domingo, 18 de enero de 2015

AVATARES 2








AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE





Para Alberto Valcárcel,
   ternura en la palabra,
      ternura en la voz,
         ternura en la amistad
             allende la vida.







Francisco de Quevedo
(1580 - 1645)
El título de esta monografía es clara alusión a la elegía I 19 de Sexto Propercio, escritor, romano cuya agitada vida amorosa transcurrió entre los años (47 - 14 a.C.). Noble de origen provinciano, llegado a Roma muy joven proveniente de Asis (Umbría), Propercio llevó una vida de estudio y de sociedad, benévolamente acogido, aunque no excesivamente bien visto, en el círculo de Mecenas. Propercio no se vio obligado a depender de patronos para poder dedicarse a la poesía como hicieron Virgilio y Horacio. En el año 39 a. C., Virgilio está bajo la protección económica de Mecenas, a quien dedica las Geórgicas. Igualmente, Horacio dedica al primer ministro de Augusto las Sátiras, los Epodos y las Odas I-II. Propercio, en cambio, dedica el primer libro de elegías (Monosílabos), publicado sobre el 29 a. C., a su amigo Volcacio Tulo, perteneciente a la clase ecuestre como el mismo Propercio. Es verdad, sin embargo, que a partir de la publicación del libro I fue invitado a incorporarse al círculo del Mecenas y allí se incorporó nuestro poeta, pero no para obtener respaldo económico, sino para poder participar en los recitales públicos, que eran de capital importancia para que las obras literarias llegaran al público deseado. El interés, pues, fue reciproco. Propercio accedió al salón literario más solicitado de Roma y Mecenas, un gran amante de la literatura y de la cultura, pudo incorporar a su círculo un poeta de primera fila. Mecenas en nombre de Augusto, no consiguió que Propercio compusiera una gran obra épica - ¿Y qué necesidad había después de la Eneida de Virgilio? -, pero consiguió que cantara a Roma en muchas de sus elegías.

Es probable que Propercio muriera poco después, aunque parece por noticias de Plinio el Joven (Cartas VI 15,1; IX 22,1) que se hubiera casado e incluso hubiera llegado a ser padre, si es que creemos que el amigo citado por Plinio, Paseno Paulo, era descendiente de Propercio. Sea como fuere, lo que sí es seguro es que murió. Como muy tarde, sobre el nacimiento de Cristo, porque su mención en los catálogos poéticos de Ovidio de esa fecha (Arte de amar III 333,536; Remedios de amor 764; Tristias II 465) presupone su muerte. Los más tiernos poetas, Catulo, Cornelio Galo, Tibulo y Propercio murieron en la treintena. Por una o por otra razón, los grandes poetas “románticos” por un destino insondable son llamados relativamente jóvenes por los dioses, como Jorge Manrique (1440 – 1479), Garcilaso de la Vega (1501 – 1536), Philip Sidney (1554 – 1586), Novalis (1772 – 1801), Percy  Bysshe Shelley (1792 – 1822), Jhon Keats (1795 -1821), Byron (1788 – 1822), Espronceda (1808 – 1842), Bécquer (1836 – 1870), García Lorca (1898 – 1936) o Miguel Hernández (1910 – 1942). Su poesía, en cambio, permanecía durante siglos.

Sexto Propercio, escritor romano.
Después de un primer y fugaz amor por Licinna, la gran pasión de su vida fue Cintia (esto es, Hostia), bella, culta, poetisa y rica, de distinguida familia. Este amor, que duró cinco años sin interrupción, con sus altercados, reconciliaciones, mutuos celos, infidelidades y embriagueces, forma, a través de los cuatro libros de Propercio, una especie de novela en escenas episódicas descritas por el poeta sin ninguna unidad preconcebida. A medida que fueron pasando los años, el amor por Cintia se debilitó.

Después de la muerte de la poetisa, enterrada en su villa de Tívoli, la piedad reaviva en el poeta la antigua llama. Cintia se le aparece en sueños y suscita en el ingrato amante un nostálgico sentimiento de amargura. El libro primero de sus cuatro libros de Elegías, era llamada Cynthia por el mismo poeta (II 24, 1-2) siguiendo la tradición de titular los libros de amor con el nombre de la amada. Ejemplo de esto son la Nanno de Mimnermo (segunda mitad del siglo VII a.C.), la Lide de Antímaco (ca. 100 a.C.), la Leucadia de Varrón de Átax (nació en el 82 a.C.), la Lesbia de Catulo (84 – ca. 54 a.C.), la Quintilia de Licinio Calvo (82 – ca. 47 a.C.), la Licoris de Cornelio Galo (ca. 69 – 26 a.C.) o la Neera de Lígdamo (del siglo I d.C.).

¿Pero era Cintia el verdadero nombre de la amada de Propercio? Apuleyo de Madaura (ca. 125 – ca 180 d.C.), el magistral fabulador latino en las Metamorfosis o el Asno de oro, nos dejó la noticia de que los poetas elegiacos latinos asignaban pseudónimos a sus amadas. En su Apología (X3) nos dice: “Así pues, por la misma razón acusen a G. Catulo porque llamo Lesbia a Clodia, y de igual manera a Ticidas, porque la que era Metela la escribió como Perila, ya Propercio, que dice Cintia a Hostia, y a Tibulo, porque tiene en su mente a Plania y en sus versos a Delia”.

Después de Catulo, otros poetas se sintieron impulsados a seguir escribiendo ciclos de poesías dedicadas sobre amadas dominantes. Galo, Propercio, Tibulo y Ovidio optaron por poner pseudónimos a sus amadas para dejar claro que ellas eran la fuente tanto de su inspiración poética como de su pasión amorosa. Algunos como Galo y Tibulo relacionaban a sus amadas con el dios Apolo. Cintia, la amada de Propercio, se relaciona también con Apolo, que había nacido en el monte Cinto de la isla de Delos. Además, el nombre de Cintia se emplea como epíteto de Ártemis, diosa virginal, libre e imposible de ser sometida al amor, como Cintia nunca cederá totalmente al amor de Propercio.
La Elegía II nos ofrece los datos suficientes para poder delinear el retrato físico e intelectual de Cintia. Su cabello era rubio, sus manos largas, su cuerpo esbelto y sus andares eran dignos de Juno (II 2, 5-6). Su belleza física superaba a las tres diosas que rivalizaron un día en belleza: Juno, Minerva y Venus (II 2, 13-14). La piel de Cintia era más blanca que la nieve, su cabello caía ordenadamente por su cuello suave y sus ojos eran como dos estrellas (II 3, 9-14).

Sin embargo, no fue sólo la belleza física lo que cautivó a Propercio, sino sus cualidades intelectuales: su elegancia en el baile, su habilidad en tañer la lira o incluso su capacidad para componer poesía (II 3, 14-22). La suma de atractivo físico y de cualidades intelectuales era lo que ejercía la atracción fatal en los tiernos poetas de amor. Los poetas no se conformaban con un físico de primera y con noches de amor inolvidables (II 15), sino que buscaban la gracia, el buen gusto, el saber estar y la cultura de sus amadas, todo lo cual se resume en lo que ellos denominaban la puella docta o aquella amada que unía la belleza física a sus cualidades intelectuales.

Un epigrama atribuido a Petronio, el autor del Satiricón, describe a la amada ideal:


No basta la belleza ni la que quiere parecer bonita debe agradarse a sí misma según la costumbre vulgar. Las palabras, el humor, las bromas, la gracia de la conversación, la risa superan la obra de una naturaleza demasiado ingenua. Realza, en efecto, la belleza lo que se añade de arte, pero, si debajo no hay nada sustancial, se pierde la gracia desnuda.
(Antología Latina XXXI Bücheler)



Jorge Manrique.
Los poetas suelen recordar la muerte como advertencia para disfrutar del amor y de la vida mientras el destino lo permita. La vida es muy breve y hay que disfrutar de ella lo antes y lo más posible. Ya lo dice Jorge Manrique en una de sus coplas eternales:








Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuan presto se va el placer
como después de acordado
da dolor,
como a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.



Pero Propercio es un caso muy particular, pues llega a recrearse incluso en su propia muerte. Ninguna poesía antigua supo conjugar mejor la vida, el amor y la muerte que la Elegía I 19 (“Amor más allá de la muerte”) y ninguna descripción es tan detallada como el propio funeral del poeta junto a la amada (II 13, 17-42) en una especie de fantasía fúnebre sobre el amor y la muerte. Su locura de amor llega hasta desear que se mezclen sus huesos con los huesos de Cintia en la tumba, pues entonces él sería el único que la posea (IV 7, 93-94). A Propercio le encanta regodearse con funerales y el más allá, pero, a diferencia de Tibulo, nuestro poeta nunca cae en la pena, sino que se alegra de que su posible final anticipado sea dramático y espectacular al lado de su amada.

Propercio dejó una viva impresión en poetas tan sensibles como Fernando de Herrera, Garcilaso de la Vega, Francisco de Medina, Francisco de Medrano, Rodrigo Caro, Francisco de Quevedo Charles Baudelaire, Gustavo Adolfo Bécquer o Vicente Aleixandre, cuyo libro, La destrucción o el amor, tiene como denominador común el amor y la muerte.

Pero quizá la muestra más célebre de toda esta influencia, esté grabado con letras de oro en el soneto de Francisco de Quevedo “Amor constante más allá de la muerte”, inspirada evidentemente en la Elegía I 19 de Propercio. Antes de pasar a Quevedo, veamos esta célebre Elegía del poeta de Asís:


No temo yo ahora, Cintia mía, los tristes Manes,
    ni me importa el destino debido a la postrera hoguera,   
Pero que acaso mi funeral esté privado de tu amor,
    ese miedo es peor que la exequia misma.

No tan superficialmente entró Cupido en mis ojos
    como para que mis cenizas estén libres de tu amor olvidado.
     
Allí, en los lugares sombríos, el héroe descendiente de Filaco
    no pudo soportar el recuerdo de su amada esposa,  
Sino que, deseoso de tocar a su amor con ilusoria manos,
    el tesalio había ido cual sombra a su antiguo hogar.

Allí, sea lo que fuere, siempre seré tu espectro:
    un gran amor atraviesa incluso las riberas del destino.

Allí lleguen a coro las hermosas heroínas,
    las que el botín de Troya entregó a los héroes griegos:
ninguna de ellas me será; Cintia, más agradable que
    tu figura, y (la justa tierra así lo permita)
aunque los hados te reserven una larga vejez,
    queridos sin embargo serán tus huesos a mis lágrimas.

¡Que esto mismo puedas tú sentir viva sobre mis cenizas!
    Entonces la muerte, donde quiera llegue, no me sería amarga.

¡Cuánto temo, Cintia, que, despreciada mi tumba,
    Amor cruel te separe de mis cenizas
y te obligue a la fuerza a enjugar las lágrimas que te brotan!
    También la joven que se doblega con cortinas amenazas.

Por lo cual, mientras podamos, gocemos juntos de nuestro amor:
    el amor, dure lo que dure, nunca es demasiado largo.



Francisco de Quevedo, retratado
despues de ingresar en la Orden
de Santiago en 1618, por Francisco
Pacheco.
La deuda de Quevedo, después de una lectura atenta de este poema y del mencionado soneto quevediano, es evidente y huelga cualquier comentario. Antes de entrar al soneto de Quevedo y a su respectivo análisis, conviene hacer un paréntesis para introducirnos en la vida de este controvertido escritor. Francisco Gómez de Quevedo y Villegas nació en Madrid en setiembre de 1580.
Su padre, Pedro Gómez de Quevedo, fue secretario de la princesa María –hija de Carlos V y esposa del emperador Maximiliano II- y luego de la reina doña Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II; su madre, María de Santibáñez, fue dama de la reina. Antes eran oriundos de la Montaña. Quevedo perdió pronto a su padre (1586), y su madre entró entonces al servicio de la Infanta Isabel Clara Eugenia; con todo ello, el futuro escritor anduvo desde niño por palacio y pudo adquirir muy temprana experiencia de la turbia Vida Cortesana. Tuvo tres hermanas. Margarita, casada con Juan de Aldrete, matrimonio del que nació Pedro Aldrete, el sobrino de Quevedo, ordenador de sus obras y su biógrafo; María, que muere en la niñez; y una tercera que se metió de monja en las Carmelitas Descalzas de Santa Ana, de Madrid, sor Felipa de Jesús. ¿Qué ha quedado de su obra de su infancia y su primera juventud? Nada. ¿Cuáles son las raíces de su acérrima misoginia? Sigue siendo un misterio. Sólo nos queda la suposición de que Quevedo no hubiera hablado tan cruda y brutalmente de las mujeres ni se hubiera mostrado durante toda su existencia tan violentamente misógino, si en su infancia, una madre tierra y devota se hubiese inclinado sobre él. Parece que desde su infancia acumuló una cantidad de bilis que necesita descargar sobre no importa qué o quién. Distinguióse desde su primera juventud por su gran precocidad intelectual, hasta el punto de que a los quince amos se había ya graduado en teología y, al publicarse en 1605 las “Flores de poetas ilustres” de Pedro Espinoza, figuraba Quevedo con 18 composiciones, entre ellas su famosa letrilla “Poderoso caballero es Don Dinero”.

A los veintitrés años era su formación intelectual tan completa, especialmente en los estudios clásicos, que sostuvo correspondencia con el gran erudito humanista Justus Lipsius. Quevedo estudió con los jesuitas y en las universidades de Alcalá y Valladolid. Había tratado todas las clases sociales, y sus críticas las emitía con un gran desenfado y agudeza. Era un típico madrileño vehemente y sensual. Intervino en numerosos lances y aventuras del Madrid de su época.

Su humor, orgulloso y malévolo, y su famoso y popular ingenio, hicieron que se le atribuyeran toda clase de frases agudas y chistes, que corrían por todas las clases sociales y que siempre se le atribuían a él, aun los más groseros dirigidos contra las mismas personas reales. Su físico no parecía favorecerle: su cojera, fruto del defecto en uno de sus pies…


En un pie tengo una falta
resultas de un quid pro quó,
qué el medidor de la tela
en él corta la dejó.



Una ceguera precoz que lo obliga a llevar un enorme par de espejuelos, detrás de los cuales arden, dilatados, sus redondos ojos de ave nocturna. Esas gruesas gafas caracterizan al escritor a tal punto, que todavía en España se las llama Quevedos. Él dice:


Si mi madre fue Susana,
Quevedo debo ser yo,
porque Quevedo llamaron
al padre que me engendró.

Salióle corta la vista,
y a poco más me dejó
como el topo, que a la luz
en su vida saludó.



¡Y qué decir de su enorme nariz! Siendo él uno de ellos, don Francisco no se sintió corto a la hora de burlarse de los narizudos en su famoso y festivo soneto “Érase un hombre a una nariz pegado”.


“Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase un pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.”




Luis de Góngora.
De un hombre que podía burlarse hasta de sí mismo, era de esperar que no sintiera compasión alguna cuando de zaherir a sus enemigos se trataba. Quevedo acumuló muchos enemigos, que lo atacaron sin piedad a través de panfletos de los más indecorosos que se puedan imaginar. Entre estos estaban los ataques despiadados de Luis de Góngora. Pero Quevedo no se queda atrás en estas justas poco honorables.

Qué duda cabe que estos dos sonetos satíricos han sido inspirados por el poema quevediano:


“Érase una nariz que andaba sola,
érase una nariz como un trinquete,
érase una nariz cual gallardete
que en encumbrado mástil se enarbola.

Nariz que en otra parte fuera cola,
más nariz que a un mortal toca y compete,
nariz que por azar de resoplete,
un destino agarró por carambola.

Nariz que en el consumo de pañuelos
ocasiona a su dueño grave costo,
y al mismo Ovidio causaría celos.

Y esta enorme nariz color de mosto,
para asombro eternal de escritorzuelos,
creció una vara en el pasado agosto.” 

(La Nariz)



Y este otro:

“Érase una nariz como un camote;
érase una nariz mayor que papa;
nariz que en tiempo frío pide capa
porque no basta a su amplitud capote.

Nariz que puede ser guilla de un bote;
nariz que a lima con su sombra tapa;
bien puede un hombre recorrer el mapa
sin que mayor nariz descubra o note.

Nariz ridiculísima, bufona;
nariz festiva, singular, grotesca;
nariz alborotada y retozona.

Nariz que siendo enorme y gigantesca,
si el campo de batalla no abandona,
puede bien ser que con el tiempo crezca.”

(A narigonides)



Edmond Rostand, escritor francés del siglo XIX, en su famoso drama, “Cyrano de Bergerac”, presenta una sátira de versos en boca del mundano Cyrano; en el excéntrico teatro del “Hotel de Bourgogne”, el amor a la bravata impulsa a Cyrano a interrumpir una representación sólo porque sale un actor que le es antipático. La intervención de un caballero, Valvert, provoca un “escozor” en la espada de Cyrano. Los insultos sutiles por ambas partes va caldeando los ánimos. Una alusión a la enorme nariz del de Bergerac, genera una escena satírica de gran valía.


EL IMPORTUNO.                    ¡Ay!

CYRANO.            …como aquella…
            (Le vuelve de espaldas y une la acción a la palabra.)       
                 que al fin de vuestra espada mi pie sella.

EL IMPORTUNO.
¡Socorro! (Huyendo.)

CYRANO.            Y este ejemplo nunca deben
                 olvidar los burlones que se atreven
                 a hacer de mi nariz chacota y chanza;
                 sin dejarlos huir, según mi usanza,
                 les doy, cuando es el chusco caballero,
                 en vez de suela, y por delante, acero.

GUICHE. – (Que ha bajad del escenario con los marqueses.)
               Conseguirá aburrirnos a la larga.

VALVERT. – (Encogiéndose de hombros.)
¡No es más que un fanfarrón!

GUICHE.              ¿Nadie se encarga de responderle?

VALVERT.             ¿Conque nadie? ¡Espera!
                 ¡Voy a echarle una pulla que le hiera!
          (Colocándose con fatuidad delante de Cyrano,
que le observe atentamente.)   
              Tenéis una… nariz… muy… grande.       
                              
CYRANO. – (Gravemente.) Mucho.

VALVERT.
    ¡Ja, ja!

CYRANO. – (Imperturbable.)
¿Y qué más?

VALVERT.            Pero…

CYRANO.            Seguid: ya escucho. (Pausa.)
                 Eso es muy corto, joven; yo os abono
                 que podíais variar bastante el tono.
                 Por ejemplo: Agresivo: “Si en mi cara
                 tuviese tal nariz me la amputara.”

                 Amistoso: “¿Se baña en vuestro vaso
                 al beber, o un embudo usáis al caso?”
                 Descriptivo: “¿Es un cabo? ¿Una escollera?
                 Mas ¿qué digo? ¡Si es una cordillera!”
                 Curioso: “¿De qué os sirve ese accesorio?
                 ¿De alacena, de caja o de escritorio?”
                 Burlón: “¿Tanto a los pájaros amáis,
                 que en el rostro una alcándara les dais?”
                 Brutal: “¿Podéis fumar sin que el vecino

                 – ¡Fuego en la chimenea!- grite?” Fino:
                 “Para colgar las capas y sombreros
                 esa percha muy útil ha de seros.”
                 Solícito: “Compradle una sombrilla:
                 el sol ardiente su color mancilla.”
                 Previsor: “Tal nariz es un exceso:
                 buscad a la cabeza contrapeso.”
                 Dramático: “Evitad riñas y enojo:
                 si os llegara a sangrar, diera un Mar Rojo.”
                 Enfático: “¡Oh nariz!... ¡Qué vendaval
                 te podría resfriar? Sólo el mistral.”

                 Pedantesco: “Aristófanes no cita
                 más que un ser sólo que con vos compita
                 en ostentar nariz de tanto vuelo:
                 el Hipocampelephantocamelo.”
                 Respetuoso: “Señor, bésoos la mano:
                 digna es vuestra nariz de un soberano.”
                 Ingenuo: “¿De qué hazaña o qué portento
                 en memoria, se alzó este monumento?”
                 Lisonjero: “Nariz como la vuestra
                 es para un perfumista linda muestra.”
                 Lírico: “¿Es una concha? ¿Sois tritón?”
                 Rústico: “¿Eso es nariz o es un melón?”
                 Militar: “Si a un castillo se acomete,
                 aprontad la nariz: ¡terrible ariete!”
                 Práctico: “¿La ponéis en lotería?
                 ¡El premio gordo esa nariz sería!”
                 Y finalmente, a Píramo imitando:
                 “¡Malhadada nariz, que, perturbando
                 del rostro de tu dueño la armonía,
                 te sonroja tu propia villanía!”
                 Algo por el estilo me dijerais
                 si más letras e ingenio vos tuvierais;
                 mas veo que de ingenio, por la traza,
                 tenéis el que tendrá una calabaza
                 y ocho letras tan sólo, a lo que infiero:
                 las que forman el nombre: Majadero.

                 Sobre que, si a la faz de este concurso
                 me hubieseis dirigido tal discurso
                 e, ingenioso, estas flores dedicado,
                 ni una tan sólo hubierais terminado,
                 pues con más gracia yo me las repito
                 y que otro me las diga no permito.



Valvert pagará con su vida el atrevimiento de haberse enfrentado a ese espadachín filósofo y poeta.

"Los sueños"
Francisco de Quevedo.
En “La hora de todos y la Fortuna con Seso”, fantasía moral incluida en algunas ediciones de “Los Sueños”, también Quevedo hace burla de los narigones y toma de fuera de los negros, con elocuencia a la vez ardiente y burlona: “Para nuestra esclavitud no hay otra causa sino la color, y la color es accidente, y no delito: cierto es que no dan las que nos cautivan otra color a su tiranía sino nuestra color, siendo efecto de la asistencia de la mayor hermosura, que es el sol. Menos son causa de esclavitud cabezas de borlilla y pelo en burujones, narices despachurradas y hocicos góticos. Muchos blancos pudieran ser esclavos por estas tres cosas; y fuera más justo que lo fueran en todas partes los naricísimos, que traen las caras con proas y se suenan un peje espada, que nosotros, que traemos los catarros a gatas y somos contra sayones… Nuestras mujeres solas, contentas con su tez anochecida, saben ser hermosas y oscuras, y en sus tinieblas, con la blancura de los dientes esforzada en lo tenebroso, imitan centelleando con la risa las galas de la noche”.

En 1610, poco después de regresar de Flandes, don Pedro Tévez Girón, duque de Osuna, fue nombrado Virrey de Sicilia. Osuna y Quevedo, temperamentos de excepción, se atrajeron mutuamente, y el duque invitó a Quevedo a acompañarlo, cosa que éste no hizo hasta 1613, después de pasar algún tiempo en la torre de Juan Abad con sus pleitos. Así comienza lo que puede calificarse de “etapa política” de nuestro escritor. Es posible que una de las grandes vetas, al cabo truncadas, de Quevedo fuese la política; lo cierto es que al lado de Osuna no fue un mero poeta cortesano, al modo de los innumerables que poblaban la corte de los magnates y los cantaban, aduladores. Muy al contrario, fue el brazo derecho del duque, manejó los hilos de la administración, intervino en su nombre en los complicados manejos de la política italiana, fue enviado a diversas comisiones, y al cabo logró en Madrid – con hábil diplomacia y cuantiosos sobornos bien distribuidos en la podrida corte- que Osuna fuese nombrado Virrey de Nápoles. Quevedo fue entonces el alma – sino el instigador - de los audaces planes del duque para hundir a Venecia, la gran tramoyista de toda la política contra España, y levantar en el Mediterráneo central el prestigio español, gravemente debilitado. Entrar a tratar tan debatidas cuestiones históricas sería como apartarme del tema central de este tema, por lo cual soslayaré el asunto; basta decir que Quevedo fue enviado a Venecia por su señor como agente secreto, y al producirse la famosa “Conjuracion”, fingida o real, Quevedo pudo escapar de la ciudad disfrazado de mendigo, gracias a lo perfecto de su acento italiano, mientras la policía veneciana asesinaba en la noche del 19 de mayo de 1618 a todos los enemigos de la Señoría. El fracaso de la empresa comprometió la posición del Virrey en la corte, mientras los venecianos difundían arteramente la especie de que Osuna tramaba el plan de independizarse de España al frente de un poderoso estado italiano. Quevedo en nuevo viaje a la corte, no consiguió rehabilitar al duque, las relaciones entre ambos se enfriaron, y hubo de regresar definitivamente a Madrid. La persecución contra Osuna, depuesto del virreinato, arreció al advenimiento de Felipe IV y ascenso de poder del conde - duque de Olivares. Osuna fue encarcelado y Quevedo desterrad a la torre de Juan Abad, cuyo señorío había comprado. Al morir Osuna en la prisión, Quevedo lo defendió gallardamente y dedicó cinco magníficos sonetos – entre los que destaca “Faltar pudo su patria al grande Osuna”- al gran político, cuyas ideas y gestión había compartido. Dueño absoluto del poder el conde-duque, comienza uno de los periodos en la vida de Quevedo más discutido y propicio a encontradas apreciaciones; se desconocen además, por falta de documentación suficiente, los móviles y hasta la realidad de muchos sucesos. Evidentemente Quevedo trató enseguida de ganarse la amistad del nuevo favorito; en 1621, desde su destierro de la Torre de Juan Abad, le envió una elogiosa carta privada, solicitando la libertad –que no se hizo esperar- y remitiéndole su “Política de Dios y gobierno de Cristo”; siguieron otras cartas, una – de 1624 – de particular interés, vuelto ya Quevedo a Madrid desde mucho tiempo antes.

Quevedo fue uno de los escritores más inteligentes de su época, acerado y sectario, de feroz rigor polémico. Brutal y machaconamente antisemita, grotesca y vulgarmente antifeminista, patriotero y casticista hasta extremos hoy, desde luego, intolerables, es también un extraordinario crítico de la sociedad decadente, fantasiosa y vulgar de su tiempo; terrible desmitificador, noble pensador, político obsesionado por la dignidad humana, sabio y erudito (pero no incapaz de trucar fuentes o citas), poeta “metafísico” sólo comparable a los mejores de Europa de su tiempo, autor de la más brillante y original novela picaresca y –sorprendentemente- uno de los poquísimos grandes poetas de la larga y monótona tradición petrarquista, el igual de un Cavalcanti, tal vez de Petrarca mismo, del Shakespeare de los sonetos.

La corrupción que carcomía las bases del Estado iba cada día en aumento; y el espíritu independiente y justiciero del estoico escritor, no pudiendo reprimir la indignación, se entregaba a peligrosas expansiones en que hacía blanco de las más acres censuras y de las más violentas sátiras a los más encumbrados personajes, que empujaban al abismo de su perdición a la malaventurada España. Por otro lado, la envidia de los que veían con malos ojos el encumbramiento de Quevedo, no lo perdían de vista, acechando el momento oportuno para causar su ruina. La voz pública lo señaló como autor de libelos satíricos en que se atacaba sin paliativos, como pernicioso y funesto, todo el sistema de gobierno y los principios en que se inspiraban su conducta los que a la sazón tenían en sus manos las riendas del país.

Su enorme y contradictorio talento lo que hace que Quevedo sea, como a su manera, tan distinta lo es Cervantes, ejemplo extremo de las contradicciones de aquel tiempo en el que el más grande imperio desde los tiempos de Roma se desmoronaba por su falta de base real; por ser España, en los orígenes del capitalismo y gracias a las minas de América, uno de los puntales de la acumulación de capital que permitirá el desarrollo de la banca y la industria europea, a la vez que ella misma se descapitaliza, no desarrolla industria propia y ve fortalecerse en su seno estructuras sociales antiburguesas sin capacidad creadora que, andando el tiempo, la dejaran al margen del desarrollo europeo. Quevedo ve bien lo que ocurre y de ello se propone hablar contra viento y marea:


“No he de callar por más que con el dedo,
Ya tocando la boca, ya la frente,
Silencio avises, o amenaces miedo”.



Le dice al duque de Olivares en la “Epístola satírica  censoria”:


¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente? 

Hoy sin miedo, que libre escandalice,
puede hablar el ingenio asegurado
de que mayor poder le atemorice.



Casa Museo Francisco de Quevedo
Y se lanza al ataque “contra las costumbres presentes de los castellanos”; “Virtud desaliñada”; carencia de una pretérita “libertad esclarecida”; predominio del “Ocio torpe”; honestidad comprada “con piedras finas”; un constante mendigar “el crédito a Liguria” (es decir, a la banca italiana), inseparable de un vacuo “blasonar” nobleza; hartazgo de perfumes y alhajas; desprecio por el trabajo, basado en un falso concepto del honor… Lista casi completa, en fin, de los vicios e incapacidad de la clase dominante de su tiempo (sin referencia en esta caso, sin embargo, a la miseria del pueblo, que tanto ocupaba a otros autores).

Pero las palabras son arenas movedizas, más aún, cuando hay enemigos a moverlas. Un día de 1639 Felipe III, al sentarse a la mesa para comer, encontró bajo su servilleta un “memorial” de este carácter, que fue imputado a Quevedo. Decía este memorial:


Católica, sacra y real majestad,
que Dios en la tierra os hizo deidad:

un anciano pobre, sencillo y honrado,
humilde os invoca, y os habla postrado.

Diré lo que es justo, y le pido al cielo,
que así me suceda cual fuere mi celo…

En cuanto Dios cría, sin lo que se inventa,
de más que ello vale se paga la renta.

A cien reyes juntos nunca ha tributado
España las sumas que a vuestro reinado.

Y el pueblo doliente llega a recelar
no le echen gabela sobre el respirar.

Aunque el cielo frutos inmensos envía,
le infama de estéril nuestra carestía.

El honrado, pobre y buen caballero,
si enferma no alcanza a pan y carnero.

Perdieron su esfuerzo pechos españoles,
porque se sustentan de tronchos de coles.

Si el despedazarlos acaso barrunta
que valdrá dinero, lo admite la Junta.

Familias sin pan y viudas sin tocas
esperan hambrientas, y mudas sus bocas.

Ved que los pobretes, solos y escondidos,
callando os invocan con mil alaridos.

Un ministro en paz se come de gajes
más que en guerra pueden gastar diez linajes…

En vano el agosto nos colma de espigas
si más lo almacenan logremos que hormigas.

Cebada que sobra los años mejores
de nuevo la encierran los revendedores.

El vulgo es sin rienda ladrón homicida;
burla del castigo; da coz a la vida.

¿Qué importan mil horcas (dice alguna vez)
si es muerte más fiera hambre y desnudez?

Los ricos repiten por mayores modos:
Ya todo se acaba, pues hurtemos todos…

Pero ya que hay gastos en Italia y Flandes,
cesen los de casa, superfluos y grandes;

y no con la sangre de mí y de mis hijos
abunden estanques para regocijos.

Plazas de madera costaron millones,
quitando a los templos vigas y tablones;

crecen los palacios, ciento en cada cerro,
y al gran San Isidro, ni ermita ni entierro.

Madrid a los pobres pide mendigante,
y en gastos perdidos es Roma triunfante.

Al ladrado triste le venden su arado,
y os labran de hierro un balcón sobrado.

Y con lo que cuesta la tela de caza,
pudieran enviar socorro a una plaza…

Las plumas compradas a Dios jurarán
que el palo es regalo y las piedras pan.

 Vuestro es el remedio; ponedle, señor.
Así Dios os haga, de Grande, el Mayor.

Grande sois, Filipo, a manera de hoyo.
Ved esto que digo, en razón de apoyo.

Quien más quita al hoyo, más grande le hace;
mirad quién lo ordena, veréis a quién place.

Porque lo demás todo es cumplimiento
de gente civil que vive del viento.

Y así, de estas horas no hagáis caudal;
mas honrad el vuestro, que es lo principal.

Servicios son grandes las verdades ciertas;
las falsas lisonjas son flechas cubiertas.

Si en algo he excedido, merezca perdones.
¡Dolor tan del alma no afecta razones!



Este memorial, deslizado allí por mano desconocida, iba a ocasionarle al poeta un dolor irreparable. No hubo disparidad de opiniones para ver en Quevedo al autor de esta carta. El mismo estilo del panfleto, los violentos ataques que se hallaban en sus obras precedentes, lo señalaban para la venganza.

Este acontecimiento ha provocado arduos debates y ha levantado mucho polvo en torno a él. Se ha venido diciendo desde los mismos días de Quevedo, y es versión tradicionalmente aceptada, que el rey encontró debajo de su servilleta el famoso memorial que comienza “Católica, sacra real Majestad…” (Otros, en cambio, sostienen que fue El Padre Nuestro glosado, “Filipo, que el mundo aclama…”), y que el enfado regio decidió la persecución. Quevedo había escrito otras varias composiciones satíricas, que circulaban manuscritas, y en muchas de sus obras de los años últimos podían espigarse ataques más o menos disimulados contra la política del valido. Según aquella aludida interpretación, que encaja perfectamente con las más nobles vertientes del gran satírico, Quevedo, ante el creciente desgobierno y la senda de ineptitudes por que se conducía al país, se había apartado heroicamente de su trabajada amistad con Olivares y entregado a la arriesgada tarea de la oposición; Quevedo se había convertido en una voz demasiado incomoda y los versos de la servilleta colmaban la medida.

La cuna y la sepultura
Francisco de Quevedo.
1634.
No obstante la contradictoria personalidad del poeta –hombre de enconados rencores, de sañudos resentimientos, de grandes pasiones alimentadas precisamente por su propia genialidad, no exento de lunares por tanto- ha conducido en nuestros días a poner en entredicho la silueta tradicional del mártir, vejado por la arbitrariedad del conde-duque. Gregorio Marañón, en su libro “El conde - duque de Olivares (La pasión de mandar)”, Madrid, 1936, inició Marañón este criterio, compartido luego por otros comentaristas; concretamente se ha puesto en duda la anécdota del “memorial”, que Marañón califica de “chiquillada” y de “travesura” – impropia de Quevedo, dice, e innecesaria además-, así como también considera inverosímiles tan “terribles represalias de la autoridad”; supone, en cambio, otras razones de alta política, que, de ser ciertas, no redundarían, al menos por su intensión, en desdoro de Quevedo. Creo que es en este campo, y con documentos fehacientes, donde debe combatirse la existencia y efectos del “memorial”; entretanto, las razones que aduce Marañón para negarlo me parecen débiles. La “travesura” en sí mismo no me suena como del todo impropia del peregrino espíritu de Quevedo; si se dio, no estimo inverosímil el que una testa coronada, que gobernaba –o desgobernaba- por la gracia de Dios, castigose inclemente unos versos insultantes, y más si llovía sobre mojado; que Quevedo en sus cartas, desde la prisión, al rey ya su valido, no mencionase la causa de su encierro, me parece lógico, pues sus carceleros no precisaban que se les explicara: lo necio hubiera sido recordarla, sobre todo por tratarse de cosa que lindaba en lo grotesco.

Es bien posible, en cambio, que el discutido “memorial” no fuese de Quevedo; pero merecía serlo, y al cabo, después de escribir muchos versos de aquel Jaez, quizá vino a pagar por los únicos que no había compuesto. Quevedo repite en sus cartas – sin aludir al asunto ¿para qué?- que había sido causado falsamente; pero su propia historia hacía verosímil la columna. Así lo dice claramente en carta al conde-duque: “Yo protesto en Dios nuestro señor, que en todo lo que de mí se ha dicho no tengo otra culpa sino es haber vivido con tan poco ejemplo, que pudiesen achacar a mis locuras tantas abominaciones”. Al dedicarle a Don Juan Chumaceero, presidente de Castilla, la Vida de San Pablo que había compuesto en la prisión, afirma: “Escribíla el cuarto año de mi prisión, para consolar mi cárcel, en que cobré el estipendio de otros pecados”. 

El 7 de diciembre del mismo año, hallándose Quevedo en el palacio de su amigo el Duque de Medinaceli, hacia las once da la noche, a medio vestir – un alcalde piadoso le dio su capa-, con un frio intenso, fue llevado sin etapas a cincuentaicinco leguas de Madrid hasta la ciudad de León, donde lo encerraron en el convento de San Marcos, perteneciente a la orden de Santiago. Sujeto a un interrogatorio en que se le exigió que declarara las obras satíricas de que era autor en realidad, Quevedo, con una sublime entereza de ánimo, confesó serlo de las que más daño podían causarle. En premio de tan sincera declaración el despechado conde - duque de Olivares condenó a Quevedo (quien ya tenía 59 años) a ser recluido en una húmeda mazmorra situada bajo el nivel del río. Transido de frío, cargado de dolor, enfermo y casi ciego, reducido a un miserable e insuficiente alimento, llagado su cuerpo por úlceras malignas, falta de toda asistencia, escribió una enérgica y conmovedora carta al conde-duque, cuyo resultado fue que se abriesen nuevas indagaciones acerca de los delitos de los que se le acusaba, que en las altas esferas se ablandase el rigor de aquella despiadada persecución y, finalmente, que se le pusiera en libertad.

En una carta escrita por Quevedo desde la cárcel de San Marcos de León a su amigo Adán de la Parra, está descrita con gran minuciosidad las privaciones a las que se haya sometido el desgraciado escritor. A veces subleva nuestro ánimo ver cómo, en medio de tantas calamidades, Quevedo parece no perder el sentido del humor:


“Acordándome de que en mi anterior prometí a vuesa merced pintarle la vida que paso en esta prisión (creyendo complacerle en ello), lo voy a ejecutar, y porque aquellas mismas penas que se padecen, si no se destruyen enteramente, a lo menos se alivian comunicándolas con un amigo, pues todo aquel término que en esto se emplea la pluma o el acento sirve de intermisión al quebranto.

…Mi prisión redúcese a una pieza subterránea, tan húmeda como un manantial; tan oscura, que en ella siempre es noche; y tan fría, que nunca deja de parecer enero. Tiene, sin ponderación, más traza de sepulcro que de cárcel.

…Tiene de latitud, esta sepoltura donde enterrado vivo, veinticuatro pies escasos, y diecinueve de ancho. Su techumbre y paredes están por muchas partes desmoronadas a fuerza de la humedad; y todo tan negro, que más parece recogimiento de ladrones fugitivos que prisión de un hombre honrado.

Para entrar en ella hay que pasar por dos puertas que no se diferencian en lo fuerte; una está al piso del convento, y otra al de mi cárcel, después de veinte y siete escalones que tienen traza de despeñadero.

…En medio de la pieza está colocada una mesa, donde escribo, que es tan grande, que admite sobre sí treinta o más libros, de que me proveen estos mis benditos hermanos. A la derecha, que mira al mediodía, tengo mi lecho, ni bien muy acomodado, ni bien sumamente indecente. Cerca dél está el de un criado que se me permite, de cuyo salario, que deberá gozar, aún no he formado concepto; creyendo no será ninguno suficiente para satisfacerle el mérito de una tan voluntaria como penosa prisión, que padece por el gusto de servirme: lo que hace con tales deseos de agradarme, que confieso sería doble mi tormento si careciera dél; porque al criado diligente y afecto a su amo, más debe estimarle éste por verle gustoso en su servicio que por verse dél bien servido, porque un siervo mal contento a toda la casa enfada.

Aunque regularmente estamos lo más del tiempo los dos solos en esta triste habitación (cuyos aparatos se componen de cuatro sillas, un brasero y un velón), no falta bastante ruido, pues el que mis grillos causan excede otros mayores, si no en el estruendo, en lo lastimoso.

No hace muchos días tenía dos pares, pero logró orden para dejarme uno solo (pretendía se quitasen ambos) un gran religioso desta casa. Pasarán los que hoy tengo de ocho a nueve libras; advirtiendo eran mucho mayores los que me quitaron. Y con ser tan grande el defecto de mi pierna y mayor con el peso y sujeción de los grillos, ando con ellos como si no estuviera cojo.

…A las siete de la mañana estoy ya vestido.

Una hora empleo en contemplar conforme puedo, si no como debo, no lo que soy, sino lo que tengo de ser.

…A las ocho me da mi criado el desayuno, que es el mismo que vuesa merced sabe acostumbré siempre, y lo tomo en aquellos propios términos que a vuesa merced causaba admiración el verlo.

…Hecha esta diligencia, me pongo a escribir hasta las diez en varios asuntos que tengo principiados, y quisiera antes del fin de mis días verlos concluidos. Cuando uno me molesta, elijo otro; con cuyo modo, sin mudar de tarea, me parece encuentro alivio en el proprio trabajo, a imitación de lo que acontece al caminante, que con mudar de un hombro a otro las alforjas, le parece muda de embarazo, sin aligerar el peso.

Desde las diez a los once rezo algunas devociones, y desde esta hora a la de las doce leo en buenos y malos autores; porque no hay ningún libro, por despreciable que sea, que no tenga alguna cosa buena, como ni algún lunar el de mejor nota.

…Dadas las doce, se oye el ruido que causa el abrir la primera puerta de la prisión para bajar la comida, que la conduce un criado de la casa, siguiendo a un religioso benignísimo, el cual me hace compañía en la mesa por disposición del Prelado, que me dispensa este y otros mayores beneficios, hijos de su religiosidad y virtud.

…Entre la comida y un rato de conversación con mi compañero de mesa y hermano de hábito, da la una. Retírase éste, y el criado que conduce la comida, cerrando tras sí la puerta primera para subir, que dejan siempre en estos actos abierta, por estar cerrada (y bien, como tengo dicho) la primera para bajar.

…Mi Juan (así se llama mi querido criado) me hace dar cuatro paseos, sosteniéndome algún tanto sobre sus hombros, para hacer menos molesto el embarazo de los grillos, divirtiéndose media hora en esto, y en referirme (porque no habla mal, aunque no escribe bien) algunos casos que le han pasado, pues aunque de pocos años, ha corrido bastante tierra. Otra media hora gasto en dar a Dios postradas y reverentes gracias por los muchos beneficios que me hace, manteniéndome con toda mi robustez en medio destos quebrantados.

…A las dos me recojo en mi lecho, no tanto para dormir como para pensar, en donde estoy hasta las tres y media, que, si me quedo adormitado, me llama Juan y me levanto… Hecho esto, se retira el criado a cuidar de la puerta de arriba, para abrirla y cerrarla a algunos religiosos que les es permitido bajar a honrarme con sus visitas y a instruirme con sus talentos. Regularmente son cuatro los que con frecuencia concurren, aunque otras veces componen mayor número; y aún tengo bastantes tardes la gran satisfacción de que me favorezca con sus visitas el reverendo padre Prior, sujeto verdaderamente recomendable por su literatura, discreción, bondad y desembarazo para todo lo que sea dirigido al provecho y beneficio del prójimo; pues, porque éste lo disfrute, es capaz de despojarse enteramente del suyo.

Sentados todos en mi frígido y tenebroso gabinete, que serán ya las cuatro, se tocan distintos asuntos; ninguno  pueril ni superficial, todos sí dignísimos de ser oídos.

…A las seis administra mi criado el refresco, y sigue después dél la conversación hasta las siete, en cuya hora vuelvo a quedar en mi soledad y encierro. Desde ella hasta las ocho y media rezo; empleándose en lo mismo mi Juan, que es muy bien inclinado, y por ello de mí mucho más querido. A esta hora trae la cena el criado de la casa (y más lumbre para el brasero), acompañado de mi compañero de mesa. Cenamos, siendo yo en esto muy parco, como a vuesa merced le consta, y tenemos después alguna conversación bastantemente útil; porque, aunque no hay potro que haga hablar más que una mesa, aquí tienen poco lugar sus fuerzas. Apenas dan las nueve vuelven a bajar, si no todos, algunos de los mismos que me visitan por la tarde, y otros diferentes religiosos. Formamos entre todos (siendo yo el lego en todas inteligencia) una general academia de las ciencias y artes.

…A las diez y media se retiran todos, y me pongo inmediatamente a escribir hasta las doce. Gasto después media hora en contemplar la grandeza de Dios y la nada del hombre, asunto que ilustró siempre a mi torpeza, para reconocer a fondo mi miseria.

Presumo que es la cama si sepultura, y procuro con toda mi posibilidad tener un gran dolor de haber ofendido a aquel Señor tantas veces. Pero sabiendo que su divina Majestad recibe con su infinito amor al pecador arrepentido, pongo todo mi esfuerzo para estarlo, entendiendo es aquella la última noche de mi vida.

Concluida esta admirable meditación, me desnuda y ayuda a entrarme en el lecho mi criado. Recógese éste en el suyo, y como están los dos tan inmediatos, me divierte con su conversación hasta la una, en cuya hora empiezo a entregar mi vida a la jurisdicción del sueño, verdadera imagen de la muerte.

Regularmente duermo hasta las tres y media, en cuya hora despierto; y siendo la ociosidad madre de todos los vicios… empleo la hora que hay hasta las cuatro y media, en la que vuelvo a quedarme dormido, en leer; teniendo Juan muchas veces que levantarse a encender o a despabilar la luz.

Este género de estudio es el que más me aprovecha, pues el silencio de la hora, la aplicación con que los ejercito, y el ningún ruido ni alboroto que pueda distraer la atención desta subterránea habitación, disponen se imprima tan fuertemente en la memoria cuanto leo, que es como imposible se escape della en muchos años lo que una vez recoge. Gracias a Dios, que siempre me ha favorecido con esta alta potencia; que si fuera mi entendimiento igual, no produjera las públicas ignorancias que siempre en sus productos se experimentan.

…En efecto, a la referida hora de las siete estoy ya vestido, y empiezo a ejercitar el mismo género de vida expresado.

Ésta es, amigo mío, la puntual pintura que a vuesa merced prometí. Ésta es la vida a que me tiene reducido el que, por no haber querido yo ser su privado, es hoy mi enemigo con tanto tesón, que pareciendo cosa rara en sus años, es efecto proprio de sus intenciones.”




Casa Museo Francico Quevedo, situado en
un caserón del siglo XVII, propiedad de su madre,
y en la que vivió unos 10 años de su vida.
Larga misiva que por su calidad literaria y, por su detalladísima descripción de las paupérrimas condiciones en que se hallaba Quevedo, ameritaba una transcripción sin mutilaciones.

¿Cómo puede resistir tanto un hombre con las piernas llagadas y escaradas, transformadas en úlceras por el frío y la humedad? ¿Cómo no muere de anemia un hombre confinado en una atmósfera envenenada por un brasero? ¿Cómo no pierde el juicio un ser encerrado durante casi dos años y medio en un ambiente tan sórdido y lúgubre? Hay momentos de flaqueza, pero por ella se eleva una voluntad férrea como los grilletes adosados a sus piernas. En 1643 el conde - duque de Olivares cae en desgracia. Los pocos amigos que aún guardan fidelidad al reo intervienen con todos sus esfuerzos, hacen observar que morirá en su mazmorra, y consiguen sustraer los legajos acusatorios que dormían en el polvo. Por fin se firma la orden de su libertad y entra nuevamente en Madrid promediado el año 1643. Se halla sumamente agotado, pero aún tiene fuerzas para poner en orden sus viejos papeles; otros serán quemados. Año y medio después deja Madrid por su posesión de la torre de Juan Abad, empujado quizá por la escasez o quizá por la necesidad de vivir en un clima más apropiado o por la necesidad de terminar sus días en ese rincón perdido que marcó etapas de meditación y recogimiento en su vida. Quevedo mantiene activa correspondencia con sus últimos amigos y día a día anota los progresos de la decadencia hispana y los de su propia enfermedad. “Dios lo sabe; que hay muchas cosas que, pareciendo que existen y tienen ser, ya no son nada sino un vocablo y una figura” (Epistolario). Recuerda estas palabras escritas a los treintaidós años y releídas a los cincuentaitrés. Poco a poco lo va ciñendo la muerte, esta muerte que nunca dejo de obseder su pensamiento. En “La cuna y la sepultura” había escrito: “Menester es desnudarse de las tinieblas quien se quiere vestir de claridad. Debe vuestra merced oír lo que le digo, con gozo y no con tristeza; restituir con dolor es negar; obedecer con lágrimas y gemidos no es virtud, sino villanía… Quisiéramos morir sin muerte, y que la vida nueva conmutara en sí la ya cansada y caduca (…) Vuestra merced de buenas nuevas a su alma y a su cuerpo; al uno se le previene descanso, a la otra libertad”.

Quevedo aguarda la muerte con perfecta serenidad y toma cuidadosamente sus últimas providencias. El 8 de setiembre de 1645 expira al fin, tras lenta agonía, edificando a todos los asistentes con su piedad, su ánimo y su confianza en Dios.

La biografía que acabo de abocetar permite advertir la complejidad de este hombre, cima y compendio de su tiempo; y tan complejos como su vida fueron su obra y su carácter. Poseyó Quevedo una vastísima cultura, superada por pocos españoles de su época; dominó con pareja profundidad las ciencias más dispares, lo mismo religiosas que profanas; hablaba el francés, el italiano y el portugués como su propio idioma, y dominaba el latín, el griego y el hebreo. Estudiaba y leía con tenaz constancia; su biógrafo Pablo Antonio de Tarsia escribe en su «Vida de don Francisco de Quevedo y Villegas» sobre sus afanes de lector: «Sazonaba su comida, de ordinario muy parca, con aplicación larga y costosa; para cuyo efecto tenía un estante con dos tornos, a modo de atril, y en cada uno cabían cuatro libros, que ponía abiertos, y sin más dificultad que menear el torno se acercaba el libro que quería, alimentando a un tiempo el entendimiento y el cuerpo...». Y luego: «Saliendo de la corte para ir a la torre de Juan Abad, o a otra parte, y en todos los viajes que se le ofrecieron, llevaba un museo portátil de más de cien tomos de libros de letra menuda, que cabían todos en unas bisazas, procurando en el camino y en las paradas lograr el tiempo con la lectura de los más curiosos y apacibles. Fue tan aficionado a los libros, que apenas salía alguno cuando luego le compraba...». Tan sólo esta avaricia del minuto puede explicar, en medio de tantos afanes y andanzas, los conocimientos que llegó a poseer y que pudiese lograr con tan vasta y diversa obra literaria. Porque Quevedo, a tono con su saber, escribió de todo, aunque más que la pluralidad de temas sorprende la variedad de sus actitudes: junto a la prosa o la poesía más desvergonzada, al chiste más soez, a la más envenenada alusión, la obra seria y elevada del moralista, del historiador o del político. Todo ese hervidero de contrarios se aglutina – aparte la inconfundible personalidad literaria del escritor - por la fuerza de su brillante ingenio, siempre vivo y zigzagueante, y su intención satírica, que no es sino la forma agresiva de un propósito moral: Quevedo fue el gran satírico de aquel sombrío momento de la decadencia española; de aquí su gran inclinación a los satíricos de la latinidad, con los que tiene una larga deuda (Percio, Juvenal, Marcial, Epicuro, Demetrio, Séneca). Persuadido de la ruina de su país, zarandeado por todos los vaivenes de la fortuna, curtido desde niño en todos los enredos y liviandades de la corte, los días fueron acrecentando sus amarguras y desilusión y azuzando su pesimismo natural, perfil dominante en todos sus escritos; el sarcasmo, la burla desgarrada con que tantas veces los viste, no es sino la máscara de su cansancio y desengaño. En la exacta y apretada silueta que Serrano Poncela traza del gran escritor en sus «Estractos afectivos en Quevedo», incluido en «El secreto de Melibea y otros ensayos» (Madrid, 1959), alude el autor al profundo influjo de aquella temprana lección en el mundo palatino de Quevedo: «Despertáronse en él desde muy pronto, al contacto con tales realidades, ciertas dotes defensivas de sagacidad y malicia. Si algo se percibe de inmediato, en la obra quevedina es su absoluta falta de ingenuidad... Sus obras de mocedad son ya las de un avisado...» Y luego, aludiendo al «humor negro», existentes ya en sus escritos más tempranos, añade: «especie de zumba que viene de lejos, desde la infancia desprovista de afectos y generadora de cierta insensibilidad ante lo tierno y lo sentimental, con su correspondiente gusto por el impudor y la obscenidad». La clara conciencia de su valer y el choque humano con la turbia grey cortesana tenían que provocarle - y él los tuvo - «profundos resentimientos vitales». De aquí una obra y una conducta personal en Quevedo cargadas de agresividad, ironía, audacia, resentimiento, conciencia singular de la persona, escepticismo y, al final, esa actitud desengañada y estoica de quien está de vuelta de tantas cosas deseadas y no conseguidas. Humano, muy humano sin duda, en su íntimo cogollo, Quevedo no lo es ni en su ademán moral ni en el común tono de su obra; en lo que viene a encarnar el polo opuesto de Cervantes. Quevedo retuerce y estiliza, amontona macabras o grotescas ingeniosidades, deforma los rasgos, se estira y contorsiona en caricaturas, se mueve en cimas o profundidades de hipérbole; sus figuras – pues, no puede hablarse de personajes en sus libros- son muñecos desarticulados, fantoches guiñolecos, puras alegrías, abstracciones, caprichosas siluetas, agitadas por un huracán de ingenio, siempre a presión. Todo ello compone un mundo cerebral, rabiosamente literario, deshumanizado, cuya enésima raíz hay que extraer para llegar a la vulgar realidad, creado con una voluntad de estilo, que se impone a cada frase con huella inconfundible.

Tintero de cerámica Talaverana,
del siglo XVII, que pertenecio a
Quevedo, durante su estancia en
esta Villa.
Tocado con su habitual idealización, Pablo Antonio de Tarsia nos ha dejado un retrato de Quevedo, en el que no pueden faltar los dos conocidos defectos físicos de su biografiado, en el que no pueden faltar los dos conocidos defectos físicos de Quevedo: “Fue don Francisco de mediana estatura, pelo negro y algo encrespado; la frente grande; sus ojos muy vivos; pero tan corto de vista, que llevaba continuamente anteojos; la nariz y demás miembros proporcionados; y de medio cuerpo arriba fue bien hecho, aunque cojo y lisiado de entrambos pies, que los tenía torcidos hacia dentro”. Sus numerosos enemigos, según era costumbre de la época, hicieron burla despiadada de sus defectos corporales: Góngora lo llamaba “pies de cuerno”; Ruiz de Alarcón, “pata coja”, palabras que tomó como estribillo de una letrilla de lo más grosero; Suárez de Figueroa, con pintoresco neologismo “antojicoxo”, agrupó, en sólo un vocablo, doble Vejamen. Quevedo, lejos de ocultar sus menguas físicas – aunque no dejarían de atormentarle - convirtió su cojera y su miopía en instrumentos agresivo, y con ello desarrolló en su carácter ciertas modalidades, diríamos desvergonzadas; si no supiéramos que tras ellas se esconde, muchas veces, un temperamento sensible y tímido. Fue por tal razón sujeto dado a las querellas personales y a la exageración del arrojo físico; violento de carácter sin necesidad, mano pronta y lengua larga, buen espadachín. He aquí al cojo dirigido y administrando compensatoriamente su cojera. Quevedo se apretó el cinturón del sentimiento e hizo la higa a sus propios defectos, burlándose de ellos, él primero.

Si uno piensa en el sufrimiento vivido por Quevedo en prisión lo menos que podemos sentir es una profunda conmiseración. ¿Pero qué hay del Quevedo que al atacar a sus adversarios que lo atacan, lo lleva muchas veces a actuar con un crueldad inaudita? Vayamos a los hechos. En 1617 se forjó una polémica político - religiosa, por el hecho de que la orden Carmelitas quería imponer a España bajo el patronato de Santa Teresa, estando ésta bajo la tutela de Santiago. El rey optó por una posición cómoda: que se coloque a España bajo la protección de entrambos. La lucha, iniciada en 1617, se acalora más en 1622, cuando se canoniza a la santa, y sobre todo en 1626, después de la petición de las cortes, que se pronuncian a favor del “Compatronato”. Todos los carmelitas, el clero, los fieles, llevan adelante a su santa, y el Papa concluye respondiendo favorablemente a su petición. Quevedo, estrechamente tradicionalista, toma partido violentamente por Santiago, bajo cuya protección los montañeses, cristianos viejos, vencieron a los infieles. Escribe carta tras carta, y publica un memorial cuya difusión es inmediatamente enorme. Bendecido por unos, violentamente atacado por un religioso, que bajo el nombre de Valerio Vicencio, recoge todas las injurias que se arrastran para arrojárselas al rostro, se encarniza, se dirige al Papa y redacta una segunda memoria para el rey, que nadie quiere encargarse de entregar. Quevedo está eufórico. Su diligencia fue tan tenaz, que en 1630 el Papa restituyó a Santiago el excesivo patronato de las Españas. Tuvo razón contra los carmelitas, los jesuitas, el ministro, el rey y el propio Papa.

