario, Munch se proponía con todos estos cuadros, pintados entre 1890 y 1908, realizar un gran “friso de la vida humana”. Evidentemente la profundidad psicológica de estos temas no podía ser expresada con una técnica realista y por ello tuvo que acudir a los colores puros y a la distorsión de las líneas y de las figuras. Aunque este proyecto nunca fue completado ocupó la mayor parte de sus energías. Los temas siempre tuvieron importancia para él, y hasta fines del siglo experimentó y buscó motivos para su “Friso de la vida”. En su cuadro “La danza de la Vida”, pintado en 1899 es fácil descubrir los orígenes estilísticos de este gran expresionista: junto a la línea sinuosa del modernismo se descubre toda la carga emotiva de la pintura simbolista. En el centro del cuadro, una pareja baila sobre lo que parece ser un inmenso jardín; al fondo se visualizan otras parejas que bailan ajenas a la escena central que da vida a la pintura.

Las dos figuras (mujeres) que flanquean la composición aparecen como dos palos entre los cuales transcurre toda la aventura emotiva: la desdicha y la felicidad. Porque los personajes de Munch no conocen el matiz ni el término medio. Otro de sus más celebrados es el titulado “La muerte de Marat”, inspirado en un hecho histórico: el asesinato cometido por Charlotte Corday contra Jean Paul Marat. Antes de dar una breve descripción de esta pintura que data de 1905 a 1907, démosle una breve ojeada a este suceso. Dentro de los activistas revolucionarios de la Revolución Francesa, aparece la discutida figura de Juan Pablo Marat, médico de brumoso pasado, publicista de gran talento y futuro tenor de la Revolución. Marat se titulaba a sí mismo “el amigo del pueblo”, cuatro vocablos con que siempre subrayaba su firma y que encabezaban su periódico, una hoja que alcanzaría un temible poder, porque la pluma de Marat equivalía a un ejército revolucionario y sabia traducir el odio, la desconfianza y las pasiones de la masa mejor que nadie: “yo soy la cólera del pueblo”- decía -, su justa cólera”. También como nadie sabía burlarse de la vanidad, la candidez, la falta de seriedad y el carácter versátil de las masas.

Marat surgió en la historia como una de las figuras más crueles y espantosas de la Revolución: en ciertos momentos fue considerado un monstruo, aunque en realidad, acaso este hombre poseía un sentido moral muy elevado. Había nacido en el seno de la humilde familia Mara, de origen sardo, de la que tomó su apellido. Estudió medicina en París y se doctoró en Londres, donde en 1774 publicó en inglés The Chains of Slavery, obra en la que critica a la monarquía ilustrada. De este periodo datan sus primeros contactos con la francmasonería. 

Harald Norregaard (Pintura de Edvard
Much 1899).  Era uno de los amigos más
cercanos de Munch, desde la adolescencia.
Al estallar la Revolución Francesa aumentó su exaltada propaganda de la misma, lo que le granjeó no pocas amonestaciones y enemistades. La publicación del periódico “El amigo del pueblo”, plataforma de sus ideas sobre la libertad de expresión y la cordura del Antiguo Régimen, lo llevó a prisión por primera vez. Como miembro del club de los Cordeliers, dirigió fuertes ataques contra el Ministro de Hacienda Jacobo Necker, contra el aristocrático marqués de La Fayelle y el rey Luis XVI cuando este trató de huir de Francia. Sus virulentas críticas lo obligaron a exiliarse en Londres en dos ocasiones. Sin embargo, sus ideas y su defensa de los derechos del pueblo lo convirtieron en un personaje muy apreciado y popular.

