domingo, 13 de noviembre de 2016

AVATARES 4










UNAMUNO, EL TRANSCURRIR TRÁGICO DE UNA VIDA


A Percy Cornejo Delgado y
Jorge Cornejo Barreda.
In Memorian.


“Méteme, Padre Eterno, en tu pecho,
misterioso hogar;
dormiré allí, pues vengo deshecho
del duro bregar.”

Miguel de Unamuno.




I
Unamuno en su niñez.
El descubrimiento en mi biblioteca del Diario Íntimo de don Miguel de Unamuno y Jugo me llevó a tomar algunas notas sobre las reflexiones del escritor vasco que fueron aumentando hasta convertirse en un gran número de páginas, cuales rotulé con el pretencioso título de “Reflexiones sobre las reflexiones de Unamuno”. El libro está fechado en la primera página, agosto de 1970, fecha en que adquirí el libro. Ahí estuvo esperándome el “Diario Íntimo” de don Miguel, cuarenta y cuatro años en uno de los anaqueles de mi biblioteca; ¡Increíble! He leído muchos libros de él: Del sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo, Vida de don Quijote y Sancho, Mi religión, Niebla, Soliloquios y conversaciones y otros más. Siempre he encontrado en su palabra una infinidad de puertas que me han llevado a un conocimiento profundo sobre temas que van desde la religión y la filosofía hasta el campo de la antropología y la literatura.

Me gustó Unamuno desde la secundaria, desde que leí “Niebla”, novela en la que se plantea la cuestión de la supervivencia del hombre después de su muerte; ese tema me fascinó. Después vino “Abel Sánchez”, ese intento de penetración en el hondón de un alma y cuyo personaje del odio, Unamuno intenta penetrar en la intimidad del personaje (Joaquín) y apoderarme de su sustancia íntima. El odio es, en cierto sentido, el personaje principal y por eso don Miguel, al reeditar el libro, pensó si hubiera sido mejor titulado “Historia de una pasión”. Luego cayó en mis manos “La tía Tula”, novela donde se personifica a la mujer vasca, aglutinante espiritual de la familia. Tres novelas leídas de un autor ya era suficiente motivo para que me metiera de lleno a hurgar sobre su vida. Las biografías han sido mi pasión desde que leí (creo que ya lo he dicho en otro escrito) una minibiografía de Alexander Graham Bell a los seis o siete años. Buscando en las librerías de viejo del centro de Lima me encontré con el libro de Antonio J. Onieva, “Unamuno” y con “Miguel de Unamuno” de Julián Marías, publicado por Espasa – Calpe en 1951. Ahí descubrí que Unamuno era un gran conversador, más bien, un conversador consigo mismo. Por eso, a su modo de hablar le decía “mono-diálogo”, o sea que Unamuno dialogaba con Unamuno. Luego que se reconcilió con Ortega y Gasset, acudía don Miguel a la Redacción de la Revista de Occidente, donde “instalaba desde luego en el centro su “yo”, como un señor feudal hincaba en el medio del campo su perdón. Tomaba la palabra definitivamente. No cabía el diálogo con él” (Ortega y Gasset). Cuenta sobre esta peculiar forma de ser de don Miguel, Antonio J. Onieva la siguiente semblanza:

“Por el año 1913 comenzó [Unamuno] su poema “El Cristo de Velásquez”, que no vio la luz del sol hasta 1920. En 1914, y en la Residencia de Estudiantes, nos leyó largos trozos a Juan Ramón Jiménez y a mí. Por cierto que el poeta andaluz [Jiménez] se desasogaba, sobre todo cuando era su único auditor. Me lo decía. Aquellos de don Miguel, “como me leas, te leo”, dicho en forma de amenaza, no rezaba en esta ocasión, porque Juan Ramón era muy avaro de su numen y no leía a nadie lo que componía. Además, su estilo, llamémosle así, era tan sutil, tan fino y delgado, que estaba en el antípoda de la solidez y densidad del arpa Unamuniana. “Este hombre cree que no hay más poesías que las suyas”, me decía el poeta andaluz. Pero Unamuno no se enteraba. Tenía que leer hasta su último verso.

Unamuno leía magníficamente, cautivaba al auditorio que luego de escucharlo aplaudía fervorosamente; eso llevaba su ego hasta parajes celestiales. Cuando leyó un anticipo de su poema “El Cristo de Velásquez” (el poema excede de los dos mil quinientos, en verso libre, y consta de cuatro partes, divididas en capítulos) en El Ateneo de Madrid, produjo hondísima impresión, primero por la dignidad de la narración, y segundo, porque Unamuno la leyó patética y magistralmente. Unamuno establece una relación directa entre su locuacidad y su pensamiento, el cual se siente alimentado por su hábito de leer, el cual es un vicio impune que lo lleva a cristalizar esos pensamientos en la escritura. El hablar a otros genera en él una reformulación de las ideas expuestas las cuales se enriquecían en esta especie de bumerán verbal. Reconocía don Miguel su impetuosidad por llevar la palabra en una “conversación”, lógicamente del lado de él; la no permisión alguna cuando tenía la palabra era en él también un mal hábito, una impertinencia de la cual nunca pudo sacudirse.

“Se me resiste la oración mental. Es tal mi hábito libresco que sólo concibo pensamientos y propósitos piadosos leyendo, como comentario de lo que leo, y me veo forzado a cristalizarlos escribiéndolos. ¡Estudiar para escribir! Este es el fin del intelectualismo! ¡pensar para producir pensamientos! El terrible círculo vicioso de nuestra economía trasladado al mundo espiritual. No se piensa para sí, para la propia salvación, no se medita, se piensa. Se piensa para producir pensamientos. Se medita rezando, se piensa leyendo. Meditar es considerar con amor fija y recogidamente un misterio, un mismo misterio, procurando llegar a su esencia amorosa, a su centro vivífico; pensar es establecer relaciones entre ideas diversas. El más alto grado de la meditación es el éxtasis, el del pensamiento la construcción de un sistema filosófico. Meditando se hace uno mejor, más santo, pensando más sabio.
En nuestra triste economía se produce para consumir y se consume para producir, en terrible círculo vicioso, como si no hubiéramos de morir. Y en nuestra vida mental todo se vuelve producir ideas o imágenes nuevas para poder consumiéndolas estéticamente producir otras nuevas. De aquí el terrible literatismo.       
Cuando se ha meditado mucho en un misterio sacando de tal meditación propósitos que nos hacen ser más virtuosos, nuestra virtud llega a ser un hábito cuyo eje y fundamento es el misterio meditado.
He sido muy hablador porque necesita hablar mi pensamiento y la palabra material me lo excitaba. Pensaba en voz alta. Haciendo esfuerzos por transmitir a otros mis ideas me las formulaba y descubría a mí mismo y las desarrollaba. De aquí resultaba mi impertinencia de llevar siempre la palabra, de interrumpir y no soportar interrupciones, de querer dar el tema de conversación y hacer de esta monólogo.”

(“Diario Íntimo”, apartado Cuaderno 4; XXIX)


Miguel de Unamuno, nació
en Bilbao, España en
setiembre de 1864.
Casi en su totalidad, la obra de Miguel de Unamuno está salpicada de un ambiente religioso, cualquier tema en el que se inmiscuye termina por mostrar sus raíces religiosas o para concluir en una referencia a Dios. De ahí que sus preferencias literarias e intelectuales eludieran toda actitud que tendiera a colocar al hombre en cuidado exclusivo de su vida fugaz y efímera, sin ocuparse de su afán de perdurar, de su inmortalidad. Sus lecturas son reveladoras: el Nuevo Testamento, y dentro de este, San Pablo (“sino hay resurrección de muertos, Cristo tampoco resucitó, y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es también nuestra fe”. Corintios I; XV, 13,14); también sus lecturas están orientadas a los espíritus movidos fundamentalmente por la religión: San Agustín, Spinoza, Rousseau, Pascal, Étienne de Sénancour, Kierkegaard, Leopardi, Joseph Butler, San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa. También están quienes se han enfrentado más directamente con el tema de la religión, William James y Kant, de quien dirá “que reconstruyó con el corazón (Crítica de la razón práctica) lo que pulverizó con la cabeza (Crítica de la razón pura). Su gusto por la poesía lo lleva a los poetas en que transparece un sentido profundo y religioso de la existencia; ahí están Sófocles, Esquilo y Eurípides, Antero de Owental, Tennyson, Shakespeare, William Wordsworth, Byron, Robert Browning y Dante. El carácter de su preocupación religiosa está en el hombre mismo y su afán de perduración, de inmortalidad y él está dispuesto a dar su vida por encontrar esa verdad que parece inalcanzable en este mundo. En su libro de 1907, “Mi religión”, escribe:

“Y bien, se me dirá, ¿Cuál es tu religión? Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible – o Incognoscible, como escriben los pedantes- ni con aquello otro de “de aquí no pasarás”. Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso quiero trepar a lo inaccesible. (…)
En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo, sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana. (…)
Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales –la ontológica, la cosmológica, la ética, etc.- de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos de zapatería.
Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o por lo menos creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la historia. Es cosa de corazón. (…)
Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡paradoja! Los mentecatos y los superficiales.
No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura –y cultura no es lo mismo que civilización- de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto y sólo lo estudian en su aspecto social o político.”

(en… “Mi religión”, págs. 10 - 13; Salamanca, noviembre 6 de 1907)




II
Unamuno cuando siente coactada su libertad de pensamiento estalla como una granada de palabras punzantes. Es como Nietzsche al final de su Anticristo, no habla, grita. Sus esperanzas en aquellos hombres o pueblos de pereza mental, son nulas. Espera menos aún de aquellos que dicen: “todo eso no son sino fábulas y mitos, al que se mueren lo entierran, y se acabó”.

“Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el poso del corazón, angustiarlos si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que busquen ellos como yo busco, que luchen como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y por lo menos esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu.
Para esta obra –obra religiosa- me ha sido menester en pueblos como estos pueblos de lengua castellana, carcomidos de pereza y de superficialidad de espíritu, adormecidos en la rutina del dogmatismo católico o del dogmatismo librepensador o cientificista, me ha sido preciso aparecer unas veces impúdico e indecoroso, otras duro y agresivo, no pocas enrevesado y paradójico. En nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores temían ponerse en ridículo. Les pasaba y les pasa lo que a muchos que soportan en medio de la calle una afrenta por temor al ridículo de verse con el sombrero por el suelo y presos por un polizonte. Yo, no; cuando he sentido ganas de gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan correctos, tan indisciplinados hasta cuando predican la incorrección y la indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan, lo hacen entonadamente; sus desacordes tiran a ser armónicos.
Cuando he sentido un dolor he gritado y he gritado en público. Los salmos que figuran en mi volumen de Poesías no son más que gritos del corazón, con los cuales he buscado hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás. Si no tienen esas cuerdas o si las tienen tan rígidas que no vibran, mi grito no resonará en ellas y declararán que eso no es poesía, poniéndose a examinarlo acústicamente. También se puede estudiar acústicamente el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el que no tenga ni corazón ni hijos se queda en eso.
Esos salmos de mis Poesías, con otras varias composiciones que allí hay, son mi religión, y mi religión cantada y no expuesta lógica y razonadamente. Y la canto, mejor o peor, con la voz y el oído que Dios me ha dado, porque no la puedo razonar. Y el que vea raciocinio y lógica y método y exégesis más que vida en esos mis versos, porque no hay en ellos faunos, dríales, silvanos, nenúfares, “absintios” (o sea ajenjos), ojos glaucos y otras garambainas más o menos modernistas, allá se quede con lo suyo, que no voy a tocarle el corazón con arco de violín ni con martillo.
De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna vez a oírme: “Y este señor, ¿qué es?” Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos. Pero nadie debe cuidarse de lo que piensen de él los tontos, sean progresistas o conservadores, liberales o reaccionarios.
Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbrarse después que se le ha sermoneado cuatro horas volver a las andadas, los preguntones, si leen esto volverán a preguntarme: “Bueno, ¿pero qué soluciones traes?” Y yo para concluir les diré que si quieren soluciones acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos. Yo he buscado siempre agitar y a lo sumo sugerir más que instruir. Ni yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento”.

       (en… “Mi religión”, págs. 13-15)      


Unamuno, en la Guerra Civil Española
apoyó la insurrección nacionalista.
Cuando estalla la Guerra Civil Española en julio de 1936, Unamuno va camino a los 72 años. Al igual que muchos intelectuales apoyó la insurrección nacionalista, pero los excesos cometidos por estos y la creciente influencia comunistas lo hicieron cambiar de opinión. Muchos de los que apoyaron a la República en un primer momento se marcharon de España por temor a las represalias, entre ellos Baroja; Unamuno, por el contrario, en un gesto que lo enaltece, se quedó.

“Otro hecho notable que conmovió las líneas de batalla fue el cambio de actitud de los más eminentes intelectuales de la España anterior a la guerra. En su mayor parte se encontraban en la España republicana al ocurrir el alzamiento. Firmaron un manifiesto en el que se pedía apoyo para la República. Las firmas de este manifiesto incluían las del médico y biógrafo doctor Marañón, el embajador y novelista Pérez de Ayala, el historiador Menéndez Pidal, y el prolífico escritor y filósofo José Ortega y Gasset. Sin embargo, el efecto de las atrocidades republicanas y de la creciente influencia de los comunistas hizo que estos hombres, que habían tenido una parte tan importante en la creación de la República en 1931, aprovecharan cualquier oportunidad que tuvieran a su alcance para marchar al extranjero. Una vez allí, retiraron su apoyo a la República. Un camino enteramente contrario fue el seguido por el filósofo vasco Miguel de Unamuno, autor de El sentido trágico de la vida y portaestandarte de la generación del 98. Como rector de la Universidad de Salamanca, se encontró al principio de la guerra civil en territorio nacionalista. Todavía el 15 de septiembre, continuaba apoyando al movimiento nacionalista en “su lucha por la civilización contra la tiranía”. Pero el 12 de octubre había cambiado. En esta fecha, día de la Fiesta de la Raza, se celebró una gran ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Estaba presente el obispo de Salamanca. Se encontraba allí el gobernador civil. Asistía la señora de Franco. Y también el general Millán Astray. En la presidencia estaba Unamuno, rector de la Universidad. Después de las formalidades iniciales, Millán Astray atacó violentamente a Cataluña y a las provincias vascas, describiéndolas como “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá cómo exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimientos”. Desde fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray: “¡Viva la muerte!” Millán Astray dio a continuación los habituales gritos excitadores del pueblo: “¡España!”, gritó. Automáticamente, cierto número de personas contestaron: “¡Una!”, “¡España!”, volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, replicó su auditorio, todavía algo remiso. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, contestaron sus seguidores “¡Libre!”. Algunos falangistas, con sus camisas azules, saludaron con el saludo fascista al inevitable retrato sepia de Franco que colgaba de la pared sobre la silla presidencial. Todos los ojos estaban fijos en Unamuno, que se levantó lentamente y dijo: “Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso – por llamarlo de algún modo- del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo –y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que se encontraba a su lado - lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona.” Se detuvo. En la sala se había extendido un temeroso silencio. Jamás se había pronunciado discurso similar en la España nacionalista. ¿Qué iría a decir a continuación el rector? “Pero ahora – continuó Unamuno- acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”. En este momento, Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó: “¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, clamoreado por los falangistas. Pero Unamuno continuó: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”. Siguió una larga pausa. Luego, con un valiente gesto, el catedrático de derecho canónico salió a un lado de Unamuno, y la señora de Franco al otro. Pero esta fue la última clase de Unamuno. En adelante, el rector permaneció arrestado en su domicilio. Sin duda hubiera sido encarcelado, si los nacionalistas no hubieran tenido las consecuencias de tal hecho. Unamuno moría con el corazón roto de pena el último día de 1936. La tragedia de sus últimos meses constituyó la expresión natural de una sociedad en la que, por ley publicada en septiembre, todos los libros de “tendencias socialistas o comunistas habían de ser destruidos como medida de salud pública”. En diciembre, todos estos libros, o cualesquiera en los que se tratase de materias “generalmente subversivas”, hubieron de ser entregados a las autoridades en un plazo de cuarenta y ocho horas.

(en... “La Guerra Civil Española”, Hugh Thomas; págs. 294 - 295 – Editions Ruedo ibérico, 1962)
  

Unamuno en su biblioteca.
Este libro, por su contextura, es semejante a “Soliloquios y conversaciones”; también lo es por la diversidad de temas que trata. Ambos libros son refractarios al extracto, por lo abundantísimo de ideas y pensamientos que contienen. Más de una vez Unamuno escribió que no le gustaba que dijeran de él que hablaba como un libro, porque lo que él pretendía era que sus libros hablaran como hombres, es decir, conversacionalmente. Muchas veces Unamuno habla consigo mismo; otras, con el lector. Sus opiniones no son para el común de la gente; sus enunciados y reflexiones son sometidas al estudio del lector - pensador. Voy a prescindir de algunos pensamientos para no dar a estas citas una extensión desorbitada. Unamuno hace la salvedad de que uno de sus lectores le ruega que aclare o amplíe aquella fórmula de que debe buscarse la verdad en la vida y la vida en la verdad:

“Primero la verdad en la vida.
Ha sido mi convicción de siempre, más arraigada y más corroborada en mí cuanto más tiempo pasa, la de que la suprema virtud de un hombre deber ser la sinceridad. El vicio más feo es la mentira, y sus derivaciones y disfraces, la hipocresía y la exageración. Preferiría el cínico al hipócrita, si es que aquél no fuese algo de éste.
Abrigo la profunda creencia de que si todos dijésemos siempre y en cada caso la verdad, la desnuda verdad, al principio amenazaría hacerse inhabitable la tierra, pero acabaríamos pronto por entendernos como hoy no nos entendemos. Si todos, pudiendo asomarnos al brocal de las conciencias ajenas, nos viéramos desnudas las almas, nuestras rencillas y reconomios todos fundiríanse en una inmensa piedad mutua. Veríamos las negruras del que tenemos por santo, pero también las blancuras de aquel a quien estimamos un malvado.
Y no basta no mentir, como el octavo mandamiento de la ley de Dios nos ordena, sino que es preciso, además, decir la verdad, lo cual no es del todo lo mismo. Pues el progreso de la vida espiritual consiste en pasar de los preceptos negativos a los positivos. El que no mata, ni fornica, ni hurta, ni miente, posee una honradez puramente negativa y no por ello va camina de santo. No basta no matar, es preciso acrecentar y mejorar las vidas ajenas; no basta no fornicar, sino que hay que irradiar pureza de sentimiento; ni basta no hurtar, debiéndose acrecentar y mejorar el bienestar y la fortuna pública y las de los demás; ni tampoco basta no mentir, sino decir la verdad”.

(en “Verdad y Vida”, págs. 17.18, Salamanca, Febrero de 1908)   


La lectura de “Pueblo enfermo”, del boliviano Alcides Arguedas, lo lleva a reflexionar sobre la envidia, tema central de una de las novelas de Unamuno, “Abel Sánchez”:

“Otra vez más voy a referirme al tan sugerente libro Pueblo enfermo, del boliviano A. Arguedas, y es que ese pueblo enfermo que Arguedas nos describe no es sólo –creo haberlo dicho- el pueblo boliviano. Este pueblo sirve de caso demostrativo, pero el enfermo es mucho más amplio.
En la pintura que Arguedas nos da de esas sociedades de tierras adentro, muy internadas, lejos de frecuente contacto vivo con otros pueblos, de esas sociedades provincianas esclavas de la rutina, se echa de ver más de una vez la acción del odio y de la envidia. (…)
En el capítulo IV de su obra, tratando del carácter nacional boliviano, dice Arguedas que en esa sociedad que vive entre grandes diferencias étnicas y desparramada en poblaciones muy distantes unas de otras, lo que antes salta a la vista es el espíritu de intolerabilidad: el odio. El prologuista de Arguedas, Ramiro de Maeztu, ha hecho notar muchas veces que el odio es una de las características más señaladas de nuestra sociedad española provinciana. Aquí nadie puede aguantar a nadie; aquí no podemos aguantarnos a nosotros mismos. “¡Ese hombre me carga!”, he aquí una frase – y aun en forma más enérgica, pero que por su grosería no puedo estampar aquí- que oímos a cada paso. Aquí, en general, carga el hombre, el verdadero hombre, el que tiene fisonomía propia. Aquí lo mismo que en Bolivia.
“Todo el que triunfa en cualquier esfera – dice Arguedas –engendra en otros, no sólo odio violento, sino una envidia incontenible, o mejor, la envidia genera el odio. Aspírase a una nivelación completa y absoluta. Quien sobresale, aunque sea una línea, sobre un conjunto así modelado, en vez de simpatía, despierta agresiva irritabilidad.”

(en… “La envidia hispánica”, págs. 45-47; Salamanca, Mayo de 1909)


Unamuno se hace una autocrítica al decir que pensaba, pero no meditaba y que por eso buscaba la compañía y huía de la soledad. Pero que llegó el día en que empezó a meditar lo que había pensado, y a verle el fondo y el alma y que por eso comenzó a amar y desea la soledad. Unamuno hace del apotegma de Scheller un apostolado: “nadie es más fuerte que quien está solo”. Y con éste celebra a uno de sus favoritos, el noruego Ibsen, el solitario, el fuerte:

“Ibsen, el gran desdeñoso, - desdeñoso como Carducci, otro espíritu radiante que acaba de sumergirse en las sombras de la muerten-, Ibsen no fue lo que aquí llamamos un literato, no, no lo fue. Ibsen forjó su espíritu en el duro yunque de la adversidad, lejos de las embrutecedoras tertulias de los cotarros literarios, desterrado y solo, solo y lleno de fe en sí mismo y en el porvenir, solo y fuera de esa república de las letras que no pasa de ser una feria de gitanos y chalanes. Ibsen no derogó, no entro en el vil cambalacheo de los bombos ni en el degradante hoy por mí y mañana por ti, sino que esperó tranquilo, no su hora, sino la hora de su obra, la hora de Dios, sin impaciencias y sin desfallecimientos. Esperó a que hiciera su pueblo de lectores recogidos en vez de hacerse al disipado público desde luego. Y así fue su vejez como ha sido la de Carducci, una solemne puesta de sol en claro cielo, sobre los fiordos de su patria coronados por nubes en ascuas de oro. Su vida fue un poema dramático de bravía independencia, así como la de Kierkegaard, su maestro, había sido un poema trágico de heroica soledad. La soledad es la solución favorita en los dramas ibsenianos, la soledad es el refugio de aquellas almas robustas y soberbias que pasan cortando el mar muerto de las muchedumbres que bajo el yugo de la rutina se ocupan en crecer y multiplicarse satisfaciendo a la carne esclavizadora y estúpida”.

     (en… “Ibsen y Kierkeegard”, págs. 59 - 60)   

Unamuno en su exilio forzoso
en Fuerteventura
Este texto, escrito en Salamanca en marzo de 1907 nos muestra ya a un hombre hecho de una tesitura vigorosa, se una agresividad férrea. Era un vasco áspero y con espinas, en su crudo estado montés. Quienes ya en ese entonces lo oyeron hablar, gesticular y discutir, veían aflorar en él su natural primitivo y rudo. Percibieron en él un estilo sencillo, sin atenuaciones o refinamientos, que va derecho al quid del asunto y está dirigido ad hominen. Se vislumbra ya el conversador que habla para convencer, arrollar, persuadir, de un conversador para quien hablar es un violento ejercicio, porque habla y piensa con todo su cuerpo y toda su alma. Su vehemencia es el reflejo de la certidumbre de que los problemas siempre son grandes. Ya se percibe en él, por ese entonces, la señal de que estamos ante un verdadero filósofo, ante un hombre cuya obsesión por los grandes problemas de la vida humana le permite integrarlos en su sistema. Ya por ese tiempo había aprendido a escuchar la voz de su enemiga la Razón. Su búsqueda de la verdad lo arrastraba a leer incesantemente, hasta el agotamiento. Profesor de griego en Salamanca, leía también con fluidez en francés, inglés, italiano, alemán y latín. Tenía conocimientos más que superficiales de las ciencias y se había abierto paso a través de filósofos y teólogos. Su manifiesta egolatría rebelde se estereotipa en una frase de antología: “Yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy especie única”.
El hecho de que muchas personas procedentes de Madrid lo visiten en su retiro de Salamanca y le comenten la proliferación de “pornografía” en los teatros, lleva al bilbaíno a reflexionar sobre el tema:

“Y todo esto coincide, como es natural, con el más horrible amodorramiento del espíritu público. Pocas veces ha estado más acorchada que ahora el alma de nuestro pueblo. Parece no importarle cosa alguna de nada importante. Aterra su indiferencia frente a los más graves problemas de la vida social. Diríase que carecemos de vida social, lo cual equivale, en el fondo, a carecer de civilización.
Y esas dos cosas, el desarrollo de la sensualidad sexual y el acorchamiento de la vida del espíritu van de par.
Son no pocos los literatos que siempre que hablan de libertad no entienden apenas otra cosa que la libertad de usar de las mujeres de cualquier modo, la libertad de la licencia sexual, o ése se llama el amor libre. Cada vez que el Gobierno trata de poner coto a ese desenfreno le reprochan de reaccionario y gazmoño, como si un espíritu profundo y arraigadamente liberal, enamorado del progreso y de la libertad de conciencia, no pudiera ver en ese desenfreno el aliado de la servidumbre.
Sí, la lujuria es aliada de la tiranía. La que llaman los teólogos moralistas concupiscencia de la carne suele ahogar la llamada también por ellos soberbia del espíritu. Los hombres cuya preocupación es lo que llaman gozar de la vida –como si no hubiese otros goces- rara vez son espíritus independientes y elevados. Viven, por lo común, esclavos de sus rutinas y de sus supersticiones.
Y ello nada tiene de particular. La obsesión sexual en un individuo delata más que una mayor vitalidad, una menor espiritualidad. Los hombres mujeriegos son de ordinario de una mentalidad muy baja y libres de inquietudes espirituales. Su inteligencia suele estar en el orden de la inteligencia del carnero, animal fuertemente sexualizado, pero de una estupidez notable. Y aquí os hago gracia del cuento de la viuda aquella que al llamarle la atención sobre el bajo nivel intelectual de un garrido y robusto mocetón con quien iba a casarse, replicó: “Para lo que yo le quiero…”
Tomad a don Juan Tenorio, al fanfarrón de don Juan Tenorio, y decidme si habéis encontrado en el mundo de la ficción un personaje más necio y que os suelte tantas tonterías como él. No hay reunión de hombres inteligentes y cultos en que se pueda soportar más de diez minutos a don Juan Tenorio. hay que echarlo a puntapiés. Apesta con sus bravatas y con sus aires de guapo.
Y estad seguros de que si don Juan Tenorio hubiera vivido hasta llegar a edad respetable, habría acabado en un ser sesudo conservador, defensor del orden social, de la libertad “bien entendida” y de las venerandas tradiciones de nuestros mayores y miembro de cualquier piadosa cofradía”.

(en… “Sobre la lujuria”, págs. 94-95; Salamanca, Marzo de 1907)


La lectura frecuente de Unamuno me sirvió para conocer la vena ideológica e intencional del vascuence, analizar sus fundamentos y, en algunos casos, las contradicciones que se percibe entre estos; toda una trayectoria serpenteante la de su hondo pensamiento. Resalta en Unamuno un sentimiento religioso, amalgama de esperanza y desolación. Él, que pasó más de cincuenta años buscando la verdad entre su corazón y su razón, terminó muchas veces llorando ante su propia impotencia, buscando luces en su desesperanza, encontrándose como muchas veces en un mar de controversias y reflexiones.

“Sí, mientras el mundo se alegra yo me entristezco con dudas y cavilaciones y pesares. ¿Son dolores de parto espiritual? Ha venido mi hora; la emoción de la muerte, aquellas noches de angustia, me han revelado el fruto que llevaba en las entrañas de un espíritu. Dame, Jesús mío, que te vea nacer en mí, y me olvidaré de tanta angustia”.


        Diario Íntimo (Cuaderno 2; apartado LVIII)

Su activismo espiritual, esa forma de emplear la voluntad frecuentemente para conseguir la verdad, lo llevó a una lucha agónica (como el propio Unamuno diría), siempre con un “querer esperar”, como llamaba él a la esperanza. En uno de sus textos más controversiales escribe el escritor vasco:

“Mi religión – escribía en 1907 – es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar con Dios desde el romper el alba hasta caer la noche, como dicen que con Él luchó Jacob… Sólo espero… de los que luchan descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria.”


         (Mi religión. Ens., II, 296 y 299)

Unamuno en su casa en Salamanca, 1925.
No sólo en sus ensayos Unamuno afronta los problemas referentes a la existencia de Dios, del alma, de la inmortalidad, temas que por otra parte lo llevaron a varias crisis espirituales, también en su otra poética encontramos esta temática. En “La oración del ateo” encontramos visos de su posición, a veces negativa, de su angustiada ideología. En este soneto llega a afirmar que Dios es una mera invención del hombre y a lamentar que esto sea así, como contraparte, la real existencia de un Ser Supremo garantizaría la del poeta, es decir, esa inmortalidad que en Unamuno es anhelo y sueño máximo. En algunos versos es fácil percibir en el poeta la actitud confusa y agitada de su mente.

LA ORACION DEL ATEO
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes  
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi alma endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,  
Dios no existente, pues si Tú existieras
Existiría yo también de veras.


En su “Diario Íntimo”, escribe Unamuno:

“Del fondo del dolor, de la miseria, de la desgracia, brota la santa esperanza en una vida eterna, esperanza que dulcifica y santifica al dolor. Del seno de la vida fácil y grata brota la desesperación de hundirse en la nada. Hay aunque parezca paradoja, la infelicidad de la felicidad. Los que viven en el bienestar y el goce gustan el amargo fruto del Spleen, del aburrimiento, de la desesperación”.


             (Cuaderno 2; apartado LIII)


Esta paradoja aparece también en su soneto “Razón y fe”, donde Unamuno pone de manifiesto esa lucha interna entre esa razón que lo encaminaba en cierto sentido, con ese “algo” que asciende del fondo mismo de sus entrañas y que le habla de su ansia de inmortalidad. Ese “algo” constituye para él lo verdaderamente vital, ya que considera que todo lo racional es antivital.


RAZÓN Y FE
Levanta de la fe el blanco estandarte
sobre el polvo que cubre la batalla
mientras la ciencia parlotea, y calla
y oye sabiduría y obra el arte.
Hay que vivir, y fuerza es esforzarte
a pelear contra la vil canalla
que se anima al restalle de la tralla,
¡y hay que morir!, exclama. Pon tu parte
y la de Dios espera, que abomina
del que cede. Tu ensangrentada huella
por los mortales campos encamina
hacia el fulgor de tu eternal estrella;
hay que ganar la vida que no fina,
con razón, sin razón o contra ella.


Sus crisis espirituales parecen darse un descanso cuando escribe el soneto “En la mano de Dios”. Ese tránsito de la vida hacia el “sueño eterno” es también en esta composición un liberarse del pensamiento que lo oprime. Catalina de Siena afirmaba que las acciones del Salvador son de tal modo fecundas en enseñanzas que, meditándolas con fijeza, cada uno encuentra en ellas el alimento que a la salud de su alma más conviene, y que es provechoso presentar varios sentidos a fin de que cada uno tome el que más le convenga. En su soneto “En la mano de Dios”, Unamuno parece sentir cierto consuelo, algo similar a un paliativo para un enfermo con cáncer terminal.



EN LA MANO DE DIOS
Na mâo de Deus, na sua mâo direito.
ANTERO DE QUENTAL (Soneto)

Cuando, Señor, nos besas con tu beso
que nos quita el aliento, el de la muerte,
el corazón bajo el aprieto fuerte
de tu mano derecha queda opreso.
Y en tu izquierda, rendida por su peso
quedando la cabeza, a que reviente
el sueño eterno, aún lucha por cogerte
al disiparse su angustiado seso.
Al corazón sobre tu pecho pones
 y como en dulce cuna allí reposa
lejos del recio mar de las pasiones,
mientras la mente, libre de la losa
del pensamiento, fuente de ilusiones,
duerme al sol en tu mano poderosa.  




III
Diario Íntimo de Unamuno.
Siempre he tenido la firme idea de que el llamado Fin del mundo que proclaman en todos los idiomas los cristianos no tiene nada que ver con la visión que tengo yo de ese hecho. Para mí el Fin del mundo es algo personal, cada uno tiene su Fin del mundo reservado para él. El día que yo muera adiós a todo, ya no más nada, ni recuerdos, ni sentimientos, ni sufrimientos ni nada. Como en el Hamlet de Shakespeare… “Yo le doy mi moribunda voz. Tú se lo dirás, con los sucesos grandes y nimios que a ello hay inducido, lo demás es silencio”.
Y ¡oh! maravilla con lo que me encuentro. Dice don Miguel en su “Diario íntimo”:

“De la muerte.
Si se anunciara el fin del mundo para un día cualquiera de aquí a cincuenta años ¿en qué estado no caerían los espíritus? Pues para cada uno de nosotros la muerte es el fin del mundo, entonces el sol se nos oscurecerá, los sonidos todos enmudecerán, las cosas todas se nos licuarán en la nada.”


              (Cuaderno 2, apartado VI)


Tantos años (cuarentaicuatro años) esperando esa confirmación y que mejor si viene de ese vasco profundo y reflexivo.

“¡Lógica, lógica! La lógica nos hace sacar consecuencias de los principios establecidos, de los datos, de las premisas, pero no nos da nuevas premisas ni nuevos principios. Pedir lógica es pedir que no nos salgamos de esos principios que la razón da. Y ¿por qué he de vivir esclavo de ellos?
No, no quiero ser lógico, porque se me han abierto otros principios y no por la lógica. En nombre de la lógica condenaría a un pueblo de sordos al único que oyera, sin que hubiese medio de que éste las convenciese. ¡Que sea lógico con mis antecedentes! Y ¿por qué no he de ser lógico con mi corazón? ¿Es que mis antecedentes valen más que mi corazón? La lógica suele ser otra forma de la esclavitud para con el mundo, suele ser esa esclavitud idealizada.
No se trata de lógica, se trata de primeros principios. Y los primeros principios no vienen por la lógica. No es la lógica la que nos da las intuiciones sobre que opera. El único papel de la lógica en un ciego de nacimiento que cobra vista es concordar sus nuevas impresiones con el sistema de las antiguas, rectificando la interpretación, de éstas. Tal es el papel de la lógica en la fe.
Y he aquí como yo que huía de todo intelectualismo volveré a caer en él. Maté mi fe por querer racionalizarla, justo es que ahora vivifique con ella mis adquisiciones racionales, y emplee en esta labor mi tiempo. Todo esto es para volverme loco”.


           (Cuaderno 2; apartado LIX)


Si hay algo que he aprendido y que me resulta incuestionable es que la religión no se sostiene sobre un sistema racional de evidencias, sino que sobrevive por una necesidad humana inherente a ella como lo es el alimento o el agua. Si le diéramos a esta humanidad las evidencias de que su Cristo no ascendió a ningún cielo, los creyentes nos harían a un lado y no nos creerían. Algunos quizá cederían a sus creencias irracionales ilógicas, a esas que se sostienen sólo por una fe recalcitrante; pero la mayoría se mantendría en sus cuatro y las religiones sobrevivirían por siempre; estas religiones son como la droga que siempre está al alcance del adicto para que nunca salga de su infierno. Me quedo con la lógica, pero no con la lógica natural que prescinde del auxilio de la ciencia. La fe carece muchas veces de lógica, y más cuando se trata de temas religiosos.

“La niñez. Se me ha ocurrido muchas
veces que son los justos de Sodoma,
por los que Dios no nos destruye.
“Dejad que los niños se acerquen a mí”.
“El que no se hiciere como uno de estos pequeñuelos
no entrará en el reino de los cielos”.


           (Cuaderno 1, apartado XXVI)


Pienso en Marcial Maciel Degollado, en ese monstruo infecto, despreciable y ruin, acusado de drogadicción y de varios abusos sexuales a menores. Pienso en ese monstruo ensotanado que presenta su congregación religiosa Regnum Christi a Juan Pablo II como una milicia pletórica por una religiosidad fanática; y pienso en la bendición que el Papa le dio a pesar de las evidencias que condenaban a Maciel.

Pienso en los niños muertos en Irak y me viene la imagen de la fotografía de Adem Hadei, de la agencia estadounidense Associated Press; esa foto que registra el momento en que una madre ve a su hijo adolescente en uno de los atestados hospitales de la ciudad de Baquba.

Pienso en la fotografía tomada por el reportero turco Mustafá Bozdemir, donde se ve a la señora Kezban Ozer llorando al pie de sus cinco hijos, muertos a causa de un deslizamiento de tierra provocado por el terremoto de 7.1 grados en la escala de Richter que sacudió la Anatolia oriental, en Turquía.
Pienso en ese Dios insensible que cómodamente debe estar viendo cómo se viene abajo su hermosa Creación.

Miércoles 5 de mayo. S. Juan. XVI.
“Es necesario que yo vaya, porque si yo no fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si yo fuese os lo enviaré.”
Cristo no quedó; se fue. Y como no le vemos, le vemos por la fe, creyendo en él a quien no vemos, gracias al Espíritu que nos ha enviado.
¿Pides señal? Si tuvieras señal, no tendrías al Consolador.
¡Felices los que no vieron y creyeron!
La ausencia de Cristo visible es la condición de la asistencia del Espíritu Santo, porque se fue aquel ha venido éste.
El pedir señal ¿no es señal? ¿Quién te mueve a pedir señal?
Y aun así volveré a caer en el mismo mar y en su resaca.
“Y cuando él viniere acusará al mundo de pecado, y de justicia y de juicio. De pecado, porque no creyó en mí.”
El querer creer ¿no es principio de creer? El que desea fe y la pide ¿no es que la tiene ya aunque no lo sepa?
Estuvo un poco en el mundo y ya no le vemos, pero otra vez otro poquito, el breve soplo de la vida, y le veremos, porque se fue al Padre, y está en El, a donde iremos a verle.
“Y conoció Jesús que le querían preguntar, y díjoles: ¿Preguntáis entre vosotros esto que dije: un poquito y no me veréis, y otra vez un poquito y me veréis? De cierto os digo que vosotros llorareis y os lamentareis, y el mundo se alegrará; empero aunque vosotros estaréis alegres, vuestra tristeza se tornará en gozo. La mujer cuando pare, tiene dolor, porque es venida su hora; mas después que ha parido un niño ya no se acuerda de la apretura, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También, pues, vosotros ahora, a la verdad, tenéis tristeza; mas otra vez os veré y se gozará vuestro corazón y nadie quitará de vosotros vuestro gozo.”
Sí, mientras el mundo se alegra yo me entristezco con dudas y cavilaciones y pesares. ¿Son dolores de parto espiritual? Ha venido mi hora; la emoción de la muerte, aquellas noches de angustia, me han revelado el fruto que llevaba en las entrañas de mi espíritu. Dame, Jesús mío, que te vea nacer en mí, y me olvidaré de tanta angustia.
No bajó Cristo como aparición, no tomó carne mortal de modo milagroso y apareciendo ya un hombre maduro cumplió su obra. Habría sido una fantasma y no una realidad. Nació, nació niño y vivió niño, vivió treinta años en la oscuridad, oculto, vida humana, sin hacer más que vivirla. La niñez de Cristo es uno de los más instructivos misterios.
             
                (Cuaderno 2; apartado LVIII)

Miguel de Unamuno en una conferencia.
Es que no les alcanza a los seguidores de Cristo con el hecho de que éste haya sido un hombre extraordinario tan lleno de bondad, de compasión, de comprensión. No se satisfacen solamente con la fuerza de su mensaje donde está el amor. ¿Por qué insistir en la resurrección cuando la razón apoyada en los avances de la ciencia me termina de confirmar que eso es imposible? ¿No será que si les quitamos la resurrección al creyente sentirá que estamos matando a su Dios y con ello el sueño de creer en Él, que es todo lo que tienen?

¡Felices aquellos cuyos días son todos iguales! Lo mismo les es un día que otro, lo mismo un mes que un día y un año lo mismo que un mes. Han vencido al tiempo; viven sobre él y no sujetos a él. No hay para ellos más que las diferencias del alba, la mañana, el medio día, la tarde y la noche; la primavera, el estío, el otoño y el invierno. Se acuestan tranquilos esperando al nuevo día y se levantan alegres a vivirlo. Vuelven todos los días a vivir el mismo día. Rara vez se forman idea de su Señor porque viven en él, y no lo piensan, sino que lo viven. Viven a Dios, que es más que pensarlo, sentirlo o quererlo. Su oración no es algo que se destaca y separa de sus demás actos, ni necesitan recogerse para hacerla, porque su vida toda es oración. Oran viviendo. Y por fin mueren como muere la claridad del día al venir la noche, yendo a brillar en otra región.
¡Santa sencillez! Una vez perdida no se recobra.


                (Cuaderno 3; apartado V)     

Más que la sencillez se percibe el conformismo, la chatura de ideas, el desprecio a la reflexión, la indiferencia al cuestionamiento donde germina la duda que enriquece el pensamiento. Más que la Santa sencillez la medianía, la mediocridad que embrutece, la grisura que atrofia la racionalidad del hombre convirtiéndolo en un borrego, en un conformista que nace, come, duerme y muere como lo podría hacer una mosca o una sanguijuela. Esa Santa sencillez puede ser la negación de la razón del hombre, del ser que aspira al conocimiento que dignifica su condición de ser.