Detrás queda una secuela de cóleras contenidas y rencores que se van enroscando alrededor de él como una serpiente que va ahorcando a su presa. Sus enemigos lo avizoran, e intuyen oscuramente que el propio Conde-duque de Olivares aprobará los golpes que le preparan. ¿Son estas meras querellas literarias? De ningún modo; las querellas literarias sirven de pretexto. Se trata, por ambos lados, de asuntos personales en donde el amor propio desempeña el papel principal. Miguel de Cervantes recuerda en su “Viaje del Parnaso”, estos debates ásperos y estériles:


Por la falda del monte gateaba
una tropa poética, aspirando
a la cumbre, que bien guardada estaba.

Hacían hincapié de cuando en cuando,
y con hondas de estallo y con ballestas
iban libros enteros disparando.

No del plomo encendido las funestas
balas pudieran ser dañosas tanto,
ni al disparar pudieran ser más prestas.

Un libro mucho más duro que un canto
a Jusepe de Vargas dio en las sienes,
causándole terror, grima y espanto.

Gritó, y dijo a un soneto: -Tú, que vienes
de satírica pluma disparado,
¿por qué el infame curso no detienes?...

En esto del tamaño de un breviario
volando un libro por el aire vino,
de prosa y verso, que arrojó el contrario.



A la cabeza de sus contendientes, se halla Pacheco de Narvaez, un viejo enemigo. Durante su estancia en Madrid, allá por 1620, Quevedo tuvo un incidente de armas con este Pacheco. Quevedo, que era consumado esgrimador, discutió con el “maestro – estando ambos en casa del conde de Miranda- sobre un género de acontecimiento explicado por aquél en uno de sus libros, y Quevedo le demostró su error quitándole el sombrero de un botonazo. Desde entonces fueron enemigos irreconciliables; Quevedo ridiculizó a Pacheco en varios de sus libros. Años más tarde Pacheco sería encarcelado por agraviar a Quevedo en una “comedia de prosa”; todo lo cual arroja suficiente luz sobre lo enconado de su enemistad.

La Santa Inquisición en España.
Pero el más peligroso y encarnizado de todos es Montalbán, cuyo padre había hecho una edición clandestina de “El Buscón” falseada de la de 1626. Quevedo comprendía a toda la familia en su resentimiento. Uno de los primeros, un supuesto Laureles – pues en estos combates no repugna el ruin anonimato para a Quevedo, que siempre se bate a pecho abierto- la toma violentamente contra Quevedo, y bajo apariencias de caridad le busca malas y bajas querellas para ponerlo en ridículo por sus desgracias físicas “Mas yo, que no me espanto de dobles ojos ni de pies pirriquios, oso emprender no guerra, sí disputa caritativa con él, porque duele su tentada flaqueza, desatentada lengua y papeles hechos a tiento de pintor, que todo es caña vacía, inútil y engañoso ánimo. Lástima tengo de verle toda la vida andar de pie quebrado, y con la experiencia, ya mediana, no mude pelo y no mejore de ojos, para que, dejando su condición burlona, nos diga algo con veras razonado, y no hablado solamente para provocar a risa la vulgo indocto e indócil, que, como le oye ensartar sinrazones con donaire, ríese de lo que él quiere que se ría, debiendo reírse de quien así lo dijo”. No habla nada menos que de colocar su persona al cabo de una cuerda. Este libelo provocador llevaba por título “Venganza de la lengua española: Contra el autor del Cuento de Cuentos”. Los ataques contra Quevedo se desencadenan aceleradamente; nada de lo que sale de su pluma se salva de ser emporcado, hasta que el propio Pacheco Narváez entrega una memoria en que lo denuncia al Tribunal de la Inquisición. Las polémicas, las afrentas y los ucases podían pacificarse; podría darse una tregua, pero un nuevo acontecimiento contribuye a avinagrar más el carácter y el ánimo de Quevedo, proporcionando un fecundo caldo de cultivo a sus detractores. Compelido por el Duque de Medinaceli, si decide a casarse en 1634 con una dama de Cetina, viuda de alcurnia y bien aparentada. Quevedo tan contradictorio como siempre, abdica de su independencia para hacer, a los 54 años, un honesto ensayo de vida conyugal. Tiempo atrás, había escrito un poema haciendo fuerza contra el matrimonio:


“Dime: ¿por qué, con medio tan extraño,
procuras mi deshonra y desventura
tratando fiero de casarme hogaño?

Antes para mi entierro venga el cura
que para desposarme; antes me velen
por vecino a la muerte y sepultura;

antes con mil esposas me encarcelen
que aquesa tome; y antes que sí diga,
la lengua y las palabras se me hielen.

Antes que yo le dé mi mano amiga,
me pase el pecho una enemiga mano;
y antes que el yugo que las almas liga,

mi cuello abrace, el bárbaro otomano
me ponga el suyo, y sirva yo a sus robos,
y no consienta el húmedo tirano”.     



¿Y dónde está el hombre que escribió una pintoresca carta a doña Inés de Zúñiga y Fonseca, condesa de Olivares, indicándole las innumerables cualidades que debía tener una mujer para acceder a su mano? He aquí algunos fragmentos de tan extravagante misiva:


“Desearé, precisamente, que sea noble y virtuosa y entendida; porque necia no sabría conservar ni usar estas dos cosas. En la nobleza quiero
la igualdad. La virtud, que sea de mujer casada, y no de ermitaño ni de beata ni religiosa: su coro y su oratorio han de ser su obligación y su marido. Y si hubiese de ser entendida con resabios de catedrático, más la quiero necia; que es más fácil sufrir lo que uno no sabe que padecer lo que presume.

No la quiero fea ni hermosa: estos extremos pone en paz un semblante agradable, medio que hace bienquisto lo lindo, y muestra seguro lo donairoso. Fea, no es compañía, sino susto; hermosa, no es regalo, sino cuidado. Más si hubiere de ser una de las dos cosas, la quiero hermosa, no fea: porque es mejor tener cuidado que miedo, y tener qué guardar que de quien huir.

De alegre o triste, más la quiero alegre; que en lo cotidiano y en lo propio no nos faltará tristeza a los dos, y eso templa la  condición suave y regocijada con ocasión decente: porque tener una mujer -pesadumbre, más arrinconada que telaraña, influyendo acelgas, es juntamente un pésame de por vida.

No la quiero niña ni vieja, que son cuna y ataúd, porque ya se me han olvidado los arrullos, y aún no he aprendido los responsos. Bástame una mujer hecha, y estaré muy contento que sea moza.

No la quiero huérfana, por ahorrar conmemoraciones de difuntos, ni tampoco con parentela cabal. Padre y madre deseo, porque no soy temeroso de suegros. Las tías tomaré en el purgatorio, y daré misas de más a más.

Daría muchas gracias a Dios si fuese sorda y tartamuda, parte que amohínan las conversaciones y dificultan las visitas.

Y por acabar con veras y verdad, como empecé, digo a vuecelencia que estimaré en mucho la mujer que fuere como yo la deseo, y sabré sufrir la que fuere como yo la merezco; porque yo puedo ser casado sin dicha, pero no mal casado”.

(en: … “Epistolario”)



Y no cabe duda que Quevedo fue infeliz en su matrimonio y, desde todo punto de vista, un mal marido. No podía esperarse menos en un hombre con las características que tenía. Después de algunos meses de matrimonio, partió con un pretexto cualquiera y no volvió a ver nunca más a la esposa. Este hecho fue motivo de escarnio para sus adversarios, quienes no ahorraron esfuerzos para hacerlo quedar en ridículo. Es entonces que Quevedo desenvaina su pluma y ataca sin piedad. Uno de sus enemigos, Juan Pérez de Montalbán, había publicado en 1632. “Para todos”, obra miscelánea que incluía, entre otras cosas, tres novelas cortas, al estilo de las “Novelas ejemplares” de Cervantes de quien Pérez de Montalbán fue uno de los primeros imitadores. A los pocos meses, Quevedo redactó “La Perinola”, la cual circuló en copias manuscritas. Las novelas de Montalbán, dice Quevedo, “no tienen ni pies ni cabeza” y profetizó que el autor acabaría loco, lo que en realidad ocurrió. En “La Perinola”, presenta Quevedo a un caballero llevando un ejemplar del “Para todos” a una reunión de discretas donde los presentes hacen su disección implacable; hay también alusiones a los poetas cultos, y muchos ataques estrictamente personales contra Montalbán y contra las actividades mercantiles de su padre, el famoso librero Alonso Pérez. Ello explica lo tardía que fue la impresión de “La Perinola” (1794), a la vez que su difusión manuscrita. La guerra sucia se ha iniciado, los enemigos de Quevedo enristran lanzas y atacan. Un retumbante panfleto aparece firmado por el licenciado Arnaldo Franco - Furt, un desconocido, detrás de quien debe sin duda verse una conjuración de Montalbán, el famoso maestro de armas Luis Pacheco de Narváez y otros. El panfleto golpea a Quevedo con dureza; ahí se le llama “maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonería, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres”. No poca cosa. El panfleto lleva un título apropiado para la situación: El tribunal de la Justa Venganza. El panfleto está inspirado en un memorial de don Luis Pacheco de Narváez, en el cual denuncia cuatro libros de Quevedo al Tribunal de la Inquisición. El Tribunal de la Justa Venganza comenta La Perinola, El Buscón, los Sueños uno por uno y las Cartas del Caballero de la Tenaza. Entre las groserías lanzadas contra Quevedo, está este soneto que le enviaron a su esposa, doña Esperanza de Aragón:


Si no sabéis, señora de Cetina,
quien es, teñido, el setentón Quevedo,
sabed que es un frisón y un hueleapedo,
y que de no comer hace canina.

De cuero le dio Góngora esclavina,
la cara un ahorcado a medio credo,
que al mismo San Antón pusiera miedo
en la pandorga de don Juan de Espina.

Sayón de rúa en calvachón retablo,
mugre inmortal y semicapro eterno,
clérigo inglés, injerto en cachidiablo,
el cuerpo en vino, el alma en el infierno;
y, al fin, para figura de Juan Pablo,
un pie de calzador y otro de cuerno.    




Palacio en Cetina, donde Quevedo se
caso a los 50 años. Aragón. 
Si bien este texto contiene un calibre de maledicencia gansteril, no olvidemos que Quevedo no se queda rezagado en estas poco honorables. Los procedimientos que usó contra Luis de Góngora nos presentan un ejemplo típico de su carácter rencilloso. Quevedo se encontró con Góngora por primera vez en Valladolid, corría el año de 1603; Quevedo tiene 23 años y Góngora 42. Góngora, racionero de la catedral de Córdoba, había llegado a la Corte para cumplir una de las numerosas misiones que le confiaba el capítulo. Parece que se encontraron alrededor de una mesa de juego. Algunas, alusiones que más tarde haría Góngora en sus versos contra Quevedo parecen poner en duda su lealtad. Góngora tuvo dos pasiones: la poesía y el juego, al que fue adicto toda su vida. Por comparación relativamente modesta, tranquila y descuidada que llevaba en Córdoba, los años de Góngora en Madrid son lamentables y deprimentes, ya que, además de que ya había escrito sus obras mayores, parece no hacer otra cosa sino halagar a los poderosos, pedir y esperar prebendas:


“Yo muero de hambre y mil reales son migajas. El Señor Patriarca me hizo merced de la vara que le pedí a Córdoba. Está hecho el título y no lo ha firmado según me dijo ayer (…) Por su Señoría quede esto (…) Mas bien es menester que no se aguarde a todo esto, ni se haga prenda de mi hambre. En materia de mis alimentos he padecido todo este tiempo mil necesidades y abierto la puerta a muchos inconvenientes, pensando remediarme, y soy tan desgraciado que me han salido todos tan fuera del intento, que es lástima tratar de ellos. V.M., por un solo Dios, se sirva de no tenerme una hora más así…”



Más patético que esta carta es su testamento, documento que refleja las dificultades y miserias que padecía hasta el año de su muerte en 1627:


“Declaro que las deudas que tengo y debo, son, a saber: a Pedro, aceitero que da aceite en mi casa… a Bernal, mi criado… a Pedro Cebrián… al Padre Fray Luis de Lizama… a Antonio Sánchez… a José Franqueza… a Ana de Retes… al Conde de Paredes… al Obispo de Urgente… al Zapatero de casa…,”



En un rosario que parece no va a acabar por satisfacer nunca todo lo que costaban sus aficiones: la buena mesa, el juego, el vivir “como mozo” (según una temprana acusación obispal).

Pero volvamos a Quevedo. Después de las malas intenciones de Góngora en sus escritos después del encuentro de Valladolid, Quevedo llamó abiertamente al cordobés “de todo bodegón cáncer y gomia”; los desacuerdos violentos en esta oportunidad son más que evidentes. Góngora, el primero quizás según nos lo permite suponer una copla de Quevedo -, la emprendió contra nuestro poeta en cierta letrilla en la cual acusa al rio que riega Valladolid de arrastrar carroñas y toda suerte de inmundicias, de las cuales no es Quevedo la menor. Este responde en términos más indecentes aún. Góngora replica, dejando entender, e infiriéndole grave ofensa, la más grave que puede inferirse a un español, que quizás corre sangre mora o judía por sus venas, pues lo trata de ladrón y traidor, y alude a cierto pariente de Quevedo, capitán de guardas del embajador de Francia, frente a quien nuestro poeta había quizás desempeñado un papel de delator. Quevedo por lo demás, no lo niega. Esta enemistad entre ambos escritos se epilogó con un hecho que caracterizó el espíritu vengativo del autor de los Sueños.

En 1616 el poeta de las Soledades había sufrido un ataque de apoplejía. En 1625, Góngora, que desde hacía diez años vivía en la capital, envejecido, enfermo, pobre, sufriendo en su dignidad, ya que debe andar a pie porque su carruaje está roto y no tiene con que hacerlo reparar, ocupa una casa bastante modesta en la calle del Niño. Recién comenzado el invierno, se le avisa sin más trámite que debe desalojarla porque se ha vendido. El nuevo propietario no era otro que Quevedo, quien, no bastante feliz con haber puesto en la calle al viejo poeta, celebra su triunfo en versos de cruel sarcasmo. La calle en que se hallaba el edificio lleva hoy el nombre de calle de Quevedo.

Una de las firmas de Francisco de
Quevedo, en la casa museo del autor,
Torre de Juan Abad
.
Esta es la otra cara de Quevedo, ese ardoroso partidario de la Inquisición y que, aunque simpatizante con la causa de los indios americanos – porque eran súbditos de Castilla -, odiaba, con el odio irracional del patriota profeso, no  solamente a judíos y moros, sino a todos los extranjeros. Además, aunque hombre culto, era supersticioso, por ejemplo, creía en la autenticidad de una carta que se decía escrita por la Virgen María al pueblo de Mesina y que él mismo había visto. Así de contradictorio es este hombre que satirizó, terrible y profundamente a veces, a otros escritores, a las mujeres, a sastres, a abogados y médicos, a homosexuales, a cornudos, a partes del cuerpo, a judíos, a catalanes, a cordobeses, a gallegos, en fin, a todo lo que choca por una u otra razón con su castizo y machista orgullo y “limpieza de sangre”.

Toda esa maestría para la sátira incisiva la encontramos en “Los Sueños”, obra que Quevedo empezó a escribir siendo joven (antes de los treinta años) y que apareció por primera vez en Zaragoza en 1627 y dos años más tarde en “Juguetes de la niñez”, algo más depurada. En “Los Sueños”, Quevedo se alza contra la sociedad de su tiempo en un amplio cuadro que comprende desde los dioses y hombres más ilustres hasta los más humildes. La sátira, clara pero con arte y gracia, es la más extensa que se conoce. De su humanismo, a veces irónico, no se libran ni las grandes figuras de España ni las del extranjero. Quevedo busca un fin moral y no el escándalo ni el castigo para los pecadores, sino “la represión de los vicios”. La literatura, desde antiguo, conocía esta representación con los clásicos latinos y griegos, ante todos Luciano de Samosata, cuyas mordaces sátiras y sus famosos diálogos contienen cuadros de la vida y moralidad de la sociedad de su siglo. Sus diálogos de los muertos de los dioses o de las cortesanas son los precedentes más claros de los sueños quevedescos, que hacen de su autor una cima del quehacer literario y satírico. A la posible influencia de Luciano y también de Cicerón ha de mencionarse como más cercana el Diálogo de Mercurio y Carón (1530) de Alfonso de Valdés, que imita a Luciano. Estas obras satírico - morales llevaban el título general de “Sueños y discurso de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo.” El éxito de la obra debió de ser enorme. En el año 1629, Quevedo solicitó ayuda del Santo Oficio para perseguir las ediciones piratas que se multiplicaban a veces, cambiando los textos, prevaliéndose de la fama de la sátira de Quevedo. En las nuevas ediciones se suprimían los añadidos indebidos y además algunos pasajes de Quevedo que los censores juzgaban perniciosos. Pero los censores no acababan con sus elogios, y uno de ellos, Fray Diego del Campo (edición de Madrid, 1629), dijo que aventajaba mucho al Dante y a los otros autores que han seguido su intento. Asombra este gran trato del mundo que nos presenta Quevedo en “Los Sueños”. Es una presentación sólo de lo español contemporáneo y de cuanto tenía relación con él en el mundo. Nada escapa a su observación satírica, que corre ininterrumpidamente por todos los pasajes, y, aunque su lente se detiene principalmente en lo social y político, ciertos detalles son más bien como un estudio microscópico. Obsesiona pensar que ni los reyes ni sus ministros y privados se liberan de su crítica implacable.

Sería interesante tratar de medir la hondura y significación de estos retablos quevedescos, tumultuosos, efervescentes, tremendamente incisivos, llenos de gracia y variedad, inconfundiblemente personales que pueblan las páginas de “Los Sueños”. Creo que lo que más queda de relieve en ellos es el desolado pesimismo del escritor, cuya negrura sólo se compensa con lo divertido de sus propios excesos caricaturescos. Quevedo no alimenta ilusiones de ninguna índole ni cree en cosa alguna que huela a ser humano: su escepticismo en este campo no conoce orillas. Pero la medida de sus sátiras es otra cuestión. Azorín, en un bello ensayo, “Al margen de los clásicos”, escribe respecto a la sátira de Quevedo: “en estos infiernos que el poeta ha imaginado, quisiéramos ver – como en 1820 quería ver Marchena- otros personajes, otros condenados que no fueran sastres, taberneros, escribanos. Concebimos ahora la sátira social de distinto modo que en 1600. Nuestra execración va hacia hombres y cosas que tienen más trascendencia que los hombres y las cosas pintados por Quevedo”. Es preciso, sin duda, tener en cuenta las diferencias de criterio y de sensibilidad que separan su tiempo de los nuestros, y sobre todo los obstáculos – nada leves - que había de saltar en su carrera de satírico; el hecho, sin embargo, es que la sátira de los Sueños pesa menos por la densidad de su contenido que por la sugestión de intensidad, de fuerza, de dureza en que la envuelve la portentosa palabra de Quevedo. Muchas de las cosas que él dice serian trivialidades sin la fiebre y la vibración que reciben de su envoltura verbal. Por esto creo que los Sueños valen sobre todo como ejercicio literario, como índice de la potencia que atesora Quevedo como escritor. Pese a todo su humana actitud global de agresiva inconformidad tiene un valor incuestionable; el propio Azorín lo admite: “Quevedo, por encima de todo, en virtud de estas síntesis que el tiempo que el tiempo forma, representa un gesto de protesta, de rebelión. Ese solo gesto nos basta”.

Llegado hasta aquí, vale decir que, tan necesaria e instructivamente como la semblanza de Sexto Propercio, era la de Quevedo. Libre el camino de compromisos vayamos al famoso soneto de don Francisco que tanto debe a la elegía propersiana. He aquí el soneto:


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día;
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;     
 
Mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;   
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa;

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido.

Su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.



Dámaso Alonso, el gran crítico español y miembro de esa generación de poetas excepcionales que fue la del 27, dijo que este soneto es quizá, el mejor de la literatura española. Particularmente creo que la fuerza lírica del poema descansa en los últimos seis versos que, en su conjunto, rayan en la genialidad.

Lo primero que podríamos preguntar es qué impulso, qué intensión ha sido el motor de este prodigioso soneto. Sin duda, una violenta obstinación, una magna rebeldía del poeta, que se resiste entregarlo todo a la muerte. El poeta piensa que en él hay algo inmortal, que no es el cuerpo ni el espíritu, sino el amor, que habría de sobrevivirle. La muerte no le merece ninguna consideración, absorto como está en salvar su amor. El ímpetu de lucha que corre por todo el poema se vale de los recursos homólogos para plasmarse: la antítesis opera por oposición de términos contrarios:  


(Postrera sombra – blanco día)


El contraste se da por enfrentamiento o yuxtaposición de ideas opuestas. En el primer cuarteto, los dos primeros versos se oponen a los otros en la relación cuerpo – alma.


(cerrar podrá mis ojos – desatar esta alma mía)


El cuarteto acaba apoyado en un tópico de la lírica amorosa: el de la muerte anhelada como liberadora por el amante.


“hora a su afán ansioso lisonjera”


Es notorio los encabalgamientos que se producen en esta estrofa, dos para ser precisos (el primero con el segundo y el tercero con el cuarto).

Prosigamos. La impresión que, de primera, nos había transmitido el soneto, se confirma: el poeta no teme a la muerte que, gentil con su deseo, cerrará sus ojos y romperá los vínculos del cuerpo y del alma. Ahora la interrogante que surge es: ¿Podrá librarlo de su insufrible, pero frenética amada pasión? He aquí la respuesta:


“mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía”


Estos dos versos son de lógica intrincada, pero he aquí la interpretación:

¿Cuál es el sujeto de dejará? Evidentemente la “hora última”, la muerte. “La muerte – nos dice Quevedo - no dejará la memoria en la otra orilla”. Pero, ¿quién ardía en la memoria? Seguramente el alma. La muerte no dejará, pues, en la opuesta ribera, la memoria de la amada, en la cual el alma ardía enamorada. Ésta llegará a la orilla de la muerte sin una de sus facultades, la del recuerdo en que habita el amor, capaz de regresar:


“Nadar sabe mi llama el agua fría
y perder el respeto a ley severa”.


 
Los tópicos se han ido acumulando en este segundo cuarteto: el amor como ardimiento; el alma enamorada como llama; la muerte como un viaje a través de aguas letales. Cabe anotar aquí que el giro “perder el respeto” se refiere nada menos que a la ley inexorable de la muerte.

En los dos tercetos que cierran el soneto notamos que el sentido básico del soneto es la obstinación, la negativa patética y violenta de aquella alma a morir del todo. El último verso es fulminante para avalar la resistencia del alma por la que corre enfebrecidamente la pasión – venas y médulas- a morir. En otras palabras, el hecho de que algo mortal no morirá:


“polvo serán, mas polvo enamorado”


Baso mis apreciaciones en el hecho de que otros poemas de Quevedo plasman esta misma patética obsesión, esta resistencia suya a que su cuerpo quede allí, montón de polvo y ceniza, inerte mineral, cuando el alma lo abandone. Veamos otros poemas a manera de reforzar esta interpretación:

En el soneto “Lamentación amorosa y posterior sentimiento de amante”. Fijemos nuestra atención en los dos cuartetos:


“No me aflige morir; no he rehusado
acabar de vivir, ni he pretendido
alargar esta muerte que ha nacido
a un tiempo con la vida y el cuidado.

Siento haber de dejar deshabitado
cuerpo que amante espíritu ha ceñido;
desierto un corazón siempre encendido,
donde todo el Amor reinó hospedado.

Señas me da mi ardor de fuego eterno,
y de tan larga y congojosa historia
sólo será escritor mi llanto tierno.

Lisi, estáme diciendo la memoria
que, pues tu gloria la padezco infierno,
que llame al padecer tormentos, gloria.”



Cabe observar que los registros lingüísticos que Quevedo extrajo del tópico del Cotidie morimur se declaran en el Sueño de la Muerte: “Y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vida es vivir muriendo”

También se aprecia el mismo tópico en el primer terceto del soneto conocido con el nombre de “Amante desesperado del premio y obstinado en amar”:


“¡Qué perezosos pies, qué entretenidos
pasos lleva la muerte por mis daños!
El camino me alargan los engaños
y en mí se escandalizan los perdidos.

Mis ojos no se dan por entendidos;
y por descaminar mis desengaños,
me disimulan la verdad los años
y les gua el sueño a los sentidos.

Del vientre a la prisión vine en naciendo;
de la prisión iré al sepulcro amando,
y siempre en el sepulcro estaré ardiendo.

Cuantos plazos la muerte me va dando,
prolijidades son, que va creciendo,
porque no acabe de morir penando.”



Aquí observamos la adaptación amorosa que Quevedo hace del dicho de Job “de utero translatus ad tumulum” (Me habrían trasladado del seno materno al sepulcro, como si no hubiese existido) (Job X, 19).

Son notorias las modulaciones de la intuición nuclear de nuestro soneto: la de que algo en el cuerpo queda viviendo cuando el alma lo abandona. Esta es la célula original del poema que estamos comentando, la campana retumbadora a la que los cuartetos sirven como soga incitadora. De ahí su desigualdad densidad: ajustado y profundo el final; la estética y la corrección al principio. El hiato que se abre entre los cuartetos y los tercetos es, en la lectura poética, catarata de precipitamiento. Pero no cabe duda que para Quevedo, la creación, significa penosa y ardua escalada.

Es notorio también, en primer lugar, los tres sujetos oracionales, potenciados, exaltados los tres por idénticos recursos sintácticos: 


“Alma, que a todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido”.



Notamos tres construcciones paralelas, gramaticalmente – con las tres oraciones objetivas - y rítmicamente- con los sustantivos en cabeza, con acento en sexta -, que van determinando un clima ascendente, una tensión emotiva; parafraseando el título de una obra de Henry James, “Otra vuelta de tuerca”, diremos que cada verso es una vuelta de tuerca en torno de la emoción. Esta gradación climática nos lleva hacia una más recóndita interioridad física, hacia las últimas criptas del placer  el dolor. Hay, en primer lugar, el alma, término poco expresivo por su frecuente uso en la poesía erótica, bien que genialmente magnificada por su complemento oracional (quien todo un dios prisión ha sido). Del espíritu, pasa la evocación del poeta a la sangre, a las venas que ahondan en la carne; y, en este dramático buceo por su cuerpo, Quevedo llega a las médulas, a esas finas sustancias – nuestras sustancias vitales- que corren por las cañas de los huesos. Y él las evoca memorablemente incendiadas de amor.

Y luego, después de tanto fuego celestial, la distensión necesaria:


“Su cuerpo dejaran, no su cuidado,
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán; mas polvo enamorado.”



Quevedo obra con la omnisapiencia de los genios: gramaticalmente los sujetos reclaman a viva voz su predicado:


alma           su cuerpo dejarán, no su cuidado,

venas          serán ceniza, mas tendrán sentido,

médulas         polvo serán, mas polvo enamorado.


Son tres nuevas fases en la descarga, en el esfuerzo: el alma, las venas, las médulas –dejarán su cuerpo, serán ceniza, serán polvo.

Para concluir este análisis, agregaremos que una clara simetría queda dibujada entre ambos tercetos. Los últimos seis versos poseen una clara estructura simétrica; en las dos estrofas: tres sujetos/tres predicados; dentro de los sujetos, tres sustantivos (almas, venas, médulas)/tres oraciones adjetivas; y, dentro de los predicados, tres oraciones asertivas/ tres oraciones adversativas.

Terminaremos diciendo que en su extensa producción poética figuran sonetos, canciones, silvas, letrillas, romances, epístolas, décimas, redondillas, Jácaras, poemas burlescos, composiciones históricas, satíricas, etc. En lo que respuesta a su poesía amorosa, se advierte, en especial en sus sonetos, un cierto petrarquismo inicial, con toda su carga de idealismo propio de la época, adquieren un acento de profunda elegía, ahondándose en su expresión hacia ámbitos hasta entonces insospechados por la poesía española. Quevedo canta a las inevitables Amintas, Flora, Lisi, etc., con todas las situaciones convencionales de la lírica de su tempo, y hace todos los juegos de palabras y de conceptos posibles, y, como en el caso de Góngora/hay una constante tendencia a la hipérbole:


“En crespa tempestad del oro undoso,
nada golfos de luz ardiente y pura
mi corazón, saliendo de hermosura,
si el cabello deslazas generoso.

Leandro, en mar de fuego proceloso,
su amor ostenta, su vivir apura;
Ícaro, en senda de oro mal segura,
arde sus alas por morir glorioso.

Con pretensión de fénix encendidas
sus esperanzas, que difuntas lloro,
intenta que su muerte engendre vidas.

Avaro y rico y pobre, en el tesoro,
el castigo y el hambre imita a Midas.
Tántalo en fugitiva fuente de oro.”   



Otras veces su pluma reacciona violentamente contra el amor pero sobre todo contra la mujer, como en el soneto “Hastío de un casado al tercero día”  


“Antiyer nos casamos; hoy querría,
doña Pérez, saber ciertas verdades:
decidme, ¿cuánto número de edades
enfunda el matrimonio en sólo un día?

un antier, soltero ser solía,
y hoy, casado, un sinfín de Navidades
han puesto dos marchitas voluntades
y más de mil antaños en la mía.

Esto de ser marido un año arreo,
aun a los azacanes empalaga:
todo lo cotidiano es mucho y feo.

Mujer que dura un mes, se vuelve plaga;
aun con los diablos que dichoso Orfeo,
pues perdió la mujer que tuvo en paga”



El tiempo es oportunidad, plazo para la realización humana, pero también camino seguro hacia la muerte:


“Cuantos plazos la muerte me va dando
prolijidades son, que va creciendo
porque no acabe de morir pensando”.



Y el paso del tiempo es una muerte continua:


¡Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡oh, cómo te deslizas, edad mía!



Pero donde mejor resume este sentimiento trágico es en el soneto “Representase la brevedad de lo que se vive, y cuán nada parece lo que se vivió”, en el que se pregunta sobre el sentido de la vida:


“¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde,
aquí de los antaños que he vivido?
La fortuna mis tiempos ha mordido,
las horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni donde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue, mañana no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue y un será y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer junto
pañales y mortaja, y he quedado
presente sucesiones de difunto”



Este hombre invadido muchas veces por la melancolía, entre las profundas depresiones de su desengaño, no se deja arrastrar por estos flagelos psíquicos que de una u otra forma fueron minando la energía de sus últimos años. En un soneto que envió desde su Torre de Juan Abad, a su amigo don José de Salas, escribe:






“Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos, libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan o secundan mis asuntos,
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadoras,
libra, oh gran don Joseph, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudio nos mejora”.



No encuentro mejor manera de cerrar este breve ensayo que ceder la palabra a Jorge Luis Borges, quien en “Otras Inquisiciones” dice: “Trescientos años ha cumplido la muerte corporal de Quevedo, pero éste sigue siendo el primer artífice de las letras hispánicas”. Como Joyce, como Goethe, como Shakespeare, como Dante, como ningún otro escritor, Francisco de Quevedo es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura.


Wolfsschanze, febrero – octubre del 2011.
 





LA HOGUERA DE LOS MÁRTIRES


He vivido bastante como para poder
comprobar que el hombre es un animal
incurablemente malo. 
     EMIL CIORAN





Papa Alejandro IV.
Sin una organización conspirativa y secreta, en opinión de la Iglesia, no existía herejía. Ese era el pensamiento que regía la política papal en lo que a hechicería y brujería se refiere. Fue por este criterio que el Papa Alejandro IV en 1260 dijo enfáticamente a sus inquisidores: “La causa de la fe que ustedes tienen encomendada es tan importante que no conviene que se distraigan de ella para perseguir crímenes de otro género. Por consiguiente es necesario aplicar el procedimiento inquisitorial a los procesos concernientes al sortilegio y hechicería únicamente cuando ellos huelen sin duda a herejía; en todos los demás casos hay que dejarlos a los tribunales establecidos al efecto anteriormente” (N. Speranski. Las brujas y la brujería). Estos “crímenes” de los que habla el Papa, entiéndase por las acciones que realizaban muchos hombres que no estaban de acuerdo con las arbitrariedades que cometía la Iglesia Católica. En otras palabras, no pienso como tú o no estoy de acuerdo con lo que tú dices por lo tanto, me llamas hereje.

La Inquisición tiene una prolongada historia en España, que empieza antes de que América fuese descubierta. En el año 1238 fue instituida bajo la corona de Aragón, controlada por la orden de los dominicos, y dependía de las decisiones de la Santa Sede. Pero hacia fines del siglo XV esta primera Inquisición había sido desactivada; los casos que le competían, es decir los herejes, eran juzgados por los tribunales eclesiásticos de cada obispado. En su origen el concepto herejía significaba escuela de pensamiento o secta filosófica; pero ya en el Nuevo Testamento se aplica a diversas comunidades religiosas: fariseos, cristianos saduceos; finalmente el término hereje se dirigió a todos aquellos cuya doctrina se apartaba de la fe ortodoxa. La reactivación del Santo Oficio (nombre con que también se le conoció) tomó forma a partir de la presión ejercida sobre los Reyes Católicos para combatir un supuesto peligro derivado del ejercicio clandestino de tradiciones judías. De acuerdo con los estereotipos de la época, los conversos no serían sino practicantes encubiertos de rituales monstruosos que les eran atribuidos. Hagamos un poco de historia. Hasta mediados del siglo XIV doscientos cincuenta comunidades judías vivieron en España en paz con sus vecinos cristianos y prosperaron. Progresaron en realidad demasiado. Pues solamente en España gozaban los judíos de tan seguridad. En Inglaterra, en el Imperio, en Francia, en toda la Europa civilizada, soportaban tales persecuciones, sufrían tales malignidades, que resultaba extraordinario que subsistiera la raza. Los Judíos españoles hubieran podido escapar a la persecución solamente con que hubieran tenido menos éxito en la acumulación de dinero. Pero su habilidad financiera los traicionó. La persecución atravesó los Pirineos por Navarra, donde la influencia de Francia condujo a una serie de restricciones degradantes de la libertad de los judíos. Luego se extendió por Aragón, fomentada por los frailes, que provocaron en las muchedumbres arrebatos de odio contra los crucificadores de Cristo y originaron varias matanzas. Castilla permaneció al margen de esa persecución hasta el reinado de Pedro el Cruel. Los Judíos gozaron allí de la protección de la corona, que los empleaba como consejeros financieros y recaudadores de impuestos, y en tanto que los impuestos fueron razonables y la corona popular; las cosas marcharon bien. Pedro era un tirano y sus impuestos gravosos. El pueblo los soportó durante dieciséis años y luego se rebeló. La guerra civil que siguió desencadenó por primera vez las pasiones del populacho contra los judíos. Pero los pogromos (matanza y robo de gente indefensa por una multitud enfurecida; en especial a las juderías con matanza de habitantes suyos), las leyes restrictivas antisemitas que fueron la consecuencia, eran suaves en comparación con lo que vino a continuación. En 1391, una feroz revuelta antijudía, dirigida por un sacerdote, Fernando Martínez, quien había reunido muchos secuaces asegurando que los judíos eran responsables de la peste, fue reprimida rigurosamente. Pero esto no quedó ahí. La gente perdió el equilibrio. Indefensos, derrumbados, medio locos ante el temor de la muerte, se encontraban frente a lo irremediable y horrible. Por todas partes aparecían las lúgubres comitivas de los flagelantes, presididos de enormes cruces, que azotaban sus espaldas desnudas hasta sangrar mientras entonaban en voz alta cánticos de penitencia. El enigma de esta horripilante muerte masiva no sólo en España sino en casi toda Europa parecía indescifrable. El rumor de que los judíos eran causantes volvió a tomar fuerza, la “muerte negra” había sido conjurada por los judíos, se decía, ¡ellos habían envenenado todas las fuentes públicas y todos los manantiales para así exterminar a los cristianos! Esta absurda acusación fue creída sin tener en cuenta el hecho evidente de que también los judíos morían víctimas de la peste. La superstición estaba demasiado arraigada en las masas cristianas, habían oído demasiadas historias de asesinatos rituales y profanación de hostias por parte de los “deicidas”. El delirio se apoderó del pueblo llevándole hasta el crimen. Los cristianos se convirtieron en los “ángeles exterminadores de los judíos” y entregaron a los pobres indefensos al suplicio de la rueda, al hacha del verdugo o al fuego, como si todos los judíos tuvieran que ser exterminados de la faz de la Tierra. Ante lo sucedido con Martínez y su caterva, el pueblo hirvió de furia durante algunos meses contra los “parias judíos”. Un día estalló la revuelta y la canalla irrumpió en el barrio judío, donde dio muerte a miles de personas, vendió a centenares como esclavos a los moros y obligó al resto a aceptar el bautismo. El ansia de sangre y de pillaje se extendió a otras ciudades: a Córdova, donde quedaron amontonados en las calles dos mil cadáveres de judíos asesinados, a Toledo, donde existía la mayor población judía de España, y a otras setenta ciudades. Al fin terminó aquella locura, pero solamente después de haber desolado los ghettos (barrio en que Vivian o eran obligados a vivir los judíos en algunas ciudades en España, Italia u otros países) de toda Castilla, Aragón y Cataluña; solamente cuando por cada Judío que había sido asesinado o vendido como esclavo, otro judío se había visto obligado a aceptar el bautismo. Tras la espada vino el Evangelio. Bajo la dirección de Vicente Ferrer, un fraile dominico que más tarde fue canonizado por su obra, un grupo de ardientes evangelistas recorrió el país, penetrando en todos los ghettos, hasta en todas las sinagogas, para predicar y convertir a los judíos. Su elocuencia tuvo buen éxito. Acudieron a millares para ser bautizados, pero lo que los llevó a obrar así no fueron tanto las palabras del Evangelio ni la flagelación y el ayuno de sus discípulos como su desdichada situación, el recuerdo de las matanzas recientes, las crecientes restricciones de su libertad y la completa inseguridad con respecto al futuro. Aceptaron el cristianismo no porque San Vicente Ferrer los convenciera de la existencia de un Dios de amor –el Jehová más tonante era apacible comparado con el populacho cristiano- Sino porque el bautismo era el único medio de evitar la expulsión, el temor y la inseguridad de la vida para un Judío. Esas conversiones en masa crearon un problema completamente nuevo. Una vez que desapareció la barrera de la religión, los conversos afluyeron a los lugares de los que habían sido excluidos hasta entonces. Alcanzaron puestos importantes en el gobierno e inclusive se elevaron a altos rangos en la Iglesia. El poder de concentración y la voluntad de éxito inherentes a su raza los llevaron a desplazar a sus rivales puramente españoles en todos los negocios y profesiones que emprendían, pero especialmente en la medicina y el derecho. Muy pronto se hicieron ricos y se casaron libremente con la nobleza empobrecida, hasta que quedaron en España muy pocas familias que pudieron pretender estar exentas de sangre Judía. De una manera inevitable, el éxito mundano de esos cristianos nuevos o conversos, como eran llamados cortésmente y, más vulgarmente, marranos inspiró la envidia y el odio de los españoles bien nacidos (Marranos procede del hebreo maranatha, que significa malditos. En el idioma español moderno la palabra ha adquirido de cerdo.) Los judíos eran acusados, probablemente con razón, de prestar muy pocos servicios a la fe cristiana, mientras atendían a sus propios servicios religiosos, murmuraban sus oraciones y observaban sus ritos, en tanto que en el fondo de su corazón permanecían leales a la fe de sus antepasados. Se sospechaba que dejaban de bautizar a sus hijos o que borraban de sus frentes la señal de la Cruz, que comían alimentos Judíos y que observaban secretamente las festividades Judías. Daba cierta base a esas acusaciones la famosa Iggereth ha Shemad, la Carta sobre la Apostasía, en la cual el gran filósofo Judío del siglo XII, Maimónides, había justificado su fingida conversión al mahometismo. Aunque los rabinos discutían todavía la Carta, todos los cristianos suponían que su religión permitía a los judíos convertirse en falsos apóstoles. Y de aquí no había más que dar un paso fácil para deducir que todos los apóstatas eran falsos. Otra vez, entonces, estallaron las revueltas antisemitas, pero esta vez los judíos atacados eran todos cristianos por el bautismo. Una vez más los impuestos provocaron el derramamiento de sangre. En 1449, se ordenó a la ciudad de Toledo que contribuyese con un millón de maravedís a la defensa nacional. Casi todos los recaudadores de impuestos eran conversos. Fueron asaltados, sus casas y las casas de sus colegas los cristianos nuevos fueron saqueadas y destruidas y todos los que intentaron defender sus propiedades fueron asesinados. Nuevamente recorrió España una ola de furia, aunque esta vez no tuvo tan graves consecuencias como antes. Los cristianos nuevos eran más ricos, tenían vinculaciones con las autoridades y no estaban sometidos a leyes restrictivas. No solamente podían defenderse, sino tomar represalias. En este ambiente fue que se reactivará la Inquisición, apoyada por una Iglesia Católica arbitraria e intolerante.

En general, la Iglesia no estimulaba ni permitía las dudas. Advertía a los creyentes que el “ansia desmesurada de saber no le place a Dios, exigiendo creer ciegamente en la sabiduría de la providencia divina, cuyos caminos eran inescrutables. En el siglo XII, aparecen en Occidente una serie de sectas caracterizadas por su extremismo especulativo, llegando a unas consecuencias de comunismo libertario que incomodaba a la Iglesia Católica. Cátaros, Valdenses y albigenses comienzan a dictar sus propias leyes sociales y religiosas. En los Países Bajos un hombre llamado Tangelus predicaba contra toda autoridad, el sacerdocio y los sacramentos. Estas ideas se propagaron a Flandes y Champaña. Los tangelitas eran los anarquistas de su tiempo. Se decían a sí mismos perfectos, puros (en griego Katharoi), de donde su nombre común de “cátaros”, que ha dado en alemán ketzer (hereje). Se extendieron al sur de Francia, mezclándose con otras herejías. Los cátaros prohibían el matrimonio y tenían por otra parte gran libertinaje de costumbres.

Pedro Valdo, fundador de los
Valdenses en Francia.
Aparecían nuevas sectas que, siendo católicas al menos en un principio, degeneraban luego. En 1170 un ciudadano de Lyon llamado Pedro Valdo, o Váldez, movido por un arranque de ascetismo, distribuyó su fortuna entre los pobres e inició una vida apostólica. Propagaba la traducción del Evangelio a la lengua vulgar y predicaba la pobreza más absoluta. Sus seguidores se llamaron vadenses y también insabatati, por los miserables zapatos que llevaban. Carentes de instrucción teológica, no tardaron en dejarse llevar a herejías semejantes a las de los cátaros. El éxito de estas sectas se debió a la corrupción, abusos reales y riquezas que ostentaba la Iglesia: este fue el fuego que inflamó la discordia. En vano Inocencio III intentó convertirlos. La frustración papal devino en circunstancias dramáticas que desencadenaron una guerra y medidas de otra índole, así nació la Inquisición. Era el aparato represivo que necesitaban esa horda de fanáticos dispuestos a perpetrar los crímenes más horribles para proteger a la Iglesia contra los enemigos imaginarios y reales, o bien policías eclesiásticos desalmados que cumplían dócilmente las directrices de una Iglesia fanática, recalcitrantes y criminal. No es exagerado comparar a la Inquisición con las atrocidades cometidas por los nazis en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial contra los judíos, comunistas, homosexuales, gitanos y todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con el nacional socialismo. La Iglesia católica y su Inquisición y el Partido Nacional Socialista (Nazi) demostraron que el presente estaba ligado con el pasado por hilos invisibles pero muy sólidos. En el drama de Rolf Hochhuth, “El gobernador general”, un verdugo de las SS, personaje de la obra, le dice al sacerdote Ricardo Fontana: “Somos los dominicos del siglo técnico… Vuestra Iglesia ha mostrado precisamente que se puede quemar a los hombres como el carbón. Tan sólo en España, sin recurrir al crematorio haber incinerado a 350,000 personas, quemándolas vivas casi todas…” Ahí están los nombres de Juana de Arco, Miguel Servet, Giordano Bruno y tantos otros que, por sus discrepancias con la iglesia fanática, fueron torturados y quemados vivos atrozmente. El suceso más dramático y, según los cronistas, “memorable”, del foro de Constanza fue la vista de la causa del pensador y humanista Juan Hus, reformador checo.

Veamos los antecedentes. La semilla del Evangelio había sido sembrada en Bohemia desde el siglo noveno; la Biblia había sido traducida, y el culto público celebrábase en el idioma del pueblo, pero conforme iba aumentando el poder papal, oscurecíase también la Palabra de Dios. Gregorio VII, que se había propuesto humillar el orgullo de los reyes, no estaba menos resuelto a esclavizar al pueblo, y con tal fin expidió una bula para prohibir que se celebrasen cultos públicos en lengua bohemia. El Papa declaró que Dios se complacía en que se le rindiese culto en lengua desconocida y que el haber desatendido esta disposición había sido causa de muchos males y herejías. Así decretó Roma que la luz de la Palabra de Dios fuera extinguida y que el pueblo quedara encerrado en las tinieblas; pero el Cielo había provisto otros agentes para la preservación de la iglesia. Muchos valdenses (sectario de Pedro de Valdo, heresiarca francés del siglo XII, según el cual todo lego que practicase voluntariamente la pobreza podía ejercer las funciones del sacerdocio) y albigenses (secta de herejes que tenían su principal asiento en la ciudad de Albi) expulsados de sus hogares por la persecución, salieron de Francia e Italia y fueron a establecerse en Bohemia. Aunque no se atrevían a enseñar en forma abierta, trabajaron celosamente en secreto, y así se mantuvo la fe de siglo en siglo. Antes de los tiempos de Hus hubo en Bohemia hombres que se levantaron para condenar abiertamente la corrupción de la iglesia y el libertinaje de las masas. Sus trabajos despertaron interés general y también los temores del clero, el cual inició una encarnizada persecución contra aquellos discípulos del Evangelio. Obligados a celebrar el culto en los bosques y en las montañas, los soldados los cazaban y mataron a muchos de ellos. Transcurrido cierto tiempo, se decretó que todos los que abandonasen el romanismo morirían en  la hoguera. Pero aún mientras los cristianos sacrificaban sus vidas, esperaban el triunfo de su causa. Uno de los que “enseñaban que la salvación se alcanzaba sólo por la fe en el Salvador crucificado pronunció al morir estas palabras: “El furor de los enemigos de la verdad prevalece ahora contra nosotros, pero no será siempre así, pues, de entre el pueblo ha de levantarse uno, sin espada ni signo de autoridad, contra el cual ellos nada podrán hacer”. Lejos estaba aún el tiempo de Lutero; pero ya empezaba a darse a conocer un hombre cuyo testimonio contra Roma conmovería a las naciones, su nombre, John Hus. Hus predicaba francamente contra los abusos del clero – inclusive de los obispos y el mismo Papa –, pero sus palabras llegaron al paroxismo cuando el arzobispo de Praga mandó quemar el 16 de julio de 1410, todos los libros de John Wyclef, matemático, filósofo y teólogo, quien acusó a la Iglesia Católica por sus excesivas riquezas. Hus denunció entonces la falta de espíritu crítico que informaba aquel acto ridículo: no sólo ardieron los tratados teológicos de Wyclef sino también sus obras científicas. (Recuérdese que los nazis a través de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, enviaron a la hoguera pública obras de Thomas y Heinrich Mann, Albert Einstein, H.G. Wells, Hermann Hesse, Sigmund Freud y de todos aquellos que no comulgaban con las ideas del nacional socialismo). Lo cierto es que Hus fue excomulgado en febrero de 1411 por el papa Juan XXIII; el hecho no le impidió atacar al Papa, cuando éste, necesitado de fondos para la cruzada contra Ladislao de Nápoles, que apoyaba al antipapa Gregorio XII, recurrió a las indulgencias. Las objeciones esgrimidas en aquella ocasión por Hus procedían del último capítulo del tratado de Wyclef, De Ecclesia. Expulsado de Praga, se refugió en Kozy-Hradex, y allí escribió su propio tratado De Ecclesia, obra que no es más que una paráfrasis del tratado homónimo de Wyclef.

Jan Hus, nacido en Bohemia.
El caso de Juan Hus requiere ser conocido en sus más íntimos detalles, para comprender los quince siglos de opresión por parte de la Iglesia Católica contra los ciudadanos de los pueblos, para conocer porque la religión católica era presentada, por oposición al ateísmo, como base de una moral que supuestamente establecía las relaciones mejores y más sanas entre los hombres; es útil y necesario para desenmascarar a la Iglesia Católica que, como sistema religioso, dio lugar a crueldades inimaginables, a torturas y vejaciones, a las hogueras y apaleamientos en masa. Así ocurrió porque en la sociedad clasista la religión es instrumento de opresión de clase, de dominio de clase, como lo son también la justicia, la policía o el ejército. Volvamos a Hus.

Jaun Hus era de humilde cuna y había perdido a su padre en temprana edad. Su piadosa madre, considerando la educación y el temor de Dios como la más valiosa hacienda, procuró asignársela a su hijo. Hus estudió en la escuela de la provincia y pasó después a la universidad de Praga, donde fue admitido por caridad. En su viaje a la ciudad de Praga fue acompañado por su madre, que, siendo viuda y pobre, no pudo dotar a su hijo con, pero cuando llegaron a las inmediaciones de la gran ciudad se arrodilló al lado de su hijo y pidió para él la bendición de su Padre Celestial. Muy poco se figuraba aquella madre de qué modo iba a ser atendida su plegaria. Su constancia en el estudio y sus rápidos progresos, su conducta inmaculada y sus afables y simpáticos modales le granjearon una estimación general y fue su mejor carta de presentación universitaria. Se convirtió en un sincero creyente de la iglesia romana y su deseo de recibir las bendiciones espirituales se hizo cada día más ferviente. Con motivo de un jubileo, dio a la iglesia las pocas monedas que llevaba y se unió a las procesiones para poder participar de la absolución prometida. Terminado sus estudios universitarios ingresó al sacerdocio y al poco tiempo no tardó en ser elegido para prestar sus servicios en la corte del rey. Fue también nombrado catedrático y posteriormente rector de la universidad donde recibiera su educación. En poco tiempo, el jovencito admitido por caridad en las aulas, llegó a ser orgullo de su país y su fama por Europa lo proveyó de gran prestigio. Elegido predicador de la llamada capilla de Belén. Desde ahí se percató que entre el pueblo reinaban los peores vicios y, que su desconocimiento de la Biblia sacaba de quicio a cualquiera. Hus denominó sin reparo estos males apelando a la Palabra de Dios para reforzar los principios de verdad y de pureza que procuraba inculcar. Un vecino de Praga, Jerónimo, que en el futuro iba a colaborar incondicionalmente con Hus, trajo consigo, al regresar de Inglaterra, los escritos de John Wyclef, quien agitaba la cristiandad de Inglaterra con su férrea propaganda antipapal, que se extendía a numerosas cuestiones sobre los sacramentos y la disciplina. La reina de Inglaterra, que se había convertido a las enseñanzas de éste, era una princesa bohemia, y por medio de su influencia las obras del reformador obtuvieron gran circulación en su tierra natal. Hus leyó estas obras con interés, tuvo a su autor por cristiano sincero y se sintió atraído por las reformas que él proponía. Aunque sin darse cuenta, Hus había entrado ya en un sendero que había de alejarlo de Roma. Por aquel entonces llegaron a Praga dos extranjeros procedentes de Inglaterra, hombres instruidos que habían recibido la luz del Evangelio y verían a esparcirlas en aquellas apartadas regiones. Comenzaron por atacar públicamente la supremacía del papa, pero pronto las autoridades los obligaron a guardar silencio, no obstante, no abandonaron su propósito, para lo cual recurrieron a otros medios para realizarlo. Eran artistas a la vez que predicadores y pusieron en juego sus habilidades. En una plaza pública dibujaron dos cuadros que representaban, uno la entrada de Cristo en Jerusalén montado sobre un animal de faena (Decid a la hija de Sion: he aquí, tu Rey viene a ti, manso, y sentado sobre un asna, sobre un pollino, hijo de animal de carga. Mateo 21:5), y seguido por sus discípulos vestidos con túnicas ajadas por las asperezas del camino y descalzos; el otro cuadro representaba una procesión pontificia, en la cual se veía al papa adornado con sus ricas vestiduras y con su triple corona, montado en un caballo magníficamente enjaezado, precedido por clarines y seguido por cardenales y prelados que ostentaban deslumbrantes galas. Encerraban estos cuadros toda la lección despertaba la reflexión de todas las clases sociales. Gran cantidad de gente se detenía a mirarlos. Todos entendieron el mensaje: el papado y la Iglesia Católica no hacían más que enriquecerse en nombre de Dios y Jesucristo. Praga se conmovió mucho y, después de algún tiempo, los extranjeros tuvieron que marcharse para ponerse a salvo, la lección que dejaron fue aprovechada. Las pinturas causaron tal impresión en Hus que lo llevaron a estudiar con más ahínco la Biblia y los escritos de Wiclef, alcanzó a darse cuenta del verdadero carácter del papado y con mayor celo denunció el orgullo, la ambición y la corrupción del clero. De Bohemia extendióse la luz hasta Alemania. Unos disturbios en la universidad de Praga dieron por resultado la reparación de centenares de estudiantes alemanes, muchos de los cuales habían recibido de Hus su primer conocimiento de la Biblia, y a su regreso esparcieron el Evangelio en la tierra de sus padres. Las noticias de la obra hecha en Praga llegaron a Roma y pronto fue citado Hus a comparecer ante el papa. Obedecer había sido exponerse a una muerte segura. El rey y la reina de Bohemia, la universidad, miembros de la nobleza y altos dignatarios dirigieron una solicitud general al pontífice para que le fuera permitido a Hus permanecer en Praga y contestar a Roma por medio de una diputación. En lugar de acceder a la súplica, el papa procedió a  juzgar y condenar a Hus, y, por añadidura, declaró a la ciudad de Praga en entredicho. El papa sabía que el pueblo ignorante y supersticioso y que se volverían contra Hus. Mientras el papa no levantara la excomunión de la ciudad, los difuntos no podían entrar en la mansión de los bienaventurados. En señal de tan terrible calamidad se suspendían todos los servicios religiosos, las iglesias eran clausuradas, las ceremonias de matrimonio se verificaban en los cementerios; a los muertos se les negaba sepultura en los camposantos y se los enterraba sin ceremonia alguna en las zanjas bien el campo. Así pues, valiéndose de medios que inferían en la imaginación, procuraba Roma dominar la conciencia de los hombres. La ciudad de Praga se amotinó. Muchos opinaron que Hus era el responsable de todos esos infortunios y exigieron que fuese entregado a la vindicta de Roma. Para que se calmara la tempestad, el reformador se retiró por algún tiempo a su pueblo natal. Escribió a los amigos que había dejado en Praga:


“Si me he retirado de entre vosotros es para seguir los preceptos y el ejemplo de Jesucristo, para no dar lugar a que los mal intencionados se expongan a su propia condenación eterna y para no ser causa de que se moleste y persiga a los piadosos. Me he retirado, además, por temor de que los impíos sacerdotes prolonguen su prohibición de que se predique la Palabra de Dios entre vosotros; mas no os he dejado para negar la verdad divina por la cual, con la ayuda de Dios, estoy pronto a morir.”         
(“Los Reformadores antes de la Reforma”, E. de Bonnechose, lib. 1, págs. 94-95, París, 1845)

   
Hus no cesó de predicar; viajó por los países vecinos, atento a las muchedumbres que lo escuchaban con ansias. De modo que las medidas de que se valiera el papa para suprimir el Evangelio, hicieron que se extendiera en más amplia esfera; el papa parecía ignorar las palabras en 2 Corintios 8 “Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad”. El estado de ánimo de Hus en ese entonces nos es descrito por Wylie:


“El espíritu de Hus parece haber sido en aquella época de su vida el          escenario de un doloroso conflicto. Aunque la iglesia trataba de aniquilarlo lanzando sus rayos contra él, él no desconocía la autoridad de ella, sino que seguía considerando a la Iglesia Católica Romana como a la esposa de Cristo y al papa como al representante y vicario de Dios. Lo que Hus combatía es el abuso de autoridad y no la autoridad misma. Esto provocó un terrible conflicto entre las convicciones más íntimas de su corazón y los dictados de su conciencia. Si la autoridad era justa e infalible como él creía ¿por qué se sentía obligado a desobedecerla? Acatarla, era pecar; pero, ¿por qué se sentía obligado a pecar si prestaba obediencia a una iglesia infalible? Este era el problema que Hus no podía resolver, y la duda lo torturaba hora tras hora.
La solución que por entonces le parecía más plausible era que había vuelto a suceder lo que había sucedido en los días del Salvador, a saber, que los sacerdotes de la iglesia se habían convertido en impíos que usaban de su autoridad legal con fines inicuos. Esto lo decidió a adoptar para su propio gobierno y para el de aquellos a quienes siquiera predicando, la máxima aquella de que los preceptos de las  Santas Escrituras transmitidos por el entendimiento han de dirigir la conciencia, o en otras palabras, que Dios hablando en la Biblia, y no la iglesia hablando por medio de los sacerdotes, en el único guía infalible”.
(“La historia del protestantismo”, Wylie, lib. 3, cap. 3)




Wiclef
Poco después, cuando en Praga volvió a reinar la tranquilidad, Hus volvió a la capilla de Belén para continuar con su prédica de la Palabra de Dios; ahora con mayor recelo y valor. Sus opositores eran activos y poderosos, pero seguía contando con el apoyo de la reina, de muchos nobles y, sobre todo, con un pueblo que se mostraba incondicional a sus prédicas. Comparando sus enseñanzas puras y elevadas y la santidad de su vida con los dogmas degradantes que predicaban los romanistas y con la avaricia y el libertinaje en que vivían, muchos consideraban que era un honor pertenecer al partido del reformador. Jerónimo de Praga se unió a Hus en su obra de reforma. Desde aquel momento, ambos anduvieron juntos y ni la muerte había de separarlos. Las ideas y la doctrina de Wiclef había calado hondo en sus corazones. La lucidez de Jerónimo rayaba en la genialidad; tan elocuente e ilustrado como era, le fue fácil conquistar el favor popular; pero en las cualidades que constituyen verdadera fuerza de carácter, era superado por Hus. El juicio sereno de ésta restringía el espíritu impulsivo de Jerónimo, el cual reconocía con verdadera humildad el valer de su compañero y aceptaba sus consejos. Mediante los esfuerzos unidos de ambos la Reforma progresó con mayor rapidez. Dios había iluminado a estos hombres para que vieran los errores de Roma, pero tenían que encontrar muchos y más grandes obstáculos. Los hechos demostrarían que no estaban preparados para recibir de pronto la luz en su plenitud. Ella los había hecho retroceder como habían retrocedido, con la vista herida, los que, acostumbrados a la oscuridad, recibieran la luz del mediodía. Por consiguiente, Dios reveló su luz a los guías de su pueblo poco a poco, como podía recibirla este último. De siglo en siglo otros fieles obreros seguirían conduciendo a las masas y avanzando más cada vez en el camino de las reformas. Mientras tanto, un gran cisma asolaba a la iglesia. Tres papas se disputaban la supremacía, y esta contienda llenaba los dominios de la cristiandad de crímenes y revueltas. No satisfechos los tres papas con arrojarse recíprocamente violentos anatemas, decidieron recurrir a las armas temporales. Cada uno se propuso hacer acopio de armamentos y reclutar soldados. Por supuesto, necesitaban dinero, y para proporcionárselo, todos los dones, oficios y beneficios de la iglesia fueron puestos en venta.