Era valiente en grado sumo y si juzgaba que su deber era escribir algo, no retrocedería jamás ante las consecuencias. Día tras día El amigo del pueblo (periódico) vigilaba la evolución del movimiento revolucionario y comentaba los acontecimientos, siempre desde el punto de vista del proletariado, de los no privilegiados. Marat amaba a los humildes, a quienes sus artículos ofrendaban, además, conciencia de clase; quería asegurarles pan y trabajo, repartir entre ellos los bienes de los ricos, librarlos y sacrificarse por su causa. Sin duda, Jean Paul Marat, se consideraba el mesías de la nueva espiritualidad. En 1792 tomó parte en las matanzas de setiembre y fue elegido miembro de la Convención y de la Comuna de París, pero tropezó con la animadversión de los girondinos al incitar al pueblo a usar la fuerza y reclamar la dictadura. Luego de cerrar “El amigo del pueblo” publicó el “Diario de la República Francesa”, y consiguió los votos necesarios para enviar a Luis XVI a la guillotina. Durante la crisis de la primavera de 1793, los girondinos consiguieron que la Convención lo acusase de incitar al pueblo a la violencia, pero fue declarado inocente. La caída definitiva de los girondinos se produjo el 2 de junio de 1793, pero Marat, enfermo y exhausto tras años de lucha, abandonó la Convención. Por otro lado, Charlotte Corday es una hermosa joven que una tarde estival de 1793 toma la diligencia de Caena París; allí alquila una habitación en un hotelito. El sábado 13 de julio, muy temprano, se dirigió a las inmediaciones del Palacio Real, donde compró un gran cuchillo de cocina; un coche de alquiler la condujo a casa del ciudadano Marat, quien no quiso recibirla. Insistió, volvió por la tarde, y entonces fue introducida junto “al amigo del pueblo”. Matat sufría una enfermedad cutánea que le imponía unos baños prolongados y recibió a su visitante metido en una tina o bañera en forma de zueco. Charlotte entabló con el tribuno una conversación animada; de pronto, sacó el cuchillo oculto e hirió a Marat, quien pocos minutos después, exhalaba su último suspiro. Momentos antes de su ejecución, Charlotte Corday dijo sencillamente: “¡Qué país!”. No hizo el menor gusto para escapar a la consecuencias de su acto, a aquella “misión cumplida” con la mayo calma y sangre fría. Charlotte estaba segura de haber prestado un gran servicio a su patria, pues, para ella, Marat era la encarnación del mal, y asesinándolo confiaba en asentar un golpe mortal al terror, que había aniquilado a los girondinos y minaba al país entero.

¿Podría un hecho de tal magnitud escapar al ojo de quien quería retratar las pasiones humanas, esas fuerzas latentes que están esperando una posibilidad que las saque de las tinieblas para lanzar chispas de luz? Claro que no, Munch tenía la fuerza para quebrantar esa paz, esa calma ficticia que cubre muchas veces actos brutales como éste. Como Goya en su tiempo, en su momento y en su contexto supo expresar de manera conmovedora y patética la violencia que le tocó vivir en la España invadida por las fuerzas napoleónicas. Pero vayamos al retrato en cuestión, “La muerte de Marat”. En un primer plano se aprecia a Charlotte Corday de pie, completamente desnuda y en posición de firmes, con una mirada vacía, inexpresiva, ni de culpa ni de satisfacción, como invitando a quien la vea a que juzgue su “acto cometido”. En ninguna de sus manos aparece el arma homicida. Su estática posición indica que no piensa huir de la escena, su desnudez lo confirma: Ningún homicida anda por las calles desnuda. Detrás de ella, Jean Paul Marat se halla tendido en una cama (aquí se ha cambiado la tina de baño por un lecho; el pintor se ha tomado la libertad de falsear o trastocar parte de la escena real) yace muerto, con el brazo derecho erguido que queda con la mano suspendida a pocos centímetros del suelo. El cuerpo, ladeado ligeramente hacia la derecha, también permanece rígido. El rostro, con los ojos cerrados, parece sereno, como quien antes de morir reconoce una falta por la cual, su muerte, se justifica. Unas gotas de sangre sobre la cubrecama son los mudos indicios del asesinato.

Casa de Munch en Asgardstrand,
Noruega
Desde 1892 hasta 1908, Munch va a Noruega todos los veranos. Entabla una gran amistad con August Strindberg, el escritor sueco quien vivía en tipo de misticismo panteísta, de raíz romántica. Strindberg había sufrido serios conflictos en su vida sentimental, especialmente durante su primer matrimonio, que lo llevaron a consideraciones bastante reflexivas acerca de la relación entre el hombre y la mujer y una cierta misoginia, cuya máxima expresión es “Esposos” (1884), colección de relatos por los que sufrió un proceso, cuya experiencia lo sumió en una crisis espiritual que queda reflejada en “Inferno” (1897). Munch absorbió mucho del pensamiento subjetivo y abstracto de Strindberg. Por ejemplo su declaración: “En el pintor y el dramaturgo existe una preocupación paralela por el conflicto entre los sexos y otros problemas sexuales; existe el mismo sentimiento de la importancia del individuo frente al amor y la muerte”. Para expresar su propia experiencia del dilema del amor y sus consecuencias, Munch usó una variedad de estilos, medios, y motivos de simbolismo variable.