Otra de las ideas clave de Unamuno es la contraposición entre la fe y la razón. Esta idea la explicará en uno de sus más profundos ensayos: “Del sentimiento trágico de la vida”. Se plantea allí en toda su amplitud el tema de la inmortalidad y el conflicto entre la razón y la fe, entre la lógica y la vida, entre la inteligencia y el sentimiento. Fe y razón se hallan en lucha continua; pero el hombre no puede prescindir de ninguna de las dos:

“Razón y fe son dos enemigos que no pueden sostenerse el uno sin el otro.
Tienen que apoyarse uno en otro y asociarse. Pero asociarse en lucha, ya que la lucha es un modo de asociación… Es menester esa lucha entre el corazón y la cabeza, entre el entendimiento y la inteligencia, y en que aquél diga ¡Sí! Mientras esta dice ¡No!, y ¡No! cuando la otra diga ¡Sí!; en esto y no en ponerlas de acuerdo consiste la fe fecunda y salvadora.” 
(en: “Del sentimiento trágico de la vida”)


Para Unamuno el punto de partida efectivo de toda filosofía y de toda religión – y que constituye el sentimiento trágico de la vida – está en el ansia de no morir, el hambre de inmortalidad personal:

“¿De dónde vengo yo y de dónde viene el mundo en que vivo y del cual vivo? ¿Adónde voy y adónde va cuanto me rodea? ¿Qué significa esto? Tales son las preguntas del hombre, así que se liberta de la embrutecedora necesidad de tener que sustentarse materialmente. Y si miramos bien, veremos que debajo de esas preguntas no hay tanto de deseo de conocer un porqué como el de conocer el para qué; no de la causa, sino de la finalidad. Conocida es la definición que de la filosofía daba Cicerón llamándola “ciencia de lo divino y de lo humano, y de las causas en que ellos se contienen” rerum divinarum et humanarum, causarumque quibus hae res continentur; pero en realidad, esas causas son, para nosotros, fines. Y la Causa Suprema, Dios, ¿qué es sino el Supremo Fin? Sólo nos interesa el por qué en vista del para qué; sólo queremos saber de dónde venimos, para mejor poder averiguar adónde vamos.
Esa definición ciceroniana, que es la estoica, se halla también en aquel formidable intelectualista que fue Clemente de Alejandría, por la Iglesia Católica canonizado, el cual la expone en el cap. V del primero de sus Stromata. Pero este mismo filosofo cristiano –¿cristiano?- en el cap. XXII de su cuarto stroma, nos dice que debe bastarle al gnóstico, es decir, al intelectual, el conocimiento, la gnosis, y añade: “y me atrevería a decir que no por querer salvarse escogerá el conocimiento el que lo siga por la divina ciencia misma; el conocer tiende, mediante el ejercicio, al siempre conocer; pero el conocer siempre, hecho esencia del conociente por continua mezcla y hecho contemplación eterna queda sustancia viva; y si alguien por su posición propusiese al intelectual qué prefería, o el conocimiento de Dios o la salvación eterna, y se pudieran dar estas cosas separadas, siendo, como son, más bien una sola, sin vacilar escojería el conocimiento de Dios.” Que El, que Dios mismo, a quien anhelamos gozar y poseer eternamente, nos libre de este gnosticismo o intelectualismo clementino.
¿Por qué quiero saber de dónde vengo y adónde voy, de dónde viene y adónde va lo que me rodea, y qué significa todo esto? Porque no quiero morirme del todo, y quiero saber si he de morirme o no definitivamente. Y si no muero, ¿qué será de mí?; y si muero, ya nada tiene sentido. Y hay tres soluciones: a) o sé que me muero del todo, y entonces la desesperación irremediable, o b) sé que no muero del todo, y entonces la resignación, o c) no puedo saber ni una ni otra cosa, y entonces la resignación en la desesperación o ésta en aquélla, una resignación desesperada, o una desesperación resignada, y la lucha.
“Lo mejor es – dirá algún lector – dejarse de lo que no se puede conocer.” ¿Es ello posible? En su hermosísimo poema “El sabio antiguo” (The ancient sage) decía Teunyson: “No puedes probar lo inefable (The Nameless), oh hijo mío, ni puedes probar el mundo en que te mueves; no puedes probar que eres cuerpo sólo, ni puedes probar que eres sólo espíritu, ni que eres ambos en uno, no puedes probar que eres inmortal, ni tampoco que eres mortal; sí hijo mío, no puedes probar que yo, que contigo hablo, no eres tú que hablas contigo mismo, porque nada digno de probarse puede ser probado ni des-aprobado, por lo cual sé prudente, agárrate siempre a la parte más soleada de la duda y trepa a la Fe allende las formas de la Fe!” Sí, acaso, como dice el sabio, nada digno de probarse puede ser probado ni des-aprobado

for nothing worthy proving can be proven,
nor yet disproven;

pero podemos entender a ese instinto que lleva al hombre a querer conocer y sobre todo a querer conocer aquello que a vivir, y a vivir siempre, conduzca. A vivir siempre, no a conocer siempre como el gnóstico alejandrino. Porque vivir es una cosa y conocer otra, y como veremos, acaso hay entre ellas una tal oposición que podamos decir que todo lo vital es antirracional, no ya sólo irracional, y todo lo racional, anti-vial. Y esta es la base del sentimiento trágico de la vida”.

              (opus. cit; pág. 36-38)


Unamuno en Fuerteventura.
A lo largo de su vida Unamuno se ha enriquecido con sus lecturas del Nuevo Testamento, cuyo original griego no ha abandonado nunca. Eso lo ha llevado a insertarse en una tradición vital cristiana y católica. Su profunda religiosidad, su actitud vuelta hacia Dios, lo hace sentir por debajo de todas sus ideas y todas sus dudas, la presencia en su vida de Dios y de un Dios que es el cristiano, uno y trino, con sus tres personas, con la creencia plena de una mujer que es capaz de concebir virginalmente: María. Toda la liturgia católica lo envuelve; un Dios representado y hecho invisible en las pinturas e imágenes, sobre todo en los sangrientos Cristos españoles, de los que tanto gustaba, y más aún en el de Diego Velásquez pintado en los años 1631-1632, que lo arrastra a una inefable y piadosa devoción. Pese a su intelectualidad, Unamuno vive y sufre en el ámbito espiritual del catolicismo. De ahí que en cuantiosas páginas de sus escritos aflore un sentido cristiano de profunda vehemencia, lleno de inmediatez y de realidad intestina. Para amar verdaderamente a Dios hay que amarlo y temerle con amor. Unamuno siente que Dios sale al encuentro de quien lo busca con amor y por amor, sólo quien asume esta actitud sentirá el aliento de su cariño y su mano invisible e intangible:

“Y se crea a Dios, es decir, se crea a Dios a sí mismo en nosotros por la compasión, por el amor. Creer en Dios es amarle y temerle con amor, y se empieza por amarle aun antes de conocerle, y amándole es como se acaba por verle y descubrirle en todo.
Los que dicen creer en Dios, y ni le aman ni le temen, no creen en Él, sino en aquellos que les han enseñado que Dios existe, los cuales, a su vez con harta frecuencia, tampoco creen en Él. Los que sin pasión de ánimo, sin congoja, sin incertidumbre, sin duda, sin la desesperación en el consuelo, creen creer en Dios, no creen sino en la idea Dios, mas no en Dios mismo. Y así como se cree en Él por amor, puede también creerse por temor, y hasta por odio, como creía en Él aquel ladrón Vanni Fucci, a quien el Dante hace insultarle con torpes gestos desde el Infierno (Inf. XXV, 1, 3). Que también los demonios creen en Dios, y muchos ateos.
¿No es, acaso, una manera de creer en Él esa furia con que le niegan y hasta le insultan los que no quieren que le haya, ya que no logran creer en Él? Quieren que exista como lo quieren los creyentes; pero siendo hombres débiles y pasivos o malvados, en quienes la razón puede más que la voluntad, se sienten arrastrados por aquélla, bien a su íntimo pesar, y se desesperan y niegan por desesperación, y al negar, afirman y crean lo que niegan, y Dios se revela en ellos, afirmándose por la negación de sí mismo.
Mas a todo esto se me dirá que enseñar que la fe crea su objeto es enseñar que el tal objeto no lo es sino para la fe, que carece de realidad objetiva fuera de la fe misma; como por otra parte, sostener que hace falta la fe para contener o para consolar al pueblo, es declarar ilusorio el objeto de la fe. Y lo cierto es que creer en Dios es hoy, ante todo y sobre todo, para los creyentes intelectuales querer que Dios exista.
Querer que exista Dios, y conducirse y sentir como si existiera. Y por este camino de querer su existencia, y obrar conforme a tal deseo, es como creamos a Dios, esto es, como Dios se crea en nosotros, como se nos manifiesta, se abre y se revela a nosotros. Porque Dios sale al encuentro de quien le busca con amor y por amor, y se hurta de quien le inquiere por fría razón no amorosa. Quiere Dios que el corazón descanse, pero que no descanse la cabeza, ya que en la vida física duerme y descansa a veces la cabeza, y vela y trabaja el corazón. Y así, la ciencia sin amor, nos aparta de Dios y el amor, aun sin ciencia y acaso mejor sin ella, nos lleva a Dios, y por Dios a la sabiduría. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!
Y si se me preguntara cómo creo en Dios, es decir, cómo Dios se crea en mí mismo y se me revela, tendré acaso que hacer sonreír, reír o escandalizarse tal vez al que se lo diga.
Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano invisible e intangible que me trae y me lleva y me estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de una mente universal que me traza mi propio destino. Y el concepto de la ley – ¡concepto al cabo! – nada me dice ni me enseña.
Una y otra vez durante mi vida heme visto en trance de suspensión sobre el abismo; una y otra vez heme encontrado sobre encrucijadas en que se me abría un haz de senderos, tomando uno de los cuales renunciaba a los demás, pues que los caminos de la vida son irrevertibles, y una y otra vez en tales únicos momentos he sentido el empuje de una fuerza consiente, soberana y amorosa. Y abrésele a uno luego la senda del Señor.
Puede uno sentir que el Universo le llama y le guía como una persona a otra, oír en su interior su voz sin palabras que le dice: ¡Ve y predica a los pueblos todos! ¿Cómo sabéis que un hombre que se os está delante tiene una conciencia como vosotros, y que también la tiene, más o menos oscura, un animal y no una piedra? Por la manera como el hombre, a modo de hombre, a vuestra semejanza se conduce con vosotros, y la manera como la piedra no se conduce para con vosotros, sino que sufre vuestra conducta. Pues así es como creo que el Universo  tiene una cierta conciencia como yo, por la manera como se conduce conmigo humanamente, y siento que una personalidad me envuelve.
Ahí está una masa informe; parece una especie de animal, no se le distinguen miembros: sólo veo dos ojos, y ojos que me miran con mirada humana, de semejante, mirada que me pide compasión, y oigo que respira. Y concluyo que en aquella masa informe hay una conciencia. Y así, y no de otro modo, mira al creyente el cielo estrellado, con mirada sobrehumana, divina, que le pide suprema compasión y amor supremo, y oye en la noche serena la respiración de Dios que le toca en el cogollo del corazón, y se revela a él. Es el Universo que vive, sufre, ama y pide amor.
De amar estas cosillas de tomo que se nos van como se nos vinieron, sin tenernos apego alguno, pasamos a amar las cosas más permanentes y que no pueden agarrarse con las manos; de amar los bienes pasamos a amar el Bien; de las cosas bellas, a la Belleza; de lo verdadero, a la Verdad, de amar los goces, a amar la Felicidad, y, por último, a amar al Amor. Se sale uno de sí mismo para adentrarse más en su Yo supremo; la conciencia individual se nos sale a sumergirse en la Conciencia total de que forma parte, pero sin disolverse en ella. Y Dios no es sino el Amor que surge del dolor universal y se hace conciencia.
Aun esto, se dirá, es moverse en un cerco de hierro, y tal Dios no es objetivo. Y aquí convendría darle a la razón su parte y examinar que sea eso de que algo existe, es objetivo.
¿Qué es, en efecto, existir, y cuándo decimos que una cosa existe? Existir es ponerse algo de tal modo fuera de nosotros, que precediera a nuestra percepción de ello y pueda subsistir fuera cuando desaparezcamos. ¿Y estoy acaso seguro de que algo me precediera o de que algo me ha de sobrevenir? ¿Puede mi conciencia saber que hay algo fuera de ella? Cuanto conozco o puedo conocer está en mi conciencia. No nos enredemos, pues, en el insoluble problema de otra objetividad de nuestras percepciones, sino que existe cuanto obra, y existir es obrar.
Y aquí volverá a decirse que no es Dios, sino la idea de Dios, la que obra en nosotros. Y diremos que Dios por su idea, y más bien muchas veces por sí mismo. Y volverán a redargüirnos pidiéndonos pruebas de la verdad objetiva de la existencia de Dios, pues que pedimos señales. Y tendremos que preguntar con Pilato; ¿qué es la verdad?
Así preguntó, en efecto, y sin esperar respuesta, volvióse a lavarse las manos para sincerarse de haber dejado condenar a muerte al Cristo. Y así preguntan muchos qué es verdad? sin ánimo alguno de recibir respuesta, y sólo para volverse a lavarse las manos del crimen de haber contribuido a matar a Dios de la propia conciencia o de las conciencias ajenas”.


   (en… “Del sentimiento trágico de la vida”, IX, 192-195)



Hay en la obra poética de Unamuno un soneto escrito aproximadamente tres meses antes de morir, con motivo de su cumpleaños y fechado en Salamanca el 29 de noviembre de 1936. España se hallaba convulsionada por la Guerra Civil que llevaría al país a la ruina desde 1936 a 1939. Vuelve en esta bella composición a temas que lo han preocupado y atormentado desde siempre: la inmortalidad del alma, el misterio de la otra vida, la existencia de Dios. Cada uno de nosotros, después de leer el soneto, sacará sus conclusiones y surgirá una inevitable interrogante: ¿Llegó el poeta a una conclusión definitiva? En el poema el autor hace mención al ángel de la guarda que parece haber protegido su vida, esa vida poseedora de una fe escondida, dispuesta siempre a aflorar en sus momentos de crisis espiritual; pero en el tercer verso aflora, parece ser, una mención a los años en que puso en duda la existencia del Eterno y de una vida más allá de la muerte; pero pese a este escepticismo, parece haber forjado una fe escondida que nunca terminó de desvanecerse en él. El ángel de la guarda parece, en la voz del poeta, acompañarlo a su destino final, con la misma solicitud con que lo protegió durante su vida desde la niñez. Toda interpretación poética tiende a caer a veces en el subjetivismo, pero, cabe preguntar ¿No es la subjetividad también parte de la existencia? ¡Cuánto misterio indescifrable puede contener una existencia! Más aún, en el caso de un hombre como Miguel de Unamuno, tan llena de cuestionamientos que sólo la muerte pudo acallar el 31 de diciembre de 1936 mientras se encontraba en el despacho de su casa rectoral.


AL CUMPLIR MIS SETENTA Y DOS AÑOS
Un ángel, mensajero de la vida,
escoltó mi carrera torturada,
y desde el seno mismo de mi nada
me hiló el hilillo de una fe escondida.

Volvióse a su morada recogida,
y aquí, al dejarme en mi niñez pasada,
para dormirme canta la tonada
que de mi cuna viene suspendida.

Me lleva, sueño, al soñador divino;
me lleva, voz, al siempre eterno coro;
me lleva, muerte, al último destino;

me lleva, ochavo, al celestial tesoro,
y, ángel de luz de amor, en mi camino,
de mi deuda natal lleva el aforo.
                  Salamanca, 29-IX-36


“Voy a llevar una vida de interno pesar. Me atormenta la idea de que todo este rejuvenecimiento de fe no sea más que un cebo ilusorio que la naturaleza me pone para que viva. Se me ocurre la idea de que debo creer para vivir tranquilo en la esperanza, sea cual fuere luego la realidad y aunque tenga que hundirme en la nada”.


             (Cuaderno 2; apartado LVII)


He aquí de nuevo la “duda” que atormenta al poeta desde siempre. Unamuno se definió a sí mismo como un hombre de contradicción y de pelea; un hombre que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida. “La paz es mentira” decía constantemente; vivió, en efecto, en una perpetua lucha, sin encontrar nunca la paz. Unamuno es atacado por la duda ya desde muy joven. Una crisis juvenil le había hecho perder la fe. Sus anhelos hacia la revolución social se ven truncados por una nueva crisis allá por los meses de 1897. De ahí para adelante las cuestiones que se entretejen en su obra tienen que ver con la inmortalidad, la existencia de Dios, la condición humana, el Cristianismo como fórmula de salvación entre otros. Unamuno no fue un pensador sistemático: sus reflexiones transitan por sus ensayos, novelas, poemas, o dramas. A la manera de Kierkegaard, es dueño de un “pensamiento vivo”, tan propio de una filosofía vitalista. Escuchémoslo:

“No quiero engañar a nadie ni dar por filosofía lo que acaso no sea sino poesía o fantasmagoría, mitología en todo caso. (…) El que busque razones, lo que estrictamente llamamos tales, argumentos científicos, consideraciones técnicamente lógicas, puede renunciar a seguirme. En lo que estas reflexiones sobre el sentimiento trágico resta, voy a pescar la atención del lector a anzuelo desnudo, sin cebo; el que quiera picar que pique, mas yo a nadie engaño. Sólo al final pienso recogerlo todo y sostener que esta desesperación religiosa que os decía, y que no es sino el sentimiento mismo trágico de la vida, es, más o menos velada, el fondo mismo de la conciencia de los individuos y de los pueblos cultos de hoy en día; es decir, de aquellos individuos y de aquellos pueblos que no padecen ni de estupidez intelectual ni de estupidez sentimental. Y es ese sentimiento la fuente de las hazañas heroicas.”


            (Del sentimiento trágico de la Vida”)


Entre 1908 y 1935, Unamuno viajó más de
veces a Portugal, allí entabló grandes
amistades y se enamoró de la cultura lusa.
 
Unamuno sufre de la misma crisis espiritual que se apoderó de Azorín; a diferencia de éste, don Miguel no se liberó de ella nunca. “¿Qué es la vida? ¿Qué fin tiene la vida? ¿Para qué vivimos? No lo sé (…); siento la angustia metafísica”. Así, en una forma típica del 98, Azorín empezaba su Diario de un enfermo en 1898: para él fue un momento de crisis espiritual, crisis que no se solucionó completamente hasta que años más tarde volvió a la religión.
Qué lejos están los días en que todavía su espíritu se mostraba sosegado; los días en que era capaz de construir magistrales páginas sin sentirse acosado por crisis espirituales de desvelos e insomnios continuos, días en que podía cantarle a su amada Bilbao sin sentirse acosado por buscar de una manera desesperada desarrollar un sistema intelectual que fundamentara la fe de su infancia y lejos aún de los días venideros en que pasaría la mayor parte de su vida tratando de encontrar un camino que rodeara los obstáculos racionales y le llevase de nuevo a la fe, sobre todo a la convicción de su propia inmortalidad.

En noviembre de 1902 escribía en Salamanca estos recuerdos publicados en su libro “De mi país”:

“Para mi patria, en el sentido más concreto de esta palabra, la patria sensitiva –por  oposición a la intelectiva o aun sentimental-, la de campanario, la patria, no ya chica, sino menos que chica, la que podemos abarcar de una mirada, como puedo abarcar a Bilbao todo desde muchas de las alturas que le circundan, esa patria es el ámbito de la niñez, y sólo en cuanto me evoca la niñez y me hace vivir en ella y bañarme en sus recuerdos tiene valor. No pueden sentir a la patria aquellos a quienes sus padres les trajeron de la ceca a la meca cuando eran niños los así asendereados. Esta concepción de la patria más chica es la que me inspira el siguiente soneto que, bajo el título de Niñez, publiqué en una de esas revistillas de jóvenes que duran lo que una flor. El soneto decía así:

Vuelvo a ti, mi niñez, como volvía
a tierra, a recobrar fuerzas, Anteo,
cuando en tus brazos yazgo en mí me veo;
es mi asilo mejor tu compañía.
De mi vida en la senda eres el guía
que me aparta de torpe devaneo;
purificas en mí todo deseo,
eres manantial de mi alegría.
siempre que voy en ti a buscarme, nido
de mi niñez, Bilbao, rincón querido
en que ensayé con ansia el primer vuelo,
súbeme de alma a flor mi edad primera
cantándome recuerdos, agorera,
preñados de esperanza y de consuelo.

Y es la verdad. Cada vez que me encuentro en Bilbao, a pesar de lo mucho que éste ha cambiado desde que dejé de ser niño –si es que he dejado de serlo-, su ambiente hace que me suba a flor de alma mi niñez, y ese pasado, cada vez más remoto, es el que sirve de núcleo y alma a mis ensueños del porvenir remoto. Y es tan completa la correspondencia que mis ensueños se pierden, esfuman y anegan mis recuerdos en el pasado. Y de aquí que, jugando tal vez con las palabras, suela decirme a mí mismo que el morir es un desnacer, y el nacer un desmorir. Mas dicen que no es bueno entristecerse; no sé bien por qué.
Me acuerdo bastante bien de la primera vez que me alejé de mi Bilbao, en septiembre de 1880, cuando fui, teniendo dieciséis años, a estudiar mi carrera a Madrid. Al trasponer la peña de Orduña sentí verdadera congoja; a las sensaciones que experimentara al darme cuenta de que me alejaba de mi patria más chica la sentimental, y aun más que sentimental, imaginativa; aquella Euscalerría o Vasconia que me habían enseñado a amar mis lecturas de los escritores de la tierra. Y digo amar, subrayándolo, porque a ese país vasco lo amaba entonces, mientras que a Bilbao le quería, y si hoy quiero, en parte, a aquél es por haberlo recorrido también en parte; haberlo visto y tocado, y hecho sensitivo lo que era sentimental.
El recuerdo de este mi primer viaje, desde Bilbao a Madrid, me trae el de mi último viaje, el que hace poco más de un mes, en octubre de este año de 1902, hice desde esta Salamanca a Bilbao. Y recuerdo el efecto que me produjo el paisaje que desde Artagan se descubre, todo aquel verde valle de Echébarri y Galdácamo, y las enhiestas peñas de Mañaria en el fondo.
Subíamos a Archanda, al alto de Santo Domingo, unos cuantos amigos, y delante nuestro iban unas aldeanas, camino de Chorierri, arreando a sus burros. Y yo no dejé de notar la concordancia del tono azul desteñido en que estaba todo el paisaje envuelto con el azul desteñido del traje de los aldeanos y aldeanas. Porque el aldeano vasco gusta, hoy por lo menos, vestirse de azul; parece ser su color favorito. Y recordando con uno de mis compañeros de subida, que lo había sido de una excursión por la ribera del Duero, en la región salmantina, frontera de Portugal; recordando la romería del teso de San Cristóbal, entre Fermoselle y Villarino, no lejos del encuentro del Tormes con el Duero, comparábamos colores a colores. Porque en mi vida recuerdo haber visto mayor mescolanza de colorines, y más chillones éstos, que la de los trajes de las riberanas de Villarino. Los hombres estaban de severo pardo, pero ellas con unos rojos, unos gualdas, unos morados y unos verdes tales, que, cuando se ponían a danzar en el alto de aquel teso, entre los imponentes berruecos, en medio de aquel paisaje bravío y fuerte, parecían gigantescas amapolas, flores de retama y otras flores silvestres que saltaran sobre la tierra.”
(“De mi país”, Espasa-Calpe, S. A., 1959, págs. 11-13)




V
Unamuno posando para el pintor en
Hendaya, 1926.
La lectura de “San Manuel Bueno, mártir” ese temperamento batallador que caracterizó a Unamuno, ese “inquisidor de conciencias” que rompe con esta novela su acostumbrada técnica novelística de atender exclusivamente a la acción y nos presenta una narración con paisajes y descripciones de ambiente. Unamuno, hombre que sentía los problemas esenciales de la vida con temible intensidad y que dedicó todo su esfuerzo a comunicar a los demás la angustiosa inquietud que agitaba su alma, hace en esta novela que el sacerdote don Manuel se debata, trágicamente, en los problemas de la fe, trasunto de los que lo afectaban a él. La novela deja bien en claro que el autor quiere que todos vivan inquietos y anhelantes ante los problemas fundamentales. La vida del espíritu, para él, debe concebirse como un perpetuo estado de zozobra. Sabe los riesgos que corre al tocar temas tan delicados, pero decide correrlos:

 “Ya lo sé, soy antipático a muchos de mis lectores y una de las cosas que más antipático me hace para con ellos es mi agresividad. Pero es, amigo, que esa agresividad va contra mí mismo, es que vivo en lucha íntima… Las ideas que de todas partes me vienen están siempre riñendo batalla en mi mente y no logro ponerlas en paz. Y no lo logro porque no lo intento siquiera, necesito de esas batallas… Hay que sembrar en los hombres gérmenes de duda, de desconfianza, de inquietud… Y sobre todo y ante todo, nada de vivir en paz con todo el mundo… No, no, no; nada de vivir en paz… No quiero vivir en paz ni con los demás ni conmigo mismo. Necesito guerra, guerra en mi interior, necesitamos guerra.”

Ortega y Gasset y Unamuno tuvieron “rasponazos” en sus primeros encuentros debido a que sus ideas estuvieron mayormente en las antípodas. Con Unamuno era difícil cuajar una amistad debido a su egocentrismo y altivez, y esto lo sabía muy bien el autor de “La rebelión de las masas”. Ortega veía en los libros de Unamuno la lucha desgarrada entre su mente y su sentimiento, la agonía permanente ante el más allá, y esto determinaba en Ortega un movimiento de compresión y simpatía hacia aquella pobre alma desquiciada. Hay un intríngulis verbal, entre Unamuno y Ortega que llevó las aguas a puntos de ebullición que felizmente se apaciguaron. Dejemos el terreno llano para que Antonio J. Onieva nos describa el caso:

El Ortega juvenil se propuso salvar intelectualmente a España. Había vuelto de Alemania deseoso de incorporarnos a la vida cultural europea. Frente a nuestra cultura mediterránea, imprecisa y barroca, proponía la rigorosa de la exactitud. Le oí decir en diversas ocasiones: “Europa es el mundo ideal del dos y dos son cuatro.” Y, en fin: “En cultura somos insolventes frente a Europa.”
Ideas parejas a las citadas, que brotaban de la pluma de Ortega a sus veintiséis años de edad, provocaron una carta agresiva de Unamuno, publicada en A B C, septiembre de 1909. En ella se refería a “los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos”, y luego añadía que “si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste”.
Ortega se consideró aludido, y bajo el título de “Unamuno y Europa”, publicó en El Imparcial, 27 de septiembre de 1909, un artículo del que son estos párrafos: “Yo soy plenamente, íntegramente, uno de esos papanatas; apenas si he escrito, desde que escribí para el público, una sola cuartilla en que no aparezca con agresividad simbólica: Europa. En esta palabra comienzan y acaban para mí todos los dolores de España…” “… En los bailes de los pueblos castizos no suele faltar un mozo que, cerca de la medianoche, se siente impulsado, sin remedio, a dar un trancazo sobre el candil que ilumina la danza; entonces comienzan los golpes a ciegas y una bárbara baraúnda. El señor Unamuno acostumbra representar este papel en nuestra república intelectual. ¿Qué otro es, si no, preferir a Descartes al lindo frailecito de corazón incandescente que urde en su celda encajes de retórica estática? Lo único triste del caso es que a don Miguel, el energúmeno, le consta que, sin Descartes, nos quedaríamos a oscuras y nada veríamos, y menos que nada, el pardo sayal de Juan de Yepes…” “… Puedo afirmar que en esta ocasión don Miguel de Unamuno, energúmeno español, ha faltado a la verdad. Y no es la primera vez que hemos pensado si el matiz rojo y encendido de las torres salmantinas les vendrá de que las piedras aquellas, venerables, se ruborizan oyendo lo que Unamuno dice cuando, en la tarde, pasea entre ellas.”
De otro “rasponazo”, y de cuyas consecuencias fui testigo, ya hablo en este libro. Y fue a partir de entonces cuando los ánimos se sosegaron. Olvidáronse viejas querellas; fundada la Revista de Occidente, Unamuno, en sus viajes a Madrid, solía acudir a la tertulia de la Redacción, para “hincar su pendón en medio del campo…”. Cada uno de los dos pensadores siguió su trayectoria.


           (Obra cit.; págs. 176-177)      


El día primero del año 1937 le telefonearon a Ortega, desde las oficinas de La Nación, de Buenos Aires, en París, para manifestarle que Unamuno había muerto la noche anterior. El día 4 de enero siguiente aparecía, con el título “En la muerte de Unamuno”, en dicho periódico bonaerense, un artículo de Ortega; he aquí unos párrafos donde se destaca la personalidad adusta del escritor vasco:

“Ya está Unamuno con la muerte, su perenne amiga-enemiga. Toda su vida, toda su filosofía, han sido, como las de Spinoza, una meditatio mortis. Hoy triunfa en todas partes esta inspiración, pero es obligado decir que Unamuno fue el precursor de ella. Precisamente en los años en que los europeos andaban más distraídos de la esencial vocación humana, que es “tener que morir”, y más divertidos con las cosas de dentro de la vida, este gran celtíbero –porque, no hay duda, era el gran celtíbero, lo era en el bien y en el mal- hizo de la muerte su amada. De aquí el sabor, o al menos el dejo macabro, que nos llega de todas sus páginas, hable de lo que hable, juegue con lo que juegue. Muchas veces he hecho notar la sorpresa que causaba a los romanos, y que Tito Livio nos transmite, el ver que los celtíberos eran el único pueblo que vestía de negro y adoraba a la muerte.
Unamuno pertenecía a la generación de Bernard Shaw. Uno ambos nombres porque al hallarlos juntos nos salta a la vista, sobre las peculiaridades individuales, el gusto común que la coetaneidad impone. Fue la última generación de “intelectuales” convencida aún de que la Humanidad existe sin más elevado fin que servir de público a sus gracias de juglar, a sus arias, a sus polémicas. En Grecia hubo también una época en que los poetas creían que los hombres habían combatido en torno a Troya no más que para dar lugar a que Homero los cantase. Por esta razón, se adelantan constantemente a las candilejas y no podían respirar si no sentían en derredor su nación como espectadora. No habían descubierto la táctica y la delicia que es para el verdadero intelectual ocultarse e inexistir.
No he conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno. Cuando entraba en un sitio, instalaba desde luego en el centro su yo, como un señor feudal hincaba en medio del su pendón. Tomaba la palabra definitivamente. No cabía el diálogo con él. Repito que toda su generación conservaba el ingrediente de juglar que adquirió el intelectual en los comienzos del romanticismo, que existía ya en Chateaubriand y en Lamartine. No había, pues, otro remedio que dedicarse a la pasividad y ponerse en corro en torno a don Miguel, que había soltado en medio de la habitación su yo como si fuese un ornitorrinco.
Pero todo esto entiéndase en superlativo. Hay siempre en las virtudes y en los defectos de Unamuno mucho de gigantismo. A esa idea del escritor como hombre que se da en espectáculo a los demás hay que ponerla una espoleta de enorme dinamismo, y más aún, de feroz dinamismo. Porque Unamuno era, como hombre, de un coraje sin límites. No había pelea nacional, lugar y escena de peligro, al medio de la cual no llevase el ornitorrinco de su yo, obligando a unos y a otros a oírle y disparando golpes líricos contra los unos y contra los otros.
Fue un gran escritor. Pero conviene decir que era vasco y que su castellano era aprendido. Él lo reconocía y lo declaraba con orgullo, mas acaso no se daba cuenta de lo que esto traía consigo. Aun siendo espléndido su castellano, tiene siempre ese carácter de aprendido, y si se me quiere entender bien, todo idioma aprendido, tiene el carácter de lengua muerta. De aquí muchas particularidades de su estilo. Cuando escribimos o hablamos en nuestra lengua, nuestra atención atraviesa los vocablos sin reparar en ellos, como nuestra vista el vidrio de la ventana, para fijarse en el parque. Con la lengua aprendida no pasa lo mismo. El vocablo se interpone entre nosotros, y nuestro pensamiento hace constar su presencia y nos obliga a atenderlo. En suma, nuestra mente tropieza con la palabra en cuanto tal. De aquí la frecuencia con que Unamuno da espantadas ante los vocablos y ve en ellos más de lo que en su uso corriente – en que desaparecen transparentes – suelen significar. A su valor usual prefiere su sentido etimológico, y esto le induce a darles mil vueltas y a sacar del vientre semántico de cada vocablo serpentinas de retruécanos y otros juegos de palabras. Ahora bien: esta propensión etimológica a la manera de Unamuno es característica de quien escribe o habla en su idioma aprendido. Unamuno sabía mucho, y mucho más de lo que aparentaba, y lo que sabía, lo sabía muy bien. Pero su pretensión de ser poeta le hacía olvidar toda doctrina. En esto también se diferencia su generación de las siguientes, sobre todo de las que vienen, para las cuales la misión inexcusable de un intelectual es, ante todo, tener una doctrina taxativa, inequívoca y, a ser posible, formulada en tesis rigurosas fácilmente inteligibles. Porque los intelectuales no estamos en el planeta para hacer juegos malabares con las ideas y mostrar a las gentes los bíceps de nuestro talento, sino para encontrar ideas con las cuales puedan los demás vivir. No somos juglares, somos artesanos, como el carpintero, como el albañil.
La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio.”       


 JOSÉ ORTEGA Y GASSET. (Obras completas, tomo V, pág. 264.)


Unamuno junto a la escalera de la
Universidad de Salamanca, en el
edificio de las Escuelas Mayores
1922.
Un escritor con las características de Unamuno tenía que generar controversias. El lector medio, aquel que juzga a la primera impresión, a la transitoria, sin juicio ni análisis, bien por indiferencia o bien por incapacidad, no podía comprenderlo en su tiempo a cabalidad. Ya sobre este punto, Machado escribió en julio de 1913:

“Paréceme que la crítica repara poco en los libros donde se recopilan trabajos que fueron anteriormente insertos en la prensa diaria. Las últimas obras del ilustre vasco son, en su mayor parte, colecciones de crónicas publicadas en “La Nación”, de Buenos Aires, y si no las señalamos a la curiosidad del público español, corremos el riesgo de que se ignore en España algo de lo más sustancioso de nuestra moderna producción, (…) Poca es, en efecto, la curiosidad intelectual del público español, pero no sabemos hasta donde llegaría si se la espolease”.

   (en “Obras completas”, Volumen 2, pág. 1538).


Unamuno recibió una serie de calificativos que no lo incomodaron mayormente. “Extravagante” era la que recibía a menudo de parte del lector medio. Otros, los lectores “intelectuales” lo tildaban de “paradójico”, porque veían en muchos párrafos de sus escritos una serie de absurdos, de galimatías. No falta la voz de alguno que lo tildara de “contradictorio”, debido a que no era raro en él, que sostuviera en un artículo lo contrario a lo que había dicho en otro anterior. A nivel de los intelectuales verdaderos el asunto estuvo repartido. Con Ángel Ganivet, el autor granadino de las “Cartas finlandesas”, sostuvo una controversia publicada con el título de “El porvenir de España”, fue de tono muy elevado, pero en nada disminuyó la gran amistad que se tenían. La amplia correspondencia entre ambos escritores nos da algunas luces interesantes: Ganivet admiraba a Unamuno, a pesar de que éste mostraba inconformidad con algunas apreciaciones hechas por el poeta granadino en su libro “Idearium español” (1897), tentativa de interpretación de la historia de España. Según Unamuno, Ganivet había confundido la concepción purísima de la Virgen María con su virginidad permanente. Ganivet en un artículo dio la razón al escritor bilbaíno, pero, como consideraba que ambos misterios estaban tan confundidos y arraigados en el espíritu español y que por ello no cambiaría sus conceptos. Pero haciendo sumas y restas, más fueron las coincidencias religiosas, históricas, sociales y políticas entre ambos personajes. ¿Qué planteaba Ganivet en su Idearium español, publicado en 1897? El libro, conformado por unos breves ensayos, es desde ya controvertido, por cuanto el autor reflexiona sobre las causas de la decadencia nacional española. Metódico, acucioso y certero, Ganivet plantea su libro en tres partes, reflexionando en la primera sobre la España religiosa artística, histórica, caracterizando su paisaje espiritual; en la segunda parte su pensamiento ahonda en la posición política e histórica de España de cara al mundo moderno. En la tercera precisa las causas del actual caso y propone la formación de una nueva conciencia nacional. Para Ganivet, España se halla fundida en su ideal religioso, y por muchos que sean los intransigentes empeñados en quitarle a los españoles su catolicismo, no lo conseguirán, porque cuanto se construya con carácter nacional debe estar sustentado sobre los cimientos de la tradición. Se debe acabar con el expansionismo, piensa Ganivet, puesto que España ya no es un pueblo pujante y ansioso de expansión. Es tajante cuando afirma que el diagnóstico de la enfermedad que produce la mayoría de los españoles es de “abulia”; la nación hace ya bastante tiempo que está como ausente en medio del mundo. Nada le interesa, nada la saca de su rutina. De vez en cuando un chispazo por ahí, que no puede integrarse con otros, produce un impulso arrebatado que adopta diversos nombres: plenitud de la patria, justicia histórica y otros semejantes.


“Hemos de convencernos –afirma el autor, lleno de optimismo–de que nuestro engrandecimiento material  nos llevaría a oscurecer el pasado, mientras que nuestro florecimiento intelectual convertirá el siglo de oro de nuestras artes en una simple anunciación de este siglo de oro que yo confío ha de venir. Así como creo que para las aventuras de la dominación material muchos pueblos de Europa son superiores a nosotros, creo también que para la creación ideal no hay ninguna con aptitudes naturales tan depuradas como las nuestras. Nuestro espíritu parece tosco, porque está embastecido por luchas brutales; parece flaco, porque está solo nutrido de ideas ridículas, copiadas sin discernimiento, y parece poco original, porque ha perdido la audacia, la fe en sus propias ideas, porque busca fuera de sí lo que dentro de sí tiene… Pero aún podemos renacer y entonces hallaremos una inmensidad de pueblos hermanos a quienes marcar con el sello de nuestro espíritu”.


Ramiro de Maeztu revisa la tesis genial de Ganivet en su “Idearium español”, reafirmando el concepto ganivetiano de que en la constitución ideal de España existe:

“una fuerza madre, un eje diamantino diamantino, algo poderoso, si no indestructible, que imprime carácter a todo lo español. En vano nos diremos que la vida es sueño. En labios españoles significa esta frase lo contrario de lo que significaría en los de un oriental. Al decirla, cierra los ojos el budista a la vida circundante, para sentarse en cuclillas y consolarse de la opresión de los deseos con el sueño del Nirvana. El español, por el contrario, desearía que la vida tuviera la eternidad que en estos siglos se solía atribuir a la materia”.


        (Ramiro de Maeztu, “Defensa de la Hispanidad”)


Ramiro de Maeztu, diplomático y
escritor español perteneciente a la
Generación del ´98.
Para Maeztu ha habido en España una influencia nociva de lo extranjero, que ha deformado el carácter español, que ha insuflado en la raza humana que la aniquilan:

“En  el cambio de ideales había ya un abandono del espíritu a la sensualidad y a la naturaleza, pero lo más grave era la extranjerización, la voluntad de ser lo que no éramos, porque querer ser otros es ya querer no ser, lo que explica, en medio de los anhelos económicos, el intimo abandono moral, que se expresa en este nihilismo de tangos rijosos y resignación animal que es ahora la música popular española”.


               (Ibídem, Maeztu)


La religión cristiana juega en Maeztu un papel gravitante. “No hay en la Historia universal, dice, obra comparable a la realizada por España, porque hemos incorporado a la civilización cristiana a todas las razas que estuvieron bajo nuestra influencia”. Todo un pueblo en misión, parece decirnos Maeztu. La Religión comprendida por el español como un combate; la lucha en constante desarrollo desde los claustros de los conventos y monasterios. Toda España misionera…

“en sus dos grandes siglos, hasta con perjuicio del propio perfeccionamiento. Este descuido quizá fue nocivo, acaso hubiera convenido dedicar una parte de la energía misionera a armarnos espiritualmente, de tal suerte que pudiéramos resistir, en siglos sucesivos, la fascinación que ejercieron sobre nosotros las civilizaciones extranjeras. Pero cada día tiene su afán. Era la época en que se había comprobado la unidad física de mundo al descubrirse las rutas marítimas de Oriente y Occidente; en Trento se había confirmado nuestra creencia en la unidad moral del género humano; todos los hombres podían salvarse, ésta era la íntima convicción que nos llenaba el alma. No era la hora de pensar en nuestro propio perfeccionamiento ni en nosotros mismos; había que llevar la buena nueva a todos los rincones de la tierra”.


                   (Ibídem, Maeztu)


Los españoles, según Maeztu, llevaron a América la civilización católica, pero antes tuvieron que luchar con un medio inhóspito. Mientras vivieron bajo los cánones de esta civilización venida con los conquistadores, los pueblos de América prosperaron, pero la ambición, el egoísmo y los apetitos personales de algunos caudillos ensuciaron este avance:

“Lo peor no fue, sin embargo, que los pueblos hispanoamericanos se fueran cada uno por su lado, sino que, apenas se sintieron independientes, se dieron a pelear consigo mismos, con tanta falta de sentido que, a las décadas de confusión y de lucha, no se les encontraba otra salida que otras décadas de dictadura y de silencio. Contraste con la paz de que disfrutaron cuando se vivió, durante siglos, en paz y en gracia de Dios; los mismos siglos que en España, con la diferencia de que América progresaba todo el tiempo y tan de prisa que sus pueblos se hacían grandes y mayores, quizá antes de su hora, mientras que a la Metrópoli no loa dejaban levantar cabeza las vicisitudes de la política europea. La razón de aquella prosperidad es que los pueblos hispánicos estaban unidos por un ideal común universalmente acatado, como era la empresa de civilización católica que estaban realizando con las razas indígenas y que vivían bajo una autoridad también común y por todos respetada, como era el rey de España”.     

                    (Ibídem, Maeztu)


Maeztu, fiel a sus ideas como Ganivet o Unamuno, las defendió hasta su muerte.
Los desacuerdos con Clarín fue lana de otra madeja. ¿Pero quién fue este hombre con seudónimo musical? Su nombre era Leopoldo Alas, había nacido en Zamora en 1852, y era escritor y crítico literario. Fue una de las figuras más inquietas del mundo intelectual de la España del siglo XIX. Incisivo, corrosivo muchas veces, gozaba don Leopoldo de una agilidad de pensamiento a lo Oscar Wilde. Esta anécdota es de lo más ilustrativa.