Indulgencia, impuestas por Roma.
Las indulgencias tienen una larga y sórdida historia que merece ser revisadas a grandes trancos. La doctrina de las indulgencias fue una impostura que Roma necesitó para aprovecharse de los temores y de los vicios de sus adherentes. A todos los que se alistasen en las guerras que emprendía el pontífice para extender su dominio temporal, castigar a sus enemigos o exterminar a los que se atreviesen a negar su supremacía espiritual, se concedía plena remisión de los pecados pasados, presentes y futuros, y la condonación de todas las penas y castigos merecidos. Se enseñó también al pueblo que por medio de pagos hechos a la iglesia podía uno librarse del pecado y librar también a las almas de sus amigos difuntos entregados a las llamas del purgatorio. Por estos medios llenaba Roma sus arcas y sustentaba la magnificencia, el luyo y los vicios de los que pretendían ser representantes de Aquel que no tuvo dónde recostar la cabeza. La iglesia romana hacía comercio con la gracia de Dios. Las mesas de los cambistas habían sido colocadas unto a los altares y llenaba el aire de la gritería de los que compraban y vendían denuncia San Mateo. Con el pretexto de reunir fondos para la erección de la iglesia de San Pedro en Roma, se ofrecían en venta pública, con autorización del papa, indulgencias por el pecado. Con el precio de los crímenes se iba a construir un templo para el culto divino, y la piedra angular se echaba sobre cimientos de iniquidad. Empero los mismos medios que adoptara Roma para engrandecerse fueron los que hicieron caer el golpe mortal que destruyó su poder y su soberbia. Aquellos medios fueron los que exasperó al más abnegado y afortunado de los enemigos del papado, y le hizo iniciar la lucha que estremeció el trono de los papas e hizo tambalear la triple corona en la cabeza del pontífice.

En Alemania, un monje llamado Tetzel, era el encargado de traficar con las indulgencias. Era reconocido como culpable de haber cometido las más viles ofensas contra la sociedad y contra la ley de Dios, pero habiendo escapado del castigo que merecieron sus crímenes recibió el encargo de propagar los planes mercantiles y nada escrupulosos del papa. Con atroz cinismo divulgaba las mentiras más desvergonzadas y contaba leyendas maravillosas para engañar al pueblo ignorante, crédulo y supersticioso. Si hubiese tenido éste la Biblia, no se habría dejado engañar. Pero para poderlo sujetar bajo el dominio del papado, y para acrecentar el poderío y los tesoros de los ambiciosos jefes de la iglesia, se lo había privado de la Escritura. Cuando entraba el farsante de Tetzel en una ciudad, iba delante de él un mensajero gritando: “La gracia de Dios y la del padre santo están a las puertas de la ciudad”. Y el pueblo recibía al blasfemo usurpador como si hubiera sido el mismo Dios que hubiera descendido del cielo. 



Tetzel, monje encargado de
traficar con las indulgencias en
Alemania.
El infame tráfico se establecía en la iglesia, y Tetzel ponderaba las indulgencias desde el púlpito como si hubiesen sido el más precioso don de Dios. Declaraba que en virtud de los certificados de perdón que ofrecía, quedábanle perdonados al que comprara las indulgencias aun aquellos pecados que desease cometer después, y que ni aun el arrepentimiento era necesario. Hasta aseguraba a sus oyentes que las indulgencias tenían poder para salvar no sólo a los vivos sino también a los muertos, y que en el instante en que las monedas resonaran al caer en el fondo de su cofre, el alma por lo cual se hacía el pago escaparía del purgatorio y si dirigiría al cielo. Cuando Simón el Mago intentó comprar a los apóstoles el poder de hacer milagros, Pedro, según los Hechos de los apóstoles 8:20, le respondió: “Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero”. Pero millares de personas aceptaban ávidamente el ofrecimiento de Tetzel. Sus arcas se llenaban de oro y plata. Una salvación que podía comprarse con dinero era más fácil de obtener que la que la que requería arrepentimiento, fe y un diligente esfuerzo para resistir y vencer el mal. La doctrina de las indulgencias encontró opositores entre hombres instruidos y piadosos en el seno mismo de la iglesia de Roma, y eran muchos los que no tenían fe en asertos tan contrarios a la razón y a las Escrituras. Ningún prelado se atrevía a levantar la voz para condenar el inicuo tráfico, pero los hombres empezaban a turbarse y a inquietarse, y muchos se preguntaban ansiosamente si Dios no obraría por medio de algunos de sus siervos para purificar su iglesia. Martín Lutero, aunque seguía adhiriéndose estrictamente al papa, estaba horrorizado por las blasfemias declaraciones de los traficantes en indulgencias. Muchos de sus feligreses habían comprado certificados de perdón y no tardaron en acudir a su pastor para confesar sus pecados esperando de él la absolución, no porque fueran penitentes y desearan cambiar de vida, sino por el mérito de las indulgencias. Lutero les negó la absolución y les advirtió que como no se arrepintiesen y no reformasen su vida, morirían en sus pecados. Llenos de perplejidad recurrieron a Tetzel para quejarse de que su confesor no aceptaba los certificados, y hubo algunos que con toda energía exigieron que se les devolviese su dinero. El fraile se llenó de ira. Lanzó las más terribles maldiciones, hizo encender hogueras en las plazas públicas, y declaró que había recibido del papa la orden de quemar a los herejes que osaran levantarse contra sus santísimas indulgencias. Aun contemporáneo, Federico Mycomus, debemos el cuadro de una de las predicaciones de indulgencias realizadas por el sacerdote dominico Tetzel. Este hecho sucedió en la pequeña ciudad de Annaberg (Sajonia):


“Cuando el comisario pontificio [para la venta de las indulgencias] era introducido en la ciudad, iba precedido de la bula del soberano Pontífice, paseada sobre un tapiz escarlata y oro. La población, sacerdotes y monjes, el magistrado en persona, maestros y escolares, hombres y mujeres, iban procesionalmente a su encuentro, con cirios encendidos, con estandartes en alta, con banderas desplegadas al viento, con el volteo de todas las campanas de la ciudad. En la iglesia, en medio de la nave, se izaba una alta cruz roja, en la que sujetaban el estandarte pontificio. Dios mismo no hubiera podido ser acogido con mayor magnificencia. Y Tetzel, gritando desde lo alto del púlpito, con los ojos vueltos hacia el cielo, con los brazos en cruz: ¡Felices los que ven! Y ven aquellos que comprenden cómo allí están los pasaportes para el viaje del alma humana – a través de un valle de lágrimas y un océano enfurecido- a la patria feliz, al paraíso. Todos los méritos adquiridos por los sufrimientos de Cristo están en ellas contenidos, y aun cuando es cierto que, por uno solo de estos pecados mortales, de los cuales, después de la confesión y contrición cometimos varios al día, se imponen todavía siete años de expiación ya en la tierra, ya en el purgatorio, ¿quién vacilará en adquirir por un cuarto de florín una de estas cartas que abren el paso a nuestra alma divina, inmortal, en las celestes beatitudes paraíso?”
(Citado en “Lutero”, F. Funck – Brentano; Editorial Diana, S.A., México, DF 1953 – págs.. 82-83)


Martín Lutero, nacido en Alemania
en 1483.
El 24 de febrero de 1517, Lutero en su sermón de la catedral de Wittenberg, insistió sobre el tema de las indulgencias, con ocasión de haberse expuesto las numerosas reliquias que constituían la colección del elector Federico el Sabio Apasionado coleccionista de reliquias, el elector había obtenido, especialmente para los que vinieran a adorar las suyas el día de San Matías, 127, 799 años de indulgencias. Por otra parte, Lutero recibía informes poco satisfactorios acerca de la manera como eran utilizadas por la corte romana las sumas percibidas bajo pretexto de guerra contra los turcos o de acabar la basílica de San Pedro. Se hallaba casualmente en Wittenberg un funcionario de la Curia y lo documentaba sobre este punto. De modo que por Alemania se difundía de un modo más o menos justificado la opinión de que León X empleaba una parte de las sumas recibidas en dotar a una hermana que deseaba casarse con un príncipe italiano. Y de qué otra parte la entregaba a uno de sus sobrinos. Además Julio II no abandonaba sus planes de conquistador: se trataba de volver a tomar Parma, Plasencia, Módena, de apoderarse del ducado de Ferrara, la idea fija de Julio II. Los papas – se repetía – no buscan más que enriquecerse a expensas de la cristiandad. El 1 de noviembre, día de todos los Santos, en la capilla del castillo de Wittenberg se celebraba el aniversario de fundación, y en esta ocasión la afluencia de los fieles era considerable. Lutero se acababa de enterar de que Tetzel, con su equipo magnifico había entrado en el territorio del elector de Sajonia. Las muchedumbres se apiñaban alrededor de él; dentro de pocos días iba a llegar a las puertas de Wittenberg. Lutero aprovechó la ocasión de la fiesta de Todos los Santos para, en la misma víspera, el 31 de octubre de 1517, fijar carteles sobre la puerta de la capilla electoral proclamando sus noventaicinco famosas proposiciones concernientes al tráfico de las indulgencias, o la autoridad pontificia y a los artículos que él consideraba como fundamentos de la fe cristiana, haciendo así –de este 31 de octubre de 1517- una de las fechas religiosas más importantes de todos los tiempos. He aquí algunos artículos relacionados directamente o tangencialmente con las indulgencias:


“Cuando él dijo: “Haced penitencia”, se refería Cristo a la vida interior del cristiano, que debe ser la de un penitente. En cuanto a las indulgencias pronunciadas por la Iglesia, no pueden ellas dispensar más que de las penitencias sólo impuestas por la Iglesia. No pueden influir en las decisiones de Dios ni en el destino reservado a las almas de los muertos.
Las indulgencias son, pues, inútiles. Un cristiano verdaderamente arrepentido obtiene por eso mismo, y por eso solamente, la remisión de sus pecados. Por tanto, ¿no podrá emplear mejor su dinero que comprando indulgencias?
Un papa realmente consciente de su deber distribuía todo lo que posee, llegaría hasta poner en venta la iglesia de San Pedro para hacer el bien a muchos de aquellos a quienes sus vendedores de indulgencias despojan de su dinero.
Si con el fin de construir una iglesia puede el papa hacer salir del purgatorio a un gran número de almas, ¿por qué, con su santa caridad, no vacía él de una vez el purgatorio de todas las almas que allí sufren y acaba él la basílica de San Pedro con su propio dinero?”


Lutero reprochó desde este momento un peligro para esa Iglesia prostituida y sangrona. Vieron en ese monje agustino un obstáculo para su negociado. Lutero era un alma incorruptible. Se había formado en la teología escolástica, pero había vuelto a las formas más simples de la fe y había reaccionado contra la árida teología del siglo XIV con la misma vehemencia con que combatía ahora las venables indulgencias. Sus convicciones religiosas y su amor a Cristo y a Dios superaban cualquier especulación o prueba. En su “Pequeño catecismo” dice:


“Creo que Jesucristo, el engendrado por el Padre desde la eternidad y también el hombre, nacido de la Virgen María, es mi Señor; que me ha redimido, siendo yo una criatura perdida y condenada, y me ha librado de todos los pecados, de la muerte y del poder del demonio, no con plata y oro, sino con su sangre santa y preciosa y con sus sufrimientos y su muerte inocente, a fin de que yo pueda ser suyo, de que viva sometido a él y en reino y de que lo sirva con justicia y bienaventuranza eternas; creo también que ha resucitado de la muerte y reina por toda la eternidad”.
(Martín Lutero, Pequeño catecismo, 2,4 Citado en Jaroslav Pelikan, “La Tradición cristiana, una historia del desarrollo de su doctrina”, 5 vols, IV, Reformación de la Iglesia y su doctrina, Chicago y Londres, 1984, pág. 161).          

Las proposiciones de Martín Lutero sobre las indulgencias se completaban con algunas otras que contenían el fundamento de la doctrina, base después del luteranismo:


“La voluntad del hombre no es libre, sino esclava. Para Dios, no hay en la criatura sino concupiscencia. Uno no se salva más que por la gracia y ésta ha sido precisada desde toda la eternidad por la predestinación”.


Añadamos que más tarde, al mismo tiempo que mantenía el principio de estas últimas proposiciones, Lutero se verá obligado a introducir en ellas muchas atenuantes. El mismo día, Lutero envió al arzobispo de Maguncia el texto de sus proposiciones, acompañado de una carta. He aquí el resumen que de ella ha dado Michelet:


“Venerable padre en Dios, príncipe muy ilustre, dígnese vuestra gracia arrojar una mirada halagüeña sobre mí, sólo tierra y ceniza, y acoger favorablemente mi demanda con dulzura episcopal. Por todo el país, en nombre de vuestra gracia y señoría, se lleva la indulgencia pontificia para la construcción de la catedral de San Pedro en Roma. No censuro tanto los grandes clamores de los predicadores de la indulgencia, que no he oído, como el falso, que publica altamente por todas partes las fantasías que con tal motivo viene concibiendo. Eso me duele hasta el punto de enfermar. Ellos creen que las almas han de salir del purgatorio tan pronto como pongan el dinero en los cofres. Creen que la indulgencia es bastante poderosa para salvar a los más grandes pecadores, aun a aquel – tal es su blasfemia – que hubiese violado a la santa Madre de nuestro Salvador… ¡Dios Mío! Estarán, pues, las pobres almas bajo el sello de vuestra autoridad, aleccionadas para la muerte y no para la vida. Tendréis que dar de ello una terrible cuenta cuya gravedad de día en día aumenta. Digamos, oh noble y venerable padre, leer y considerar las proposiciones siguientes, que se esfuerzan, por demostrar la verdad de las indulgencias que los predicadores populares proclaman como cosa completamente cierta”.


Casa de Lutero.
Lutero se mantuvo firme en sus ideas, su voz se oía desde el púlpito en solemne exhortación. No cesaba en su empeño de exponer al público el carácter ofensivo del pecado y enseñóle que le es imposible al hombre reducir su culpabilidad o evitar el castigo por sus propias obras. Sólo el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo podían salvar al pecador. La gracia de Cristo no podía comprarse; era un don gratuito. Aconsejaba a sus oyentes que no comprasen indulgencias, sino que tuviesen fe en el Redentor crucificado. Refería su dolorosa experiencia personal, diciéndoles que en vano había intentado por medio de la humillación y de las mortificaciones del cuerpo asegurar su salvación, y afirmaba que desde que había dejado de mirarse a sí mismo y había confiado en Cristo, había alcanzado paz y gozo para su corazón. Edith Simon esboza el abuso de las indulgencias y la forma como éstas calaron en el espíritu de Lutero:


“Esta cuestión de las indulgencias que causaba desazones no sólo a Lutero, creció hasta convertirse en marejada con la indulgencia conocida con el nombre de San Pedro, expedida hacia el año 1500. El papa Julio II había ordenado, mucho antes de morir, que se erigiera una basílica nueva sobre la tumba de san Pedro en el Vaticano. Para financiar la empresa expidió una bula que concedía una indulgencia a todo aquel que contribuyera a su construcción. Su sucesor, León X, reexpidió la bula de indulgencia para poder continuar la obra.
Los predicadores hacían propaganda por toda Europa instando a la gente a cooperar al proyecto y aprovechar los beneficios que les vendrían con la indulgencia que ganarían. Algunos predicadores exageraron la promesa de la iglesia, en realidad, vinieron a prometer que con la sola compra de esta indulgencia no solamente donante aseguraba su entrada en el cielo, sino que también la ganaba para todos sus parientes muertos, que estaban sufriendo las llamas del purgatorio.
De entre los muchos predicadores de la indulgencia el más destacado fue Juan Tetzel, fraile dominico que fue vendedor consumado y un maestro en el arte del espectáculo, su llegada a una ciudad era algo así como el arribo del circo. Juntaba muchísimo dinero para Roma, pero para los hombres sensatos era una verdadera abominación. En abril de 1517 alzó un pulpito muy llamativo en las afueras de Wittenberg.
En esta ocasión, Tetzel no sólo servía a los intereses del Papa, sino a los de la regia familia de los Hohenzollern, uno de cuyos vástagos era obispo de Halberstadt y arzobispo de Magdeburgo y de Mainz.
Al quedar vacante, hacía poco, el arzobispado de Mainz, muchos Hombres acomodados buscaron quedarse con el puesto, pero lo ganó Alberto de Hohenzollern, dado que fue él que hizo la puja más alta a Roma.
Para reunir el monto de su oferta, él y su familia pidieron prestado dinero a la casa de banca Fugger, de Augsburgo, que se encargaba de la mayor parte de las transacciones financieras entre la curia y Alemania. Así pues, Alberto ocupó el arzobispado de Mainz agobiado por una deuda muy cuantiosa.
Cuando León X anunció la reanudación de la indulgencia de San Pedro, los gobernantes de toda Europa protestaron alegando que sus economías no podían soportar la sangría de dinero hacia Roma, empero, la Santa Sede, como cualquier entidad política, tenía medios para pasar por encima de tales objeciones. León concedió a Enrique VIII el derecho de quedarse, para el tesoro real, con la cuarta parte del producto de la indulgencia de San Pedro obtenido en Inglaterra, y a Francisco I le dio un buen porcentaje de lo colectado en Francia. Al rey Carlos I, que con el tiempo sería el emperador Carlos V, le presto una suma proporcional a lo recaudado en España, y por lo que tocaba a Alemania, para facilitar y garantizar el pago de la cuota debida por Alberto de Hohenzollern. León concedió al joven príncipe real privilegio de quedarse con la mitad del producto de su territorio, siempre y cuando lo aplicara íntegramente al pago de su deuda con la casa de banca Fugger.
Un gobernante, Federico el Sabio de Sajonia, a quien no se le dio una concesión a la de Alberto y demás monarcas de Europa, rehusó admitir en su territorio a Tetzel, pero este eludió la prohibición y se estableció al otro lado de la frontera los habitantes de Wittenberg corrieron como rebaño dócil a comprarle sus indulgencias.
Lutero no tenía nada que ver con las objeciones de Federico a las prédicas de Tetzel, pero si deploró la simplicidad de los vecinos de Wittenberg. En esa época en que no había periódicos ni otros medios para expresar opiniones, era práctica usual que quienes tuvieran algo que decir, fijaran sus ideas en algun lugar público, y en Wittenberg, la iglesia-castillo servía para tales fines. Indignado por la actuación de Tetzel, más propia de un circo. Lutero resumió sus ideas sobre las indulgencias en 95 tesis en debate, las cuales escribió en una proclama que clavó en la puerta norte de la iglesia-castillo de Federico. Era el día 31 de octubre de 1517.
Algunas de tales tesis resultaban declaraciones definidoras, otras plantearon preguntas. Nadie, verdaderamente arrepentido, decía Lutero, gemirá por recibir el justo castigo a sus pecados; antes bien, lo recibirá con alegría, como nos enseñó el propio Cristo. Ni el papa ni ningún hombre, sostenía, tenían jurisdicción en el purgatorio y, consecuentemente, los vendedores de indulgencias que proclamaban la liberación sin distinciones o irrestricta del purgatorio, engañaban a la gente.
Más todavía, preguntaba Lutero, suponiendo que el papa tuviera los poderes que le atribuían los predicadores del perdón, ¿por qué no, en un acto de generosidad cristiana, vaciaba inmediatamente el purgatorio? ¿Por qué, siendo tan rico como Creso,k no construía la basílica de San Pedro con fondos propios en vez de exprimírselos a los pobres?
La gente, que por lo general no hacía el menor caso de los debates académicos, quedó electrizada. Lutero había puesto el dedo en la llaga, y había hecho vibrar las emociones reprimidas de miles de individuos. Había enviado algunas copias de su proclama a unos cuantos amigos, esos amigos, a su vez, las hicieron circular entre sus amigos, y no faltó quien las diera a algunos impresores, los cuales la enviaron inmediatamente a Leipzig y Magdeburgo. En diciembre, las tesis habían llegado a Nuremberg y en unos cuantos meses más eran conocidas en toda Europa.
Cuando Tetzel leyó las tesis de Lutero, echó una bravata: “Antes de tres semanas el hereje irá a dar a la hoguera.” No faltaron agustinos que, atemorizados por el creciente furor, rogaron a Lutero que desistiera; en vez de eso, Lutero resolvió procurar que todo el mundo supiera exactamente qué era lo que quería decir. A su obispo le llevó un opúsculo y para evitar que la gente del pueblo entendiera mal sus opiniones escribió una versión simplificada de ellas, en alemán. Toda Alemania leyó sus declaraciones; se levantó un clamor, y Lutero se encontró aclamado por un lado y condenado por otro.
El arzobispo Alberto, viendo que se gestaba una controversia, fue a Roma en busca de consejo mientras Tetzel urgía a la curia que condenara a Lutero; pero el papa León, que era un humanista y a quien no turbaban gran cosa las sutilezas teológicas, prefirió no dar importancia a lo que, a su juicio, era tan sólo una “pendencia entre monjes”. De aquí que la curia no tomara medidas inmediatas.
Entretanto, Lutero escribía y repartía con gran profusión opúsculos y tratados, y pronto se convirtió en un escritor de moda; pero a medida que se extendía la excitación, la curia se interesaba más y más en el asunto.
Finalmente, Roma mandó llamar a Lutero. Una singular casualidad política lo salvó de ir. El elector Federico, celoso de su autoridad territorial, no estaba conforme en dejar que un súbdito sajón dejara el suelo alemán para ir a ser juzgado por italianos. El Papa, a su vez, tenía razones para hacer concesiones a Federico, de tal suerte que convino en que un emisario suyo examinara a Lutero en Alemania.
Así pues, en el otoño de 1518 Lutero fue a Augusburgo a encontrarse con el cardenal Cayetano, general de la orden de los dominicos y teólogo eminente de la curia. El cardenal pidió a Lutero que se retractara. Lutero respondió citando la Escritura en apoyo de sus tesis de que a los hombres los redime la fe, no la compra de indulgencias, y cuando Cayetano replicó que la teoría sobre la que descansaban las indulgencias era una cuestión de doctrina. Lutero lo negó. Al cabo, Cayetano perdió la paciencia y rompió las pláticas.
El único resultado de la entrevista fue orillar a Lutero a mayores herejías.
Antes de Augsburgo, había estado dispuesto a aceptar que los abusos de la Iglesia existían a espaldas del Papa, o al menos sin su tolerancia. De Augsburgo salió con la convicción de que el pontificado era una invención humana sobre la que descansaba una perversión maligna de la fe cristiana.
En el otoño de 1519 defendió en Leipzig sus ideas teológicas contra Juan Eck, campeón de la ortodoxia y orador formidable. Ante un gran auditorio. Eck acusó a Lutero de sostener un punto de vista semejante al de Juan Hus, intelectual bohemio que había sido quemado en la hoguera por instar a los hombres a dejar de depender de los sacramentos y milagros y buscar a Dios en las Escrituras. Resueltamente, Lutero replicó que el Concilio de Constanza había estado equivocado al condenar a Hus, muchas de cuyas ideas eran profundamente cristianas. El asombro y confusión de la asamblea no tuvieron límites, pues Lutero estaba la menos que atacando la teoría que decía que aquellos poderes que no residieran en el Papa, residan en los concilios generales. Si un concilio se había equivocado, ¿qué quedaba de la autoridad?
La naciente tormenta debía haber obligado al Papa a actuar, pero entonces falleció el emperador Maximiliano y el Papa se vio envuelto en la política del Imperio, y dispuso de muy poco tiempo para ocuparse de cuestiones de herejía; eso dio a Lutero un respiro.
En agosto de 1520 publicó un Memorial a la nobleza cristiana de la nación alemana en el que declaraba que dado que la Iglesia no se reformaría por sí misma, debía ser reformada por las autoridades seglares. En el curso de la era cristiana, la Iglesia y el Estado habían estado asociados estrechamente, se decía que eran los brazos espiritual y temporal del poder, si bien se consideraba que la Iglesia era superior. Así pues, insinuar que la Iglesia no cumplía sus deberes y que el Estado debía encargarse de ellos era una tesis revolucionarios que no tardaría en ejercer una influencia decisiva en la Reforma.

En octubre, Lutero se intentó aún más en terrenos de gran controversia: publicó La cautividad babilónica de la Iglesia, obra que se ocupaba principalmente de los sacramentos o ritos religiosos como el bautismo y la comunión, mediante los cuales, según enseñaba la Iglesia, se concede la gracia a los que creen en Dios; los siete sacramentos existentes conmemoraban acontecimientos narrados en el Nuevo Testamento. Lutero sostenía que en mil años de cautividad bajo Roma la religión de Cristo había quedado corrompida en su fe, moral y ritos Basando su juicio en la lectura del Nuevo Testamento, Lutero descartó los cinco sacramentos que no aparecían explícitamente descritos allí y conservó solamente dos: el bautismo, que significaba borrar el pecado original (el pecado trasmitido al hombre por la caíd de Adán y Eva), y la comunión, que conmemoraba a Cristo cuando compartió en la última cena el pan y el vino con sus doce apóstoles. En sus primeras diferencias con la Iglesia, Lutero había atacado prácticas, pero ahora atacaba el dogma. Se acercaba el rompimiento con Roma.”

(“La Reforma”, Edith Simon; en Las grandes época de la humanidad. TIME- LIFE Books (Nederland) B.V. 1979 Ámsterdam, págs. 38-41)



El culto a los Santos desveló también a Lutero provocándole un severo escozor. El culto de las imágenes fue una de esas corrupciones del cristianismo que se introdujeron en la iglesia furtivamente y casi sin que se notaran. Esta corrupción no se desarrolló de un golpe, cual aconteció con otras herejías, pues en tal caso había sido censurada y condenada enérgicamente, sino que, una vez iniciada en forma disfrazada y plausible, se fueron introduciendo nuevas prácticas una tras otra en idolatría no solo sin enérgica oposición, sino sin siquiera protesta resuelta alguna; y cuando al fin hizo un esfuerzo para extirpar el mal, resuelto éste por demás arraigado para ello. La causa de dicho mal hay que buscarlo en la propensión idólatra del corazón humano a adorar a la criatura más bien que al Creador. Mendham nos presenta una descripción bastante interesante y reveladora:


“Las imágenes y los cuadros fueron introducidos al principio en la iglesia no para que fueran adorados, sino para que sirvieran como  de libros que facilitaran la tarea de enseñar a los que no sabían leer o para despertar en otros los sentimientos de devoción. Difícil es decir hasta qué punto este medio correspondió al fin propuesto, pero aun concediendo que así fuera durante algún tiempo, ello no duró, y pronto los cuadros e imágenes puestos en las iglesias, en lugar de ilustrar, oscurecían la mente de los ignorantes y degradaban la devoción la devoción de los creyentes en lugar de exaltarla.
De suerte que, por más que se quiso emplear unos y otros para dirigir los espíritus de los hombres hacia Dios, no sirvieron en fin de cuentas sino para alejarlos de él e inducirlos a la adoración de las cosas creadas”.
(“El sétimo Concilio General, el Segunda de Nicea”, Joseph Mendham, Introducción: págs. iii-vi).        


Zuinglio, reformador en Suiza.
En Suiza el tráfico de las indulgencias fue puesto en manos de los franciscanos, bajo la dirección de un fraile italiano llamado Sansón. Había prestado éste ya buenos servicios a la iglesia y reunido en Suiza y Alemania grandes cantidades para el tesoro del papa. Ahora atravesaba Suiza, atrapando a grandes multitudes, despojando a los pobres campesinos de sus escasas ganancias y obteniendo cuantiosas ofrendas entre los ricos. Pero la influencia de la Reforma hacía disminuir el tráfico de las indulgencias aunque sin detenerlo del todo. Todavía estaba Zuinglio en Einsiedeln cuando Sansón se presentó con su mercadería en una población vecina. Enterado de su misión, el reformador trató inmediatamente de oponérsele. No se encontraron frente a frente, pero fue tan completo el éxito de Zuinglio al exponer las pretensiones del fraile, que éste se vio obligado a dejar aquel lugar y tomar otro rumbo. Volvamos a Hus y retomemos su odisea. Este fue llamado por Juan XXIII a comparecer ante el Concilio de Constanza (XVI Concilio Ecuménico), inaugurado el 5 de noviembre de 1414 en presencia de 3 patriarcas, 29 cardenales, 35 arzobispos, más de 150 obispos, 124 abades, 578 doctores en teología y otros muchos eclesiásticos, acompañados por una servidumbre numerosísima (unas 18,000 personas), todo un festival de holgazanes financiados a costa de las expoliaciones que caracterizaban a la Iglesia parasitaria.

Hus se proveyó de un salvo conducto del emperador Segismundo, puso en orden sus asuntos y se marchó a Constanza “a fin de confesar públicamente a Cristo, o, si era necesario, sufrir la muerte por su ley”. Aun cuando había sido excomulgado y anatematizado por la Iglesia, Hus contaba con el apoyo de la población y seguía propagando la Reforma en Praga. Negarse a asistir al Concilio hubiera equivalido a una manifestación de cobardía, cosa inconcebible en un luchador por una causa justa como era Hus, por otro lado, él había exigido reiteradamente la convocatoria a ese foro. Negarse hubiera significado también reconocerse culpable de acciones heréticas, mientras que él mismo se consideraba un cristiano autentico e imputaba a los jerarcas eclesiásticos oponentes la dejación de la “verdadera” doctrina de Jesucristo. A los 25 días de su llegada fue encarcelado en el subterráneo de un convento dominico, en una celda oprobiosa contigua a la letrina. Haciendo gala de su “espíritu cristiano”, el Papa lo detuvo sin hacer caso del salvoconducto extendido por el emperador Segismundo. En él había unas palabras que decían:


“Recomendamos a todos y a cada uno que reciban con afecto al honorable maestro Juan Hus de Bohemia, que va al Concilio de Constanza que le tengan honrosamente, lo auxilien para favorecer su viaje por agua y tierra, que le procuren albergue y lo dejen ir libremente y regresar, y provean a él y a los suyos de seguros guías donde fuese necesario”   
  

Era un pasaporte, que no podía defender a Hus contra una eventual condenación del Concilio. La carta de seguridad no odia amparar contra la sentencia de los jueces ordinarios. El propio emperador, que figuraba entre los delegados al Concilio, declaró, con la escrupulosidad propia de los príncipes en los casos de esta índole, que el salvoconducto por él firmado tenía “una finalidad especial”, es decir, debía asegurar a Hus la “vista equitativa” de su causa en el Concilio y ofrecerle la posibilidad de defenderse ante los padres conciliares, pero de ningún modo exonerado del castigo por las convicciones heréticas. “si alguien –dijo Segismundo- continuara obstinándose en su herejía me encargaría personalmente de encender la hoguera y quemado” (“John Hus en el concilio de Constanza” 1965). Toda una joya acomodaticia de emperador este Segismundo. Todas estas circunstancias daban al caso de Hus todo el aspecto de una trampa, de una encerrona tendida por los inquisidores. Recuérdese la celada que se tendió, contra Lutero en la Dieta de Worms o la humillación a la que fue sometido Galileo por el papa Urbano VIII y por los miembros del Santo Oficio, quienes juntos no valían ni un zurullo de perro. La decepción del sabio de Pisa no pudo ser más devastadora. En una carta a Vincentio Reniere, matemático y astrónomo, amigo y discípulo suyo, Galileo escribe:

“Bien sabéis que mi vida no ha sido hasta ahora más que objeto de accidentes y de casos, que sólo la paciencia de un filósofo puede considerar con indiferencia, como efectos necesarios de las extrañas resoluciones o las  que está sometido el globo que habitamos. Nuestros semejantes a los que tratamos de ayudar de uno y otro modo, nos pagan con la misma moneda, con ingratitud, hurtos, acusaciones; todo ello se encuentra en la carrera de mi vida. Eso os baste, sin preguntarme acerca de las noticias de una causa o un crimen que ni siquiera conozco. Deseáis saber lo que me ha ocurrido en Roma. Comparecí ante un tribunal que, por el solo delito de ser razonable, me juzgó poco menos que hereje. ¡A lo mejor los hombres me obligarán a dejar de ser filósofo para convertirme en historiador de la Inquisición! Tratan de presentarme como el ignorante y el bobo de Italia, de tal manera que al fin será necesario que me finja tal. Desde joven he estudiado. Y meditado para exponer en un diálogo los sistemas tolomeico y copernicano, sobre cuya materia, ya desde mis tiempos de lector en Padua, Observé y filosofé de continuo, inducido principalmente por la idea de explicar el flujo y el reflujo del mar por los supuestos movimientos de la tierra. Después de la publicación de mis Diálogos fui  llamado a Roma por la Congregación del Santo Oficio, donde llegué el 10 de febrero de 1632 y fui sometido a la suma clemencia de aquel tribunal y del soberano pontífice Urbano VIII, el cual, sin embargo, me creía digno de estima. Fui arrestado en el delicioso palacio de la Trinidad de los Montes, en casa del embajador de Toscana se me jejo que remediara el escándalo que había dado a Italia entera con mi opinión acerca de la Tierra; y a las sólidas razones matemáticas que yo aducía una y otra vez solo me respondían que Terra autem in aeternum stabit, quia terra autem in aeternum stat, como dice la Escritura. Finalmente fui obligado a retractarme, como verdadero católico, de mi opinión, y en castigo fue prohibido el Diálogo, y al cabo de cinco meses me despidieron de Roma (en un tiempo en que la ciudad de Florencia estaba apostada) y se me señaló como cárcel, con generosa piedad, la casa del amigo más querido que tenía en sierra, el arzobispo monseñor Piccolomini, de cuya amabilísima conversación gocé con tal sosiego y satisfacción de mi ánimo que allí reanudé mis estudios y encontré gran parte de las conclusiones mecánicas sobre la resistencia de los sólidos y otras especulaciones; y después de casi cinco meses, habiendo cesado la parte en mi patria, a principios del año 1633, su Santidad me permutó la estrechez de aquella residencia por la libertad del campo, tan grata para mí; regresé, pues, a la villa de Bellosguardo y luego pasé a Arcetri donde todavía me encuentro respirando el aire saludable, próximo a mi querida patria, Florencia”.


La Inquisición, Institución de orden social.
Los acusadores que habían ocasionado aquel súbito encierro de Hus fueron el obispo checo John de Leitomischl y una diputación de doctores y párrocos de Praga que se dirigían al concilio en nombre del clero de Bohemia. Lo acusaban de haber arruinado a la Universidad de Praga con la expulsión de los alemanes; de propagar en Bohemia las herejías de Wyclef; de excitar tumultos en el pueblo e inducir a los laicos a usurpar los bienes de la Iglesia. Exigían su prisión, pues – decían – si se le dejaba libre, sus partidarios dirían que el concilio había aprobado su doctrina. Hus se mostró en todo momento irreverente, en constante rebeldía, aun estando detenido, y no cesaba de hablar contra el Papa, los cardenales y toda la Iglesia. Los inquisidores deseaban a toda costa condenar la herejía y obligar al culpable a retractarse públicamente; eso se hacía con todos los herejes. Al detener a Juan Hus, el Concilio se adjudicó las funciones de tribunal inquisitorial. Nombró jueces de instrucción y fiscales, los cuales pergeñaron un acta de acusación de 42 puntos contra el teólogo checo, encargando a los comisarios especiales de interrogar al recluso. Estos interrogatorios eran acompañados de torturas; cuesta creer que las técnicas usadas por los inquisidores supera en imaginación a la de los campos de concentración nazis. Ha habido y hay todavía quienes sostienen que los procedimientos usados por la Inquisición para obtener confesiones voluntarias que demostrasen el cabal arrepentimiento del sospechosos era más benigno que el tormento empleado por parte de los demás tribunales de entonces. Sólo una mente retorcida y perversa puede embadurnar de humanidad actos tan salvajes y satánicos. He aquí el testimonio de algunos defensores a ultranza de estos tormentos:  


“Las prisiones secretas estaban destinadas sólo para la detención y no para el castigo, y los inquisidores tuvieron especial cuidado de evitar la crueldad, la brutalidad y el maltrato. El empleo de la tortura, por lo tanto, no fue considerado como un fin en sí mismo. Las instrucciones del año de 1561 no establecieron reglas para su uso pero insistieron en que su aplicación debería ser de acuerdo a la “conciencia y voluntad de los jueces nombrados”, siguiendo la ley, la razón y la buena conciencia. Los inquisidores debían fijarse mucho de que la sentencia del tormento fuese justificada y presidida de legítimos indicios. En una época en que el uso de tormentos era común en los tribunales criminales europeos la Inquisición española siguió una política de benignidad y de circunspección lo que la favorecería al compararla con otras instituciones. La tortura fue usada como último recurso y aplicada solamente en la minoría de casos. A menudo el acusado era colocado in conspectu tormentorum, cuando la vista de los instrumentos de tortura podía provocar la confesión”.
(“Historia de la Inquisición española”, Henry Kamen; 1965)   


Es inconcebible, que un hombre erudito como el español Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912) escribiera lo que escribe en sus cuatro volúmenes sobre las herejías en España. Ni siquiera el hecho de haber tenido 20 años de edad cuando escribió tamañas aberraciones lo justifica. Fue mi defensor de la Inquisición a la cual encarece y glorifica. Sus razonamientos sobre la Inquisición parten de la premisa de que “el genio español es eminentemente católico; la heterodoxia es entre nosotros accidente y ráfaga pasajera”. Según Menéndez y Pelayo, el verdadero creyente no puede dejar de aprobar las acciones de la Inquisición. He aquí algunas “perlas negras” extraída de su libro:   
              

“El que admite que la herejía es crimen gravísimo y pecado que clama al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil, el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición”.


Estima que la expulsión de los judíos de España, a fines del siglo XV, fue consecuencia inevitable de los estados de ánimo antihebreos, que supuestamente predominaron de la sociedad española del mismo siglo (El edicto real de 1492, ordenaba expulsar del país a los judíos no convertidos al catolicismo).


“La decisión de los reyes católicos no era buena ni mala: era la única que podía tomarse; el cumplimiento de una ley histórica”.


Si aceptáramos su punto de vista acerca de que todas las capas de la sociedad española del siglo XV estaban contra los judíos, quedaría en pie la cuestión de la expoliación que sufrieron estos y otras muchas víctimas por la Inquisición y la corona, que Menéndez y Pelayo soslaya con gran desfachatez. Si bien reconoce que la intolerancia encarnada en la Inquisición española beneficiaba a la monarquía feudal absoluta, agrega:


“Pues qué, ¿hay algún sistema religioso que en su organismo y en sus consecuencias no se enlace con cuestiones políticas y sociales?... Nunca se ataca el edificio religioso sin que tiemble y se cuartee el edificio social”.


A los inclinados a considerar la Inquisición española como instrumento del absolutismo real, les contesta:


“eclesiástica [la Inquisición] era en su esencia, e inquisidores apostólicos, y nunca reales, se titularon sus jueces; y en el fondo, ¿quién dudará que la Inquisición española era la misma cosa que la Inquisición romana, por el género de calesas en que entendía, y hasta por el modo de sustanciarlas”.


La inquisición en España.
Buena falacia para el lector poco avisado e informado. Los métodos eran, en efecto, los mismos, pero no los objetivos. En España, la Inquisición sirvió de instrumento al absolutismo, mientras que la Inquisición apostólica representó ante todo los intereses de la Contrarreforma católica. Pero el punto de vista más arbitrario y absurdo es su afirmación de que el Santo Oficio era una forma peculiar de manifestación de la democracia en la España de los siglos XV – XVIII:


“Los mismos que condenan la Inquisición como arma de tiranía, que confesar hoy que fue una tiranía popular, tiranía de raza y de sangre, fiero sufragio universal, justicia democrática, que niveló toda cabeza, desde el rey hasta el plebeyo. Y desde el arzobispo hasta el magnate”.


Los hechos históricos rechazan estas fanáticas afirmaciones del sabio español. La Iglesia Católica y la corona española impusieron al pueblo de la península la Inquisición por medio de la fuerza y el temor. El hecho de que todos los movimientos populares de España incluyeran enérgicas acciones anticlericales obedecía, en particular, al dominio secular de la Inquisición. [Todas las citas de Marcelino Menéndez y Pelayo han sido extraídas de su libro “Historia de los Heterodoxos Españoles”, Buenos Aires 1945]. Otro defensor de la Inquisición española y sus métodos es el teólogo Nicolás López Martínez, quien en su libro “Los judaizantes castellanos y la Inquisición”, quien justifica el derecho de la Iglesia y del poder seglar a perseguir y castigar a los herejes, porque la herejía “trae consigo perturbaciones injustas del orden social”.

Hay quienes llaman, con voz melosa y redentora, a estudiar “objetivamente” a la Inquisición. El historiador católico Vicente Palacio Atard, dice en su libro “Razón de la Inquisición”, que para comprender al Santo Oficio es preciso renunciar al ardor polémico. Esto nos ayudará a entender – afirma – que la Inquisición por sí sola no es en medo alguno buena ni mala, no es una institución de Derecho divino sino obra humana, y por esto imperfecta. Este católico, entusiasta y rabioso, nos invita a interpretar la Inquisición de manera justa y objetiva, teniendo en cuenta la época y las debilidades del hombre, la imperfección eterna de las instituciones humanas, el temperamento desmesurado de los españoles y así sucesivamente. Don Vicente, sagaz y celestino, recuerda todo menos los crímenes de la Inquisición y sus víctimas. No nos extraña esta “pequeña omisión” de quien se propone discrepar y justificar a los verdugos del “santo” tribunal. Bajo los criterios y los parámetros de Palacio Atard, Reinhard Heydrich, Heinrich Himmler, Franz Stange, Kurt Franz, la Gestapo, la Sturm Abteilung (SA), la Schutz Staffel (SS) y hasta Adolfo Hitler quedarían exonerados de las atrocidades que cometieron por “las debilidades del hombre” y por “la imperfección eterna de las instituciones humanas”, tanta estupidez y cinismo provoca nauseas. El historiador Palacio Atard parece ser un investigador de poca monta; así como don Marcelino Menéndez y Pelayo, sabe quitarle el poto a la jeringa cuando de ser objetivo se trata con respecto a la Inquisición, ambos parecen ignorar las cinco series de instrucciones dadas por el Inquisidor General Torquemada durante su tristemente célebre papel de Inquisidor General. Veamos algunos de los veintiocho artículos incluidos en un manual [compilación de las Instrucciones del officio de la Santa Inquisición, hechas por el muy Reverendo Señor Fray Tomás de Torquemada, Prior del Monasterio de Santa Cruz de Segovia, primer Inquisidor General de los Reynos y Señoríos de España], que fue utilizado por los inquisidores en los trescientos años siguientes a noviembre de 1484. Los siete primeros daban disposiciones con respecto al modo de iniciar la Inquisición en una ciudad de provincia. Todas las autoridades y la población debían dar juramento de que serían leales obedientes al Santo Oficio y, quien no lo hiciera así, era amenazado seriamente con las consecuencias. Todos debían confesarse para reabrir las penitencias respectivas y, si el Inquisidor lo juzgaba necesario, estaban obligados a pagar una multa, que debía ser considerada como una limosna para la Guerra Santa contra los moros. Las multas debían ser ajustadas de acuerdo con la tarifa que señalaría Torquemada. Si alguna de esas reglas era desobedecida, la confesión sería automáticamente considerada falsa. El delincuente sería condenado, como hereje reincidente, a muerte en la hoguera. ¡Vaya democracia, don Marcelino! El artículo VIII pretende ser un aliciente para que los apóstatas confiesen, hasta voluntariamente, una vez transcurrido el periodo de gracia. Debían someterse una vez transcurrido el periodo de gracia. Debían someterse a una penitencia, aunque no a una multa, puesto que todo su dinero había sido ya confiscado. ¡Vaya Inquisidores, todos unos asaltantes con ostia y crucifico! En el artículo IX se recomienda un trato indulgente para los hijos de los apóstoles menores de los veinte años de edad, previa reconciliación con la Iglesia; el articulo XXII da instrucciones a los inquisidores para que coloquen a los niños bajo el cuidado de gente decente y respetable, y como la confiscación de los bienes de sus padres los había dejado sin amparo, debían ser atendidos por la “generosidad” real. Es decir, te quito lo que tienes y con eso mantengo a tus hijos, por lo que debes sentirte agradecido y alabar mi generosidad.

El artículo X, el que don Marcelino finge ignorar, es el más perturbador, pues, declara que las propiedades de todo aquel que haya juzgado culpable de herejía o de apostasía serán confiscadas por el Tesoro Real desde la fecha del primer delito probado. Al dar a esta disposición carácter retroactivo se esperaba impedir que los apostatas se librasen de la confiscación enajenando su propiedad a algún amigo de confianza. En la práctica produjo muy pronto un estado de caos en el mundo comercial. La mayoría de los comerciantes eran cristianos nuevos y, en consecuencia, por sincero que fuera su catolicismo, se hallaban siempre en peligro de caer en las garras de la Inquisición, aunque no fuera  por otra razón que por la malevolencia de un rival. La Inquisición siempre salía ganando. Cualquier contrato en el que fuesen parte podían quedar invalidado de pronto por haber sido confiscada su propiedad desde una fecha anterior a la firma del contrato y el infortunado segundo contratante no podría cobrar su parte.

Lutero frente al rey Carlos I de España.
Los artículos XI y XII permiten a cualquier detenido bajo sospecha de apostasía que se reconcilie con la Iglesia, quedando sujeto a prisión perpetua, si es un penitente sincero y hace una demanda completa de sus compañeros de culpa. Si más tarde se descubre que su arrepentimiento no es sincero, será considerado como un hereje reincidente y será entregado al poder secular para que lo ejecute, entiéndase, por esto, ser quemado en la hoguera. El artículo XIII y XIV disponen el procedimiento para reconocer la culpabilidad de los herejes reincidentes. El artículo XV ordena el uso de la tortura en los casos de semiprueba. El artículo XVI prohíbe la publicación de los nombres de los testigos, porque debe tenerse en cuenta su seguridad y nadie debe tener la presentación de pruebas. En otras palabras, difama y calumnia a quien quieras, que nosotros, con Iglesia todopoderoso e infalible, te protegemos, a la larga, nos beneficiamos con las propiedades confiscadas a quien oprobias, con o sin razón. El artículo XIX se refiere a extensamente al acusado ausente quien será juzgado en ausencia. El artículo XX raya en lo patológico y nos nuestra de cuerpo entero las mentes retorcidas y canallescas de esos santos inquisidores. El artículo en mención se refiere a los muertos. Si se demuestra la apostasía de un hombre ya muerto, será juzgado no obstante, y si se le encuentra culpable, su propiedad será confiscada y su cadáver será exhumado y quemado. Se permitirá a su familia y a sus herederos que lo defiendan, si así lo desean, aunque si no lo consiguen pueden verse envueltos en todas las penas que deben sufrir los hijos de un apostata condenado. Viendo este chantaje frontal, cabe preguntarse si el nazismo no se habría inspirado en estos maestros de la criminalidad. El artículo XXI está inspirado concretamente por la corona, como parte de su política de reducir el poder de los nobles. Dice que los soberanos desean que la Inquisición intervenga en los dominios de los nobles del mismo modo que en las tierras pertenecientes a la corona. Los inquisidores requerirán a los nobles que presten juramento de lealtad a la Inquisición cuando ésta tenga razones para intervenir en sus dominios. Si se negaran a prestar ese juramento y no le prestasen ayuda, la Inquisición podrá proceder contra ellos como contra los cómplices de herejía. Los restantes artículos de este código se refieren a materias de menor importancia. En lo que atañe a América, el historiador mejicano Alfonso Junco, en su libro “Inquisición sobre la Inquisición”, se devana los sesos tratando de convencer a quien lo lee de que el “Santo” tribunal actuó en las colonias guiándose por móviles nobles; que aplicó las torturas de manera “humana”, “respeto” a sus víctimas, reflejó los intereses “democráticos”, significó un paso adelante en la jurisprudencia, protegió la cultura y prosigue, aburrido, tedioso y cínico, ese su retahíla de sofismas. Junco no se toma la molestia de presentar pruebas, porque no las tiene, que confirmen sus ingenuas apreciaciones. Con la misma desvergüenza justifica la Inquisición y sus métodos el jesuita Mariano Cuevas. Cuevas escribió cinco volúmenes (aquí supera por uno a Menéndez y Pelayo) en los que dice, muy suelto de huesos, que la Inquisición fue encomendada a las colonias españolas por la “providencia divina” y era una institución “renovadora sagrada” (“Historia de la Iglesia en México”, México, 1946). En el Perú, Rubén Vargas Ugarte, sacerdote jesuita, trata el tema de la Inquisición muy brevemente, pero aun así, es bueno escucharlo para que cada quién saque sus conclusiones:


“A primera vista pudiera parecer que dicho Tribunal se hacía innecesario en América, sobre todo existiendo severa prohibición de que a ella viniesen extranjeros o personas contaminadas con la herejía, pero conviene tener en cuenta que las atribuciones del Santo Oficio se extendían a otros delitos que no eran propiamente contra la fe sino que más bien tocaban a las costumbres o a la disciplina eclesiástica y, además, que por mucha vigilancia que se ejerciera siempre había la posibilidad, como lo acreditó la experiencia, de que llegaran a estos países, moriscos, judaizantes y aun herejes encubiertos, fuera de que aun en la misma España no dejaron las ideas de los novadores enteramos de seducir a algunos espíritus, como lo demuestra magistralmente Menéndez y Pelayo en sus “Heterodoxos españoles”
(“Historia General del Perú”, Rubén Vargas Ugarte, S.J.; Tomo II, pág. 259 – Editor Carlos Milla Batres, 1971)   
              

“Dime con quién andas y te diré quién eres”, versa el refrán. A toda esta maquiavélica maquinaria criminal se tuvo que enfrentar Juan Hus en el Concilio de Constanza. En su prisión en el monasterio dominico del castillo de Totleben, Hus estuvo aherrojado con grillos, y por la noche se le sujetaba además a una cadena fija en la pared. También probó algo de los “métodos santos” de convencimiento, es decir, la tortura. El escritor Ricardo Palma describe cuales eran estos “métodos” para quebrar la moral y el espíritu de los procesados:


“Tres eran los géneros de tormento que regularmente usaba la Inquisición: el de la garrucha, el del potro y el del fuego. Como a la agudeza de los dolores acompañaban tristes lamentos y gritos descompasados, era conducido el paciente a un sótano llamado cámara del tormento, a fin de que no llegasen al exterior sus voces. Lo acompañaban el Inquisidor y el secretario de turno, le preguntaban de nuevo acerca de su delito y, si persistía en negar, se procedía a la ejecución.
Para el tormento de garrucha o polea, se colgaba en el techo un instrumento de este nombre, pasando por él una gruesa soga de cáñamo o esparto. Cogían después al reo y, dejándolo en paños menores, le ponían grillos, atábanle a la garganta de los pies cien libras de hierro, y volviéndole los brazos a la espalda y asegurándolos con un cordel, lo ataban de la soga por las muñecas. Teniéndolo en esta posición, lo levantaban un estado de hombre, y en el ínterin lo amonestaban secamente los jueces para que dijese la verdad. se le daban además, según fueran los indicios y la gravedad del delito, hasta doce estrepadas, dejándolo caer de golpe, pero de modo que ni los pies ni las pesas tocasen al suelo a fin de que el cuerpo recibiese mayor sacudimiento.
En el tormento del potro que llamaban también de agua y cordeles, estando el reo desnudo, en la forma que se ha dicho, era tendido boca arriba sobre un caballete o banco de madera, al cual le ataban los pies, las manos y la cabeza, de modo que no se pudiese mover. Entonces le hacían tomar algunos litros de agua, echándosela poco a poco sobre una cinta que le introducían en la boca para que, entrando con el agua en el gaznate, le causase las ánsias y desesperación de un ahogado.
Para el tormento del fuego, ponían al reo de pies desnudos en el cepo, y bañándole las plantas con manteca de puerco, arrimaban a ellas un brasero encendido. Cuando mucho se quejaba del dolor, interponían una tabla entre el brasero y los pies, mandándole que declarase. Reputábase este tormento por el más cruel de todos.
La duración del tormento, por bula de Paulo III, no podían pasar una hora; y si bien la Inquisición de Italia no solía llegar a ella, en la de España, que se ha gloriado de aventajar a todas en su celo por la fe, se prolongaba el tormento a cinco cuartos de hora. Solía suceder que el paciente, por lo intenso del dolor, quedase sin sentido; y para este caso estaba prevenido el médico, el cual informaba al Tribunal si el paroxismo era real o figurado, y con su dictamen se suspendía o continuaba el martirio. Cuando el reo se mantenía negativo, venciendo el tormento, o cuando, habiendo en él confesado, no ratificaba a las veinticuatro horas su confesión, se le daba hasta tercera tortura, mediando sólo dos días de una a otra.
Cuando no bastaban las persuasiones ni las tretas para que el reo, con verdad o sin ella, se confesase delincuente, recurrían los Inquisidores a la tortura mezclando a la ficción con la severidad. Porque, además de amenazarle con la duración indefinida del tormento, hacíanle creer, cuando ya lo había sufrido por el tiempo determinado, que lo suspendían por ser tarde o por otra razón semejante, con el objeto de infundirle más terror. Los legisladores que tal prueba autorizaron, tuvieron al menos la equidad de dar por purgados con ella los indicios, y dejaban ir libre al reo que perseveraba negativo; pero la Inquisición, para no ser menos feroz que otros tribunales, que en este caso imponían la pena extraordinaria, le condenaba también a cárcel perpetua o a algunos años de galeras. De este modo el infeliz reo, acaso inocente, quedando no pocas veces imposibilitado para todo ejercicio con la dislocación de los huesos en la garrucha, con la opresión del pecho y otros accidentes en el potro, y con la contracción de nervios en el tormento del fuego, tenía que pasar por la afrenta de verse agavillado y confundido con la gente más soez.
Como la Inquisición ha hecho suyos los vicios de los demás tribunales, llevándoles casi siempre ventaja, en las leyes del tormento descolló extraordinariamente su rigor. En primer lugar, no contenta con obligar al reo a que confesase su delito y descubriese a los cómplices, le precisaba también a revelar su intención. De modo que, aun cuando en la tortura confesase todo lo que puede pertenecer al conocimiento de un tribunal, se le sujetaba otra vez a ella hasta que se declarase ante los hombres tan malo como los jueces lo suponían delante de Dios.
Otra práctica había aún más inhumana. Cuando el mismo reo arrepentido confesaba su dañada intención y denunciaba a los cómplices, se le daba, sin embargo, tortura siempre que algunos de estos negase serlo. Tan atormentado era, pues, el reo confesando como obstinándose en negar.
A más de la prueba por escrituras, por testigos y por la confesión del reo, libre o forzada, en que apoyaba su acusación el fiscal, se usaba la compurgación. Esta consistía en obligar al reo a sincerarse de las sospechas que contra él había, con el testimonio de sujetos de probidad, quienes bajo juramento afirmaban tenerle por católico y libre de la herejía que se le imputara. Bastaba un rumor contra un hombre para sujetarlo a la compurgación; y cuando el difamado no encontraba quien le abonase, acaso por lo arriesgado que era esto en los procedimientos del Santo Oficio, se le condenaba como hereje contumaz.”
(“Anales de la Inquisición de Lima”, Ricardo Palma, Ediciones del Congreso de la República de Perú, Julio de 1997, pág. 60-62).  