A comienzos del siglo XX se afianzó la reputación de Munch en Noruega y como resultado su situación económica mejoró. En 1908, en Copenhague, sufrió una crisis nerviosa causada por un amorío frustrado y por el alcohol que lo obligó a ser internado en la clínica del doctor Jacobsen. A medida que se restablecía continuó trabajando en Copenhague, exhibiendo con gran éxito en Oslo. Retornó a Noruega en 1909 y tomo parte en un concurso para el decorado de la Universidad de Oslo. En el Sonderbund de Colonia, donde fue invitado a exhibir en 1912, le fue cedida, como a Picasso, toda una sala para cuadros. Hay una pintura sumamente interesante en la obra de Munch, “La muerte en la habitación”, pintura que se encuentra en el Museo Nacional de Oslo. La emoción, el estado de ánimo, la expresividad morbosa, la decepción y la angustia humana que tan poderosamente atrajeron al pintor noruego, están reflejados nítidamente en este cuadro. En una habitación donde se hallan seis personas, cinco jóvenes (tres mujeres y dos varones) y un anciano, se encuentra la figura de alguien que parece, irremediablemente, estar muriendo. El agónico o agónica se halla sentado en un sillón que al dar la espalda al veedor en un giro de sesenta grados aproximadamente, impide ver el rostro. Parece ser una mujer, por cuanto lo que cubre su regazo semeja un vestido sin que se deseche de plano la presencia de una manta. Sólo se aprecia dos rostros de frente: el de una de las muchachas en un primer plano y la del anciano que con las manos en alto y en ruego, parece entonar una oración por el desvalido.

El rostro de la muchacha de ojos ojerosos, y rostro pálido, expresan una “muerta mirada”. Se halla de pie, rígida, con las manos enlazadas a la altura del bajo vientre. Esa rigidez y esa mirada sin vida reflejan evidentemente la desesperanza que la invade. Al lado de ella, de perfil y mirando al enfermo, un joven con la cabeza ladeada ligeramente expresa también un escondido lamento. Delante de la muchacha de manos entrelazadas y rígidas, sentada, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas, la segunda muchacha también expresa ser desdichada; no se necesita verle el rostro para ver que la invade una pena muy grande. La tercera muchacha posa su mano izquierda sobre la cabeza del sillón donde reposa la enferma o enfermo. El brazo en ángulo recto y el cuerpo algo encorvado también refleja una pena inevitable. Al lado de la silla una litera con la ropa de cama desordenada, y con una sábana blanca cayendo en parte sobre el piso dan una idea del momento de tensión y angustia que se vive. Una mesa de noche al lado de la cama, muestran dos frascos a medio llenar; algunos paliativos dado al enfermo o enferma de seguro. Un cuadro con una fotografía de un hombre cuelga en la pared sobre la cabecera de la cama. La figura más expresiva es la del hombre que se encuentra en un extremo de la habitación, dando la espalda a toda la escena, se halla de pie, cabeza gacha, y el brazo derecho apegado a la pared, como que sostiene no sólo su cuerpo, sino toda la escena en que el dolor, la desesperanza, la angustia y el sufrimiento, parecen jugar con el sentimiento puro y noble de los seres ahí presente.   

Edvard Munch en Ekely
Cabe anotar que desde 1910 hasta 1912, la naturaleza había comenzado a asumir nueva importancia para Munch. Inspirado quizá por la cinematografía, experimentó con el movimiento de las figuras en el espacio. En sus obras posteriores resumió toda la experiencia de su vida. Le obsesionaba su juventud y la ironía de la vejez; esta última está expresada en su serie de autorretratos titulados “Entre el reloj y la cama”. En uno de estos se aprecia a Munch, de pie, envejecido (Munch muere a los 81 años), pasado entre un reloj de pared cuyo mueble alargado va desde el piso hasta una altura que sobrepasa en unos 15 centímetros e cuerpo de Munch y una cama, cuya cubrecama se encuentra bien aliñada. Munch se halla rígido, con los brazos caídos y pegados al cuerpo. Su rostro se encuentra sereno, es el rostro del hombre que extendió la mano buscando una mano y sólo encontró puños, el rostro del hombre que sembró semillas dentro suyo y que sólo germinaron gracias a las lágrimas del dolor, pero que aun así logró cosechar hermosas flores y frutos saludables: sus pinturas. Munch falleció en enero de 1944, habiendo vivido para ver sus cuadros, en otros tiempos admirados en Alemania, incluidos en la exhibición Nazi de 1935 en Múnich de arte “degenerado”. La evolución de la pintura en Europa Central y Alemania, donde su influencia sobre los expresionistas fue en el campo del retrato y las obras gráficas, se debe tanto a Munch como al arte francés. Su obra fue admirada por el pintor austriaco Oskar Kokoschka (también este pintor compartió honores con Munch en la exposición nazi del 1935), cuyo enfoque ha sido en cierto modo similar.

Tumba de Edvard Munch, en el cementerio
de Ereslunden. Oslo.


Wolfsschanze, enero - junio del 2011.