“-Leopoldo Alas, el inflexible crítico que hizo temible el seudónimo de “Clarín” (1852-1901), como jugador de billar no estaba, ni mucho menos, a la altura de su fama literaria. Jugaba en cierta ocasión con un amigo que, por oposición al ilustre escritor, no era nada más que… un formidable carambolista. Falló don Leopoldo una sencillísima jugada, y:
-¡Hombre, por Dios! –gritó su contrincante-. Esa carambola la hago yo conuna sola mano. Me juego la cabeza.
A lo que inmediatamente replicó “Clarín”:   
-Yo también, en su caso, me la jugaría.”
(en:… “Diccionario Ilustrado de Anécdotas”, Vicente Vega, Editorial Gustavo Gili, S. A. Barcelona; 1965 – España, pág. 457)


Conocedor de las letras, de la filosofía, Clarín fue tan temido en su tiempo, posiblemente como no lo fue escritor alguno. Y los “palos” de Clarín, realmente dolían, porque estaban, por lo general, bien dados. En ocasiones, cometió algunos involuntarios ataques, pero hombre sincero, no tuvo miedo ni amor propio en desdecirse más adelante, en bien de la verdad. se debatió en ruidosas polémicas con muchos de sus contemporáneos, particularmente con Navarro Ledesma, Pardo Bazán, Manuel del Palacio y Pompeyo Gener, imponiéndose en ocasiones, dominado en otras por sus feroces acometidas, incluso a la vida privada de sus antagonistas, cosa que desprestigiaba su labor sincera, como creador y hombre de buena fe, cuando no se enfurecía. Como en todas partes del mundo, cuando no existe una voz crítica sincera y justa, surgen los compadrazgos entre casi todos los escritores nuevos. Eso cambió en España a partir de 1875 con la aparición de Clarín, quien con sus sátiras o sus violencias, alteró el cotarro y predominó sobre todas sus condiciones la del crítico, porque puede considerarse que fue casi el único que con visión certera supo clasificar la verdadera literatura española, del conglomerado de mediocridades y de insensateces, que predominaban. Vayamos al grano sobre el tema de Unamuno-Clarín. Desde su residencia ovetense Clarín prodiga una gran cantidad de crónicas y artículos, arremetiendo con fiereza contra prosistas galicursis y poetas ripiosos. La curiosidad de Clarín a partir de 1875 en las letras llega a ser incuestionable, absorbente. Unamuno por el contrario, acaba de nacer literariamente ante el público. Después de varias oposiciones fallidas, ha conseguido, hace cuatro años, la cátedra de griego en Salamanca. Tiene 31 años y como escritor sólo ha logrado rebasar la órbita de Bilbao con los cinco ensayos que se publicaron bajo el título de “En torno al casticismo”. Unamuno aprovecha una circunstancia baladí –la rectificación de una etimología que “Clarín había equivocado- para dirigirle una carta. Obtenida respuesta, Unamuno insiste con otra misiva (fechada el 31 de mayo de 1895) y ahora ya, sin rodeos ni evasivas, comienza a hablar de sí mismo, de lo que quiere ser, contándole como en su deseo de racionalizar su fe, terminó perdiéndola. En una carta a Federico Urales, Unamuno orilla este hecho:
         
“Un día de Carnaval (lo recuerdo muy bien) dejé de pronto de oír misa.   Entonces me lancé en una carrera vertiginosa a través de la filosofía.  Aprendí alemán en Hegel, en el estupendo Hegel, que ha sido uno de los pensadores que más honda huella han dejado en mí. Hoy mismo creo que el fondo de mi pensamiento es hegeliano. Luego me enamoré de Spencer; pero siempre interpretándolo hegelianamente. Y siempre volvía a mis preocupaciones y lecturas del problema religioso, que es el que más me ha preocupado siempre. Bastante más tarde leí a Schopenhauer, que llegó a encantarme y que ha sido, con Hegel, de los que más honda huella han dejado en mí”.


 (Citado por… Antonio J. Onieva en “Unamuno”, Madrid, 1964)


Don Miguel de Unamuno en
el balcón de su casa de la
calle Bordadores con el Palacio
de Monterrey al fondo. Foto de
Cándido Ansede 1933.
Unamuno en una de sus cartas pide a “Clarín” que hable de él, que lo presente ante el público. No se sabe las réplicas de “Clarín” a este asunto tan engorroso, pero no sería extraño de decir que estas respuestas no deben haber tenido gran extensión ni menor la intimidad que el joven Unamuno imprime a sus “Charlas escritas”. Por ese entonces Unamuno se rompe los sesos en proyectos a largo plazo: Una “Vida del romance castellano”, una especie de biología lingüística, una vida de Iñigo de Loyola, unos diálogos filosóficos, una suerte de novela “El reino del hombre”, proyectos que nunca lograría realizar; a estos hay que sumarles un libro sobre la literatura hispanoamericana, otro sobre Sarmiento etc. Pero Unamuno no es el único que aportaría un buen número de libros para una imaginaria “Historia de la literatura inédita”, como diría Guillermo de Torre. También “Clarín” anunció durante mucho tiempo su novela “Esperaindeo”, libro del cual sólo nos ha quedado el título, Valle Inclán también aseguró que escribiría una obra sobre Hernán Cortez, que sólo logró adquirir vida en su imaginación, José Ortega y Gasset, en la página frontera a la portadella de su primer libro, “Personas, obras, cosas… Juntó no menos de una docena de títulos de futuras obras, ninguna de las cuales vio la luz, por lo menos con tal nombre; otro prometedor fue Gabriel Miró; su novela, “La hija de aquel hombre”, nunca apareció. Por el momento lo que más le preocupa a Unamuno por esos años es la primera de sus novelas, “Paz en la guerra” (1896), una historia anovelada de los hechos que culminaron en 1874 con el sitio de Bilbao, “cuando brizaban mis ensueños infantiles los estallidos de las bombas carlistas”. El verdadero protagonista de esta novela es Bilbao, su ciudad natal; también en estas desgarradoras páginas está la vida del autor, el espíritu y la geografía de la tierra vizcaína. De los campesinos, dice Unamuno, “eran los silenciosos, la sal de la tierra, los que no gritan en la historia”. Pero la guerra, según don Miguel, deja intactas los mantos más profundos de la existencia, como ocurre con las hondonadas marinas. Y el hombre se sumerge en sí mismo y halla la paz, la paz del corazón, la paz de sus recuerdos a los que nunca llega la guerra, sus crueldades y sus injusticias. Esta paz es la eternidad que todo hombre lleva dentro, y es, respuesta a la guerra, lo que al tiempo es la eternidad. Los episodios de la guerra son vistos a través de dos familias, la familia de Pedro Antonio Iturriondo, el chocolatero, antiguo combatiente de la primera guerra carlista y la familia Arana. Ambos con sus respectivos confesionalismos carlista y liberal, no son sino representaciones y símbolos del espíritu y de la vida del país. En ambas se sufre la guerra y se muere, como en todas las familias. Ignacio, el hijo de Pedro Antonio, aunque parece que asume el primer papel de la novela, no es más que uno de tantos que se alistaron en las tropas carlistas y al fin, tras sus heroicos sueños infantiles, sus diversiones y amistades, su amor inconfesado por Rafaela, su inclinación por la muchacha rubia, su vida de soldado, no es más que un muerto anónimo. Su historia es la historia espiritual y ejemplar de un soldado, como los sufrimientos de los Arana durante el asedio son el sufrimiento de la ciudad. Después de la guerra, tras el desastre carlista en Somorrostro, todos hallan la paz, la misma paz que llevaban dentro, ya sea en la muerte, como Ignacio o doña Micaela, ya en la vida como Pedro Antonio o Rafaela; como si la guerra no hubiera existido. Lo que a Unamuno le interesa es hacer penetrar al lector en la entraña silenciosa y permanente del vivir de cada día. De ahí que cuando describe nos inscribe en el círculo de la convivencia de sus personajes; por eso no busca lo pintoresco, sino lo oscuro, la costumbre, sustancia de la vida cotidiana, lo que está por debajo de las opiniones personales y de los sucesos, el sustrato intrahistórico del humano existir. Cuando aparece Pedro Antonio, nos lo presenta:

“En la monotonía de su vida, gozaba Pedro Antonio de la novedad de cada minuto, del deleite de hacer todos los días las mismas cosas y de la plenitud de su limitación. Perdíase en la sombra, pasaba inadvertido, disfrutando dentro de su pelleja, como pez en el agua, la íntima intensidad de una vida de trabajo, oscura y silenciosa, en la realidad de sí mismo, y no en la apariencia de los demás. Fluía su existencia como corriente de río manso, con rumor no oído, y de que no se daría cuenta hasta que se interrumpiera”.    

                 (“Paz en la guerra”)


Notamos en la cita numerosas notas de la vida diaria: ausencia de reflexión, monotonía, etc. La relación del chocolatero con el contorno cósmico –y urbano – de la tienda, las calles vizcaínas, los días de sol o de lluvia brotan como un poema:

“Sus ojos habían recorrido en calma aquel recinto durante años, dejando en cada uno de sus rinconcillos el imperceptible nimbo de un pensamiento de paz y de trabajo; en cada uno de ellos dormía el eco vaguísimo de momentos de la vida olvidados de puro ser iguales todos y todos silenciosos. Y porque le hacían querer más el íntimo recogimiento de su tienda amaba los días grises y de lluvia lenta. Los de calor y luz parecíanle ostentosos e indiscretos.”


                  (“Paz en la guerra”)


Aquí no hay descripción de la tienda de chocolates como un hubieran hecho escritores realistas como Balzac, Flaubert o Sthendal, o, en España, Galdós o José María Pereda. Lo que llama la atención de Unamuno es la referencia existencial de Pedro Antonio Iturriondo. Veamos este fragmento donde nos muestra el autor el ámbito social de sus personajes cuando se reúnen en mentidero:

“Pedro Antonio deseaba el invierno porque, una vez unidas las noches largas a los días grises y llegadas las lloviznas tercas e inacabables,  empezaba la tertulia en la tienda. Encendido el brasero, colocaba en torno de él las sillas y, gobernando el fuego, esperaba a los contertulios. Envueltos en ráfagas de humedad y de frío iban acudiendo. Llegaba el primero, soplando, don Braulio, el indiano, uno de esos hombres que, nacidos para vivir, viven con toda su alma, que daba grandes paseos para poner a prueba las bisagras y los fuelles, llamada allá a América y no dejaba pasar un año sin observar el alargarse o acortarse de los días, según la estación. Venían luego: frotándose las manos, un antiguo compañero de armas de Pedro Antonio, conocido por Gambelu, limpiando al entrar los anteojos que se le empañaban, don Eustaquio, ex oficial carlista acogido al convenio de Vergara, del cual vivía; el grave don José María, que no era asiduo, y, por último, el cura don Pascual, primo hermano de Pedro Antonio, refrescaba la atmosfera al desembarazarse airosamente de su manteo. Y Pedro Antonio saboreaba los soplos de don Braulio, el frote de manos de Gambelu, la limpia de los anteojos de don Eustaquio, la aparición imprevista de don José María y el desembozo de su primo, y a las veces se quedaba mirando al reguero de agua que corría por el suelo chorreando de los enormes paraguas que los contertulios iban dejando en un rincón, mientras arreglaba él con la badila la brasa, echándole una firma".


                 (“Paz en la guerra”)   


Aquí el discurso también carece de toda “descripción”. No sabemos nada de cómo están vestidos los contertulios, sus características físicas, ni qué carácter o contextura psíquica tienen. Sólo conocemos el ámbito en que transcurre su diario existir. En una visita que Ignacio Iturriondo hace a un caserío vecina a Bilbao, don Miguel nos cuenta:

“En un rincón, tras de la caldera que pendía del techo en medio de la pieza, una viejecita, la abuela de Domingo, ciega y con la razón adormilada, en la sombra, reposaba horas muertas las cuentas de su rosario, rezando a las benditas ánimas del purgatorio. Y a Ignacio se le oprimía el pecho al ver que allí la tenían abandonada, como a un mueble viejo y de estorbo, dándole como de limosna las sobras de la comida. ¡Qué lágrimas las de aquellos ojos muertos, cuando se posó en sus descarnadas manos una mano caliente, joven y fina, la de un ángel sin duda! “¡Qué señor tan bueno, Dios le bendiga!” .         


              (“Paz en la guerra”)


En este bello pasaje, notamos que la anciana se inserta inconscientemente en un mundo de personas unido por la caridad. Otro logro del vizcaíno. Casi al final de la novela, Pedro Antonio, que vive solitario, triste y sereno, después de la muerte de su esposa y de su hijo, es descrito por Unamuno con gran profundidad:

“Vive en lo profundo de la verdadera realidad de la vida, puro de toda intencionalidad trascendente, sobre el tiempo, sintiendo en su conciencia, serena como el cielo desnudo, la invasión lenta del sueño dulce del supremo descanso, la gran calma de las cosas eternas y lo infinito que duerme en la estrechez de ella. Vive en la verdadera paz de la vida, dejándose mecer indiferente en los cotidianos cuidados: al día, mas reposando a la vez en la calma del desprendido de todo lo pasajero: en la eternidad; vive al día en la eternidad. Espera que esta vida profunda se le prolongue, más allá de la muerte, para gozar, en un día sin noche, de luz perpetua, de claridad infinita, de descanso seguro, en firme paz, en paz imperturbable y segura, paz por dentro y por fuera, paz del todo permanente. Tal esperanza es la realidad, que hace a su vida pacífica en medio de sus cuidados, y eterna dentro de su breve curso perecedero. Es ya libre, verdaderamente libre, no con la ilusoria libertad que se busca en los actos, sino con la verdadera, con la del ser todo, en puro sencillez, se ha hecho libre.


              (“Paz en la guerra”)



Novela de Unamuno
"Paz en la guerra".
Novela de gran profundización que tanto entusiasmó a Unamuno, no llamó la atención del gran crítico del momento, “Clarín”, palabra que hubiera impulsado la carrera del joven escritor bilbaíno. En una larguísima epístola, fechada el 9 de mayo de 1900, un año antes de la muerte de Leopoldo Alas, Unamuno se muestra hasta el tuétano, todo su ser aúlla y se contuerce patéticamente. “Clarín” comenta sus “Tres ensayos” en el periódico más importante de la época, “Los lunes del imparcial”.  Eso no llena a Unamuno, ni una palabra sobre su novela “Paz en la guerra”. El artículo, en tono elogioso, contiene reservas o ambages que han perturbado el espíritu de Unamuno. La carta de Unamuno destilaba sangre, porque incluso le recuerda a un pobre hijo que tiene, macrocefalia:

“¿Qué es un hijo defectuoso de mi espíritu? (se refiere a su novela “Paz en la guerra”). Tengo a diario ante la vista uno de mi carne, defectuoso también, un pobre hijo hidrocéfalo y bien puedo sufrir el otro tormento (el de que Clarín le pueda decir que “Paz en la guerra” es un libro de mala calidad). Porque éste, el enfermito, el idiota, suele parecerme, cuando examinó sus Rasgos deformados por la dolencia, más hermoso y más guapo que los Otros cuatro que tengo”.

                 (Carta de Unamuno a “Clarín”)   


Unamuno no se deja engañar y le escribe lo que opina sobre el articulo donde lo menciona:

“Es una crítica bien hecha, pero sobre todo hábil, habilísima. Se ha mostrado usted maestro consumado en el arte de decir una cosa al  grueso del público, y a los que saben leer otra cosa.”

Una larga confidencia, en tercera persona, le permite a Unamuno insinuar a “Clarín” sus pretensiones:

“Unamuno es una víctima de sí mismo, un heautontimorúmenos. Pásase la vida luchando para ser como no es y sin conseguirlo… Cuando Unamuno dice repite que hay que vivir en la historia y aun cuando su parte mejor le muestre lo vano de ello, su parte peor le tira”


Unamuno hace historia de sus relaciones con “Clarín”, y confiesa haber querido tirarle de la lengua, apelando inclusive a menciones poco amables, pero sin conseguir que dictaminara sobre su novela:

“En tanto Unamuno –añade, al seguir hablando de sí mismo en tercera persona – ganaba público en España (singularmente en Cataluña), y en América se le citaba con relativa frecuencia, adquiría prestigio y renombre, no sin ser blanco de ataques, como es natural, máxime cuando se es agresivo. Formábase la idea ya de que era un hombre tornadizo, versátil, desorientado, indigestado por lecturas varias; ya de que era un hambriento de notoriedad, que la buscaba por caminos extraviados; ya de que era un sabio empeñado en ser artista; ya de que era un espíritu genial, original e independiente. Huían muchos de sus escritos por creerlos enrevesados y sibilinos (esto le ha perjudicado mucho). En América decían que no parecía español, lo decían en son de elogio, y es acaso su desgracia ser un “desarraigado”, que diría Barrés. Y en tanto él, intelectual ante todo, y sobre todo, sintiéndose víctima del intelectualismo emprendía campañas contra él, y su antiintelectualismo resultaba lo más intelectual posible. Y sufría, sufría mucho”.  


Si hacemos un balance, lo que más afectó a Unamuno es que Leopoldo Alas no considera como mérito del escritor vasco, la originalidad, reprochándole “Clarín”, mezclar ideas ajenas con las propias borrando las fuentes. A ello replicaba con tremenda vehemencia don Miguel diciendo:

“Aquel Unamuno fuerte, nuevo, original de En torno al casticismo [tal lo había calificado “Clarín” una vez] lo es, no porque piense cosas nuevas –así no lo es nadie- sino porque las piensa con toda el alma y todo el cuerpo. Y su originalidad está la manera de decirlas.”


Lo cierto es que, entre idas y venidas, “Clarín” dejó este mundo en 1901 sin poder asistir a la madurez del autor de “Vida de don Quijote y Sancho”. Guillermo de Torre considera de gran importancia esta misiva que Unamuno envió a “Clarín” porque:

“descontando lo que en ella se mezcla de vanidad literaria, de “condenada vanidad”, según el mismo Unamuno reconoce, sustancialmente es una confesión a fondo y arroja una luz única sobre sus años de aprendizaje, sobre las raíces de su enorme yoísmo; nos evidencia que su virtud más incriminada, el desaforado personalismo, era asimismo la base de su grandeza. “Yo he puesto en mis libros – confirmaría años después – calor y vida, y por el leéis. He puesto en mis libros pasión”. Ahí radica la clave de su personalidad y de su poderosa atracción. Pues si Unamuno no era cabalmente un filósofo –desdeñoso hasta el límite, según se mostraba, de todo sistema – si no quería ser un literario, era empero algo distinto y sin duda más alto, interesando en grado superior a los incluidos en tales categorías. Era él mismo, era el hombre que se había convertido a sí mismo en cuestión, según escribió glosando a San Agustín.
Por lo demás, su avidez de ser escuchado, su hambre de inmortalidad tiene Raíces dramáticas: al perder la fe –en otro lugar del epistolario lo apunto – “se encontró desorientado, presa otra vez de la sed de gloria, del ansia de sobrevivir en la historia”. Y cuando interpela no tanto al crítico cuanto al hombre, al ser humano, poseído de análogas congojas religiosas que también había en Clarín, le advierte: “perdóneme que le hable de mí, pero no sé hablar sino de mí o de los otros, de sus yos, de sus entrañas. Me interesan más los hombres que sus cosas, y antes que comprender éstas deseo sentir a aquéllos. No hay misterio que me parezca más terrible que el de la impenetrabilidad de los cuerpos y de las almas”. De ahí su frase, con oriundez pascaliana, tantas veces repetida: A los hombres que hablan como  libros, prefiero los libros que hablan como hombres. Por eso encomiaba tanto la prosa de Sarmiento, el admirable.”  
(“Tríptico del sacrificio”, Guillermo de Torre; Editorial Losada S. A.         Buenos Aires, segunda edición, 1960, págs. 30-31)


Su intolerancia le jugó a don Miguel malos momentos. Su terquedad, tan propia de los miembros de la generación del 98, es resaltada por muchos críticos, escritores e investigadores. Hay un testimonio de Azorín que apunta directo a este hecho; también Gonzalo Fernández de la Mora habla de la intransigencia que caracterizó a los noventayochistas:

“Pero el tema de la lucha de Unamuno por el idioma nos coloca en el centro del problema psicológico de Unamuno. Lucha Unamuno contra la rigidez de su castellano y lucha, también, en la región de las ideas. Si tuviéramos que definir la personalidad de Unamuno, diríamos: “Es un hombre contra algo”.    Observada por un hombre ecuánime esta actitud, podrá parecerle absurdo, si no trata de comprender. En Unamuno, sobre los varios elementos de su  personalidad espiritual, domina uno determinado. Entre la ciencia, la erudición, la inteligencia, la sensibilidad, la imaginación, esta última cualidad es la que se lleva el imperio sobre Unamuno. Y así tenemos que, con todo su cargo doctoral, con todo su complicado y hondo saber, con todo su don  de lenguas, Unamuno va y viene por el mundo llevado y traído por la imaginación. Es la imaginación la que le solivianta contra tal o cual cosa, y es su imaginación la que en sus novelas le inspira hallazgos peregrinos y nunca leídos, y es la imaginación la que en sus ensayos le hace interpretar la realidad española como nunca se había interpretado. Y como la poesía lírica es algo más que imaginación – la sensibilidad es en ella indefectible – Unamuno en sus poesías, si nos da hondura de pensamiento, lejanía  anímica, resonancias dignas del trágico Pascal, no nos da, en cambio, el color de Góngora, ni la cadencia suave de Zorrilla, ni el ímpetu dominador de Espronceda.
Unamuno está siempre contra algo. Maquina siempre en su magín algo contra lo que él no siente. Tal disposición psicológica –a modo de un hervidero – supone actividad, y de ella ha de salir alguna idea nueva sobre la Historia o sobre la Vida. Y en esta continua ebullición mental, ¿qué coherencia podemos establecer? ¿Podríamos construir con los libros de Unamuno un sistema filosófico o una escuela estética coherente? Se ha hablado de las contradicciones de Unamuno. Se ha hablado también de las contradicciones de Goethe o de Montaigne. Unamuno mismo, en algunos de sus primeros ensayos, ha reivindicado el derecho a contradicción, el mismo Unamuno, se engañaban.
Es fundamental en Unamuno, como en Goethe, como en Montaigne, la vivísima actividad mental. La unidad y la coherencia la dan esa misma continuada actividad. Lo que se reputa contradicciones o inconsecuencias, no son más que aspectos varios del mundo –del mundo y de sus problemas- que el pensador va viendo y sintiendo a lo largo de su vivir. Predomina la imaginación en Unamuno. No falta, empero, la sensibilidad. Y esa sensibilidad le lleva a Unamuno a escribir las páginas de paisaje más finas que hayan salido de su pluma y que hayan sido escritas en castellano, y a imaginar problemas psicológicos.”
(Azorín, “La generación del 98”, Ediciones Anaya, S. A. 1969 Salamanca – España; págs. 117-119)    


“Pero los portavoces del espíritu noventayochista no fueron liberales como el clima en que vivieron. Ortega y Gasset llamaba a Unamuno “energúmeno español…, mozo que cerca de la media noche se siente impulsado sin remedio a dar un trancazo sobre el candil que ilumina la danza: entonces comienzan los golpes a ciegas y una bárbara barahúnda”. Y era bastante verdad. El profesor salmantino era un buen ejemplo de apasionamiento serrano, vehemencia polémica y técnica del improperio. El Maeztu juvenil amedrentaba las tertulias con voz estentórea, su violencia y sus extremismos dialécticos. Valle-Inclán era irascible, hipersensible a la crítica e implacable con el discrepante. El hirsuto Baroja, en sus Memorias, no perdona la vida a nadie y golpea a diestro y siniestro sin cuartel. A pesar de sus intemperancias y sus nihilismos juveniles el más liberal era Azorín. Así es cómo, paradójicamente, el espíritu del 98 adquiere un aire intolerante. Y la causa no fue el antidemocratismo doctrinal de sus formuladores, porque se puede negar, como los déspotas ilustrados, la soberanía popular y, sin embargo, ser comprensivo y aun escéptico y postular amplias libertades para el ciudadano. Una cosa es el democratismo, es decir, la indemostrada tesis de que ha de gobernar la mayoría, y otra el liberalismo, que es una ética laica de tolerancia, espontaneidad y autorregulación social por el pacífico contraste de opiniones e intereses. En esta moral hay injertadas no pocas nobilísimas y milenarias virtudes. 
Aparte de otros motivos psicológicos, la razón histórica de la Intransigencia noventayochista está en que los portavoces del espíritu del 98 eran herederos de la mentalidad krausista, y ésta, a su vez, no era otra que cosa que una reencarnación brillante y remozada de la corriente intelectual que Pérez-Embid ha llamado la “izquierda burguesa española”. Y esta línea histórica que arranca de la Revolución francesa, adolece, como sus homólogas extranjeras, de un fanatismo y de un sectarismo incompatibles con la auténtica actitud liberal. Una historiografía parcial lleva casi dos siglos tratando de probar que tradicionalismo ideológico es sinónimo de autoritarismo inquisitorial, y que los progresismos más o menos revolucionarios son, por definición, de signo libertario y emancipador. Pero no es así ni en el plano de la política, ni en el del pensamiento. Los frutos inmediatos de la Revolución francesa fueron una serie de terroríficas dictaduras y una persecución intelectual sin el menor atisbo de tolerancia. Desgraciadamente, la herencia jacobina no ha cesado de gravitar sobre todas las posiciones antitradicionales contemporáneas.”     
(Gonzalo Fernández de la Mora, “Ortega y el 98”, Ediciones Rialp, S. A. Madrid, 1979 – págs. 115-117)


A veces los chismes, los entredichos, las maledicencias y los ucases le llegaban a Unamuno gratuitamente; Baroja fue uno de esos francotiradores. Es sabido que Unamuno y Baroja eran vascos, el primero de Bilbao; el segundo, de San Sebastián. Ambos tuvieron también celebridad temprana, nacional e internacionalmente, anterior la del primero a la del segundo, si bien en el campo de la novela ha prevalecido el segundo sobre el primero.

Unamuno, como Kierkegaard, como William James, como Bergson, cree que la razón no sirve para conocer la vida; que al intentar aprehenderla en conceptos fijos y rígidos, la despoja de su fluidez temporal, la mata. Esta convicción hace que Unamuno se desentienda de la razón para volverse a la “imaginación”, que es, dice, la facultad más sustancial”. Ya que no se puede apreciar racionalmente la realidad vital. Va a intentarlo imaginativamente, viviéndola y previviendo la muerte en el relato. Al darse cuenta de que la vida humana es algo temporal y que se hace, algo que se cuenta o se narra, historia, en suma, Unamuno usa la novela como método de conocimiento.

Niebla, novela escrita por Unamuno
La novela en Unamuno fue una nueva forma de exponer su filosofía sentimental, filosofía cerrada y personalísima. Sus novelas vienen a ser una proyección literaria de sus problemas personales: el sentido trágico de la vida, el hambre de inmortalidad, la teoría del Creador y de la criatura. Sus personajes son a menudo mera encarnación de sus ideas y sentimientos. La concepción novelística de Unamuno se aparta de la tradicional, si por ésta se toma la novela realista de la época precedente. Son novelas fuera de lugar y tiempo determinados, en esqueleto a modo de dramas íntimos. En la mayoría se elimina toda alusión al paisaje y a las circunstancias que rodean a los protagonistas, o como Unamuno los llama, a los “agonistas”. Dada su particularidad, el autor las llama “nívolas”. Ahí están como ejemplo “Abel Sánchez”, que es un estudio profundo sobre la envidia. La novela nos presenta en el fondo el tema del cainismo, de la envidia fratricida, con reflejos de trascendencia nacional. Joaquín, que mata a Abel por envidia es todo un símbolo. El argumento no es nuevo en Unamuno, ya que se encuentra a lo largo de toda su obra; ni tampoco es ajeno a la inquietud de los escritores del 98, en los que aparece siempre ligado a España. La novela “Paz en la guerra”, que gira en torno a la vida de Bilbao en la época de la segunda guerra carlista. También está “Niebla”, novela en la que Unamuno desarrolla una idea preferida; la de que el personaje novelesco es un ente de ficción soñado por el autor, éste no es sino sueño de Dios. El protagonista de la novela, por tanto, se rebela contra Unamuno resistiéndose a morir como éste lo ordena. Otras novelas de su producción es “La Tía Tula”, sobre el sentimiento de maternidad, y “Amor y pedagogía”, acerba crítica de la pedagogía positivista.

Otra novela interesante desde el punto de vista filosófico-religioso en “San Manuel Bueno, mártir” cuyo contenido (más adelante haré un análisis sobre la obra) podríamos resumir así: Ángela Carballino cuenta la historia del párroco de su aldea, don Manuel Bueno. Es “un santo de carne y hueso”, abnegado y consolador de todas las amarguras. Y, sin embargo, parece embargado por “una infinita tristeza que con heroica santidad recataba a los ojos y los oídos de los demás”. Un día vuelve al pueblo Lázaro, hermano de Ángela, hombre de ideas progresistas y anticlericales. Y es a él precisamente a quien el sacerdote confiará su terrible secreto: no tiene fe, no puede creer en Dios ni en la resurrección de la carne, pese a sus vivísimos anhelos. Si sigue ejerciendo su ministerio, es por mantener en sus fieles la paz que da la creencia en la otra vida, esa paz que él no tiene. Tal actitud acaba por arrastrar al mismo Lázaro, quien finge convertirse y colabora en la labor de don Manuel. Y así pasaría el tiempo hasta que el sacerdote muere sin recobrar la fe, pero considerado un santo por todos, y sin que nadie –aparte Lázaro y Ángela- haya advertido su íntima tortura. También sin fe, muere más tarde Lázaro. Y Ángela se interrogará acerca de la salvación de aquellos seres queridos.

Pío Baroja, escritor nacido en  San
Sebastián , 1872.
La novela en Baroja ha sido también una filosofía, pero abierta, desenfadada y, sobre todo, sin tesis previa. La preocupación religiosa de Unamuno no ha existido jamás en Baroja. No podían entenderse el uno y el otro. Y, sin embargo, cuando a las veces, raras, se encontraban, se saludaban cariñosamente y se llamaban amigos. Pero luego, al separarse, no tardaba en despuntar la antipatía, sobre todo en Baroja. He recogido aquí algunas muestras de estos puntillazos que el autor de “La busca” solía propinarle al autor de “Vida de don Quijote y Sancho”:

«Unamuno guardaba una seriedad de aldeano que se entozuda en pedirle cuentas a Dios. En realidad, tenía una mentalidad de gendarme que quiere contestaciones categóricas.” (De Baroja en Santo y seña, Madrid, 15de Octubre de 1941.)
«Su condición absorbente – la de Unamuno – siempre me pareció poco agradable. En la Redacción de la revista España, cuando llegaba, escogía una silla que estuviera en medio y se ponía a hablar. Contaba las cuatro o cinco cosas que le habían ocurrido durante su estancia en Salamanca, desde su último viaje a Madrid, y cuando llegaba algún contertulio retrasado, volvía a contarlas.
»Por estas razones de índole personal, yo le trataba poco, y él debía considerar que no le estimaba, lo cual era cierto. Lo único que sucedía es que me fatigaba su egocentrismo y me parecía pesado.
»Ocurrió en una ocasión que unas señoritas me dijeron que deseaban oír un recital de poesías que Unamuno daba en el Ateneo, y yo les facilité una tarjeta con una recomendación para que las dejaran pasar. Regresaron indignadas. Contaron que Unamuno presentóse al público y manifestó que sentía sueño y no tenía ganas de leer sus versos, que, además, pensaba que muchos no habían de entenderle, pero que, sin embargo, accedía a la lectura por la presión que sobre él ejercían algunos amigos.
»Y las muchachas exclamaban en su indignación:
»-¡Qué hombre!
»A pesar de que yo no hablaba muy bien de Unamuno, a causa principalmente de su carácter, él me elogiaba ante los amigos y decía que mi estilo de escritor era cuneiforme y que le encantaba. Yo, a ciencia cierta, nunca supe lo que quería expresar con esto de cuneiforme aplicado a la técnica literaria.
»Últimamente, poco antes de morir Unamuno y de estallar la guerra en España, me encontré con él en la estación del ferrocarril. Dirigíase a París. Yo, a Vitoria. Cruzados los saludos, habló casi él solo, consecuente con su costumbre, y me dijo que celebraba que entre nosotros dos no existiese ninguna diferencia.
»Nunca la había habido.” (De Pío Baroja en su rincón, por Miguel Pérez  Ferrero, San Sebastián, 1941.)    
»Hojeando estos días un libro de Unamuno, veo que dice en el prólogo que él ha quitado en sus novelas todo lo que tenía carácter cronológico y descriptivo para hacerlas más dramáticas e interesantes. ¡Qué incomprensión! Si fuera así, nadie leería Pickwick, de Dickens; ni La guerra y la paz, de Tolstoi; ni El rojo y el negro, de Stendhal; leería las novelas de Unamuno, y son precisamente las que no leemos. Es extraño que haya gentes que supongan que hay recetas para hacer en la literatura algo ameno y bien.” (Desde la última vuelta del camino. Memorias, 1944, Madrid.)
«Baroja detestaba a Unamuno y hablaba mal de Maeztu, y Unamuno no quería a nadie, como de costumbre, pues bastante tenía con atender a su gigantesca estimación de sí mismo. Unamuno hablaba mal de Pérez Galdós, de Costa y de Ganivet. Deseaba, eso sí, que aquellos jóvenes escritores vascos se agrupasen en torno a él y lo reconocieran como su jefe y maestro. Pretensión que en la costa del Mediterráneo hubiera podido parecer justa y natural, pero que propuesta entre vascos resultaba ridícula. Baroja, desde luego, se burlaba de ella con su risa típica, carcajosa y trémula bajo el lacio bigote rubio.” (De Salaverría en “Rivalidad y farsantería”, reproducido en las Memorias de Baroja, obra citada.)

Estos textos prueban la nula estimación que Baroja profesaba a don Miguel. En cambio, Unamuno no le correspondió del mismo modo, e inclusive procuró en ocasiones una aproximación que le fue regateada. Cuando se publicó “Vidas sombrías” de Baroja, Unamuno leyó a unos aldeanos un cuento de dicho libro, “La sima”; estaban en una excursión en el campo, y Unamuno comentó que había causado gran impresión entre los que oyeron el relato. Así lo comunicó el rector de Salamanca, por carta, a varios amigos y al mismo Baroja. Aquí también hay algo de “vanidad herida” en este asunto de “rivalidades literarias”. Se da en los ámbitos literarios de todo el mundo. Uno escribe un artículo y no falta alguien que discrepe sobre el asunto. La antipatía de Baroja contra Unamuno pudo estar alimentada por el artículo que el bilbaíno publicó refutando algunos argumentos del guipuzcoano. Veamos el artículo de Unamuno:

Sobre la europeización
“Hace pocos días he leído un artículo de mi paisano y amigo Pío Baroja,  Titulado “¡Triste país!”, en que dice que España es un país triste, así como Francia es un país hermoso. Contrapone la Francia riente, de terreno fértil y llano, de clima dulce, de ríos que se deslizan claros y transparentes a flor de tierra, con esta Península, llena de piedras, quemada por el sol y helada en invierno. Hace notar que en Francia los productos espirituales no pueden compararse con los agrícolas e industriales; que los dramas de Racine no están tan bien elaborados como el vino de Burdeos; ni los cuadros de Delacroix valen tanto como las ostras de Arcachón; y que, en cambio, nuestros grandes hombres: Cervantes, Velásquez, el Greco, Goya, valen tanto o más que los grandes hombres de cualquiera parte; mientras nuestra vida actual vale menos no que la vida de Marruecos sino que la vida de Portugal. Y yo digo: “¿No vale la pena de renunciar a esa agradable vida de Francia a cambio de respirar el espíritu que puede producir un Cervantes, un Velásquez, un Greco, un Goya? ¿No son acaso éstos incompatibles con el vino de Burdeos y las ostras de Arcachón? Yo –arbitrariamente, por supuesto – creo que sí, que son incompatibles, y me quedo con el Quijote, con Velásquez, con el Greco, con Goya, y sin el vino de Burdeos, ni las ostras de Arcachón, ni Racine, ni Delacroix. La pasión y la sensualidad son incompatibles: la pasión es arbitraria, la sensualidad es lógica. Como que la lógica no es sino una forma de sensualidad. “Todos nuestros productos materiales e intelectuales son duros, ásperos, desagradables – sigue diciendo Baroja-. El vino es gordo, la carne es mala, los periódicos aburridos, y la literatura, triste. Yo no sé qué tiene nuestra literatura para ser tan desagradable.”
Aquí tengo que detenerme. No siento bien lo de identificar lo triste con lo desagradable; y aunque haya inocente que me lo tome a paradoja, diré que, para mí, lo desagradable es lo que se llama alegre. Nunca olvidaré el desagradabilísimo efecto, el hondo disgusto que me produjo la algazara y el regocijo de un bulevar de París, de esto hace ya dieciséis años, y cómo me sentía allí desasosegado e inquieto. Toda aquella juventud que reía, bromeaba, jugaba y bebía y hacía el amor, me producía el efecto de muñecos a quienes hubieran dado cuerda; me parecían faltos de conciencia, puramente aparenciales. Sentíame solo, enteramente solo, entre ellos, y este sentimiento de soledad me apenaba mucho. No podía hacerme a la idea de que aquellos bulliciosos entregados a la “joie de vivre” fueran semejantes míos, mis prójimos, ni siquiera a la idea de que fuesen vivientes dotados de conciencia.
He aquí cómo lo alegre me desagradaba, me era desagradable. Y, en cambio, en medio de muchedumbres acongojadas que claman al cielo pidiendo clemencia, que entonan un “De profundis” o un “Miserere”, me habré de encontrar siempre como entre hermanos, unido a ellos por el amor.
Dice luego Baroja: “Para mí, una de las cosas más tristes de España es que los españoles no podemos ser frívolos ni joviales.” Y para mí, una de las cosas más tristes para España sería que los españoles pudiésemos volvernos frívolos y joviales. Entonces dejaríamos de ser españoles para no ser ni europeos siquiera. Entonces tendríamos que renunciar a nuestro verdadero consuelo y a nuestra verdadera gloria, que es eso de no poder ser ni frívolos ni joviales. Entonces podríamos repetir de coro todas las insustancialidades de todos los manuales de vulgarización científica, pero nos incapacitaríamos para poder entrar en la sabiduría. Entonces tendríamos acaso mejores vinos, vinos más refinados, aceite menos áspero, mejores ostras; pero habríamos de renunciar a la posibilidad de un nuevo Quijote, o de un Velásquez y, sobre todo, a la posibilidad de un nuevo San Juan de la Cruz, de un nuevo fray Diego de Estrella, de una nueva Santa Teresa de Jesús, de un nuevo Iñigo de Loyola, ortodoxos o heterodoxos, que para el caso es igual.
Y acaba diciendo Baroja: “Triste país en donde por todas partes y en todos los pueblos se vive pensando en todo, menos en la vida.”
Y esta arbitrariedad provoca la mía, y exclamo: “¡Desgraciados países esos países europeos modernos en que no se vive pensando más que en la vida! ¡Desgraciados países los países en que no se piensa de continuo en la muerte, y no es la norma directora de la vida el pensamiento de que todos tenemos un día que perderla!”     

Unamuno en Madrid.
Resulta curioso, después de leer este artículo y teniendo en cuenta lo que hemos mencionado sobre el hecho de que Unamuno era casi ajeno a la alusión de paisajes en sus novelas, la publicación de libros como “Andanzas y visiones españolas” o “De mi país”, que contienen artículos que reflejan impresiones de lugares diversos visitados por Unamuno. Hay en ellos un estilo vigoroso y original que nos recuerda a Azorín. Extraigo de ambos libros algunos fragmentos dignos de leerse y releerse y que pueden figurar, con gran mérito, en cualquier antología selecta. Transcribo algunas de mis acotaciones preferidas:

“Eran las diez de la mañana cuando llegué a Guernica; el cielo estaba azul y el campo verde, dos señales de muy buen agüero. Iba yo encima del coche viendo desfilar el paisaje, que de este modo parece que vive; ¡cuántos árboles pasaron! No sé apreciar la naturaleza más que por la Impresión que en mí produce; y aquella hermosa vega me dio ganas de echarme sobre la yerba, bajo un árbol, y pasar la mañana papando moscas. Mirando la vega, no se me ocurría más que seguir mirándola; ¡si seré mirón! (…)
Subí por la calle que llaman del Hospital, a la hora en que la gente salía de misa mayor de Santa María, y aunque con ganas de ver las muchachas, hice como Ulises con las sirenas, pero sin taparme los oídos con cera. Entré en Santa Clara, que así dicen en Guernica al lugar en que vegeta el Árbol, y entré por una entrada que custodian dos leones de piedra, sentados, que hacen bien ridícula figura.
Ya estoy frente a frente del Árbol y de su hijuelo; el que espere un canto ossiánico o una elegía en prosa, se lleva chasco; respeto bastante la vejez y la desgracia para entretenerme en hacer retórica a su costa.
¡Pobre árbol! Está muy viejecito y encorvado por el peso de los años, si sus hojas no fueran recias, parecería un sauce llorón. En el invierno debe sentir mucho el frío; y cuando caiga, todos harán de él leña, y los botánicos reclamarán su parte. ¡Los dioses se van! – decía no recuerdo quién –. El hijuelo es un hermoso ejemplar del quercus robus, y arbolillo que promete ser robusto.
Me senté en uno de los bancos de piedra de aquel pequeño edificio juradero, y lo que puedo asegurar es que la piedra es dura para sentarse en ella. Cogí unas hojas que, por dicha, son más abundantes que los dicentes de Santa Polonia, las puse en un papelito, escribiendo encima: Guernicaco arbolaren orriyac, y sin llorar, ni entornar los ojos, ni latirme el corazón desusadamente, abandoné aquella plazoleta para ver la Antigua. En la capilla vi los retratos de los señores de Vizcaya. ¡Cuántas gentes reunidas! Padres, hijos, nietos, abuelos y tatarabuelos, todos de gala y todos serios. ¡Salud, viejos señores! Duerman en paz en sus viejos cuadros, que si levantaran cabeza...”   
(“De mi país”, Guernica, págs. 18-19; artículo publicado en El Diario de Bilbao, 16, 17 y 19 de junio de 1888.)