Tormento del Garrote, en
La Inquisición.
Estas son las torturas de manera “humana” y “respeto”, de las que nos habla Alfonso Junco en su libro de patrañas. Fernando Ayllón, en un excelente libro, “El tribunal de la Inquisición”. De la leyenda a la historia, 1997; nos da un testimonio de estas formas de “ablandar” al acusado de herejía:


“Después de emitirse el auto de sometimiento a tortura el sospechoso era conducido de tormentos. A ella, además del reo, ingresaban los verdugos, un notario y los inquisidores. Antes de comenzar la sesión, estos últimos amonestaban al procesando para que confesase la verdad advirtiéndole que de no hacerlo tendrían que someterlo a tormento y que, si algún daño se le causaba, sería solamente por su obstinación en negarse a confesar. Si el procesado se mantenía en su negativa, después de estas advertencias, comenzaba la sesión. Al inicio del suplicio los inquisidores disponían que el procesado fuese desnudado en su presencia. Al mismo tiempo le advertían al verdugo que no ocasionase el mutilamiento de los miembros ni la efusión de sangre. Mientras los verdugos desvestían al reo los inquisidores le pedían que dijese la verdad para evitar el daño que se le podrían ocasionar. En muchas oportunidades el reo confesaba ante la simple presencia de los instrumentos de tortura. Por el contrario, si el reo persistía en su negativa, se iniciaba el suplicio.
El tormento se basaba en el principio de producir dolores agudos sin causar heridas ni daño corporal de consideración. Por esta época, aunque en diferente forma y grado, era común en todos los países del mundo la aplicación de la tortura. Por ejemplo, en el procedimiento criminal alemán la tortura incluía la dislocación de miembros o el descuartizamiento; cosa igual ocurría en Inglaterra y el resto de Europa. Por su parte, las torturas que más empleaba la Inquisición española eran el cordel, el potro, el castigo del agua y la garrucha.
Por lo general el tormento se iniciaba con el empleo del cordel para lo cual el reo era colocado en una especie de mesa, sujetándosele a ella muy fuertemente. Después de esto se daba vueltas al cordel sobre sus brazos comenzando por las muñecas. Antes y durante el tormento el inquisidor lo incitaba a confesar y si persistía en su negativa disponía que se ajustaran aún más los cordeles y así, sucesivamente, primero en un brazo y luego en el otro. En algunas oportunidades se llegaba a varias vueltas sin haber obtenido la confesión del sospechoso.
Si el tormento del cordel había sido inútil se solía continuar con el del agua, que a su vez se combinaba con el castigo del potro. En cuanto al primero, estando el reo echado sobre una mesa de madera, totalmente inmovilizado, se le colocaba sobre el rostro un lienzo muy fino denominado toca, sobre el cual se vertía agua lentamente lo que le impedía respirar. De cuando en cuando se interrumpía el castigo para solicitarle en una tabla ancha sostenida por cuatro palos, a manera de patas, en medio de la cual había un travesaño más prominente. Sobre este se ubicaba al procesado dejando su cabeza y piernas algo hundidas. Seguidamente, se le colocaban dos garrotillos en cada extremidad. Si no confesaba se le iba ajustando, uno por uno, cada garrote.
En menor proporción se utilizaba la garrucha. El reo era atado con las manos en la espalda y lo elevaban utilizando una soga y una polea, luego lo dejaban caer en forma violenta deteniéndose antes de que tocase el piso; ello le producía dolores agudísimos. Como parte de este tormento podía añadirse a los pies algunas pesa con lo que el dolor se hacía mucho mayor. 
Cuando el tormento podía poner en peligro la vida del reo era   suspendido inmediatamente. También se suspendía si este realizaba alguna confesión. La tortura en la Inquisición española no podía exceder una hora y cuarto de duración y sólo se empleaba en una oportunidad por el mismo motivo. Según sus causas procedían dos tipos de tormentos:

a)   Tormento in caput proprium
Era el que se empleaba para obligar a confesar al reo en lo referente a su propia causa.  
b)   Tormento in caput alienum
Era utilizado para que en reo declarase como testigo en un proceso ajeno. Solamente se empleaba cuando el reo se negaba a informar sobre los hechos que los inquisidores, por las demás pruebas que tenían reunidas, daban por seguro que aquel conocía. Para que las declaraciones realizadas por los reos bajo tormento tuviesen validez tenían que ser libremente ratificadas días después. Si el acusado se desdecía el delito no quedaba cumplidamente probado. La no ratificación del reo lo liberaba de la pena a que se hubiese hecho merecedor. Entonces los inquisidores debían obligarlo a abjurar públicamente de los errores por los que había sido infamado y sospechoso. En estos casos la pena era reducida a alguna penitencia, actuándose benignamente. Las ratificaciones se iniciaban con la lectura de las declaraciones realizadas bajo tormento por el acusado a quien los inquisidores preguntaban si era verdad lo sostenido. El tormento también podía ser aplicado cuando el reo se contradecía notoriamente en sus declaraciones o había confesado lo sufriente como para sospecharse su culpabilidad sin que su confesión fuese lo suficientemente completa como para justificar una sentencia condenatoria.”
(págs. 216-219)   


J.H. Valega nos ha dejado un testimonio su cinto, pero sustancial de lo que significó la Inquisición desde su instauración en el Perú, la descripción de las métodos e instrumentos utilizados en la tortura nos muestran a unos hombres astutos y brutales que llevaban a cabo sus actividades ignominiosas y brutales a la sombra de una ciudad invadida por todas partes de soplones que estaban al acecho de cualquier rumor, de algún comentario indiscreto, de alguna opinión fuera de lugar.

“Al Perú llegó el Santo Tribunal reformado en su procedimiento inquisitorial por el horrendo Torquemada. Una acusación, una simple denuncia, sin responsabilidad para el denunciante, o un anónimo infame, motivaba el auto, cabeza del proceso. El presunto reo, arrancado de su hogar, privado de sus papeles y fortuna, debía en el potro espantoso de la tortura, confirmar la denuncia de herejía. La inocencia a la negativa centuplicaban el tormento. Sin permitírsele la defensa, el presunto hereje, o se confesaba culpable, para escapar al dolor de la tortura, o resistía con valor el inhumano martirio. Cualquiera de los dos extremos producía el mismo resultado. Se le condenaba por hereje, convicto y confeso, o por recalcitrante o impío. La muerte, sin derramamiento de sangre, la más humanamente posible, esperaba al culpable cierto o presunto, en la hoguera purificadora de un auto de fe.
El Santo Tribunal de Lima, inaugurado el 9 de enero de 1570, por el primer inquisitor Serván de Cerezuela, no tenía jurisdicción sobre el indio, aún en el delito de herejía, único que entraba en sus funciones. Pero, muy pronto amplió sus atribuciones a las causas por blasfemias, poligamia, hechicería, vana observancia, sodomía, injurias a sus auxiliares, protesta contra su jurisdicción, y aún con los empleados que no pagaban puntualmente sus salarios. En todo caso impenetrable el proceso, impedía que el más inocente de los encausados pudiera comprobar la falsedad de la imputación.
No, para condenar con criterio actual, pero si, para exhibir la dureza pétrea de las almas de la época, – que se creía necesaria para salvar el dogma – es preciso revivir la fórmula de las terribles sentencias.
Christi Nomine invocato. Fallamos, atentos los autos y méritos del dicho proceso, indicios y sospechas que de él resultaren contra el dicho N. N. , que le debemos de condenar y condenamos a que sea puesto en cuestión de tormento –se señalaba algunas veces la calidad del tormento – en la cual mandamos esté y persevere por –se indicaba el tiempo- cuando a nos bien vista fuera, para que él diga la verdad de lo que está testificado y acusado, con protestación que le hacemos, que si en el dicho tormento muriera a fuera liciado, o se siquiera efusión de sangre o mutilación de miembro, sea a su culpa y cargo y no a la nuestra por no haber querido decir la verdad. Y, por esta nuestra sentencia, así la pronunciamos y mandamos en estos escritos y por ello, etc., etc.
Tres eran los tipos de tormento que regularmente estilaba la inquisición; a saber el de garrucha el de potro y el del fuego, por los cuales se empezaba, siendo los más duros y eficaces para obligar al reo a la confesión. Como a la agudeza de los dolores acampaban tormentos y gritos descompasados, era conducido el paciente a una pieza llamada cámara del tormento –en el edificio actual del Senado – que solía estar a un lado del edificio o sea un sótano o fin de que no se interrumpiera la quietud que en todo él reinaba, ni consternase la vecindad. Colocábase en ella el tribunal, y sentados los jueces con el secretario le preguntaba de nuevo acerca de sus delitos y si persistía negando, se procedía a la ejecución.  
Para el tormento de garrucha a polea, se colgaba un instrumento de este nombre en la techumbre por el cual pasaba una gruesa saga de cáñamo o esparto, de modo que pudiese correr. Cogían después al reo, los ministros y dejándole en paños menores le ponían los grillos a las gargantas de los pies cien libras de hierro y volviéndole los brazos a la espalda y asegurándoles con un cordel le ataban la soga por las muñecas. Teniéndole en esta disposición, lo levantaban un estado de hombre y en el ínterin le amonestaban los jueces, secamente que dijera la verdad. Se le daban, además, según eran los indicios y la gravedad del delito, hasta doce estrapadas, dejándole caer de golpe, pero de modo que ni los pies, ni la cabeza llegaban la suelo, a fin de que el cuerpo recibiese mayor sacudimiento.
En el tormento del potro, que llamaban también de agua y cordeles, estando el reo desnudo, en la forma que se ha dicho, era tendido boca arriba, sobre un caballete o anca de madera, al cual ataban los pies, las manos y la cabeza de manera que no se pudiesen revolver. En esta actitud le daban ocho garrotes en lo cuatro remos, a saber dos en los morrillos de los brazos, más arriba del codo, y dos más debajo de él, o igualmente, dos en los muslos, y otros dos en los piernas. Haciéndole además de esto, tragar siete cuartillas de agua, echándosele poco a poco, sobre una toca o cinta que le metían hasta la mitad de la boca, para que, entrando con el agua hasta el gaznate, le causase las ansias de un ahogado.
Para el tomento del fuego, ponían al reo desnudo de pies en el cepo, y bañándole las plantas con manteca de puerco, arrimaban a ellos un brasero bien encendido, con cuyo calor les iba friendo. Cuando más se quejaba del dolor, interponían una tabla entre sus pies y el brasero, mandándole que declararse, y se volvían a quitar si persistía negando. Reputábase este tormento por el más cruel de todos; pero éste como los demás se aplicaban indistintamente, a personas de uno y otro sexo, a arbitrio de los jueces, quienes debían hacerse cargo de las circunstancias del delito, y las fuerzas del delincuente              
Su duración por bula de Pablo III, no podía pasar de una hora, y si bien, en la Inquisición de Italia, no solía llegar a ella, en la España, que se ha gloriado de aventajar a todas en su celo por la e, para más obsequiarla, se prolongaba el tormento a cinco cuartas de hora. Solía suceder que el paciente, por lo intenso del dolor, quedaba sin sentido; para este caso estaba prevenido el médico el cual informaba al tribunal si el paroxismo era real o fingido, y con su dictamen, se suspendía o continuaba la ejecución.
Cuando el reo se mantenía negativo, venciendo el tormento, o cuando habiendo él confesado, no ratificaba a las 24 horas la confesión se le daba hasta tercera tortura, mediando sólo dos días de una a otra. Así, pues, hallándose aún vivo en su imaginación, la espantosa idea del pasado sufrimiento, y teniendo además, resentidos los miembros y debilitadas las fuerzas, se le exigían nuevas pruebas de su constancia de ánimo y robustez general.
Hubo cosas excepcionales de estupenda resistencia física y de magna gallardía espiritual. Entonces, las maldiciones vibraciones escapaban de los labios contraídos del paciente, y sus miradas centellantes incidían en los rostros torvos de los jueces, sin que las figuras espantosas de los ministros del Manso Galileo, conociesen el vencimiento piadoso. Lejos de sufrir el pasmo de lo grande y de lo noble, las almas frías, apagadas, yermas, de los inquisidores, agotaban los recursos de crueldad, y de refinamiento en refinamiento, llegaban por perversión espiritual, a saborear, como deleite, el infinito dolor de sus víctimas.   
Exageradamente, al revisar estas páginas luctuosas de la historia colonial, las grandes almas han sentido el horror de tanta impiedad, y han llamado hienas, sedientas de sangre, a los celosos defensores de la doctrina galilea. Pero, olvidan que la hiena, con su clásica ferocidad, no sabe del dolor de sus víctimas, y si bien siente el deleite de la sangre, no comprende las torturas que produce. Los inquisidores estaban por encima de las hienas. Formaban una categoría especial humana, sobrehumana, mejor dicho, puesto que habían arrancado de cuajo, de sus conciencias, el distintivo supremo del hombre.
No extrañará este método si se considera que, en Francia, a la caída de Napoleón, por 1815, bastaba una denuncia anónima, para perder a cualquier ciudadano. Todavía se emplea en el orden político, entre pueblos retrasados.
En ellos debió encarnarse el alma de los leones del circo romano, dentro de organismos enfermos, adecuados a su monstruosidad mental.
Para los teósofos, que admiten la reencarnación, que aceptan el karma como ley de causalidad y como principio de justicia inmanente de la vida, los inquisidores debieron ser reviviscencias de los esclavos de Nerón, que arrojaban, al circo romano, a los humildes corderos del dulce Nazareno, que venían a terminar su ciclo de ferocidad, después de dos mil años de anadipsia – sed inextinguible – de sangre humana.
Empero, si la ley de causalidad rige en el mundo espiritual, debió ser más bien la inversa. Es decir, debieron ser las almas de los cristianos, sacrificados en Roma, que volvían, a cobrar, a sus verdugos de ayer, la deuda milenaria, para conocer en toda su amplitud, el abismo que separa a la víctima del victimario.
Todavía, en nuestros días, existen encarnadas almas inquisidoras, espíritus que actúan con índice elevado de electrones, disgregados del corazón de Torquemada. Lima conservó hasta ayer, en Ate, un lugar de fortuna, para los presuntos delincuentes políticos. Y de Ate salían las conjuraciones descubiertas, para pretextar la rehabilitación de las partidas extraordinarias, agotadas, del pliego de política preventiva.
Para la época, la Inquisición sacrificaba a los menos, para salvar al conjunto. Evitaba que la tesis de Mahoma se propagara. Impedía la desarmonía social. Cumplía una divina función. Su tiranía horrenda era precisa al instante que vivía la humanidad, sin imperativos categóricos de conciencia.  
Empero, para las ciencias psíquicas, los suplicios inquisitoriales eran derivaciones de estados morbosos de la época. El profesor Malherman, en su obra “El Placer y el Dolor”, comprueba tal situación patológica, y cita las palabras del monje Francisco de Macedo, defensor metafísico del Santo Tribunal “La Inquisición se fundó en el Cielo. Dios ejerce la función de primer inquisidor y como tal castigó, la divinidad a Caín y Adán. Moisés fue mandatario de Dios, cuando hizo descender el fuego destructor sobre los hebreos, cuando caían ésto del terror inquisitorial. La religiositos en un abismo, o morían violentamente. La función del inquisidor  pasó después a San Pedro, que la ejerció con Anaria y Safira. Los papas delegaron el poder inquisitorial en Santo Domingo y en las religiosos de su orden”.
Si el indio había respondido con su misión, al primer deslumbramiento de Manco Cápac, por su filiación solar; la conciencia colonial respondió con la devoción y la fe, al nuevo deslumbramiento del terror inquisitorial. La religiosidad ande prodigiosamente como reacción defensiva de la vida. El impulso biológico, en el indio, fue limitado por el dolor de la esclavitud teocrático durante el imperio. Trabajando y obedeciendo, resolvió su problema vital. En la colonia, bastaba la fe, para asegurar la vida.”
(J.M. Valega, en “Historia de los peruanos”, Volumen 2; Ediciones Peisa –1983; págs.: 219-222)


Historia de la Inquisición,
de I. Grigulevich
Siguiendo a I. Grigulevich en su libro “Historia de la Inquisición”, podemos afirmar que por regla general, los fallos de la Inquisición fueron implacables y crueles. H.Ch. Lea en su “Historia de la Inquisición de la Edad Media” hace constar que:

“el pecado de herejía era demasiado grave para que se pudiera expiar por la contrición y enmienda. Aunque la Iglesia se declaraba dispuesta a readmitir en su seno a todos sus hijos errantes y penitentes, el transgresor tenía que recorrer un camino doloroso; sólo podía lavar su pecado con una penitencia tan severa como para probar la robustez de sus convicciones.”
(Volumen I, pág. 463)


Los castigos que la Inquisición imponía a sus patrocinado iban desde las censuras más “leves” hasta las más “humillantes”, podía también condenar a reclusión carcelaria (común severas), a galeras y, por último, excomulgan al preso y entregarlo a las autoridades seculares para que fuera quemado. Esos tipos de castigo fueron acompañados casi siempre por la flagelación del condenado y la confiscación de sus bienes. En medio de aquella confusión de apocalipsis y maldición, los hombres terminaban con la voluntad avasallada, yugulada, despojada, sometidos en cuerpo y alma a la voluntad de sus verdugos. El Concilio de Narbona, celebrado en 1244, indicó claramente a los inquisidores que no debían apiadarse de los maridos por sus mujeres, ni de las mujeres por sus mandos, ni tampoco de los padres en consideración a sus hijos desamparados; ni la edad ni dolencia podían servir de motivo para mitigar la pena. Casados en la “piedad cristiana”, la Inquisición no sólo castigaba al pecador sino también a sus hijos y descendientes, a veces hasta la tercera generación privándolos de la herencia (que la Iglesia se embolsicaba) e incluso de los derechos cívicos. Hace dos siglos, el editor que publicó el “Manual de los inquisidores”, del inquisidor español Nicolás Eymerico (segunda mitad del siglo XIV) lo comentó así:


“Es posible que algunas personas honradas y almas sensibles nos culpen de haber revelado los cuadros horripilantes escritos anteriormente. Preguntaran si el conocimiento de cosas tan repugnantes puede ser útil o agradable en modo alguno. Para prevenir los reproches, nos basta con señalar: necesitamos sacar a luz esos cuadros precisamente porque son repugnantes, para que causen espanto”.   


Para argumentar el derecho de la Inquisición a castigar a los hijos por los crímenes de sus padres. Nicolás Eymerico, expuso que:


“La compasión por los hijos del culpable de herejía, constreñidos a mendigar, no puede ablandar esa severidad, porque, en consonancia con las leyes divinas y humanas, los hijos deben ser castigados por los humores de sus padres. Los hijos de herejes, aunque sean católicos, no son una excepción de esta regla, y no se debe dejarles nada (de los bienes de sus padres), ni aun lo que les corresponde según el Derecho natural”.
(“Manual de los Inquisidores”, Nicolás Eymerico, pág. 109)


Todo un piadoso dominico, poniendo su sapiencia al servicio de la marcha de esa formidable máquina de represión, latrocinio y exterminio llamado Tribunal del Santo Oficio. Los rezos interminables, los ayunos extenuantes, las constantes donaciones para obras pías y los reiterados viajes a santos lugares eran aplicados por la Inquisición a sus víctimas en “dosis de elefante”, de suerte que el penitenciado realizaba una verdadera “hazaña de piedad” y, además de experimentar los tormentos morales, acababa por arruinarse completamente junto con su familia. Los castigos “humillantes” suponían para las víctimas de la Inquisición, aparte de las censuras mencionadas la obligación de llevar los signos de infamia, instituidos por el demoniaco Santo Domingo de Guzmán en 1208 y “perfeccionados” por inquisidores posteriores: grandes pedazos de cañamazo azafranados en forma de cruz. En España se le ponía al condenado una camisa amarilla sin mangas, en las que estaban pegadas imágenes de demonios y de lenguas ígneas hechas de tela roja, y se le calaba un gorro de payaso. Dicen que los bárbaros, los dictadores, los apetentes insaciables de conquistas y los sádicos se asemejan en su brutalidad. Gabriel Gasman, en su libro “Los campos de concentración” (2012) dice:


“Para los pocos judíos que quedarán en Alemania, las restricciones aumentarán persistentemente: con el país en guerra, los judíos alemanes quedan fuera del reparto de alimentos (diciembre de 1939) y si les obliga a poner una “J” en sus cartillas de identificación. Tienen horarios especiales para acudir a los almacenes de aprovisionamiento y se les impone en toque de queda a las 20:00 horas, amén de que se les retiran sus aparatos de radio. En setiembre de 1941 se obligara a todo judío mayor de seis años a portar la estrella de David, y la palabra judío en letras negras en la solapa de sus ropas; en otros territorios bajo autoridad nazi son obligados a llevar un brazalete blanco con la estrella de David en azul y una estrella cosida en la espalda”.
(pág. 103)    

Nicolás Eymerico.
¿Coincidencia o es que los criminales nazis aprendieron la lección sastreril de sus hermanos en crueldad? Y más adelante agrega Guzmán:

“Para diferenciar las distintas categorías de internador [en los campos de concentración], la burocracia del campo diseñó un sistema identificatorio gráfico, que constaba de un triángulo equilátero cosido en la chaqueta y en el pantalón del preso y al que se le asignaba, según su condición característica, un color determinado y en algunos casos una letra mayúscula. Además, cada reo tenía un número de registro asignado que solía estar al lado del triángulo, salvo en el campo de Auschwitz, donde dicho número les era tatuado en el antebrazo izquierdo. El color identificatorio de los prisioneros políticos era el rojo, asociándolos con claridad con el de la izquierda en general, el verde se utilizaba para los criminales, a los que se les agregaba una “S” si el individuo era considerado peligroso; el violeta identificaba a los testigos de Jehová; el negro a los asociales; el rosa a los homosexuales; el marrón a los gitanos y un triángulo amarillo o verde rodeado de un contorno negro a los que habían infringido la “Ley de la Protección de Raza”. Los judíos portaban dos triángulos que conformaban el dibujo de la estrella de David, en color amarillo. Los extranjeros, finalmente, llevaban la inicial de su país de origen sobre el triángulo correspondiente. En algunos casos, la pertinencia a más de una clasificación implicaba la incorporación de pequeñas barras de color sobre la figura del triángulo. Otras categorías de prisioneros diversificaron aún más los códigos de identificación: los llamados criminales de guerra llevaban una letra “K” sobre el triángulo, y los prisioneros en educación para el trabajo llevaban una “A” en blanco sobre un triángulo negro. Incluso había prisioneros distinguidos con un brazalete que decía tonto. Los colores y letras sirvieron, además, para que los oficiales de la SS pudieran descargar su hostilidad sobre algún detenido perteneciente a un grupo que le era especialmente hostil”.
(págs.: 111-113)


Así como los prisioneros de los campos de concentración nazi sufrían la humillación en sus vestimentas, el penitenciado de la Inquisición llevaba los signos de la infamia en casa, en la calle y en el trabajo, generalmente durante toda su vida, sustituyendo los gastados por otros nuevos. Sufría día a día las burlas e insultos con gestos e higas en señal de desprecio por parte del vecindario. Entre los castigos “ejemplares” estaba la flagelación pública. El pecador, desnudo hasta la cintura, era flagelado por un sacerdote ante una gran muchedumbre en la iglesia durante el servicio divino, así como en el curso de las procesiones religiosas donde la degradación alcanzaba su cuota máxima. Según I. Grigulevich:


“Estaba obligado [el penitenciario] a entrar una vez al mes después de la misa, semidesnudo, en las casas donde había “pecado” – es decir se había entrevistado con herejes-, para ser azotado. En muchos casos padecía esa tortura durante toda su vida. La única persona facultada para librarlo de ella, como asimismo de cualquier otra censura, era la misma que se había impuesto: el Inquisidor. Como veremos más adelante, éste accedía a hacerlo en determinadas condiciones.”
(“Historia de la Inquisición”)



Los encarcelados con cadena perpetua debían considerarse afortunados, por cuanto, para la Inquisición era una manifestación de “misericordia exclusiva”. Los tres tipos de reclusión eran: murus strietissimus, cuando se metía al recluso, aherrojado con esposas y grillos, en una celda para incomunicados; murus strictus dunus arctus el preso se encontraba solo en un calabozo, elevando grillos y, a veces, sujeto a una pared; y la reclusión carcelaria común, en celdas comunes y sin grillos. En todos los casos el único alimento era pan y agua; la cama era un brazado de paja. Se les prohibía tener contacto con el mundo exterior. Nicolás Eymerico dispuso que sólo podían visitar a los reclusos católicos celosos, pero no mujeres ni gente vulgar, porque, según él, los condenados eran propensos a reincidir en la herejía y “contaminaban” fácilmente a otros.

Muchos inquisidores se tragaron el canard, su fe en aquel hombre pernicioso e “iluminado” no podía caer en el error. Algunos presos de la Inquisición contaban con algunos medios para sobornar a sus carceleros y obtener mejores tratos; éstos se cuidaban celosamente, pues, los inquisidores los vigilaban y, cuando descubrían algún dolo, castigaban al guardián con gran severidad. A veces por falta de celdas se ponía en libertad a alguna víctima que había brindado algún servicio a la Inquisición (dinero, delación, traición, etc.), pero, siguiendo las indicaciones dadas por Inocencio IV en 1247, los inquisidores advertían al preso que a la premisa sospecha de reincidencia volvía a la chirona donde sería castigado sin piedad alguna y sin formación de causa. La vida del presidiario:


“… se encontraba en manos del tácito y misterioso juez, que podía destruirla sin escuchar al propio penitenciado y sin exponer razón alguna. Estaba sujeto constantemente a la vigilancia de la policía del Santo Oficio, compuesta de párrocos, monjes, clérigos…, a los que se ordenaba informar de cada negligencia en el cumplimiento de la pena, de cada palabra o acción sospechosa, en cuyo caso se le imponían castigos terribles como a hereje reincidente. Para un enemigo personal nada más fácil que aniquilarlo, especialmente porque el nombre del delator no se declaraba nunca. Nos compadecemos justamente de las víctimas de la hoguera y la cárcel, pero su suerte apenas si era más dura que la de muchos hombres y mujeres, objetos de la gracia hipócrita del Santo Oficio, cuya existencia pasaba a ser desde entonces una angustia interminable y desesperada.”  
(“Una historia de la Inquisición de la Edad Media”, H.Ch. Lea, pág. 497).


La Inquisición 
En el siglo XIII la Inquisición arrasaba con la casa y propiedades del hereje, pero después vieron más provechoso apropiarse de los bienes del acusado. En las colonias de ultramar los inquisidores condenaban a sus presos, como los nazis en sus campos de concentración, a trabajos forzados, haciéndolos trabajar como esclavos su monasterios, o los enviaban a España, para remar en galeras, como hacían los romanos, donde estaban sujetos con grilletes a sus asientos y a los remos, mientras el guía, con mazo en mano, marcaba el ritmo, la velocidad en que la embarcación debía surcar los mares. Después de ser detenido el sospechoso de “herejía”, la máquina voraz de sangre y latrocinio comenzaba a funcionar: se confiscaba toda pertenencia del hereje, desde lo más costosa hasta sus enseres personales; la familia quedaba sumida en la miseria, condenada a la mendicidad y el escarnio público. Las detenciones en masa de “ovejas descarriadas” y la confiscación de sus pertenencias, convertían en ruinas zonas económicas prósperas, como sucedió en Francia en el sur, a comienzos del siglo XIII. Como buenos “hijos” de Santo Domingo (el gran quemador de libros como Joseph Goebbels que mandó a la hoguera obras de Heinrich y Thomas Mann, Arnold Zweig, Bertolt Brecht, Albert Einstein, Jack London, Hellen Keller, Emile Zola, Marcel Proust, Sigmund Freud y tantos otros), los inquisidores respaldados por el Santo Oficio, cumplían la labor de expoliación con una maestría que pondría celoso al ladrón más avezado…


“Por cierto, sería injusto decir que la codicia y el ansia de saquear fueron los motivos principales de la Inquisición, pero es imposible negar que esas pasiones ruines desempeñaron un papel notable… Todos los empeñados en la persecución se ocuparon siempre de sus beneficios. Sin multas y confiscaciones, la Inquisición no hubiera podido seguir existiendo después de la primera explosión de fanatismo que la había originado. Sólo había podido subsistir durante una sola generación, luego había desaparecido para renacer nuevamente con un nuevo recrudecimiento de la herejía. Es posible que sin una persecución larga y sistemática el catarismo no hubiera sido extirpado completamente. Pero en virtud de las leyes de confiscación, los herejes fueron constreñidos a proporcionar los medios para su propia destrucción. La codicia y el fanatismo se juntaron por espacio de un siglo entero e impulsaron poderosamente una persecución feroz, continua e implacable, que al fin y al cabo realizó sin propósito principal”
(Ibíd, H.Ch – Lea, págs.: 532-533) 


En esto de rapiñar los nazis fueron más honestos, pues, no ocultaban sus intenciones y las justificaban; eran tiempos de guerra y esto les daba la razón. Algo así como, te comprendo, pero no lo justifico. He aquí un extracto de un discurso de Hernann Goering, que sin ser reitre o lansquenete como otros jerarcas nazis, se anotó 22 victorias en combate durante la Primera Guerra Mundial:


“Continuamente vencemos, de una victoria a otra, pero el pueblo se reirá de nosotros, pues, ¿dónde está para él las ventajas de estas victorias? He olvidado un país, porque allí, aparte del pecado no hay nada que sacar. Es noruega. De Francia asegura que todavía no está cultivada hasta el máximo. Francia puede ser aún mucho más fértil si los paisanos de allí son obligados a trabajar más. Además, en esta Francia la población se harta de comer que comer que es una vergüenza. He visto pueblos donde todo el mundo iba con sus largos panes blancos debajo del brazo. En los pueblos donde todo el mundo iba con sus largos flancos debajo del brazo. En los pueblos pequeños he visto cestos de naranjas y dátiles frescos del norte de África. Ayer alguien dijo: “Es cierto. La alimentación normal en estas zonas se adquiere en el mercado negro. Los víveres que se nos entrega oficialmente no son más que un complemento. Sólo de este modo, la gente en Francia puede estar tan alegre. Si no, no lo estarían”. Pero no se trata sólo de los alimentos. Ya lo he expresado otras veces; yo considero a toda Francia como territorio conquistado. En otros tiempos parece que el asunto era relativamente más simple. Entonces el conquistador podía saquear las ciudades tomadas. Se tenía el derecho de quitar lo que se conquistaba. Ahora las formas se han vuelto más humanas. Pero a pesar de todo, yo pienso saquear y, además, considerablemente. Enviaré un número de fiscalizadores, con poderes extraordinarios, tanto a Holanda y Bélgica como a Francia, los cuales tendrán tiempo hasta Navidad para acopiar más o menos todo lo que hay allí en las bonitas tiendas y almacenes. Además, han de perseguir como perros rastreros todo lo que pueda ser útil para el pueblo alemán. Todo tendrá que salir, con la rapidez del estómago, de los almacenes para ser trasladados hacia aquí. Repetidas veces, cuando se ha pedido mi parecer, he dicho: Los soldados pueden coger lo que quieran, tanto como quieran, todo lo que puedan llevar consigo”.
(Hermann Goeringante sus delegados económicos, citado en “Grandes guerras de nuestro tiempo”, Kurt Zentner, Editorial Bruguera, 1980, Volumen 3; pág. 468-469).

     
Experto en saquear los museos de Europa durante el auge del nazismo, Hermann Goering (Ministro del Aire del Reich y con funciones de presidente del Reichstag y ministro del Interior de Prusia, fue nombrado –por Hindenburg – General de Infantería el mes de agosto de 1933; será promovido a Gran Mariscal en 1938, y en julio de 1940, a Mariscal del Reich) se adueñó de toda pintura y escultura que fuera de su gusto.

Trenes cargados con vagones llenos de obras de arte salían de las capitales europeas a engrosar la colección y fortuna del Gran Mariscal. Goering, como vemos en su discurso, no se iba con remilgo, carecía el “pobre Goering” de la delicadeza y finura de Papas, Cardenales, Obispos y un largo etcétera de atracadores religiosos si colocáramos a Goering y a su Papa en la Calavera franqueando a Jesucristo, de hecho al Papa le tocaría el papel de Dimas y Goering el de gestas.

Tanta piedad y tanto amor al prójimo por parte de la Iglesia Católica nos conmueve hasta las heces. Estos defensores de la Inquisición tienen la flema del obispo, la conchudez del Cardenal y el cinismo del Papa para hacerse el desentendido. El historiador I. Grigulevich, en su “Historia de la Inquisición”, Editorial Progreso, 1980), nos presenta un panorama esclarecedor sobre los métodos de tortura que deberíamos tener en cuenta. Dice Grigulevich que los inquisidores, al ver que las persuasiones, amenazas y astucias no podrían quebrantar a un acusado, recurrían a la violencia, a las torturas, partiendo de que el dolor físico ilustra la razón mucho mejor que los sufrimientos morales. El hecho de que la Inquisición empleara torturas durante varios siglos y en muchos países, es un claro índice de la incapacidad de la Iglesia de imponer a sus adversarios ideológicos por los métodos puramente teológicos, por la fuerza de la convicción y no de la coerción. Aunque los clérigos torturaban a los sospechosos de herejía ya antes de que se establecieran los tribunales inquisitorios, el Papa Inocencio IV dio fuerza legal a la tortura; en su bula Ad extirpanda prescribió “obligar por la fuerza, sin mutilaciones y sin poner en peligro la vida, a todos los herejes apresados como destructores y asesinos de almas y ladrones de sacramentos y creencias cristianas a que confiesen con la máxima claridad sus errores y denunciaron a otros herejes, creyentes y sus defensores, por ellos conocidos, al modo como los ladrones y saqueadores de cosas mundanas son constreñidos a revelar a sus cómplices y a reconocer los crímenes perpetuados” (A.C. Shannon. “Los Papas y los herejes”). ¡Tanta solicitud paternal por el pecador conmueve! Conviene, en este punto, manifestar que el cristianismo ha sido desgarrado siempre por contradicciones violentas; este es uno de sus rasgos específicos. En el periodo inicial, aquellas tuvieron la forma de pugna encarnizada entre tendencias diversas; después se manifestaron en la lucha entre la corriente dominante, encabezada por la cúspide clerical, y un sinnúmero de corrientes oposicionistas acordes con los estados de ánimo de las masas desheredadas, que impugnaron el acierto y la “piedad” de esa cúspide y fueron tildadas por ella de ilegales y heréticas. Al enlazar su suerte con las clases espectadoras de la sociedad y su Estado, la Iglesia dio al traste con el sueño de los cristianos primitivos, que ansiaban instalar el “reino divino” en la Tierra; acabo por consagrar la desigualdad social y exhortó a los delincuentes y oprimidos a conformarse con su situación, prometiéndoles que serían recompensados en la vida de ultratumba. En ello reside uno de los orígenes más importantes de las variadísimas herejías cristianas surgidas en el curso de los siglos para restar el prestigio y la potestad de la Iglesia y el régimen social explotador santificado por la misma. De ahí que la herejía siga en todo momento a la Iglesia, como si fuera su sombra, a lo largo de su historia. La herejía es multifacética e indestructible. No se deja eliminar por las persuasiones, ni por las amenazas, exorcismos o excomulgaciones, resiste al acero que mutila y al fuego de la hoguera. La intolerancia religiosa surgió junto con las primeras comunidades cristianas en medio de la lucha que ellas sostuvieron entre sí por ganar adeptos y de la que libraron por el derecho a la subsistencia en el Estado romano. La lucha intestina en la cristiandad primitiva se reflejó en el Nuevo Testamento. Las primeras comunidades cristianas creyeron en el advenimiento inmediato del “Reino de Dios” en la Tierra. “En verdad os digo que hay aquí algunos que no han de morir antes que vean al Hijo del Hombre aparecer en el esplendor de su reino” (San Mateo, cap. 16, verso 28). Es fácil imaginarse qué entusiasmo impulso de energía y fanatismo provocaban semejantes promesas alentadoras entre los cristianos. Pasaron años y decenios, se sucedieron las generaciones de cristianos, sin que aquellas personas se hicieran realidad. El “reino milenario” tardaba en llegar. Los creyentes asediaban a sus predicadores pidiendo les explicaran cuando llegaría.  

La Biblia, los sacerdotes se creían
los únicos que podían interpretar la
Palabra de Dios y Jesucristo, por lo cual
no era bien visto que la gente leyera este
libro sagrado y le diera una interpretación
libre.
En respuesta a juzgar, oían lo siguiente: “No os corresponde a vosotros el saber los tiempos y momentos que el Padre puso en su sola potestad, pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” (Hechos de los Apóstoles, cap. 1, versos 7 y 8). Pero los descontentos no se daban por satisfechos con semejantes explicación. Los jefes de las comunidades cristianas se valían de todos los medios a su disposición para desembarazarse de esos “murmuradores”, alegando los pasajes correspondientes del Nuevo Testamento. Jesucristo dice a los incrédulos y desobedientes: “El que no permanece en mí, será echado fuera como el sarmiento inútil y se secará, y le tomarán y arrojarán al fuego y arderá. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.” (San Juan, cap. 15, versos 6 al 8). Este pasaje fue el caballo de batalla de los inquisidores, para justificar las hogueras en que culminaban los autos de fe. Los apóstoles se muestran igualmente intolerantes para con los heterodoxos. San Pedro, en su Segunda Epístola amenaza con castigos feroces a los descontentos (esto lo invocaban también los inquisidores para justificar sus actos criminales). Dice San Pedro, como si previera el carácter violento de la futura lucha entre las variadas corrientes cristianas: “Verdad es que hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aún negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme. Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio;…” (Segunda Epístola de San Pedro, cap. 2, versos 1 al 4)

Pedro advierte que Dios castigará a los herejes de la misma manera implacable como castigó a los ángeles caídos, “y mayormente a aquellas que para satisfacer sus impuros deseos, siguen la concupiscencia de la carne y desprecian las potestades; osados, pagados de sí mismos, que blasfemando no temen sembrar herejías” (Ibíd., cap. 2, verso 10). Al referirse a esos individuos, el “santo” no tiene escrúpulos en usar expresiones “agudas”, asemejándolos a los perros que se vuelven a comer lo que vomitaron y a las marranas que se revuelcan en él cierro. “Estos tales son fuentes sin agua y tinieblas agitadas por torbellinos que se mueven a todas partes, para los cuales está reservado el abismo de las tinieblas” (Ibíd.; cap. 2, verso 17). Asombra ver que en este santo enfurecido no asoma ni un ápice de mansedumbre cristiana, más bien parece un cosaco rabioso de las hordas guerreras de Taras Bulba. Otro que no se queda atrás es San Judas, manifestaciones análogas a las de Pedro dirigidas contra los que “murmuran” y “blasfeman”, figuran en su breve prontuario. Se atribuye a San Judas una de las epístolas canónicas, que tiene muchos rasgos comunes con la segunda epístola de San Pedro. No está dirigida a ninguna persona ni iglesia particular y exhorta a los cristianos a “luchar valientemente por la fe que ha sido dada a los santos. Porque algunos en el secreto de su corazón ron… hombres impíos, que convierten la gracia de nuestro Señor Dios en ocasión de riña y niegan al único soberano regulador, nuestro Señor Jesucristo” (Vidas de los Santos de Butler, 1964). Después de recodar como Dios aniquiló a sangre y fuego a los desobedientes en el Antiguo Testamento, San Judas amenaza que lo mismo ocurrirá a quienes manchan también su carne, menosprecian la dominación y blasfeman contra la majestad: “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación… Mas quiero recordaros, ya que una vez lo habéis sabido, que el Señor habiendo salvado al pueblo sacándolo de Egipto, después destruyó a los que no creyeron ya los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día; como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno. No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores… Pero estos blasfeman de cuantas cosas no conocen se corrompen como animales irracionales. ¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balaam, y perecieron en la contradicción de Coré. Estos son manchas en vuestros ágapes, que comiendo impúdicamente con vosotros se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados; fieras ondas del mar, que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservado eternamente la oscuridad de las tinieblas. De estos también profetizó Enoc, sétimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él” (Epístola Católica de San Judas, versos 4 al 15)

No menos severo para con los heterodoxos se muestra el apóstol Pablo, quien luego de saludar a todos los hermanos de las iglesias de Galacia, dice a los gálatas: “Estoy maravillado de que tan pronto os hagáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Más si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Epístola de San Pablo a los Gálatas, cap. 1, versos 6 al 10). Dirigiéndose a Timoteo, verdadero hijo en la fe y a quien rogó que se quedase en Éfeso cuando él se fue a Macedonia, Pablo se pone a vituperar a los “diabólicos”: “Pero el espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse y mandaran abstenerse de alimentos que Dios creo para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque la palabra de Dios y por la oración es santificado” (Epístola Primera de San Pablo Timoteo, cap. 4, versos 1 al 5). Los mismos motivos de intolerancia resuenan con mayor vigor aún, con más malignidad en la segunda carta de Pablo a Timoteo. Pablo pide a Timoteo que predique con entereza la palabra de Dios porque aún él, Pablo, se ha sentido en algunos momentos víctima de los falsos maestros: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque había hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negaran la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las caras y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad (…) te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina porque vendrá tiempo, cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonaran maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad  el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú se sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” (Nuevo Testamento. Epístola Segunda de San Pablo a Timoteo, cap. 3, versos 1 al 7 y cap. 4, versos 1 al 8).

Miguel Servet, abatido por
la Santa Inquisición.
Pablo murió el año 67 d.C., posiblemente en Roma. Algunos críticos consideran que fue ejecutado durante la persecución de Nerón, sucedida en el año 64. Es correcto que cada uno tenga sus ideas y se les respete, pero también que se respete las ideas de los otros así no concuerden con las nuestras. Creerse dueño de la “verdad” y negar la “verdad” que tienen los otros y, más aún, recurrir a la tortura y al crimen para acallar veces, eso no es humano. Y la Iglesia Católica, con su Inquisición como arma criminal, ha cometido durante muchos siglos una tarea de iniquidad que pone los pelos de punta ¿A qué aparato represor se tuvo que enfrentar Juan Hus, Jerónimo de Praga, Giordano Bruno, Juana de Arco, o Miguel Servet? La lista de los hombres de ciencia o arte que fueron considerados Herejes por no comulgar o poner en duda las palabras de los “doctos” de la Iglesia es tan interminable como los intelectuales enemigos y perseguidos por el nazismo, solo cambian los nombres cuando hablamos de asesinos nazis o inquisidores, la pátina de crueles, perversos, corrompidos es la misma. De estas iniquidades nos habla I. Grigulevich en su “Historia de la Inquisición” y también H.Ch. Lea, “Una historia de la Inquisición en la Edad Media”, B. Llorca, “La Inquisición en España”; F. Hayward, “La Inquisición”, S.G. Lozinski, “Historia del papado” y, sobre todo, en ese libro perverso y sádico, que sólo el intelecto retorcido de sus autores pudo componer: “El Martillo de las brujas”, de Jakob Sprenger y Heinrich Krames (también conocido por su nombre latino, Henricus Institoris). Recojamos algunos brezos encendidos del asador:


“Los inquisidores se sentían igualmente exacerbado cuando un acusado   hacía bajo tortura declaraciones exigidas, pero se negaba luego a confirmarlas “voluntariamente”. Se consideraba que ese recalcitrante había “reincidido en el error”, y por esta razón se le daban nuevos tormentos crueles con el fin de conseguir que “abjurara de su abjuración”.          
(“Historia de la Inquisición”, I. Grigulevich)


“Muchos, pero no todos: por regla general, en auto más seria en la acusación, tanto mayor trabajo costaba a los inquisidores obtener la confesión. Además, los inquisidores exigían la entrega de los cómplices, la abjuración de los “errores pecaminosos” y la reconciliación con la Iglesia. Para lograrlo, se requerían esfuerzos aún mayores. Al concluir que las persuasiones, amenazas y astucias no podían quebrantar a un acusado, recurrían a la violencia, a las torturas, pariendo de que el dolor físico ilustra la razón mucho mejor que los sufrimientos morales”.    
(Ibíd., I. Grigulevich)  


“El Santo Oficio pretendía ser el tribunal más clemente de todos porque sus fines eran la administración de una justicia rígida y automática, sino la reconciliación del delincuente. Confesarse culpable con el Santo Oficio era obtener perdón; ¿De qué otro tribunal se podía decir eso? El Inquisidor era tanto padre confesor como juez, que pretendía no una condenación, sino acabar con un extravío y devolver al rebaño la oveja descarriada. Por esto se instaba constantemente al acusado a que recordase la diferencia fundamental entre la Inquisición y los tribunales ordinarios, y que su finalidad no era el castigo del cuerpo, sino la salvación del alma y por lo mismo se le imprecaba a que tratara de salvarse por medio de la confesión”.
(Inquisición y ciencia en la España moderna”, Guillermo Folch)   


“Que tales artes son heréticas y prohibidas por toda ley divina y humana (supersticiones), resulta de su simple enumeración. Invocar al demonio con uno y otro fin, en una u otra manera, constituye un verdadero acto de apostasía, aunque el demonio no conteste, como suele suceder. El error astrológico, por lo que cita el libre albedrío a los influjos planetarios, es fatalismo puro, y del mismo o semejante yerro adolecen todos los medios divinatorios. Finalmente, las supersticiones de cualquier linaje se oponen tanto a la verdadera creencia como las tinieblas a la luz. Por eso cuantos autores han tratado de magos y nigromantes, los consideran ipso facto herejía, y fray Alfonso de Castro, en el tratado “De justa haereticorum punitione” (lib. I, caps. XIII, XIV, XV y XVI), decláralos sujetos a las mismas penas espirituales y temporales, haciendo sólo alguna excepción en favor de los Sortilegios y augures que no mezclan en sus prácticas invocaciones al demonio. Realmente, superstición no es herejía formal, pero sapit haeresim, y entra, por tanto, en los lindes de la heterodoxia.
(“Historia de las heteroxos españoles”, Marcelino Menéndez y Pelayo)



[¿A la verdadera creencia, don Marcelino? ¿A la suya porque usted así lo quiere? Huelgan los comentarios.] G.D.


“Sin embargo, un médico examinaba regularmente a los detenidos. Estaba previsto un presupuesto suficiente que garantizara una nutrición decente a los prisioneros: pan, vino, leche y carne. Podía obtenerse que algunos prisioneros gozaran de determinados regímenes alimenticios, y los parientes podían hacer llegar al inculpado una comida más refinada y abundante. El detenido tenía con qué escribir para preparar su defensa y entretener sus ocios.
(“La Inquisición”, Guy Testas y Jean Testas)


[Los “momentos” de ocio en muchos casos eran interminables meses o hasta años de reclusión, donde el confinado perdía a veces la noción del tiempo] G.D.


“Respondiendo a un curaca por lo Ídolos que adoraban en su pueblo, me respondió con gran disimulo y sosiego: no te admires Padre, ni te enojes, que mi cura también es idolatría. Qué dices Indio (le pregunté) ¿Tu cura es idólatra? Si Padre (me respondió) Ídolos tiene que está adorando de día, y de noche, que son sus patacones [antigua moneda de plata de una onza], en los cuales está Idolatrando”.


[De una carta del P. Francisco Patiño, de la Compañía de Jesús, al arzobispo Pedro de Villagómez. 14 de octubre de 1648; citado por Juan Carlos García Cabrera en su libro “Ofensas a Dios, pleitos e injurias”, causas de idolatrías y hechicerías, Cajatambo, siglos XVII-XIX]



Juana de Arco, quemada
en la hoguera por la Inquisición.
[El apego de los religiosos al dinero es muy común en muchas religiones; en la Iglesia Católica llega a extremos descomunales. Las riquezas del vaticano darían que envidiar a los banqueros judíos o a los magnates del petróleo en el Medio Oriente. El actual papa Francisco está furioso con la extravagante vida de lujos que llevan destacados miembros de la curia, entre los cuales sobresale el cardenal Tarcisio Bertone, uno de los más ranqueados mafiosos de la Casa de San Pedro quien estrenó no hace mucho estrenó un departamento de lujo de 700 metros cuadrados, donde es atendido por tres monjas. El machismo eterno] G.D.


“La Inquisición procuró echar un velo de misterio sobre todos sus crímenes. Los servidores del Santo Oficio se comprometían rigurosamente a guardar los secretos del mismo, e imponían silencio a sus víctimas. Si un pecador reconciliado con la Iglesia, que estaba en libertad después de cumplir su pena, empezaba a decir que lo habían hecho arrepentirse por la violencia, las torturas y otros medios similares, se le podía declarar hereje reincidente y por esta razón excomulgado y llevarlo a la hoguera.”
(Ibíd.; I. Grigulevich)


[Qué cristiana manera de silenciar sus crímenes] G.D.


“Para que se acabe la mala costa de los maestros y ministros de la idolatría, o por lo menos no haya tantos, el único remedio es la reclusión de Santa Cruz, que la temen grandemente, más de 14,000 pesos están gastados hasta hoy en ella, porque el Señor Virrey, príncipe de Esquilache, me cometió el hacer la planta de ella y dar calor a la obra. Y habrá de ser necesarios en cada obispado hace otra, pues con buena traza no será dificultoso el sustentarlos, y donde no hubiese casa donde estén reclusos, se podían repartir en los conventos de religiosos y hospitales y en otras casas de gente pía, donde les guarden, enseñen y sustenten. El quedar estos viejos en sus pueblos es el mayor daño y la principal causa de sus errores. Y ya que no es posible sacarlos todos, porque son muchos, con que vengan los principales de cada pueblo los demás quedan escarmentados. Y es bien que queden señalados para ser conocidos y que los hagan acudir siempre a la doctrina con los muchachos y que se asienten con ellos en las iglesias, porque así los vengan a tener en poco común del pueblo. Y sobre todo importa que los que reincidieron sean muy bien castigados.”
(Pablo José de Arriaga (1564-1622), Los medios para desarraigar la idolatría (1621), citado en “La utopía posible”, Volumen I; Manuel M. Marzal)


[El látigo en ristre siempre, golpe, azote, para martirizar, para devolver al rebaño a la oveja descarriada, así sea un “indio bruto, borracho y supersticioso”. Conventos y obispados, asilos donde los curas holgazanes y parásito vivían, por lo que se ve, en holgados alojamientos, de tal manera que había mucho espacio para encarcelar “idólatras”. ¿Idólatras? La DRAE define así la palabra: IDÓLATRA… que adora ídolos. ÍDOLO. Imagen de una deidad, adorada como si fuera la divinidad misma. IDALATRÍA.- Adoración que se da a los ídolos. Nos cabe la pregunta: ¿Rezar a un crucifijo o a un santo de yeso no e también idolatría?] G.D.


“Antes de pasar a su víctima a manos del verdugo, el inquisidor le leía la “advertencia” siguiente: “Nosotros, fulano de tal, inquisidor por la gracia de Dios, habiendo estudiado atentamente los expedientes de la causa seguida a vosotros y viendo que os contradecís en vuestras respuestas y que existen pruebas suficientes de vuestra culpa, deseando oír la verdad por vuestra propia boca y para que dejen de cansarse los oídos de vuestros jueces, disponemos, declaramos y decidimos someteros a tortura en tal día y a tal hora.”
(“El manual del inquisidor”)


[Un hombre hecho prisionero de improviso, sacado de su apacible vida cotidiana y encerrado injustamente por sus creencias, opiniones o criterios – mal dormido y mal alimentado la mayoría de las veces - , aterrorizado por saber a qué tipo de organismo criminal se enfrentaba, sometido a largos interrogatorios por mi inquisidor en presencia de dos religiosos y de un notario, atemorizado por no saber si con sus respuestas lograba complacer a sus captores, ¿podía no caer, dadas las circunstancias, en contradicciones?             
                         
“Sin consultar con nadie  [los inquisidores españoles] encarcelaron injustamente a muchos, los sometieron a duros tormentos, los declararon herejes sin suficiente fundamento y despojaron de sus bienes a los que habían sido condenados a la última pena, hasta tal punto que muchísimos de entre ellos aterrorizados por tal rigor lograsen escaparse y andan dispersos por todas partes y no pocos acudieron a la Santa Sede con el fin de escapar de tamaña opresión haciendo propuesta de que son verdaderos cristianos.”
(fragmento de una carta del papa Sixto IV a los Reyes Católicos de España, fechada el 29 de enero de 1482)

[Sexto IV se quejó ante los Reyes Católicos en reiteradas oportunidades por las continuas denuncias que recibía de los cristianos nuevos por los distingos que se establecían en España entre ellos y los denominados cristianos viejos, en perjuicio de los primeros] G.D.

“En el nombre de Torquemada está vinculada la leyenda del fanatismo y de la intransigencia española, que son no precisamente virtudes de abolengo civil. La intolerancia y la crueldad inquisitoriales, vista a través del clisé del siglo XIX, están personificadas en el prior de Santa Cruz de Segovia (Torquemada). Durante cuatro siglos, la propaganda antiespañola, la extrajera y los liberales españoles, encarnan en Tomás de Torquemada la solera de todo lo antihumano. Un complejo de dureza pétrea y de inhumanidad. Una mentalidad de fraile astuto, con todos los instintos de la represión cruel y de los métodos repulsivos y criminales. Se servía, así, a una política de escándalos y de maledicencias; a unos intereses europeos, donde se conjugaban todos los odios contra la Iglesia y contra España. Los resentimientos aldeanos de cierta casta de españoles crean esa mitología, que tiene por base una erudición y una literatura panfletarias. Entre esos mitos figura Torquemada, un monumento semoviente de crueldad y de rapacidad. Sin embargo, la verdad es todo lo contrario. No existe un documento fidedigno donde puedan sustentarse interpretaciones de esa índole. El colaborador de los Reyes Católicos es un observante fraile dominico, prior del convento de Santa Cruz de Segovia. No era un fanático ni un intransigente. Era un hombre recio y sano, exponente de una edad eminentemente cristiana, donde todo el mundo creía y, por consiguiente, donde no tenía vigencia la heterodoxia, condenada por todas las leyes civiles de la sociedad, que buscaba su equilibrio en la unidad dogmática. Cuando se le nombra inquisidor España se encuentra en pleno periodo de reconstitución. El desacuerdo entre la aljama, la sinagoga y la Iglesia romana hacía imposible la convivencia y dificultaba la obra orgánica de los Reyes Católicos.”
(“La Inquisición española”, Miguel De la Pinta Llorente)


Torquemada, ideólogo de la
Inquisición en España.
[Vayamos por partes. Cuando Torquemada ingresó en la Orden dominicana a la edad de catorce años está fuera de duda que su única ambición era imitar la vida de Jesucristo. Con el pasar de los años se vio que Torquemada no era un hombre con el que fuera posible la amistad. Su rectitud, su ascetismo arrogante y la estrechez de sus puntos de vista lo apartaban de sus semejantes y trazaban a su alrededor un círculo invisible que nadie podía atravesar. Sus continuas mortificaciones de la carne habían creado en él el desagrado por las vanidades y las pequeñeces de sus iguales. No había punto de contacto entre la mundanidad de ellos y su propia espiritualidad. Su única sumisión a las pasiones humanas consistía en su amor a la arquitectura y la pintura, pero no la podía compartir con los cortesanos, únicamente podía entregarse a él en compañía de los humildes albañiles y artífices que realizaban sus planes. Tomás Torquemada, considerado como artífice autentico e ideólogo de la Inquisición española, encabezó el tribunal inquisitorial durante los 18 primeros años de su existencia. Como cabeza de un gran cuerpo religioso con poderes ilimitados para detener, encarcelar y ejecutar, en un país cuyo celo religioso había aumentado en intensidad con la larga lucha a brazo partido con los moros, gozaba de una posición que llegaba a constituir una dictadura espiritual. Nadie, por rico, por poderoso, por altamente nacido que fuese, podía esperar resistírsele. Ninguna comunidad, como lo indica claramente la historia de la Inquisición en Aragón, podía escapar a su dominio. Después del Rey y de la Reina, él era la más alta autoridad de España. Era un fanático que veía el objetivo fundamental de su vida en el exterminio de los marranos (Aplicábase este término al converso que judaizaba ocultamente), convencido de que eran apóstatas. La apostasía difería de la herejía en que era más secreta y resultaba más difícil seguir sus rastros. Un hereje reconocía generalmente sus doctrinas perniciosas quizá demasiado francamente. Un cristiano nuevo apóstata cuidaba excesivamente de ocultar su apostasía. La apostasía era el abandono total de la fe católica para profesar otra religión: el judaísmo, el islamismo, el protestantismo, etc. Este delito incluía a las personas que abandonaban el estado clerical o monástico, en cuyo caso se denominaba apostasía de las religiones; aquellas, a su vez, devenían en sospechosas de herejías. Contra lo que nos imaginamos comúnmente el Santo Oficio no juzgaba judíos, musulmanes o gentes de otras religiones, salvo que pudieran ser potencialmente “rentables” a la Corona española en lo económico. La Inquisición procesaba a católicos, libremente bautizados como tales, que renegando la fe retornaban a sus cultos o elevaban un catolicismo aparente pero en realidad eran seguidores de otra religión. Antes de la existencia del Santo Oficio los apóstatas eran sancionados por las autoridades civiles con pena de muerte por hoguera, lapidación o decapitación así como con la confiscación de sus bienes. La apostasía también era castigada con la misma sanción en el derecho musulmán. La crueldad de Torquemada, su perfidia, su espíritu de venganza y energía colosal, apoyados por la confianza que tenían en él Isabel y Fernando, lo colocaron en posición de verdadero dictador de España. Infundía pavor no sólo a sus  víctimas, sino también a sus partidarios y admiradores, porque en calidad de “inquisidor ideal” pudo sospechar de herejía incluso a un católico de los más ortodoxos, hacerlo declararse culpable y lanzarlo a la hoguera. La Inquisición era una de las empresas más lucrativas de la corona portuguesa. Si se toman como punto de referencia únicamente las sumas pagadas por los «cristianos nuevos» para comprar el cese temporal de la persecución, se evidencia que la actividad inquisitorial proporcionó a los monarcas portugueses ganancias fabulosas. En 1577, los «cristianos nuevos» lograron que el rey Sebastián les permitiera, por 225,000 cruzados, salir para las colonias ultramarinas de Portugal, tal como lo certifica M. Acosta Saignes en su “Historia de los portugueses en Venezuela” (Caracas, 1959). En el mismo año le pagaron 250,000 cruzados más, para que prohibiera a la Inquisición confiscar los bienes durante el decenio siguiente. Pero ese rey, que llevaba también el título de cardenal, se retractó de sus promesas al cabo de dos años, sin devolver, llevado por su “Divina ambición», el dinero cobrado. En 1605, los «cristianos nuevos” entregaron a la corona 1'700,000 cruzados – suma astronómica para aquellos tiempos – a cambio de la promesa, garantizada por el Papa, de no imputarles los «delitos» pretéritos ganando de este modo una tregua de corta duración. En 1649 “ofrendaron” 1'250,000 cruzados a la compañía real de comercio con el Brasil y se salvaron así del establecimiento de la Inquisición en ese país.

La Inquisición como amenaza permanente hizo que muchos creyentes en el Perú donaran cuantiosas fortunas a la Iglesia, asegurándose así una “fidelidad absoluta” a su religión y evitar caer en manos de aquellos consumados técnicos del exterminio. La caza del hombre y la tortura reinaba en el ambiente limeño; y el poder diabólico de los inquisidores perseguía a los “herejes” hasta en sus tumbas. Sabían que esa maquiavélica institución, ahíta de sangre y de muerte, no permitía apelación alguna ante cualquier cobarde acusación anónima. Un riguroso estudio del historiador J. M. Valega nos habla de estas “santas y voluntarias donaciones” y de la acumulación de riquezas en propiedades y otros ingresos que tuvo la Iglesia Católica experta en ratear a gran escala.


“Luego, el dolor de creer fue la limitación al impulso de vivir. De ahí la soberana función de la iglesia, en la sociología.
Por eso, la devoción se exteriorizó, en forma sorprendente, con las donaciones valiosas a las iglesias y conventos. Los más poderosos, los que más tenían que perder, con una posible denuncia malvada, fueron los que enriquecieron los templos coloniales. El lujo y la pompa, que éstos ostentaban, ante los ojos maravillosos de los fieles, eran las ofrendas de fe devoción de los creyentes. De aquellos creyentes que, o aseguraban su y tranquilidad, con el salvoconducto de la limosna, o conquistaban un voto favorable para el ascenso en la eternidad, con la sinceridad de su óbolo.
Los que de palabra, se decían cristianos, en sus obras no lo eran. Los curas, vueltos mercaderes, labriegos, industriales, oficios con que se enriquecían. Menester era recordarles lo que los Pontífices y los Concilios disponían acerca de la honestidad de los eclesiásticos». –Montalvo - “El Sol del Nuevo Mundo”. –Roma, 1683.
Los testamentos de la época acusan palmariamente, la preponderancia religiosa durante el coloniaje, preponderancia que perdura por largo tiempo.
Por eso, también, la conquista de prosélitos por la iglesia, hubo de ser valiosa en el Perú. Los conventos de frailes y monjas, que se fundaban en crecido número, bien dotados de rentas por los fieles; y los trenticuatro templos erigidos sólo en Lima, con el concurso de particulares, acreditan el fervor religioso de la colonia. Y era también natural, que el espíritu místico encontrara devotos notables, que llegaron a ocupar sitio preferente en el santoral cristiano. Entre ellos, los principales, fueron: Santo Toribio de Mogrovejo, célebre arzobispo de Lima; Francisco Solano, guardián del convento de los Descalzos; Fray Martín de Porres, el primer negro canonizado, y el espíritu inmaculado de Rosa, la Santa de Lima.
Recuérdese el caso de Lucía de la Guerra de la Daga, que trae la obra “La mujer a través de los siglos” de Elvira García y García, quien para fundar el monasterio de Santa Catalina, donó 140,421 pesos por el año 1620.
La renta producida por los diezmos y primicias, que pagaban los agricultores y ganaderos de la colonia, para el servicio de los conventos y parroquias del Perú, acrecentada con las bulas, licencias de oratorios, derechos parroquiales, etc., recibe muy pronto gran incremento, con las donaciones, legados y limosnas que la piedad social dobla a las comunidades religiosas. Así lo comprueba la renta de quinientos sesenta mil pesos a que ascienden los ingresos de los 143 monasterios y conventos que existían en el virreinato del Perú.
Hemos de comprobar en los días republicanos, la gran riqueza rustica y urbana que adquirió el Perú, con la expulsión de los jesuitas, al confiscárseles sus bienes. Riqueza que se pierde, en gran parte, como lo veremos, por incuria oficial y por ventas premiosas en horas de revoluciones políticas.
Un inventario practicado en 1815, en Lima, de la riqueza de la Iglesia arrojó estas cifras elocuentes, con referencias solamente, a la Iglesia de Sto. Domingo. Custodia: 1,300 diamantes; 1,029 esmeraldas; 522 rubíes; 121 perlas grandes; 45 amatistas y 2 topacios.”
En Lima, solamente, existían “66 templos – dice Patrón – entre parroquias, conventos de religiosos, monasterios de monjas, beaterios, casas de ejercicios, capillas, etc. Lima, la ciudad piadosa por excelencia, tenía más templos que paseos, que escuelas, en una palabra, eran más aquellos que todos los edificios públicos reunidos”.
Los monasterios de monjas, con su población habitual de madres, novicias, donadas, mandaderas, criadas seglares y personas de piso, que gozaban de puerta franca, eran, en realidad, unos pequeños pueblos; tanto aumentaron las enclaustradas, que llegó su número a: 287 en la Encarnación, fundada en 1558, por la Portocarrero y la viuda de Girón.
2,000 en la Concepción, establecido en 1573, por la Rivera. 630 en Santa Clara, creada en 1604 por Saldaña y Sto. Toribio; 400 en Sta. Catalina, instituido por Juan Robles, hacia 1620, a más 400 y 140 en la Descalzas y Trinitarias, y así, por este estilo, en las Nazarenas, Capuchinas, de Jesús María y Sta. Rosa, etc.”.
Por tanto, en cifras redondas, el quince por ciento de la población de Lima, pertenecía al campo religioso.
“Los jesuitas poseían en 1747 – dice Torres Soldamando – el Colegio máximo de San Pablo, el Noviciado, la casa de probación del Cercado, la profesa de Los Desamparados, el Colegio Real de San Martín y el de Caciques, todos estos en Lima, en el Cuzco, el de la Transformación, el Real de San Bernardo y el de San Francisco de Borja para caciques, en Chuquisaca; el de San Francisco de Javier, y el Real de San Juan Bautista, y además los colegios de Arequipa, Bellavista, Cochabamba, Huamanga, Huancavelica, Ica, las misiones de Mojos y Chiquitos, la residencia de Sta. Cruz de la Sierra y los cinco curatos de Juli, y el del Cercado. Las aplicaciones que se dieron a cada uno de esos colegios y residencias se refieren en los artículos correspondientes a sus respectivos fundadores”.
Las haciendas y fincas de la Compañía se calcularon en 650,000 pesos. Eran 203 entre grandes y pequeñas y en tiempo de Amat se remataron 90 en 782,157 pesos, los censos que la gravaban eran de 71,173. No todo el valor del remate se exhibió de contado, quedó recocida una tercera parte sobre las mismas fincas, por lo que se estipuló el 3% de interés anual y 1% de amortización.
En los colegios y haciendas tenían 5,224 esclavos; se encontró a los jesuitas, 173,045 pesos en moneda, 52,268 marcos de plata y 6,793 castellanos de oro, que contenían los paramentos y alhajas de sus templos. El haberse encontrado todo esto prueba que los jesuitas no tenían aquellos fabulosos tesoros que hasta hoy se creen ocultos, como si pudiera guardar dinero quien tenía que sostener y fomentar los grandes gastos que ocasionaban sus propiedades, sus misiones y sus colegios.
Los créditos activos liquidados ascendían a 817,561 pesos; los censos del mismo género 48,436; los créditos pasivos a 539,466 pesos, las capellanías legas, colativas, aniversarios y otras funciones de patronato o administraciones de los jesuitas eran 337, los capitales 40,440 y sus gravámenes montaban 20,413.
En la subsistencia, transporte y otras atenciones de los expulsados se gastó cerca de medio millón de pesos, y al Rey se mandó en numerario 800,000. Los vasos sagrados, ornamentos, reliquias, alhajas y otros objetos del culto que tenían en los templos de Lima, se destinaron a treinta y ocho templos de parroquias, cárceles, colegios, beaterios, etc., de dentro y fuera de Lima, a las librerías se adjudicaron a la Universidad para que en ella se estableciese una biblioteca pública, de la que se nombró primer director al Dr. D. Cristóbal Montaño. –Torres Soldamanda. –“El primero y el último provincial en el Perú”. Revista Histórica, pág. 462.
Hizo pagar (Guirior – dice Mendiburu) los réditos correspondientes a los capitales que por censos gravaban a la real hacienda, después de haberse rebajado del 5 al 3%; resolución que se verificó sin violencia devolviendo los principales y subrogándolos con el caudal de obras pías pertenecientes a las temporalidades de los jesuitas, o continuando las imposiciones con aquella rebaja, cuando los interesados voluntariamente se sometían a ella. Esos gravámenes pasaban de 900,000 pesos y los réditos de 48,377 quedaron reducidas a 29,000 ahorrándose 19,300 pesos…
Continuáronse en el período de este Virrey enajenándose los bienes de la extinguida compañía y la dirección de temporalidades desde julio de 1776 hasta el mismo mes del año 1780, tuvo ingresos que ascendieron a 965,745 pesos y gastos que montaron casi a la mitad.
Con respecto a la renta que producían los bienes de temporalidades de la extinguida Compañía de Jesús hubo en el gobierno de Jáuregui el movimiento que diremos en seguida. Las enajenaciones hechas en Lima, Cuzco y Pisco apreciadas en 23,339 pesos se verificaron con el aumento de 12,118 pesos. Los ingresos en tesorería desde el 22 de julio de 1780 hasta, el 2 de abril de 184 sumaron de 827,997. De esta cantidad se pusieron a censo en la renta de tabacos 414,870 y en las cajas reales 55,955, remitiéndose a España en el navío “San Pedro” 900,000 pesos.
Se debían por los censos indicados 108,250. Se redimieron por los que gravaban sobre los fundos ocupados 37,900. La administración de temporalidades de Chile adeudaba a la general de Lima por suplementos 41,050 pesos; de La Paz 17,250 y la de Chuquisaca 14,497, cuya recaudación por más diligencias practicadas estaba todavía por realizarse.
Al fin del gobierno de Croix (1790) no se había conseguido, después de pasados tantos años, que la dirección de temporalidades de jesuitas presentase un manifiesto general de los capitales, rentas y administración de esos bienes, ni que se rindieron cumplidas cuentas por las diferentes dependencias que entendían en el manejo de ellas. Creada la oficina central a cargo de D. Cristóbal Francisco Rodríguez que había sido oficial real de estas cajas, avanzó poco en su objeto aún llegó a formar un reglamento que normase las operaciones de la dirección, su contaduría y tesorería, ni tuvo  oficiales de bastante inteligencia y bien dotados. Las labores eran muchas y llegaron a existir más de cuatro mil expedientes en giro. Las sumas de  ingresos procedentes de capitales se trasladaban a las cajas reales redimiéndose con ellas los censos que reconocía la real hacienda, y subrogándose en su lugar las temporalidades y obras pías. Las cantidades dimanados de los productos, se reservaban en tesorería para pago de deudas, pensiones y sueldos, remitiéndose a España lo sobrante”.
Hemos visto un estado que es parte de los que acabamos de indicar y se halla en la Biblioteca pública de esta capital. Según lo que en él está demostrado los capitales que reconocían a interés las haciendas de la Compañía en favor del fomento de colegios y dependencias de ella misma ascendía a 2, 663,299 pesos. Los capitales que se trasladaron a la Real Caja con motivo de la venta de haciendas y otros bienes importaron hasta el 30 de junio de 1785 – 532,355 pesos, y los que se posaron al estanco de tabacos por igual causa 406,870. Los capitales que muchos particulares reconocían sobre sus fincas en favor de establecimientos de la Compañía y de crecido número de obras pías que ella manejaba subían a la cantidad de 338,785. Estas cinco partidas suman 3, 941,310 pesos. Diversas dependencias y personas debían por arrendamiento de fincas, deudas secuestradas y otras causas hasta el año cifrado de 1785, la cantidad de 496,392 pesos. Lo que se debía a la Compañía por réditos devengados era 336, 814 pesos. Estas dos últimas partidas y 29,291 pesos de existencia metálica, entregados por la extinguida dirección a la nueva administración de temporalidades importaron 862,097 pesos. En dicho estado constan todos los pormenores que pueden desearse a cerca de la procedencia de esas cifras que arroja el resumen, y en gran parte correspondían a capellanías, dotes, misiones y muchas obras pías. Tiene fecha de 30 de junio de 1790 y está firmado por el tesorero Dn. Rafael Francisco Menéndez. En marzo de dicho año había entregado el mando el Caballero de Croix, que fue quien dispuso la formación de estados en cumplimiento de la real orden ya citada de 16 de setiembre de 1785.
Gil hizo en las oficinas de temporalidades de jesuitas, reformas económicas mediante las cuales se ahorraron 8,050 pesos anuales en sueldos. Por efecto del mejoramiento que hubo en las labores, se vio que se habían dejado de comprender en anteriores cuentas, fondos importantes 1, 066, 807 pesos, con que se aumentaron los capitales conocidos ya ascendentes a 4, 408,678 pesos. En el gobierno de este (1790-1796) los productos del ramo de temporalidades, mandados a España, subieron a 922,042 pesos, después de hacerse los gastos del ramo, valor de 234,604 pesos.
El rendimiento de temporalidades de jesuitas se explicó en 17798 a la existencia de vales reales, incorporándose para ello en la hacienda fiscal. En 1806 estaba reducido a 3, 200,000 pesos de capital; las entradas eran 95,645 los gastos por los objetos piadosos a que se entendían 19,800 y los sueldos 14,502 pesos, quedaba un residuo de 61,000. Las deudas contraídas desde que se expulsaron los jesuitas subían a 680,000 pesos. El año de 1802 se enviaron a España 798,968 pesos para su aplicación a redimir vales reales”. Mendiburu –Diccionario.
Lo expuesto manifiesta la poca rectitud y honorabilidad que hubo en el manejo de los bines y los caudales de los jesuitas, pues cuando las doscientas tres fincas y haciendas que poseían se tasaron solo en 650,000, hemos visto que noventa de ellas se remataran en más de 700,000 y que los gravámenes por que respondía todos aquellos bienes importaban 2, 663,299. Después, cuando en 1816 se tasaron los que existían, fueron valorizados en cinco millones.
Esas ingentes cantidades han desaparecido sin que hayan servido jamás para lo fines piadosos o que las tenían destinados los jesuitas. La falta que éstos han hecho en el país para la conquista y reducción de los salvajes de nuestras ricas y feroces montañas, y para la educación de la juventud, no es necesaria manifestarla, porque está en la conciencia de todo el que recuerde a la Compañía, sin el odioso encono de las pasiones. –Enrique Torres Soldamando.
“Para que se conciba –dicen los autores de las Noticias Secretas – el estado, en que están aquellos reinos por lo mucho que va entrando en las religiones continuamente, no es menester más que hacer juicio de las sumas cuantiosas que con el motivo de los curatos entran en los religiosos. Supóngase que la mitad de ellas o las dos terceras partes las expenden en la manutención de las concubinas e hijos; que la otra mitad o por lo menos una tercera parte queda a beneficio del convento. Esta se ha de suponer empleada en fincas y por precisión han de ser tantas que con el transcurso del tiempo no ha de haber ninguna que no recaiga en los conventos. Esto es lo que ya se experimenta, pues a excepción de los mayorazgos o vínculos que no son en crecido número, todas las demás fincas son feudos de los comunidades.”
(Ibíd.; págs.: 223-230)       



Una pregunta surge inexorablemente ¿Por qué los judíos eran un poder económico tentador para cualquier rapiñero? Y la Iglesia católica iba a la vanguardia en esas malas artes. Respondamos la pregunta. A finales del siglo XI y, hasta mediados del siglo siguiente los almorávides (tribus guerreras del Atlas, que fundó un vasto imperio en el occidente de África y llegó a dominar toda la España árabe desde 1093 a 1148), procedentes de África, luego de su victoria en Zalaca (1086), invadieron y dominaron las zonas de España controladas por los árabes. Ellos predicaban la imprecisión del islamismo por medio de las armas. Entonces el fanatismo y la intolerancia de los musulmanes ejercidos por igual contra cristianos y judíos, tuvo uno de sus puntos más álgidos. La conversión obligada al islam, bajo pena de muerte, fue la norma que aplicaron. Ante estos hechos muchos judíos y cristianos huyeron a los territorios católicos de la península, tanto a los castellanos como a los leoneses. Los que se quedaron se vieron obligados a aceptar, al menos en apariencia, el credo musulmán. Posteriormente, las tres comunidades de cristianos, musulmanes y judíos, articularon su convivencia en una unidad complementaria de funciones sociales y económicas étnicamente distribuidas. Los cristianos, que constituían la mayoría de la población, se dedicaban a las faenas agrícolas, a las actividades intelectuales y a las funciones del sector dirigente; los musulmanes ejercían las labores agrarias y diferentes oficios en las ciudades, los judíos, por su parte, centraron sus actividades en las tareas de préstamos, comercio y arrendamiento de tributos – lo cual fue un factor determinante en el surgimiento del antisemitismo – cuando no ejercían ocupaciones intelectuales. ¿Cómo no iban a ser esos prósperos y hábiles comerciantes judíos víctima de los atracadores inquisidores? La obra orgánica de los Reyes Católicos tuvo en Torquemada un gran aliado. Algo que no menciona, desconoce u obvia por parcialismo católico es que Torquemada, sus inquisidores y sus colegas del tribunal se sustentaron la cuenta de los penitenciados. Su salario provenía de fondo de los bienes confiscados a los herejes, que se dividía en tres partes: la primera ingresaba directamente al erario del rey, otra se destinaba a la Iglesia y la tercera era apropiada por la Inquisición, es decir, los socios de la conquista se repartían el botín del saqueo. Y ojo, estas no son la peras que robó San Agustín con sus amigos como declara en sus “Confesiones”, estos sinvergüenzas se levantaban en peso el huerto entero. S. G. Lozinski en su “Historia de la Inquisición en España” nos brinda datos muy interesantes y esclarecedores. Según los informes disponibles, el saqueo a los “cristianos nuevos” reportó a Fernando de Aragón e Isabel de Castilla una suma fabulosa para aquellos tiempos: 10’000,000 de ducados de oro (un equivalente a 200,000 millones de dólares actuales). En 1629 Torquemada percibió 3870 ducados y cada miembro de la Suprema la mitad de esta suma. En 1743 cobró 7,000 ducados, y a los 40 miembros de la Suprema les correspondieron 64,100. En 1636, la Inquisición acusó de herejía al banquero Manuel Fernández Pinto. El rey le debía 100,000 ducados. La Inquisición arrancó al banquero detenido 300,000 más. La oleada de detenciones de herejes mallorqueses acusados de conspiración en 1648 permitió a la Inquisición adueñarse de sus bienes por un monto de 2’500,000 ducados. Estos datos sueltos evidencian cuan ventajosa era la Santa Iglesia Católica como para los bolsillos de los Reyes Católicos. Esta información hace ver a los nazis como unos tristes bolsiqueadores. Los adeptos de la Inquisición, para justificar en cierto modo sus crímenes afirman que todas las capas de la población española apoyaron unánimemente (¿el robo?) la actividad de los tribunales inquisitoriales. Para refutar esto hay que tener presente que cuando se habla del pescado, no hay que mencionar sólo la carne, también hay que tener en cuenta la cabeza, la cola y las espinas. Vayamos entonces a lo que obvian los apologistas. Las manifestaciones de testigos oculares refutan esa leyenda. La Inquisición fue impuesta al pueblo español. En la “Historia general de España”, escrita por el jesuita Juan de Mariana (1536-1624), se señala que al principio, la Inquisición les parecía deprimente en extremo a los españoles. Les extrañaba sobre todo el que los niños crímenes perpetrados por sus padres (parece que los Inquisidores no conocían el Evangelio de Lucas: “también le llevaban niños pequeños a Jesús para que los tocara. Al ver esto, los discípulos reprendían a quienes los llevaban. Pero Jesús llamó a los niños y dijo: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguró que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él” Lucas 18; (15-17) también les llamaba la atención que se ocultasen a los acusados los nombres de los acusadores y de los testigos: todo ello contradecía el procedimiento empleado de antiguo por los tribunales. Otra cosa, al parecer nueva, era la imposición de la pena de muerte por pecados que no comprendían. Y más grave aún era el haberse privado a los españoles, a causa de las pesquisas secretas, de la posibilidad de oir y hablar libremente, ya que en cada ciudad, pueblo, villorrio o aldea había soplones que informaban a la Inquisición de todo. Entre los mismos inquisidores hubo quienes se oponían a los métodos terroristas de persecución de los disidentes. Un inquisidor anónimo confesaba al rey:    


“Algunos hay entre nosotros que lo sentimos y lloramos en nuestras cámaras, y no lo osamos decir, porque al que lo dijere le quitarían el cargo, y le tendrían por sospechoso en los negocios de la Inquisición, y los que lo sienten y son de buena conciencia, si tienen de comer, dejan el cargo, y otros se están en el oficio porque no pueden más, aunque tienen escrúpulos de hacer el oficio como ahora se hace, otros dicen que no se les da nada que así lo han hecho los antepasados, aunque sea contra derecho divino y humano; otros hay que tienen tanta enemistad a los conversos, que piensan que harían un gran servicio a Dios si los quemasen a todos y les confiscasen los bienes sin más prueba; y los que tienen esta opinión, no tienen otra intención sino hacerles confesar la acusación  por todas las maneras que puedan.”
(citado por J. A. Llorente en su “Historia crítica de la Inquisición de España”, volumen IV)     


Por lo visto, los hijos de Dios y del Diablo debían convivir, sin saberlo, en el seno de la Inquisición. También J. A. Llorente nos recuerda la “ternura” de Torquemada que vuelve a obviar De la Pinta en su libro. Durante los 18 años que duró su trabajo, Torquemada, según datos de Llorente:


“… hizo diez mil doscientas veinte víctimas que perecieron en las llamas, seis mil ochocientas que fueron quemadas en efigie, después de su muerte o en su ausencia, y noventa y siete mil trescientas veintiuna castigadas con la pena de la infancia, la confiscación de los bienes y la expulsión de los empleos públicos y honoríficos. El cuadro general de esas bárbaras ejecuciones presenta un total de ciento catorce mil cuatrocientos familias definitivamente perdidas. Esto sin contar a las personas que en virtud de sus relaciones con los condenados compartían más o menos su desgracia, lamentando como amigos o parientes los rigores sufridos por aquellos”
(“Historia crítica de la Inquisición de España”, J. A. Llorente).


Torquemada y la Inquisición.
[Harto conocido es la impugnación que los apologistas de la Iglesia hacen de estos datos por considerarlos “exagerados”. Dicen que Tomás de Torquemada no quemó a 10,000 personas sino a cinco o cuatro mil. Pero Llorente se les aventaja en un aspecto nada desdeñable: fue secretario de la Inquisición española y argumentaba sus escritos con documentos de los archivos inquisitoriales. De todos modos, aunque los datos de Llorente fueran exagerados, ¿acaso cambiaría por ello el carácter criminal de la Inquisición?] G. D.

Sigamos extrayendo algunos brezos que aún arden en el asador; pero antes digamos que los autos de fe eran de lo más humillante e indignos, y que servía también a los inquisidores para ganarse algo de dinero. Los autos de fe eran ceremonias en las que se producía la lectura pública y solemne de las sentencias dispuestas por el Tribunal de la Fe. Para hacer aún más terrible el poder de la Inquisición, Torquemada resucitó el uso del sambenito. Este era una especie de camisón amarillo que se obligaba a vestir a los penitentes en las procesiones religiosas. Como no se les permitía que llevase otro vestido, el efecto era extremadamente humillante. No se les obligaba a ponérselo una sola vez, sino que lo tenían que llevar todos los días de fiesta y todos los domingos, así como en la iglesia. En los casos más serios el penitente era azotado en la puerta de la iglesia en esas ocasiones solemnes. Los herejes condenados llevaban sambenito decorados con toscas representaciones de llamas y demonios con horquillas de tostar cuando se dirigían al lugar de la ejecución. Hasta las efigies de los que habían sido condenados en ausencia eran quemadas con esos odiosos vestidos. Escuchemos algunos juicios con respecto a estos actos repugnantes:


“Entre las pruebas que avalan el éxito histórico alcanzado en su cometido por el Tribunal del Santo Oficio de España se halla la de su definitiva identificación universal con la ceremonia a través de la que eran hechas públicas sus sentencias. En prueba de la eficacia de tales métodos publicitarios, la imprenta de su huella social ha quedado grabada de modo indeleble, hasta el punto de que mucho más que el tal denostado secreto procesal y a un paso del supuesto monopolio de la Inquisición en el empleo del tormento como procedimiento judicial, el auto de fe con harta frecuencia confundido con la ejecución en la hoguera de las penas capitales impuestas a los delincuentes relapsos, se ha convertido para muchos extranjeros y en bastantes casos también para ciertos hispanos poco versados en las cosas de nuestro pasado, en confuso sinónimo de actuación inquisitorial. Y decimos que ello es prueba de la fortuna del método por cuanto fue precisamente el auto de lugar y circunstancia que mejor contribuyó, a lo largo del tiempo, a introducir en la conciencia de los súbditos de la Monarquía Católica y de sus vecinos lo incuestionable de la eterna victoria sobre el error de la verdad religiosa en que se sustentaba su programa político, en cuya prueba tenían lugar aquellas ceremonias. El éxito del procedimiento inquisitorial se hacía finalmente patente en forma de invencible miedo frente a su autoridad, tutora de conciencias, bienes y famas. Sentimiento de miedo que soliviantaría primero sesgadamente las sensibilidades de nuestros visitantes europeos, excesivamente olvidadizos para con los espectáculos que rodeaban a las ejecuciones públicas en sus propios países, y que más tarde se transformaría en el denuesto caracterizado con que los políticos liberales dieron forma la leña que de la Cruz verde caído hicieron en folletos, discursos y controversias.”
(“Modalidades y sentido histórico del auto de fe”, Miguel Jiménez  Monteserín).


También el historiador J. M. Valega nos ha dejado un testimonio de estas exhibiciones satánicas que sólo buscaban sembrar el temor entre la población.


“La historia cumple función educadora, cuando exhibe, en su más amplia verdad, los sucesos de ayer. Aunque revivirlos traiga una reacción inicial dolorosa. Porque, en el curso de la vida de un pueblo, los errores y tanteos del pasado, que enfurecieron las almas, hay que considerarlas como limitaciones ineludibles, como fenómenos de dolor, como experiencia, que enseñan, porque se prenden muy honda, para practicar el avance evolutivo de las sociedades.
Si hoy se nos anunciara la realización solemne de un auto de fe, con un mes de anticipación, como ocurría en el virreinato, nuestra reacción no sería de satisfacción, porque se eliminaba a un tipo peligroso social. Sería, más bien, de estupor de tremenda indignación y de pasmo anímico. Y haríamos esfuerzos ilimitados por evitar el espectáculo.
Pues bien esta reacción nuestra de hoy, no afloraría en nuestro espíritu, sin la cruel experiencia del pasado, sin el tremendo dolor, ya incorporado definitivamente en la conciencia social.
Sepamos, pues, cómo reaccionaban nuestros antepasados frente a un auto de fe. Señalaremos el proceso sintéticamente:
a)  –La invitación, al Virrey, Audiencia, Cabildos, Universidad y pueblos, se hacía por pregones, trompetas y atabales, hasta con 30 días de antelación.
b)  –Se levantaban tablados en la Plaza Principal (la de Armas en Lima). Unas veces era el Cabildo quien pagaba los gastos. Otras, el Tribunal.
c)  –En la puerta de Iglesia de Desamparados, se hacia la entrega de los reos.
d)  –El crematorio, o quemador, cerca de la Plaza de Acho.
e)  –En algunas ocasiones los autos se celebraban en la Iglesia de Santo Domingo, o en el salón de la Audiencia.
f)   –A las seis de la mañana la masa presidida por el Virrey a las autoridades, se dirigía a casa de los miembros del Tribunal para escoltarlos.
g)  –Previa misa de los inquisidores partía el enorme concurso en procesión llevando a los condenados. La cruz de la Catedral con negra vela –por la excomunión de los reos –portada por cuatro curas, entre cánticos del “miserere mei”, de la clerecía.
h)  –Los condenados marchaban con las velas verdes apagadas.
i)   –Los reconciliados, los llevaban encendidas.
j)   –Un cucurucho de papel, cónico de casi un metro de alto, sobre la cabeza de los reos, aludía, con pinturas siniestras, al delito de los infelices.
k)  –En la catedral, o en otros templos, se colocaba el sambenito –capotillo de color amarillo, con aspas sobre las cuales se dibujaban figuras horrendas, para escarmiento de la masa y oprobio del hereje y su familia.
l)   –Para los blasfemos, el distintivo era la mordaza. Para los demás, la soga al cuello.
m)      –La procesión llegaba a la Plaza. Ahí, el virrey, autoridades y pueblo juraban solemnemente la defensa del Tribunal. Uno de los más famosos oradores, decía el sermón de la fe, y los reos avanzaban a escuchar sus sentencias.
n)  –Se producía, entonces, una especie de calificación los impenitentes que no abjuraban, marchaban al quemadoro; los que se arrepentían a la horca; los reconciliados, absueltos, por el primer inquisidor.
o) –A los once de la noche, muchas veces, concluía la horrenda ceremonia, con el acompañamiento a su morada, de los miembros del Santo Tribunal (1).
Empero, como ya lo hicimos notar, el espíritu de defensa social influyó sobre los sostenedores del dogma católico hasta el punto de responder, como lo hicieron los discípulos de Mahoma, con la muerte a los violadores de sagrados preceptos.
Si el mayor porcentaje de autos de fe, correspondió a delincuentes comunes (bígamos), era una máxima rebeldía, que los hombres virreinales, en una proporción apreciable, gastaban contra las costumbres férreas del matrimonio impuesto por los padres.”
(Ibíd., págs...: 222-223)



Analicemos estos discursos. Imaginamos por un momento al hijo o los hijos de un acusado de herejía, viendo cómo su padre es azotado, humillado con el sambenito por no estar de acuerdo o cuestionar esa “verdad religiosa” que un “hombre infalible” (Papa) y su cohorte de sacerdotes han decidido que tiene que ser la única “verdad religiosa” y que debe ser impuesta a la fuerza, aun a riesgo de terminar en la hoguera. ¿Quién les ha dado ese poder para imponerse a los que no están de acuerdo con ellos? Su Dios, ese Dios sádico que permitió tantas atrocidades contra mucha gente inocente. Tormento también es congoja y aflicción, y así se deben haber sentido muchos hombres y mujeres que sufrieron el tormento psicológico de la humillación al mostrárseles en público como espectáculo de diversión. La Inquisición actuó en nombre y por encargo de la Iglesia. Los condenados (muchos de ellos con cargos inventados para expoliarles sus bienes) en contumacia y detenidos después eran excomulgados y “puestos en libertad” por los inquisidores. Este “puestos en libertad” implicaba la sentencia de muerte el acusado. La libertad adquirida de este modo traía consigo no sólo la muerte atroz en la hoguera, sino también, según la doctrina eclesiástica, el suplicio eterno en el mundo de ultratumba. Los teólogos opinan que era un castigo sumamente duro, pero bien merecido por los que habían repudiado la tutela “materna” de la Iglesia, prefiriendo servir al diablo.

Una y otra vez, estos inquisidores machacan ese pensamiento borreguil, ese masificar de mentes con olor a ovino que ellos, con apoyo de la fuerza (los Reyes Católicos), se propusieron imponer a como diera lugar. No solo mancharon sus manos con sangre inocente, sino que se llenaron los bolsillos con dinero mal habido, como hacer hasta ahora desde el vaticano los Sumos Pontífices que siguen prometiendo caridad, fe y esperanza y un pasaje al paraíso para todos sus feligreses. Un hereje recalcitrante no podía contar con la compasión, la misericordia y el amor cristianos, estaba destinado a ser presa del orco ígneo en sentido figurado y material. Los inquisidores no querían la privacidad y la discreción para cometer sus atrocidades; al mismo estilo de los gánsteres de Chicago de los años treinta o de los verdugos de la S.S. nazi antes y en el apogeo de la segunda gran guerra, buscaron hacer de sus crímenes un espectáculo de terror grotesco para atemorizar a la población. Los inquisidores preferían recargar el trabajo infame de las ejecuciones al poder civil. Pero esos escrúpulos no era más que una manera vil de esconder sus manos asesinas, por cuanto la Iglesia de ese entonces como la de ahora, se ha adjudicado el derecho de imponer a los apostatas toda clase de castigos, incluyendo la pena capital. Sería probablemente infundado y contrario a la lógica estimar que los inquisidores tenían escrúpulos en ejecutar ellos mismos a los herejes, si se tiene en cuenta que sometían a sus víctimas a los tormentos más refinados, les hacían padecer hambre y frío, las flagelaban públicamente e incluso las acompañaban, cuando eran llevadas a la hoguera, incitando a los creyentes a meter más brazadas de ramaje seco en las llamas para que ardieran más “vivamente”. La Iglesia recargaba la responsabilidad a las autoridades seculares para hacer creer a la gente que ella no mataba a nadie, que no vertía sangre, que no atormentaba en sus mazmorras. Así se manifestó la mojigatería hipócrita propia de los verdugos. La Iglesia trató de encargar a las autoridades laicas de la persecución de los herejes ya antes de que se instituyera la Inquisición, pero no pudo conseguirlo enteramente y por eso creó su propio organismo represivo, tanto o más sádico que el laico, el Santo Oficio, dejando al poder civil el siniestro privilegio de pronunciar oficialmente las sentencias de muerte, de ejecutar, de pagar al verdugo. Así pues, en el caso de que un hereje no abjurase de sus convicciones “falsas y erróneas”, la Iglesia lo excomulgaba y lo ponía “en libertad”, entregándolo a las autoridades civiles para que fuera castigado debidamente. En tiempos posteriores iban adjuntas a esa prescripción las peticiones de tener “piedad” con el condenado. La “piedad” se manifestaba en estos casos en que al reo se le asfixiaba antes de la ejecución o se le ponía un cuello rellenado de pólvora que hacían explotar para que sus sufrimientos duraran menos.

No puede sorprender el que la Iglesia defensora del Dogma tuviese que adoptar una postura contra los hombres que se dedicaban al estudio de la ciencia, ya que tal estudio podrá crear la duda sobre lo que los libros sagrados indican sobre la historia de la creación; allí está el caso de Galileo y tantos otros que sintieron sobre sus cuellos el filo de la espada celestial y divina que blandían los Papas con actitud amenazadora. A la vez que se estableció la Inquisición y progresaron sus sangrientas acciones, los teólogos trataron de fundamentar la necesidad y legitimidad de la misma en el plano teórico. En realidad, la Inquisición no se creó para lograr “grandes efectos”, ni son enigmáticas las causas de su aparición, ya que radican en la propia esencia social de la religión cristiana y de la Iglesia, que presume de encontrarse por encima de las clases y apela a las masas desheredadas – que constituyen la mayoría de los creyentes –, pero en la práctica, como hasta el día de hoy, sirve a los intereses de las clases dominantes. Inocencio III, Honorio III y Gregorio IX, propugnaron los métodos violentos de lucha contra la herejía. Es más, la Inquisición se institucionalizó después de la derrota de los cátaros, cuando estos ya habían dejado de ser peligrosos para la Iglesia. En 1252, el Papa Inocencio IV editó la bula Ad extirpanda que institucionalizaba los tribunales inquisitorios y les autorizaba para aplicar la tortura. Arduo trabajo para los teólogos fundamentar esta maquinaria de tormento y crimen. Tomas de Aquino (1225-1274)- “doctor angélico”, corifeo teológico medieval que la Iglesia venera hasta ahora y que fue canonizado en 1323 – dedicó no poca atención a ese problema en su obra fundamental “Summa de Veritate Catholicae Fidei contra gentiles”. Afirmaba en ese tratado que es lícito hacer observar a los herejes sus compromisos contraídos con la Iglesia antes de abandonarla. Porque si uno abraza la fe por un acto de libre albedrío, seguir fiel a ella es una obligación. La herejía es un pecado; los culpables de él merecen no sólo la excomunión, sino también la privación de la vida, la muerte. Según la doctrina de Tomás, tergiversar la religión de la que depende la vida eterna, es un crimen mucho más grave que falsificar monedas, las cuales sólo sirven para satisfacer las necesidades de la vida terrenal efímera. Por consiguiente, si los monederos falsos, como otros malhechores, son castigados justamente con la muerte por soberanos laicos, es más justo todavía ejecutar a los herejes convictos. Este razonamiento del “doctor angélico” parece contradecir la oración que le dedica el Diurnal (Liturgia de las horas: laudes, hora intermedia, vísperas y completas):


“oh Dios, que hiciste de Santo Tomás de Aquino un varón preclaro por su anhelo de santidad y por su dedicación a las ciencias sagradas, concédenos entender lo que él enseñó e imitar el ejemplo que nos dejó en su vida. Por nuestro Señor Jesucristo.”
(coeditores litúrgicos, 1990; quinta edición, comisión Episcopal Española de Liturgia)   
    

“Este varón preclaro de anhelo de santidad”, dice que la Iglesia, llena de misericordia cristiana, empieza por exhortar a un hereje a que se arrepienta.


“Si el hereje persevera, la Iglesia, no confiando en que sea convertido y preocupándose por la salvación de otros, lo elimina mediante la excomunión, y lo entrega luego a la justicia laica, para que lo elimine del mundo por medio de la muerte.”
(“Summa contra gentiles”)


Santo Tomás de Auino, creador de la Teoría
del bien y el mal.
¡Vaya santito éste! Cuando escribe la “suma contra gentiles” tiene Tomás de Aquino 31 años aproximadamente. Atemoriza que un hombre que sólo vivió 55 años ya pensara de esa forma fanática. Sería bueno revisar un poco de su vida para encontrar la raíz de tanta intolerancia, pero antes, agreguemos algo más sobre su pensamiento. Tomás de Aquino creó toda una teoría del bien y el mal, por la que trató de explicar cómo el Omnipotente había podido, en general, admitir la aparición de herejías. Postuló que, a semejanza de una herida en el cuerpo del hombre, el mal acompaña la perfección. La existencia del mal permite distinguir el bien, y la extirpación del primero refuerza el segundo. Del mismo modo que el león se alimenta de asno, así también el bien se nutre del mal. Tal es la razón de que a Dios le sea imposible crear a un hombre sin pecado, como es imposible obtener un círculo cuadrado. De ello se infiere lo siguiente: por una parte, la herejía es una vileza indestructible, más, de otro lado, la Iglesia debe “nutrirse de herejes en nombre de la salvación de todos los creyentes”.

¿Un Dios Omnipotente incapaz de crear un hombre sin pecado? ¿Pero no es el retintín que nos han repetido hasta el cansancio de que para Dios el Todopoderoso no hay nada imposible? Bueno, a la larga, este es el razonamiento de un hombre de carne y hueso cuyas “visiones celestiales” son aceptadas y proclamadas por la Iglesia Católica como señales de futura santidad. ¿Pero Juana de Arco no tuvo también visiones y por ellas fue llevada a la hoguera? Esto parece ser la ley del embudo. Ya veremos un poco más adelante el caso de la doncella de Orleans, pero antes revisemos un poco la vida del “doctor angélico”. Los datos que nos han llegado de Tomás de Aquino provienen de su discípulo y biógrafo Guillermo de Tocco. Por su físico, Tomás era más nórdico que meridional: estatura imponente, anchas espaldas y tez clara. Tomás era el más joven de los cuatro hijos. Tenía también algunas hermanas, la más joven de las cuales murió fulminada por un rayo en la misma habitación que ocupaba el santo, este escapó ileso. Se dice que tuvo durante toda su vida mucho miedo a las tempestades y que acostumbraba refugiarse en alguna Iglesia, cuando caían rayos. De ahí nació la costumbre popular de venerar a Santo Tomás como abogado contra las tempestades y la muerte repentina. Un sacerdote exclamó en cierta ocasión: “El Señor te tiene reservado para nuestra orden”. El tiempo no hizo más que confirmar su vocación religiosa, por ello tomó el hábito de Santo Domingo, cuando tenía 19 años de edad. La noticia causó grave indignación en su pueblo natal, Rocca Secca. Su madre no se hubiera opuesto a que entrase en la Orden de San Benito, pero no podía aceptar que hubiese abrazado una orden de mendicantes. La madre aviso a sus hijos mayores que servían en el ejército del emperador en Toscana para que rescataran al hermano. En vano los hermanos trataron de arrancarle el hábito, pero sí lo llevaron prisionero a Rocca Secca y después al castillo de Monte San Giovanni, donde lo encerraron. Santo Tomás aprovechó el cautiverio para estudiar las “Sentencias” de Pedro Lombardo y aprender de memoria gran parte de la Sagrada Escritura. Por esa época escribió un tratado sobre los sofismas de Aristóteles. Al ver fracasados todos sus intentos, los hermanos de Tomás concibieron el infame proyecto de introducir en su habitación a una prostituta. Pero el santo tomó una tea ardiente para echarla fuera. Se dice que inmediatamente después, se durmió y tuvo un sueño en el que vio a dos ángeles que le ciñeron el pecho con una cuerda que simbolizaba la castidad. (De aquí parece venirle al santo el amor por el fuego). Sigamos, siempre atentos a las notas biográficas de Guillermo Tocco. Su silencio en las discusiones y su gigantesca estatura, le valieron el apodo de “el buey silencioso”: su cautiverio de dos años parece haber mellado su locuacidad. San Alberto diría más tarde al leer uno de sus escritos: “Hasta ahora hemos llamado al hermano Tomás “El buey silencioso; pues bien, yo os aseguro que sus mugidos se oirán en todo el mundo”. Nada refinado San Alberto por lo que se ve, en lo que sí no se equivocó, fue en el hecho de que esos “mugidos” si escucharon a grandes distancias, predicando la exterminación de los herejes con la misma naturalidad de quien está matando pulgas o piojos. Según Tocco, “todavía más grande que su ciencia es su piedad”. La ordenación sacerdotal no hizo sino aumentar su unión con Dios. Se pasaba horas enteras en oración, de día y de noche. “Al llegar en la misa al momento de la consagración, observó [Guillermo Tocco] que Tomás, absorto en los divinos misterios y alimentado con sus frutos, se deshacía en lágrimas”. A mi parecer, una actitud simbiótica que raya entre lo patético y lo patológico. Hacia 1266, empezó a escribir la más conocida de sus obras: la “Suma teológica”. A partir de 1270 empiezan sus “comunicaciones” con Dios. Una cuestión muy debatida en ese entonces era: si en el Santísimo Sacramento los accidentes permanecían realmente o sólo en apariencia. Santo Tomás, tras una ferviente oración, escribió su respuesta en forma de tratado. La universidad de París, donde laboraba Tomás, aceptó su texto, y el contenido lo adoptó la Iglesia después según la Vida de los santos de Butler, ésta fue la primera ocasión en que el Señor manifestó sensiblemente a Santo Tomás su aprobación por lo que había escrito, diciéndole en una aparición: “Has hablado bien del Sacramento de mi Cuerpo”. Al oír esto, el santo entró en un éxtasis tan largo, que los frailes tuvieron tiempo de reunirse para verlo elevado sobre el suelo. Entonces se oyó una voz que venía del crucifijo y repetía: “Has hablado bien de mí, Tomás. ¿Qué quieres en premio de ello?” El santo respondió: “No quiero ningún otro premio fuera de Ti, Señor”. Cuando Juana de Arco manifestó a sus captores del Tribunal Eclesiástico que había oído las voces de San Miguel cuando se le aparecía y que también había percibido a Santa Margarita y Santa Catalina, se situó en el más grave de los peligros que terminó en la hoguera. Fue acusada de hechicera y hereje. Sus visiones y “voces” fueron las causas principales de que el primer artículo del acta de acusación estableciera claramente los poderes de los alarmados y resueltos teólogos. Va precedido de una formidable acusación. Los juristas de la Inquisición y de la Universidad de Paris usaron ciertamente de sus poderes de justicia invectiva en este caso:


“Que la mujer comúnmente llamada Jehanne la Pucelle… debe ser denunciada y declarada hechicera, adivinadora, seudoprofetisa, invocadora de espíritus malignos, conspiradora, supersticiosa, implicada en la práctica de la magia, infiel a nuestra fe católica, cismática contra el artículo Unam Sanctum, etc…, y en otros artículos de nuestra fe, escéptica y descarriada, sacrílega, idólatra, apostata, dánica y maldita, blasfema contra Dios y sus santos, escandalosa, sediciosa, perturbadora de la paz, incitadora a la guerra, cruel y ávida de sangre humana, incitadora a la matanza, habiendo completa y vergonzosamente abandonado la decencia de su propio sexo e inmodestamente adoptado las vestiduras y costumbres de un hombre de armas; por esto y por otras cosas abominadas de Dios y de los hombres, traidoras a las leyes humana y divina y a la disciplina de la Iglesia seductora de príncipes y plebeyos, habiendo permitido con menosprecio y desdén de Dios, ser adorada personalmente dando sus manos y ropas a besar, herética, o en cierto modo fuertemente sospechosa de herejía, por lo cual debe ser castigada y corregida de acuerdo con las leyes divinas y canónicas”.
(citada en “Juana de Arco”, V. Sackville - West)


Según este luciferino documento redactado con la típica ponzoña del fanático, parece que se está juzgando a un monstruo, a un íncubo o a un súcubo y no a una muchachita virgen, iletrada que sintió el llamado de los santos para defender al Rey de su país amenazado por los ingleses. Hay que tener en cuenta que en el siglo XV el tipo de credulidad religiosa era más simple que ahora; por otro lado, las cuestiones de santos y milagros eran entonces tenidas como cosa natural por todo el mundo, tanto por los ignorantes como por las personas de educación. Las visiones, las voces y las profecías eran cosa corriente. Las visionarias como Juana de Arco abundaban, habiendo entre ellas más diferencia de grado que de variedad; y las profecías habían muchas veces sido cumplidas. Surge una pregunta inevitable: ¿Cómo hubiera sido juzgado Tomás de Aquino si no hubiera sido un religioso y sólo hubiera sido visto como un aldeano de Rocca Secca que decía tener comunicación con Dios? Seguramente como un loco, un imbécil o un hereje incorregible. Pero no es así, parece que los canales de comunicación que van al cielo sólo le están permitidos a los religiosos católicos, para todos los demás les está vedado. Y Juana pagó por interferir en esa excesiva línea de contacto tierra-cielo. Una breve síntesis de lo que significó su vida podría resumirse en breves líneas.

Muchacha de una aldea de los Vosgos nacida hacia 1412; fue quemada por herejía, brujería y magia en 1431; rehabilitada en cierto modo en 1456; declarada venerable en 1904; beatificada en 1908, y, finalmente canonizada en 1920. Se negó a someterse a la condición natural de la mujer y peleó, se vistió y vivió como un hombre. A la edad de dieciocho años, Juana tenía pretensiones que dejaban atrás las del Papa más orgulloso o del emperador más altivo. Se consideró embajadora y plenipotencia de Dios y verdadero miembro de la Iglesia triunfante, aunque todavía residente en este mundo en carne y hueso. Condescendía a proteger a su propio rey quería llamar al rey de Inglaterra al arrepentimiento y a la obediencia. Abrigaba y ostentaba un profundo desprecio por las opiniones, disposiciones, y autoridades oficiales, así como por la estrategia y táctica del Estado Mayor. Aunque hubiese sido una sabia, y una reina, revestida con todo el prestigio de la jerarquía y el nacimiento, sus pretensiones y procedimientos hubiesen suscitado un abierto conflicto con las entidades oficiadas, lo mismo que las ambiciones de César provocaron la oposición de Casio; sólo hubo en sus contemporáneos dos opiniones sobre ella; una, que Juana era un ser milagroso; la otra, que era insoportable. A los ingleses que combatió con heroísmo y ahínco les sobraba una antipatía fervorosa por ella. De no haber sido demasiado joven, rústica e inexperta quizá hubiera respondido como Napoleón cuando le preguntaron cómo acogería el mundo su muerte, dijo que el mundo daría un suspiro de consuelo. Esta es la imagen de la Doncella de Orleans sintetizada del prólogo que Georges Bernard Shaw hizo para su “Santa Juana”. Luego de este paréntesis regreso a Santo Tomás de Aquino quien, como he dicho antes, decía que uno abrazaba la fe por un acto de libre albedrío, y que seguir fiel a ella era una obligación. ¿Por qué debe seguir siendo fiel alguien que percibe que el camino que eligió se haya contaminado de mezquindades, contubernios, rapiñas y actos criminales de la peor especie? En su “Suma Teológica”, escrita y publicada 12 años después de su recalcitrante “Summa contra gentiles” parece aflojar un poco la cuerda de sus intolerantes ideas:


“El hombre posee el libre albedrio, porque sin él serían vanos los consejos, exhortaciones, preceptos, prohibiciones recompensas y castigos. Para demostrarlo hasta la evidencia, es de notar que hay seres que obran sin juicio, como la piedra que se precipita hacia abajo, y lo mismo sucede en todos los seres desprovistos de conocimiento; otros que obran con juicio, pero no con juicio libre, cuales son los animales brutos; pues la oveja, al ver al lobo, juzga que debe huir, mas este juicio es puramente natural y no libre, por cuanto no juzga por la comparación, sino por natural instinto, igual que todos y cualquiera de los demás brutos. El hombre, empero, obra con juicio, puesto que por su facultad cognoscitiva juzga que debe huir de esto o procurar aquello; y porque este juicio no es naturalmente instintivo respecto de acciones particulares, sino racionalmente discursivo, obra con libertad de juicio, pudiendo decidirse entre cosas opuestas, porque, respecto de las cosas contingentes, la razón puede escoger entre los contrarios, como se ve de los silogismos dialécticos y en la persuasión oratoria, y como las acciones particulares son cosas contingentes, el juicio de la razón puede optar entre resoluciones opuestas, y no está en la precisión de adoptar una con exclusión de su contraria. Luego, necesariamente, siendo el hombre un ser racional, es, por lo mismo, libre en su albedrio.”
(“Suma Teológica”, Tomás de Aquino)       


[Opiniones contradictorias a sus tesis sobre la muerte de los herejes en su “Summa contra gentiles”, “todos los seres desprovistos de conocimientos”, dice el santo; pero acaso no fue de interés de la Iglesia la ignorancia del pueblo para poder manipularlos mejor, para prometerles paraísos en la “otra vida”, para que se entregaran ovejas a los “lobos doctos” que ellos representaban. “El hombre, empero, obra con juicio, puesto que por su facultad cognoscitiva juzga que debe huir de esto o procurar aquello…”, dice Aquino; si esto es así, porque no se respetó el derecho a discrepar y cuestionar lo que no andaba bien en el seno de la Iglesia Católica y, por el contrario, se reprimió toda disidencia contraria a los intereses inquisitoriales. “El juicio de la razón puede optar entre resoluciones opuestas (…) siendo el hombre un ser racional, es, por lo mismo, libre en su albedrío”, concluye el santo. Y de que le servía a un hombre con juicio sus razones cuando se enfrentaba a la infalible voz divina de los salteadores inquisidores. Santo Tomás miente con un empaque propio de los fanáticos religiosos de su especie. Su desvergüenza para enredar las cosas y acomodarlas a su gusto nos hace recordar R.P. Ruyssen, el teólogo francés que reprocha a los “historiadores no creyentes” el no poder comprender la “naturaleza divina” de Juana de Arco, pues explican – ignorantes –, todos sus actos por causas naturales, mientras que fueron dictados por la voluntad del Altísimo. Cabe preguntar a este teólogo distorsionador de la razón, ¿por qué, entonces, el Altísimo dejó que su elegido fuera quemada por Cauchon (se pronuncia como la palabra francesa cochon, que significa cerdo en español), obispo de Beauvais y miembro del consejo real inglés. Basta con leer unos cientos de páginas de las miles que escribió Tomás de Aquino para darnos cuenta que no pasa de ser un diablo predicador.] G.D.