“Subí yo con otros y quedamos un rato a descansar y recrear la vista contemplando al pueblo desde un altito. Se extiende Vergara a la orilla del río, en el regazo del monte; la Soledad le vigila, y descansa como un pollada alrededor de la gallina, al amparo de sus dos parroquias, que alzan sus torres esbeltas. Al revolver del río, se oculta el pueblo hacia la vieja torre de Gaviria, y allí remata en su fábrica de tejidos pintados, que alza también su chimenea enhiesta, más raquítica que las torres de las parroquias. Por detrás del pueblo costea al monte la nueva línea de hierro de Durango a Zumárraga, que ha sentado su estación donde peor podía asentarla, aunque a cambio ha hecho como que hace un camino de la estación al pueblo, que es todavía peor que el asentamiento de aquélla: una cuesta de matar caballos. (…)
Reposado el pulmón, continuamos la subida, marchando y contemplando la vega de trigo ondeante donde se asienta el camposanto. Hicimos en Ascasua la segunda parada, y de allí bajamos al castañar. Es tan tupido éste, que hasta llegar a él sólo se ve salir del ramaje frondoso columnas de humo y olorcillo excitante de guisado. (…)
“Tuvimos una disertación a cuenta de un castaño, sobre el que me llamó la atención un amigo. Todos los años el hornillo abrasa sus entrañas, y todos corre la savia bajo su corteza y reverdece. La vida nos va así consumiendo; pero todos los años hay savia de romerías que nos hace reverdecer.
Debajo de la  ermita hay un claro de árboles formando plazoleta, que es donde se bailan los aurrescus, a estilo guipuzcoano, a estilo vizcaíno, y a todos los estilos conocidos y por conocer. Éste es el baile del montañés ahíto de vida, la explosión de gozo del hombre libre de nuestros montes. Así como nada conozco más tedioso que una masa inmóvil de hombres, con la boca abierta y cara estúpida, oyendo a un charlatán que aspira a la cucaña, nada más fresco que aquella masa inquieta y viva donde brillan caras y caras y chispean ojos, que brincotea y salta entre polvo, al compás rápido del tamboril y de chistu, que lanza notas claras y estridentes, llenas del agrete dulce del chacolí viejo, que estallan como besos de ruido de los que dan las madres a sus hijos.
Al derredor de aquel claro de árboles se agrupan las muchachas, rabiando por que las saquen a bailar y saltándoles acaso el corazón cuando la pareja de servidores va a buscar a la preferida. Digo acaso, porque como yo nunca he sido muchacha que espera a que la saquen, no lo sé con certeza, y en estas cosas interiores hay que andarse pasito a paso, y no hay si no más que ver hacer el aurrescu a Martín Chiqui, verdadero buztanicara, que parece que va a llorar y no llora.”
(opus. cit-, pág. 58-60, articulo en La Voz de Guipúzcoa, de San Sebastián, del 20 de julio de 1888.)      


“Alcalá recuerda a Cervantes que, como la inscripción de su casa nativa dice, pertenece por su nombre y por su ingenio al mundo civilizado, y por su cuna, a Alcalá de Henares. En esta inscripción, clásicamente discreta, está pintado un pueblo. Cervantes recuerda a Don Quijote y Don Quijote a los ardientes, escuetos y dilatados campos de Castilla, tan ardientes, escuetos y dilatados como el espíritu quijotesco. Vamos al campo.
No se ve a Alcalá, como a nuestros pueblos, recogidita en el regazo de montes verdes, bajo un cielo pardo, sino tendida al sol en el campo infinito, dibujando en el azul las siluetas de las torres de sus conventos. Rojiza, tostada por el sol y el aire, pegada al suelo, circuída por paredes bajas de adobe. Rodean a su campo, como ancho anfiteatro, los barrancos de la sierra, en que se alzan pelados el cerro del Viso, el de la Vera Cruz, el Malvecino, la meseta del Ecce-Hommo. Lame los pies de los cerros, separando la Campiña de la Alcarria, el Henares de frondosas riberas festoneadas de álamos negros y álamos blancos.
A un lado del Henares, la sierra, y la Campiña al otro. No las montañas en forma de borona, verdes y frescas, de castaños y nogales, donde salpican al helecho las flores amarillas de la argoma y las rojas del brezo, Colinas recortadas que muestran las capas del terreno, resquebrajadas de sed, cubiertas de verde suave, de pobres yerbas, donde sólo levantan cabeza el cardo rudo y la retama olorosa y desnuda, la pobre ginestra contenta del deserti que cantó el pobre Leopardi en su último canto.
Al otro lado la tierra rojiza, a lo lejos el festón de árboles de la carretera,  amarillos ahora; en el confín, las tierras azuladas que tocan al cielo, las que al recibir al sol que se recuesta en ellas, se cubren de colores calientes, de un rubor vigoroso. (…)
La vista se dilata por el horizonte lejano, y el paisaje infunde melancolía tranquila. ¡Será de contemplarlo en los días ardientes de julio, sentados en las orillas del Henares, a la sombra de un álamo!
Nada más parecido a esto, a juzgar por descripciones, que aquellas estepas asiáticas donde el alma atormentada de Leopardi pone al pastor errante que interroga a la luna. (…)
Es corriente entre las gentes, tanto de aquí como de allí (allí es nuestro país), aborrecer este paisaje y admirar el nuestro; hallar esto horrible y aquello atractivo. Con afirmar que este paisaje tiene sus bellezas como el nuestro las suyas, basta para que le tengan a uno por raro; dudan mucho, ya que no de la sinceridad, de la salud de sentimiento estético de quien asegure que esto le gusta más que aquello; y si quien esto asegura es como usted, mi buen amigo, un hijo de nuestro país, el asombro es grande, juzgan muchos encontrarse con un caso patológico, con una disparatada aberración del gusto.
¡Gustar más que de aquella verdura perenne, de estos campos descarnados, que, como decía Adolfo de Aguirre, secan el alma más jugosa! (El jugo, muchas veces, no pasa de humedad endémica.) Este gusto es para muchos inconcebible.
Yo concibo, mejor o peor, todos los gustos y opiniones y hallo fundamento en todos, aun en los más disparatados; pero aunque no comprendiera la preferencia de usted, aunque no participara algo, y acaso algos, de sus sentimientos, me bastaría que usted, cuyo buen gusto es para mí indiscutible como hecho, me bastaría, digo que usted, siendo hijo de nuestras montañas, prefiera esta sequedad severa a aquella frescura, para que buscara la razón de tal gusto.”  
(opus. cit, 65-67; en Alcalá de Henares y en Madrid, mes de noviembre de 1889. Hoja literaria de El Noticiero Bilbaíno, lunes 18 de noviembre de 1889).


“Nací en lo más lúgubre y sombrío del sombrío Bilbao: en la calle de la Ronda, y en la casa misma en que, cincuenta y ocho años antes que yo, había nacido Juan Crisóstomo de Arriaga; en aquella calle, amasada en humedad y sombras, donde la luz no entra, sino derritiéndose. Mamoncillo aún, lleváronme a la calle de la Cruz, donde he vivido unos veintiséis años; allí, cerca del Portal de Zamudio –del Portal sin más aditamento ni apellido-, uno de los hogares de la villa, su Puerta del Sol en algún tiempo, frente a Artecalle y la Tendería, que, como dos túneles, se me abrían a los ojos de continuo. Cerrando la escotadura que en los macizos de casas Artecalle forma, el verde teso de Miravilla, coronado por la cima de Arnótegui, ¡primera revelación de la naturaleza, encuadrada en el marco de las viejas casas oscuras y ventrudas, de toscos balconajes de madera, de puertas medio tapadas por boinas, elásticas, fajas, yugos y todo género de prendas y aparejos! Y contemplando el hormiguero humano, que se afana y trajina en las galerías de sus viviendas, la montaña impasible en su verdura perdurable. ¡Cuándo podría trepar yo allá arriba, a aquella cumbre en que las nubes, a las veces, se posaban, a bañarse en el aire y en la luz de Dios!
Al otro lado tenía Calzadas, escalera de la muerte, camino del cementerio y escalera también para subir al mirador de Begoña, la matriz de Bilbao, donde se sacia la vista de verdura y desde donde, con una sola mirada, puede abrazarse a la acurrucada villa, que se presenta cual una sola vivienda: tan compacto en su caserío. “Parece todo el lugar… una grande casa nueva, firme y alta”, dijo el mismo padre Henao.
Pero mi mundo, mi verdadero mundo, la placenta de mi espíritu embrionario, el que fraguó la roca sobre que mi visión del universo se posa, fue, ante todo, la manzana comprendida entre las calles de la Cruz, Sombrerería, Correo y Matadero (hoy Banco de España), la manzana en cuyo centro estaba el matadero. ¿Qué misteriosas relaciones guardarán los espectáculos que hemos tenido de continuo ante los ojos, cuando nuestra comprensión del universo cuajaba, con el rumbo que luego nuestras ideas tomen? Tengo por un misterio augusto el del influjo que en mi concepción de la vida haya podido ejercer aquella visión frecuente del matadero, con su suelo de losas, sobre que corrían agua y sangre, y aquellas mujeres que parecían bailar silencioso y hierático, mientras ayudándose de una cuerda, desangraban a golpes de pies las reses muertas”.

(opus. cit; págs. 129-130; escrito en Salamanca en junio de 1900).


“El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda, es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de este. Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son en todas partes lo mismo y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja, lo he dicho de ahora, por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte.”
¡Vivir unos días en el silencio y del silencio, nosotros, los que de ordinario vivimos en el barullo y del barullo! Parecía que oíamos (en las cumbres) todo lo que la tierra calla mientras nosotros, sus hijos, damos voces para aturdirnos con ellas y no oír la voz del silencio divino. Porque los hombres gritan para no oírse, para no oírse cada uno a sí mismo y para no oírse los unos a los otros.”
“Lugar (Medina del Campo) el más santo para meditar en lo que pasa y en lo que queda en la España temporal y en la España eterna, allí, junto al castillo de donde voló de la España terrena a la celestial aquella alma de mujer entera y varonil, como el alma de la patria que hizo; alma también de varona. Y donde otra varona, Teresa de Jesús, expresó un siglo después sus eternas ansias.”
¡Desdichado del hombre que se aburre di tiene que permanecer unos días solo en medio de la campiña! ¡Desdichado del hombre que no puede prescindir del ruido y del trajín de sus prójimos!, porque ese tal no se ha encontrado a sí mismo, ni ha sabido siquiera buscarse, ni se ve sino reflejado en los demás.”
“Grandeza proporcionada y desnudez…, tal es el carácter de ese edificio (el monasterio de El Escorial), que repugna por su aridez a los que no se detienen lo bastante a dejarse empapar de su austero encanto.”
“¿Habéis visto algo más melancólico y más lleno de sentido trágico que un campo santo abandonado, que las ruinas de un cementerio? Penetrantes son las ruinas de la vida, pero mucho más las ruinas de la muerte, las ruinas de la ruina. Un viejo cementerio abandonado, una sola tumba vacía, es acaso lo más hondo de sentir que puede encontrarse en el peregrinaje de la vida”.


       (en “Andanzas y visiones españolas”)


"Vida de Don Quijote y Sancho",
obra de Miguel de Unamuno. 
Su libro “Vida de Don Quijote y Sancho”, según Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y comentada, apareció en 1905, con motivo de la celebración del III Centenario de la aparición de la Primera parte del Quijote. Es el ensayo más largo que escribió y no es más que un análisis reflexivo sobre la filosofía quijotesca española. Para crearla, Unamuno tiene que dejar de lado a Cervantes, porque el Caballero de la Triste Figura no tiene que ver nada con Cervantes, porque aquél es de todos los que le aman, estudian e interpretan. Unamuno hace en este libro una interpretación personal, pues, el bilbaíno no se adhiere al pensar de Don Quijote, sino al contrario; solo es elogiable en tanto en cuanto Don Quijote se ajusta al pensamiento de Unamuno. Y cuando esta no se ajusta arremete contra Cervantes. Por eso dice Unamuno al final del libro:

“Al acabar la historia colgó el historiador su pluma y le dijo: “Aquí quedarás colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, no sé si bien cortada o mal tajada, péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.”
Líbreme Dios de meterme a contar sucesos que al puntualísimo historiador de Don Quijote se le hubiesen escapado; nunca me tuve por erudito ni me he metido jamás a escudriñar los archivos caballerescos de la Mancha. Yo sólo he querido explicar y comentar su vida.
“Para mí sólo nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir”, hace decir el historiador a su pluma. Y yo digo que para que Cervantes contara su vida y yo la explicara y comentara nacieron Don Quijote y Sancho; Cervantes nació para contarla y para explicarla y comentarla nací yo… No puede contar tu vida, ni puede explicarla ni comentarla, señor mío Don Quijote, sino quien esté tocado de tu misma locura de no morir. Intercede, pues, en favor mío, ¡Oh, mi señor y patrón!, para que tu Dulcinea del Toboso, ya desencantada merced a los azotes de tu Sancho, me lleve de la mano a la inmortalidad de nombre y de la fama. Y si es la vida sueño, ¡déjame soñarla inacabable!

A reinar, fortuna, vamos
no me despiertes si sueño.
                                               (La vida es sueño, II, 4.)




                (en… “Vida de don Quijote y Sancho”, 251-252)


El libro ya se estaba escribiendo por “viviparición”, curiosa palabra está usada por don Miguel en una misiva a su amigo Pedro de Mugica. Vale la pena apartarnos un poco del discurso para hablar sobre la importancia que las cartas tenían para Unamuno. Dentro del valioso epistolario del autor de «Niebla», se cuentan más de un centenar de cartas que dirigió a Pedro de Mugica, filósofo nacido en Bilbao; una carta escrita por Unamuno a Rubén Darío y veinte a Luis Ross Mugica y a la viuda de éste. Es a través de las cartas donde el ser humano logra profundizar en su verdad. Unamuno lo confirma en una misiva:

“Es a las cartas a las que debo muchos de mis fecundas pensamientos.  He de decir que muchas de las ideas o siquiera metáforas que se me hayan ocurrido se las debo a ellas, a las cartas... Y es que cuando uno escribe una carta, suele escribírsela de ordinario a persona a quien conoce, cuyos ojos ha visto que le miraban alguna vez, cuya voz ha oído cuando a él se dirigía y el calor de la vida de cuya diestra ha sentido en el calor de la vida de la suya propia al estrechársela. Y esto pone un especial calor en lo que escribe.”
(en... “Cartas inéditas de Miguel de Unamuno”, recopilación y prólogo de Sergio Fernández Larraín, segunda edición, Ediciones Rodas, S. A. 1972; pág. 11)


La carta dirigida a Rubén Darío el 16 de setiembre de 1899 fue conocida al menos en parte, porque un fragmento de ella fue publicada por Alberto Ghiraldo (“El Archivo de Rubén Darío”; Ed. Bolívar, Santiago de Chile, 1940, págs. 40 - 41). América, la tierra ignota que con sus selvas, sus cordilleras, sus valles, sus desiertos y sus ríos, llega hasta su soledad a esa madre España venida a aquende con los conquistadores. La poesía del nicaragüense con sus cisnes, lagos, princesas encantadas, ha conquistado la atención del anacoreta de Salamanca. Darío dirige a Unamuno unas líneas miríficas que encandilan al bilbaíno:

“... he sondado mucho, he sorbido hondo, he respirado vasto, he querido triste, he admirado bello, he recorrido silencioso, he vagado solitario...”.

El cosmopolitismo rubendariano seduce a don Miguel, pero más quizá, su rebeldía por renovar la poesía al punto de amalgamar la tierra americana con la intelectual París, la seductora Roma y el castizo Madrid que emerge de sus maravillosos versos.

“Mi querido amigo: Apenas he recibido el número de «El cojo ilustrado”, que usted me envía – gracias por ello –, he escrito al señor Coll. Deseaba hacerlo tiempo hace porque sé que en más de una ocasión ha hecho muy honrosas referencias de mí. Sus líneas de introducción a mi fragmento me han demostrado que era un deber mío escribirle. Y le he escrito.
Usted sabe bien, amigo Darío, cuánto ensancha el pecho del alma el  sentirse escuchado y comprendido y el recibir el eco de nuestra voz enriquecido y transformado al sernos devuelto por otro espíritu. Las ideas son de todos y cada cual pone en ellas algo de su alma.
Cada día me interesa más lo americano: todo lo turbio que hay allí, y no es poco, es turbio de fermentación. Aspiren, siquiera, a ser otros, que es lo mismo que aspirar a ser más ellos mismos cada vez; su divisa es ¡excelcior!... Aquí nos mata la satisfacción de nuestra salud gañanesca.  Podemos decir que no somos desequilibrados, como los pedruscos.
Algo, sin embargo, se nota aquí, y más se haría sin esas condenadas tertulias de cervecería que impulsan a la pereza.
De usted me gusta mucho la seriedad, la verdadera y honda seriedad, el esfuerzo por renovarse de continuo. Usted es de los que estudian; se ve en sus trabajos. ¿A quién se le ha ocurrido refrescar la vena de nuestro “Cancionero de Baena”? Lo felicito por ello. Es usted de los que aspiran a comprenderlo todo, de los de mente extensa y  hospitalaria que diría Coll. Eso de mente hospitalaria me ha gustado mucho: es hermosa denominación.
Ya al hablarse de usted me dijo Verdes Montenegro: y sobre todo es serio. Para él, que sabe lo que por serio yo entiendo, era el mayor elogio que de usted podía hacerme. Sin seriedad no hay genialidad verdadera; no hay más que posee. Mil gracias por su referencia a mi campaña universitaria. Ardía en deseos de decir todo eso, así, algo digresivamente, con la mayor espontaneidad posible. Es el fruto de ocho años de profesorado. Más adelante publicaré mis ideas sobre la literatura y el espíritu helénicos, fruto también de mi profesorado, de la labor constante sobre mi espíritu, en esencia poco helénico, de esa literatura que he traducido y comentado con amor durante ocho cursos. Tiene muchas caras el helenismo y muy diversas. Las expondré (mis ideas en tal respecto) en un estudio sobre el gigante Esquilo. Ahora me ocupa el que Thuiller se decida a representar mi drama. Encuentra muy difícil su papel... Me fusta la fe de Contreras, a prueba de desengaños. Hombres así necesitamos, de fe.
De usted afmo. S. y amigo
          Miguel de Unamuno

       (Fernández Larraín, págs. 16 - 17)


Otro hecho esclarecedor de la personalidad de Unamuno se nos revela en una íntima carta a Pedro de Mugica; tiene que ver con su niñez, su encuentro con Dios, quien marcará su vida hasta su muerte. Su decepción del catolicismo en España es evidente: el catolicismo descristianiza en vez de cristianizar, porque quienes lo profesan y predican no creen en la verdad, al punto que parecen despreciarla. Quienes así actúan no hacen más que envenenar los corazones de los creyentes. Para Unamuno Dios es fe y esperanza, cualquier posición racional de querer demostrar o negar su existencia es caer en un desatino.


                                Universidad de Salamanca, 02 dic. 1903
Mi querido amigo: Necesito desahogo. Acabo de entrar, con el invierno, en un periodo de actividad y de agitación interior, que coincide con haber llegado a su colmo la compañía que contra mí hacen en esta ciudad los elementos católicos (las cosas por su nombre) y la velada amenaza del obispo de romper hostilidades. Preveo el día en que tenga que desnudar del todo mi pensamiento y decir alto y claro que el catolicismo – y más al modo que aquí se entiende – nos está descristianizando. En vez de darle al pueblo una luz para que vea su camino y lo siga por sí, se le ha metido en un carro y se lleva a oscuras. Y lo peor es la mentira, la enorme mentira en que vivimos los más de los españoles. Se vive en mentira y se muere en mentira. Y lo que mata es la mentira, no el error. El que predica la verdad sin creer en ella, y hasta despreciándola, podrá ilustrar las mentes, pero emponzoña los corazones; mientras quien predica errores creyendo que son verdades y lleno de fe en ellas, aunque por de pronto desvíe a las inteligencias de su sendero, eleva y fortifica los corazones y éstos al cabo endurezcan a  aquéllas.
El párrafo ese que me copia de “para mi Dios no es una exigencia racional, no lo necesito para explicarme el Universo” no sé dónde lo escribiría, pero sí sé que lo he escrito y en más de un lugar porque responde perfectamente a mi pensamiento. Dios no es racional, sino cordial; no se demuestra con argumentos lógicos su existencia ni su no existencia tampoco. O se le siente o no se le siente; o se tiene experiencia personal de Él – y para nosotros los cristianos a través del Evangelio, y, Juan – o no se tiene. Para el que lo sienta en sí las razones sobran; para el que no le sienta, sobran también.
Y ahora permítame que en la comunión de amistad que nos une entre en un terreno que suelo reservar y que a su discreción fío. Sé a quién hablo y que no juzgará mis palabras manifestaciones de un iluso o un semiloco. Desde hace algún tiempo, desde que pasé cierta honda crisis de conciencia, se va formando en mí una profundísima persuasión de que soy un instrumento en manos de Dios y un instrumento para contribuir a la renovación espiritual de España. Toda mi vida desde hace algún tiempo, mis triunfos, la popularidad que voy alcanzando, mi elevación a este rectorado, todo ello me parece enderezado a ponerme en situación tal de autoridad y de prestigio que haga mi obra más fructuosa. Cuanto hasta hoy he  escrito y he hablado en público no es más que preparación a mi verdadera labor, a mi obra, que acaso empiece el día en que me traslade a la Corte. Las cosas se precipitan. Siendo yo un chicuelo –no tendría arriba de doce años- me ocurrió cierto suceso íntimo que ha dejado profundísima impresión en mí. Fue ello – no sé si se lo he contado antes – que al volver de comulgar me encerré en mi cuarto, recé, y abrí un Evangelio y puse el dedo donde decía: “id y predicad el Evangelio por todas las naciones”. Me dejó esto pensativo, entendí que era decirme me hiciese cura o fraile, y como empezaban ya mis relaciones con la que es hoy mi mujer, me resistí a ello y decidí pedir aclaración. Al mes después de haber comulgado volví a abrir el libro y cayó mi dedo donde dice: “ya os lo dije y no me oísteis, ¿por qué queréis saberlo otra vez?” Figúrese el efecto que esto me causaría; quedé como anonadado. Después cambié mucho de pensar, no de sentir, perdí a Dios por quererlo buscar a la católica, racionalmente y con argumentos y liturgias y exterioridades, me casé y a los pocos años de casado, hace seis, cuando sufrí la conmoción que parecía llevarme a mis creencias de niño, resurgió el suceso en mi conciencia con nueva fuerza. Aquella sacudida fue la llamada no a las ya muertas creencias de mi niñez, sino a su núcleo eterno, a su fundamento, a la fe cristiana pura y libre, sin dogmas eclesiásticas, a la sinceridad, a Dios en fin, y ahora me explico el curso de mi vida y el valor de aquellos textos y veo la obra que se me prepara. Las circunstancias exteriores me empujan a ella; me empuja a ella el triste estado de esta pobre España donde por debajo del problema que se llama religioso y que no es sino político-eclesiástico, late el verdadero problema religioso, el ansia de sinceridad, de libertad, de fe. Y mientras aquí no venga algo que sea a nosotros lo que fue a los pueblos germánicos la Reforma, estarnos perdidos. Porque ahí hasta los católicos son más o menos, sépanlo o no, reformados. Tales son las íntimas confesiones que a su amistad fío.
Y siendo mi obra, la siento, veo mi camino futuro y me siento llevado a él por una fuerza consciente y personal, superior a mí. Y así creo en Dios, de quien no necesito para construirme un sistema puramente lógico del Universo fenoménico.
Si yo fuese insincero y tuviera el orgullo de la modestia diría que su última carta me abruma por lo que en ella dice usted de mí. Ahora me anuncia que envía a “La Nación” un estudio sobre mí. Gracias. Todo conviene a mi obra, a la que me pertenezco. Debo resignarme al elogio lo mismo que a la censura, y ni aun querer borrar el sentimiento de ambición y amor propio que pueda mezclarse. Para que la especie humana se propagase se nos dio a hombres y mujeres el deleite sexual y la atracción mutua, para que el espíritu humano progrese se nos dio la vanagloria; sabiendo usar y no abusar de uno y de otro todo va por Dios. Procuro tener a la vanagloria de esposa legitima y fecunda, no de concubina estéril.
Mil gracias en lo que ha hecho respecto al libro Myers y a éste mil gracias. Recibiré el libro de su padre con gratitud y escribiré acerca de él. Como le decía, lo tenía en mi Adquirenda, trata de las cosas que más me interesan y es seguro que tendré ocasión de citarlo no una sino muchas veces. Ante todo en el libro que preparo, dedicado a la juventud hispanoamericana y española, y en que trato del problema de vida para nosotros, de la necesidad de crearnos conciencia colectiva, de las de la razón y la fe.
Me dice usted que he de ir a dar en esa ciudad, en Berlín. Tarde o temprano, con uno u otro pretexto, es seguro. Si no lo he hecho ya es por dificultades económicas y sólo por ellas. Y hasta éstas me parece que se me han suscitado providencialmente para retenerme en esta pobre España, que ¿por qué no decirlo, si lo pienso? necesita de mí.
He querido descubrirle mi pecho en justo pago a la amistad que me muestra, a los alientos que me da, a que su voz es una de las voces que más me sostienen en mi marcha. Dios se lo pague.
Y ahora a trabajar, a trabajar yo que aparezco tan poco español, por esta España que cuanto más decaída y más torpe merece más que sus hijos la levanten. Usted, por su parte, trabaja desde ahí por ella.  
Un abrazo de
                Miguel de Unamuno    


                      (en: Cartas inéditas)


Casa natal de Pedro de Mugica, en la
calle Somera de Bilbao.
Es en las cartas, también donde podemos rastrear los sentimientos, reflexiones, divagaciones y pensamientos que embargan a Unamuno en los años y meses en que se va gestando el libro. Las figuras errantes, peregrinas y contradictorias muchas veces de don Quijote y Sancho, son para el escritor de Bilbao dos símbolos de las tensiones y tendencias universales que discurren más allá de los ámbitos españoles. Unamuno ve en ambos personajes las dos caras de la España de su época. Sus reflexiones sobre su lectura “entre líneas” de la obra cervantina se muestran indiferentes a si Cervantes quiso o no quiso poner lo que puso en su Quijote; esto le costará un gran número de críticas después de la publicación del libro, pues, era la primera vez que alguien se había atrevido a descalabrar a Cervantes con tal desparpajo. En una carta a Mugica, escribe:

“Estoy escribiendo una “Vida de don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes explicada y comentada por Miguel de Unamuno”, que son meditaciones    sobre el texto, poniendo allí cuanto en él veo y sin cuidarme de si  Cervantes quiso o no ponerlo. No he leído biografía alguna de Cervantes ni sé nada de su vida, ni me importa. Tomo el Quijote como una obra eterna, sin autor y aparte de la época en que se escribiera... No sé qué aprendió Cervantes en Sevilla, ni si estuvo allí. No he leído ni una sola obra cervantista. Soy un quijotista, pero no un cervantista”.

                           (28 de junio de 1904).


Meses más tarde, en ese mismo año, da a su amigo más noticias sobre el significado, contenido y método de su obra:

“Lo he hecho de un tirón y por viviparición – otros libros los he escrito por oviparición, empollando notas – trabajando en él hasta cinco y seis horas algunos días y de aquí el que me haya salido con más calor que otras cosas mías. Es, como usted supondrá, un modo de verter mi pensamiento todo. El texto cervantino me sirve de cañamazo en que bordo mis propias imaginaciones.”

                       (15 de setiembre de 1904)


Su libro lo obsesiona como todas las cosas que ha emprendido en su vida. Su pasión por lo que despierta su interés no tiene límites; lo mismo es con aquello que no llama a su pensamiento, la desecha como bártulos inútiles, sin remilgo alguno. Cuenta Inerva en su «Unamuno» una anécdota que pinta al bilbaíno en su faceta menos llamativa; aconteció durante el destierro de Unamuno y en su estancia en París:

“Después de almorzar tomaba el Metro en Etoile para salir en Vavín, a diez metros de La Rotonde, adonde acudía, adonde acudíamos un grupo de españoles, algunos simplemente a hacerle compañía; otros, para excitarle y solazarse con sus comentarios acerados. No había sino tirarle de la lengua. Yo estaba en París, documentándome para escribir la biografía de María Bashkirtseff, cuyo Journal ya conocía Unamuno. En alguna ocasión en que, bajando los dos por el Boulevard Saint Michel, hacia los jardines de Luxemburgo, le hable de la gentilísima rusa, muerta tuberculosa en 1884, me hizo un gesto de disgusto que equivalía a un “¡Eso no me interesa!”.
(Opus. cit. pág. 74).


Hay un gesto en Unamuno, que muchos quienes lo conocieron, recuerdan sin poder ocultar una promesa. Hablando de algunos poetas de su tiempo, solía extender enérgicamente el brazo derecho con el puño cerrado, al cual lo hacía girar como forzando una llave descomunal, y exclamaba: “¡No cruje!”. Así expresaba que ese poeta no le satisfacía. De esa franqueza de ánimo y de pensamiento nace su “Vida de son Quijote y Sancho”. Sus recensiones cuando escribe son demoledoras; cuando escribe sobre España la azotaina cae sobre sus compatriotas; cuando es el turno de la filosofía, son los filósofos los afectados; cuando diserta sobre ciencia, son los científicos los fustigados por su iracundia; era de esperar que cuando escribiera sobre el Quijote, la víctima no sería otro que Cervantes. Un lector poco avisado puede juzgar desacertadamente sus opiniones. Es a Mugica a quien confiesa sus arrebatadoras ideas sobre el libro que está gestando:

“Renuncio -expresa a Mítica- a describirle hasta qué punto estoy empozado y enfrascado en mi «Quijote». No veo ni oigo ni siento otra cosa. Ahora lo estoy poniendo en cuartillas, labor que lleva seis y más horas diarias y qué durará aún unos días. Me va a resultar un volumen de regular tamaño, unas 300 páginas, y sin duda mi obra más personal y propia. Creo no haber puesto en ninguna otra más pensamiento, pero de lo que estoy seguro es de que en ninguna otra he puesto más pasión, más vehemencia, más alma ni mayor calor de estilo. Por supuesto no es un comentario erudito ni literario. Me tiene completamente sin cuidado lo que quiso decir Cervantes... que era un pobre diablo, muy inferior a su obra. Sólo me interesa lo que yo quiero ver en el «Quijote», que para el caso se me aparece una obra sin autor y que no es de una época ni de un lugar determinado. El texto cervantino no es sino un pretexto para que sobre el levante yo mis propias elucubraciones. Una obra así que se lanza al público es de todo el mundo y conviene considerarla como algo fuera de condiciones históricas. Creo, pues, haber hecho mi obra más personal comentando una ajena...”
(28 de diciembre de 1904)

Unamuno se va sumergiendo en el libro con una absorbente pasión, transitando por el mundo exterior con recelo. Cuando el libro aparece y es recibido con hosquedad por un buen sector de la crítica, es en el juicio de Pedro de Mugica donde encuentra descanso y consuelo a tanta hostilidad. La osadía con que ha arremetido contra el libro de Cervantes no le será perdonada por una crítica inclemente y sañuda. Las encendidas polémicas están a la orden del día en todos los Vilos literarios, el cotorreo es rimbombante y graneado contra aquel escritor acostumbrado a despertar encendidas controversias. Pero Unamuno es un hombre de lucha, en los momentos difíciles, como un caballero medieval, sabe vestirse con los aéreos del combatiente para defender sus libros con vehemencia. En una carta a Mítica se vislumbra esta lucha exonerada:

“Mil gracias, mi querido amigo, por los ánimos que me da con su juicio sobre mi libro en medio de la hostilidad con que ha sido recibido por el cigarro literario de Madrid. Cierto es que la intensidad del aplauso de los que me aplauden, y la calidad de éstos, me desquita de todo lo demás. Pero crea usted que es para abatir un espíritu de menos temple que el mío el ver la cortedad de vista de nuestras gentes y su falta de espíritu. Empeñando en juzgar mi obra como obra literaria al modo aquí usual y se conoce que les desoriento. Hay pobres diablos que no me perdonan mi poco respeto a Cervantes y eso de que prescindo de él y en vez de comentar docta, documental y eruditamente su «Quijote», hago el mío. Y por un juego de presti-imaginación sustituyó a su “Quijote” mi “Quijote”.”


                              (15 de junio de 1905)


Ya en su libro anterior se había expresado autoritariamente:

“La ciencia no le da a Son Quijote lo que este le pide. «¡Qué no le pida eso – dirán –; que se resigne, que acepte la vida y la verdad como son!» Pero él no los acepta así, y pide señales, a lo que le mueve Sancho, que está a su lado. Y no es que Son Quijote no comprenda lo que comprende quien así le habla, el que procura resignarse y aceptar la vida y la verdad racionales. No; es que sus necesidades efectivas son mayores. ¿Pedantería? ¡Quién sabe…!
Y en este siglo crítico, Don Quijote, que se ha contaminado de criticismo tiene que arremeter contra sí mismo, víctima de intelectualismo y de sentimentalismo, y que cuando quiere ser más espontáneo, más afectado aparece. Y quiere el pobre racionalizar lo irracional e irracionalizar lo racional. Y cae en la desesperación íntima del siglo crítico de que fueron las dos más grandes víctimas Nietzsche y Tolstoi. Y por desesperación entra en el furor heroico de que hablaba aquel Quijote del pensamiento que escapó al claustro, Giordano Bruno, y se hace despertador de las almas que duermen, dormilantium amimorum excubitor, como dijo de sí mismo el exdominicano, el que escribió: “El amor heroico es propio de las naturalezas superiores llamadas insanas – insane –, no porque no saben – non sanno –, sino porque sobresaben – soprasanno.”
Pero Bruno creía en el triunfo de sus doctrinas, o por lo menos al pie de su estatua, en el Campo dei Fiori, frente al Vaticano, han puesto que se la ofrece el siglo por él adivinado, il secolo da lui divinato. Mas nuestro Don Quijote, el redivivo, el interior, el conciente de su propia comicidad, no cree que triunfen sus doctrinas en este mundo porque no son de él. Y es mejor que no triunfen. Y si le quisieran hacer a Don Quijote rey, se retiraría solo al monte, huyendo de las turbas regificientes y regicidas, como se retiró solo al monte el Cristo cuando, después del milagro de los peces y los panes, le quisieron proclamar rey. Dejó el título de rey para encima de cruz.
¿Cuál es, pues, la nueva misión de Don Quijote hoy en este mundo? Clamar, clamar en el desierto. Pero el desierto oye, aunque no oigan los hombres, y un día se convertirá en selva sonora, y esa voz solitaria que va posando en el desierto como semilla, dará un cedro gigantesco que con sus cien mil lenguas cantará un hosana eterno al Señor de la vida y de la muerte.
Y vosotros ahora, bachilleres Carrascos del regeneracionismo europeizante, jóvenes que trabajáis a la europea, con método y crítica… científicos, haced riqueza, haced patria, haced arte, haced ciencia, haced ética, haced o más bien traducid sobre todo Kultura, que así mataréis a la vida y a la muerte. ¡Para lo que ha de durarnos todo…!”


     (“Del sentimiento trágico de la vida”, págs. 319-320)



Miguel de Unamuno saliendo de un
portal.
Para Unamuno, la vida del caballero de la fe, Alonso Quijano, se ofrece como la más apta y eficiente para ser transcrita de acuerdo con el espíritu de su ideario filosófico, ya expresado en el “Sentimiento trágico de la vida” según el cual, repudiabas las morales utilitarias y positivas como inferiores a la trágica esencia de la realidad humana, no resta sino aferrarse a la “voluntad de creer” en el destino inmortal del hombre. Por ello acepta la interpretación común según la cual el caballero era un loco, reconociendo aquella locura como un sentimiento más intenso de la personalidad y el deseo de lo eterno. Es natural que con este criterio, la primera aventura (el encuentro en la posada con las dos pobres meretrices que él llama doncellas) sea interpretada como un primer acto dirigido a purificarse del mal y a redimirse de la injusticia social. Más tarde, cuando en el encuentro con los mercaderes que se resisten a reconocer las dotes de Dulcinea, el caballero recibe la peor parte, el autor ve simbolizado en la aventura el drama fatal de quien quiere hacer triunfar la verdad del espíritu, contra el mundo sometido a un craso materialismo. El “Yo sé quién soy” del incomprendido don Quijote está transfigurado como un símbolo del poder de la voluntad, único capaz de afirmar el valor de la persona por encima de la caducidad física. El ataque a los molinos de viento es elevado a símbolo de la lucha del espíritu contra la brutalidad de la máquina. La liberación de los galeotes por parte de don Quijote da ocasión de desarrollar la doctrina de una justicia más humana y espontánea que la legal. El episodio del yelmo de Mambrino sirve de base para una digresión sobre el necesario valor de la afirmación heroica creadora mediante la ilusión entregándose a una efusión apasionada. Unamuno invoca para su España una guerra civil que encienda en el corazón del pueblo el fuego de las eternas inquietudes. Los estragos que causa el caballero entre los muñecos de la “morisca titeretería” de maese Pedro, es interpretada como una saludable lección de sinceridad heroica. Se inserta aquí una de las páginas más elocuentes del libro el horror de la ficción oficialmente aceptada inspira al autor una apocalíptica imagen de lo que sucedería en la maravillosa catedral de León, llena de las salmodias de los canónigos, si poco a poco las palabras y las plegarias de vida murmuradas por los hombres sencillos bajo las inmensas naves se despertasen, ahogando con el ímpetu y la fuerza de sus cantos la salmodia del coro y destruyendo finalmente la misma catedral de piedra para erigir un nuevo templo espiritual más aéreo pero no menos profundo. Página que incurre solamente en el error de convertirse finalmente en una invectiva política, encendidas de puro amor patrio. En otro momento, la melancolía de don Quijote, que no sabe bien lo que ha logrado conquistar con sus esfuerzos, es interpretada como la presentación, al hombre activo, del sentido de la angustia, que “huyendo del conocimiento de las cosas aparentes, nos lleva al conocimiento esencial de las cosas”, conocimiento que se verifica con la conquista de esta verdad: “el mundo no es una representación tuya sino creación tuya, de tu corazón”, ya que la verdad no es lo que hace pensar, sino lo que hace vivir. A medida que se desarrollan los capítulos, el “contrapunto” filosófico del autor alcanza cada vez mayor volumen e importancia, superando casi el interés por la vida del hombre, y difundiéndose hacia el fin con creciente acuerdo sobre el sentido de la inmortalidad, sobre el valor de la persona y sobre la inmanencia del espíritu humano en Dios. Esta vida es, como otras de Unamuno, un documento del íntimo tormento del autor, que se confiesa y difunde más de lo que logra construir. Llena de elocuencia, poniendo de relieve el ingenio, adolece en cambio de la misma insuficiencia del pragmatismo que la inspira: doctrina que destinada a exaltar sus fáciles triunfos en el campo de la acción política o en la teoría de las ciencias particulares, es por su esencia incapaz de justificar una idea metafísica y una fe verdaderamente activa.