He interrumpido mi relato sobre Juan Hus bastantes páginas atrás y voy a seguir haciéndolo un poco más, porque es necesario tener una visión completa de lo que significó la Inquisición, sea la portuguesa, la española, etc., todas las cabezas nacidas del mismo Cérbero. Esa institución, que como la española, lucía orgullosa su perdón, con su tosca cruz al centro flanqueada por una espada a la siniestra y un ramo de olivo a la derecha; un verso en latín, inspirado en el Salmo 73 (+ Exurge Domine et Judica causam tuam. Psalm. 73), rodea las figuras.

"Suma Teológica", obra escrita
por Tomás de Aquino en  el siglo XIII.
Siempre estaban atentos los inquisidores de mostrar la oriflama inquisitorial, impartiendo en ello más miedo que respeto, más temor y sumisión que fe verdadera. Por más que sus apologistas y panegiristas se desgarren la piel por defenderla ante la historia, la Inquisición fue desde el comienzo un arma eficaz y coherente desde el punto de vista religioso y político. Un equipo resuelto y disciplinado que pudo erigirse a través de los países en que se instauró aun cuando sus inquisidores tuvieran que recorrer largos caminos agrestes muchas veces, pero decididos a yugular, aplastar y proscribir de este mundo a esa escoria de herejes que querían desestabilizar, con sus ponzoñosas creencias, a la “infalible y divina” Iglesia  Católica. He hablado sobre Tomás Aquino y sus intolerantes ideas que, muchos inquisidores, hicieron suyas para sustentar más eficazmente sus procesos. Pero deberíamos saber que uno de los primeros en argumentar la necesidad del tratamiento violento e incluso exterminio físico de los herejes fue Agustín, “doctor de la Iglesia”, eminente teólogo cristiano de los tiempos del feudalismo primitivo, erigido por la Iglesia al rango de beato y venerado hasta el día de hoy por los eclesiásticos como autoridad indiscutible en teología. Los cuantiosos y minuciosos datos sobre su vida están en las “Confesiones”, escritas en latín hacia el  año 400, son unas memorias que abarcan desde la infancia hasta su conversión en 387. En tanto que autobiografía “interior”, constituyen una de las obras más originales de la literatura religiosa occidental y aun de la literatura del pensamiento, pues, inauguran una fama reflexiva del pensamiento, pues, inauguran una forma reflexiva basada en la introspección y en la memoria, que tendrá gran predicamento en la época moderna, verbigracia, “Las confesiones” de Rousseau. De los trece libros de que se componen, los nueve primeros son propiamente autobiográficos, mientras que los cuatro restantes tratan de temas filosóficos y teológicos como son el problema del conocimiento (libro X), el tiempo y la eternidad (libro XI), la manifestación de Dios en las Sagradas Escrituras (libro XII) y el espíritu humano como reflejo de la Trinidad (libro III). Esta estructura hace que las “Confesiones” puedan leerse, aunque incompletamente, como un relato de la vida de un hombre llamado Aurelius Augustinus, profesor de retórica, que cuenta el atormentado itinerario por el que transcurrió hasta llegar a convertirse al catolicismo. Empecemos con una síntesis de las sectas heréticas que existían en la época de Agustín, para comprender mejor la evolución de su pensamiento en ese entonces. El Pelagianismo, herejía anatematizada en el Concilio de Éfeso en 431, fue concebida por el monje britano, probablemente de origen irlandés Pelagio (360-418). Este heresiarca gozó de gran prestigio por su pureza de costumbres y por su piedad. Formado en Oriente (Antioquía), residió en Roma hacia el 401 y más tarde pasó a Sicilia y de allí a África. Su doctrina no fue aceptada por San Agustín. En 412 el Concilio de Cartago lo condenó; sin embargo, en 415 los sínodos de Jerusalén y de Dióspoles lo absolvieron. En 416 fue de nuevo condenado en los sínodos de Mileve y Cartago, y en 418 el emperador Honorio lo desterró a Oriente, donde murió. El pelagianismo es una concepción particular de la vida religiosa y ética que Pelagio con sus discípulos Julián de Eclano y Celestio, la defendió en la primera mitad del siglo V en abierta polémica con San Agustín, el cual tuvo ocasión de precisar, contra él, aquella doctrina de gracia que estaba destinada a quedar como normativa en la tradición del cristianismo hasta la época de la escolástica. Las ideas de Pelagio –personalidad sobradamente conocida en la sociedad aristocracia de Roma a principios del siglo V, hombre de vivo ingenio, aunque desprovisto de una profunda cultura –, en el momento en que se enfrentó a San Agustín, nos son reveladas con toda claridad en su famosa carta A Demetriades y en sus Exposiciones de las Epístolas de San Pablo. En la carta a Demetriades, Pelagio desarrolla la idea de la esencial bondad de la naturaleza humana en la cual existiría una cierta santidad natural capaz de ejercer el juicio del bien y del mal. El mal no es pues inherente al hombre, creado por Dios a su imagen y semejanza, Señor de todos los seres creados, defendido contra las fuerzas brutales de la naturaleza por su razón y su prudencia. Pero también ante Dios el hombre es perfectamente libre. Primer cuidado de aquel que quiere ser grato a Dios es el de indagar su voluntad y conformase a ella, en sus propias acciones, con un acto voluntario y libre de su espíritu. En el comentario a las Epístolas de San Pablo, las doctrinas soteriológicas paulinas (la soteriología es la doctrina referente a la salvación en el sentido de la religión cristiana) son sistemáticamente interpretadas a base de este programa moral que situaba al individuo humano como centro único de la vida ética y libre creador del bien y del mal. En el comentario a la Epístola a los romanos Pelaglio se esfuerza en atenuar tanto como puede las tesis soteriológicas del apóstol. Allí donde éste habla de la redención “por medio de la fe sin las obras de la ley”, él se apresura a señalar el abuso hecho de este pasaje por parte de los que afirman que la sola fe, puede bastar al bautizado; donde San Pablo afirma que Cristo ha resucitado para “justificarnos”, el entiende “para confirmar la justicia de los creyentes”. El pecado de Adán no ha perjudicado en nada la bondad de la naturaleza humana, sino que sólo ha ofrecido al hombre un ejemplo de pecado; como, siguiendo el ejemplo de Adán, el hombre ha pecado y se ha alejado de Dios, así, siguiendo el luminoso ejemplo de Cristo, el hombre había comprendido de nuevo cuál es la recta senda del bien y se había reconciliado con Dios. En consecuencia, negación del pecado original, al menos como culpa que ha dañado irremediablemente, en el pecado de uno, la capacidad de obrar bien de la humanidad entera. Contra los que afirman la transmisión del pecado, Pelagio observa que, si el pecado de Adán daña también a los no pecadores, del mismo modo la justicia de Cristo ha de ayudar a los no creyentes. Si el bautismo, por lo demás, lava aquel delito, los que nacen de dos bautizados debieran estar inmunes de este pecado, ya que no han podido transmitir a los hijos lo que ellos no tenían. Muy lejos de concebir el pecado como algo inmanente a la vida asociada de los hombres, Pelagio interpreta el conocido pasaje de San Pablo (Romanos VII, 15-17).


“No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que no quiero, estoy de acuerdo en que la ley es buena, pero, en ese caso, ya no soy yo quien lo lleva a cabo sino el pecado que habita en mí.”


Afirmando que el pecado habita, sí, en nosotros, pro “como un huésped, como algo extraño”, ya que la naturaleza humana “podría no pecar, si quisiera”, y la predestinación de Dios es sólo presciencia. Otra secta hereje fue el Arrianismo que se destacó a comienzos del siglo IV. El arrianismo nació en Egipto y debe su nombre al sacerdote alejandrino Arrio, que vivió en la segunda mitad del siglo III y a principios del IV, y que fue seguidor de Filón de Alejandría. El arrianismo negaba la divinidad de Jesucristo y sostenía que las sustancias de las Tres personas de la Trinidad son distintas y sin relación entre sí la eternidad sólo correspondería al Padre y cada una de ellas tendría un grado distinto de divinidad – [Favoreció la difusión del arrianismo entre los godos la versión de la Biblia realizada por el obispo de los visigodos Ulfilas (h. 311-383). Apresado y trasladado a Constantinopla (332), se convirtió al arrianismo y fue consagrado obispo en 341. Regresó junto a su pueblo, a cuya evangelización contribuyó decisivamente. Tradujo la Biblia a la lengua visigoda. Se le considera uno de los creadores de la lengua alemana]. El arrianismo fue condenado en los Concilios de Nicea (325) y Sárdica (355) fueron desfavorables a los defensores de la ortodoxia, que hubieron de sufrir un largo periodo de persecuciones, entremezclado con épocas de calma. San Atanasio, muy especialmente, y los santos Basilio, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa prepararon el triunfo ideológico del cristianismo ortodoxo. La subida al trono de Teodosio puso fin a esta situación al imponer la fe de Nicea, actitud confirmada por el Concilio de Constantinopla (381). A partir de éste se inicia la agonía del arrianismo, cuya práctica quedó reducida a algunos pueblos godos hasta el siglo VII, en que desapareció totalmente.

Mani, fundador del Maniqueísmo
Una tercera secta herética fue el maniqueísmo, religión dualista fundada por el pensador religioso persa, Mani (h. 216-277). Su vida es conocida sólo a través de la leyenda. Hijo de noble familia, se dio a conocer hacia 240 en Seleucia o Ctesifonte, capital de los sasánidas, como el profeta que totalizaba la doctrina de la salvación. Fundó una comunidad en la India y volvió a Persia en tiempos de Sapor I, quien lo favoreció en un principio, aunque después lo rechazó. En el reinado de su sucesor, Bahrám I, fue crucificado a instancias de los sacerdotes estatales babilónicos, sus seguidores fueron desterrados. El maniqueísmo es fruto de la combinación de elementos judaicos, herético gnósticos, del Extremo Oriente, principalmente budistas, y de una metafísica dualista, existente en las culturas egipcia (religión de los misterios) y griega (pitagóricos, Platón, neoplatónicos, etc.). Su gnosis, basada en un dualismo radical, materia – mal y espíritu – bien, se desarrolla dialécticamente de manera histórica – salvífica: 1) separación original; 2) mezcla; c) reinstauración de la separación. En el estadio de la mezcla el alma se mezcló con la materia. Los enviados por Dios, hasta Mani, han sido vencidos constantemente a través de la historia por el mal (materia) y no han podido liberar las almas de los hombres encarceladas en el cuerpo. Pero la aceptación del mensaje de Mani hace posible en las almas la vuelta al reino de la luz. Los creyentes en él forman la iglesia pura, de la luz y de la razón. La salvación es conseguida por un proceso de concienciación de sí mismo, unido a un desapego total respecto a la materia. Los impuros caen en su morir y renacen constantemente en la materia, en el mal. El culto practicado por los maniqueos fue muy simple, sin altares y sin ritos; tan sólo se sirvieron de símbolos para la iniciación de sus adeptos. El maniqueísmo se extendió en Oriente, donde perduró hasta el siglo XIV, y en Occidente, principalmente en el siglo IV. San Agustín fue nueve años maniqueo, y en el Medioevo las corrientes de Oriente influyeron en el cristianismo, dando lugar a varias sectas, entre ellas, los cátaros y los bogomilos. En 1904 u 1905 se hallaron los fragmentos llamados de Turfan, procedentes de adeptos de Mani, y en 1930 C. Schmit encontró en El – Fayún (Egipto) unos papiros, tres de los cuales pueden considerarse auténticamente obra del propio Mani: El Kephalaia (capítulo del Maestro), La Correspondencia y el Libro de los Salmos. Por último, está la herejía nestoriana, fundada por Nestorio (h. 375-451), teólogo y patriarca de Constantinopla. Monje del monasterio de Euprepios y orador, Nestorio conoció a Teodoreto de Ciro. En 428, el emperador Teodosio II lo nombró patriarca de Constantinopla. Se esforzó en explicar la unidad estrecha que existe entre las dos realidades de Cristo, la humana y la divina. Como la concibiese de forma más moral que hipostática, defendió que en Cristo existían dos personas: la del verbo y la del hombre. Ello tuvo consecuencias en su mariología, pues defendió que María sólo era Christotókas (madre de Cristo) y no theotókos (madre de Dios), ya que, según él, este título tenía resabios y apolinarismo [herejía predicada por el Obispo Apolinar de Laodicea (m. h. 390) y muy extendida por Oriente. Afirmaba de el Verbo de Dios se había encarnado en un cuerpo humano desposeído de alma, siendo el Verbo lo que hacía las veces de ésta. Esta herejía que combatida por San Jerónimo y San Atanasio, y condenada en el Concilio de Constantinopla (381)]. Eusebio, obispo de Dorilea, Proclo, en su sermón ante el patriarca, y,  sobre todo, Cirilo, elevaron su voz contra Nestorio. Sin embargo, estos detractores no le ofrecieron una doctrina clara y distinta sobre las dos naturalezas de Cristo.

En el Concilio de Éfeso (431) fue depuesto y desterrado a un convento cerca de Antioquía y más tarde al interior de Arabia, en el gran Oasis. Después de la condenación de Nestorio en 431, sus doctrinas encontraron terreno favorable en la escuela de Edesa, que el emperador Zenón disolvió en 489. Perseguidos en el Imperio, sus partidarios se refugiaron hacia 553 en Persia. Poco después se independizaron de Iglesia antioquena. Bajo la dominación árabe, los nestorianos se propagaron por el Norte de Arabia, Egipto y la India, donde se llamaron cristianos de Santo Tomás. Según la Tala Nestoriana, existieron en China hacia el año. 631 comunidades nestorianas en situación de privilegio, que se mantuvieron hasta la primera invasión mongol del siglo XIII. He mencionado sólo algunas de las herejías que desgarraron el cristianismo desde su fase inicial. Bajo la envoltura religiosa se libró la lucha por intereses enteramente materiales de individuos y clases sociales diferentes. Antes de esbozar una biografía de Agustín, sería bueno echarle una ojeada a un texto extraído de Enquiridión (Enchiridión ad Laurentium), escrito a los 67 años, es decir, 35 después de su conversión. Es interesante el texto porque en él el Santo Hipona postula que Dios no puede insuflar el “mal” en su creación (el hombre). ¿Y los Inquisidores y su Inquisición no estuvieron insuflados de una malignidad aterradora? Este Agustín del Enquiridión no parece ser el “doctor de la Iglesia” que a voz en cuello postulaba la tortura y la ejecución de los herejes. Escuchémoslo:


“Aun lo que llamamos mal en el mundo, bien ordenado y colocado en su lugar, hace resaltar más eminentemente el bien, de tal modo que agrada más y es más digno de alabanza si lo comparamos con las cosas malas. Pues Dios omnipotente, como confiesan los mismos infieles, “Universal Señor de todas las cosas”, siendo sumamente bueno, no permitiría en modo alguno que existe algún mal en sus criaturas si no fuera de tal modo bueno poderoso que pudiese sacar bien del mismo mal. Pues ¿qué otra cosa es el mal, sino la privación del bien? Del mismo modo que, en los cuerpos de los animales, el estar enfermos o heridos no es otra cosa que estar privados de la salud – y por esto, al aplicarles un remedio, no se intenta que los males existentes en aquellos cuerpos, es decir, las enfermedades y heridas se trasladen a otra parte, sino destruirlas, ya que ellas no son substancia y, por tanto, algo bueno, recibe estos males, este es, privaciones del bien que llamamos salud –, así también todos los defectos de las almas son privaciones de bienes naturales, y estos defectos cuando son curados, no se trasladan a otros lugares sino que, no pudiendo subsistir con aquella salud, desaparecen en absoluto”.
(“Enquiridión”)



Después de leer este fragmento cabría preguntarnos: ¿Existe realmente el mal? Me gustaría contrastar este texto de San Agustín con uno de Freud, muy adecuado para la temática expuesta por Agustín:


“La verdad oculta tras todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se la atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo, sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus. ¿quién se atrevería a refutar este refrán, después de todas las experiencias de la vida y de la historia?”
(“El malestar en la Cultura”, Sigmund Freud)

"Enquiridión"
El hombre como “ser agresivo”; “el prójimo motivo de tentación para satisfacer en el hombre su agresividad”, expresiones en las antípodas de las dulzonas palabras de Agustín: [Dios] no permitiría en modo alguno que existiese algún mal en sus criaturas sino fuera de tal modo bueno y poderoso que pudiese sacar bien del mismo mal”. ¿Se referirá el “doctor de la Iglesia” a arrancarle a pobres desvalidos confesiones a base de tormentos de lo más inhumanos? Antes de entrar a los postulados de San Agustín de la forma en que se debe tratar a los herejes, démosle un vistazo a lo que fue su vida. San Agustín nace en Tagaste, pequeña población del norte de África, el 13 de noviembre del año 354. En su juventud se dejó arrastrar por los malos ejemplos y, hasta los 32 años, llevó una vida licenciosa, aferrando a la vida maniquea. De ello habla largamente en sus “Confesiones”, que comprenden la descripción de su conversión y muerte de su madre, Mónica.


“Quiero traer a la memoria mis falsedades pasadas, y las torpezas carnales que causaron la corrupción de mi alma; no porque las ame ya, Dios mío, sino para excitarme más a vuestro amor. Correspondiendo a vuestro amor hago esto, recorriendo mis perversos caminos con, pena y amargura de mi alma; para que vos, Señor, seáis dulce para mí, dulzura verdadera, dulzura felicísima y segura: y me reunáis y saquéis de la disipación y distraimiento que ha dividido mi corazón en tantos trozos como objetos ha amado diferentes, mientras he estado separado de vos, que sois eterna y soberana Unidad.  En algún tiempo de mi adolescencia deseaba ardientemente saciarme de estas cosas de acá abajo, y al modo que un árbol nuevo brota por todas partes espesas y frondosas ramas, yo también me entregué osadamente a varios y sombríos afectos y pasiones, con lo cual se afeó la hermosura de mi alma; y agradándome a mí mismo, y deseando agradar y parecer bien a los de los hombres, vine a ser hediondez y corrupción en los vuestros.”
(“Confesiones”, Libro II, cap. I.) 


San Agustín condenó más tarde, con mucha razón, la costumbre de diferir el bautismo por miedo de pecar después de haberlo recibido. Pero no es menos lamentable la naturalidad con que, en nuestros días, vemos los pecados cometidos después del bautismo que son una verdadera profanación de ese sacramento. Agustín daba gracias a Dios porque, si bien las personas que lo obligaban a aprender [padres y maestros], sólo pensaban en las “riquezas que pasan” y en la “gloria perecedera”, la Divina Providencia se valió de su error para hacerle aprender cosas que le serían muy útiles y provechosas en la vida. El santo se reprochaba por haber estudiado frecuentemente sólo por temor del castigo y por no haber escrito, leído y aprendido las lecciones como debía hacerla, desobedeciendo así a sus padres y maestros. Algunas veces pedía a Dios con gran fervor que lo librase del castigo en la escuela; sus padres y maestros se reían de su miedo:    


“En consecuencia de esto me pusieron a la escuela para que aprendiese a leer y escribir: en lo que yo no advertía qué utilidad pudiese haber; y no obstante, me azotaban cuando era negligente en aprender. Este rigor era alabado de mis padres y mayores; pero ello es cierto que muchos que nos han precedido en esta vida nos han dejado abiertos unos caminos trabajosos, por los cuales nos hacen ir por fuerza, multiplicando así los dolores y penalidades a los hijos de Adán (…) ¿hay, pues, algún hombre, vuelvo a decir, que en fuerza del amor y caridad fervorosa con que os ama, esté tan grandemente apasionado de vos, que se burle de los potros, garfios de hierro, y de otros tormentos semejantes? (para librarse de los cuales, y compelidos del gran temor que les tienen los hombres, en todo el universo acuden a vos con fervorosas súplicas); ¿hay, pues, alguno que los juzgue todos tan leves y de tan poca consideración, que se burle tanto de los que temen aquellas penas y martirios como nuestros padres se reían y burlaban de los tormentos con que los muchachos éramos afligidos de nuestros maestros? Pues a la verdad, ni yo los temía menos que aquellos otros puedan temer los tormentos inusitados, ni os suplicaba con menos fervor que ellos, que me libraseis de semejantes castigos, no obstante que yo los mereciese por mi negligencia en aprender, haciendo menos de lo que me pedían y mandaban en cuanto a leer y escribir. Porque a mí no me faltaba memoria ni ingenio, pues vos, Señor, me lo disteis muy suficiente para aquella edad,  pero gustaba del juego, y por él me castigaban los que tenían el mismo gusto y ejecutaban lo propio.”
(“Confesiones”, Libro I, cap. IX)


Agustín de Hipona, nació en Tagaste
en  el 354 d. C.
San Agustín no tarda en entablar relaciones amorosas con una mujer y, aunque eran relaciones ilegales, supo permanecerle fiel hasta que la mandó a Milán, en 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, el año 372. La lectura del “Hortensius” de Cicerón lo desvió de la retórica a la filosofía. Por entonces cayó Agustín en el maniqueísmo. La mala vida lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad; esos males, unidos al del orgullo, hicieron que Agustín profesara el maniqueísmo hasta los veintiocho años. El santo confiesa: “Buscaba yo por el orgullo lo que sólo podía encontrar por la humildad. Henchido de vanidad, abandoné el nido, creyéndome capaz de volar y sólo conseguí caer por tierra”. Después en una discusión con Fausto, el jefe de los maniqueos, Agustín empezó a desilusionarse de la secta. El año 383, partió furtivamente a Roma, a impulsos del temor de que su madre tratase de retenerlo en África. En la Ciudad Eterna abrió una escuela, pero, sufre una gran decepción por la perversa costumbre de los estudiantes, que cambiaban frecuentemente de maestro para no pagar sus servicios, decidió emigrar a Milán, donde obtuvo el puesto de profesor de retórica. La lectura de Platón y Plotino, sobre todo el primero, lo “llevó al conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostró el camino”. Agustín comprendía la excelencia de la castidad predicada por la Iglesia Católica, pero la dificultad de practicarla lo hacía vacilar en abrazar definitivamente el cristianismo.


“Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo, seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El enemigo se había posesionado de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una especie de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de dilatar mi entrega a ti alegando que aún no había descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo, seguía encadenado… Nada podía responderte cuando me decías: “Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te iluminará”… Nada podía responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. Así pues, te decía: “Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo”. Pero ese “pronto” no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el “poco tiempo” se convertía en mucho tiempo”.
(“Confesiones”, Libro VIII, cap. V)      


Agustín era de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos. Sentado bajo un árbol, en la paz de una mañana, escucha el cuento de un niño que decía: “Tolle lege, tolle lege” (Toma y lee, toma y lee). Fue ahí cuando sintió el momento de su conversión, que lo lleva a decir: “Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de ti. Me has tocado y mi corazón desea ardientemente tus abrazos”. Agustín, después de haber profanado el maniqueísmo, se dedicó a combatirlo; también midió fuerzas con el donatismo insipiente y consiguió extirpar la costumbre de efectuar festejos en las capillas de los mártires. San Posidio, su biógrafo, cuenta que sus vestidos y muebles eran modestos, pero decentes y limpios. Durante los 35 años de su episcopado, el santo de Hipona tuvo que defender la fe católica contra muchas herejías. San Agustín conservó todas sus facultades hasta el último momento, en tanto que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Por fin, el 28 de agosto de 430, exhaló apaciblemente el último suspiro, a los 72 años de edad, de los cuales había pasado casi cuarenta consagrado al servicio de Dios. Hasta aquí la vida del llamado “doctor de la Iglesia” y parte de lo que escribió. Pero vayamos a su posición frente la herejía. Habiendo renunciado después a sus creencias heréticas, luchó enérgicamente contra los donatistas, los arrianos, los maniqueos, los pelagianos y los adeptos de otras herejías, que sacudían el mundo cristiano. La visión de San Agustín sobre la manera de combatir a los herejes varió de principio a fin. Primero, trató de convertir a los donatistas y otros apostatas por medio de la propaganda, de las disputas teológicas. De un momento a otro llegó a la convicción de que debían ser tratados con una severidad moderada, esto es, aplicarles todo género de represiones, excepto las torturas y la pena capital. Por último, llegó a exigir el empleo de todos los medios coercitivos a la mano, incluyendo la tortura y la ejecución, ganando bien merecidamente la “gloria” de haber sido el primer “ideólogo” de la Inquisición. ¿En qué argumentos se sostuvo Agustín para aplicar necesariamente medidas drásticas contra los herejes? Pues, sus argumentos son seglares y eclesiásticos. Aferrado a pasajes del Antiguo y Nuevo Testamentos, relativos a las represiones contra los apostatas, San Agustín concluye que el amor cristiano al prójimo obliga no sólo a ayudar al renegado a salvarse a sí mismo, sino también a imponérselo, si no accede voluntariamente a abjurar de sus concepciones perniciosas. Según Agustín, los herejes se asemejan a las ovejas perdidas, y los eclesiásticos y los pastores, que tienen la obligación de retornarlas al rebaño, aunque sea necesario usar del rebenque y el cayado. No hace falta ejecutar a una oveja perdida, basta con fustigarla para que se corrija. Esto no es un castigo extraordinario. Pues así castigan los padres a sus hijos indóciles, y los maestros a los alumnos desobedientes; incluso los obispos que presiden tribunales seglares lo aplican a los delincuentes ordinarios. Es legítimo emplear con este fin las torturas que sólo causan daño a la carne pecaminosa, “calabozo del alma”, si con ello se logra retornar a un hereje al camino de la verdad. Si la doctrina bíblica obliga a la esposa infiel, con tanto mayor razón debe ser castigado el que reniega de los dogmas eclesiásticos. Según Agustín, no tiene importancia que un hereje abandone su creencia falsa por miedo al castigo, ya que “el amor perfecto acabará por imponerse al miedo”. La doctrina católica y su machismo recalcitrante no sólo tiene en Agustín a uno de sus más viles representantes, no olvidemos el trato de concubina con que sometió a la mujer que le dio un hijo a quien después la confina a su suerte, pues, él, muy ocupado en lograr su comprensión y perdón ante su Dios, la envía a Milán, en 385. No le dio a la madre de su hijo el mismo trato que le dio a Mónica, su madre. Su amado San Pablo debe haberle servido como modelo de machismo:


“Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor. Porque el esposo es cabeza de su esposa, así como Cristo es cabeza y salvador de la iglesia, la cual es su cuerpo. Así como la iglesia se somete a Cristo, también las esposas deben someterse a sus esposos en todo”.   
(“Carta a los Efesios” 5, 22-24)


Confesiones de San
Agustín.
Este Pablo hubiera sido no sólo un marido machista sino un buen traficante de esclavos; su aceptación de la esclavitud como forma de vida social es defendida en Efeso, una de las ciudades más importantes del imperio romano, ciudad a la que llegó por lo menos en dos ocasiones. Los seguidores de Cristo en esa ciudad eran muy fieles, y habían sufrido mucho en su vida cristiana. Pablo les da instrucciones sobre la relación que debe existir entre los padres y los hijos, y los amos y los esclavos, haciendo ver que Dios es el dueño de todos ellos. Según Pablo la acción del hombre está injertada y tiene sus raíces en la Acción de Dios. La Acción de Dios actúa en la acción del hombre. “En Él nos movemos, vivimos y existimos”. La Acción de Dios se sirve de nuestra acción respetándola totalmente. La libertad de Dios actúa en el interior de nuestra propia libertad:


“Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan sólo cuando lo estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como los esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o libre”.
(“Carta a los efesios”, 6; 5-8)


Esclavo en la Tierra y esclavo en el Cielo; vaya espíritu negrero que dominaba la mente de este otro santo católico. Prosigue el “santo” diciéndonos que la Acción de Dios en la nuestra no merma en absoluto la libertad humana. Por el contrario, la incita, la alimenta y la fortifica. “Donde está el Espíritu del Señor está la libertad”. Nuestra libertad no se realiza en una separación solitaria, en un rechazo de Dios, sino, por el contrario, en una cooperación con Dios, en la obra de su gloria. La libertad no consiste en el poder de elección de un sí o de un no frente a Dios. La libertad es el sí. La esclavitud es el pecado. Si hemos sido liberados por el Espíritu del Hijo, verdaderamente somos hijos y libres. Dando fruto es como realizamos y manifestamos nuestra libertad, y no encerrándonos en la soledad de la nada. Toda esta verborrea, contradictoria e incoherente, extraída de sus cartas, nos da la sensación de un cerebro tocado por alguna fuerza, más que divina, terrenal. Conocido es el “Camino de Damasco” en la vida de este Pablo de Tarso. De la conversión a la doctrina de Cristo existen tres narraciones que nos interesa conocer y comparar para extraer de ellas un núcleo común. Veamos la primera versión:


“Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas cerca de Damasco, de repente le rodeo una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” Él respondió: “¿Quién eres Señor?” y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer”. Los hombres que iban con él se habían detenido muchos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano y lo hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, ni comer, ni beber. Había en Damasco un discípulo llamado “Ananías”. Él respondió: “Aquí estoy, Señor”. Y el Señor: “Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista. Respondió Ananías: “Señor, he oído hablar de muchos de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos de Jerusalén y que está aquí con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.” El Señor le contestó: “Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.” Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado. Tomo aliento, y recobró las fuerzas. Estuvo algunos días con los discípulos de Damasco, y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios. Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: ¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha venido aquí con el objeto de llevárselos atados a los sumos sacerdotes? Pero Saulo se crecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco demostrándoles que aquél era Cristo.”
(Hechos, 9; 1-22)  


La alusión a la actitud criminal de Pablo de Tarso es clara. Sus padres lo enviaron muy joven a Jerusalén, donde Gemaliel, un noble fariseo, lo instruyó en la Ley de Moisés. Pablo se convirtió pronto en un observante de la ley tan celoso, que podía apelar aun el testimonio de sus enemigos para probar hasta qué punto su vida se había conformado a las prescripciones legales. El joven discípulo de Gemaliel ingresó también a la secta de los fariseos, que era la más severa. Algunos de sus miembros habían caído en el orgullo, opuesto a la humildad evangélica. Más tarde, sobrepasando a sus compañeros en celo por la ley y las tradiciones judías, que él identificaba entonces con la causa de Dios. Saulo, como un Inquisidor de la antigüedad, se convirtió en perseguidor y enemigo de Cristo. Fue uno de los que tomaron parte en la lapidación de San Esteban, y San Agustín comenta que al guardar las ropas de quienes apedreaban al mártir, Saulo lo había apedreado por manos de todos los demás. El segundo relato nos lo cuenta el mismo Pablo cuando se dirige al pueblo de Jerusalén, en el momento, de ser apresado (en el año 58 ó 59):


«Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy. Yo perseguí a muerte a este Camino (el cristianismo), encadenado y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguármelo el Sumo Sacerdote y todo el Consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había, para que fueran castigados.
»Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” Yo respondí: “¿Quién eres, Señor?” Y él a mí: “Yo soy Jesús Nazoreo, a quien tú persigues. “Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije: “¿Qué he de hacer, Señor?” Y el Señor me respondió: “Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas.” Como yo no veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco.
»Un tal Ananías, hombre piadoso según la Ley, bien acreditado por todos los judíos que habitaban allí, vino a verme, y presentándose ante mí me dijo: “Saúl, hermano recobra la vista.” Y en aquel momento le pude ver. Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, pues le has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su  nombre.”
»Habiendo vuelto a Jerusalén y estando en oración en el Templo, caí en éxtasis y le vi a él que me decía: “Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí” Yo respondí: “Señor, ellos saben que yo andaba por las sinagogas encarcelando y azotando a los que creían en ti; y cuando se derramó la sangre de tu testigo Esteban, yo también me hallaba presente, y estaba de acuerdo con los que le mataban y guardaba sus vestidos.” Y me dijo: “Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles.”»
(Hechos, 22; (3-21))     



San Pablo.
El tercer relato es un discurso de Pablo, esta vez en presencia del rey Agripa, en el tribunal del procurador Festo, en el año 60. Pablo es invitado a defenderse de las acusaciones formuladas contra él por los judíos.


«Todos los judíos conocen mi vida desde mi juventud, desde cuando estuve en el seno de mi nación, en Jerusalén. Ellos me conocen de mucho tiempo atrás y si quieren pueden testificar que yo he vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión. Y si ahora estoy aquí procesado es por la esperanza que tengo en la Promesa hecha por Dios a nuestros padres, cuyo cumplimiento están esperando nuestras doce tribus en el culto que asiduamente, noche y día, rinden a Dios. Por esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos. ¿Por qué tenéis vosotros por increíble que Dios resucite a los muertos?
»Yo, pues, me había creído obligado a combatir con todos los medios el nombre de Jesús, el Nazoreo. Así lo hice en Jerusalén y, con poderes recibidos de los sumos sacerdotes, yo mismo encerré a muchos santos en las cárceles; y cuando se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto. Frecuentemente recorría todas las sinagogas y a fuerza de castigos les obligaba a blasfemar y, rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras.
»En este empeño iba hacia Damasco con plenos poderes y comisión de los sumos sacerdotes y al medio día, yendo de camino, vi, oh rey, una luz venida del cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor. Caímos todos a tierra y yo oí una voz que me decía en lengua hebrea: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón.”
»Yo respondí: “¿Quién eres, Señor?” Y me dijo el Señor: “Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero levántate, y ponte en pie; pues me he aparecido a ti para constituirte servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y una parte en la herencia de los santificados, mediante la fe en mí.”
Así pues, rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial…»



Conque facilidad expía el “santo” sus crímenes. ¿Ananías y Pablo hablando con Jesucristo? En la época de la Inquisición los hubieran tomado, antes que de herejes, por un par de trastornados. Esa famosa luz y esa visión en su camino a Damasco no de haber sido otra cosa que un rayo. Los paleontoloclimatógos han sostenido que en esa época, eran comunes las tormentas con truenos, relámpagos y rayos. Por otro lado, declaraciones de muchas personas impactadas por rayos sufrieron los mismos síntomas que el elegido de Jesucristo presentó a la hora de su “visión”. Que cada uno juzgue de acuerdo a su criterio. Sea cual sea el juicio sobre este hecho, nada lo libera de sus crímenes cometidos contra inocentes. Terminemos con Pablo explicando su posición frente a la castidad y la ascesis.
Pablo era soltero. Permaneció solo durante toda su vida misionera. El mismo dijo a los corintios: “¿No soy yo libre? ¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? (…) ¿Por ventura no tenemos derecho a comer y beber? ¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas? ¿Acaso únicamente Bernabé y yo estamos privados del derecho de no trabajar? (1 Co. 9, 1-6.)

“Bien le está al hombre abstenerse de mujer” (1 Co. 7, 1.), escribió San Pablo a los corintios, y a los romanos: “Bien está no comer carne ni beber vino”. (Rm. 14, 21.) Añade además en su Epístola a los Corintios: “Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo, mas cada cual tiene de Dios su gracia particular, unos de una manera y otros de otra”. (1 Co. 7, 7.)

“Acerca de la virginidad, no tengo precepto del Señor. Doy, no obstante, un consejo, como quien, por la misericordia de Dios, es digno de crédito. Por tanto, pienso que es cosa buena, a causa de la necesidad presente, quedarse el hombre así. ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿No estás unido a una mujer? No la busques. Más, si te casas, no pecas. Y si la joven se casa, no peca. Pero todos ellos tendrán su tribulación en la carne, que yo quisiera evitaros.

“Os digo, pues, hermanos: el tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Lo que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del  Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido (…)” (1 Co. 7, 25-34.)

La ascesis tiene un significado profético. Profetiza, en la propia existencia del santo, la condición humana futura, en la “duración o el mundo que viene”. “Los hombres serán como los ángeles de Dios, y no se casarán…” La ascesis cristiana anticipa la vida futura y, en cierta medida, la empieza a realizar desde aquí abajo.

El apego a las condiciones de vida humana actual no es malo en sí, sino anacrónico, puesto que “la figura de este mundo pasa”. El realista íntegro es el asceta. La fijación en el tiempo presente es una inversión. Aquí es donde interviene la dialéctica paulina del hombre antiguo y del hombre nuevo, del hombre renovado por la vida del Espíritu Santo. El hombre espiritual ya está inmerso en la economía de una existencia nueva y eterna, la economía de los hombres que han nacido otra vez en Cristo. La ascesis adquiere sentido por la perspectiva de la historia de la creación que tenía Pablo. La duración y el mundo presentes ya son caducos. La ascesis cristiana denuncia la caducidad de la duración actual, testimonia la presencia –en el seno de esta duración – de la duración o del mundo que vendrá. La ascesis cristiana está orientada hacia la Venida del Señor. El hombre viejo, “el hombre carnal”, no comprende esta perspectiva, esta innovación en la Obra de Dios. El hombre espiritual es en esencia el hombre profético que percibe la venida del mundo nuevo en la duración actual: “Porque las cosas visibles son temporales, mientras que las invisibles son eternas.

Ahora bien, no hay que olvidar que la excelencia de la ascesis, precisamente por la libertad que proporciona, no implica en ningún modo que el pensamiento de Pablo contenga una actitud manierista frente al matrimonio. Sus epístolas pastorales se alzan, de forma profética, contra el catarismo y el maniqueísmo bajo cualquiera de sus formas:

“El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostataran de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas, por la hipocresía de embaucadores que tienen marcada a fuego su propia conciencia; éstos prohíben el matrimonio y el uso de alimentos que Dios creó para que fueran comidos con acción de gracias por los creyentes y por los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios ha creado es bueno y no se ha de rechazar ningún alimento que se coma con acción de gracias; pues queda santificado por la Palabra de Dios y por la oración.” (1 Tm. 4,1.)

Para los limpios, todo es limpio, más para los contaminados e incrédulos nada hay limpio, pues su mente y su conciencia están contaminadas.” (Tt. 1,15.)

Nada más extraño a toda la tradición bíblica que la actitud maniqueísta frente al mundo sensible, a la existencia corporal, a la fecundidad. La totalidad del mundo es un misterio, y Pablo poseyó el entendimiento del misterio del matrimonio, como puede verse en el pasaje de la epístola a los efesios que ya hemos citado “Este misterio es grande…” (Ef. 5,32)

Pero, precisamente porque el mundo es misterio, es bueno que algunos se abstengan de usar el mundo, para que el mundo pueda ser conocido en tanto que misterio profético. Es bueno usar el mundo como si no se lo usara, porque la figura de este mundo imperfecto pasa, y dejará su lugar al mundo que vendrá, profetizado por este mundo presente. Por ello, tanto las personas solteras como las casadas contribuyen a manifestar el misterio del matrimonio. El matrimonio no podría vivirse como misterio si la castidad no anunciara su sentido escatológico, y el misterio ya no sería consagrado en sus especies sensibles si el hombre no conociera a la mujer.

Por lo demás, nadie es más humano que Pablo, el asceta, que se preocupó de escribir a Timoteo: “No bebas ya agua sola. Toma un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes indisposiciones.” (1 Tm. 5, 23)

Pablo es un luchador. Las imágenes del combate reaparecen incesantemente en sus cartas. Denotan un fondo incontestable de agresividad fecundada y trasformada por la santidad. Pablo es un atleta de Cristo. “¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado.” (1 Co. 9, 24.)

La ascesis paulista es una ascesis atlética. No tiene nada de ascesis morbosa ni de maniqueísmo estéril. Está esencialmente orientada hacia el fruto que producirá. Se poda el árbol que dé más fruto.

San Pablo es lo contrario de la “búsqueda del tiempo perdido”. “No que tenga ya el premio conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo hacia lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.” (Flp. 3,12)

En su libro “Los orígenes del Cristianismo”, Renan, en un tono poéticamente imaginativo y novelesco, nos habla de Pablo de Tarso:
              
“Una de las mayores alegrías que Pablo experimentó en esta época fue la llegada de un mensaje de su querida Iglesia de Filipos, la primera que se fundó en Europa, y en la que dejó tantos fieles cariños. La rica Lydia, la que él llamaba “su esposa verdadera”, no le olvidada. Epafrodita, enviado por la Iglesia, llevaba algún dinero útil para el apóstol, dados los gastos que le ocasionaba su nuevo estado. Pablo, que había siempre hecho una excepción en favor de la iglesia de Filipos, recibiendo de ella lo que no quería deber a ninguna otra, mostró la mayor alegría. Las noticias de la Iglesia eran excelentes. Apenas si unas disputas entre las dos fiaconisas Evodía y Sintiquea, habían turbado la paz. Algunas triquiñuelas suscitadas por los malévolos, y de las que resultaron algunas prisiones, sólo sirvieron para demostrar la paciencia de los fieles. La herejía de los judío-cristianos y la pretendida necesidad de la circulación, vagaban en torno de ellos sin desanimarles. Algunos malos ejemplos de cristianos mundanos y sensuales de los que el apóstol habla con lágrimas, no procedían, según parece, de su Iglesia. Epafrodita estuvo algún tiempo con Pablo y pasó a su lado una enfermedad, debida a su abnegación, que por poco no le condujo a la muerte. Un vivo deseo de volver a ver Filipos apoderóse de este hombre excelente: deseo calmar por sí mismo las inquietudes que concebían sus amigas. Pablo, por su parte, queriendo hacer cesar lo antes posible los temores de las piadosas damas, despidióle prontamente, dándole para Filipos una carta llena de ternura, escrita de puño y letra de Timoteo. Nunca había encontrado tan dulces expresiones para explicar el amor que profesaba a aquellas Iglesias tan buenas y tan puras, que encerraba en su corazón. Las felicito, no sólo por creer en Cristo, sino también por haber sufrido por él. Los comparaba con un pequeño grupo escogido de hijos de Dios en medio de una raza corrompida y perversa, como antorcha en medio de un mundo obscuro. Les fortificó contra el ejemplo de los cristianos menos perfectos, es decir, de los que no se hallaban exentos de todo prejuicio judío.
Los apóstoles de la circuncisión son tratados con la mayor dureza. “Cuidado con los perros, con los malos obreros, con todos esos mutilados. Nosotros somos los verdaderos circuncisos, nosotros los que adoramos con arreglo al espíritu de Dios, que ponemos nuestra gloria y nuestra confianza en Jesucristo, no en la carne. Si yo quisiera elevarme por esas distinciones casuales, mejor que nadie podía hacerlo; yo, circuncidado al octavo día de mi nacimiento de la pura raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreos, antiguo fariseo, antiguo perseguidor, antiguo observador celoso de las justicias legales. Y por el contrario, imitando al Cristo, tengo tales ventajas por inferioridades, por inmundicias, desde que sé lo que encierra de trascendental el conocimiento del Cristo Jesús. Por ser agradable al Cristo, he perdido todo lo demás, he cambiado mi propia justicia, procedente de la observación  de la ley, por la verdadera justicia según Dios, que procede de la fe en Cristo, a fin de participar de su resurrección y de resucitar, a mi vez, entre los muertos, como he participado de sus sufrimientos y como llevo encima la imagen de su muerte. Estoy lejos de haber llegado a este fin, pero le persigo. Olvidando lo que atrás queda, siempre caminando hacia lo que hay delante, aspiro como el corredor al premio de la victoria colocado al final de la carrera. Tal es el sentimiento de los perfectos.” Y agrega: “Nuestra patria está en el cielo, del que esperamos, para salvar al Señor Jesucristo, que transforme nuestro cuerpo glorioso, por la extensión de su poder y gracias al decreto divino que todo se lo somete. He ahí, hermanos, a los que amo y siento no daros mi alegría y mi corona, he ahí la doctrina a que habéis de atenernos, amados míos.”
Exhórtales, sobre todo, a la concordia y la obediencia. La forma de la vida que les ha dado, la manera como le han visto practicar el cristianismo es la buena; pero, después de todo, cada fiel tiene su revelación personal, que viene también de Dios. Ruega a su “verdadera esposa” (Lydia), que reconcilie a Evodia y Sintiquea, que las secunde, que las ayude en su oficio de siervas de los pobres. Quiere que haya regocijo: “el Señor está próximo”. Las líneas en que da las gracias por el envío del dinero que le hacen las damas ricas de Filipos, es un modelo de afabilidad y de viva piedad. “He experimentado una gran alegría en el Señor a propósito de este reflorecimiento tardío de vuestra amistad, que os ha hecho por fin pensar en mí: ya sé que pensabais, pero no tenías ocasión de demostrarlo. No digo esto para insistir acerca de mi pobreza; he aprendido a contentarme con lo tengo. Sé pasar en la penuria y sé gozar lo superfluo. Me hallo habituado a todo, a estar harto y a tener hambre, a nadar en la abundancia y a carecer de lo necesario. Puedo hacer todo lo que me sirva para fortificarme. Pero, por vuestra parte, habéis hecho bien en contribuir a aliviar mi situación. No hablo así porque me alegra el donativo, sino por el provecho que de él resultará para vosotros. Tengo lo que necesito, estoy hasta sobrado de ello, desde que recibí por Epafrodita vuestra ofrenda, sacrificio de buen perfume, hostia bien acogida, agradable a Dios.”
Recomienda la humildad, que nos hace mirar a los demás como superiores a nosotros, la caridad, que nos hace pensar en los demás antes que en nosotros; a ejemplo de Jesús. Jesús tenía en sí todo el poder de la divinidad mientras duró su vida terrestre; pudo mostrarse en su esplendor divino; pero de hacer tal cosa la marcha de la redención hubiera sido trastornada. Por esto se había despojado de su brillo natural para tomar la apariencia de su esclavo. El mundo le vio semejante a un hombre. No mirando más que el exterior, por un hombre habría sido tomado. “Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y a la muerte en la cruz.
He ahí por qué Dios le exaltó y le dio un nombre superior a todos, queriendo que al oír decir Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el infierno, y que toda lengua proclame al Señor Jesucristo, la gloria de Dios Padre.”
Como se ve, Jesús va creciendo de hora en hora en la conciencia de Pablo. Si éste no admite aún su completa igualdad con Dios Padre, cree en su divinidad y presenta su vida terrestre como la ejecución de un plan divino, realizado por una encarnación. La cárcel hacía en él, el efecto que ordinariamente produce en las lamas fuertes. Le exaltaba y provocaba en sus ideas vivas y profundas revoluciones. Poco después de expedir la carta a Filipos, envió a esta Iglesia a Timoteo, para informarse de su estado y dar nuevas instrucciones. Timoteo debió regresar muy pronto. Lucas parece haber hecho también por entonces un viaje de corta duración.”     
(“Los orígenes del cristianismo”, Ernest Renan; El Anticristo – Editorial Argonauta – Buenos Aires, 1946, volumen II; págs.: 15-18)    

Giovanni Papini, escritor italiano.
El converso Papini, cuando habla del ladrón Dimas, hace una interpretación del Evangelio como justificando y liberando a ese ladronzuelo hipócrita que, cuando se encuentra en víspera de la muerte, se arrepiente de su mala vida; tan al contrario de Gestas, que se mantiene en su línea delictiva. Este tipo de exégesis cabía para justificar al converso, quien, muy suelto de huesos, inicia una nueva vida de “santo” después de haber “conversado” con el Salvador, dejando atrás su pasado ignominioso:

“Los ladrones que habían sido crucificados en compañía de Jesús habían empezado a hacerse malos con él en el camino, cuando fue aliviado del peso de la cruz. Nadie se preocupaba de ellos; que tuvieran que morir también ellos, de la misma manera no impresionaba a nadie; a él lo maltrataban, en verdad, pero al menos advertían que estaba y todos se preocupaban de él, corrían por él, como si estuviera solo. Por él seguía detrás toda aquella gente – gente importante, gente instruida y adinerada – por él lloraban las mujeres y hasta el Centurión se conmovía. Era él el Rey de la fiesta, este embaucador de provincia y llamaba la atención de todos como si hubiera sido un Rey de veras. Quién sabe si, por haberse hecho éste el melindroso ni aun les darán a ellos el vino mirrado.
Pero uno de ellos, cuando oyó las grandes palabras del compañero envidiado – perdónales, porque no saben lo que hacen – repentinamente calló. Esa plegaria era tan nueva para él, lo llamaba a sentimientos tan extraños a su espíritu y a su vida toda que, de golpe, lo trasladó de nuevo a la edad olvidada, a la primera, cuando él también era inocente y sabía que existía un Dios a quien se podía pedir la paz como los pobres piden el pan a la puerta de los señores. Pero en ningún rincón, por más esfuerzo de memoria que hiciese, había una petición como esa, tan fuera de lo ordinario, tan absurda en boca de uno que está por ser asesinado. Y sin embargo, esas palabras inverosímiles encontraban en el corazón reseco del ladrón una conexión con algo en que hubiera querido creer, particularmente en ese momento en que estaba por comparecer ante un juez más terrible que el de los tribunales. Aquella plegaria de Jesús encontraba su incrustación imprevista entre pensamientos que no hubiera sabido expresar con razonamientos hablados, pero que le parecían por momentos, iluminaciones en lo oscuro de su destino. ¿Había sabido verdaderamente lo que hacía? ¿Y los otros habían pensado en él, habían hecho por él lo que hubiera sido menester para apartarlo del mal? ¿Había habido alguien que lo hubiera amado de veras? ¿Quién le hubiera dado de comer cuando tenía hambre y una capa cuando tenía frío y una palabra amiga cuando surgían en el alma exacerbada y solitaria las tentaciones? ¿Si hubiera tenido un poco de pan y un poco de amor de más, habría, acaso, cometido lo que lo había llevado hasta el Calvario? ¿No se hallaba también él entre aquéllos que no saben lo que hacen, cegados por la necesidad, dejados solos entre las tentaciones externas? ¿Acaso no eran ladrones como él los Levitas que traficaban con las ofrendas, los Fariseos que estafaban a las viudas, los Ricos que, a fuerza de usura, ordeñaban hasta la sangre a los necesitados? Eran ellos los que lo habían condenado a muerte; pero, en resumidas cuentas, ¿qué derecho tenían de matarlo, si no habían hecho nunca nada para salvarlo y si se habían manchado de su propio delito?
Esto pensaba en su corazón convulsionado, mientras esperaba que la enclavaran también a él. La proximidad de la muerte – ¡y de que muerte! – aquella plegaria inaudita de los ladrones, el odio que deformaba las caras de aquellos mismos que lo habían condenado también a él, agitaban su pobre alma herida y la inclinaban a sentimientos que no había experimentado más después de la puericia, a sentimiento de los cuales ni sabía el nombre, pero que podían asemejarse al arrepentimiento y a la ternura.
Cuando los tres estuvieron en la cruz, el otro ladrón, aunque torturado por la enclavadura, empezó de nuevo a insultar a Jesús. También él tentaba vomitar por la boca rodeada de pelos babosos, los desafíos de los Judíos:
-¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros! (L. 23, 39)
¿Si hubiera sido en realidad Hijo de Dios, no hubiera pensado en librarse y en librar también a sus compañeros de desgracia? ¿Por qué no se compadecía? Entonces tenían razón los que estaban allá abajo; era un embustero, un hijo de nadie, un abandonado, un maldito. Y el escarnio del rabioso ladrón era reforzado por el despecho de una esperanza fallida. Una esperanza que apenas había asomado, como un sueño imposible de salvación milagrosa. Pero un desesperado espera hasta en lo imposible y aquella desilusión parecíale casi una traición.
Mas el Buen Ladrón, que hacía ya rato lo escuchaba y escuchaba lo que vociferaban los otros rabiosos allá abajo, se dirigió al compañero:
¿Tampoco tú temes a Dios, estando como estás aquí sufriendo el mismo suplicio? En cuanto a nosotros con toda justicia, porque recibimos la pena digna de nuestras acciones, pero éste no ha hecho mal alguno. (23, 40, 41).
El ladrón ha llegado, a través de la duda de su culpa, a la certidumbre de la inocencia del misterio perdonador que está a su lado. “Nosotros hemos cometido acciones – no quiere llamarlos delitos – que los hombres castigan, pero éste no ha hecho mal alguno y sin embargo es castigado como nosotros; ¿por qué, pues, lo insultas? ¿No temes de que Dios te castigue por haber deprimido a un inocente?
Y volvió a recordar lo que había oído contar a Jesús: pocas cosas por cierto, y para él no muy claras. Pero sabía que había hablado de un Reino de paz y que él mismo volvería a presidirlo. Entonces, en un arranque de fe, como si invocara la comunidad de aquella sangre que chorreaba en el mismo momento de sus manos de criminal y de aquellas manos de inocente, prorrumpió en estas palabras:
-¡Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino! (L. 23, 42).
Hemos sufrido juntos; ¿no reconocerás a quien estuvo a tu lado en la cruz: al único que te haya defendido cuando todos te insultaban?
Y Jesús, que había contestado a nadie, volvió cuanto pudo la cabeza hacia el ladrón compasivo y le respondió:
-En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. (L. 23, 43).
No puede prometer nada terreno. ¿De qué le valdría ser desenclavado de la cruz y arrastrarse algún año más, llagado y menesteroso, por los senderos del mundo? Y de hecho, no ha podido, como el otro, ser salvado de la muerte. Se contenta con que lo recuerde después de la muerte, si vuelve a la gloria, Jesús, en vez de la vida carnal y perecedera, le promete la eterna, el Paraíso y sin demoras: “hoy mismo”.
Ha pecado; a los ojos de los hombres, ha pecado gravemente. Ha quitado a los ricos un poco de su riqueza; tal vez robado también a los pobres. Pero Jesús ha tenido siempre por los pecadores enfermos de una enfermedad que nunca ha ostentado pero que tampoco ha querido ocultar. ¿No ha venido, por ventura, a devolver al calor del establo la oveja perdida entre los zarzales de la campaña? ¿No están ya bastante castigados, los malos, por su propia maldad? ¿Y los que se creen justos y los condenan, no son, acaso y con frecuencia, más corrompidos que ellos? No perdona a todos. Sería otra injusticia, más santa que la otra pero injusta. Pero una sola palabra de arrepentimiento, una sola palabra de dolor le bastan. La oración del ladrón era suficiente para absolverlo.
El Buen Ladrón es el último a quien Jesús haya convertido en el tiempo en que aún tenía su cuerpo de carne.
De él no sabemos nada más; solamente su nombre conservado por un apócrifo. La Iglesia, basándose en aquella promesa de Cristo, lo ha recibido entre sus santos, con el nombre de Dimas.”
(“Historia de Cristo”, Giovanni Papini; Editorial “El Ombu”- Buenos Aires, 1933, págs. 312-315)


La Inquisición en Lima.
Dejemos a San Agustín, Santo Tomás y San Pablo, ya hemos visto que sus vidas distan mucho de esa “santidad” gazmoña y cucufata conque han pasado a la historia y, antes de retomar el proceso que se le siguió a Juan Hus, veamos algunos testimonios del sadismo y la perversión con que la Inquisición, en nombre del Salvador y de Dios, se ensañó con personas inocentes, muchas de ellas por el solo “delito” de no compartir las intolerantes creencias católicas. El primero es de Luis Millones:

“Otros ámbitos en los que el tribunal ejercía jurisdicción eran la magia, hechicería y los pecados de sodomía. Caro Baroja nos da la lista de los delitos a ser considerados como materia del Santo Oficio en el siglo XVI:
1.0.        Herejía.
1.1.         Proposiciones heréticas.
1.2.        Proposiciones erróneas.
1.3.        Proposiciones temerarias.
1.4.        Proposiciones escandalosas.
2.0.       Resabios de herejía.
2.1.        Apostasía de la fe.
2.2.       Apostasía de las religiones (órdenes religiosas) en determinadas circunstancias.
2.3.       Blasfemias heréticas en varias formas.
2.4.       Cismas.
2.5.       Adivinanzas (ver el futuro o pasado) y hechicerías.
2.6.       Invocación de demonios, hechicerías y ensalmos.
2.7.       Astrología judiciaria y quiromancia.
2.8.       Delito de los no sacerdotes que celebran misa o confiesan.
2.9.       Confesores solicitantes (los que abusan del sacramento de la confesión para tener tratos sexuales con os fieles).
3.0.       Clérigos que contraen matrimonio.
3.1.        Bígamos.
3.2.       Menospreciadores de campanas y quebrantadores de cédulas de excomunión.
3.3.       Los que quedan en excomunión por un año.
3.4.       Quebrantadores de ayunos y los que no cumplen con la Pascua.
3.5.       Los que toman en la comunión muchas hostias o partículas.
3.6.       Los que disputan casos prohibidos (por ejemplo, una sentencia de la Inquisición).
3.7.       Benefactores, defensores y recibidores (que acogen) de herejes.
3.8.       Magistrados que decretan algo que impide la jurisdicción inquisitorial.