Uno de los capítulos más exquisitos, divertidos y profundos del libro es el XLV. Para deleite de mis lectores, transcribo el capítulo en cuestión:


CAPITULO XLV
Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad
“¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores –dijo el barbero-, de lo que afirman estos gentileshombres, pues aún porfían que ésta no es bacía sino yelmo? Y quien lo contrario dijere –dijo Don Quijote- le haré yo conocer que miente si fuese Caballero, y si escudero, que remiente mil veces.”
Así, así, mi señor Don Quijote, así; es el valor descarado de afirmar en voz alta y a la vista de todos y de defender con la propia vida la afirmación, lo que crea las verdades todas. Las cosas son tanto más verdaderas cuanto más creídas, y no es la inteligencia, sino la voluntad, la que las impone.
Bien hubo de verlo el pobre barbero de quien la bacía fue cuando no era aún yelmo. Primero fue Sancho, cuando Don Quijote dijo “juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna”, quien agregó en tímido apoyo de su amo: “en eso no hay duda, porque desde que mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance”. (Cap. XLIV.)
¿Baciyelmo? ¿Baciyelmo, Sancho? ¡No hemos de ofenderte creyendo que esto de llamarle baciyelmo fue una de tus socarronerías, no!; es la marcha de tu fe. No podías pasar de lo que tus ojos te enseñaban,  mostrándote como hacía la prenda de la disputa, a lo que la fe en tu amor te enseñaba, mostrándotela como yelmo, sin agarrarte a eso del baciyelmo. En esto sois muchos los Sanchos, y habéis inventado lo de que en el medio está la virtud. No, amigo Sancho, no; no hay baciyelmo que valga. Es yelmo o es bacía, según quien de él se sirva, o mejor dicho, es bacía y es yelmo a la vez porque hace a los dos trances. Sin quitarle ni añadirle nada puede y debe ser yelmo y bacía, todo él yelmo y toda ella bacía; pero lo que no puede ni debe ser, por mucho que se le quite o se le añada, es baciyelmo.
Más resueltos encontró el barbero de la bacía al otro barbero, maese Nicolás, y a don Fernando, el de Dorotea, y al cura y a Cardenio y al oidor, que con grande asombro de otros de los presentes lo diputaron por yelmo. Como burla pesada quiso tomarlo uno de los cuatro cuadrilleros allí presentes, incomodóse, trató de borrachos a los que afirmaban lo contrario, lanzóle un mentís Don Quijote y fuese sobre él y armóse la de San Quintín, dándose de golpes los unos a los otros. Y fue Don Quijote quien, con sus voces, y recordando la discordia del campo de Agramante, apaciguó el cotarro.
¿Qué? ¿Os extraña la general pendencia por si era bacía o si era yelmo? Otras más entreveradas y más furiosas se han armado en el mundo por otras bacías, y no de Mambrino. Por si el pan es pan y el vino es vino, y por cosas parecidas. En torno a caballeros de la fe se arredilan carneros humanos, y por llevarles el humor o por cualquiera otra cosa sostienen que la bacía es yelmo, como aquéllos dicen, y se vienen a las manos por sostenerlo, y es lo fuerte del caso que los más de cuantos pelean sosteniendo que es yelmo, tienen para sí que es bacía. El heroísmo de Don Quijote se comunicó a sus burladores, quedaron quijotizados a su pesar, y Don Fernando medía con sus pies a un cuadrillero por haber éste osado sostener que la bacía no era yelmo, sino bacía. ¡Heroico don Fernando!
Ved, pues, a los burladores de Don Quijote burlados por él, quijotizados a su despecho mismo, y metidos en pendencia y luchando a brazo partido por defender la fe del Caballero, aun sin compartirla. Seguro estoy, aunque Cervantes no nos lo cuenta, seguro estoy de que después de la tunda dada y recibida empezaron los partidarios del Caballero, los quijotanos o yelmistas, a dudar de que la bacía lo fuera y a empezar a creer que fuese el yelmo de Mambrino, pues con sus costillas habían sostenido tal credo. Cumple afirmar aquí una vez más que son los mártires los que hacen la fe más bien que la fe a los mártires.
En pocas aventuras se nos aparece Don Quijote más grande que en ésta en que impone su fe a los que se burlan de ella y los lleva a defenderla a puñetazos y a coces y a sufrir por ella.
¿Y a qué se debió ello? No a otra cosa sino a su valor de afirmar delante de todos que aquella bacía, que como tal la veía él, lo mismo que los demás, con los ojos de la cara, era el yelmo de Mambrino, pues le hacía oficio de semejante yelmo.
No le faltó esse descarado heroísmo d’afirmar que, batendo na terra com pé forte, ou pallidamente elevando os olhos ao Ceo cria a traves da universal illusäo Sciencias e Religiöes, como dice Eça de Queiroz al final de su A Reliquia.”
Es el valor de más quilates el que afronta, no daño del cuerpo ni mengua de la fortuna ni menoscabo de la honra, sino el que le tomen a uno por loco o por sandio.
Este valor es el que necesitamos en España, y cuya falta nos tiene perlesiada el alma. Por falta de él no somos fuertes, ni ricos, ni cultos; por falta de él no hay canales de riego, ni pantanos, ni buenas cosechas; por falta de él no llueve más sobre nuestros secos campos, resquebrajados de sed, o cae a chaparrones el agua, arrastrando el mantillo y arrastrando a las veces las viviendas.
Que, ¿también os parece paradoja? Id por esos campos y proponed a un labrador una mejora de cultivo o la introducción de una nueva planta o una novedad agrícola y os dirá: “Eso no pinta aquí.” “¿Lo habéis probado?”, preguntaréis, y se limitará a repetiros: “Eso no pinta aquí.” Y no sabe si pinta o no pinta, porque no lo ha probado, ni lo ensayará nunca. Lo probaría estando de antemano seguro del buen éxito, pero ante la perspectiva de un fracaso y tras él la burla y chacota de sus convecinos, tal vez el que le tengan por loco o por iluso o por mentecato, ante esto se arredra y no ensaya. Y luego se sorprende del triunfo de los valientes, de los que arrostran motajos, de los que no se atienen al “en donde fueres haz lo que vieres” y el “¿adónde vas, Vicente?, ¡adónde va la gente!”, de los que se sacuden del instinto rebañego.
Hubo en esta provincia de Salamanca un hombre singular, que surgido de la mayor inteligencia amasó unos cuantos millones. Estos charros del rebaño no se explican tal fortuna sino suponiendo que había robado en sus mocedades, porque estos desgraciados, tupidos de sentido común y enteramente faltos de valor moral, no creen sino en el robo y en la lotería. Mas un día me contaron una proeza quijotesca de ese ganadero, el Mosco.
Y fue que trajo de las costas del Cantábrico hueva de besugo para echarla en una charca de una de sus fincas. Y al oírlo me lo expliqué todo. El que tiene valor de arrostrar la rechifla que ha de atraerle forzosamente el traer hueva de besugo para echarla en una charca de Castilla, el que hace esto, merece la fortuna.
¿Qué es ello absurdo, decís? ¿Y quién sabe qué es lo absurdo? ¡Y aunque fuera! Sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible. No hay más que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura. Y, sobre todo, no hay más que un modo de triunfar e veras; arrostrar el ridículo. Y por no tener valor para arrostrarlo tiene esta gente su agricultura en la postración en que yace.
Sí, todo nuestro mal es la cobardía moral, la falta de arranque para afirmar cada uno su verdad, su fe, y defenderla. La mentira envuelve y agarrota las almas de esta casta de borregos modorros, estúpidos por opilación de sensatez.
Se proclama que hay principios indiscutibles, y cuando se trata de ponerlos en tela de juicio no falta quien ponga el grito en el cielo. No ha mucho pedí que se pidiera la derogación de ciertos artículos de nuestra ley de Instrucción Pública, y una mazorca de mandrias se pusieron a berrear que era inoportuno e impertinente, y otras palabrotas más fuertes y más groseras. ¡Inoportuno! Estoy harto de oír llamar inoportunas a las cosas más oportunas, a todo lo que corta la digestión de los hartos y enfurece a los tontos. ¿Qué se teme? ¿Que se trabe y se encienda la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Es lo que necesitamos.
Sí, es lo que necesitamos: una guerra civil. Es menester afirmar que deben ser y son yelmos las bacías y que se arme sobre ello pendencia como la que se armó en la venta. Una nueva guerra civil, con unas o con otras armas. ¿No oís a esos desgraciados de corazón engurruñido y seco que dicen y repiten que estas o las otras disputas a nada práctico conducen? ¿Qué entienden por práctico esas pobres gentes? ¿No oís a los que repiten que hay discusiones que deben evitarse?
No faltan menguados que nos estén cantando de continuo el estribillo de que deben dejarse a un lado las cuestiones religiosas, que lo primero es hacerse fuertes y ricos. Y los muy mandrias no ven que por no resolver nuestro íntimo negocio no somos ni seremos fuertes ni ricos. Lo repito: nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá aquí caminos que lleven a parte adonde merezca irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco. No tendremos vida exterior, poderosa y espléndida y gloriosa y fuerte mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de mentira, y la mentira es el pan nuestro de cada día para nuestro espíritu.
¿No oís a ese burro grave que abre la boca y dice?: “¡Eso no puede decirse aquí!” ¿No oís hablar de paz, de una paz más mortal que la muerte misma, a todos los miserables que viven presos de la mentira? ¿No os dice nada ese terrible artículo, padrón de ignominia para nuestro pueblo, que figura en los reglamentos de casi todas las sociedades de recreo de España, y que dice: “Se prohíben discusiones políticas y religiosas”?
¡Paz!, ¡paz!, ¡paz! Croan a coro todas las ranas y los renacuajos todos de nuestro charco.
¡Paz!, ¡paz!, ¡paz! Sí, sea, paz, pero sobre el triunfo de la sinceridad,           sobre la derrota de la mentira. Paz, pero no una paz de compromiso, no un miserable convenio como el que negocian los políticos, sino paz de comprensión. Paz, sí, pero después que los cuadrilleros reconozcan a Don Quijote su derecho a afirmar que la bacía es yelmo; más aún: después que los cuadrilleros confiesen y afirmen que en manos de Don Quijote es yelmo la bacía. Y esos desdichados que gritan “¡paz!, ¡paz!”, se atreven a tomar en labios el nombre de Cristo. Y olvidan que el Cristo dijo que Él no venía a traer paz, sino guerra, y que por Él estarían divididos los de cada casa, los padres contra los hijos, los hermanos contra los hermanos. Y por Él, por el Cristo, para establecer su reinado, el reinado social de Jesús –que es todo lo contrario de lo que llaman los jesuitas el reinado social de Jesucristo –, el reinado de la sinceridad y de la verdad y del amor y de la paz verdadera, para establecer el reinado de Jesús tiene que haber guerra.
¡Raza de víboras la de esos que piden paz! Piden paz para poder morder y emponzoñar más a sus anchas. De ellos dijo el Maestro que “ensanchan sus filacterias y extienden los flecos de sus mantos” (Mat. XXIII, 5). ¿Sabéis qué es esto? Eran las filacterias unas cajitas que contenían pasajes de la Escritura y que llevaban los judíos en la cabeza y el brazo izquierdo en ciertas ocasiones. Eran como esos amuletos que se cuelga al cuello de los niños para preservarlos de no sé qué mal y consisten en unas bolsitas, bordadas muy cucamente, con lentejuelas, por alguna monja que, bordándolas, mató el aburrimiento, y dentro de las cuales bolsas se mete unos papelitos en que van impresos pasajes del Evangelio que jamás habrá de leer el niño que lleva al cuello el amuleto, y en latín dichos pasajes para mayor claridad. Eso eran las filacterias, y llevaban además los fariseos en los flecos o randas de los mantos pasajes también de las Escrituras. Era como eso que hoy llevan muchos sobre la solapa de la levita o de la chaqueta: un corazón pintado en un disco de seco y duro barro. Y estos del amuleto, de la filacteria moderna, éstos y sus congéneres son los que osan hablar de paz y de oportunidad y de pertinencia. No, ellos mismos nos han enseñado la fórmula: no caben nefandos contubernios entre los hijos de la luz y los de las tinieblas. Y ellos, los cobardes servidores de la mentira, son los hijos de las tinieblas, y nosotros, los fieles de Don Quijote, somos los hijos de la luz.
Y volviendo a la historia vemos que se sosegaron todos, pero uno de los cuadrilleros empezó a examinar a Don Quijote, contra quien llevaba el mandamiento de prisión por haber libertado a los galeotes, y asióle del cuello y pidió ayuda a la Santa Hermandad, pero revolvióse el Caballero contra él y por poco lo ahoga. Separáronlos, pero los cuadrilleros pedían su presa, “aquel robador y salteador de sendas y carretas”.
“Reíase de oír decir estas razones Don Quijote, reíase y hacía bien en reírse, él, de quien los otros se reían; reíase con risa heroica y caballeresca, no burlona, y con mucho sosiego les reprendió por llamar saltear caminos a “acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos”. Y allí, arrogante y noble, invocó su fuero de caballero andante, cuya “ley es su espada, sus fueros, sus bríos, sus premáticas, su voluntad”.
¡Bravo, mi señor Don Quijote, bravo! La ley no se hizo para ti, ni para nosotros tus creyentes, nuestras premáticas son nuestra voluntad. Dijiste bien; tenías bríos para dar tú solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se te pusieran delante, o por lo menos para intentarlo, que en el intento está el valor”.


                  (opus. cit; págs. 120-125) 


Unamuno se identifica con el Quijote en cuanto a su “locura”, porque como él, no se resigna ni al mundo, ni a su verdad, ni a la ciencia o lógica, ni al arte o estética, ni a la moral o ética. A él no le importa que sus opositores lo ataquen, tildándolo de loco, de reaccionario y otros adjetivos nada inofensivos. Para el autor de “Niebla”, Don Quijote es parte de ese conjunto de almas que, como Santa Teresa, es uno de los tesoros más sublimes que un pueblo puede legar a la humanidad. Unamuno confiesa que su “Vida de don Quijote y Sancho” fue escrito con la intensión de repensar el Quijote contra cervantistas y eruditos, para hacer obra de vida de lo que era y sigue siendo para una gran mayoría: letra muerta. A él no le interesa lo que Cervantes quiso o no quiso poner en su libro o lo que realmente puso. Lo importante para Unamuno es lo que él es capaz de descubrir, lo haya puesto o no lo haya puesto Cervantes. Lo que Unamuno dice rastrear en el Quijote es la filosofía española, pues abriga cada vez más la convicción de que la filosofía española está líquida y difusa en su literatura, en su mística, sobre todo y no en sistemas filosóficos:

“Aparecéseme la filosofía en el alma de mi pueblo como la expresión de una tragedia íntima análoga a la tragedia del alma de Don Quijote, como la expresión de una lucha entre lo que el mundo es según la razón de la ciencia nos lo muestra, y lo que queremos que sea, según la fe de nuestra religión nos lo dice. Y en esta filosofía está el secreto de eso que suele decirse de que somos en el fondo irreductibles a la Kultura, es decir, que no nos resignamos a ella. No, Don Quijote no se resigna ni al mundo ni a su verdad, ni a la ciencia o lógica, ni al arte o estética, ni a la moral o ética.
«Es que con todo esto – se me ha dicho más de una vez y más que por uno – no conseguirías en todo caso sino empujar a las gentes al más loco catolicismo.” Y se me ha acusado de reaccionario y hasta de jesuita.
¡Sea! ¿Y qué?
Sí, ya lo sé, ya sé que es locura querer volver las aguas del río a su fuente, y que es el vulgo el que busca la medicina de sus males en el pasado; pero también sé que todo el que pelea por un ideal cualquiera, aunque parezca del pasado, empuja el mundo al porvenir, y que los únicos reaccionarios son los que se encuentran bien en el presente. Toda supuesta restauración del pasado es hacer porvenir, y si el pasado ese es un ensueño, algo mal conocido… mejor que mejor. Como siempre, se marcha al porvenir; el que anda, a él va, aunque marche de espaldas. ¡Y quién sabe si no es esto mejor!...
Siéntome con un alma medieval, y se me antoja que es medieval el alma de mi patria; que ha atravesado ésta, a la fuerza, por el Renacimiento, la Reforma y la Revolución, aprendiendo, sí, de ellas, pero sin dejarse tocar al alma, conservando la herencia espiritual de aquellos tiempos que llaman caliginosos. Y el quijotismo no es sino lo más desesperado de la lucha de la Edad Media contra el Renacimiento, que salió de ella.
Y si los unos me acusaren de servir a una obra de reacción católica, acaso los otros, los católicos oficiales… Pero estos en España apenas se fijan en cosa alguna ni se entretienen sino en sus propias disensiones y  querellas. ¡Y además, tienen unas entendederas los pobres!
Pero es que mi obra –iba a decir mi misión- es quebrantar la fe de unos y de otros, y de los terceros, la fe en la afirmación, la fe en la negación y la fe en la abstención, y esto por fe en la fe misma, es combatir a todos los que se resignan, sea al catolicismo, sea al racionalismo, sea al agnosticismo; es hacer que vivan todos inquietos y anhelantes.
¿Será esto eficaz? ¿Pero es que creía Don Quijote acaso en la eficacia inmediata de su obra? Es muy dudoso, y por lo menos no volvió, por si acaso a acuchillar segunda vez su celada. Y numerosos pasajes de su historia delatan que no creía gran cosa conseguir de momento su propósito de restaurar la caballería andante. Y qué importaba si asía vivía él y se inmortalizaba? Y debió de adivinar, y adivinó de hecho, otra más alta eficacia de aquella obra, cuál era la que ejercía en cuantos con piadoso espíritu leyesen sus hazañas.
Don Quijote se puso en ridículo, ¿pero conoció acaso el más trágico ridículo, el ridículo reflejo, el que uno hace ante sí mismo, a sus propios ojos del alma? Convertid el campo de batalla de Don Quijote a su propia alma; ponedle luchando en ella por salvar a la Edad Media del Renacimiento, por no perder su tesoro de la infancia, haced de él un Don Quijote interior – con su Sancho, un Sancho también interior y también heroico, al lado – y decidme de la tragedia cómica.
¿Y qué ha dejado Don Quijote? Diréis. Y os diré que se ha dejado a sí mismo y que un hombre, un hombre vivo y eterno, vale por todas las teorías y por todas las filosofías. Otros pueblos nos han dejado sobre todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier Crítica de la razón pura.
Es que Don Quijote se convirtió. Sí, para morir el pobre. Pero el otro, el real, el que se quedó y vive entre nosotros alentándonos con su aliento, ése no se convirtió, ése sigue animándonos a que nos pongamos en ridículo, ése no debe morir. Y el otro, el que se convirtió para morir, pudo haberse convertido porque fue loco y fue su locura, y no su muerte ni su conversión, lo que le inmortalizó, mereciéndole el perdón del delito de haber nacido. ¡Feliz culpa! Y no se curó tampoco, sino que cambió de locura. Su muerte fue su última aventura caballeresca; con ella forzó el cielo, que padece fuerza.
Murió aquel Don Quijote y bajó a los infiernos, y entró en ellos lanza en ristre, y libertó a los condenados todos, como a los galeotes, y cerró sus puertas, y quitando de ellas el rótulo que allí viera el Dante, puso uno que decía: ¡viva la esperanza!, y escoltado por los libertados, que de él se reían, se fue al cielo. Y Dios se rió paternalmente de él y esta risa divina le llenó de felicidad eterna el alma.
Y el otro Don Quijote se quedó aquí, entre nosotros, luchando a la desesperada. ¿Es que su lucha no arranca de desesperación? ¿Por qué entre las palabras que el inglés ha tomado a nuestra lengua figura entre siesta, camarilla, guerrilla y otras, la de desperado, esto es, desesperado? Ese Quijote interior que os decía, conciente de su propia trágica comicidad, ¿no es un desesperado? Un desperado, sí, como Pizarro y como Loyola. Pero, “es la desesperación dueña de los imposibles”, nos enseña Salazar y Torres (en Elegir al enemigo, act. I), y es de la desesperación y sólo de ella de donde nace la esperanza heroica, la esperanza absurda, la esperanza loca. Spero quia absurdum, debía decirse, más bien que credo.
Y Don Quijote, que estaba solo, buscaba más soledad aún, buscaba las soledades de la Peña Pobre para entregarse allí, a solas, sin testigos, a mayores disparates en que desahogar el alma. Pero no estaba tan solo, pues le acompañaba Sancho, Sancho el bueno, Sancho el creyente, Sancho el sencillo. Si, como dicen algunos, Don Quijote murió en España y queda Sancho, estamos salvados, porque Sancho se hará, muerto su amo, caballero andante. Y en todo caso, espera otro caballero loco a quien seguir de nuevo.
Hay también una tragedia de Sancho. Aquél, el otro, el que anduvo con el Don Quijote que murió no consta que muriese, aunque hay quien cree que murió loco de remate, pidiendo la lanza y creyendo que había sido verdad cuanto su amo abominó por mentira en su lecho de muerto y de conversión. Pero tampoco consta que murieran ni el bachiller Sansón Carrasco, ni el cura, ni el barbero, ni los duques y canónigos, y con éstos es con los que tiene que luchar el heroico Sancho.
Solo anduvo Don Quijote, solo con Sancho, solo con su soledad. ¿No andaremos también solos sus enamorados, forjándonos una España quijotesca que sólo en nuestro magín existe? Y volverá a preguntársenos: ¿qué ha dejado a la Kultura Don Quijote? Y diré: ¡el quijotismo, y no es poco! Todo un método, toda una epistemiología, toda una estética, toda una lógica, toda una ética, toda una religión sobre todo, es decir, toda una economía a lo eterno y lo divino, toda una esperanza en lo absurdo racional.
¿Por qué peleó Don Quijote? Por Dulcinea, por la gloria, por vivir, por sobrevivir. No por Iseo, que es la carne eterna; no por Beatriz, que es la teología; no por Margarita, que es el pueblo; no por Helena, que es la cultura. Peleó por Dulcinea, y la logró, pues que vive.
Y lo más grande de él fue haber sido burlado y vencido, porque siendo vencido es como vencía; dominaba al mundo dándole que reír de él. 
¿Y hoy? Hoy siente su propia comicidad y la vanidad de su esfuerzo en cuanto a lo temporal; se ve desde fuera –la cultura le ha enseñado a objetivarse, esto es, a enajenare en vez de ensimismarse-, y al verse desde fuera, se ríe de sí mismo, pero amargamente. El personaje más trágico acaso fuese un Margutte íntimo, que, como el de Pulci, muera reventando de risa, pero de risa de sí mismo. E riderá in eterno, reirá eternamente, dijo de Margutte el ángel Gabriel. ¿No oís la risa de Dios?
Don Quijote el mortal, al morir, comprendió su propia comicidad y lloró sus pecados, pero el inmortal, comprendiéndola, se sobrepone a ella y la vence sin desecharla.
Y Don Quijote no se rinde, porque no es pesimista, y pelea. No es pesimista porque el pesimismo es hijo de vanidad, es cosa de moda, puro snobismo, y Don Quijote ni es vano ni vanidoso, ni moderno de ninguna modernidad –menos modernista-, y no entiende qué es eso de snob mientras no se lo digan en cristiano viejo español. No es pesimista Don Quijote, porque como no entiende qué sea eso de la joie de vivre, no entiende de su contrario. Ni entiende de tonterías futuristas tampoco. A pesar de Clavileño, no ha llegado al aeroplano, que parece querer alejar del cielo a no pocos atolondrados. Don Quijote no ha llegado a la edad del tedio de la vida, que suele traducirse en esa tan característica topofobia de no pocos espíritus modernos, que se pasan la vida corriendo a todo correr de un lado para otro, y no por amor a aquel adonde van, sino por odio a aquel otro de donde vienen, huyendo de todos. Lo que es una de las formas de la desesperación.
Pero Don Quijote oye ya su propia risa, oye la risa divina, y como no es pesimista, como cree en la vida eterna, tiene que pelear, arremetiendo contra la ortodoxia inquisitorial científica moderna por traer una nueva e imposible Edad Media, dualística, contradictoria, apasionada. Como un nuevo Savonarola, Quijote italiano de fines del siglo XV, pelea contra esta Edad Moderna que abrió Maquiavelo y que acabará cómicamente. Pelea contra el racionalismo heredado del siglo XVIII. La paz de la conciencia, la conciliación entre la razón y la fe, ya, gracias a Dios providente, no cabe. El mundo tiene que ser como Don Quijote quiere y las ventas tienen que ser castillos, y peleará con él y será, al parecer, vencido, pero vencerá al ponerse en ridículo. Y se vencerá riéndose de sí mismo y haciéndose reír.
“La razón habla y el sentido muerde”, dijo el Petrarca; pero también la razón muerde, y muerde en el cogollo del corazón. Y no hay más calor a más luz. “¡Luz, luz, más luz todavía!” dicen que dijo Goethe moribundo. No, calor, calor, más calor todavía, que nos morimos de frío y no de oscuridad. La noche no mata; mata el hielo. Y hay que libertad a la princesa encantada y destruir el retablo de Maese Pedro.
¿Y no habrá también pedantería, Dios mío, en esto de creerse uno burlado y haciendo el Quijote? Los regenerados (Opvakte) desean que el mundo impío se burle de ellos para estar seguros de ser regenerados, puesto que son burlados, y gozar la ventaja de poder quejarse de la impiedad del mundo, dijo Kierkegaard”.


    (en… “Del sentimiento trágico de la vida”, págs.: 312-318)


Resúmenes de Obras
Famosas, vol. 3 de
Guillermo Delgado.
En mis “Resúmenes de Obras Famosas”, publiqué un resumen completo de este ensayo; lo transcribo porque considero que puede ser de interés para muchos lectores:


VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO
Este libro de don Miguel de Unamuno fue publicado por primera vez en el número de abril de 1905 de la revista “La España Moderna”. La crítica de gran historia de raza, la marca uno de sus libros más hondos simbólicamente: “La vida de don Quijote y Sancho”. Capítulo por capítulo va comentando Unamuno con hondura, con sentido eterno de la raza, con la verdadera incorporación del mito hispánico a la España de su tiempo. Muy personal, muy del vasco Unamuno, es el continuo y sugestivo paralelo que hace entre las vicisitudes de don Alonso Quijano y otros parecidos que, en la vida real, acontecieron a San Ignacio de Loyola. En el capítulo I de la primera parte Unamuno nos manifiesta que nada sabemos del nacimiento del Quijote, nada de su infancia y juventud. Nada sabemos de sus padres, linaje y abolengo. Se nos aparece el hidalgo cuando frisaba los cincuenta años, en un lugar de la Mancha, pasándolo pobremente. La ociosidad y un amor desgraciado por Aldonza Lorenzo (hija de Aldonza Nogales y Lorenzo Corchuelo) le llevaron a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó el ejercicio de la caza y aún la administración de su hacienda. El deseo de la gloria fue su resorte de acción. Y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio.
Perdió Alonso Quijano el juicio, para ganarlo en Don Quijote, un juicio glorificado. En el capítulo II, donde el Quijote es armado caballero por un bellaco, don Alonso Quijano realiza su primer entuerto al tratar de doncellasa dos rameras que le dieron de comer. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por el “Caballero de la triste figura”, como le llamó Sancho, y llevadas por él a la dignidad de doñas. Para Unamuno estas dos pecadoras, al ver tan extraño caballero, debieron de sentirse conmovidas en lo más hondo de sus entrañas de maternidad, y al sentirse madres, viendo en don Quijote al niño, como las madres a sus hijos, le preguntaron si quería comer. En el Capítulo IV, camino de Monserrate, se encuentra con un grupo de mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Don Quijote quiere imponerles que reconozcan las dotes de Dulcinea, pero éstos se niegan alegando que no pueden dar una opinión sin conocer a la mencionada dama. Don Quijote se enfrenta a los mercaderes y, como la mayoría de las veces, lleva la peor parte. Aquí Unamuno ve simbolizado el drama fatal de quien hace triunfar la verdad del espíritu, contra el mundo sometido a un craso materialismo. Don Quijote quería hacer confesar a aquellos hombres, cuyos corazones amonedados sólo veían el reino material de las riquezas, que hay un reino espiritual, y redimirlos así, a pesar de ellos mismos. En el Capítulo VI, aquel donde el barbero maese Nicolás y el cura Pero Pérez hacen una recensión de los libros que llenaban la biblioteca del hidalgo, es pasado por alto por Unamuno porque considera que todo lo que él contiene no es más que crítica literaria y que por eso debe importarnos muy poco; “trata de libros y no de vida”. En este capítulo se aprecia a la sobrina de don Quijote, Antonia Quijano, muy presta a que se haga una hoguera en el patio de la casa, donde ardan todos aquellos libros que han perturbado la cabeza de su tío.
Los libros que fueron quemados son: “Sergas de Esplandián” de Garci Rodríguez de Montalvo; “Amadís de Grecia” de Feliciano de Silva; “Don Olivante de Laura” de Antonio de Torquemada; “Florismarte de Hircania” de Melchor Ortega; “El caballero Platir” de autor anónimo; “El caballero de la cruz” de autor anónimo; “Espejo de caballerías” de López de Santa catalina; “Bernardo del Carpio” de Agustín Alonso; “Roncesvalles” de Francisco Garrido Vicena; “Palmerín de Oliva” de Francisco Vásquez; “La Diana” (llamada segunda del salmantino, continuación desafortunada de la obra de Montemayor, hecha por Alonso Pérez, médico de Salamanca); “El pastor de Iberia” de Bernardo de la Vega, “Ninfas de Henares” de Bernardo Gonzáles de Bobadilla, y “Desengaño de celos” de Bartolomé López Enciso. Los que se salvaron de la hoguera fueron: “Amadís de Gaula” de Garci Rodríguez de Montalvo; “Don Belianés” de Jerónimo Fernández; “Historia del famoso caballero Tirante el Blanco” de Johanot de Martorell; “Diana” de Jorge de Montemayor; “Diana enamorada” de Gaspar Gil Polo; “Los diez libros de fortuna de amor” de Antonio de Lofraso; “El pastor de Fílida” de Luis Gálvez de Montalvo; “Tesoro de varias poesías” de Pedro Padilla; “El cancionero” de López Maldonado; “La Galatea” de Miguel de Cervantes; “La Araucana” de Alonso de Ercilla y Zúñiga; “La Austriada” de Juan Rufo; “El Monserrate” de Cristoal de Virúes y “Las lágrimas de Angélica” de Luis Barahona de Soto. En el Capítulo VII, quince días estuvo sosegado en su casa Don Quijote después que regresó de su primera salida. En este tiempo solicitó a un labrador, vecino suyo, llamado Sancho Panza para que fuese su escudero. Sancho, dejando a su mujer, Teresa Panza, y a sus hijos, parte con aquel hombre de complexión recia y rostro enjuto. Necesitaba a Sancho para hablar, para oírse a sí mismo. Unamuno destaca la fe del escudero, la fe que por el camino de creer sin haber visto le lleva a la inmortalidad de la fama, antes ni aún soñada por él siquiera. Por toda la eternidad puede decir: “Soy Sancho Panza, el escudero de Don Quijote”. Y ésta es y será su gloria por los siglos de los siglos. En el Capítulo VIII, Don Quijote y Sancho descubrieron treinta o cuarenta molinos, que son tomados por desaforados gigantes por Don Quijote, que sin hacer caso a Sancho, se encomienda de todo corazón a su señora Dulcinea y arremetió a ellos, dando otra vez con su cuerpo en tierra. Tenía razón el Caballero: el miedo y sólo el miedo le hacía a Sancho y nos hace a los demás simples mortales, ver molinos de viento en los desaforados gigantes que siembran mal por la tierra. Para Unamuno hoy ya no se nos aparecen como molinos, sino como locomotoras, dinamos, turbinas, buques de vapor, automóviles, telégrafos con hilos o sin ellos, ametralladoras y herramientas de ovariotomía, pero conspiran al mismo daño. El miedo, según el autor, y sólo el miedo sanchopancesco nos inspira el culto y veneración al vapor y a la electricidad, el miedo, y sólo el miedo sanchopancesco nos hace caer de hinojos ante los desaforados gigantes de la mecánica y la química implorando de ellos misericordia. Así, para Unamuno, el ataque a los molinos de viento es elevado a símbolo de la lucha del espíritu contra la brutalidad de la máquina. En los Capítulos XII y XIII Don Quijote discurre con Vivaldo sobre lo de encomendarse los caballeros andantes a su dama antes que a Dios, y dando las razones que había leído llegó a la de no poder ser caballero andante sin dama, “porque tan propio y tan natural les es a los mortales enamorarse como al cielo tener estrellas”. Para Unamuno Don Quijote amó a Dulcinea con amor acabado y perfecto, con amor que no corre tras deleite egoísta y propio; entregóse a ella sin pretender que ella se le entregara. Salió a conquistar gloria y laureles para ir luego a depositarlos a los pies de su amada. Su amor no es el amor interesado de Don Juan Tenorio quien sólo busca saciar su apetito carnal. Don Quijote amó a Dulcinea con amor acabado, sin exigir ser correspondido, dándose todo él y por entero a ella. El mismo le declara a Sancho en Sierra Morena (Capítulo XXV), que sus amores con Dulcinea fueron siempre platónicos, sin extenderse a más que a un honesto mirar. En doce años sólo la ha podido ver cuatro veces, de soslayo y a la distancia. En el Capítulo XV, cuando Rocinante se fue a refocilar con unas jacas gallegas de unos arrieros yangüenses, éstos lo recibieron a coces y mordiscos, y dos arrieros lo remataron a palos. Viendo Don Quijote que no eran caballeros, sino “gente soez y de baja ralea”, demandó ayuda de Sancho, quien le hizo ver que no podían vengarse de más de veinte sólo dos. Don Quijote replica, “yo valgo por ciento”, dicho esto, echó mano a su espada y arremetió a los Yagüenses, y lo mismo hizo Sancho, incitado y movido del ejemplo de su amo. 
Unamuno no sabe que es más digno de admirar, si el heroísmo quijotesco bajo la fe de “yo valgo por ciento” o el heroísmo sanchopancesco bajo la fe de que su amo valía por cien. La fe de Sancho en Don Quijote es aún más grande, si cabe, que la de su amo en sí mismo. La fe verdadera no razona ni aún consigo misma. En el Capítulo XXII, Don Quijote libera a unos galeotes que iban presos “de por fuerza y no de su voluntad” y esto le bastó a don Alonso Quijano para liberarlos. Pidió a sus opresores que los libertaran, y como se opusieron, arremetió contra ellos, y ayudado por Sancho y los galeotes mismos, logró liberarlos. Bien habría estado que al prender a cada uno de aquellos galeotes se les hubiera dado una tanda de palos, pero… ¿Llevarlos a galeras? “parece duro caso –como dijo Quijote – hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres”. Para Unamuno está bien seguir a la culpa su natural consecuencia, el golpe de la cólera de Dios o de la cólera de la naturaleza, pero la última y definitiva justicia es el perdón. Dios, la naturaleza y Don Quijote castigan para perdonar. Castigo que no va seguido de perdón, ni se endereza a otorgarlo a cabo, no es castigo, sino odioso ensañamiento. La liberación de los galeotes por parte de Don Quijote da ocasión, a don Miguel, de desarrollar la doctrina de una justicia más humana y espontanea que la legal. Cervantes, en su libro inmortal, separó en absoluto la justicia española de la justicia vulgar de los Códigos y Tribunales; la primera la encarnó en Don Quijote y la segunda en Sancho Panza. En el Capítulo XLV, aquél “donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino”, Unamuno analiza magistralmente, una de las aventuras quijotescas más bellas de las cuantiosas que se suceden en la célebre obra cervantina. Cabe aquí dar una mirada retrospectiva al Capítulo XXI del Quijote, donde éste, en compañía de Sancho, encuentra en un camino a un hombre montado sobre un asno, que traía sobre la cabeza un objeto reluciente, que no era más que una bacía de latón. Este hombre era un barbero que se dirigía a un pueblo cercano para realizar una labor referida a su profesión. Ante una lluvia intempestiva, el hombre, para que no se manchase el sombrero nuevo que traía puesto, colocóse la bacía sobre la cabeza; y como estaba limpia relumbraba. Pero esto, a los ojos de nuestro amado Don Quijote, aparecía como el famoso de Mambrino, del cual había tenido noticias a través de sus libros de caballería. El célebre yelmo, del cual se hace alusión en el “Quijote”, es el mismo que aparece en un episodio del “Orlando furioso” de Ludovico Ariosto. El yelmo pertenecía a Dardinel, a quien Reinaldo de Montalbán quitó la vida y el famoso yelmo encantado, que el primero había conquistado al rey Moro, Mambrino. Don Quijote no duda en arremeter contra el sorprendido barbero, quien espantado ante tal aparición, huye dejando bacía y asno. Satisfecho de su hazaña, don Quijote se coloca el “yelmo de Mambrino” sobre su cabeza.
Regresando al Capítulo XLV, encontramos al barbero discutiendo con don Quijote. El primero afirma que aquello que “el Caballero de la triste figura” luce es su bacía; pero para el caballero es un yelmo, y así lo manifiesta ante todos los presentes. “¡Sublime fe que afirmo en voz alta, bacía en la mano, y a la vista de todos, que era yelmo”. Cuando Sancho dice en apoyo de su amo: “En eso no hay duda, porque desde que mi señor le ganó hasta ahora no ha hecho con el más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasar entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance”. A esto replica Unamuno… ¿Baciyelmo? ¿Baciyelmo, Sancho? ¡No hemos de ofenderte creyendo que esto de llamarle baciyelmo fue una de tus cosarronerías, no!; es la marcha de tu fe. No podias pasar de lo que tus ojos te enseñaban, mostrándote como bacía la prenda de la disputa, a lo que la fe en tu amo te enseñaba, mostrándotela como yelmo, sin agarrarte a éso del baciyelmo.
En esto sois muchos los sanchos, y habéis inventado lo de que en el medio está la virtud. No, amigo Sancho, no; no hay baciyelmo que valga. Es yelmo o es bacía, según quien de él se sirva, o mejor dicho, es bacía y es yelmo a la vez porque hace a los dos trances. Sin quitarle ni añadirle nada, puede y debe ser yelmo y bacía, todo él yelmo y toda ella bacía; pero lo que no puede ser ni debe ser, por mucho que se le quite o se le añada, es baciyelmo”. En pocas aventuras se nos aparece don Quijote más grande que en ésta en que se impone su fe a los que se burlan de ella y los lleva defenderla a puñetazos y a coces y a sufrir por ella. Como dice don Miguel de Unamuno. “Son los mártires los que hacen la fe más bien que la fe a los mártires”. Es admirable su valor al afirmar delante de todos que aquella bacía era el yelmo de Manbrino; para Unamuno, es ese valor el que necesitan los españoles y cuya falta les tiene perlesiada el alma; “Por falta de él, no somos fuertes, ni ricos, ni cultos, por falta de él no hay canales de riego, ni pantanos, ni buenas cosechas”. Y agrega… “Nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá aquí camino que lleven a parte adonde merezca irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco. No tendremos vida exterior poderosa y espléndida y gloriosa y fuerte, mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de mentira, y la mentira es el pan de cada día para nuestro espíritu”.
Unamuno invoca para su España una aguerra civil que encienda en el corazón del pueblo el fuego de las eternas inquietudes. En el Capítulo VI de la segunda parte, hubo de oír el buen caballero que una rapaza como su sobrina, Antonia Quijano, que apenas si sabía menear doce palillos de randas, se atreviera a negar que haya habido caballeros andantes en el mundo y, que más aún, osara decir a su tío… “y que con todo esto dé una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida que se dé a entender que es valiente siendo viejo, que tiene fuerzas entando enfermo, y que endereza tuertos estando por la edad agobiado y sobre todo que es caballero no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres”.
Don Miguel de Unamuno se lamenta de que rapazas como Antonia Quijano sean las que dominen y lleven hoy a los hombres de España, ella, la muy simplona, no comprende que pueda un viejo ser valiente y tener fuerzas un enfermo y enderezas tuertos el agobiado por la edad y sobretodo no comprende que pueda un pobre ser caballero. Duda Unamuno que sus comentarios caigan bajo los ojos de alguna Antonia Quijano, porque las mujeres así no gustan leer cosa para la que tengan que fruncir la atención y rumiar algo lo leído; les bastan noveluchas de diálogo muy cortado o de argumento que suspenda el ánimo por lo terrible, o ya libricos devotos tupidos de superlativos acaramelados o de desabridas jaculatorias. En elCapítulo X, Unamuno no puede reprimir su pesadumbre y angustia de analizar el contenido del mismo. En él, Don Quijote y Sancho llegan a Toboso, donde nuestro hidalgo llevará a cabo, después de doce años de espera e ilusiones su más grande sueño: el de ver a su amada Dulcinea del Toboso. Cuando el hidalgo “Caballero de la triste figura” envía a su escudero a buscar a Dulcinea él se queda esperando en un bosque en las afueras de Toboso. Y aquí se da el soliloquio de Sancho al pie de un árbol y el declararse que su amo era un loco de atar y él no se quedaba atrás, siendo más mentecato que aquél, pues, le seguía y servía, y aquí se decide engañarle haciéndole creer que una labradora, la cual llevaría a su presencia, era su dulce amada, y en caso de que su amor dudara, él estaría dispuesto a jurar cuantas veces fuera necesario para convencerlo. Y así nos encontramos al fiel Sancho decidido a engañar a su amo y convertirse así en uno más de sus burladores. Aconteció, pues, que al volverse Sancho a su amo salían del Toboso tres labradoras sobre tres pollinos o pollinas, y se las presentó a don Quijote como Dulcinea y dos doncellas, diciendo que venía a verle. Sancho hizo su comedia, teniendo de cabestro al jumento de una de las tres labradoras, hincándose de rodillas y enderezándole aquel saludo que nos ha conservado la historia. Don Quijote miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora, y en que él, don Quijote, esperó ver a Dulcinea, y debajo de él, Alonso Quijano esperaba a Aldosa Lorenzo. Para el hidalgo caballero aquella mujer no era más que una aldeana y de no buen rostro, porque era carirredonda y chata.
La interpelada reaccionó groseramente ante aquellos dos desconocidos, de quienes ella creía ser motivo de burla. Llegado a este punto, don Quijote dijo a Sancho que se levantara, y dirigiéndose a la mujer le dijo: … “Y tú, ¡Oh extremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestigio, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que mi alma te adora”. Este es el lamento infinito de Alonso el Bueno, el más desgarrador quejido que jamás haya brotado del corazón del hombre.
¿No nos entran ganas de llorar oyendo este plañidero ruego? De este Lamento brota la voz agorera y eterna del eterno desengaño humano. Esperar doce largos años y… ¿Para qué? ¡Ni la locura te valió buen caballero! Cuando al cabo de doce años ibas a tocar la gloria, la brutal realidad te da en el rostro. Entre los Capítulos XII, XIII, XIV y XV se desarrolla el encuentro de don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos, que no resultó ser otro, que el bachiller por Salamanca, Sansón Carrasco, que de acuerdo con el cura y el barbero ideó aquella traza para obligar a don Quijote a que se redujese a su casa. Don Quijote concertó un duelo con el bachiller, bajo condición de que el vencido quedase sujeto a obedecer al vencedor. Salió vencedor don Quijote, y con ésto, el bachiller hubo de retractarse de una serie de cosas que había dicho y que habían enfadado a nuestro hidalgo, como aquella en que afirmaba que su amada Casildea de Vandalia aventajaba en hermosura a Dulcinea del Toboso. Pero… ¡Qué razón había para ir a pelear Sansón Carrasco contra don Quijote?, se pregunta Unamuno “es que fuiste y eres generoso caballero, su enemigo, como lo es todo hidalgo heroico y generoso de todo bachiller socarrón y rutinero, le diste ocasión de ojeriza, pues cobraste con tus locas hazañas una fama que él nunca alcanzó con sus cuerdos estudios y bachillerías salamanquesas, y era tu rival y te tenía envidia. Y aunque declaró, y acaso así lo creyese el mismo, que salió al campo con la mira a reducirte a cordura, la verdad es que le movió a ello, tal vez sin él percatarse del motivo, su deseo de unir su nombre al tuyo y de andar junto contigo en lengua de la fama, como lo consiguió”. En el Capítulo LXXIV, último de la inmortal obra cervantina, llegamos al final de esta lastimosa historia; “a la coronación de la vida de don Quijote, o sea a su muerte, y a la luz de la muerte es como hay que mirar la vida” dice Unamuno. Seis días estuvo en cama con calentura, desahucióle el médico, quedóse solo y durmió más de seis horas de un tirón. Llamó don Quijote a sus buenos amigos el cura, al bachiller Sansón Carrasco y a Maese Nicolás el barbero y pidió confesarse y hacer testamento.  Apenas vio entrar a los tres dijo: “Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno” …” ¡Pobre don Quijote! A lindero de morir, y a la luz de la muerte, confiesa y declara que no fue su vida sino sueño de locura! ¡La vida es sueño! Tal es, en resolución última, la verdad es que con su muerte llega don Quijote, y, en ella se encuentra con su hermano Segismundo”. Sancho, henchido de fe y loco de remate cuando su amo se moría cuerdo, díjole llorando: “¡Ay, no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más!”. “¿La mayor locura Sancho?” replica Unamuno, y prosigue: … “pudo contestarte tu amo, con palabras del maestre Rodrigo Manrique, tales cuales en su boca las pone su hijo don Jorge, el de las coplas inmortales… Y consiento en mi morir/ con voluntad placentera/ clara y pura/ que querer hombre vivir, / cuando Dios quiere que muera, / es locura!, y así se apagó la vida de aquel valeroso hidalgo de la Mancha, cuya fama ha superado largamente la de su creador. Si fue sueño y vanidad su ansia de vida eterna, toda la verdad se encierra en aquellos versos de “La Odisea”: “Los dioses traman y cumplen la perdición de los mortales para que los venideros tengan algo que cantar” (Canto VIII, 579-580).”
(en… “Resúmenes de Obras Famosas”, Volumen 3, primera edición –Febrero 1985, Gabrielle Editores).     


Comentarios certeros y elogiosos a “Vida de Don Quijote y Sancho” surgieron de la exquisita prosa de Antonio Machado, quien sintió por Unamuno una admiración pocas veces vista entre escritores: los celos juegan a veces un papel travieso. En las obras completas de Antonio Machado publicadas por el Instituto Cervantes el 2006, en el apartado IV - Prosas sueltas de preguerra, entramos 14 cartas dirigidas por Machado a Unamuno. Todas ellas con una deferencia y cariño evidente, fechadas entre 1904 hasta 1934, dos años antes de la muerte del escritor vasco. “Querido maestro”, “Querido, admirado maestro”,Queridísimo don Miguel”, son algunos de los encabezados con que se inician las misivas. Cuando muere Concepción Lizárraga, Machado, a través de una breve nota, se aúna al dolor del viudo: 


“Sr. D. Miguel de Unamuno.
Queridísimo maestro: con
toda el alma lele acompaña en
su dolor y le envía un fuerte
abrazo su viejo amigo”.
Antonio Machado
Madrid, 17-5-1934.


Yendo al artículo de Machado sobre el libro “Vida de Don Quijote y Sacho”, extraemos algunos fragmentos:

“Él es también un caballero andante, bueno al fin, para amar y  comprender a Don Quijote. Sabe de quijoterías. En el ambiente de triste paz en que vivimos sólo Unamuno y unos cuantos guerrean – que no hemos de llamar guerra a disputas de comadres y pedreas de golfos. (…) sirve honradamente a su dulcinea este caballero, siempre dispuesto a todo noble combate. (…) El libro “Vida de Don Quijote y Sancho es, sin duda, lo mejor que se ha escrito en español sobre los héroes de Cervantes, aunque recientemente se han publicado obras estimabilísimas, con el mismo o parecido tema. Empezando por lo que menos importa, os diré que el libro de Unamuno está muy bien escrito; Unamuno escribe muy bien. ¿Y cómo no, si piensa y siente bien? Tiene además de la lengua que emplea profundo conocimiento, que yo no he sondeado, pero sospecho. (…) cierta rudeza y montuosidad hay, no obstante, en la prosa de Unamuno, que nos hace pensar en la tierra vasca, pero esto de que un escritor recuerde a su tierra, más es virtud que defecto. Y para indicar algo de lo esencial del libro, dice que está impregnado de tan profundo y potente sentimiento que la ideal del pensador adquieren fuerza y expresión de imágenes de poeta. Esto es lo que importa. Sólo el sentimiento es creador. Las ideas se destruyen y pasan. En realidad, ni las ideas de los pensadores, ni las imágenes de los poetas, son nada fuera del sentimiento de que nacen. Una idea no vale más que una metáfora; generalmente vale menos. La pura ideología y la fría imaginativa son deleznables. (…) Nació para durar mucho tiempo el libro “Vida de Don Quijote y Sancho” de Miguel de Unamuno. ¿Y cómo no, si en él alienta un poeta, quiero decir un hombre que siente y piensa, y sueña y ama, sufre, cosas que poco o nada tienen que ver con la literatura?”.
(“Divagaciones (en torno al último libro de Unamuno), Antonio Machado, en Obras Completas, Volumen 2, Instituto Cervantes, 2006”) 


Unamuno publicó artículos en
La Nación de Buenos Aires,
recopilados en este libro por
Urrutia Salaverri.
Unamuno publicó muchos artículos en “La Nación” de Buenos Aires, muchas de ellas no conocidas en España, por lo que fueron publicados en libros como “Contra esto y aquello”, Madrid 1912. El título se ajusta a la personalidad del autor, pues, don Miguel fue un hombre “no-conformista” por naturaleza; el título, es decir, contra todo, deja entrever lo más característica de su temperamento. Este libro también mereció un artículo de Antonio Machado, fechado en julio de 1913. Extraigamos algunos fragmentos:


“No pienso yo que a Unamuno se le desconozca entre nosotros ni que se le escatime la admiración que merece; pero sí que sus obras no alcanzan el número de lectores a que están destinadas. (…) Siempre tuve al ilustre Rector de Salamanca por un gran patriota, y sus trabajos publicados en América son los que más me confirman en esta opinión. Su patriotismo, más invasor que conservador, es una avanzada espiritual de nuestra patria en tierras de Ultramar. Son muchos los periódicos y revistas que me llegan de América, donde reconozco una influencia más o menos patente del pensamiento de Unamuno (…) El patriotismo de Miguel de Unamuno tiene una firme base religiosa, como él mismo declara en el capítulo “Educación por la historia”, consagrado a comentar un libro de Ricardo Rojas [Escritor argentino, cuya “Historia de la literatura argentina” bastaría para acreditarlo de erudito, y proclama la justicia que se le hizo al concedérsele el primer premio nacional de literatura otorgado en su patria. Tuvo alguna intervención en la política, destacándose por su intransigencia ante la dictadura de Juan Domingo Perón. Murió el 29 de julio de 1957]. “Por mi parte – dice Unamuno en este capítulo – no acierto a explicarme un sólido patriotismo sin una cierta base religiosa. Claro está que no quiero decir base dogmática de una Iglesia determinada, sino que no me explico una patria que sea tal, un pueblo que tenga un cierto vislumbre de su misión y papel en el mundo, no siendo que su conciencia colectiva responda, aunque sea por manera obscura, a los grandes y eternos problemas humanos de nuestra finalidad última y nuestro destino”. (…) Los artículos que dedica Unamuno a comentar las conferencias de Le maitre sobre Roussean son, a mi juicio, de lo mejor que este libro contiene. Pero sigamos oyendo a nuestro egregio compatriota. “Siempre en el seno del catolicismo ha habido dos tendencias. Una, la genuinamente religiosa, la mística si se quiere, la no pervertida por el moralismo mundano, la que floreció con los Jansenistas – la que muestra el lado por donde el catolicismo puede entenderse y concordarse con las más confesiones cristianas, y de otra parte la tendencia política, la específicamente católica, la escéptica. Los católicos de la primera tendencia han sentido simpatía por Roussean, aun deplorando los que estiman sus honores y aversión a Voltaire, mientras que los católicos de la segunda tendencia han tenido a Roussean y se han recreado con las polissonneires de Voltaire. (…) M. Lemaitre parece acercarse a este segundo y horrendo catolicismo Volteriano, resucitado por motivos políticos, y sobre todo, por francesismo, a este catolicismo nacionalista que es la ruina de toda verdadera piedad. Y este catolicismo se está poniendo de moda en Francia”.


      (Obras completas, Volumen 2, págs. 1538-1541)


En este artículo sobre el libro de Unamuno. “Contra esto y aquello”, Machado arremete con acritud contra la Francia literaria. Ironía del destino, Machado moriría en Francia, en el pueblo de Collioure, el 22 de febrero de 1939. Escuchemos la voz del poeta:

“Es evidente que la Francia actual literaria y filosófica se caracteriza por una carencia de originalidad, por una tendencia mezquinamente reaccionaria y por una farsantería que sería cómica si no estuviese mezclada con terrores de Apocalipsis. Los que hemos vivido en Francia algún tiempo en estos últimos años sabemos que este gran pueblo espiritualmente agotado no tiene hoy otra fuerza de cohesión que el miedo. El miedo se llama hoy allí patriotismo, nacionalismo, catolicismo, clasicismo, etc.; etc. En el alma de todo francés de mediana conciencia están escritas las palabras fatídicas del festín de Baltasar. He aquí el secreto de tantas conversaciones. Y nosotros que formamos un pueblo lleno de vitalidad, de barbarie y de porvenir, simpatizamos con este viejo verde, podrido hasta la médula, por su maestría en el arte cosmética. Error gravísimo y afición nefanda. Nuestras almas necesitan quien les enseñe a lavarse la cara, no a pintarse de colorete. ¿Qué absurda ceguedad nos lleva a imitar todo lo francés? ¡Oh, si los Pirineos se convirtiesen en el Himalaya! ¿Negaremos por esto que a Francia debemos las tres cuartas partes de nuestra cultura en los dos siglos pasados? De ningún modo. No es menos cierto que hoy recibimos de Francia solamente productos de desasimilación, toda clase de géneros averiados y putrefactos: sensualismo, anarquismo, pornografía, decadentismo y pedantería aristocrática”.  


             (Ibídem, Volumen 2, págs. 1542-1563)


Uno de los mejores artículos de “Contra esto y aquello” es el que lleva por título “Prosa aceitada”. Aquí Unamuno arremete contra los escritores que están pegados al estilo, a la gramática, que a la creación propiamente dicha, tan lejana de la preceptiva que “obstaculiza el pensamiento, el sentimiento, la natural creatividad. Así como hizo alusión a Ricardo Rojas cuando hablaba de patriotismo y religión, ahora nombra a Domingo Sarmiento, el gran educador argentino, a quien considera un prosista superior a muchos que tienden a volcar en sus escritos muchas “palabrejas” para, según ellos, hacerlos más interesantes. La literatura ha caído en manos de profesionales, quienes tratan de imponer modas, “buen gusto”, viciosas fraseologías. Veamos el artículo en mención:

No hay nada más deplorable, desde el punto de vista estético, que eso que llaman estilo los estilistas. Por regla general, da sueño. Sueño, y un sueño profundísimo, me da la prosa de hamaca de cierto prosista nuestro, cuya preocupación es ayuntar por primera vez dos palabras que antes no se han visto juntas.
Cuando he tenido que aguantar algo de esta prosa aceitada, prosa de ebanistería, me vuelvo a leer a Platón o Benvenuto Cellini en aquellos sus párrafos negligentemente sueltos, llenos de anacolutos o cabos sueltos, de repeticiones, de construcciones según sentido y no según gramática; me vuelvo a leer esa prosa “hablada”, hastiado de la prosa escrita.
Porque, en efecto, aquello parece dictado de palabra a un escribiente – y a un escribiente taquígrafo no pocas veces – o escrito al correr de la pluma sin volver atrás los ojos, olvidando una línea cuando se está en la siguiente, en libre charla. Y es lo único que da la sensación de la vida.
Cuando me dicen de un hombre que habla como un libro, contesto que prefiero los libros que hablan como los hombres.
Y este es uno de los encantos que para mí tiene Sarmiento: su prosa, su prosa hablada, y a las veces agitada.
Ya sé que a muchos de esos… ¿les llamaré modernistas? les parecerá una herejía literaria el que trate de presentar a Sarmiento como un prosista, y, sin embargo, así es. Le tengo por un gran prosista, inmensamente superior a todos los que andan tachando de los párrafos asonancias y repeticiones y buscando discordancias gramaticales, y no digo superior a los que vuelcan el diccionario en sus escritos y hacen un artículo para colocar una palabreja, porque éstos no son prosistas, ni buenos ni malos. Son otra cosa.  
Lo que hay es que la buena prosa, quiero decir, la prosa natural y viva, la prosa hablada, hay que saber leerla, y la inmensa mayoría de los lectores no saben leer.
No han perdido el tornillo que cogieron en la escuela, ni son capaces de leer de modo que uno que no les vea que lo hacen ignore si es que leen o que dicen. 
Diciéndome un día un amigo que ciertos versos – míos, por cierto – no le sonaban, hube de replicarle: si los has leído tú mismo, no lo extraño. Cierta música si ha tardado en entrar en los gustos del público es porque la cantaban o la tocaban en un principio cantores y tocadores educados a cantar y tocar otra música. Y así pasa con el verso y con la prosa. Y aquí, en España por lo menos – y supongo sucederá ahí lo mismo- priva un sistema de recitación verdaderamente deplorable.
Es un canturreo que da sueño. Y de ello tienen mucha culpa los actores.
Decíame en cierta ocasión un sujeto que no había entendido bien un artículo mío, y entonces le invité a que, leyéndoselo yo, cuando llegase al pasaje o pasajes oscuros me lo advirtiera, para procurar yo aclarárselos. Empecé a leer mi artículo, continué leyéndolo y lo terminé sin que el buen señor hubiese chistado, y como al concluir le dijera: “y bien, ¿qué es lo que usted no ha entendido?”, me replicó: “No, no, esta vez lo he entendido todo muy bien.” Y entonces yo: “¿Sabe usted lo que es esto? Que usted, como tantos otros, no sabe leer.”
Estoy completamente convencido de que si se recogiesen con toda fidelidad taquigráfica los discursos y se publicaran luego, impidiendo que sus autores los corrigiesen, como acostumbran hacer, habrían de aparecer a muchos confusos y oscuros párrafos que al ser pronunciados fueron entendidos perfectamente por los oyentes. Y si se hiciese un estudio de sintaxis castellana “hablada”, es decir, viva y natural, sobre la base de discursos así recogidos y de conversaciones tomadas a fonógrafo, se vería cuánto discrepa de la sintaxis preceptiva a que ajustan los estilistas su  prosa aceitada.
La prosa de Platón no resiste la crítica de un maestro de escuela o de un prosista modernista. (Después de leído esto, me ha asaltado por un momento el prurito de cambiar la voz “prosista” por la de “prosador”, para evitar así algo que se sigan dos palabras aconsonantadas; pero luego he desechado la tentación, ateniéndome a mi sistema de ir en lo posible hablando lo que escribo.)
En lo posible, digo, porque la lengua escrita o literaria –literario deriva de “litteras”, letra equivaliendo, por tanto, literatura a escritura –se insinúa y mete en la lengua hablada o conversacional, querámoslo o no.
Coleridge, en aquella su Biographia literaria, de la que dice Arturo Symons que es el libro más grande de la crítica que hay en inglés y uno de los más aburridos que haya en cualquier idioma, nos dice: “Dudo de si es siquiera posible conservar nuestro estilo enteramente limpio de la viciosa fraseología que se nos cuela de todas partes, desde el sermón al periódico, desde la arenga del legislador al brindis de un banquete. Rechinan nuestras cadenas mientras estamos quejándonos de ellas”.
Y así tal vez rechine en esta mi prosa la cadena literaria, mientras me estoy quejando de ella.
Y al hablar de literario y de literatura con un cierto desdén, no vaya a creer el lector que desdeño la belleza, la hermosura y la poesía, no. Es que son cosas muy diversas, y hay excelentes, excelentísimos literatos, tanto en prosa como en verso, y hasta artistas que tienen muy poco oi nada de poetas. Y, en cambio, en no pocas de las más rudas e incorrectas décimas del Martin Fierro – para poner en ejemplo de esa tierra – hay mucha más poesía, muchísima más que en tantas composiciones de eso que llaman rima rica, y llenas de garambainas artificiosas y de musiquilla de bandolín. 
El literatismo, tal es la plaga de la actual literatura española e hispanoamericana, o si se quiere la literatura, es hoy entre nosotros el verdugo de la poesía. O por otro nombre, eso que con vocablo de origen italiano se llama el “virtuosismo”.
El pianista “virtuoso” se presenta al público a ejecutar difíciles “estudios”, y los pianistas, buenos y malos y medianos que hay en el público salen exclamando. ¡qué ejecución!, ¡qué dedos!, ¡qué artistazo! Y el resto del público se aburre soberanamente al oír prestidigitación en vez de música. Y yo digo: “a estudiar a casa; aquí no se debe venir a darnos estudios ni a mostrarnos la dificultad vencida, sino a recrearnos el ánimo o a excitárnoslo”.
Y es lo más curioso que esos señores virtuosos de las letras se entretienen en crear dificultades nada más que para darse luego pisto por haberlas vencido. No son otra cosa las más de las reglas de nuestra preceptiva llamada poética, y las más de las reglas del arte de escribir.
En el fondo de todo esto que nos está pasando no hay sino una completa carencia de ideales, no ya éticos, sino estéticos y aun puramente literarios. Los más están haciendo literatura de literatura, novelas sacadas de otras novelas, dramas extraídos de dramas, lírica que no es sino eco de otras líricas. Y lo que hacen falta son bárbaros.
El ser bárbaro no implica el ser ignorante ni indocto, no. Un bárbaro puede ser doctísimo y hasta sapientísimo. El bárbaro es el que irrumpe en un campo desde otro campo, con otras preocupaciones, con otros prejuicios – ¿pues quién no los tiene? –, con otra visión y otro sentimiento de la vida, que aquellos que privan en el campo por él irrumpido. Juan Jacobo Rousseau irrumpió en el campo del derecho y la jurisprudencia como un bárbaro, como un extraño a las ciencias jurídicas y las reanimó con nuevo soplo de vida.
La literatura ha caído entre nosotros casi por completo en manos de profesionales de ella, y las profesionales se hacen en manos de los profesionales terriblemente conservadoras. Lo cual, si bien tiene sus ventajas, tiene muchos más inconvenientes. Ellos imponen o tratan más bien de imponer una cierta quisicosa que llaman buen gusto y no es más que la consigna de los profesionales agremiados. Porque se agremian.
¡Vaya si se agremian! Aunque luego los veáis riñendo unos con otros y mordiéndose y arañándose como mujerzuelas que pelean por unos trapos. Hay dentro del gremio prácticas y doctrinas libres, y en éstas puede cada cual hacer y decir lo que se le antoje, pero hay principios sagrados e intangibles. Y al que los quebranta se le hace el vacío y se le declara indigno de pertenecer al gremio.
Hay que haber entrado en un cotarro literario para ver todo lo que en él rebosa de vanidad, de tontería y de vulgaridad disfrazada. Dios os libre, con un profesional de las letras, con un ebanista de prosa barnizada. Será una de las mayores desgracias que pueda sobreveniros.
Me explico que Plutarco, en el prólogo a su vida de Pericles, nos diga que ningún joven bien nacido desearía ser Anacreonte, Filetas o Arquiloco, por mucho que se recreara con sus composiciones.”
(en…: “Contra esto y aquello”, Madrid, 1911)



VI
San Manuel Bueno mártir,
novela de Unamuno publicada
por primera vez en 1931.
La inmortalidad personal, el saber si moriremos del todo, es afrontado directamente en la novela “San Manuel Bueno mártir”, publicada en 1931, y luego  con otras tres historias, en 1933. Es un relato impregnado de profunda emoción, embaldosada de una abrupta ternura, algo difícil de encontrar en las páginas de Unamuno, pero que raras veces dominaba casi la totalidad de la narración, como sucede con esta novela y con “La Tía Tula”. La obra nos presenta a Don Manuel, el párroco de Valverde de Lucerna, hombre lleno de caridad y de bondad que vive atormentado por la angustia de la perduración, por su querer creer y no poder en la vida perdurable. Don Manuel pierde la fe, pero por amor a los demás sigue en su sacerdocio y muere como un santo. La descripción que hace Ángela Carvallino del sacerdote no es sólo una visión externa y física, sino también la del pastor espiritual.
              
“Tendría él, nuestro santo, entonces (en la niñez de Ángela) unos treinta siete años. Era alto, delgado, erguido, llevaba la cabeza como nuestra Peña del Buitre lleva su cresta, y había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago. Se llevaba las miradas de todos, y tras ella los corazones, y él, al mirarnos, parecía traspasando la carne como un cristal, mirarnos al corazón. Todos le queríamos, pero sobre todo los niños. ¡Qué cosas nos decía! Eran cosas, no palabras. Empezaba el pueblo a olerle la santidad; se sentía lleno y embriagado de su aroma”.


                        (págs. 44-45)


No había entuerto en aquel exiguo pueblo donde no se sintiera la voz de don Manuel: matrimonios desavenidos, reducir a sus padres hijos indómitos o reducir los padres a sus hijos y, sobre todo, consolar a los amargados y atediados. En la mente del bondadoso sacerdote martillea como un retintín su “yo no debo vivir solo; yo no debo morir solo. Debo vivir para mi pueblo, morir para mi pueblo. ¿Cómo voy a salvar mi alma si no salvo la de mi pueblo?”
Al cura lo atormenta el hecho de que después de la muerte ya no haya nada:   

“He asistido a bien morir – dice – a pobres aldeanos, ignorantes, analfabetos que apenas si habían salido de la aldea, y he podido saber de sus labios, y cuando no adivinarlo, la verdadera causa de su enfermedad de muerte, toda la negrura de la sima del tedio de vivir. ¡Mil veces peor que el hambre!”


                            (Página 86).


La angustia que corroe a don Manuel es cuidadosamente ocultada a su pueblo “la angustia por la vida perdurable, cuya fe siente que se le está yendo día a día”. Aun con esta angustia que va minando sus fuerzas, el sacerdote vela para que los aldeanos no pierdan la fe en la otra vida y con ello las ganas y la alegría de vivir. Congregados en la Iglesia, todo el pueblo recita con una sola voz el Credo.

“Y al llegar a lo de “creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable” la voz de Don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba. Y yo oía las campanadas de la villa que se dice aquí que está sumergida en el lecho del lago… y eran las de la villa sumergida en el lago espiritual de nuestro pueblo, oía la voz de nuestros muertos, que en nosotros resucitaban en la comunión de los santos. Después, al llegar a conocer el secreto de nuestro santo, he comprendido que era como si una caravana en marcha por el desierto, desfallecido el caudillo al acercarse al término de su carrera, le tomaran en hombros los suyos para meter su cuerpo sin vida en la tierra de promisión”.
     
                        (Páginas 50-51)


Lleno de congoja, don Manuel intenta que sus hermanos crean por él cuando él siente quebrarse su fe, puesto que ellos creen porque él ha corroborado en esa meta. Se siente desolado e impotente y busca salvar su personalidad en la de su pueblo. Cuando siente que sus últimos momentos están por llegar, sostiene una íntima conversación con el hermano de Ángela, Lázaro Carballino. Casi en su agonía, pide ser llevado a su iglesia para orar junto a los suyos y bendecirlos.

“Y al llegar a la “resurrección de la carne y la vida perdurable”, todo el pueblo sintió que su santo había entregado su alma a Dios. Y no hubo que cerrarle los ojos, porque se murió con los ojos cerrados”.


                               (pág. 101). 


Después de partir don Manuel, no tarda en seguirle Lázaro Carballino. Ante la ausencia de estos, Ángela, depositaria de la caridad del sacerdote y del hermano desaparecido, se aúna más a los habitantes de ese pueblo que se siente desvalido. Al final de la novela, Ángela escribe:

“Y ahora al escribir esta Memoria, esta confesión íntima de mi experiencia de la santidad ajena, creo que Don Manuel Bueno, que mi San Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada”. “Y es que creía y creo que Dios Nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escudriñaderos designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda”.


                               (págs. 110 - 111)



VII
Casa en la que vivió Unamuno
en su época de rector de la
Universidad de Salamanca,
entre 1900 y 1914.
Dos años después de la publicación de su libro “Del sentimiento trágico de la vida”, Unamuno publica en 1914 su novela “Niebla”. En ella encontramos a Augusto Pérez, un hombre que conoce por casualidad a una muchacha llamada Eugenia Domingo del Arco de la cual se enamora, al punto de querer casarse con ella. Eugenia lo rechaza, pues, se halla enamorada de un vagabundo de vida disipada llamado Mauricio; ella quiere casarse con él, “Viviremos de un trabajo, hasta que tú lo encuentres” le dice. Mauricio se niega arguyendo que él no vivirá jamás del trabajo de ella. “Buscaré, seguiré buscando, y en tanto esperaremos”. Las palabras de Mauricio no pasan de ser una boutade. Así lo entiende Ermelinda, la tía de Eugenia, quien en todo momento le recrimina que pierda el tiempo con ése zángano incorregible. “ese zanguango de Mauricio, que te tiene, ya no sé por qué, sorbido el seso… Porque, según mis informes, y son de buena tinta, te lo aseguro, maldito si el muy bausán está de veras enamorado de ti…”, le reprocha constantemente doña Ermelinda a su sobrina. Pero la decisión de Eugenia es férrea:

“Pues si no es hombre, quiero yo hacerle tal. Es verdad, tiene el defecto que usted dice, tía, pero acaso es por eso por lo que le quiero. Y ahora, después de la nombrada de don Augusto…, ¡quererme comprar a mí, a mí!... Después de eso estoy decidida a jugarme el todo por el todo casándome con Mauricio”.

Augusto Pérez, al enterarse que la casa en que vive Eugenia está hipotecada y que en cualquier momento puede ser desalojada, paga la hipoteca sin exigir nada a cambio. La muchacha ve esto como una “falta de respeto”. Augusto vive de sus rentas y puede permitirse ese gesto. Augusto, que parece olvidar a Eugenia, inicia un cortejo con una planchadora que se ocupa de su ropa; al ver esto, Eugenia arrebata a Augusto de brazos de la muchacha y acepta casarse con él, aceptando la sucia e indecente propuesta de Mauricio de un “menage a trois” (matrimonio de tres). Pero Mauricio, que de decencia no tiene ni un pelo, corre tras las faldas de la desairada Rosario, vuelve a los brazos del sinvergüenza a quien verdaderamente ama. La carta que le deja a Augusto Pérez lo dice todo: la muchacha, en cuestiones de honorabilidad, no anda lejos de su amante.

“apreciable Augusto. Cuando leas estas líneas yo estaré con Mauricio camino del pueblo adonde éste va destinado gracias a tu bondad, a la que debo también poder disfrutar de mis rentas, que con el sueldo de él nos permitirá vivir juntos con algún desahogo. No te pido que me perdones, porque después de esto creo que te convencerás de que ni yo te hubiera hecho feliz ni tú mucho menos a mí. Cuando se te pase la primera impresión volveré a escribirte para explicarte por qué doy este paso ahora y de esta manera. Mauricio quería que nos hubiéramos escapado el día mismo de la boda, después de salir de la iglesia; pero su plan era muy complicado y me pareció, además, una crueldad inútil. Y como te dije en otra ocasión, creo quedaremos amigos. Tú amiga.

               Eugenia Domingo del Arco”.   


Como se ve por la misiva, Eugenia era toda una “joyita” a tener en cuenta. Augusto queda consternado, hundido en su llanto y en la desesperación; y en ese llanto se le presentaban las imágenes de Mauricio, Eugenia y Rosario, los tres burlándose de él. Ante tanta desolación, Augusto Pérez decide suicidarse. Antes decide visitar a don Miguel de Unamuno, escritor que vive en Salamanca que ha escrito un discurso sobre el suicidio. El penúltimo capítulo del libro es de vital importancia para la compresión de la construcción novelística del libro; considero que es refractario al extracto por lo que prefiero transcribirlo íntegramente.

“Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Por entonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido y platicado un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.
Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé pasar a mi despacho – librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío al óleo que allí preside a los libros de mi librería, y a una seña mía se sentó frente a mí.
Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando conocerlos bastante bien, lo que dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en seguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como él, y se lo demostré citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a un ser increíble; creí notar que se le alteraba el color y traza del semblante y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.
-¡Parece mentira! –repetía –. ¡Parece mentira! A no verlo no lo creería… No sé si estoy despierto y soñando…
-Ni despierto ni soñando –le contesté.
-No me lo explico…, no me lo explico – añadió –; mas puesto que usted parece saber sobre mi tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito…    
-Si –le dije –, tú – y recalqué este tú con un tono autoritario –, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis últimos ensayos, vienes a consultármelo.
El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.
-¡No, no te muevas! –le ordené.
-Es que…, es que… – balbuceó.
-Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
-¿Cómo? – exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
-Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? – le pregunté.
-Que tenga valor para hacerlo – me contestó.
-No – le dije, ¡que esté vivo!
-¡Desde luego!
-¡Y tú no estás vivo!
-¿Cómo que no estoy vivo? ¿Es que he muerto? – y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.
-¡No, hombre, no! – le repliqué –. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.
-¡Acabe usted de explicarme de una vez, por Dios! ¡Acabe de explicarme! – me suplicó consternado-. Porque son tales las cosas que me estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.
-Pues bien: la verdad es, querido Augusto – le dije con la más dulce de mis voces-, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes…
-¡Cómo que no existo! –exclamó.
-No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores   que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas de escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.
Al oír quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira e ir más allá, miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí, y, la cara en las palmas de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:
-Mire usted bien, don Miguel…, no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.
-Y ¿qué es lo contrario? – le pregunte, alarmado de verle recobrar vida propia.
-No sea, mi querido don Miguel –añadió –, que sea usted, y no yo, el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto. No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo…
-¡Eso más faltaba! –exclamé algo molesto.
-No se exalte usted así, señor de Unamuno – me replicó –, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia…
-Dudas, no – le interrumpí –; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.
-Bueno; pues no se incomode tanto si yo, a mi vez, dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que, no una, sino varias veces, ha dicho que Don Quijote y Sancho son, no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?
-No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era…
-Bueno, dejémonos de esos sentires, y vamos a otra cosa. Cuando un hombre dormido e inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?
-¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador? –le repliqué a mi vez.
-En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez, ¿de qué manera existe él, como soñador que se sueña, o como soñado por sí mismo? Y fíjese, además, en que al admitir esta discusión conmigo me reconoce ya existencia independiente de sí.
-¡No, eso no! ¡Eso no! –le dije vivamente-. Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga, invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.
-Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos…
 -Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado. Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito Carrascal y el gran don Fulgencio…
-No mientes a ese…
-Bueno, basta, no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?
-Pues opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho! 
-Eso de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero es muy feo. Y además, aun suponiendo su peregrina teoría de que yo no existo de veras y usted sí, de que yo soy más que un ente de ficción, producto de la fantasía novelesca o nivolesca de usted, aun en ese caso yo no debo estar sometido a lo que llama usted su real gana, a su capricho. Hasta los llamados entes de ficción tienen su lógica interna…
-Sí, conozco esa cantata.
-En efecto: un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hiciese…
-Un ser novelesco, tal vez…
-¿Entonces?
-Pero un ser nivolesco…
-Dejemos esas bufonadas, que me ofenden y me hieren en lo más vivo. Yo, sea por mí mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone usted, tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me pide que me suicide…
-¡Eso te creerás tú, pero te equivocas!
-A ver, ¿por qué me equivoco? ¿En qué me equivoco? Muéstreme usted en qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio de sí mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que él…
-¿Cuál es? –le pregunté.
Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa, y lentamente me dijo:
-Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un novelista o un autor dramático conozca bien a los personajes que finge o cree fingir…
Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto y a perder mi paciencia.
-E insisto –añadió – en que, aun concedido que usted me haya dado el ser, y un ser ficticio, no puede usted, así como así y porque sí, porque le dé la real gana, como dice, impedirme que me suicide.
-¡Bueno, basta!, ¡basta! – exclamé, dando un puñetazo en la camilla –. ¡Cállate!, ¡no quiero oír más impertinencias!... ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto, y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo, no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto!, ¡muy pronto!
-¿Cómo? – exclamó Augusto, sobresaltado –, ¿Qué me va usted a dejar, a hacerme morir, a matarme?
-¡Sí, voy a hacer que mueras!
-¡Ah, eso nunca!, ¡nunca!, ¡nunca! – gritó.
-¡Ah! – le dije, mirándole con lástima y rabia –, ¿conque estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?
-Sí, no es lo mismo…
-En efecto, he oído contar casos. He oído de uno que salió una noche armado de un revólver y dispuesto a quitarse la vida, salieron unos ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron los demás, y al ver que había comprado su vida por la de otro, renuncio a su propósito.
-Se comprende – observó Augusto –; la cosa era quitar a alguien la vida, matar a un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los suicidas son homicidas frustrados, se matan a sí mismo por falta de valor para matar a otro…
-Ah, ya te entiendo, Augusto, te entiendo. Tú quieres decir que si tuvieses valor para matar a Eugenia o a Mauricio, o a los dos, no pensarías en matarte a ti mismo, ¿eh?
-¡Mire usted, precisamente a ésos…no!
-¡A quién, pues!
-¡A usted! – y me miró a los ojos.
-¿Cómo? – exclamé, poniéndome en pie –, ¿cómo? Pero ¿se te ha pasado por la imaginación matarme? ¿Tú?, ¿y a mí?
-Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso en que un ente de ficción, como usted me llama, matara a aquel a quien creyó darle ser… ficticio?
-¡Esto ya es demasiado! – decía yo, paseándome por mi despacho –. ¡Esto pasa de la raya! Esto no sucede más que…
-Más que en las nivolas – concluyó él, con sorna.  
-¡Bueno, basta!, ¡basta!, ¡basta! ¡Esto no se puede tolerar! Vienes a consultarme, a mí, y tú empiezas por discutirme mi propia existencia, después el derecho que tengo a hacer de ti lo que me dé la real gana, sí, así como suena, lo que me dé la real gana, lo que me salga de…
-No sea usted tan español, don Miguel.
-¡Y eso más, mentecato! ¡Pues sí soy español! Español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios, un Dios español, el de Nuestro Señor Don Quijote, un Dios que piensa en español y en español dijo: “¡Sea la luz!”, y su verbo fue verbo español…
-Bien, ¿y qué? – me interrumpió, volviéndome a la realidad.
-Y luego has insinuado la idea de matarme. ¿Matarme?, ¿a mí?, ¿tú? ¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! No tolero más. Y para castigar tu osadía y esas doctrinas disolventes, extravagantes, anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que te mueras. En cuanto llegues a tu casa te morirás ¡Te morirás, te lo digo, te morirás!  
-¡Pero, por Dios!... – exclamó Augusto, ya suplicante y tembloroso y pálido de miedo.
-No hay Dios que valga. ¡Te morirás!
-Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir…
-¿No pensabas matarte?
-Oh, si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré, que no me quitaré esta vida que Dios o usted me han dado; se lo juro… Ahora que usted quiere matarme, quiero yo vivir, vivir, vivir…
-¡Vaya una vida! – exclamé.
-Sí, la que sea, Quiero vivir, aunque vuelva a ser burlado, aunque otra Eugenia y otro Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir…
-No puede ser ya…, no puede ser…
-Quiero vivir, vivir…, y ser yo, yo, yo…
-Pero si tú no eres sino lo que yo quiera…
-¡Quiero ser yo, ser yo!, ¡quiero vivir! – y le lloraba la voz.
-No puede ser…, no puede ser.
-Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera… Mire que usted no será usted…, que se morirá… Cayó a mis pies de hinojos, suplicante y exclamando:
-¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero vivir, quiero ser yo!
-¡No puede ser, pobre Augusto – le dije, cogiéndole de una mano y levantándole –, no puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata. Y no se me olvida que pasó por tu mente la idea de matarme…
-Pero si yo, don Miguel…
-No importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te mato pronto, acabes por matarme tú.
-Pero ¿no quedamos en que…?
-No puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Está ya escrito y no puedo volverme atrás. Te morirás. Para lo que ha de valerte ya la vida…
-Pero… por Dios…
-No hay pero ni Dios que valgan. ¡Vete!
-¿Conque no, eh? – me dijo –, ¿conque no? no quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió…! ¡Dios dejará de soñarle! Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos, sin quedar uno. ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima…
-¿Víctima? – exclamé.
-¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir! ¡Usted también se morirá! El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel, morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!
Este supremo esfuerzo de pasión de vida, de ansia de inmortalidad,  dejó extenuado al pobre Augusto.
Y le empujé a la puerta, por la cual salió cabizbajo. Luego se tanteó como si dudase ya de su propia existencia. Yo me enjugué una lágrima furtiva.”
(“Niebla”, Miguel de Unamuno; 1975 by Santillana S.A. Capítulo XXXII, págs. 196-203)


Antes de suicidarse, Augusto Pérez envía un escueto telegrama a Unamuno.

“Salamanca.


        Unamuno
Se salió usted con la suya.
He muerto.
           Augusto Pérez”   




VIII
Novela de Unamuno, publicada
en 1917.
En 1917, tres años después de “Niebla”, Unamuno publica “Abel Sánchez”, novela que intentó descender por vez primera a las honduras de la persona, a lo que solía llamar el hondón del alma, para aprehender el secreto de la existencia y aun de la personalidad. Lo primero que salta a la vista es el hecho de que el personaje principal es el odio. Hay en las descripciones de esta novela más de existencial que de psicológico.
Mediante dos técnicas literarias, el diálogo y la inserción de fragmentos de la “Confesión”, supuesto diario íntimo de uno de los protagonistas (procedimiento también usado en San Manuel Bueno, Mártir), se nos narra la historia cuyo verdadero protagonista es el odio o la envidia – el autor los identifica – que Joaquín Monegro, como Caín, siente por Abel Sánchez. Joaquín y Abel son amigos desde la infancia; a medida que crecen, el destino se le presenta favorable a Abel y adverso a Joaquín. El odio de Joaquín hacia el amigo va creciendo paulatinamente. Joaquín estudia medicina y Abel proseguirá su vocación de pintor, logrando, sin mucho esfuerzo, grandes satisfacciones como artista. Esto genera en Joaquín una envidia cada día más compulsiva. Esta crisis se ahonda cuando Joaquín presenta a Abel a su enamorada para que la pinte; Helena, que así se llama la muchacha se enamora de Abel y este de ella. Los jóvenes enamorados se casan. Joaquín, como para olvidar, se casa con una muchacha llamada Antonia, con quien tendrá una hija: Joaquina.
El éxito del retrato de Helena por Abel fue clamoroso, por ello, para continuar con su racha de éxitos, decide pintar un cuadro de temática bíblica: la muerte de Abel por Caín, el primer fratricidio. El día del banquete en el cual se presentará el nuevo cuadro de Abel, corresponde a Joaquín dar un discurso de orden.

“Llegó el día del banquete. Joaquín no durmió la noche de la víspera.
-Voy a la batalla, Antonia –le dijo a su mujer al salir de casa.
-Que Dios te ilumine y te guíe, Joaquín.
-Quiero ver a la niña, a la pobre Joaquinita…
-Sí, ven, mírala…, está dormida…
-¡Pobrecilla! ¡No sabe lo que es el demonio! Pero yo te juro, Antonia, que sabré arrancármelo. Me lo arrancaré, lo estrangularé y lo echaré a los pies de Abel. Le daría un beso si no fuese que temo despertarla…
-¡No, no! ¡Bésala!
Inclinóse el padre y besó a la niña dormida, que sonrió al sentirse besada en sueños.
-Ves Joaquín, también ella te bendice.
-¡Adiós, mujer! –y le dio un beso largo, muy largo.
Ella se fue a rezar ante la imagen de la Virgen.
Corría una maliciosa expectación por debajo de las conversaciones mantenidas durante el banquete. Joaquín, sentado a la derecha de Abel, e intensamente pálido, apenas comía ni hablaba. Abel mismo empezó a tener algo.
A los postres se oyeron siseos, empezó a cuajar el silencio, y alguien dijo: “¡Que hable!” Levantóse Joaquín. Su voz empezó temblona y sorda, pero pronto se aclaró y vibraba con un acento nuevo. No se oía más que su voz, que llenaba el silencio. El asombro era general. Jamás se había pronunciado un elogio más férvido, más encendido, más lleno de admiración y cariño a la obra y a su autor. Sintieron muchos asomárseles las lágrimas cuando Joaquín evocó aquellos días de su común infancia con Abel, cuando ni uno ni otro soñaban lo que habrían de ser.
«Nadie le ha conocido más adentro que yo – decía –: creo conocerte mejor que me conozco a mí mismo, más paramente, porque de nosotros mismos no vemos en nuestras entrañas sino el fango de que hemos sido hechos. Es en otros donde vemos lo mejor de nosotros y lo amamos, y eso es la admiración. Él ha hecho en su arte lo que yo habría querido hacer en el mío, y por eso es uno de mis modelos; su gloria es un acicate para mi trabajo y es un consuelo de la gloria que no he podido adquirir. Él es nuestro, de todos; él es mío sobre todo, y yo, gozando de su obra, la hago tan mía como él la hizo suya creándola. Y me consuelo de verme sujeto a mi medianía…»
Su voz lloraba a las veces. El público estaba subyugado, vislumbrando oscuramente la lucha gigantesca de aquel alma con su demonio.
«Y ved la figura de Caín – decía Joaquín dejando gotear las ardientes palabras –, del trágico Caín, del labrador errante, del primero que fundó ciudades, del padre de la industria, de la envidia y de la vida civil, ¡vedla! Ved con qué cariño, con qué compasión, con qué amor al desgraciado está pintada. ¡Pobre Caín! Nuestro Abel Sánchez admira a Caín como Milton admiraba a Satán, está enamorado de su Caín como Milton lo estuvo de su Satán, porqué admirar es amar y amar es compadecer. Nuestro Abel ha sentido toda la miseria, toda la desgracia inmerecida del que mató al primer Abel, del que trajo, según la leyenda bíblica, la muerte al mundo. Nuestro Abel nos hace comprender la culpa de Caín, porque hubo culpa, y compadecerle y amarle… ¡Este cuadro es un acto de amor!»
Cuando acabó Joaquín de hablar, medió un silencio espeso, hasta que estalló una salva de aplausos. Levantóse entonces Abel y, pálido, convulso, tartamudeante, con lágrimas en los ojos, le dijo a su amigo: 
-Joaquín, lo que acabas de decir vale más, mucho más que mi cuadro, más que todos los cuadros que he pintado, más que todos los que pintaré… Eso, eso es una obra de arte y de corazón. Yo no sabía lo que he hecho hasta que te he oído. ¡Tú y no yo has hecho mi cuadro, tú!
Y abrazáronse llorando los dos amigos de siempre entre los clamorosos aplausos y vivas de la concurrencia puesta en pie. Y al abrazarse le dijo a Joaquín su demonio: “¡Si pudieras ahora ahogarle en tus brazos!...”
-¡Estupendo! – decían –. ¡Qué orador! ¡Qué discurso! ¿Quién podía haber esperado esto? ¡Lástima que no haya traído taquígrafos!
-Esto es prodigioso – decía uno –. No espero volver a oír cosa igual.
-A mí – añadía otro – me corrían escalofríos al oírlo.
-¡Pero mírale, mírale qué pálido! 
Y así era. Joaquín, sintiéndose, después de su victoria, vencido, sentía hundirse en una sima de tristeza. No, su demonio no estaba muerto. Aquel discurso fue un éxito como no lo había tenido, como no volvería a tenerlo, y le hizo concebir la idea de dedicarse a la oratoria para adquirir en ella gloria con que oscurecer la de su amigo en la pintura.
-¿Has visto cómo lloraba Abel? – decía uno al salir.
-Es que este discurso de Joaquín vale por todos los cuadros del otro. El discurso ha hecho el cuadro. Habrá que llamarle el cuadro del discurso. Quita el discurso y ¿qué queda del cuadro? ¡Nada!, a pesar del primer premio”.