La lista de intereses de la Inquisición no fue fija. Varió con las premuras de la corona española. Sin pretender que los cambios fuesen radicales, se puede decir que luego de su preocupación por los conversos en el siglo XVI pasó a interesarse por los luteranos y “alumbrados” en el XVII, para terminar censurando los libros y condenando las ideas liberales desatadas por los filósofos franceses en el siglo XVIII.
La Inquisición llegó al Perú en 1569, siendo los primeros inquisidores Serván de Cerezuela y Andrés de Bustamante, aunque este último no logró ejercer su cargo porque murió en Panamá. Cerezuela ingresó a Lima el 28 de noviembre del mismo año y se alojó en el convento de los agustinos hasta que se le proporcionó local para sus tareas. El Santo Oficio permaneció activo en Perú hasta el 23 de setiembre de 1813, cuando el virrey Abascal promulgó el decreto expedido por las cortes de Cadiz que abolía la Inquisición. No obstante, cuando se reinstaló en España el rey Fernando VII, el Deseado, la volvió a poner en funciones en Lima, por cédula de 1814, pero su existencia fue desde entonces fantasmal hasta su desaparición en 1820.
La Inquisición no tuvo jurisdicción sobre la población aborigen, lo que guardaba coherencia con respecto al tipo de población sobre la que ejercía sus poderes: quienes conociendo la verdadera fe faltaban a ella. Esta disposición tenía un ángulo pragmático: al ser súbditos del rey y sujetos de evangelización, la corona los apartaba de los poderes del Santo Oficio y su control se reservaba a los funcionarios reales. Los errores de comprensión o ejercicio de la fe eran materia a ser corregida por las parroquias, doctrinas y visitadores eclesiásticos. En cambio, las poblaciones europeas o de origen europeo, mestizos, negros y demás castas, vivieron bajo el ojo avizor del Santo Oficio. Su dominio se extendía sobre las zonas urbanas y sus poderes en América sólo tuvieron el límite de las jerarquías mayores de la iglesia y el poder civil. Aunque no fueron pocas las disputas por razones de rango a lo largo de la Colonia.
Siguiendo el patrón establecido en España, la Inquisición limeña inició sus procesos a partir de la delación. Esto no era necesariamente producto de un intriga, en principio todos tenían la obligación de delatar a cualquier sospechoso de herejía, quien no lo hacía estaba en falta y podía ser condenado por ello. La Inquisición acogía todas las delaciones por descabelladas que fueran y en adelante el acusado quedaba marcado de tal manera que incluso quienes salían absueltos no eran declarados inocentes. Su expediente no se cerraba hasta que se revocasen los testimonios en contra y los jueces sentenciaran específicamente que era inocente. Una vez delatada, la persona tenía que aportar las pruebas de su propia falta, si no las tenía ya era indicio de su voluntad de no cooperar, o de ser negativo, como era la expresión de la época.
No existían límites para calificar a quienes estaban en capacidad de delatar, se admitía como válidos los testimonios de delincuentes comunes, excomulgados, infieles, judíos, etc. Si el acusador cambiaba el tenor de su declaración los jueces se atenían a la versión que mencionaba a un posible hereje y procedía su detención. No se hacía caso de las retractaciones; el delatado, además, no podía saber quién era su acusador.
Al prisionero se le incautaban sus bienes, que incrementaban los fondos de la Inquisición. Durante el proceso que se avecinaba tenía un abogado de oficio, pero éste no actuaba como los defensores modernos, generalmente se limitaba a aconsejar al reo que confesase sus faltas, reales o ficticias, para disminuir su pena. Y aquí debemos mencionar uno de los rasgos principales del procedimiento: la tortura. La Inquisición la usaba como un instrumento legal para obtener declaraciones que se admitían como testimonios válidos. Los daños e incluso la muerte del torturado se consideraban como decisión del propio acusado, que pudo evitar el castigo confesando su culpa.
Uno de los documentos más desgarradores de esa situación ha sido recogido en las mazmorras de la Inquisición. Se trata de doña Mencía de Luna (26 años), presa en 1635, acusada de practicar en secreto la ley de Moisés. Ante el cuestionamiento:
“Dijo que no debe nada (contra la fe) y que no sabe qué responder… fue (entonces) mandada llevar a la cámara de tormento, donde fueron los dichos señores inquisidores y ordinarios, excepto el señor inquisidor Gaytán que se quedó y no fue, sería a las nueve dadas de la mañana y estando en la dicha cámara, amonestada que diga la verdad y no se quiera ver en tanto trabajo.
Dijo que no debía nada.
Amonestada, y fue mandada desnudar, dijo que no debía nada.
Fue vuelta a amonestar que diga la verdad, (si lo hace) no se mandará poner en la cincha. Dijo que no debía nada contra la fe. Fue desnuda y puesta en la cincha, atados los dedos de los pies, y por lo pies y espinillos un cordel, y los brazos, y por los molledos para la mancuerda.
Estando desnudándola decía que no debía nada y que si en el tormento por no poderlo llevar dijere algo, que no valga nada ni sea válido porque lo dirá de miedo de dicho tormento.
Estando ya atada en la forma dicha y puesta en la cincha, fue amonestada que dijese la verdad, donde no, se le mandaría dar y apretar.
La primera mancuerda.
Dijo que no debía nada contra la fe. Y fue mandada dar y apretar la primera vuelta y estándosela apretando decía, judía soy, judía soy, yo lo diré, y no cesó de decirlo. Preguntada cómo es judía, quién la enseñó y de qué tiempo a esta parte. Dijo que Jorge de Silba la enseñó a ser judía, y le mandó que ayunase el martes y que no comiese, y que su madre y su hermana son judías. Dijo que su madre se llama doña Isabel, y su hermana se llama doña Mayor.
Preguntada cómo son judías, su madre y su hermana.
Dijo que lo que quisieran poner ahí pongan, y decía Jesús que me muero, miren que me sale mucha sangre, porque tengo sangre de judía: amonestada que diga la verdad, donde no se mandará cerrar la vuelta, y dar la segunda. Dijo que ha de decir que no debe nada. Fuéle mandado dar y apretar la segunda vuelta y estándosela apretando se quejaba diciendo: ay, ay y se estaba callando, y en este estado, que serían cerca de las diez de la mañana, se quedó desmayada”.
(“Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima” José Toribio Medina)


Se equivocaban los inquisidores, Mencía había fallecido, como comprobaron tras varios intentos de continuar la tortura. Su hermana y Jorge de Silva fueron azotados, perdieron sus bienes y se les exilió perpetuamente de las Indias.
La señora Luna murió en una de las cuatro maneras más comunes de forzar la confesión de los reos: su cuerpo fue paulatinamente apretado por cuerdas que se ceñían sobre las zonas más sensibles. Otras formas de tortura fueron la de la polea o garrucha, que consistía en colgar a las víctimas de las manos a cierta altura del piso, con un peso de hierro o piedra pendiente del cuello a los pies. La polea levantaba el cuerpo y luego lo dejaba caer de golpe, pero de modo que ni los pies ni las pesas tocasen el suelo, de tal forma que fuese en el cuerpo donde se sintiese la conmoción. El tormento del potro consistía en colocar al reo desnudo sobre un caballete de madera y atarlo de manera que no pudiera moverse; luego se le introducía varios litros de agua por la boca sin cesar, para producirle sensación de ahogo. Finalmente, para el tormento de fuego se sentaba al cautivo y se introducían sus pies en un cepo que los inmovilizaba a cierta altura del suelo. A continuación se untaba éstos con sebo o manteca de cerdo y se arrimaba un brasero encendido. Si la víctima cedía, se interponía una madera entre las llamas y sus pies hasta que la confesión fuese completa, o se retiraba si los inquisidores la consideraban insatisfactoria.
Como hemos visto en este caso, uno de los inquisidores no quiso presenciar la tortura. Generalmente la oficina de Lima tenía dos inquisidores, un fiscal, un alguacil mayor, un secretario de secreto, un secretario de secuestros, un receptor general, un abogado del fisco, un procurador, un contador, siete consultores del clero, tres consultores seculares, treintisiete calificadores, dos abogados de presos y un médico. Había otros veinte o veinticinco empleados que se encargaban de los prisioneros, dirigidos por un alcaide.
En unas estadísticas elaboradas por Palma, en base a la documentación entonces contenida en la Biblioteca Nacional (y que fuera perdida en la guerra del Pacífico), se puede ver que la Inquisición limeña condenó a la última pena (ser quemados vivos) a cuarenticuatro personas, catorce de las cuales habían fallecido en prisión o habían conseguido escapar a ellos se les incineraba  en “estatua” o se quemaban sus huesos. Sin llegar a ese extremo, la Inquisición podía arruinar la vida de los acusados con suma facilidad, véase el caso de Jorge de Silba y de la hermana de Mencía por ejemplo.
El juicio más notorio de la historia del Santo Oficio en Perú fue el que llevó a sus cárceles a los comerciantes portugueses residentes en Lima (1639) del que forma parte el testimonio de doña Mencía de Luna. El análisis de esta persecución tiene que integrar la percepción de los judíos en la metrópoli, donde una alianza entre la nobleza terrateniente y la población empobrecida de las ciudades había contribuido a su persecución.
Fue así como uno de los sectores más dinámicos de la economía española abandonó el país o asumió la difícil condición de converso. Uno de los lugares de refugio fue Portugal, cuya expansión hacia África y leyes antisemitas menos duras, hicieron posible que los perseguidos y sus descendientes se concentrasen cerca de su tierra natal.
Esta vecindad siempre incomodó a las autoridades españolas, aunque la corona no vaciló en pedir ayuda a la banca portuguesa cuando perdió el favor de los empresarios genoveses. Hay que recordar, además, que por un largo período el reino de Portugal fue incorporado a España (1580-1640) y durante ese tiempo fue lícito que ciudadanos portugueses, con limitaciones mínimas, pudiesen vivir y ejercer sus profesiones en los territorios americanos.
La prisión de los comerciantes de Lima se puede explicar también por el resentimiento que generó su éxito. Medina nos transcribe fragmentos de una carta (5 de mayo de 1636) que comenta esta situación:
“de seis a ocho años a esta parte, decían, es muy grande la cantidad de portugueses, que han entrado en este reino del Perú (donde antes había muchos), por Buenos Aires, el Brasil, Nueva España, Nuevo Reino y Portobelo. Estaba esta ciudad cuajada de ellos, muchos casados y los más solteros, habíanse hecho señores del comercio, la calle que llaman de Mercaderes era casi suya, el callejón todo, y los cajones (puestos de venta. LM.) los más, hervían por las calles vendiendo con petacas a la manera que los lenceros de esa Corte: todos los más corrillos de la plaza eran suyos; y de tal suerte se habían señoreado del trato de la mercancía que desde el brocado al sayal y desde el diamante al comino todo corría por sus manos. El castellano que no tenía por compañero de tienda a portugués, le parecía que no había de tener suceso bueno.”
(Ibíd. José Toribio Medina)


Uno de los notables de esta floreciente comunidad era Manuel Bautista Peres, natural de Ansar (Coimbra, Portugal) de 46 años. Había venido de Sevilla y desde entonces, usando a Lima como centro, mantenía relaciones comerciales con Lisboa y Sevilla en Europa, Luanda en África, y Veracruz, Guatemala, Panamá, Cartagena, Potosí y Santiago de Chile en América. En el Perú sus negocios cubrían Cañete, Huamanga, Moquegua, Ica, Pisco, Arequipa y Arica. Comerciaba con esclavos negros, perlas, joyas, añil, ropas de Castilla y China. Cuando lo capturaron tenía una inmensa fortuna y su casa, además de ser lujosa, albergaba una pinacoteca vasta y una biblioteca de 135 títulos y 155 volúmenes que prueban una cultura refinada.
Curiosamente, no figuraba en ella ningún texto hebreo o que pudiese ser considerado como sospechoso de herejía.
El proceso de Peres fue llevado a cabo con lentitud, tanto que en los que duró su trámite se acabaron los juicios de los otros acusados. Sometido a la misma tortura que Mencía, no cedió en su negativa y trató de suicidarse dándose puñaladas con un arma que hizo introducir desde fuera de la prisión. El intento no prosperó, por lo que siguieron los interrogatorios.
Finalmente se convocó el auto de fe “para exaltación de nuestra santa fe católica”, el 23 de enero de 1639.
Junto con Manuel Bautista marcharon al cadalso Sebastian Duarte y García Váez, todos ellos cuñados entre sí. Duarte y Peres fueron quemados sin aceptar su culpa, y Váez que había confesado fue “admitido a reconciliación”, tuvo que desfilar con las vestiduras infamantes de un condenado (sambenito) y una vela verde en las manos. Haber cedido a las exigencias de los inquisidores no le libró de la cárcel, ni de la confiscación de sus bienes y el destierro perpetuo de las Indias. Más aún, a la hora en que se encontraron los tres parientes, Váez fue visiblemente despreciado por los otros dos.
La condena de los considerados culpables se cumplía fuera de la plaza de armas, en un lugar que ahora se ubica en los alrededores de la plaza de toros. Durante los procesos, la Inquisición se había apropiado de los bienes de los acusados, que en este caso eran verdaderas fortunas, lo que en sí podría haber sido causa de la redada.
Como en España, la existencia de la Inquisición en el Perú no pareció despertar opiniones en contra durante el ejercicio de su poder, pero las demostraciones de júbilo y el asalto a sus instalaciones cuando se abolió, prueban un odio contenido. Esta explosión popular llegaba tarde, la oficina que funcionaba en los inicios del siglo XIX era una vacilante sombra de la que inspirara terror en los primeros siglos de la Colonia.”
(“Nuestra Historia” – Perú Colonial, Luis Millones; Fondo Editorial Cofide. Primera edición: Abril de 1995; págs.: 183-191)


Tormento de Mencia
Luna.
Otro testimonio sobre las humillantes ceremonias de las que la Inquisición gustaba organizar para el “entretenimiento” de la canalla, así como el ensañamiento del Santo Oficio católico contra los judíos queda registrado en un interesante libro de Keller:

“Fuera de la Península pirenaica se había formado una importante diáspora de marranos. Pero mientras que afuera empezaban una nueva vida, esparcidos por toda la Tierra en numerosas comunidades y animados por vigorosos impulsos, en España y Portugal la Inquisición exigía todavía nuevas víctimas. Aún no habían cesado los horripilantes procesos en los que los inculpados eran quemados vivos.
En 1680, doscientos años después de haberse implantado la Inquisición. Madrid es nuevamente el escenario de un auto de fe gigantesco, celebrado con toda pompa y organizado en honor del joven rey Carlos II con motivo de su boda con la princesa francesa María Luisa de Orleáns, sobrina de Luis XIV. Diego de Sarmiento el vigésimo quinto Gran Inquisidor de España, a través de circulares, que todos los herejes condenados fueran enviados puntualmente a Madrid para la gran fiesta. Fueron llevadas allí ochenta y seis víctimas, entre ellas cincuenta marranos judaizantes. Heraldos anunciaron al pueblo el gran acontecimiento. En una de las grandes plazas de la capital se erigieron las enormes tribunas de madera para el pueblo, la corte y los invitados del rey.
Las calles y callejuelas están todavía envueltas en la oscuridad cuando en la madrugada del día 30 de junio la lúgubre procesión se pone en marcha desde el palacio de la Inquisición. Carboneros con alabardas inician la marcha. Detrás de ellos va el grupo de las víctimas, descalzos, vestidos tan sólo con el “sambenito”, la “camisa de penitencia” hecha de tela basta sobre la que brilla una cruz de color rojo, cubiertas sus cabezas con gorros de papel pintados con caras de demonios, y cada uno llevando una vela encendida en la mano. Siguen luego los cuadros de herejes condenados que han muerto o se han fugado, con sus nombres escritos encima, para quemarlos “in effigie”, y ataúdes con esqueletos desenterrados de “pecadores” muertos sin absolución, para quemarlos en las hogueras, llevados por los verdugos de la Inquisición. La comitiva termina con una larga fila de sacerdotes y monjes de todas las órdenes, caballeros y “familiares” de la Inquisición con banderas y crucifijos.
“¡Viva la fe!”, grita el pueblo cuando la procesión entra en el lugar del suplicio. Alrededor de la pareja real se encuentra la corte entera, todos los caballeros y damas, entre ellos los altos dignatarios y los Grandes y la pequeña nobleza. No falta nadie. Las víctimas son llevadas a la hoguera. De repente se oye el grito de una joven: “¡Reina, tened misericordia! ¿Cómo podría abjurar de la fe que bebí con la leche de mi madre?” Francisca Negueyra, una marrana de diecisiete años, condenada a muerte, fija la vista, desesperadamente, en el palco de la real novia. Pero ésta se calla. La ceremonia sigue su curso. El Gran Inquisidor, con un crucifijo y los Evangelios, se acerca al rey y le hace jurar que, como soberano verdaderamente cristiano, destruirá sin piedad a todos los enemigos de la Iglesia, apoyando siempre a la Santa Inquisición. Carlos II jura y después de él los dignatarios, los caballeros y los representantes de la ciudad. “Amén”, murmura la muchedumbre. Son leídas las sentencias y comienza la ejecución. Ponen una antorcha en la mano del rey y éste prende fuego a la pira.
Las llamas ardieron hasta la noche y con el humo se esparció sobre la ciudad el olor de carne humada quemada. El rey, la reina y su séquito asistieron a las ejecuciones hasta el final, hasta que se hubo carbonizado la última víctima. Dieciocho marranos murieron en la hoguera. Entre ellos una viuda de sesenta años con sus dos hijas, su yerno y dos mujeres más, una de tan sólo treinta años. Los hombres, entre los veintisiete y los treinta y ocho años, eran gente sencilla, obreros de fábricas de tabaco, orfebres y comerciantes. La dama de honor francesa D’Aulnay escribió: “Los judíos murieron con tanta valentía que todos quedaron asombrados: los unos se echaron ellos mismos a las llamas, los otros se hicieron quemar primero las manos y después los pies y los soportaron todo con tal firmeza que el rey mismo quedó estupefacto y declaró que era una pena que estas almas tan valientes no se pudieran ganar para la verdadera fe.” La marquesa de Villars escribió a su marido en Francia: “Fue un cuadro espantoso. No se pueden describir las atrocidades que cometieron en la ejecución de esos infelices. Sólo un certificado médico confirmando encontrarse seriamente enfermo podía dispensar de la asistencia al auto de fe; sin éste se corría el peligro de ser mirado como hereje. Incluso les desagradó que yo no mostrara ningún entusiasmo por todo lo que sucedía… ”  
En Portugal sucedió lo mismo que en España. Mientras en el resto del mundo comenzaba una nueva época, los reinos católicos de la Península Ibérica permanecían en la más oscura Edad Media. Las consecuencias se notaron pronto: a la furia de la Inquisición siguió la decadencia. Medio siglo después del gran auto de fe en Madrid, un estadista dijo al heredero del trono de Portugal: “Cuando Vuestra Alteza suba al trono encontrará muchos pueblos y lugares muy bellos deshabitados, incluso Lamego y Guarda. Sipreguntáis cómo han sido destruidos esos lugares y sus fábricas, nadie se atreverá a deciros que ha sido la Inquisición, que encarcelaba a mucha gente por ser judaizante, y obligaba a otros a huir del país a causa del miedo a la confiscación y a la prisión, la que ha destruido las ciudades y pueblos junto con sus factorías.”
Los tribunales de fe trajeron la ruina económica. España y Portugal, las naciones que habían dado el primer salto para descubrir y conquistar nuevos mundos, se hundieron hasta la insignificancia. Robos y guerras no podían servir como fundamento para un imperialismo perenne. Las flotas cargadas con oro y plata robados al Nuevo Mundo trajeron ciertamente tesoros enormes al país: de 1503 a 1663 los galeones españoles transportaron barras de oro y plata de las colonias americanas por un valor de casi mil millones de dólares. Y a pesar de esto el país decayó. Las fuerzas que hubieran sido capaces de desarrollar y animar la economía, la industria, la artesanía y el comercio, faltaban por completo: muchos miles de judíos y marranos fueron metidos en la cárcel o quemados miserablemente, y a otros la huida les hizo abandonar estos países trágicos que durante muchos siglos habían sido la patria en la que en otro tiempo vivieron su Edad de Oro. España perdió su potencia universal. La nueva vida, tan importante para el futuro, se abrió camino en otros países: allí donde se habían refugiado los marranos…
El historiador  Cecil Roth dice: “La importancia de estas colonias que emigraron a lejanos países – hasta la India y América – fue extraordinariamente grande. Económicamente desempeñaron un papel decisivo. Desde el principio del siglo XVII formaron una red de relaciones comerciales que, en toda la Historia, quizás sólo pueda compararse con la Hansa de la Edad Media. Dominaron una gran parte del comercio de Europa Occidental. Tuvieron casi el monopolio de la importación de piedras preciosas de la India Oriental y Occidental. La industria del coral fue una creación de los judíos, o mejor dicho, de los marranos. El comercio del azúcar, del tabaco y de otros artículos de las colonias estaba en sus manos.
Desde la mitad del siglo XVII los judíos de ascendencia española o portuguesa ocuparon puestos importantes en el tráfico comercial mundial.
En parte se debe a ellos la creación de los grandes Bancos nacionales. El desplazamiento del centro del comercio mundial del sur de Europa hacia el Norte fue uno de los acontecimientos de gran importancia provocados por la inquisición.”
¿Era pues exagerado que un economista de Berlín hiciera constar en 1911, en un estudio científico sobre “Los judíos y la economía”: “Como el sol, así pasa Israel por encima de Europa: donde llega, brota nueva vida, y de donde se va, todo lo que hasta entonces florecía, se marchita”?
 (“Historia del pueblo judío”, Werner Keller, Volumen II; Sarpe, 1985, Madrid págs.: 187-190)


Luego de una extensa suspensión, retornamos al heresiarca checo Juan Hus, a quien dejamos recluido y sometido a interrogatorios que duraron varios meses. Al detener a Juan Hus, el Concilio de Constanza, se adjudicó las funciones del tribunal inquisitorial. Nombró jueces de instrucción y fiscales, los cuales bosquejaron un acta de acusación de 42 puntos contra el teólogo checo, encargando a los comisarios especiales de interrogar al recluso, interrogatorios que duraron varios meses, en esa sutil manera de “confundir” al reo a través del agotamiento físico y mental, buscando que cayera en contradicciones o ambigüedades. De un monasterio dominico, Hus fue trasladado al castillo de Tobleben, donde estuvo aherrojado con grillos, y por la noche se le sujetaba además a una cadena fija en la pared. Hus insistía en su inocencia en cada interrogatorio, por lo que, en opinión de los eclesiásticos, su comportamiento era el de un hereje incorregible. Hus denunció la venalidad, el libertinaje, el afán de lucro y la avidez del clero. No por ello era hereje, ya que muchos padres conciliares censuraban los vicios de los clérigos, y el Concilio mismo había sido convocado para encontrarles un antídoto. Para Hus, los jerarcas eclesiásticos no podían ser herederos de los apóstoles de Cristo, porque no observaban estrictamente las virtudes cristianas, eran, por lo tanto, unos embusteros y unos mentirosos a quienes el poder secular debía privarlos de títulos y beneficios eclesiásticos. No tardaron, los verbosos verdugos de Hus, en darse cuenta que se encontraban ante un avezado maestro de teología y un gran conocedor de los Evangelios, a quien no podían vencer así nomás con triquiñuelas propia de los embusteros inquisidores. Aun cuando estaba recluido en Constanza, Hus siguió escribiendo con la aquiescencia de los carceleros, sobre diversos aspectos de la doctrina eclesiástica, y cada página nueva proveía a sus enemigos de nuevos argumentos para acusarlo de herejía. Paul de Vooght, en su «Las herejías de Juan Hus» (1960), cita a un jactancioso inquisidor medieval que dice: “Denme dos líneas de un autor y lo haré condenar”. En efecto, como los buenos abogados o políticos corruptos que interpretan la Constitución según sus intereses, así de contradictorio es ese mamotreto de fantasías y mentiras llamada Sagrada Biblia; de ahí que el valeroso Hus hubo de enfrentarse a numerosas disposiciones de los concilios y encíclicas y bulas de los papas, así como a los ambiguos, ilusorios y quiméricos evangelios qué hacían posible interpretar cualquier texto de él en su perjuicio. La furia energúmena de los jueces religiosos ante la osadía de un condenado que se atrevía a cuestionar o poner en tela de juicio textos canónicos o manifestaciones y declaraciones oficiales del sumo pontífice no tenía límites: los inquisidores lanzaban al audaz a la hoguera, o bien lo encarcelaban hasta el fin de sus días, salvo que al condenado se le quebraran los nervios y abjurara en el último momento de sus “yerros aborrecibles” .Los textos de Hus, como era costumbre en los padres conciliares, fueran tergiversados y amañados para armar un acta acusatoria contra él. Todas las tentativas del teólogo checo por probar la inconsistencia de las acusaciones se estrellaban contra un muro brutal de intolerancia. Los padres conciliares lo acusaban de ser peor que un sodomita, lo tildaban de Caín, de Judas, turco, tártaro, y judío; ningún adjetivo denigrante resultaba exagerado para calificar a ese monstruo, a esa “serpiente rastrera” y “víbora lúbrica”. Las sesiones eran interrumpidas por las vocingleras, silbidos, pataleos y gritos para acallar los discursos de defensa de Hus. “¡A la hoguera!”, era la frase que más frecuentemente se escuchaba. Hus negó la acusación de haber negado la transustanciación, pero no pudo rebatir que había apoyado las doctrinas de Wyclef y defendido la rebeldía contra la Iglesia, excitando tumultos y al despojo de bienes. El emperador Segismundo le exhortó públicamente a que se sometiera al concilio, pues, si así lo hacía se procedería contra él blandamente, por los privilegios de bohemia. Pero Hus se obstinó en la misma fórmula que más tarde veremos emplear a Lutero. Dijo que sólo estaba dispuesto a someterse si se le convencía en discusión pública, lo cual era muy difícil, pues, sus argumentos hubieran prolongado indefinidamente la vista de la causa, aparte que el concilio, parte de una Iglesia arbitraria y falaz, estaba allí para acallarlo, no para discutir con él. No se le había dado autoridad para ello. “Prueben que mis concepciones son heréticas, y las abdicaré”, era su consigna. De conseguir que su víctima se arrepintiera en público, los jueces habrían asestado un golpe a los husitas de Bohemia. El teólogo checo rechazó todo acuerdo de transacción con sus enemigos. Prefería soportar el suplicio del quemadero, antes que renegar cobardemente de sus convicciones. Agotados todos los caminos, el Concilio lo declaró hereje impenitente; fue destituido de su dignidad sacerdotal, excomulgado y condenado a la hoguera. La fecha de la ejecución fue acordada para el 6 de julio de 1415. En aquel día tuvo lugar el auto de fe más solemne de cuantos registra la historia de la Inquisición. Hus, como Sócrates, estuvo dispuesto a morir por una idea. Sócrates era apolítico, pero Hus no; estaba orgulloso de figurar a la cabeza de un partido que declaró que prefería morir a retractarse. Abjurar hubiera sido darle la razón a los irracionales, a esa institución religiosa que no es más que un inmenso asilo de zánganos y parásitos que no cesan de ofrecer un paraíso celestial que no existe y seguir vendiendo sus ostias de caridad, fe y esperanza. Hus se comportó como se comporta un hombre de bien, no quería sufrir el desprestigio moral de abandonar a los suyos. Prefería pasar por un rebelde, por un hereje, que abandonar la causa de sus queridos checos. En el libro “Juan Hus en el Concilio de Constanza” (1965), se leen fragmentos de lo más degradante a que puede descender un ser humano. Cuando a Hus le entregaron el llamado cáliz de redención uno de los obispos pronuncia la maldición siguiente:


“¡Oh, Judas maldito! Puesto que has abandonado este concilio de paz y te has conciliado con los judíos, te quitamos este cáliz de redención”.

A lo que Hus replicó soberbiamente:

“Creo en Dios Todopoderoso, en cuyo nombre soporto con paciencia este vilipendio, creo que no me quitará el cáliz de su redención y espero firmemente beber de él hoy en su reino.”


Le dijeron que se callara, y como se negó, los guardias le taparon la boca con las manos. Siete obispos le quitaron el traje sacerdotal y lo exhortaron de nuevo a abjurar. Hus declaró, volviéndose hacia los presentes, que no podía confesar los errores que no había compartido nunca. Entonces le impusieron silencio a gritos. Antes de entregar a un condenado a las llamas había que prepararlo pertinentemente para ese “auto de fe”. A John Huss se le cortaron las uñas y el pelo en la cabeza. Luego, como era usual mofarse del acusado para desacreditarlo, lo coronaron con una tiara de payaso hecha de papel y cubierta de demonios dibujados, en la que estaba escrito: “Es heresiarca”. El obispo que dirigía esas operaciones mágicas dijo a Huss “Encomendamos tu alma al diablo”. El teólogo checo, como un experto esgrimista, no dejó de parar dignamente cada golpe, con una fuerza y tenacidad que infundían respeto incluso a sus enemigos. “Y yo la encomiendo al Señor Jesucristo que perdona todo”. Se produjo un ajetreo, y cayó de la cabeza de Huss el gorro de payaso. Entonces uno de los guardias ordenó a un sacristán: “Ponle de nuevo ese gorro, para que se le pueda quemar con los demonios, sus dueños, a los que sirvió aquí en la Tierra”. El emperador Segismundo entregó a Hus al conde palatino Luis, y éste mandó al preboste de Constanza: “Tome a ese hombre, que hemos condenado los dos, y quémelo como hereje”. Esto, después de la ejecución de Jerónimo de Praga también en la hoguera, encendió una espantosa guerra, la de los husitas, que iba a tener en jaque y humillar a los ejércitos imperiales durante dieciocho años. El emperador Segismundo no pudo volver a poner pie en Praga hasta veintiún años después. Pedro de Mladenovice (1390-1451), testigo ocular de la ejecución, dejó como ejemplo instructivo para los descendientes una descripción detallada de la misma:

“El lugar de su suplicio fue una especie de pasado en medio de los huertos de las afueras de Constanza. Así pues, le quitaron la ropa negra superior y quedó en camisa, luego lo ataron firmemente con cuerdas, en sus puntos, a un rollo grueso, atando las manos a la espalda. Después de aguzar el rollo por un extremo lo clavaron en la tierra, y como Hus estaba de cara al Este alguien de los que allí se encontraban dijo: “No dejen que esté de cara al Este, porque es un hereje; vuélvanlo hacia el Oeste”.  



John Hus en el Concilio de Constanza.
El historiador Grigulevich descubre los últimos momentos del heresiarca de Praga, basado en los testimonios que se conservan en el libro “John Huss en el Concilio de Constanza”, con notas e introducción de Matthew Spinka (Nueva York y Londres, 1965). Escuchémoslo:


“Cuando lo ataron por el cuello con una cadena cubierta de hollín, la miró y dijo, sonriendo a los verdugos: “El Señor Jesucristo, mi Redentor y Salvador, estaba atado con una cadena más dura y pesada. Y yo, miserable, no me avergüenzo de llevar por su santo nombre esta”. Se puso bajo sus pies dos haces de leña (aún tenía los zapatos y un cepo en sus pies). Se amontañó leña mezclada con paja alrededor de su cuerpo, hasta la garganta. Antes de que fuera encendida se le aproximó el mariscal imperial Hoppe von Poppenheim en compañía del hijo del finado Clem [conde palatino Luis, hijo del emperador Ruperto II Clem], y exhortó al magistro a que abjurara de su doctrina y sus predicas para salvar su vida. Pero el magistro Hus replicó, levantando los ojos al cielo. “Dios es testigo de que no he enseñado ni predicado nunca lo que se me atribuye y se me imputa por el falso testimonio. La intención principal de mi prédica y de todos los demás actos y escritos míos fue únicamente salvar a hombres del pecado. Y por esa verdad del Evangelio, sobre la que escribí y que prediqué en consonancia con las palabras y exposiciones de los santos doctores, quiero gustosamente morir hoy”. Después de oírlos, el mariscal y el hijo de Clem dieron unas palmadas y se retiraron. Los verdugos prendieron fuego y el maestro empezó a cantar en voz alta: “Cristo, hijo del Dios vivo perdónanos”.  Se levantó viento, el fuego y el humo envolvieron su rostro y se calló. Los verdugos hurgaron durante mucho tiempo la hoguera en vías de extinción. Según la narración del mismo Pedro de Mladenovice, destrozaron con estacas la cabeza del mártir y cubrieron de tizones los pedazos. Encontraron el corazón en las entrañas, lo atravesaron con un palo agudo y lo quemaron con esmero. Desgarraron por medio de tenazas el cuerpo carbonizado, para facilitar el trabajo del fuego. Se arrojaron a la hoguera también los efectos personales del magistro de Praga. Cuando las llamas se habían apagado los verdugos recogieron minuciosamente las cenizas e incluso la tierra del lugar de ejecución y las echaron al Rin, para que nada quedara del hereje quemado. Al otro día de la ejecución, los padres conciliares rezaron un tedeum, con la participación de Segismundo y la reina, los príncipes y otros altos dignatarios, 19 cardenales, 2 patriarcas, 70 obispos y todos los demás clérigos asistentes al Concilio.”
(“Historia de la Inquisición”, I. Grigulevich)  
                


La Iglesia no se ha quedado quieta. Así como ha tenido a sus acusadores y ejecutores para quemar disidentes, también tiene sus esbirros dispuestos a defender a sangre y fuego sus errores y sus iniquidades. El historiador de la Inquisición F. Hayward, en su libro “La Inquisición”, califica a John Huss de rebelde peligroso, cuyas prédicas amenazaban el orden social consagrado por la Iglesia e, ipso facto, por el propio Dios. F. Hayward razona como cualquier déspota tiranuelo que somete a un pueblo. Lo cierto es que la Iglesia no pudo tolerarlo, y la Inquisición tenía sobradas razones para aniquilar a Huss y a otros heresiarcas y sus continuadores:


“Por cierto que uno se estremece de horror al pensar que un ser humano es quemado por sus ideas, aunque sean erróneas, pero de otro lado, es imposible negar el mal y los desórdenes que origina la propagación de esas ideas, sobre todo entre las masas fácilmente inflamables”.


Las palabras de este defensor de la Inquisición provocan náuseas; su cinismo e hipocresía sólo pueden provenir de su alma malévola y espíritu perverso. Según su discurso, el fin justifica los medios. Por el mismo camino transita el jesuita francés Joseph Gill quien, con una picardía típica de los frailes de la Compañía de Jesús, afirma lo siguiente sobre John Huss:


“Sus apelaciones a la Escritura contra la Iglesia, sus intentos de limitar prácticamente la Iglesia al cuerpo invisible de los selectos, su falta de respeto para la jurisdicción y la autoridad eclesiásticas, su defensa obstinada de Wyclif, tantas veces condenado: todas estas consideraciones y otras más hacían necesario poner coto a su prédica en Bohemia, y posibles su condenación y su entrega al brazo secular. Dadas su sinceridad y piedad, esa condenación es aún más punzante y altamente lamentable, pero no por ello es intrínsecamente injusta con respecto a los criterios de la época.”
(“Constanza y Bale – Florence”, Joseph Gill, págs. 87-88)     


En las palabras de este réprobo jesuita se percibe la harto conocida tesis de la Inquisición medieval que imputaba a sus víctimas la responsabilidad de los crímenes que ella misma cometía, de todo lo que sufrieron en sus trenas; en conclusión, para el jesuita Gill, el culpable de la ejecución de John Huss fue el propio Huss. No olvidemos que estos jesuitas pertenecen a la orden fundada por Ignacio de Loyola, quien en su autobiografía relató a la posteridad una serie de peripecias, y no le disgustaba, como en el caso de San Agustín, hablar con sus amigos de sus propias debilidades y de los pecados que en la juventud había cometido. Total, pecaditos de santos que pueden ser obviados, gracias a esa impunidad con que la Iglesia Católica los ha proveído.

Hus se preparó para ir a la hoguera; no se le escuchó un grito de dolor. Cuando subieron las llamas entonó un himno y apenas podía la vehemencia del fuego acallar sus cantos. Cuando el cuerpo de Hus fue consumido por completo, recogieron sus cenizas, las mezclaron con la tierra donde yacían y las arrojaron al Rin, que las llevó hasta el océano. La voz que había hablado en la sala del concilio de Constanza no se podía acallar con una hoguera. Hus ya no existía físicamente, pero las verdades por las cuales había muerto no podían perecer. Su ejemplo de fe y perseverancia iba a animar a las muchedumbres a mantenerse firmes por la verdad frente al tormento y a la muerte. Su ejecución puso de manifiesto ante el mundo entero la pérfida crueldad de Roma. Los enemigos de la verdad con su intolerante actitud no hacían más que fomentar la causa que en vano procuraban aniquilar. La muerte de Hus generó una oleada de ira en Bohemia. Fue una victoria pírrica para el Concilio. Pero una hoguera más iba a arder en Constanza. La sangre de otro mártir iba a testificar por la misma verdad. Jerónimo de Praga, al decir adiós a Hus cuando éste partió para el concilio, lo exhortó a ser valiente y firme, declarándole que si caía en algún peligro, él mismo acudiría en su auxilio. El teólogo checo había sido la mano derecha de Hus y compañero de muchas batallas; los padres conciliares lo sabían y decidieron que había que dar caza a ese otro hereje, a ese perturbador de conciencias. Jerónimo fue un convencido partidario de Wyclif; propagó, expuso y defendió con brillantez sus ideas en las universidades de Inglaterra, Alemania, Checoslovaquia, Francia y Polonia. A su regreso a Praga, tras largas peregrinaciones por Europa, Jerónimo se adhirió a Hus como su entusiasta admirador. Gracias a su oratoria apasionada, a su polémica insuperable y a su magnífico conocimiento de los textos teológicos, se convirtió en el terror de los papistas que terminaron despreciándolo más que a Hus. Al saber que el reformador se hallaba encarcelado, el fiel discípulo se dispuso inmediatamente a cumplir su promesa. Salió para Constanza con un solo compañero y sin proveerse de salvoconducto. Al llegar a la ciudad, se convenció de que sólo se había expuesto al peligro, sin que le fuera posible hacer nada para libertar a Hus. Decidió volver a Bohemia, pero fue apresado camino a Praga, encadenado y llevado al Concilio donde se le presentaron las mismas acusaciones que a Hus. Puesto que se mostró impenitente fue recluido en una torre del cementerio de San Pablo, donde permaneció aherrojado de pies y manos y encorvado, sin tener otro sustento que pan y agua. En su primera comparecencia ante el Concilio, sus esfuerzos para responder a los cargos que se le imputaban se apagaban entre los gritos: “A la hoguera con él”. ¡A las llamas!” Después de algunos meses, las crueldades de su prisión causaron a Jerónimo una enfermedad que puso en peligro su vida, y sus enemigos, temiendo que se les escapase, lo trataron con menos severidad aunque dejándolo en la cárcel por un año. La muerte de Hus no tuvo el resultado que esperaban los católicos. La violación del salvoconducto que le habían dado al reformador, levantó una tormenta de indignación, y como medio más seguro, el Concilio resolvió que en vez de quemar a Jerónimo se lo obligaría, si era posible, a retractarse. Haberle dado muerte al principio de su encarcelamiento hubiera sido un acto de misericordia en comparación con los terribles sufrimientos a que lo sometieron. Las amenazas e intimidaciones, la ejecución del compañero de lucha y amigo y las horribles condiciones de reclusión en que se encontraba, fueron quebrantando su voluntad. Fue así que, debilitado por su enfermedad y por los rigores de su prisión, detenido en aquellas mazmorras y sufriendo torturas y angustias, separado de sus amigos, el ánimo de Jerónimo decayó y consintió en someterse al Concilio. El 11 de setiembre de 1415 declaró a los padres conciliares que estaba dispuesto a reprobar la doctrina de Wyclif y Hus, así como sus propios extravíos heréticos abdicarlos y someterse a la voluntad del Concilio. Se comprometió a adherirse a la fe católica y aceptó todo lo que se le propuso; en una luz rebelde que parecía brotar de las cenizas de Hus, dijo Jerónimo: “exceptuando las santas verdades”. El 23 de setiembre confirmó en éste su abjuración. Por acuerdo de los padres conciliares debió ser desterrado a un monasterio de Suabia y, además, escribir a sus correligionario de Bohemia una carta condenando la doctrina de Hus y sus propios errores heréticos. Jerónimo obedeció de nuevo y escribió la carta requerida. No obstante, seguía siendo preso delos padres conciliares. Esto dio pretexto a los amigos del continuador de Hus asistentes al Concilio exigir su liberación, mientras que sus enemigos, que constituían la mayoría, clamaron por un castigo más severo. Estos últimos lograron el nombramiento de una nueva comisión inquisitorial, lo que equivalía a la anulación del veredicto ya aprobado por el Concilio en el caso de Jerónimo. El nuevo interrogatorio dejó pasmados a los comisarios de la Inquisición: se les presentó el Jerónimo de días pretéritos, denunciador implacable de las lacras y vicios de la jerarquía eclesiástica, antipapista, amigo y continuador de Wyclef y Hus. Habiendo superado la debilidad momentánea, Jerónimo volvió a ser el bizarro y rebelde de antes. Al retractarse Jerónimo había declarado justa la sentencia condenatoria que el Concilio lanzara contra Hus, pero esta vez declaró que se arrepentía de ello y dio un valiente testimonio de la inocencia y santidad del mártir:


“Conocí a Juan Hus desde su niñez. En el hombre más excelente, justo y santo; pero no por eso dejó de ser condenado. Y ahora yo también estoy listo para morir. No retrocederé ante los tormentos que hayan preparado para mí mis enemigos, los testigos falsos, los cuales tendrán que ser llamados un día a cunetas por sus imposturas, ante el gran Dios a quien nadie puede engañar.”
(“Los Reformadores antes de la Reforma”, E. de Bonnechose, lib. 3, págs. 167) 


Muerte de J. Hus, por la
Inquisición.
Al censurarse a sí mismo por haber negado la verdad, dijo Jerónimo:


“De todos los pecados que he cometido desde mi juventud, ninguno pesa tanto sobre mí ni me causan tan acerbos remordimientos como el que cometí en este funesto lugar, cuando aprobé la inicia sentencia pronunciada contra Wyclef y contra el santo mártir, Juan Hus, maestro y amigo mío. Sí, los confieso de todo corazón y declaro con verdadero horror que desgraciadamente me turbé cuando, por temor a la muerte, condené las doctrinas de ellos. Por tanto ruego al Dios Todopoderoso se digne perdonarme mis pecados y éste en particular, que es el más monstruoso de todos.”    
(E. de Bonnechose, ibid.)



Señalando a los jueces dijo con entereza:


“Vosotros condenasteis a Wiclef y a Juan Hus no porque hubieran invalidado las doctrinas de la iglesia, sino sencillamente por haber denunciado los escándalos provenientes del clero – su pompa, su orgullo y todos los vicios de los prelados y sacerdotes. Las cosas que aquellos afirmaron y que son irrefutables. Yo también las creo y las proclamo”
(E. de Bonnechose, ibid)   


El 23 de mayo de 1416 se le leyó a Jerónimo, en el Concilio, una nueva acta de acusación. Replicó, en medio de alaridos exclamaciones furibundas e injurias de los padres conciliares, que se retractaba de su abjuración, arrancada bajo la amenaza de hoguera. Leamos un documento oficial del Concilio:


“En cuanto a la abjuración leída públicamente en voz alta y firmada con la mano del propio Jerónimo, dijo éste que, en efecto, había suscrito inequívocamente la abjuración, pero lo había hecho por miedo al castigo de brasero. Dijo, sin embargo, que se había engañado como demente al firmar la susodicha abjuración y que le dolía en extremo haberlo hecho. Y en primer lugar, el haber abjurado de la doctrina de John Hus y John Wyclef y aceptado la condenación del primero, al que creía ser un hombre justo y santo. Cometio lo más abyecto…”
(Citado B. M. Rukol. La carta de Poggio Bracciolini a Leonardo Aretino y el relato de Pedro de Mladenovice como fuentes sobre Jerónimo de Praga. En: Memorias científicas del Instituto de Eslavística, T. I. M., 1948, pág. 3357)    


La muy impresionante declaración de Jerónimo dejó atónitos a los padres conciliares. Poggio Bracciolini (1380-1459), secretario de la curia papal y delegado al Concilio, escribió a su amigo Leonardo Aretino:


“Nunca he visto a un hombre tan elocuente, tan afín a los oradores de la antigüedad como ese Jerónimo. Sus enemigos le presentaron toda una serie de acusaciones para demostrar que era hereje, pero se defendió con tanta gracia, discreción e inteligencia, que me faltan palabras para expresártelo. Su nombre es digno de la gloria inmortal.”   
(Documento Mag. Joannis Hus. Vitam, doctrinam, causam in constantiensi Concilio Actam et controversias de religione in Bohemia annis 1403 – 1418 motas. Edidit Franciscus Palacky Pragal, 1869, p. 629)


Sambenito, escapulario que se ponía a las
personas condenadas por la Inquisición, para
distinguirlas.
En los interrogatorios, las palabras de Jerónimo eran interrumpidas. Los prelados, temblando de ira, exclamaban: “¿Qué necesidad hay de mayores pruebas? ¡Contemplamos con nuestros propios ojos al más obstinado de los herejes!” Sin conmoverse ante la furia de los ataques, repuso Jerónimo:


“¡Qué! ¿imagináis que tengo miedo de morir? Por un año me habéis tenido encadenado, encerrado en un calabozo horrible, más espantoso que la misma muerte. Me habéis tratado con más crueldad que a un turco, judío o pagano, y mis carnes se han resecado hasta dejar los huesos descubiertos; pero no me quejo, porque las lamentaciones sientan mal en un hombre de corazón y de carácter; pero no puedo menos que expresar mi asombro ante tamaña barbarie con que habéis tratado a un cristiano.”
(E. de Bonnechose, ibid) 

Volvió con esto a estallar la tempestad de ira y odio contra Jerónimo quien fue devuelto a los calabozos. A pesar de todo, hubo en la asamblea algunos que quedaron impresionados por sus palabras y que desearon salvarle la vida. Algunos dignatarios de la iglesia lo visitaron y lo instaron a que se sometiera al Concilio. Se le hicieron las más brillantes promesas si renunciaba a su oposición contra Roma. Pero a semejanza de su Maestro, cuando le ofrecieron la gloria del mundo, Jerónimo se mantuvo firme.


“Probadme con las Santas Escrituras que estoy en error –dijo él – y abjuraré de él”.
“¡Las Santas Escrituras! Exclamó uno de sus tentadores - ¿todo debe ser juzgado por ellas? ¿Quién puede comprenderlas si la iglesia no las interpreta?”
“¿Son las tradiciones de los hombres más dignas de fe que el Evangelio de nuestro Salvador? –replicó Jerónimo-. Pablo no exhortó a aquellos a quienes escribía a que escucharen las tradiciones de los hombres, sino que les dijo: “Escudriñad las Escrituras”
“Hereje – fue la respuesta – me arrepiento de haber estado alegando contigo tanto tiempo. Veo que es el diablo el que te impulsa”
(“La historia del protestantismo”, J. A. Wylie, libro 3, cap. 10)


En la madrugada del 30 de mayo, el Concilio escuchó, después de la misa, el informe fiscal del obispo de Lodi contra Jerónimo, ese herético reincidente, que había pagado con la “negra ingratitud” la “condescendencia” del Concilio. “No fuiste torturado – exclamó en un arrebato de indignación el obispo, dirigiéndose al preso-. Quisiera que hubieras experimentado el tormento, porque te habría hecho vomitar todos tus errores; ese tratamiento te habría abierto los ojos, cerrados por el crimen”. Este no es Robespierre ni Atila el que habla, es un representante de la caritativa y amorosa Iglesia Católica. El lenguaje de estos hampones no se diferencia del de los miembros de la S. A. hitleriana que ponían orden en la Alemania nazi a punta de patadas y bastonazos. El obispo de Lodi exigió a Jerónimo que confirmara su abjuración anterior, pero éste se negó diciendo que se la habían arrancado bajo la amenaza de hoguera. Entonces el primer comisario Juan, patriarca de Constantinopla, dio lectura al veredicto de la Inquisición que declaraba hereje reincidente a Jerónimo, lo excomulgaba y lo anatematizaba. El Concilio confirmó unánimemente la sentencia. Jerónimo se puso con sus propias manos una tiara de payaso, ornada de demonios. Como o era sacerdote, estaba fuera de lugar la ceremonia de la destitución. Lo único que restaba era entregar al hereje “separado” de la Iglesia a las autoridades seculares para que lo tratasen con el “sentimiento de misericordia cristiana”, es decir, que lo mandaran a la muerte sin mutilaciones y sin efusión de sangre. Los preparativos de la ejecución habían concluido ya el día anterior. Los inquisidores sabían que, esta vez, Jerónimo no se dejaría intimidar por la hoguera. Terminada la lectura de la sentencia, lo condujeron en seguida al mismo lugar donde Juan Hus había dado su vida. Fue al suplicio cantando, iluminado su rostro de gozo y vida. Fijó en Cristo su mirada y la muerte ya no le infundía miedo alguno. Cuando el verdugo, a punto de prender la hoguera, se puso detrás de él, Jerónimo rechazó esa diferencia: “Ven por delante, sin vacilar. Prende la hoguera en mi presencia. Si yo hubiera tenido miedo, nunca me hubiera presentado aquí”. Las últimas palabras que pronunció cuando las llamas lo envolvían fueron una oración: “Señor, Padre todopoderoso, ten piedad de mí y perdóname mis pecados, porque tú sabes que siempre he amado tu verdad” (Bonnechose, libro 3, págs. 185-186). Los inquisidores quemaron sus efectos personales y su lecho de cárcel; las cenizas, al igual que las cenizas del mártir fueron arrojadas al Rin. El Concilio no se contentó con la ejecución de Hus y Jerónimo, ya que la herejía husita seguía extendiéndose a pesar de la muerte de sus adalides. La Inquisición conciliar decidió aniquilar también a Juan Chlumski, otro husita prestigioso, que había acompañado a su maestro en Constanza. Fue detenido, encerrado en un calabozo e interrogado con torturas. Las pruebas que le cupieron en suerte fueron superiores a sus fuerzas. Abjuró, y a este precio quedó con vida. Pero después de la heroica muerte de los jefes husitas, ese arrepentimiento arrancado por la fuerza no pudo influir en modo alguno sobre la marcha de los sucesos. Los husitas se mantuvieron firmemente en Bohemia y la lucha contra ellos aún estaba en sus albores. Durante el periodo comprendido entre 1420 y 1431, el Papa Martín V y el emperador Segismundo emprendieron cinco cruzadas contra los husitas indómitos, pero no lograron imponérseles. El Papado y el emperador tuvieron que hacer concesiones a los calistinos, a la derecha del movimiento husita integrado por ciudadanos y nobles. La alianza con los elementos acomodados del movimiento permitió derrotar a los taboritas (a la radical de los husitas), que representaban el campo campesino – plebeyo.

Habiendo acabado con Hus y sus compañeros, el Concilio de Constanza se dedicó a la actividad “reformadora”, cuyos resultados fueron bastante pobres. Restringió en cierta medida las prerrogativas del Papa, amplió las atribuciones del colegio de cardenales. El Papa no podía ya gravar con nuevos impuestos los ingresos de la Iglesia, ni destituir o trasladar a prelados, ni tampoco apropiarse los bienes de los eclesiásticos muertos. Además, se decidió que el  Concilio estaba por encima del Papa, y sus disposiciones eran obligatorias para éste (decisión herética desde el punto de vista de la doctrina católica ortodoxa). Para someter al Papa a un control más severo por parte del clero superior, el Concilio de Constanza impuso a la sede apostólica la convocatoria periódica de concilios (se acordó que el próximo se convocaría al cabo de cinco años, el siguiente tendría lugar siete años después y los ulteriores se celebrarían cada 10 años). Sin embargo, Martín V y sus sucesores hicieron todo lo posible para resguardar su derecho al poder ilimitado, eludiendo el cumplimiento de los acuerdos y disposiciones del Concilio de Constanza susceptibles de limitar en cierto grado las prerrogativas de su cargo. La Inquisición continuó desempeñando un papel considerable en el reforzamiento del absolutismo papista. Con el asesinato de Hus y Jerónimo, el Concilio de Constanza confirmó y extendió virtualmente los poderes del Santo Oficio, reduciendo a la nada las tentativas de restringir la omnipotencia de los “Vicarios de Jesucristo” en la tierra. 

La Iglesia Católica ha querido esconder sus crímenes y vejaciones, pero siempre han surgido voces que han denunciado estos atropellos a la vida humana, estas acciones criminales sin parangón en la Historia Universal de la humanidad. Jean Crespin es una de esas voces bizarras que, provisto de la verdad, denunció ante el mundo civilizado los abusos cometidos por el fanatismo religioso. La Europa del siglo XVI era, lo hemos recalcado muchas veces a través de esta monografía, un lugar peligroso para los disidentes religiosos. Muchas personas que pusieron en tela de juicio los dogmas oficiales de la Iglesia padecieron horrores a manos de sus adversarios. Una de las fuentes donde se recogen tales padecimientos es “El libro de los mártires” de Jean Crespin, publicado en Ginebra (Suiza) en 1554, también conocido como “Historia de los mártires”. El título completo es “El libro de los mártires, que es una colección de relatos de mártires que soportaron la muerte por nuestro Señor Jesucristo desde Juan Hus hasta el presente año, 1554”; el libro apareció en ediciones corregidas y aumentadas con diversos títulos y contenidos tanto en vida de su autor como después de su muerte. Jean Crespin nació alrededor del año 1520 en Arrás, en el actual norte de Francia, y estudió Derecho en la ciudad belga de Lovaina. Es posible que fuera allí donde tuvo su primer contacto con las ideas de la Reforma. En 1541 se trasladó a París para trabajar como secretario de un célebre Jurista. Por aquellas mismas fechas presenció en la Place Maubert de París la quema de Claude Le Painctre, quien había sido condenado por herejía. La fe de este joven orfebre – ejecutado por “anunciar la verdad a sus padres y amigos”, según palabras del propio Crespin – causó en su ánimo una impresión muy honda. Por entonces empezó a ejercer de abogado en Arrás; sin embargo, poco tiempo después fue acusado de herejía debido a su nueva fe. Consiguió escapar a Estrasburgo (Francia) y después se estableció en Ginebra (Suiza), donde trabó amistad con varios simpatizantes de la Reforma. Entonces abandonó la abogacía y montó una imprenta. Los abusos cometidos por la intolerancia de la Iglesia Católica no podían quedar soterrados, estos actos de crueldad e iniquidad debían ser registrados. En 1546, catorce hombres de la ciudad de Meaux (Francia) fueron declarados culpables de herejía y condenados a ser quemados vivos. ¿Cuáles fueron sus delitos? Congregarse en casas particulares, orar, cantar salmos, celebrar la Última Cena y afirmar que jamás aceptarían las “idolatrías papistas”. El día del suplicio, el teólogo católico Francois Picard cuestionó las creencias de los condenados sobre la Última Cena. Ellos replicaron con una pregunta acerca del dogma católico de la transustanciación, según el cual el pan y el vino utilizados en dicha celebración se convierten milagrosamente en la carne y la sangre de Jesús. “¿Sabe el pan a carne, o el vino en sangre?”, preguntaron. Aunque el teólogo fue incapaz de responder, los catorce hombres fueron amarrados a estacas y quemados vivos. Aquellos a quienes no les habían cortado la lengua se pusieron a cantar salmos. Los sacerdotes presentes en la ejecución intentaron ahogar sus voces cantando más fuerte. Al día siguiente, en el mismo lugar, Picard declaró que los catorce estaban condenados a la pena eterna del infierno. Jean Crespin publicó las obras de reformadores religiosos como Juan Calvino, Martín Lutero, John Knox y Teodoro de Beza. También imprimió el Nuevo Testamento en griego y la Biblia completa – o en parte – en español, francés, inglés, italiano y latín. Su fama, sin embargo, se la debe a “El libro de los mártires”, donde da una lista de los nombres de muchas personas ejecutadas como herejes entre los años 1415 y 1554. ¿Por qué escribió Crespin un martirologio? Crespin percibió que la mayor parte de los escritos reformistas denunciaban la brutalidad de las jerarquías católicas e infundían ánimo en la gente, pues, presentaban el “heroísmo” de los mártires protestantes como una continuación de los sufrimientos que padecieron los siervos de Dios del pasado, en especial los cristianos del siglo I. con objeto de proporcionar a sus hermanos protestantes ejemplos que imitar, Crespin confeccionó un catálogo de las personas que dieron su vida por la fe (otros dos martirologios aparecieron en 1554, el mismo año en que Crespin publicó “El libro de los mártires”; uno en alemán, por Ludwig Rabus, y otro en latín, por John Foxe). El libro de Crespin es una compilación de actas de juicios, procesos inquisitoriales, relatos de testigos oculares y testimonios escritos por los acusados mientras se hallaban en la cárcel. Incluye asimismo cartas de aliento dirigidas a los que estaban en prisión, algunas de las cuales están llenas de citas bíblicas. Crespin creía que la fe de estos acusados “era digna de memoria perpetua”. Gran parte de la información doctrinal que trata en su libro se concentra en las conocidas disputas entre católicos y protestantes.