               (opus. cit.; págs. 63-65)


Su dicha no es verdadera. Para librarse del odio y la envidia que lo corroe se refugiará en los brazos de Antonia, en el amor de su hija, en la fe en Dios, en la tertulia de un casino al que asiste.

“Huyendo de sí mismo, y para ahogar con la constante presencia del otro, de Abel, en su espíritu, la triste conciencia enferma que se le presentaba, empezó a frecuentar una peña del Casino. Aquella conversación ligera le serviría como de narcótico, o más bien se embriagaría con ella. ¿No hay quien se entrega a la bebida para ahogar en ella una pasión devastadora, para derretir en vino un amor frustrado? Pues él se entregaría a la  conversación casinera, a oírla más que a tomar parte muy activa en ella, para ahogar también su pasión. Sólo que el remedio fue peor que la enfermedad.
Iba siempre decidido a contenerse, a reír y bromear, a murmurar como por juego, a presentarse a modo de desinteresado espectador de la vida, bondadoso como un escéptico de profesión, atento a lo de que comprender es perdonar, y sin dejar traslucir el cáncer que le devoraba la voluntad. Pero el mal le salía por la boca, en las palabras, cuando menos lo esperaba, y percibían todos en ellas el hedor del mal. Y volvía a casa irritado contra sí mismo, reprochándose su cobardía y el poco dominio sobre sí y decidido a no volver más a la peña del Casino. “¡No –se decía –, no vuelvo, no debo volver; esto me empeora; me agrava; aquel ámbito es deletéreo; no se respira allí más que malas pasiones retenidas; no, no vuelvo; lo que yo necesito es soledad, soledad! ¡Santa soledad!”
Y volvía.
Volvía por no poder sufrir la soledad. Pues en la soledad, jamás lograba estar solo, sino que siempre allí el otro. ¡El otro! Llegó a sorprenderse en dialogo con él, tramando lo que el otro le decía. Y el otro, en estos diálogos solitarios, en estos monólogos dialogados, le decía cosas indiferentes o gratas, no le mostraba ningún rencor. “¡Por qué no me odia, Dios mío! – llegó a decirse –. ¿Por qué no me odia?”
Y se sorprendió un día a sí mismo a punto de pedir a Dios, en infame oración diabólica, que infiltrase en el alma de Abel odio a él, a Joaquín. Y otra vez: “¡Ah, si me envidiase… si me envidiase!...” Y a esta idea, que como fulgor lívido cruzó por las tinieblas de3 su espíritu de amargura, sintió un gozo como de derretimiento, un gozo que le hizo temblar hasta los tuétanos del alma, escalofriados. ¡Ser envidiado!... ¡Ser envidiado!...
“¿Mas no es esto – se dijo luego – que me odio, que me envidio a mí mismo?...” Fuése a la puerta, la cerró con llave, miró a todos lados, y al verse solo arrodilóse murmurando con lágrimas de las que escaldan en la voz: “Señor, Señor. ¡Tú me dijiste: ama a tu prójimo como a ti mismo! Y yo no amo al prójimo, no puedo amarle, porque no me amo, no sé amarme, no puedo amarme a mí mismo. ¿Qué has hecho de mí, Señor?”
Fue luego a coger la Biblia y la abrió por donde dice: “Y Jehová dijo a Caín: ¿dónde está Abel tu hermano?” Cerró lentamente el libro, murmurando: “¿Y dónde estoy yo?” Oyó, entonces, ruido fuera y se apresuró a abrir la puerta. “¡Papá, papaíto!”, exclamó su hija al entrar. Aquella voz fresca pareció volverle a la luz. Besó a la muchacha y rozándole el oído con la boca le dijo bajo, muy bajito, para que no lo oyera nadie: “¡Reza por tu padre, hija mía!”
-¡Padre! ¡Padre! –gimió la muchacha, echándole los brazos al cuello.
Ocultó la cabeza en el hombro de la hija y rompió a llorar.
-¿Qué te pasa, papá, estás enfermo?
-Sí, estoy enfermo. Pero no quieras saber más.”
(“Abel Sánchez”, Miguel de Unamuno; Espasa Calpe, Argentina. S.A., Buenos Aires 1940. Págs. 89-91)


Pero toda su vida diaria, rutinaria, estéril, agudizan la conciencia de su dolor y de su pasión. Ambos adquieren una gran nombradía en sus campos: Joaquín en el campo médico y Abel en las artes plásticas. Abel y Helena tienen un hijo, a quien bautizan con el nombre del padre, pero que  será conocido con el nombre de Abelín, que con el tiempo estudiará medicina y será el discípulo predilecto de Joaquín, quien verá en él el instrumento más eficaz de su venganza. Abelín siente un afecto extraordinario hacia Joaquín, llegando a preferirle a su padre.

“Con el casamiento de su hija pareció entrar el sol, un sol de ocaso de otoño, en el hogar antes frío de Joaquín, y éste empezar a vivir de veras. Fue dejándole al yerno su clientela, aunque acudiendo, como en consulta en los casos graves y repitiendo que era bajo su dirección como aquél ejercía.
Abelín, con las notas de su suegro, a quien llamaba su padre, tuteándole ya, y con sus ampliaciones y explicaciones verbales, iba componiendo la obra en que se recogía la ciencia médica del doctor Joaquín Monegro, y con un acento de veneración admirativa que el mismo Joaquín no habría podido darle. «Era mejor, sí – pensaba éste –, era mucho mejor que escribiese otro aquella obra, como fue Platón quien expuso la doctrina socrática». No era él mismo quien podía, con toda libertad de ánimo y sin que ello pareciese, no ya presuntuoso, mas un esfuerzo para violentar el aplauso de la posteridad, que se estimaba no conseguible; no era él quien podía exaltar su saber y su pericia. Reservaba su actividad literaria para otros empeños.
Fue entonces, en efecto, cuando empezó a escribir su Confesión, que así la llamaba, dedicada a su hija y para que ésta la abriese luego que él hubiese muerto, y que era el relato de su lucha íntima con la pasión que fue su vida, con aquel demonio con quien peleó casi desde el albor de su mente dueña de sí hasta entonces, hasta cuando lo escribía. Esta confesión se decía dirigida a su hija, pero tan penetrado estaba él del profundo valor trágico de su vida de pasión y de la pasión de su vida, que acariciaba la esperanza de que un día su hija o sus nietos la dieran al mundo, para que éste se sobrecogiera de admiración y de espanto ante aquel héroe de la angustia tenebrosa que pasó sin que le conocieran en todo su fondo los que con él convivieron. Porque Joaquín se creía un espíritu de excepción, y como tal torturado y más capaz de dolor que los otros, un alma señalada al nacer por Dios con la señal de los grandes predestinados.
«Mi vida, hija mía – escribía en la Confesión –, ha sido un arder continuo, pero no la habría cambiado por la de otro. He odiado como nadie, como ningún otra ha sabido odiar, pero es que he sentido más que los otros la suprema injusticia de los cariños del mundo y de los favores de la fortuna. No, no, aquello que hicieron conmigo los padres de tu marido no fue humano ni noble; fue infame, pero fue peor, mucho peor, lo que me hicieron todos, todos los que encontré desde que, niño aún y lleno de confianza, busqué el apoyo y el amor de mis semejantes. ¿Por qué me rechazaban? ¿Por qué me acogían fríamente y como obligados a ello? ¿Por qué preferían al ligero, al inconstante, al egoísta? Todos, todos me amargaron la vida. Y comprendí que el mundo es naturalmente injusto y que yo no había nacido entre los míos. Esta fue mi desgracia, no haber nacido entre los míos. La baja mezquindad, la vil ramplonería de los que me rodeaban, me perdió».
Y a la vez que escribía esta Confesión, preparaba, por si ésta marrase, otra obra que sería la puerta de entrada de su nombre en el panteón de los ingenios inmortales de su pueblo y casta. Titularíase Memorias de un médico viejo y sería la mies del saber del mundo, de pasiones, de vida, de tristeza y alegrías, hasta de crímenes ocultos, que había cosechado de la práctica de su profesión de médico. Un espejo de la vida, pero de las entrañas, y de las más negras, de ésta; una bajada a las simas de la vileza humana; un libro de alta literatura y de filosofía acibarada a la vez. Allí pondría toda su alma sin hablar de sí mismo; allí, para desnudarlas almas de los otros, desnudaría la suya, allí se vengaría del mundo vil en que había tenido que vivir. Y las gentes, al verse así, al desnudo, admirarían primero y quedarían agradecidas después al que las desnudó. Y allí, cambiando los nombres a guisa de ficción, haría el retrato que para siempre habría de quedar de Abel y Helena. Y su retrato valdría por todos los que Abel pintara. Y se regodeaba a solas pensando que si él acertaba aquel retrato literario de Abel Sánchez, le habría de inmortalizar a éste más que todos sus propios cuadros, cuando los comentaristas y eruditos del porvenir llegasen a descubrir, bajo el débil velo de la ficción, al personaje histórico. «Sí, Abel, sí – se decía Joaquín a sí mismo –, la mayor coyuntura que tienes de lograr eso por lo que tanto has luchado, por lo único que has luchado, por lo único que te preocupa, por lo que me despreciaste siempre o, aún peor, no hiciste caso de mí, la mayor coyuntura que tienes de perpetuarte en la memoria de los venideros, no son tus cuadros, ¡no!, sino es que yo acierte a pintarte con mi pluma tal y como eres. Y acertaré, acertaré porque te conozco, porque te he sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre mí. Te pondré para siempre en el rollo y no serás Abel Sánchez, no, sino el nombre que yo te dé. Y cuando se hable de ti como pintor de tus cuadros, dirán las gentes: “¡Ah, sí, el de Joaquín Monegro!” Porque serás de este modo mío, mío y vivirás lo que mi obra viva, y tú nombre irá por los suelos, por el fango, a rastras del mío, como van arrastrados por el Dante los que colocó en el Infierno. Y serás la cifra del envidioso».
¡Del envidioso! Pues Joaquín dio en creer que toda la pasión que bajo su aparente impasibilidad de egoísta animaba a Abel, era la envidia, la envidia de él, a Joaquín, que por envidia le arrebatara de mozo el afecto de sus compañeros, que por envidia le quitó a Helena. ¿Y cómo, entonces, se dejó quitar el hijo? «¡Ah – se decía Joaquín –, es que él no se cuida de su hijo, sino de su nombre, de su fama, no cree que vivirá en las vidas de sus descendientes de carne, sino en las de los que admiren sus cuadros, y me deja su hijo para mejor quedarse con su gloria! ¡Pero yo le desnudaré!».
Inquietábale la edad a que emprendía la composición de esas Memorias, entrado ya en los cincuenta y cinco años, ¿pero no había acaso empezado Cervantes su Quijote a los cincuenta y siete de su edad? Y se dio a averiguar qué obras maestras escribieron sus autores después de haber pasado la edad suya. Y a la par se sentía fuerte, dueño de su mente toda, rico de experiencia, maduro de juicio y con su pasión, fermentada en tantos años, contenida, pero bullente.
Ahora, para cumplir su obra, se contendría. ¡Pobre Abel! ¡La que le esperaba!... Y empezó a sentir desprecio y compasión hacia él. Mirábale como a un modelo y como a una víctima, y le observaba y le estudiaba. No mucho, pues Abel iba poco, muy poco a casa de su hijo.
-Debe de andar muy ocupado tu padre – decía Joaquín a su yerno –; apenas parece por aquí. ¿Tendrá alguna queja? ¿Le habremos ofendido yo, Antonia o mi hija en algo? Lo sentiría…
-No, no, papá – así le llamaba ya Abelín –, no es nada de eso. En casa tampoco paraba. ¿No te dije que no le importa nada más que sus cosas? Y sus cosas son las de su arte y qué sé yo…
-No, hijo, no exageras…, algo más habrá…
-No, no hay más.
Y Joaquín insistía para oír la misma versión.
-¿Y Abel, cómo no viene? –le preguntaba a Helena.
-¡Bah, él es así con todos! –respondía ésta. Ella, Helena, sí solía ir a casa de su nuera”.


                     (opus. Cit., págs. 125-128)


En su afán de vengarse de Abel, Joaquín casa a su hija Joaquina con Abelín: esa es la forma en que según Joaquín, su odio podrá penetrar en la sangre de su rival. El hijo de este matrimonio, también llamado Joaquín, frustra su última esperanza: la predilección del nieto se dirige al abuelo Abel.
En un arrebato de celos, Joaquín amenaza a Abel, a consecuencia de lo cual fallece éste. Muere también Joaquín, después de pedir perdón por la muerte de su amigo.


"Caín", obra de Byron que
influye a Unamuno.
Ante la pregunta que le hizo un joven norteamericano que hacía tesis de doctorado sobre su obra literaria, sobre si el “Caín” de Byron había influido en su novela “Abel Sánchez”, Unamuno contestó que él no sacaba sus ficciones novelescas de libros, sino de la vida social que sentía y sufría en torno de su propia vida. ¿Pero hay algún rasgo del “Caín” de Byron en Joaquín Monegro? Echemos una mirada a aquella obra que fue elevada hasta las estrellas por Goethe, Shelley y Scott, pero que provocó gran cantidad de protestas hasta el punto que Byron, napoleónicamente, llamó a su “Caín” su Woterloo.
Caín es el rebelde que se subleva contra una condena impuesta por Dios. ante esta injusticia, Caín se aleja del creador y busca en el Diablo el fin de sus inquietudes, respuesta a sus interrogantes desesperadas, una ayuda a las miserias que envuelven la condición humana. Las conversaciones con Lucifer no calman las inquietudes de Caín, por el contrario, le crean más turbación, más angustia. En un estado de crisis espiritual, exasperado por la resignación de su hermano Abel y por la devoción incondicional que éste siente hacia Dios, Caín siente a su hermano como un enemigo y lo mata. Aquejado por los remordimientos y por el desprecio divino marcha al destierro sin consuelo, seguido por su esposa Ada, que en su doloroso afecto hacia el gran pecador nos aparece como una de las más conmovedoras figuras femeninas de Byron.


CAÍN (Solo). ¡Y es ésta la Vida!... ¡Trabajar!... ¿Y por qué  debo yo trabajar?... ¿Por qué a tomar mi padre su puesto en  el Edén no se atreviera? ¿Qué culpa tuve yo? Yo era innacido. Yo no pedí el nacer, ni amo el estado a que ese nacimiento me condujo. Mas ¿por qué a la mujer y a la Serpiente débil cedió? ¿Por qué, ya que cediera, tiene que padecer? ¿Qué mal había? Plantado estaba el árbol. ¿Por qué causa para él no estaba allí? ¿Por qué motivo, no estándolo, le puso allí tan cerca, en el centro brotando, el más hermoso? A todas las preguntas, una sola repuesta dan: “Su voluntad tal era, y él es bueno”. Mas ¿cómo sé que es bueno? ¡Qué! ¿Tal vez porque sea omnipotente que es la suma bondad ha inferirse? Yo juzgo por los frutos (bien amargos) que han de nutrirme por ajena culpa. ¿Quién miro aquí venir? Es una sombra idéntica a los ángeles, empero de un aspecto muy triste y más sombrío es su espiritual y pura esencia.  ¿Por qué tiemblo? ¿Por qué más me intimida que los otros espíritus que miro blandir diariamente entre sus manos sus espadas de fuego ante las puertas en torno de las cuales me detengo del plácido crepúsculo a las horas a echar una mirada a aquellos vastos jardines, mis legitimas herencias, antes de que la noche se difunda por cima de los muros prohibidos y árboles eternales, que superan a la almenas que querubes guardan? Y si aquellos flamígeros y armados ángeles no me espantan, ¿por qué ahora tiemblo al mirar el ángel que se acerca a este lugar? Empero más potente que ellos parece, y no menos hermoso; mas no todo lo hermoso, sin embargo, que habrá sido tal vez, que ser pudiera. Parece que el dolor la mitad forma de su inmortalidad. ¿Será posible? Salvo la humanidad, ¿hay quién padezca? Llega.
(Entra Lucifer). 
LUCIFER ¡Mortal!
CAÍN Espíritu, ¿quién eres?
LUCIFER Señor de los espíritus.
CAÍN ¿Tal siendo dejarlos puedes para andar con polvo?
LUCIFER  Del polvo sé los pensamientos; pena por él siento y por ti.  
CAÍN ¡Cómo!... ¿Tú sabes mis pensamientos?
LUCIFER  Son los pensamientos de cuanto digno de pensar existe; es tu parte inmortal la que razona entro de ti.
CAÍN ¿Parte inmortal?... ¿Cuál? Esto no nos fue revelado; de mi padre la necedad, del árbol de la vida nos privó, mientras luego el de la Ciencia, por la fatal premura de mi madre, cogido fue muy pronto; y dio tal sólo el doloroso fruto de la muerte.
LUCIFER Te han engañado; vivirás.
CAÍN Sí, vivo, mas es para morir, vivo, y viviendo, no miro nada que a mis ojos haga la muerte odiosa, salvo aquel innato apego; un degradante, aunque invencible instinto de la vida, que aborrezco tanto cual me  desprecio, y que, no obstante, no puedo dominarle. Y así vivo… ¡Ojalá nunca, nunca yo viviera!
LUCIFER ¡Vives y vivirás eternamente! No pienses que la tierra, tu envoltura exterior, constituye la existencia; ésta se ha de  acabar, y, sin embargo, no menos que eres hoy, serás.
CAÍN ¡No menos! ¿Y por qué no ser más?
LUCIFER Serás, acaso, cual nosotros.
CAÍN ¿Qué sois?
LUCIFER Eternos somos.
CAÍN ¿Sois felices?
LUCIFER Potentes.
CAÍN ¿Sois felices?
LUCIFER No: ¿lo eres tú?
CAÍN ¿Cómo he de serlo? ¡Mira!
LUCIFER ¡Pobre arcilla!... ¡Y te juzgas desdichado! ¡Tú!
CAÍN Sí, lo soy; y tú, dime, ¿quién eres con todo tu poder?
LUCIFER Uno, que quiso ser el que te ha formado, y no te habría hecho lo que eres.
CAÍN ¡Ah! Casi pareces un dios; y…
LUCIFER No lo soy: ya que no pude lograr el serlo, nada ser quisiera sino el mismo que soy. Venció ¡que reine!
CAÍN ¿Quién?
LUCIFER De tu padre y de la tierra toda el Autor.
CAÍN Y del cielo y cuanto se halla dentro del cielo. Tal sus serafines lo cantan, y lo dice así mi padre.
LUCIFER Dicen… lo que decir y cantan deben bajo pena de ser aquello mismo que somos, yo entre espíritus alados, y entre los hombres tú.
CAÍN ¿Qué es lo que somos?
LUCIFER ¡Almas que a usar se atreven animosas de su inmortalidad;  almas que, audaces, afrontan del tirano omnipotente la sempiterna faz, y osan decirle que su mal no es un bien! Si   lo hizo todo, como nos dice…, cosa ciertamente que ni sé, ni la creo… Mas si, acaso, fue verdad que nos hizo…, deshacernos no podrá nunca: ¡somos inmortales! ¡Ah! Mas nos hizo así para a su antojo poder atormentarnos: mas ¡qué importa! Es grande… y, sin embargo, en su grandeza no es más feliz que en nuestra propia lucha somos nosotros! La Bondad no habría creado el mal; ¿y qué otra cosa él hizo? Mas, que en su vasto y solitario trono se asiente, mundos sin cesar creando, para menos hacer abrumadora la eternidad a su existencia inmensa e incompartida soledad; que raudos planetas y planetas amontone; está solo, tirano, indisoluble, indefinido; si pudiera él mismo aniquilarse, el don este sería mejor que hallar pudiera: mas ¡que reine, y él propio multiplique su miseria! Los espíritus y hombres, a lo menos, simpatizamos… ¡Padeciendo juntos nuestras innumerables pesadumbres, conseguimos hacer más soportables con aquella fecunda ilimitada simpatía de todos hacia todos! ¡Más Él!… tan infeliz en su alturas e inquieto en su miseria, sólo debe crear y re-crear…
CAÍN Me dices cosas que vagan hace tiempo cual visiones a través de mi mente: nunca logro conciliar lo que oí con lo que veo; mis padres me hablan sólo de serpientes, y de frutos, y de árboles: yo miro las puertas del lugar que su Edén llaman, guardadas por celestes querubines con espadas de fuego, que les niegan la entrada, cual a mí; siento la carga de un trabajo diario, y un constante pensamiento: alrededor un mundo veo donde nada parezco, mientras surgen pensamientos en mí, cual si debiera dominar y regir todas las cosas. Pero yo imaginé que tal miseria era mía tan sólo. Resignado mi padre está; mi madre aquel deseo poderoso olvidó, que le inflamaba en la sed de la ciencia, aun con peligro de eterna maldición; mi hermano sólo es un joven pastor que, diligente, ofrece las primicias del rebaño a quien manda a la tierra no dar nada sino a nuestro sudor; mi hermana Zillah canta un himno más dulce y más temprano que el de las aves matutinas; Adah, mi esposa, mi adorada, ella tampoco comprende el insondable  pensamiento que me abruma: jamás hallé hasta ahora ninguno que conmigo simpatice. Está bien… Desde ahora solamente trataré con espíritus.
LUCIFER Si el alma que en ti se alberga no te hiciese digno de tales compañeros, no estuviera ante ti cual estoy; una serpiente para tu seducción hubiera sido suficiente, cual antes.
CAÍN ¡Ah! ¿Tú fuiste el que tentó a mi madre?
LUCIFER Yo no tiento sino con la verdad: ¿no era aquel árbol el árbol del saber? Qué, ¿todavía no daba el árbol de la Vida fruto? ¿Mandé yo no plantarlos? ¿Yo, vedadas cosas planté al alcance de inocentes seres a quienes su inocencia misma debía hacer curiosos? Yo, al crearos, os hubiera hecho dioses; y hasta Él mismo que os  arrojó, fue sólo porque, audaces, “No comieseis los frutos de la vida, y dioses os tornaseis cual nosotros”. ¿No fueron estas mismas sus palabras?
CAÍN Esas fueron, según oí a los mismos que las oyeron con el trueno.
LUCIFER Entonces el demonio, ¿cuál era? ¿El que dejaros vivir no quiso, o bien el que por siempre os hiciera vivir en la alegría y el poder de la ciencia?  
CAÍN ¡Que no hubieran cogido entrambos frutos o ninguno!
LUCIFER El uno es vuestro ya, y el otro puede aún serlo.
CAÍN ¿Cómo?
LUCIFER Lo que sois mostrando por vuestra rebeldía. Nada logra extinguir el espíritu, si quiere el espíritu ser lo que es, y el centro de cuanto le circunda… Soberano, nació para imperar.
CAÍN ¿Pero tú fuiste el tentador que fascinó a mis padres?
LUCIFER ¿Yo? ¡pobre barro! ¿Para qué ni cómo había de tentarlos?
CAÍN Dicen ellos que un espíritu había en la serpiente.
LUCIFER ¿Quién dice tal? Escrito no está arriba. El Soberbio no habrá mentido tanto, aunque del hombre los temores grandes y su mezquina vanidad achacan a la espiritual naturaleza su propia y vil caída. La serpiente era serpiente…, nada más; empero no inferior a los mismos a que supo tentar, siendo, cual ellos, frágil tierra, y superior por su saber a ellos, puesto que al fin logró sobrepujarlos y previó que el saber, fatal sería para sus breves dichas. ¿Te figuras que habría yo de revestir la forma de las cosas que mueren?
CAÍN Mas aquella, ¿no albergaba en sus formas un demonio?
LUCIFER Uno supo evocar dentro de aquellos a que habló con su lengua bifurcada. Te lo repito: la serpiente sólo era mera serpiente; si lo dudas, pregúntalo a los ángeles guardianes del árbol tentador. Cuando el torrente de edades mil y mil haya rodado sobre tus muertas frágiles cenizas y las de tu progenie que por entonces poblará aquel mundo, podrá tornar en fábula el relato de su primera falta, y una forma me habrá de atribuir, que yo desprecio, como desprecio a todo el que se inclina ante Aquel que formó todas las cosas para que se dobleguen ante aquella su eternidad sombría y solitaria; mas nosotros que vemos claramente la luz de la verdad, hablar debemos. Tus locos padres a una abyecta cosa dieron oídos, y cayeron. Dime, ¿para qué los espíritus habían de tentarlos? ¿Qué había en los angostos lindes del Paraíso, que anhelaran los espíritus, ellos que atraviesan la inmensidad? Pero te digo cosas que de tu ciencia con el árbol todo ignoras.
CAÍN Mas hablarme tú no puedes de ciencia alguna, de la cual no sea capaz de comprender, o esté sediento de comprender, o lleve un poderoso espíritu capaz de comprenderla.
LUCIFER ¿Y corazón, también, para mirarla?
CAÍN Probemos.
LUCIFER ¿Osas contemplar la muerte?
CAÍN Por aquí no se ha visto todavía.
LUCIFER Pues la debéis sufrir.
CAÍN Mi padre dice que es algo pavoroso; si la nombran, llora mi madre; Abel alza sus ojos al firmamento; Zillah clava triste los suyos en la tierra, murmurando una plegaria, y Adah me contempla, mas sin hablar.
LUCIFER ¿Y tú?
CAÍN Yo… pensamientos indecibles agólpanse y abrasan mi corazón al escuchar el nombre de esa muerte terrible, omnipotente, y que es al parecer inevitable. ¡Ah! ¿No podría yo luchar con ella? Siendo niño, jugando, yo luchaba con el fiero león, hasta que huía con rugidos, sintiendo las presiones de mis brazos.
LUCIFER No tiene forma alguna; mas ella absorberá todas las cosas que forma tengan de terrenos seres.
CAÍN ¡Ah! Yo un ser la juzgaba: ¿quién podría a los seres causarles otros males sino otro ser?
LUCIFER Al Destructor pregunta.
CAÍN ¿A quién?
LUCIFER O al Hacedor… Tú dale el nombre que quieras darle; pero si hace, sólo es para de igual modo destruirlo.
CAÍN Lo ignoraba; mas he pensado en ello desde que hablar he oído de la muerte: aunque ignoro lo que es, parece horrible. Yo penetré, buscándola, en la vasta desolación de la callada noche, y cuando entre la sombra de los muros del Edén, vi fantasmas gigantescos huir de las espadas fulgurantes de los querubes, observé afanoso, pensando que era aquello su llegada, pues con terror, un invencible anhelo surgió en mi corazón de ver lo que era esa cosa fatídica que a todos nos hace estremecer; mas nadie vino. Entonces aparté mis ojos tristes del natal y vedado Paraíso, y los volví a las puras luminarias que en el azul sobre nosotros brillan y que son tan hermosas… ¿También ellas deben morir?
LUCIFER  Tal vez: más largo tiempo a los tuyos y a ti sobreviviros.
CAÍN Me place: no querría que murieran; ¡son tan encantadoras! ¿Qué es la muerte? Temo, comprendo que es horrible cosa; pero lo que es en sí, decir no puedo; nos amenaza a todos igualmente, a quien pecó y a los que pecaron, como un mal. Mas, ¿qué mal?
LUCIFER Volverse tierra.
CAÍN ¿Mas yo sabré lo que es?
LUCIFER Como la muerte desconozco, no puedo contestarte.
CAÍN Volverme tierra inerte, no sería un mal; ojalá nunca hubiese sido más que polvo.
LUCIFER Rampante vil deseo, peor que el de tu padre; él anhelaba saber.
CAÍN Mas no vivir, o si quería vivir, ¿por qué razón no probó el árbol de la Vida?
LUCIFER Le estaba prohibido.
CAÍN ¡Mortal error!..., el no coger primero el fruto aquel: mas antes que probase la Ciencia, él ignoraba que hay la muerte. ¡Ay! Apenas conozco en qué consiste, y la temo…, y no sé qué es lo que temo.
LUCIFER Yo que todo lo sé, no temo nada: mira lo que es la verdadera ciencia.
CAÍN ¿Y no querrías enseñarme todo?
LUCIFER     Sí, mas con una condición.
CAÍN Al punto, dímela.
LUCIFER Que te postres y me adores por tu señor.
CAÍN Mas el Señor que adoran mis padres no eres tú.    
LUCIFER No.
CAÍN ¿Su igual eres?
LUCIFER No lo soy… De común no tengo nada con él, ni lo quisiera ser tampoco. Yo sería más alto que él…, más bajo, todo, menos partícipe o cobarde siervo de su poder. Aparte vivo, pero soy grande. Muchos ya me adoran; otros me adorarán. Sé tú el primero.
(“Caín”, Gordon Byron en “Obras escogidas”, Librería “El Ateneo” Editorial 340 – Florida – 344, Buenos Aires, 780 - 788)


Caín siente que es poseído por un destierro que no le corresponde. Reprocha a Dios que haya dispuesto las cosas de tal forma para generar un “pecado original”. El árbol del cual toma Eva el fruto prohibido ha sido colocado en el centro del Edén, hermoso, atractivo, provocativo, invitando a lo prohibido. Caín no se deja convencer de la suma bondad que se le atribuye al Omnipotente, él juzga por los frutos amargos de los que se debe nutrir por culpa ajena. En su encuentro con Lucifer, Caín se termina de convencer que el Creador no es más que un ser que ha hecho al hombre para atormentarlo, un ser que en su grandeza no es más feliz que en nuestra propia lucha somos nosotros, dice Lucifer. Los juicios de Lucifer sobre Dios son tajantes, viendo el mundo con los ojos de hoy, no queda más que otorgarle la razón tirano, solitario, indisoluble, indefinido, son algunos de los adjetivos de grueso calibre con que Lucifer juzga a Dios con la anuencia de Caín quien escucha complacido. Lucifer desprecia a todo aquel que se inclina ante aquel que formó todas las cosas para que se dobleguen ante aquella su eternidad sombría y solitaria, a todos aquellos que se prosternan ante Él… tan infeliz en sus alturas e inquieto en su miseria…”

La afinidad entre Caín y Joaquín Monegro salta a la vista. De aquí quizá la confesión que hace éste después de su lectura del Caín byroniano, libro que Abel Sánchez le había recomendado y que aquel había usado como modelo para pintar un cuadro: La muerte de Abel por Caín.

Leyó Joaquín el Caín de lord Byron. Y en su Confesión escribía más tarde:
«Fue terrible el efecto que la lectura de aquel libro me hizo. Sentí la necesidad de desahogarme y tomé unas notas que aún conservo y las tengo ahora aquí presentes. ¿Pero fue sólo por desahogarme? No; fue con el propósito de aprovecharlas algún día pensando que podrían servirme de materiales para una obra genial. La vanidad nos consume. Hacemos espectáculo de nuestras más íntimas y asquerosas dolencias. Me figuro que habrá quien desee tener un tumor pestífero como no le ha tenido antes ninguno para hombrearse con él. ¿Esta misma Confesión no es algo más que un desahogo?
»He pensado alguna vez romperla para librarme de ella. ¿Pero me libraría? ¡No! vale más darse un espectáculo que consumirse. Y al fin y al cabo no es más que espectáculo la vida.
»La lectura del Caín de lord Byron me entró hasta lo más íntimo. ¡Con qué razón culpaba Caín a sus padres de que hubieran cogido de los frutos del árbol de la ciencia en vez de coger de la del árbol de la vida! A mí, por lo menos, la ciencia no ha hecho más que exacerbarme la herida.
» ¡Ojalá nunca hubiera vivido! –digo con aquel Caín. ¿Por qué me hicieron? ¿Por qué he de vivir? Y lo que no me explico es cómo Caín no se decidió por el suicidio. Habría sido el más noble comienzo de la historia humana. Pero, ¿por qué no se suicidaron Adán y Eva después de la caída y antes de haber dado hijos? ¡Ah, es que entonces Jehová habría hecho otros iguales y otro Caín y otro Abel! ¿No se repetirá esta misma tragedia en otros mundos, allá por las estrellas? ¿Acaso la tragedia tiene otras representaciones, sin que baste el estreno de la tierra? ¿Pero fue estreno?
»Cuando leí cómo Luzbel le declaraba a Caín cómo era éste, Caín, inmortal, es cuando empecé con terror a pensar si yo también seré inmortal y si será inmortal en mi odio. “¿Tendré alma –me dije entonces –, será este mi odio alma?”, y llegué a pensar que no podría ser de otro modo, que no puede ser función de un cuerpo un odio así. Lo que no había encontrado con el escalpelo en otros lo encontré en mí. Un organismo corruptible no podía odiar como yo odiaba. Luzbel aspiraba a ser Dios, y yo, desde muy niño, ¿no aspiré a anular a los demás? ¿Y cómo podía ser yo tal desgraciado si no me hizo tal el creador de la desgracia?
»Nada le costaba a Abel criar sus ovejas, como nada le costaba a él, al otro, hacer sus cuadros; ¿pero a mí?, a mí me costaba mucho diagnosticar las dolencias de mis enfermos.
»Quejábase Caín de que Adah, su propia querida Adah, su mujer y hermana, no comprendiera el espíritu que a él le abrumaba. Pero sí, sí, mi Adah, mi pobre Adah comprendia mi espíritu. Es que era cristiana. Mas tampoco yo encontré algo que conmigo simpatizara.
»Hasta que leí y releí el Caín byroniano, yo, que tantos hombres había visto agonizar y morir, no pensé en la muerte, no la descubrí. Y entonces pensé si al morir me moriría con mi odio, si se moriría conmigo o si me sobreviviría; pensé si el odio sobrevive a los odiadores, si es algo substancial y que se transmite; si es el alma, la esencia misma del alma. Y empecé a creer en el Infierno y que la muerte es un ser, es el Demonio, es el Odio hecho persona, es el Dios del alma. Todo lo que mi ciencia no me enseñó me enseñaba el terrible poema de aquel gran odiador que fue lord Byron.
»Mi Adah también me echaba dulcemente en cara cuando yo no trabajaba, cuando no podía trabajar. Y Luzbel estaba entre mi Adah y yo.
»¡No vayas con ese Espíritu!” –me gritaba mi Adah. ¡Pobre Antonia! Y me pedía también que le salvara de aquel Espíritu. Mi pobre Adah no llegó a odiarlos como los odiaba yo. ¿Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? ¡Ah! si hubiera sido capaz de quererla me habría salvado. Era para mí otro instrumento de venganza. Queríala para madre de un hijo o de una hija que me vengaran. Aunque pensé necio de mí, que una vez padre se me curaría aquello. ¿Mas acaso no me casé sino para hacer odiosos como yo, para transmitir mi odio, para inmortalizarlo?
»Se me quedó grabada en el alma como con fuego aquella escena de Caín y Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a través de mi pecado y la miseria de dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal era mi alma. Ese odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento y que sobreviviría a mi muerte. Y me sobrecogí de espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. ¡Y yo que tanto me había reído de la creencia en él! ¡Era el Infierno!
»Cuando leí cómo Adah habló a Caín de su hijo, de Enoc, pensé en el hijo, o en la hija que habría de tener; pensé en ti, hija mía, mi redención y mi consuelo; pensé en que tú vendrías a salvarme un día. Y al leer lo que aquel Caín decía a su hijo dormido e inocente, que no sabía que estaba desnudo, pensé si no había sido en mí un crimen engendrarte, ¡pobre hija mía! ¿Me perdonaras haberte hecho? Y al leer lo que Adah decía a su Caín, recordé mis años de paraíso, cuando aún no iba a cazar premios, cuando no soñaba en superar a todos los demás. No, hija mía, no; no ofrecí mis estudios a Dios con corazón puro, no busqué la verdad y el saber, sino que busqué los premios y la fama y sr más que él.
»Él, Abel, amaba su art y lo cultivaba con pureza de intención, y no trató nunca de imponérseme. No, no fue él quien me la quitó, ¡no! ¡Y yo llegué a pensar en derribar el altar de Abel, loco de mí! Y es que no había pensado más que en mí.
»El relato de la muerte de Abel tal y como aquel terrible poeta del demonio nos lo expone, me cegó. Al leerlo sentí que se me iban las cosas y hasta creo que sufrí un mareo. Y desde aquel día, gracias al impío Byron, empecé a creer…
(opus. Cit. Págs. 55-58)  
                                                             

IX
"La tía Tula", novela escrita en
1907 y publicada en 1921.
Unamuno escribe a los 56 años la que sería una de sus novelas más conocidas, “La tía Tula”. El autor comienza presentándonos a Rosa y a Gertrudis (Tula), dos de los personajes principales de la obra. Son y hermanas y sobrinas de don Primitivo, un sacerdote que las ha criado desde que las muchachas quedaron huérfanas siendo aún muy niñas. Rosa es como su nombre, todo el atractivo suelto en el vergel de la vida misma; Gertrudis, con sus ojos de luto y su alma apasionada y virginal, encierra en su corazón un manojo de sentimientos donde la ternura y la maternidad soterrada conviven como dos monjas a la espera de un coro de niños. Ramiro, un muchacho que llevaba el alma toda a flor de los ojo, llega a ser novio y esposo de Rosa. Gertrudis incita a los jóvenes novios a que contraigan matrimonio. Ramiro acepta, aún a sabiendas de la atracción que Gertrudis ejerce sobre él. El matrimonio marcha bien, Rosa tiene tres hijos que también son los de Gertrudis, porque ésta los cuida y ama como si fueran suyos. La tragedia cae sobre la familia cuando Rosa fallece al alumbrar su tercer hijo.
              
“¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la tarde terrible del combate último. Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la pobrecita niña que desfallecía de hambre se lo permitió, sirviendo medicinas inútiles, componiendo la cama, animando a la enferma, encorazonando a todos. Tendida en el lecho que había sido campo de donde brotaron tres vidas, llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cogida de la mano a la mano de su hombre, del padre de sus hijos, mirábale como el navegante, al ir a perderse en el mar sin orillas, mira al lejano promontorio, lengua de la tierra nativa, que se va desvaneciendo en la lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo miraban sus ojos, desde el borde de la eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y parecía aquella mirada una pregunta desesperada y suprema, como si a punto de partirse para nunca más volver a tierra, preguntase por el oculto sentido de la vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de  acongojado reposo, decían: “Tú, tú, que eres mi vida; tú, que conmigo has traído al mundo nuevos mortales; tú, que me has sacado tres vidas; tú, mi hombre, dime: ¿esto, qué es?” Fue una tarde abismática. En momentos de tregua, teniendo Rosa entre sus manos, húmedos y febriles, las manos temblorosas de Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de voz: “¡No, despertarle, no! ¡Que duerma, pobrecillo! ¡que duerma…, que duerma hasta hartarse, que duerma!” llególe por último el supremo trance, el del tránsito, y fue como si en el brocal de las eternas tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a él, a su hombre, que vacilaba sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire; y luego, con ellos le sondeó el fondo del alma y, soltando su mano, cayó en la cama donde había concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los dos; Ramiro, aturdido, con el corazón acorchado, sumergido como en un sueño sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dormía el niño. Gertrudis fue quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir y arropar al niño dormido, y a trasladarle en un beso la tibieza que con otro recogió de la vida que aún tenía sus últimos jirones sobre la frente de la rendida madre.
Pero ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía haberse muerdo viviendo en él, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se dormía solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía a su lado el ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una congojosa sensación de vacío. Y tendía la mano, recorriendo con ella la otra mitad de la cama, apretándola algunas veces. Y era lo peor que, cuando recogiéndose se ponía a meditar en ella, no se le ocurrieran sino cosas de libro, cosas de amor de libro y no de cariño de vida, y le escocía que aquel robusto sentimiento, vida de su vida y aire de su espíritu, no se le cuajara más que en abstractas lucubraciones. El dolor se le espiritualizaba, vale decir, que se le intelectualizaba, y sólo cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando entraba Gertrudis.”