Tormento aplicado en la Santa
Inquisición.
Tanto los perseguidores como los perseguidos discutían, por ejemplo, sobre la veneración de imágenes, el purgatorio y las oraciones por los difuntos sobre si era cierto que el sacrificio de Jesús se repetía duramente la misa y sobre si el papa era el representante de Dios. “El libro de los mártires” testimonia la controversia y la intolerancia que caracterizaron aquellos tiempos violentos. Aunque Crespin se centró en la persecución de la Iglesia Católica contra el protestantismo, no ha de olvidarse que, en ocasiones, los protestantes también persiguieron a los católicos casi con igual ferocidad. Stuart Mill dijo que la idea de que es un deber de todo hombre procurar que otro sea religioso fue el fundamento de cuantas persecuciones religiosas se han perpetrado, y, si se admite, las justifica plenamente.

En España, a pesar de tan extraordinarios esfuerzos para despojar a los hombres de sus libertades civiles y religiosas, y hasta de la del pensamiento, el ardor del entusiasmo religioso, venido al instinto profundo de la libertad civil, indujo a muchos hombres y mujeres piadosos a aferrarse tenazmente a las enseñanzas de la Biblia y a sostener el derecho que tenían de adorar a Dios según los dictados de su conciencia. Muchas personas relacionadas con la iglesia se asemejaban muy poco a Jesús y a sus apóstoles. Los católicos sinceros, que amaban y honraban la antigua religión, se horrorizaban ante el espectáculo que se les ofrecía por todas partes. Entre todas las clases sociales se notaba una viva percepción de las corrupciones que se habían introducido en la iglesia, y un profundo y general anhelo por la reforma. Deseosos de respirar un ambiente más sano, surgieron por todas partes evangelistas inspirados por una doctrina más pura. Muchos católicos cristianos nobles y serios, entre los que se contaban no pocos del clero español e italiano, uniéronse a dicho movimiento, que rápidamente iba extendiéndose por Alemania y Francia. Como lo declaró el sabio arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, en sus “Comentarios del Catecismo”, aquellos piadosos prelados querían ver “revivir en su sencillez y pureza el antiguo espíritu de nuestros antepasados y de la iglesia primitiva”. Siempre amante de la libertad, el pueblo español durante los primeros siglos de la era cristiana se había negado resueltamente a reconocer la supremacía de los obispos de Roma, y sólo después de transcurridos ocho siglos le reconocieron al fin a Roma el derecho de intervenir con autoridad en sus asuntos internos. Fue precisamente con el fin de aniquilar en espíritu de libertad, característico del pueblo español hasta en los siglos posteriores en que había reconocido ya la supremacía papal, con el que, en 1483, Fernando e Isabel, en hora fatal para España, permitieron el establecimiento de la Inquisición como tribunal permanente en Castilla y su restablecimiento en Aragón, con Tomás de Torquemada como inquisidor general. A pesar del peligro que la Inquisición significó, por España se propagó un movimiento análogo al de la revolución religiosa que se desarrollaba en otros países. Las enseñanzas de las Sagradas Escrituras estaban abriéndose paso silenciosamente en los corazones de hombres como el erudito Alfonso de Valdés, secretario de Carlos V; su hermano, Juan de Valdés, secretario del Virrey de Nápoles; y el elocuente Constantino Ponce de la Fuente, capellán y confesor de Carlos V, de quien Felipe II dijo que era “muy gran filósofo y profundo teólogo y de los más señalados hombres en el púlpito y elocuencia que ha habido de tiempos acá”. Más allá aún fue la influencia de las Sagradas Escrituras al penetrar en el rico monasterio de San Isidro del Campo, donde casi todos los monjes recibieron gozosos la Palabra de Dios cual antorcha para sus pies y luz sobre su camino. Hasta el arzobispo Carranza, después de haber sido elevado a la primacía, se vio obligado durante cerca de veinte años a batallar en defensa de su vida entre los muros de la Inquisición, porque abogaba por las doctrinas de la Biblia. 

[Por mandato de Felipe II, el arzobispo Carranza pasó “muchos años leyendo libros heréticos” con el objetivo de refutarlos. A esta influencia atribuyen los historiadores el que, de implacable enemigo del protestantismo, se convirtiera en secreto sostenedor de él. Acusado de herejía fue encarcelado por la Inquisición en España; mas, como primado, hizo “recusación” de todos los arzobispos y obispos de España “para sus jueces”. Como apelara al Papa, fue transferido a Roma, donde, después de haber sido encarcelado durante muchos años, se lo sentenció finalmente a un nuevo término de encarcelamiento en un convento de los dominicos, por haber “bebido prava doctrina de muchos herejes condenados, como de Martín Lutero, Juan Ecolampadio, Felipe Melanchton y otros”. Nota del autor]       

A partir de 1519 aparecen, en forma de pequeños folletos en latín, los escritos de los reformadores de otros países, a los que siguieron, meses después, obras de mayor aliento, escritas casi todas en castellano. En ellas se ponderaba la Biblia como elemento que debía servir para probar cualquier doctrina y se sustentaba la necesidad que había de reformar la iglesia romana:


“La primera, la más noble, la más sublime de todas las obras – enseñaban  los reformadores – es la fe en Jesucristo. De esta obra deben proceder todas las obras. Un cristiano que tiene fe en Dios lo hace todo con libertad y con gozo; mientras que el hombre que no está con Dios vive lleno de cuidados y sujeto siempre a servidumbre. Este se pregunta a sí mismo angustia cuántas obras buenas tendrá que hacer; corre acá y acullá; pregunta a éste y aquél; no encuentra la paz en parte alguna, y todo lo ejecuta con disgusto y con temor. La fe viene únicamente de Jesucristo y nos es prometida y dada gratuitamente. ¡Oh hombre! preséntate a Cristo y considera cómo Dios te muestra en él su misericordia, sin ningún mérito de tu parte. Saca de esta imagen de su gracia la fe y la certidumbre de que todos tus pecados te están perdonados: esto no lo pueden producir las obras. De la sangre de las llagas, de la misma muerte de Cristo es de donde mana esa fe que brota en el corazón”.
(“Historia de la Reforma del siglo XVI”,  Théodore D’Aubigné; libro 6, cap. 2)                 


Arzobispo Bartolomé Carranza,
muy influyente en La Reforma
Católica, fue apresado por la
Inquisición.
[Este lenguaje es muy parecido al que empleó el arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, quien dijo en su “Catecismo Cristiano” que “la fe sin las obras es muerta, puesto que las obras son una indicación segura de la existencia de la fe”; que “nuestras buenas obras tienen valor solamente cuando son ejecutadas por amor de Cristo, y que, si prescindimos de él, no valen nada”; que “los sufrimientos de Cristo son del todo sufrimientos para salvar de todo pecado”; y que “el carga con nuestros pecados y nosotros quedamos libres”. Nota del autor]

En uno de los folletos se explicaba la diferencia que mediaba entre la excelencia de la fe y las obras humanas del siguiente modo:

“Dios dijo: “Quien creyere y fuere bautizado, será salvo”. Esta promesa de Dios debe ser preferida a toda la ostentación de las obras, a todos los votos, a todas las satisfacciones, a todas las indulgencias, y a cuanto ha inventado el hombre; porque de esta promesa, si la recibimos con fe, depende toda nuestra felicidad. Si creemos, nuestro corazón se fortalece con la promesa divina; y aunque el fiel quedase despojado de todo, esta promesa en que cree, lo sostendría. Con ella resistiría al adversario que se lanzara contra su alma; con ella podrá responder a la despiadada muerte, y ante el mismo juicio de Dios. Su consuelo en todas sus adversidades consistirá en decir: yo recibí ya las primicias de ella en el bautismo; si Dios es conmigo, ¿quién será contra mí? ¡Oh! ¡Qué rico es el cristiano y el bautizado! Nada puede perderlo a no ser que se niegue a creer… Si el cristiano encuentra su salud eterna en la renovación de su bautismo por la fe – preguntaba el autor de este folleto – ¿qué necesidad tiene de las prescripciones de Roma? Declaro pues – añadía – que ni el papa, ni el obispo, ni cualquier hombre que sea, tiene derecho de imponer lo más mínimo a un cristiano sin su consentimiento. Todo lo que no se hace así, se hace tiránicamente. Somos libres con respecto a todos… Dios aprecia todas las cosas según la fe, y acontece a menudo que el simple trabajo de un criado o de una criada es más grato a Dios que los ayunos y obras de un fraile, por faltarle a éste la fe. El pueblo cristiano es el verdadero pueblo de Dios”
(Ibidem, D’Aubigne; libro 6, cap. 6)

En otro folleto se enseñaba que el verdadero cristiano, al ejercer la libertad de la fe, tiene buen cuidado también en respetar los poderes establecidos. Estas exposiciones de la libertad del Evangelio no podían dejar de llamar la atención en un país donde el amor a la libertad era tan arraigado. Los tratados y folletos pasaron de mano en mano. Los amigos del movimiento evangélico en Suiza, Alemania y los Países Bajos seguían mandando a España gran número de publicaciones. No era tarea fácil para los comerciantes burlar la vigilancia de los agentes de la Inquisición, que hacían cuanto podían para acabar con las doctrinas reformadas, contrarrestando la ola de publicaciones que iba inundando el país.

El doctor Ed Bolhme, de la Universidad de Estrasburgo, y miembro correspondiente de la Real Academia Española, hace un curioso relato de este comercio en libros protestantes entre Alemania y España, en su libro “La reforma en España en dos siglos desde 1520” (tomo 2, págs. 64-65). Dicho relato, basado en documentos de la época, denota un comercio muy activo llevado a cabo secretamente con amigos de la causa protestante en España. A pesar de las persecuciones y el acecho soterrado, los amigos de la causa perseveraron hasta que muchos miles de folletos y de libretos fueron introducidos de contrabando, burlando la vigilancia de los agentes apostados en los principales puertos del Mediterráneo y a lo largo de los pasos de los Pirineos. A veces se metían estas publicaciones dentro de fardos de heno o de yute (cáñamo de las Indias), o en barriles de vino de Borgoña o de Champaña. A veces iban empaquetadas en un barril interior impermeable dentro de otro barril más grande lleno de vino. Año tras año, durante la mayor del siglo décimo sexto, hiciéronse esfuerzos constantes para abastecer al pueblo con Testamentos y Biblias en castellano y con los escritos de los reformadores. Era una época en que, como dice D’Aubigne, “la Palabra impresa había tomado un vuelo que la llevaba, como el viento lleva las semillas, hasta los países más remotos”. La Inquisición hacía hasta lo inimaginable por impedir que dichos libros y folletos heréticos llegasen a manos del pueblo. Los dueños de librerías tuvieron que entregarles tantos libros, que muchos terminaron arruinados. Ediciones enteras fueron confiscadas y, a pesar de la redoblada vigilancia, ejemplares de obras importantes, inclusive muchos Nuevos Testamentos y porciones del Antiguo llegaban a los hogares del pueblo, merced a los esfuerzos de los comerciantes y colportores. [En la Edad Media existía una especie de vendedores ambulantes que portaban en sus cuellos una tarjeta acompañada de un versículo bíblico, la cual era traspasada a una persona interesada y gracias al comprador y su aporte mensajero ganaba dinero. Así nació el colportaje, palabra que deriva del vocablo francés colporteur, que hermenéuticamente significa propagador; se entiende también como “llevar en el cuello”. Nota del autor].

Esto sucedía así especialmente en las provincias del norte de Cataluña, Aragón y Castilla la vieja, donde los valdenses habían sembrado pacientemente la semilla que empezaba a brotar y que prometía abundante cosecha. [Según un relato de las primitivas colonias de los cristianos valdenses en el norte de España, éstos, huyendo de la persecución, se establecieron en Cataluña y en el reino de Aragón. En el tiempo del papa Gregorio IX había gran número de valdenses en España, y por el año 1214, en tiempo del papa Alejandro IV, el cual se quejó en una de sus bulas, de que se los había dejado arraigar tanto, y de que no se les hubiese molestado para multiplicarse como lo habían hecho. Efectivamente, en tiempo de Gregorio IX crecieron tanto en número y crédito, que establecieron obispos sobre sus rebaños para que les predicasen sus doctrinas, lo cual, al sábado los otros obispos, fue causa de atroz persecución. Nota del autor].

Uno de los colportores más perseverantes y agraciados en la empresa fue Julián Hernández, un tocio que, disfrazado a menudo de buhonero o de arriero, hizo muchos viajes a España, ya cruzando los Pirineos, ya entrando por alguna de los puertos del sur de España. Fray Santibáñez, escritor jesuita, ha dejado un valioso testimonio sobre este enano colportor:


“Salió de Alemania con designio de infernar toda España y corrió gran parte de ellas repartiendo muchos libros de perversa doctrina por varias partes y sembrando las herejías de Lutero en hombres y mujeres; y especialmente en Sevilla. Era sobremanera astuto y mañoso (condición propia de herejes). Hizo gran daño en toda Castilla y Andalucía. Entraba y salía por todas partes con mucha seguridad con sus trazas y embustes, pegando fuego en donde ponía los pies”.
(“Historia de la Compañía de Jesús en esta provincia de Andalucía”, citada por Adolfo de Castro en “Historia de los Protestantes españoles”, pág. 250)




Emperador Carlos V, impulsó la
difusión de las doctrinas protestantes.
Las relaciones de España con Alemania y los Países Bajos se estrechó debido a la extensión del gobierno de Carlos V; esto impulsó la difusión de impresos protestantes, proporcionando a los españoles, tanto seglares como eclesiásticos, una buena oportunidad para informarse acerca de las doctrinas protestantes, y provocando entre ellos buena acogida. Entre estos se encontraban Alfonso y Juan Valdés, hijos del corregidor de la antigua ciudad de Cuenca, don Fernando de Valdés, quienes desempeñaban altos puestos públicos. Alfonso Valdés estuvo en la dieta de Worms en 1521 acompañando a Carlos V y, como secretario imperial, acompañó al rey en su coronación en 1520. Aprovechó su viaje a Alemania y a los Países Bajos, para informarse mejor respecto al origen y a la propagación del movimiento evangélico; su informe detallado sobre la comparecencia de Lutero en la dieta de Worms ha quedado en dos cartas escritas a sus amigos. Unos diez años después estuvo con Carlos V en la dieta de Augsburgo, donde tuvo la oportunidad de dialogar con entera libertad con Melanchton, a quien aseguró, entre otras cosas que:


“Su influencia había contribuido a librar el ánimo del emperador de falsas impresiones; y que en una entrevista posterior se le había encargado dijera a Melanchton que su majestad deseaba que éste escribiera un compendio claro de las opiniones de los luteranos, poniéndolas en oposición, artículo por artículo, con las de sus adversarios. El reformador accedió gustoso al pedido, y el resultado de su labor fue comunicado por Valdés a Campegio, legado del papa. Luego que Valdés regresó a su país natal, se lo acusó ante el Santo Oficio y fue condenado como sospechoso de luteranismo”.
(“La Iglesia reformada” Thomas M’Crie; cap. 4)  


El poder del Espíritu Santo que asistió a los reformadores en la tarea de presentar las verdades de la Palabra de Dios durante las grandes dietas convocadas de tanto en tanto por Carlos V, hizo gran impresión en el ánimo de los nobles y los dignatarios de la iglesia que de España acudieron a aquéllas. Por más que a algunos de éstos, como el arzobispo Carranza, se los contase durante muchos años entre los más decididos partidarios del catolicismo romano, con todo no pocos cedieron al fin a la convicción de que era verdaderamente Dios quien dirigía y enseñaba a aquellos intrépidos defensores de la verdad, que, con la Biblia, abogaban por el retorno al cristianismo primitivo y a la libertad del Evangelio. Los esfuerzos para acabar con la Biblia para que esta no llegara al pueblo fueron cuantiosos por parte de la iglesia romana. Solo los curas se sentían con autoridad “celestial” para interpretarla; una Biblia en manos de quien no fuera uno de ellos era considerada una herejía. Un claro ejemplo de esta enfermiza persecución se dio en Francia, especialmente con las versiones en lengua vulgar:


“Ya el decreto de Tolosa (de Francia), de 1229, sustituida el tribunal espantoso de la Inquisición contra todos los lectores de la Biblia en lengua vulgar. Era un decreto de juego de sangre y de asolamiento. En sus capítulos III, IV, V y VI disponía que se destruyeran por completo hasta las casas y los más humildes escondrijos y aun los retiros subterráneos de los que fueran convictos de poseer las Escrituras, y que ellos mismos fueran perseguidos hasta en sus montes y en los antros de tierra, y que se castigara con severidad aun a sus encubridores. Como resultado la Biblia fue pues prohibida en todas partes; desapareció en cierto modo de sobre la tierra, bajó al sepulcro. Estos decretos fueron seguidos durante 500 años de suplicios sin cuento en que la sangre de los reyes corrió como agua”.
(“Los Cánones de las Santas Escrituras”, L. Gaussen; parte 2, libro 2; capítulo 7; y capítulo 13)    


Hitler, Mussolini y Stalin parecen haber bebido de la leche ponzoñosa de la Iglesia Católica para eliminar a sus oponentes políticos. Si la SA, primero, y la SS después, conformaron las principales fuerzas de choque de los nazis, la Policía Secreta del Estado, más conocida como Gestapo, constituyó una herramienta fundamental para la consolidación de los nazis en el poder. El objetivo central de la Gestapo, como el de la Inquisición, era perseguir a los oponentes del régimen aplicando, como los inquisidores, la represión, la tortura y la muerte. Como policía del régimen, la Gestapo, al igual que los inquisidores, contó con la inestimable colaboración de la denuncia voluntaria como práctica habitual, gracias a la cual llegaban a su poder informes acerca de individuos contrarios al nazismo y sobre los que de inmediato, como en el caso de los herejes; caía su terrorífico poder. En este sentido, muchos alemanes corrientes denunciaron a sus conciudadanos, judíos o no, para demostrar su fervor político y patriótico, convencidos de realizar un acto correcto para con la nación. Tampoco faltaron las denuncias basadas en cuestiones puramente personales, para resolver disputas, por ejemplo, y hasta para obtener ciertas recompensas que se traducían en promociones laborales y remuneraciones económicas. La tendencia de denuncia se extendió a todos los ámbitos sociales y culturales como una autentica psicosis colectiva. Era común ver grupo de colegialas recorriendo los barrios en busca de impuros, actividad que también hizo propia la Organización de Mujeres Nazis. Entre los primeros reformadores españoles que se valieron de la imprenta para esparcir el conocimiento de la verdad bíblica, hay que mencionar a Juan de Valdés, hermano de Alfonso, sabio jurisconsulto y secretario del virrey español de Nápoles. En Sevilla y Valladolid los protestantes llegaron a contar con el mayor número de adeptos. Francisco San Román, natural de Burgos, e hijo del alcalde mayor de Bribiesca, en el curso de sus viajes comerciales tuvo oportunidad de visitar a Bremen, donde oyó predicar las doctrinas evangélicas. De regreso a Amberes fue encarcelado durante ocho meses, pasados los cuales se le permitió proseguir su viaje a España, donde se creía que guardaría silencio. Pero, como aconteció con los apóstoles de antaño, no pudo dejar de mencionar las cosas que había visto y oído, debido a lo cual no tardó en ser “entregado” a la Inquisición de Valladolid. Su proceso fue breve, confesó sin tapujos su fe en las principales doctrinas de la Reforma, es decir, que nadie puede salvarse por sus propias obras, méritos o fuerzas, sino únicamente debido a la gracia de Dios, mediante el sacrificio de un solo Mediador. De nada valieron las súplicas ni las torturas para inducirlo a que se retractara; fue sentenciado y conducido a la hoguera en un auto de fe en 1544. Hacía ya un cuarto de siglo que la doctrina reformada había llegado por primera vez a Valladolid, sin embargo, durante dicho periodo, al decir de M’crie:


“Sus discípulos se habían contentado con guardarla en sus corazones  o hablar de ella con la mayor cautela a sus amigos de confianza. El estudio y la meditación, avivados por el martirio de San Román, pusieron fin a tal sufrimiento. Expresiones de simpatía por su suerte, o de admiración por sus opiniones, dieron lugar a conversaciones, en cuyo curso los que favorecían la nueva fe, como se la llamaba, pudieron fácilmente reconocerse unos a otros. El cielo y la magnanimidad de que dio prueba el mártir al arrostrar el odio general y al sufrir tan horrible muerte por causa de la verdad, provocó la emulación hasta de los más tímidos de aquellos; de suerte que, pocos años después de aquel auto, se organizaron formando una iglesia que se reunía con regularidad, en privado, para la instrucción y el culto religioso”.
(Ibídem, Thomas M’Crie; cap. 4)     


El primer pastor de esta iglesia clandestina fue Domingo de Rojas, hijo de nobles. Rojas propagó ciertos escritos suyos, y particularmente un folleto con el título de “Explicación de los Artículos de Fe”, que contenía una corta exposición y defensa de las nuevas opiniones. Después de algunos años de servicio en la buena causa, Rojas sufrió el martirio de la hoguera. Camino al lugar del suplicio, el condenado pasó frente al palco real y preguntó al rey: “¿Cómo podéis, señor, presenciar así los tormentos de vuestros inocentes súbditos? Salvadnos de muerte tan cruel”. “No –replicó Felipe –, yo mismo llevaría la leña para quemar a mi propio hijo si fuese un miserable como tú”. Es decir, obediencia absoluta a lo que la Iglesia Católica dice, en contubernio con el poder, o a la hoguera. Esta obediencia ciega está plasmada en muchos escritos; la razón está además en los cerebros, aquí se obedece lo que la iglesia romana dice o se es un hereje. Así se los planteó a todos aquellos infelices que optaron por entrar en la compañía de Jesús:


“… el que se ofrece espontáneamente a entrar en el noviciado debe al momento renunciar su voluntad propia, su familia y todo cuanto el hombre aprecia sobre la tierra”, y que las constituciones de la compañía hacen “de la obediencia más absoluta una palanca cuya acción incesante y universal ha debido preocupar a todos los políticos”.
(“Historia de la Compañía de Jesús”, Cretineangoli)   


No sólo estos pobres diablos sufrían una “emasculación” física, sino también mental. Como ovejas, eran reclutados para, a la larga, sufrir una psicosis física y cerebral. El mismo Ignacio de Loyola, fundador de ese antro parasitario llamado “Compañía de Jesús”, machista convicto y confeso quien, después de muchas vicisitudes y reflexiones, renunció a admitir en su orden a las monjas. Las mujeres no van a la guerra, decía y si asisten a ella es como enfermeras, no como estrategas en primera línea o en el estado mayor. Vaya forma de pensar de este tipejo.


“Que cada cual se convenza de que cuantos viven bajo el voto de obediencia deben dejarse llevar y dirigir por la divina Providencia y sus instrumentos, los superiores, tal cual si fueran cadáveres que se dejan llevar a cualquier parte y tratar de cualquier modo, o como el bastón que un anciano tiene en la mano y maneja como le da la gana. (…) Esta sumisión absoluta es ennoblecida por lo que la motiva y debería sea pronta, alegre y constante; (…) el religioso obediente cumple gozoso con lo que le han encargado sus superiores para el bien común, seguro de que así corresponde verdaderamente a la voluntad divina”.
(“Sumario regular de la Sociedad de Jesús”, párrafos 33-36; págs. 12 y 13)      

Monasterio de Yuste, también Palacio
del rey Carlos V
Este Ignacio no quiere hombres para su orden, quiere carneros, sicarios, esclavos, descerebrados o imbéciles, sino no se explica esta forma reaccionaria de pensamiento. Cómo no iban a surgir espíritus libres ante tanta estupidez, ante tanto tráfico con Dios y con la fe. Sigamos con la lucha heroica que sostuvieron los reformadores y sus seguidores contra la tiránica y abusiva Inquisición. El doctor Agustín Cazalla, compañero y sucesor de Rojas, fue nombrado en 1545 capellán del emperador, y predicó ocasionalmente años después cuando Carlos V estuvo retirado en el monasterio de Yuste. De viaje algunas veces a Valladolid, de donde era natural su madre, Cazalla pudo constatar como la doctrina protestante penetraba hasta en los monasterios. De los muchos nobles que se pasaron a las filas del protestantismo estaba el doctor Constantino Ponce de la Fuente, hombre de talento poco común, que había predicado en la catedral de Sevilla, y a quien en 1539, con motivo de la muerte de la emperatriz, se había elegido para pronunciar la oración fúnebre: Constantino solía dejar de lado sus deberes profesionales para reunirse en las noches con los amigos de la nueva doctrina, unas veces en una casa particular, otras veces en otra; el pequeño grupo de Sevilla creció insensiblemente, y llegó a ser la planta principal de la que se tomaron tallos para plantarlos en otros campos donde fecundaron copiosamente. Durante su ministerio, Constantino, a la par que instruía al pueblo de Sevilla desde el altar, se daba tiempo para difundir la doctrina protestante por el país por medio de la prensa.

Si se tiene en cuenta el carácter y la alta categoría de los caudillos del protestantismo en Sevilla, no resulta extraño que la luz del Evangelio brillase allí con claridad bastante para iluminar no sólo muchos hogares del bajo pueblo, sino también los palacios de príncipes, nobles y prelados. La luz brilló con tanta claridad que, como sucedió en Valladolid, penetró hasta en algunos de los monasterios que a su vez volviéronse de luz y bendición. El capellán del monasterio dominicano de San Pablo propagaba con celo las doctrinas reformadas. Se contaban discípulos en el convento de Santa Isabel y en otras instituciones religiosas de Sevilla y sus alrededores. Uno de los monjes del convento Jeronimiano de San Isidro del Campo, García de Arias preconizaba entre sus hermanos muchas de las doctrinas protestantes, al punto que al poco tiempo del sistema antiguo no quedaba más que el hábito monacal y la ceremonia exterior de la misa, que no podían abandonar sin exponerse a inevitable e inminente peligro. Por medio de sus pláticas y de la circulación de libros, aquellos diligentes monjes defendieron el conocimiento de la verdad por las comarcas vecinas. No podían deshacerse del todo de las formas monásticas sin exponerse al furor de sus enemigos; no podían tampoco conservarlas sin incurrir en culpable inconsecuencia. Doce de esos monjes abandonaron el monasterio y, por diferentes caminos, lograron ponerse a salvo fuera de España, y a los doce meses se reunieron en Ginebra. Cuarenta años hacía ya que las doctrinas protestantes habían penetrado en España. En 1556 Julián Hernández, un fiel colportor se ofreció a llevar versiones castellanas del Nuevo Testamento de Juan Pérez, ejemplares de catecismo español y una traducción de los salmos a España. Colocó los libros dentro de dos grandes barriles y logró burlar a los agentes de la Inquisición; en Sevilla se distribuyeron rápidamente los preciosos volúmenes. Durante su viaje, Hernández había dado un ejemplar del Nuevo Testamento a un herrero en Flandes. El herrero enseñó el libro a un cura que obtuvo del donante una descripción de la persona que se lo había dado a él, y la transmitió inmediatamente a los inquisidores de España. Hernández no tardó en ser detenido y, vuelto a Sevilla, lo encerraron en las mazmorras de la Inquisición. De nada valieron los suplicios que sufrió, pues, el colportor se negó a delatar a sus amigos. Como tantos otros mártires terminó en la hoguera. Por aquel entonces, uno de los agentes secretos de la Inquisición consiguió informes análogos a los de Hernández referentes a la iglesia de Valladolid. Se despacharon mensajeros a los diferentes tribunales inquisitoriales del reino, ordenándoles que hicieran investigaciones con el mayor sigilo en sus respectivas jurisdicciones, y que estuvieran listos para proceder en común tan pronto como recibieron nuevas instrucciones. Así, silenciosamente y con presteza, se consiguieron los nombres de centenares de creyentes, y al tiempo señalado y sin previo aviso, fueron éstos capturados simultáneamente y encarcelados. Las personas convictas de luteranismo eran tan numerosas que alcanzaron a abastecer con víctimas cuatro grandes y tétricos autos de fe en el curso de dos años. Dos se celebraron en Valladolid, en 1559; uno en Sevilla el mismo año, y otro el 22 de diciembre de 1560. Entre los primeros que fueron apresados en Sevilla figuraba el doctor Constantino Ponce de la Fuente, que había trabajado tanto tiempo sin despertar sospechas.


“Cuando se le dio la noticia a Carlos V, el cual se encontraba entonces en el monasterio de Yuste, de que se había encarcelado a su capellán favorito, exclamó: “¡Si Constantino es hereje, gran herejes es!”. Y cuando más tarde un inquisidor le aseguró que había sido declarado reo, replicó suspirando: “¡No podéis condenar a otro mayor!”.
(“Historia del Emperador Carlos V”,  Prudencio Sandoval, tomo 2; pág.: 829)


No era posible probar la culpabilidad de Constantino, los inquisidores parecían impotentes de probar los cargos levantados contra él, cuando por casualidad se encontró entre sus pertenencias un gran libro escrito todo de puño y letra por el acusado. Constantino reconoció ser el autor de dicho libro:


“encontraron, entre otros muchos, un gran libro, escrito todo de puño y letra del mismo Constantino, en el cual, abiertamente y como si escribiese para sí mismo, trataba en particular de estos capítulos (según los mismos inquisidores declararon en su sentencia, publicada después en el cadalso), a saber: del estado de la iglesia; de la verdadera iglesia y de la iglesia del papa, a quien llamaba anticristo; del sacramento de la eucaristía y del invento de la misa, acerca de todo lo cual, afirmaba él, estaba el mundo fascinado a causa de la ignorancia de las Sagradas Escrituras, de la justificación del hombre; del purgatorio, al que llamaba cabeza de lobo e invento de los fusiles en pro de su gula; de las bulas e indulgencias populares; de los méritos de los hombres; de la confesión (…) Reconozco  mi letra, y así confieso haber escrito todo esto, y declaró ingenuamente ser todo verdad. No tenéis ya que cansaros en buscar contra mí otros testimonios: tenéis aquí ya una confesión clara y explícita de mi creencia: obrad pues, y haced de mí lo que queráis”.
(“Artes de la Inquisición española”, Reinaldo Gonzales de Montes, págs.: 320-322; 289, 290)    


Constantino Ponce de la Fuente murió antes de cumplir dos años de prisión; los rigores de la cárcel (mala alimentación y condiciones insalubres de la celda) minaron sus fuerzas. Hasta sus últimos momentos se mantuvo fiel a la fe protestante y conservó su serena confianza en Dios. Un joven monje del monasterio de San Isidro del campo, encerrado en el mismo calabozo de Constantino, lo atendió durante su enfermedad. Pero Constantino no fue el único amigo y capellán del emperador caído en desgracia. El doctor Agustín Cazalla cayó también en la redada de Valladolid. Su hermana también había sido condenada. Los agentes de la Inquisición, en su luciferina ferocidad, no estando contentos aún con haber condenado a los vivos, entablaron juicio contra la madre de aquella, doña Leonor de Vivero, que había muerto años antes, acusándola de que su casa había servido de “templo a los luteranos”. Se falló que había muerto en estado de herejía, que su memoria era digna de difamación y que se confiscaba su hacienda, y se mandaron exhumar sus huesos y quemarlos públicamente junto con su efigie; ítem más que se arrasara su casa, que  se esparramara sal sobre el solar y que se erigiera allí mismo una columna con una inscripción que explicara el motivo de la demolición. Todo se cumplió al pie de la letra y el monumento permaneció en pie con el paso de los siglos. Durante una visita a Valladolid en 1826, el S. B. B. Wiffen sacó copia exacta de esta inscripción que reza como sigue:


“Presidiendo la Iglesia. Roma. Paulo IV y Reinando en España, Felipe II. El Santo Oficio de la Inquisición condenó a derrocar e asolar estas casas de Pedro de Cazalla y doña Leonor de Vivero su mujer porque los herejes luteranos se juntaban a acer conciliábulos contra nuestra Santa Iglesia. Roma. Año de MDLIX, en XXI de mayo”.     


[Una soleada mañana de primavera de 1942 avanzaba por la carretera, en medio de los campos, al norte de Praga, un gran “Mercedes” descapotable con el guión negro de las SS restallando al viento. De pronto, cuando el coche llegaba a los arrabales y reducía velocidad para tomar una curva, una violenta explosión sacudió el aire en calma de la mañana. Con un chirrido de neumáticos, el “Mercedes” patinó y fue a parar a mi lado de la calzada. Instantáneamente, un hombre alto, que iba junto al chofer, saltó a la carretera y, desenfundando su pistola, abrió fuego contra el individuo, vestido de paisano, que había emprendido la huida en bicicleta. Mientras tanto, en la guerrera de su uniforme negro y plata, cargado de insignias y condecoraciones, un sangrante orificio se ensanchaba a la altura de la cadera izquierda, y al cabo de unos instantes, el hombre se tambaleó y se desplomó en el bordillo de la acera, en medio de un alarido de dolor. Eran exactamente las 10:30 del miércoles 27 de mayo. El herido se llamaba Reinhard Heydrich y era uno de los hombres más poderosos y temidos de la Europa ocupada, general de las SS y jefe ciegamente obedecido por todas las fuerzas de represión y exterminio del Reich nazi, viceprotector de Alemania en Bohemia y Moravia. Durante los cinco días que siguieron al atentado del 27 de mayo se multiplicaron las transfusiones de sangre y las inyecciones de sueros antigangrenosos y antitetánicos a dosis masivas. Heydrich había empezado a alimentarse de nuevo, y la fiebre remitía. Habían pasado los momentos de mayor peligro. Pero de pronto el miércoles 3 de junio, empezó a agravarse el estado del herido. Su rostro adquirió un color plomizo, adelgazó y se le debilitó el pulso. Se declaró una septicemia general. Estaba perdido. Pasó la noche y llegó el alba. La sangre de Reinhard Heydrich no arrastraba ya sino veneno. Murió a primeras horas del jueves 4 de junio de 1942. Entonces se puso en marcha la siniestra, la formidable máquina de represión y exterminio. Luego todo se precipitó. A las redadas, a los registros y a las detenciones en masa, sucedieron las expediciones punitivas, los fusilamientos de rehenes, la tortura y la condena a muerte de miles de sospechosos. Todo se registró en cada barrio de Praga. En total se practicaron más de trece detenciones y, según un informe de la Gestapo, los tribunales militares de Praga y de Brno pronunciaron 1,331 sentencias de muerte, de ellas, 201 contra mujeres, que se ejecutaron inmediatamente. La furia de Hitler era incontenible, su sed de venganza podía compararse sólo a la de Torquemada en la época de la Inquisición. Los sabuesos de la Gestapo y de las SS concluyeron que el pueblo de Lídice había albergado a los asesinos de Heydrich. La orden de Hitler fue determinante. Toda la población debía ser exterminada. La orden de Hitler – lanzada después de su entrevista con Martin Bormann y tras la inhumación del cadáver de Heydrich en el cementerio de los Inválidos de Berlín – prescribía:

Constantitno Ponce de la Fuente, teólogo
protestante; castigado por la Inquisición.
Llegó a ser capellán de Carlos V.
[Que el castigo ejemplar infligido a la aldea de Bohemia no había de limitarse sólo a los seres vivientes, sino que había de recaer también sobre las piedras y sobre todo cuanto testimoniara la actividad del hombre en aquella íntima parcela del mundo. Lidice debería ser barrida por completo de la memoria de los hombres. Y ello fue lo que se hizo. Todo quedó arrasado y nivelado después de la matanza. De los terrenos de cultivo quedó sólo una triste extensión desolada, que cubrieron los matorrales y hierbas. Y que ni siquiera tenía nombre. En efecto, durante un tiempo, y tal como Hitler y sus nazis lo habían dispuesto, Lidice dejó de existir. El pretexto oficial de la destrucción de Lidice está expuesto en un informe de la Gestapo de Praga, fechado en junio de 1942. Tal informe deja constancia principalmente de la ayuda que prestaron los habitantes de la localidad a los agentes checos procedentes de Inglaterra lanzados en paracaídas para llevar a cabo el atentado contra Heydrich: Jan Kubis y Josef Gabcik fueron los ejecutores del plan contra el líder de las SS. En 1946, los debates del proceso de Nuremberg demostraron que aquella acusación carecía de fundamento, y que los habitantes de Lidice no habían oído hablar nunca de Kubis, ni de Gabcik, ni de ninguno de sus compañeros. Rostock, el capitán de las SS que dirigió la matanza de Lidice los días 9 y 10 de junio, sería ahorcado en Praga en 1951. Pero la víctima no sólo fue Lidice. La misma suerte corrió otro de Lezaky, en el que los alemanes sospechaban que se había instalado una emisora de radio clandestina. Justamente dos años después del aniquilamiento de Lidice y de sus habitantes, otra pequeña población francesa, cerca de Limoges, sería también incendiada y sus habitantes, exterminados por el fuego o las balas de las metralletas alemanas, el 10 de junio de 1944. Era Oradour-sur-Glane. Nota del autor]   

Como se ve, los nazis aprendieron de sus maestros inquisidores el “arte” de matar y arrasar tierras, aunque los primeros lo hicieron a gran escala; pero los criminales nazis nunca blandieron el nombre de Dios, Jesús o de las Santas Escrituras para justificar sus atrocidades. Estos lunáticos de la Iglesia Católica no podían concebir en sus cerebros retorcidos que existiera una pluralidad de pensamiento, una heterogeneidad de ciencias religiosas. El humanista, filósofo e historiador español Juan de Mariana, quien profesó en la Compañía de Jesús en 1554, fue un recalcitrante ortodoxo que, creyéndose dueño de la “verdad divina”, no toleraba ni la libertad de pensamiento ni la libertad religiosa. Niega rotundamente que pueda haber en una sola nación muchas religiones, y claro es que tiene presentes para defender su tesis las guerras de religión de la época. Aquí Mariana parte de un sofisma, pues, las guerras religiosas tienen su origen en la intolerancia religiosa que él, a capa y espada defiende sin tapujos. La “libertad de cultos”, es para él fuente de mil males. Lo mismo la de la conciencia…


“Si así quisieran vivir en la república cristiana los sectarios de las nuevas herejías sobrellevando esta pesada carga en gracia de la libertad de conciencia que tanto desean, podríamos quizá consentir en darles una libertad conquistada a costa de tan grandes sacrificios”.
(“Del rey y de la institución real”)   


Estos pensamientos reaccionarios de los “filósofos, teólogos y santos” de la Iglesia Católica debe estar íntimamente conectada con la testosterona acumulada por la abstención carnal, diría cualquier endocrinólogo o sexólogo especializado. Mariana, como Agustín el Africano, San Pablo, Santo Tomás, Torquemada, es otro de los que se hizo y se hace admirar por estúpidos más fanáticos, más ignorantes y más desalmados que él. Retomemos la lucha del protestantismo contra la iglesia romana en la España del siglo XVI. Después del auto de fe que costó la vida al doctor Constantino Ponce de la Fuente, la fe sublime y la constancia inquebrantable de los protestantes quedó realzada en el comportamiento de Antonio Herrezuelo, Jurisconsulto sapientísimo, y de doña Leonor de Cisneros, su esposa, dama de 24 años, discreta y virtuosa a maravilla y de una hermosura tal que parecía fingida por el deseo. No tardó Herrezuelo en caer en la telaraña persecutoria de la Inquisición. La casa donde se reunían los protestantes de Sevilla tuvo el mismo fin que la de Pedro Cazalla: se roció la tierra con sal y se erigió un pilar monumental parecido. Alfonso de Castro nos ha dejado un importante testimonio del suplicio vivido por Antonio Herrezuelo y por su esposa:


“Herrezuelo era hombre de una condición altiva y de una firmeza en sus pareceres, superior a los tormentos del Santo Oficio. En todas las audiencias que tuvo con sus jueces se manifestó desde luego protestante, y no sólo protestante, sino dogmatizador de su secta en la ciudad de Toro, donde hasta entonces había morado. Exigiéronle los jueces de la Inquisición que declarase uno a uno los nombres de aquellas personas llevadas por él a las nuevas doctrinas; pero ni las promesas ni los ruegos, ni las amenazas bastaron a alterar el propósito de Herrezuelo en no descubrir a sus amigos y parciales. ¿Y qué más? ni aun los tormentos pudieron quebrantar su constancia, más firme que envejecido roble o que soberbia peña nacida en el seno de los mares. Su esposa, presa también en los calabozos de la Inquisición, al fin débil como joven de veinticuatro años, después de cerca de dos años de encarcelamiento, cediendo al espanto de verse reducida a la estrechez de los negros paredones que formaban su cárcel, tratada como delincuente, lejos de su marido a quien amaba aún más que a su propia vida, y temiendo todas las iras de los inquisidores, declaró haber dado franca entrada en su pecho a los errores de los herejes, manifestando al propio tiempo con dulces lágrimas en los ojos su arrepentimiento. Llegando el día en que se celebraba el auto de fe con la pompa conveniente al orgullo de los inquisidores, salieron los reos al cadalso y desde él escucharon la lectura de sus sentencias. Herrezuelo iba a ser reducido a cenizas, en la voracidad de una hoguera, y su esposa doña Leonor a abjurar las doctrinas luteranas, que hasta aquel punto había albergado en su alma, y a vivir, a voluntad del Santo Oficio, en las casas de reclusión que para tales delincuentes estaban preparadas. En ellas, con penitencias y sambenito recibiría el castigo de sus errores y una enseñanza para en lo venidero desviarse del camino de su perdición y ruina”.
(Ibídem, Alfonso de Castro, págs. 167-168)       


Camino al cadalso, lo único que conmovió a Herrezuelo fue el ver a su esposa en ropas de penitente, amordazado como iba, sólo pudo echarle una mirada. Escuchó, sin inmutarse, a los frailes que lo hostigaban con sus importunas exhortaciones para que se retractase, mientras lo conducían a la hoguera:


“El bachiller Herrezuelo se dejó quemar vivo con valor sin igual. Estaba  yo tan cerca de él que podía verlo por completo y observar todos sus movimientos y expresiones. No podía hablar, pues estaba amordazado; pero todo su continente revelaba que era una persona de extraordinaria  resolución y fortaleza, que antes que someterse a creer con sus compañeros lo que se les exigiera, resolvió morir en las llamas. Por mucho que lo observara, no pude notar ni el mínimo síntoma de temor o de dolor; eso sí, se reflejaba en su semblante una tristeza cual nunca había yo visto”
(“Historia Pontifical”, Gonzalo de Illescas)       


Leonor de Cisneros, al ver la atroz muerte de su marido, avivó en su corazón la religión reformada; por este hecho fue encarcelada, reclusión en la cual, durante ocho años, tuvo que resistir la insistencia de los inquisidores para que se retractara. Al ver que todo intento sería inútil, fue llevada a la hoguera.


 “¡Infelices esposos, iguales en el amor, iguales en las doctrinas e iguales en la muerte! Quién negará una lágrima a vuestra memoria y un sentimiento de horror y de desprecio a unos jueces que, en vez de encadenar los entendimientos con la dulzura de la Palabra Divina, usaron como armas del  raciocinio, los potros y las hogueras”.
(Ibídem, Alfonso de Castro; págs. 171)    


Esta fue la suerte que corrieron en España aquellos que pensaban diferente que esos delincuentes vestidos con sotanas y adornados con crucifijos. Muchos mártires acabaron en la hoguera por denunciar a una Iglesia donde la corrupción, la codicia, el abuso y el parasitismo convivían como sabandijas en una cueva cenagosa. Esa es la Iglesia Católica que aún sobrevive, tratando de captar nuevos ingenuos a medida que es abandonada por aquellos que se han sacado la venda de los ojos, y han visto las riquezas y la corrupción que impera en su seno. Se dirá que hay muchos sacerdotes honestos y con vocación, pero, ¿acaso ignoran la podredumbre que hiede desde el Vaticano? Que cada cual juzgue según su conciencia.


San Agustín, doctor de la
Iglesia.
Como “doctor de la iglesia” se le conoce a San Agustín y “doctor angélico” a Santo Tomás; doctores tiene la Iglesia hoy en día y son quienes otorgan en conciliábulos pronunciamientos de santidad o de beatitud que se proclaman desde el Vaticano. Una de las grandes ocurrencias de estos “doctores” es la de crear “santos”, en otras palabras, reclutar personalidades para que sean veneradas por los feligreses y así mantener la fe en una Iglesia que cada día va perdiendo más adeptos. Se necesitan “santos” para justificar el sospechoso ecumenismo de una institución nacida y desarrollada bajo la protección de un poder que siempre pretendió el dominio universal, la unidad de toda la humanidad bajo la autoridad omnipotente de un grupo que se autoproclamó como representantes en la tierra de un Dios segregador, que otorgará a sus fieles la gloria de ultratumba y que, por el contrario, castigará irremediablemente a quienes no se sometan a la Iglesia con las penas eternas de un Infierno especialmente diseñado para los herejes, esas “alimañas” que se niegan a colocarse en el pescuezo los grilletes sagrados de Dios. La Iglesia Católica arrastra por siglos un odio y un resentimiento que va más allá de su “amor al prójimo”. Después del Concilio de Nicea la Iglesia pasó, de ser perseguida, a convertirse en perseguidora de cualquier doctrina o ideario que no se doblegase a los dogmas establecidos por ella. Uno de sus grandes anhelos fue transformar la Historia a su imagen y semejanza, convirtiéndola en una demostración de su gracia; se han llenado de imágenes para atraer adeptos, imágenes que conmueven el ánimo de las personas, como aquella en que se ve el supuesto bautismo de Constantino por San Silvestre papa, suceso que jamás tuvo lugar y que surgió como idea, seguramente, en la mente de algún cura embaucador. “Miente, miente que algo queda”, dice un malévolo aforismo muy bien aplicado por los ensotanados. El cementerio cristiano se ha ampliado y sigue aumentando sus santos; la Iglesia los necesita para su afianzamiento autoritario: cada nuevo “santito” es como la miel que atrae a las moscas, en este caso las moscas son nuevos fieles. Y la Iglesia Católica, desesperada, los necesita, pues, cada vez son más las iglesias a nivel mundial que tienen que cerrar sus puertas por falta de creyentes. Las variantes del proceso histórico hacen peligrar el afianzamiento de poder que la Iglesia Católica ha mantenido, arbitrariamente, por siglos: nuevos tiempos requieren nuevas estrategias, políticas distintas, nuevos cánones. Ese poder fáctico que siempre han mantenido, se tambalea en un mundo donde los seres humanos orillan cada vez más cerca del ateísmo y, donde Dios, nos lleva a pensar con el paso del tiempo y el avance de la ciencia, en un ser creado por el hombre cuando algo le resulta incomprensible. ¿Un Infierno nos espera a los que no comulgamos con las ideas anquilosadas de la Iglesia Católica?

Paul Claudel, en un artículo por demás admirable, ha dicho que el espectáculo que nos espera después de la muerte, no tiene nada que ver con lo que Dante imaginó en la “Divina Comedia”, es decir, que después de nuestra muerte física, transitaremos por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. No creo que una mente tan lúcida como la de Claudel haya pensado o interpretado la obra de Dante en sentido literal. Un testimonio, atribuido a un hijo de Dante, nos dice que “mi padre quiso representar en su Comedia la vida de los pecadores a través del Infierno, la de los penitentes a través del Purgatorio y la vida de los justos a través de la imagen del Paraíso”. Es decir, no se lee la comedia sólo a través de un sentido literal, sino alegórico. Otro testimonio proviene del mismo Dante, quien en una carta dirigida al Can Grande de la Scala de Verona, en ocasión del envío de varios de los del Paraíso, leemos:


“…el sentido de esta obra no es único, sino que puede llamársela polisémica, es decir, de muchos sentidos; en efecto, el primer sentido es el que procede de la letra, el otro es el que se obtiene del significado a través de la letra. Y el primero es llamado literal, y el segundo alegórico o moral o anagógico. Y puede examinarse esta manera de exponer, de modo que se vea mejor, en estos versos: “Al salir Israel de Egipto, la casa de Jacob, de un pueblo bárbaro, se convirtió Judea en su santificación e Israel en su poder” [Salmo 114 (115)]. Si miramos tan sólo a la letra, nos es significada la salida de los hijos de Israel de Egipto en tiempos de Moisés, si a la alegoría, nos es significada nuestra redención realizada por Cristo; si al sentido moral, nos es significada la conversión del alma desde el luto y la miseria del pecado al estado de gracia; si al anagógico, es significada la salida del alma de la servidumbre de esta corrupción a la libertad de la gloria eterna. Y aunque se haya dado varios nombres a estos místicos, se pueden llamar todos, en general, alegóricos, en cuanto son distintos del literal o histórico. En efecto, alegoría viene del griego “alleon” que en latín se dice “alienum” o “diversum”.”
(Carta XIII, “Obras Completas”, Aguilar; 2004 – Volumen II; pág. 605-606)


[La última carta del epistolario de Dante, dirigida al Can Grande de la Scala, era considerada hasta 1920 como apócrifa. Pero, tras los estudios de E. Moore y de los mejores críticos italianos y extranjeros, ha sido reconocida su autenticidad. Su importancia es grande por constituir esta carta un comentario auténtico de La Divina Comedia. En esta carta explica Dante los motivos fundamentales que le han sugerido la composición de la Comedia, y sobre todo la elaboración del cántico del Paraíso. Dante se sitúa en un punto de vista filosófico y teológico. Su autoridad preferida, Aristóteles, interviene constantemente, contribuyendo a darnos la impresión de que el genio poético de Dante – como en otra ocasión el de Lucrecio Caro – obró impulsado siempre por físico – morales. El destino de las almas es el motivo principal de la obra. Nota del autor].

Estas líneas de la carta al Can Grande de la Scala nos indican con toda claridad que Dante deseaba una lectura alegórica de su libro. Es lo que hicieron sus comentaristas medievales con evidente abuso en ocasiones, pues quisieron ver alegorías, no sólo en el sentido genial de la obra y de algunos de sus pasajes, sino, por así decirlo, en cada una de sus palabras. Con el tiempo, se fue perdiendo el gusto por la alegoría y los primeros dantistas modernos – a los que corresponde el indudable mérito del renacimiento de los estudios dantescos – o bien prescindieron de ella, o dieron a la interpretación simbólico – alegórica de los escritos de Dante un sentido esotérico, a todas luces, ajeno a sus propósitos. No cabe duda de que en la “Divina Comedia” hay alegorías de la misma especie que las inventadas por Milton en su “Paraíso perdido”, por Guillaume de Lorris en el “Roman de la Rose”, por Alano de Lila en el “Anticlaudiano”, por Aurelio Prudencio en su “Psicomomaquia”, y una de ellas es el cortejo que, en el canto XXIX del Purgatorio, avanza ante los ojos asombrados de Dante:


             “Cuando, desde mi orilla, el rumoroso
               río, no más, me hacía estar distante,
               por ver mejor, al paso di reposo,

               y vi las llamas ir hacia delante
               dejando al aire de colores tinto
               con trazo al de pinceles semejante;

               y allí lucían con matiz distinto,
               en siete bellas listas, los colores
               de que el sol hace el arco y Delia el cinto.

               Los estandartes, hacia atrás, mayores
               eran que mi mirada; y separados
               diez pasos calculé los exteriores.

               Bajo tan bello cielo vi alineados,
               de dos en dos, a veinticuatro ancianos
               que avanzaban de lirios coronados.

               “Bendita tú”, cantando iban ufanos,
               “en las hijas de Adán, y sean benditas
               Todas tus gracias por eternas manos”.

               Cuando las flores y otras hierbecitas
               que frente a mi mostraba la otra orilla
               de aquella gente electa fueron quitas,

               cual tras una, en el cielo, otra luz brilla,
               se acercaron detrás cuatro animales;
               la fronda coronaba a esta cuadrilla.

               Seis alas cada cual mostraba iguales:
               las plumas llenas de ojos; que si Argo
               viviese aún, mostraría tales.

               No gastaré más rimas, sin embargo,
               en sus formas, lector; que otro dispendio
               no me permite ser en éste largo;

               mas lee a Ezequiel, que pinta su compendio
               tal cual los vio, de la región del frío
               venir con viento y nube y con incendio;

               suplirá su papel al papel mío,
               salvo en las plumas, que a éstas les convienen
               el de Juan, y con él yo me desvío.

               Encuadran un espacio que contiene
               un carro, con sus dos ruedas, triunfal,
               que un grifo a la cerviz atado tiene.

               Abre sus alas a distancia igual
               de la de en medio y tres y otras tres listas,
               y a ninguna, al hendirla le hace mal.

               Tanto las vi subir, que no eran vistas;
               las partes de ave de oro las tenía;
               blancas las otras, de bermejo mixtas”.

               (Purgatorio, Canto XXIX; V.V. 69-114)



La Divina Comedia, obra de
Dante Alighieri
La interpretación alegórica que se le ha dado a este pasaje es que los veinticuatro ancianos que caminan coronados de lirios son los veinticuatro libros del Antiguo Testamento, según el cómputo de San Jerónimo; los cuatro animales que los siguen simbolizan a los cuatro Evangelios; el grifo que tira de un carro representa a Cristo, y el carro mismo a la Iglesia, y así sucesivamente. Dante, tomando elementos de la tradición e inventando por su cuenta, logra articular una brillante serie de símbolos de acuerdo con las necesidades poéticas del canto que está escribiendo. Su invención y utilización no son, desde luego, gratuitas pero tampoco son, digámoslo así, necesarias, en el sentido de que dio símbolos podrían haber sido sustituidos por otros de igual significado y que cumpliesen la misma función sin el poema. Leopoldo Chiappo hace una observación interesante sobre la “Divina Comedia”:


“Es necesario enfáticamente que la lectura profunda y minuciosa de la Comedia (la única lectura real y gozosa) requiere internarse en todos sus aspectos, no sólo psicológicos y estéticos, sino teológicos, místicos, religiosos, metafísicos, éticos, mitológicos, históricos, políticos, geográficos, físicos, biológicos y astronómicos. La Comedia de Dante es una unidad arquitectónica cuya comprensión no puede eliminar ninguna de sus partes.”
 (“Dante y la psicología del Infierno”, Compañía de Seguros Atlas S.A., Lima, 1983 – pág. 6)   


Visto todo esto, el terrible Infierno que nos quiere vender el Catolicismo suena a Tren fantasma, a Noche de Brujas, a Viernes Trece, a Halloween, a Cuco trasnochado. A estos traficantes de reliquias, no queda más que decirles, Ad maiorem Dei gloriam.

Wolfsschanze – Noviembre del 2014 / Abril del 2015.





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