                             (págs. 56-57)    


Antes de morir, Rosa le había pedido a Ramiro y Gertrudis que se casen para que se mantenga vivo el hogar familiar. Gertrudis, ya ausente su hermana, pide a Ramiro un año de plazo para tomar una decisión; para cuando ya las almas se hayan sosegado y sean dueños de sus actos. Tula está enamorada de Ramiro, pero ella ha querido ser la tía Tula, virginal siempre, madre espiritual de los hijos de Rosa y de Ramiro, y aún de ellos mismos, fundamento de su hogar clave de una convivencia que ella ha creado y a la que se consagra. Pero el diablo de la carne desvela a Ramiro, quien no tarda en caer en tentación. Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salía mucho de casa; pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El secreto estaba en él, en el hogar. Y a la fuerza de paciente astucia logró sorprender miradas de conocimientos íntimos entre Ramiro y la criada de servicios, Manuela, una hospiciana de diecinueve años, enfermiza y pálida, de un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante sin saber por qué temblaba, llamábale “señora”. Ramiro quiso hacer que le llamase “señorita”. Para Gertrudis, a quien las medias tintas no convergen con su forma de ser, sencilla e imperiosamente, hace que Ramiro se case con la muchacha, para que su nuevo hijo tenga padre y madre, y ser ella madre espiritual para todos. Cuando Manuela va a dar a luz a su segundo hijo, que será una niña, Ramiro cae enfermo y muere. Gertrudis no renuncia a nada; en ella perdurarán los que se han ido, a los que quiere hacer según viviendo en la casa. Corrieron unos años apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar, en el que nada de bienestar se carecía, una íntima luz espiritual de serena calma. Apenas si había que pensar en el día de mañana. Y seguían en él viviendo, con más dulce imperio que cuando espirando llenaban con sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis con qué fraguarlo. Ramiro y sus mujeres de carne y hueso. Manuela también había muerto ya. Dios le había quitado la vida de un beso, posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran formando el cielo azul sobre los labios, azulados por la muerte de la pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así. De continuo hablaba Gertrudis a los cinco huérfanos. “¡Mira que te está mirando tu madre!” o “¡Mira que te ve tu padre!”. Eran sus dos más frecuentes amonestaciones. Y los retratos de los que se fueron presidian el hogar de los tres. Los niños, sin embargo, íbanlos olvidando. Para ellos no existían sino en las palabras de mamá Tula, que así la llamaban todos. Los recuerdos directos del mayorcito, de Ramirín, se iban perdiendo y fundiendo en los recuerdos de lo que de ellos oía contar a su tía. Sus padres eran ya para él una creación de ésta. Tula se dedica a los huérfanos con ímpetu, sobre todo, a Manolita, la última la que no hubiera nacido de no haber obligado a Ramiro a casarse con Manuela, la niña que no ha tenido madre, la que criará a su imagen y que será en el futuro la sucesora de Tula en la familia. También centra su atención en Ramirín, al que quiere y pretende salvar de la ley general de los hombres y que cuando sea mayor sepa elegir no a una Rosa, sino a una Gertrudis como ella, es por ello que prepara su matrimonio con Caridad. Y cuando Tula hubo lleva a Caridad a su casa, como esposa de su sobrino, es a ella a quien confía sus confidencias: la obligó, ya desde un principio, a que la tutease y le llamase madre; y le recomendaba que cuidara sobre todo de Manolita: la más mansa, tranquila y medrosa. Tula envejece y enferma, pero aún saca fuerzas para dirigirlo todo en la casa, hasta el día en que Dios decide llevarla a su lado.


“Luego llamó a todos, y Caridad entre ellos.
-Esto es, hijos míos, la última fiebre, el principio del fuego del Purgatorio… 
-Pero qué cosas dices, mamá…
-Sí; el fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego…, el Infierno es de hielo y nada más que de hielo. Se me está quemando la carne… Y lo que siento es irme sin ver, sin conocer, al que ha de llegar…,  o a la que ha de llegar…, o a los que han de llegar…
-Vamos, mamá…
-Bueno, tú, Cari, cállate, y no nos vengas ahora con vergüenza… Porque yo quería contarlo todo a los que me llaman… Vamos, no lloréis así… Allí están… los tres…
-Pero no digas esas cosas…
-¡Ah!, ¿queréis que os diga cosas de reír? Las tonterías ya nos las hemos dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer esto como se hace en los libros…
-Bueno, ¡no hables tanto! El médico ha dicho que no se te deje hablar mucho.
-¿Ya estás ahí tú, Ramiro? ¡El hombre! ¿El médico, dices? ¿Y qué sabe el médico? No le hagáis caso… Y, además, es mejor vivir una hora hablando que dos días más en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Además, así me distraigo, y no pienso en mis cosas…
-Pues ya sabes que el padre Álvarez te ha dicho que pienses ahora en tus cosas…
-¡Ah!, ¿ya estás ahí tú, Elvira, la juiciosa? Conque el padre Álvarez ¿eh?..., el del remedio…, ¿Y qué sabe el padre Álvarez? ¡Otro médico! ¡Otro hombre! Además, yo no tengo cosas mías en qué pensar…, yo no tengo mis cosas… Mis cosas son las vuestras… y las de ellos…, las de los que me llaman… Yo no estoy ni viva ni muerta…, no he estado nunca ni viva ni muerta… ¿Qué? ¿Qué dices tú ahí, Enriquín? Que estoy delirando…
-No, no digo eso…
-Sí has dicho eso; te lo he oído bien…, se lo has dicho al oído a Rosita… No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas de Manolita. Pues si deliro…, ¿qué?
-Que debes descansar…
-Descansar…, descansar…, ¡tiempo me queda para descansar!
-Pero no te destapes así… 
-Si es que me abraso… Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo…, y él, el otro, Ramiro… Sí, son dos, él y ella, que estarán ahora abrazaditos al calorcito…
Callaron todos un momento. Y al oír la moribunda sollozos entrecortados y contenidos, añadió:
-Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que hayáis de hacer, pensadlo muy bien… que nunca tengáis que arrepentiros de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho… Y si veis que el que queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros, echaos a salvarle…, que no se ahogue él allí… o ahogaos juntos… en el albañal; servidle de remedio, sí, de remedio…; ¿que morís entre légamo y porquerías?, no importa… Y no podréis ir a salvar al compañero volando sobre el ras del albañal porque no tenemos alas, no, no tenemos alas…, o  son alas de gallina, de no volar…, y hasta las alas se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él… No, no tenemos alas, a lo más de gallina…, no somos ángeles…, lo seremos en la otra vida…, ¡donde no hay fango ni sangre! Fango hay en el Purgatorio, fango ardiente, que quema y limpia…, fango que limpia, sí… En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con fango…, sí, con fango… Les queman con estiércol ardiente…, les lavan con porquería… Es lo último que os digo, no tengáis miedo a la podredumbre… Rogad por mí, y que la Virgen me perdone.
Le dio un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos. Entró luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de otoño cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan los álamos –sanguíneo su follaje también –que velan a sus orillas.”         
(págs. 123-125)  


    
X
Retrato de Unamuno acompañado
de su familia.
Cuando penetramos en la intimidad de Unamuno percibimos un aroma a hogar, a paz, a tranquilidad alimentada por una familia bien constituida. “La mujer, dice don Miguel, sea madre, novia, esposa, hermana o hija nuestra, es siempre nuestra madre, es un espíritu, serenador que apacigua nuestras tormentas”. Un hombre de crisis profundas, sumergido constantemente en angustias, anhelos y torbellinos, tenía que tener unas islas a las cuales aferrarse en sus mares borrascoso. “Al amor a la lumbre” es un soneto que nos ofrece a un Unamuno cautivado en el calor del hogar. Junto al fuego, frente a los leños crepitantes de un castaño milenario, el escritor bilbaíno lee su “Odisea”, tan citada en muchos de sus textos, mientras se oye la lluvia que fuera de la casa gotea sobre los chopos. Acostumbrado a la lectura, ésta lo ayuda a conciliar el sueño:


AL AMOR DE LA LUMBRE
Dulcissim vanus Homerus.
SAN AGUSTIN (Confesiones) 

Al amor de la lumbre cuya llama
como una cresta de la mar ondea.
Se oye fuera la lluvia que gotea
sobre los chopos. Previsora el ama
supo ordenar que se me temple la cama
con sahumerio. En tanto la Odisea
montes y valles de mi pecho orea
de sus ficciones con la rica trama,
preparándome al sueño. Del castaño
que más de cien generaciones de hoja
criara y vio morir cabe el escaño
abrasándome el tronco con su roja
brasa me reconforta. Dulce engaño
la ballesta de mi inquietud afloja.”


Su amor a la familia, con un consumado respeto y fidelidad a la mujer que pregonó en no pocas ocasiones, nos pintan a un hombre hecho para la monogamia. Su catolicismo vasco y la influencia del “krausismo” (sistema filosófico ideado por el alemán Krause), ardientes defensores de los derechos de la familia y de la dignidad de la mujer, parecen haber calado hondo en don Miguel. También se percibe en él cierto desprecio hacia el “donjuanismo” de los caballeritos de la época; ese “donjuanismo” del que se mofa Machado en su “Retrato”

“Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido – ya conocéis mi torpe aliño indumentario –, y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”.


En otro soneto que lleva por título “Dulce silencioso pensamiento”, encontramos un cuadro familiar y hogareño; el poema se inicia con un epígrafe – tomado de un verso de Shakespeare –. Como afirma José Onrubia de Mendoza, “Estos poemas familiares, en los que a veces puede encontrarse una ligera nota paisajista, explican también la afición que sentía Unamuno hacia los poetas hogareños regionales del último cuarto del siglo XIX, como José María Gabriel y Galán y Vicente W. Querol, a quienes siempre elogió”. La influencia del poema de Shakespeare sobre el de Unamuno queda limitada al comienzo del primero, lo cual queda en evidencia al leer el primer verso del texto original que dice textualmente:

“When to the sessions of sweet silent thought”


Comparemos ambos poemas (recurriré al texto del soneto de Shakespeare, en la traducción de Manuel Mujica Lainez “Sonetos” (Editorial Lozada, S.A., Buenos Aires, 1964)
            
“Cuando en sesiones dulces y calladas
hago comparecer a los recuerdos,
suspiro por lo mucho que he deseado
y lloro el bello tiempo que he perdido,

la aridez de los ojos se me inunda
por los que envuelve la infinita noche
y renuevo el plañir de amores muertos
y gimo por imágenes borradas.

Así, afligido por remotas penas,
puedo de mis dolores ya sufridos
la cuenta rehacer, uno por uno,
y volver a paga lo ya pagado.

Pero si entonces pienso en ti, mis pérdidas
se compensan, y cede mi amargura”


Apreciemos ahora el de don Miguel:

DULCE SILENCIOSO PENSAMIENTO
Sweet silent thought.
SHAKESPARE (Sonnet XXX)
             
En el fondo, las risas de mis hijos;
yo, sentado al amor de la camilla;
Heródoto me ofrece rica silla
del eterno saber, y entre acertijos  

de la Pitia venal, cuentos prolijos,
realce de la eterna maravilla,
de nuestro sino. Frente a mí, en su silla,
ella cose, y teniendo un rato fijos
mis ojos de sus ojos en la gloria,
digiero los secretos de la historia,
y en la paz santa que mi casa cierra,

al tranquilo compás de un quieto aliento,
ara en mí, como un manso buey la tierra,
el dulce silencioso pensamiento.”


Pedro de Mugica Ortíz de Zárate,
amigo y confidente de Unamuno.
Era algo frecuente en los miembros de la generación del 98, nacidos en las afueras y cautivados de Castilla, la alusión a su comarca natal y a la tierra Castellana, bien para oponerlas ya para hablarnos del paso de una a la otra como sucede ahora con Unamuno. Los escritos de Unamuno que tocan de cerca o de lejos a España son constantes. Hay algunos que se remontan a 1885, cuando el autor no ha cumplido aún los veintiún años. Algunos de estos artículos fueron publicados en su libro “De mi país”, en donde encontramos una curiosa poesía inspirada en el concepto de Patria que tenía el autor. Para Unamuno la patria es la “patria sensitiva” (por oposición a la intelectiva o aun sentimental); esa patria es el ámbito de la niñez, esa que nos hace evocar nuestros recuerdos más tiernos: los de los hermanos y los padres; los de los amigos y los abuelos; los escolares y todos aquellos que marcan nuestra existencia para siempre. La poesía a la que hice mención se titula “Niñez” y fue publicada, como dice el autor, “en una de esas revistillas de jóvenes que duran lo que una flor”. El soneto decía así: 

Vuelvo a ti, mi niñez, como volvía
a tierra, a recobrar fuerzas, Anteo,
cuando en tus brazos yazgo en mí me veo;
es mi asilo mejor tu compañía.

De mi vida en la senda eres el guía
que me aparta de torpe devaneo;
purificas en mí todo deseo,
eres el manantial de mi alegría.
Siempre que voy en ti a buscarme, nido
de mi niñez, Bilbao, rincón querido
en que ensayé con ansia el primer vuelo,

súbeme de alma a flor mi edad primera
cantándome recuerdos, agorera,
preñados de esperanza y de consuelo.”  


Muchas veces, Unamuno sintió el afán de fijar un momento concreto de su vida con una precisión curiosa. Anotemos algunos: “En el tren, de Bilbao a Salamanca, frente a Orduña, 20-IX-10”, se lee como acotación de algún poema suyo. “Será luna nueva el 1 de diciembre, dentro de seis días”, 18-XII-1929; en una acotación a un poema publicado en su “Diario poético”, leemos: “El 1-6-1930 visitó el lago de San Martín de Castañeda en Sanabria, y en cuyo lecho yace sumergida, según la leyenda, la villa de Valverde de Lucerna; encabezando otro poema del mismo libro, con una dosis tanática, leemos: “Después de la muerte de mi Concha (15-V-34), clara alusión al fallecimiento de su entrañable esposa, Concepción Lizárraga. Algunas acotaciones tienen una intimidad extrema: “Hoy, 24 Nov. 1929, bautizan a mi primer nieto, Miguel Quiroga”… Otras veces, un epígrafe puede estar reflejando un estado de ánimo, o la solidaridad de pensamiento con algún otro escritor, como es el caso que se da con Francisco de Quevedo, de quien habla en un poema publicado en Cancionero y que precede con un epígrafe citando una sentencia del autor de “Vida del Buscón”: “La misma tristeza inventa por sí misma muchos motivos de sentimiento”, sentencia 44. En un soneto, “De Vuelta a Casa”, entramos una acotación interesante: “Al salir de Bilbao, lloviendo, el 20-IX-10”. Indagando en su agitada vida descubrimos que en esa fecha Unamuno deja Bilbao para marchar a Salamanca. Van a comenzar los exámenes finales y se avecina un nuevo curso. Hace años que el bilbaíno es rector de Salamanca. Su nombramiento en 1901 cayó, al decir de H. Benitez, “Con tanto escándalo del claustro como júbilo del alumnado”. ¿Qué produjo tanto malestar entre sus compañeros de universidad? Sus Ensayos, sus artículos en la prensa, sus conversaciones de toda hora y su ausencia absoluta de la iglesia, en una sociedad tan religiosa como Salamanca tenía que ser como una espina incómoda en la garganta de muchos. La reacción de gran parte de la juventud estudiantil, un tanto rebelde y desconforme por lo general, vio con gran complacencia su llegada a la rectoría: Un hombre que hacía ostentación de su insubordinación, de su marginación de la despreciable “masa” y de su autodeterminación de pensar. Esa Salamanca que tantas alegrías y satisfacciones le había dado, también sería la de sus desgracias. En 1914 don Miguel escribía en periódicos extranjeros no pocos artículos donde el rey Alfonso XIII quedaba mal parado. Esta joyita de monarca se vio inmiscuido en varios escándalos políticos. Acorralado y falto de apoyo político, favoreció el golpe de Estado del general Primo de Rivera, el cual asumió el gobierno en setiembre de 1923. Los ucases de Unamuno contra este gamberro estaban bien justificados. Pero un tirano es tirano siempre y no le caben razones ni críticas, por lo que Alfonso XIII condenó a seis años de cárcel y multa de mil pesetas, nada de lo cual cumple, por haber sido condonada la pena. El ministro e Instrucción Pública, Bergamín, lo priva del cargo de rector de la universidad salmanticense. Este hecho truncó el viaje que tenía proyectado Unamuno a América. Veamos el poema “De Vuelta a Casa”

DE VUELTA A CASA
Al salir de Bilbao, lloviendo, el 20-IX-10.
Desde mi cielo a despedirme llegas
fino orvallo que lentamente bañas
los robledos que visten las montañas
de mi tierra y los maíces de sus vegas.

Compadeciendo mi secura riegas
montes y valles, los de mis entrañas,
y con tu bruma el horizonte empañas
de mi sino y así en la fe me anegas.

Madre Vizcaya, voy desde tus brazos
verdes, jugosos, a Castilla enjuta,
donde fieles me aguardan los abrazos

de costumbre, que el hombre no disfruta
de libertad si no es preso en los lazos
del amor, compañero de la ruta.   


En los primeros cuatro versos nos topamos con una bella y profunda nota paisajística: la tierra de Vizcaya se encuentra bañada por una lluvia menuda (orvallo) que forma una especie de bruma sobre las poblaciones de robles y sobre las vegas. Como poeta es que es, Unamuno siente su espíritu invadido también por esa ligera bruma, impidiéndole percibir con claridad las cosas que lo rodean e incluso el destino que le aguarda. Más adelante, en el primer terceto, canta al tránsito de Vizcaya a Castilla, dos tierras queridas por el poeta. También la alusión a la satisfacción y el amor que lo aguardan en su hogar, algo tan primordial para un hombre como él para sentirse gozosamente libre. Es destacable la forma como Unamuno encabalga los versos 1, 2 y 3 y con la finalidad de darle continuidad a la descripción.

Decíamos que penetrar en la intimidad de Unamuno es conocer al hombre en su profundidad. La relación con su madre, doña Salomé Jugo, fue una afinidad profunda y serena. Su amor hacia su madre fue más allá del discurso, fue una relación de ternura; su madre es su isla de reposo cuando sobre su espíritu se empoza la duda. Su madre es el sedante para sus extravíos espirituales. Doña Salomé, con su sola presencia, es el catalizador que regresa al poeta a su infancia y su cristianismo católico. ¿Quién sino su madre fue quien lo empapó de religión cuando niño? En una carta a Mugica le confiesa la deuda religiosa para con su madre:

“Aunque no creamos en el Hombre-Dios, aunque consideremos la vida del Cristo como una hermosa leyenda, llevamos todos, creyentes y no creyentes, la obra secular del cristianismo en la conciencia, la hemos heredado y la vivimos. Yo, hoy por hoy, no creo en dogma alguno religioso, pero siempre recordaré con cariño lo que me dio de chiquillo alimento al espíritu, las doctrinas que han formado mis costumbres… Debo a la religión de mi madre lo mejor que tengo y no sé burlarme ni despreciar lo que me ha hecho hombre…”
(6 de mayo de 1890) 


Por eso doña Salomé estará ante él siempre viva; cuando el hijo vuelva los ojos hacia atrás, buscando serenidad, paz, auxilio para su alma en constante turbulencia, ella permanecerá como un monolito presta a auxiliar al hijo en desvarío. En 1928, desde Hendaya, Unamuno escribe:

“Fui educado por mi madre viuda en la más íntima y profunda piedad cristiana y católica; yo… he refrenado mis labios toda mi vida y a diario, para mantener en mi vida mi santa niñez, con el Ave María”.


Cuando muere doña Salomé el discurso del hijo se mantiene sereno, guardándose las corrientes tormentosas de dolor para los momentos de soledad y privacidad.

El otro ser, femenino, que marcará la vida de don Miguel de Unamuno es doña Concepción Lizárraga a quien el escritor vasco conociera a los catorce años: sin peligro de caer en una visión huachafa y romántica, podemos decir a boca llena, la honda significación que para un hombre debe tener este hecho. Porque doña Concepción es parte de Unamuno; parte de su espíritu y de su carne. Mientras vivió su mujer, ésta fue para Unamuno un campo de fecundo pensamiento, un lago inagotable donde flota una gran parte de su existencia. En las cartas a Pedro de Mugica encontramos abundantes y bellas frases acerca de su novia-esposa:

“Sólo deseo ganar con qué traer a mi casa a mi pobre novia. Usted sabe qué duro es ganar dando lecciones privadas, sujeto a un programa y un método extraños y casi siempre disparatados, dependiendo de cualquier maestro oficial, sin iniciativa, sin gusto. Tengo pendientes oposiciones a griego (al que me dedico mucho) y a metafísica, mientras lleguen veré de vivir para mí y para ella. Le repito a usted que es un carácter bendito, en nada parecida a otras muchas. La pobre quedó huérfana de muy joven y ha visto la vida; aún no hace mucho perdió todas las noches durante dos meses por cuidar a su abuelo, que le idolatraba y que murió sin querer recibir más cuidados que los de su nieta. Y ahora está en Tudela acompañando a un tío que quedó viudo con 5 niños pequeños. Se alegrará de saber que he hallado en usted un nuevo solaz y nuevo consuelo”.


          (en Bilbao, a 6 de mayo de 1890)


Unamuno y Concepción Lizárraga
En otra carta, en la que habla de Concepción, también Unamuno muestra la faceta del hombre justo y agradecido, a raíz de un pedido de libro que le hizo a Mugica:

“Querido amigo: Le doy mil gracias por el Slevers, pero debo suplicarle me indique el precio, a pesar de lo que en su carta me dice. Bien sé yo lo que es franqueza y cómo y cuándo debe usarse de ella; le agradezco infinito su buena voluntad, pero usted, poniéndose en mi caso comprenderá que me obliga con su fineza a no volver a molestarle con pedidos semejantes, pues no gusta a nadie ser gravoso. Si usted quiere que le vuelta a dar la no pequeña molestar de enviarme alguna obra, que aquí es tan difícil adquirirlas y hacerlas venir de ahí, déjese de eso y dígame el precio del libro. (…) A mi novia que es lo que más quiero y la que pongo sobre los cielos y la tierra; a mi novia, que me representa en el pasado muchos años de recuerdos y en el porvenir muchos más de esperanzas; a mi novia, que desde que tengo uso de razón llena mi vida, la quiero así, no sé cómo decirlo, analíticamente, y perdone usted lo bárbaro de la expresión. Con ella gasto especie de observaciones y experimentos psicológicos, estudio sus hechos, sus palabras, sus cartas, sus gestos, los anoto, los comparo y gozo en ella”.

                    (en Bilbao, 4 de junio de 1890)  


La amada comienza a absorber sus pensamientos; fuera de sus estudios nada hay más importante para Unamuno que Concepción Lizárraga. Mugica es el amigo íntimo que, a través de una comunicación epistolar ininterrumpida, se hace confesor de la felicidad amorosa que vive su amigo.

“Mi muy querido amigo: Voy a contestar a sus dos últimas cartas. Ahora resulto más ocupado, porque mi novia vino hace tres días de Tudela a Guernica y haré frecuentes viajes a ésta. Ayer mañana, día de Santiago (fiesta en España), fui a Guernica; he llegado esta mañana para dar hoy, sábado, mis lecciones y mañana, domingo, saldré de aquí a las 7 de la mañana para llegar allí a las 8 y media y volver el lunes por la mañana. Voy allá todos los días de fiesta, es mi mayor sedativo, el calmante de mis berrinches. Tiene un carácter hermosísimo, más hermoso que sus ojos, que es la más alta ponderación. La pobre se ha educado en la escuela de la desgracia, huérfana a los 12 años, más tarde con sus abuelos, enfermera de su abuelo, recibiendo disgustos de sus hermanos y siendo en su casa la verdadera administradora. Y todo alegremente, siempre la he conocido de buen humor, un buen humor espontaneo y sin artificio. Ahora fue con un tío que quedó viudo con cinco hijos pequeños, y el pobre, afectadísimo, me decía que gracias a ella lo ha podido pasar, que ha llevado la alegría a su casa. Es imposible, absolutamente imposible hallar una muchacha que con la instrucción disparatada y deficientísima de nuestras españolas de la clase media, viviendo en un pueblecito y haciendo vida de casa, tenga más perspicacia, mejor juicio, más penetración y más gusto. Lee lo que yo le elevo, lo comprende, razona su gusto, y sobre todo tiene el corazón más sencillo y más entero que se puede hallar. Es una niña (no por su edad) alegre, parece un canario o un jilguero, y sin un átomo de desenvoltura. Juega con sus primitos que le quieren con delirio, les entretiene y lleva el peso de la casa”.


              (en Bilbao, a 26 de julio de 1890)


Gracias a estas cartas conocemos no sólo los sentimientos de Unamuno a doña Concepción sino también sus arrebatos, sus manías, sus temores y tantos otros “fantasmas” tan propios del hombre de talento y de acción. ¿Pero que vería doña Concepción Lizárraga en ese hombre de rostro de lechuga? A Salvador de Madariaga se debe uno de los mejores retratos escritos que se conservan del escritor vasco: “Grande, ancho de espaldas, huesudo, de pómulos salientes, nariz aguileña, barba gris, tez del color de los hematites que Bilbao arranca de su seno para venderlas a precio de oro en los mercados del mundo, bajo su gran frente agresiva se destacan sus ojos en unas órbitas profundas, ojos que miran intensamente al mundo a través de unos anteojos que parecen enfocar el objeto como microscopio; tiene la expresión de un combativo, pero es, por nobles combates, por otros premios que los del siglo, hacia los cuales manifiesta su desprecio mediante la elección de trajes oscuros, encegueciendo, incluso, ese triángulo de blancura que los hombres arreglan sobre sus pechos para los instantes frívolos e insignias de la vanidad y describiendo escasamente un trazo de cuello blanco para concluir de dar al conjunto una apariencia sacerdotal”.
(Salvador de Madariaga, citado por Lenka Franulic en “Cien autores contemporáneos”)


En una carta a Mugica don Miguel, el que era tan trabajador e impetuoso en sus estudios, no estaba libre de sus “ataques de pigricia”:

“Mi buen amigo: Vergüenza debiera darme tomar la pluma para contestar a usted después de tres cartas recibidas. Si usted conociera el estado de mi espíritu estos días lo comprendería y acaso lo disculparía; me ha atacado una pertinaz hipocondría con una tendencia a la pereza casi invencible; no hago nada, no estudio nada, nada trabajo y me consumo en las ansias de un paso que no me resuelvo a dar. Es cosa la más terrible este carácter tímido e irresoluto que me gusta en imaginar sin objeto, en deliberar, en proyectar y en no hacer nada. Mi casa parece una tumba, hace ya bastante tiempo que apenas hablo una palabra y hay empeñada una lucha sorda y triste de la que yo tengo toda la culpa. Es la lucha entre mi madre y yo a quien reventara a hablar antes; ella sabe lo que yo quiero, pero, yo no encuentro jamás decisión para abrir la boca. Mi pobre novia que es la que sufre todas mis cosas y la que aguanta las peores consecuencias de mi abulia (aboulía o como usted quiera), está en Bermeo, he estado allí a verla. No encuentro energía en mí más que para proseguir mis estudios sobre la guerra civil y el carácter de este mi pueblo; alterno esto con mi obligado estudio del griego. De filología ni una palabra, ni pizca, hace tiempo que lo tengo olvidado. La guerra civil es mi salvación, ella mi saca de la apatía, me sacude un poco y es con mis visitas a la pobre Concha lo único que me alivia”.


                   (en Bilbao, a 1 de setiembre de 1890)


A medida que el tiempo transcurre, Concepción se irá convirtiendo en lo imprescindible, en la fuerza creadora, en el ser que lo protegerá de las crisis espirituales que lo aquejarán en el futuro.

“Ni por ahora, ni por nunca, ni puedo, ni quiero, ni debo dejarlo. Ella es lo primero, ante todo y sobre todo, y si me exigiera el sacrificio de mis estudios favoritos lo haría, si para alcanzarla pronto tuviera que quemar mis apuntes de todas clases, mis notas, mi tesoro, la labor de tantos años de reclusión y meditación terca, los quemaría. Ella representa para mí 12 años de vida,  doce que hace la conozco, los sueños y los anhelos de 12 años, día tras día; en fin, es toda mi vida y lo mejor de ella”.

                        (en Bilbao en 1890)   


En 1897, año en que había aparecido su primera novela, “Paz en la guerra”, recuerdos de la guerra carlista, de la que, en su infancia, fue testigo, Unamuno entra en una severa crisis espiritual. Trata de recuperar la fe perdida y vuelve a las prácticas de la infancia. El doctor Areilza decía que la crisis religiosa puso a Unamuno “a las puertas de la Santa Eucaristía con carácter casi patológico”. En marzo, de 1897, después de una noche de llanto, buscó refugio en el convento dominicano de San Esteban, y en él permaneció en retiro durante tres días. Esta crisis inspiró su ensayo Nicodemo, el fariseo, la primera de unas Meditaciones que no llegó a terminar. En una nueva carta a su amigo Federico Urales le dice que lo que realmente ha vuelto es… al cristianismo llamado protestantismo liberal, y cita como sus inspiradores a algunos alemanes y franceses, acentuando el nombre del teólogo evangélico, filósofo y predicador alemán, Friedrich Schleirmacher. Enfrentado a su propia muerte, Unamuno clama por un Padre que lo salve, o por una Madre que se apiade de él. Es en su libro “Como se hace una novela” donde Unamuno escribe al respecto:

“Mi verdadera madre, sí. En un momento de suprema, de abismática congoja, cuando me vio en las garras del Ángel de la Nada, llorar con un llanto sobrehumano, me gritó desde el fondo de sus entrañas maternales, sobrehumanas, divinas, arrojándose en mis brazos: “¡hijo mío!”. Entonces descubrí todo lo que Dios hizo para mí en esta mujer, la madre de mis hijos, mi virgen madre, que no tiene otra novela que mi novela, ella mi espejo de santa inconsciencia divina, de eternidad”.
(Miguel de Unamuno: “Cómo se hace una novela”; “Obras completas”, Ed. Afrodisio Aguado, Madrid, 1961, tomo X, págs. 884-885)     


Unamuno aprende a conocerse más a medida en que conoce al prójimo. El conocimiento del prójimo se funda en el de mí mismo, pero en el de mi vida real, en sus actos que apuntan a realidades distintas de mí. Eso es la gravitante. En “Cómo se hace una novela” apunta Unamuno:

“Yo quiero contarte, lector, cómo se hace una novela, cómo haces y has de hacer tú mismo tu propia novela. El hombre de dentro, el intrahombre, cuando se hace lector, contemplador si es viviente ha de hacerse lector, contemplador del personaje a quien va a la vez que leyendo, haciendo; creando; contemplador de su propia obra. El hombre de dentro, el intra – hombre – y éste es más divino que el tras-hombre o sobre – hombre nietzscheniano –, cuando se hace lector hácese por lo mismo autor, o sea actor. Cuando lee una novela se hace novelista; cuando lee historia, historiador – y todo lector que sea hombre de dentro, humano, es, lector, autor de lo que lee y está leyendo. Esto que lees aquí, lector, te lo estás diciendo tú a ti mismo y es tan tuyo como mío. Y si no es así es que ni lo lees”.
                (op. cit., pág. 801)


Unamuno con su esposa y sus ocho hijos.
Los hijos, ocho en total, fueron para Unamuno una preocupación constante. La salud, alimentación, educación es una inquietud que don Miguel tendrá presente en todo momento; gracias a las cartas a Pedro de Mugica podremos tomar algunas notas de esa intimidad. Una tragedia se cierne sobre los Unamuno-Lizárraga: el nacimiento de un niño hidrocefálico, el tercero de los hijos, Raimundo Jenaro. Pero no adelantemos. Los sentimientos paternales, hondos, responsables y permanentes, se revelaron desde el momento en que fue padre por primera vez.

“Querido amigo: El día 3, a las 5 y media de la mañana, me dio mi mujer mi primer hijo. El parto fue felicísimo, así es que tanto ella como el niño siguen perfectamente bien… Ayer le bautizaron y le pusimos por nombre Fernando, que era el del padre de mi mujer, su abuelo materno. Me parece que le criará su madre. Ya me tiene V. padre. Espero que el niño me proporcione motivos de nuevas y más sutiles observaciones y de reflexiones más profundas.”


     (Carta a Pedro de Mugica, Bilbao, 5 de agosto de 1892)


El nacimiento de su hijo parece disipar las sombras de las crisis que lo rondan siempre. El niño crece y don Miguel narra a su amigo la emoción y la ternura que lo embarga. El niño recibe el nombre de Fernando, ya lo dice don Miguel en su carta:

“Querido amigo: He perdido ya la cuenta del tiempo que hace escribí a usted y hasta hoy no me ha dado fe de vida. Conste que no soy yo el perezoso (…) con estos trabajos, el Poema [del Cid] y mi clase de griego se me va el tiempo sin sentir, añadiendo el obligado e imprescindible paseo de 3 a 5 o 5 y media que por nada ni nadie dejo. (…) Mi niño está hermosísimo, más colorado que un tomate, de un humor excelente, parrandero incansable y mal hallado no siendo bajo el techo del campo libre. Aun no come nada; hace días cumplió los 6 meses. Mientras mi mujer se encuentre tan sana y bien como hoy y tenga, como tiene, leche abundante y a juzgar por el resultado buena, no tengo empeño en que coma”.

     (Carta a Mugica en Salamanca, 9 de febrero de 1893)

El entusiasmo por el hijo nacido lo lleva a confesiones íntimas propias entre familiares muy cercanos; la alta consideración a Pedro de Mugica lo lleva a convertirlo en su frecuente confesor, así le dirá en una carta:…

“Mi niño [Fernando] coloradote, alegre como unas castañuelas, todo el día al aire. Me alegro siga la suya tan bien. A su señora mis respetos, a la niña un beso. Sabe cuánto le quiere su amigo”

     (Carta a Mugica, Salamanca, 6 de marzo de 1893)


La espiritualidad de don Miguel lo llevó siempre a asumir la paternidad como algo divino, como un encargo que Dios otorga a quienes sienten que están llamados a su servicio. En su “Diario Íntimo” recogemos esta oportuna reflexión:

“Así como puso Dios deleite en la procreación y la nutrición para que hagamos de grado lo que por deber no haríamos, puso deleite de vanagloria en los trabajos de arte y ciencia para que los llevemos a cabo. Mas así como aquel deleite carnal, aquella concupiscencia, es causa de la muerte de muchos, así es causa de muerte este deleite espiritual, cuando se nutre de soberbia del espíritu. ¡Feliz quien cría hijos puesta su mira en la gloria y servicio de Dios, y feliz quien esparce sus pensamientos para gloria del Señor y bien del prójimo!”


                   (Cuaderno 1, apartado 13)


Unamuno conjuga su trabajo intelectual con el cuidado de su hijo. La experiencia paterna es algo indescriptible para aquel hombre rodeado siempre de libros, muchas veces en diferentes lenguas. Cuando su júbilo estalla es Pedro de Mugica el destinatario de sus emociones pueriles:…

“Si usted viera ¡qué hermoso tengo al niño! [Fernando] ¡Cómo abre los ojos para ver los árboles de Dios, que ya han brotado, qué gritos da cuando se ve al aire libre, bajo el techo de la tierra libre! Esos gritos son una oración, una verdadera oración, ¡un himno poético!”


              (Carta a Mugica, Abril de 1893)


Lo más mínimo en el acontecer del pequeño Fernando es anotado cuidadosamente en sus misivas a Mugica. El 11 de agosto de 1893 escribe, que el pequeño “anda fastidiado”, “con sus dientes y estos tremendos calorazos que tenemos estos días”. Un hombre reflexivo como Unamuno no podía escapar a la inquietud que despierta el pensar en el futuro del hijo amado. Es algo natural en todo padre, pero en don Miguel la preocupación va hasta los más mínimos detalles: la educación que se impartirá al pequeño Fernando, su educación social, etc.:

“… Y pensar que a esta alma humana – expresa –, porque es una verdadera alma humana, podría estropearla entre maestro y maestrillos. Créame V., no ha de ir a colegio ni escuela, no. yo le enseñaré todo, volveré a aprenderlo. Lo malo es que así se priva de la educación social, de la que adquieren en el roce y trato con sus compañeros. Sobre todo hay que cuidarse mucho estos primeros años, los creo de una acción inmensa sobre la vida. Así como creo poco en la herencia psicológica de cualidades meramente individuales, pues conforme éstas son menos específicas son más inestables, creo mucho en la acción de las primeras impresiones, de ese torrente que entra por los sentidos cuando el cerebro y la razón se están haciendo, que moldea el lecho del alma, que forma el empavesado de su último fondo, lecho, sobre el cual rodará más tarde el flujo, de las impresiones fugitivas. Lo que vemos de niños, de uno, de dos, de tres y de cuatro años, y lo olvidamos, vive, vive y alienta, y aunque no se muestra con color y contornos en nuestra conciencia, obra más eficazmente que las ideas claras. Hay que tener mucho cuidado en los tres o cuatro años primeros. Cuántos no tienen desgracia más grande que llevar en lo hondo del alma al coco, a ese repugnante coco.” 


                (Carta a Mugica el 2 de abril de 1893)


Después de Fernando vino Pablo. Ambos muchachos crecen y se desarrollan dentro de una total normalidad. La familia aumenta y don Miguel debe ingeniárselas para sacar adelante a la familia económicamente.

“Querido amigo: Vamos con usted. Ahora sí que puedo decirle sin que sea metáfora ni excusa que estoy agobiado de trabajo. A mi cátedra, mis lecturas y trabajos en telar se une la tarea de traducción, de la que me dan constante labor y a la que saco de 10 a 12 pesetas diarias. Ahora estoy traduciendo del alemán los “Estudios Acerca de las Literaturas Española y Portuguesa” de Fernando Wolf. Me darán por ello unos 3,000 reales. Amigo, hay que ingeniarse porque la familia aumenta. En efecto, el día 13 de enero dio a luz mi mujer un niño, mi segundo hijo, al que llamamos Pablo. Fue un parto felicísimo, cuando llegó el médico el niño estaba fuera. Madre e hijo, sin complicación alguna y con toda normalidad, se encuentran en excelente estado”.

            (Carta a Mugica, en Salamanca, 1 de febrero de 1894)


La tristeza se posará en los Unamuno-Lizárraga durante seis años. El 7 de enero de 1896 nace un tercer hijo a quien llamarán Raimundo Jenaro. En los primeros meses empiezan a aparecer los síntomas de una hidrocefalia. Unamuno, un hombre de íntegra fe, confía por un tiempo en una recuperación milagrosa; el pasar de los meses y los años lo llevará por el camino de la resignación.

“Querido amigo: Pocas temporadas para mí tan de tarea y de contratiempos a la vez como la que estoy pasando. He estado unos días con alteraciones en la vista a consecuencia de la congestión crónica de la retina en que consiste mi miopía; gracias a Dios estoy ya bien. Y a esto algo que añadir el que a mi tercer hijo, el que nació a primeros de enero, se le ha declarado una hidrocefalia. Hasta hoy es pequeño el aumento de la cabeza y parece que la enfermedad se ha detenido; no se le cierra, sin embargo, la fontanela ni se le encajan y sueldan las suturas de los frontales y parietales, y está muy atontado y sin muestras de atención. Usted sabe cuan escasas son las probabilidades de cura y como no es el peor resultado la muerte sino que ésta se dilata años que son años de imbecilidad e idiotismo para el pobre niño. Oímos, sin embargo, casos de curación y mamá me escribía que estuvo así de niño Gorostiza el médico, el cual ha sanado y no ha sufrido lo más mínimo en sus facultades mentales, antes bien es inteligente como usted sabe. Con esta desgracia hemos estado mi mujer y yo sin ganas para cosa alguna”.

                 (Carta a Mugica, de febrero de 1896)  


El estado de desolación e incertidumbre se ha apoderado de Unamuno, hay otros hijos que atender, y el enfermo no puede captar la atención permanente de sus padres. Nadie como don Miguel conoce los escollos y los sinsabores que la vida nos depara a veces. Hombre de lucha, en su vida interior como exterior, Unamuno seguirá en la brega a pesar de las vicisitudes y contra toda adversidad por más dura que sea esta.

“Querido amigo Mugica: Encalmada un poco la avalancha de los exámenes, la gran lata, voy a escribir a usted. Estos días no me dejan en paz porque con eso del colegio de Deusto se descuelga por aquí medio Bilbao. Han dado en acompañar a los chicos sus padres, hermanos mayores o parientes y esto parece por estos días colonia bilbaína y yo cónsul. Desgraciadamente no creo suceda con mi niño lo que usted dice pues no es solo atontamiento sino hidrocefalia muy bien definida y diagnosticada. Hemos perdido toda esperanza que no sea la de una muerte redentora”.


          (Carta a Mugica en Salamanca, 3 de mayo de 1896)   

Don Miguel con su primer nieto,
hijo del poeta José María Quiroga
y Salomé Unamuno.
El pequeño Raimundo Jenaro vivió seis años, años que fueron para sus padres de preocupación, pena y desolación. El niño murió en 1902, perdida ya toda esperanza de curación. En una carta a Pedro Mugica, comunica a éste la noticia trágica. Lo que parece frialdad encierra seguramente la resignación de un padre que vivió un calvario; un hombre que tuvo que soportar un camino de angustia diaria, un sendero anegado de piedad y lágrimas.

“Por fin la muerte tuvo piedad de nosotros, y nos llevó hace cosa de 15 días, al pobre niño hidrocéfalo e imbécil. Ahora nos quedan seis sanos, robustos y alegres. Estoy enseñando alemán a unos amigos y compañeros”.


     (Carta a Mugica en Salamanca, el 9 de diciembre de 1902)



XI
Se ha discutido mucho sobre la calidad poética de Unamuno; una cosa es cierta, tanto llegó  a apasionarse por el género poético que terminó prefiriendo sus poesías a toda su demás obra. No lo atraían los versos de sonsonete, en uno de sus Ensayos decía: “El consonante me repugna, me parece un artificio de música tamborilesca, de hotentotes o de bachuanas”. Haciendo una directa alusión a Leopoldo Lugones escribió: “No se debe tolerar que un virtuoso de la métrica, en vez de darnos poesía, nos dé juegos malabares de rima, como un pianista prestidigitador en vez de darnos música venga a lucir la agilidad y destreza, de sus manos”.

Ya el 19 de abril de 1928, Unamuno escribe un poema donde la mofa contra la rima es evidente.
              
“¿QUE DE QUÉ SIRVE la rima?
Unas veces de tarima
para alzarse; ya de lima;
cabos sueltos enracima;
ya nos eleva a la cima;
ya nos sumerge en la sima,
si hay poema que redima,
muchos más hay en que gima;
encadenada si mima
la vacuidad, mas si anima
a hurgar en la legua opima
al vagabundear oprima,
que al fin nos encauza y prima
mejor libertad. Estima
lo que ley de forma ultima.
Quien a buen árbol se arrima…”
(en “Cancionero”, Diario poético, (1928-1936); 1953)


Pero, don Miguel no escapó a la tentación y se cuentan por cientos sus versos rimados, con rima consonante y difícil, buscada de propósito para que el verso no cante. Veamos algunas pesquisas:


               I.      Con rima consonante

“Oh Señor, Tú que sufres del mundo
sujeto a tu obra,
es tu mal nuestro mal más profundo
y nuestra zozobra.

Necesitas uncirte al infinito
si quieres hablarme,
y si quieres te llegue mi grito
te es fuerza escucharme.”
(Salmo III, en… “Poesías” (1907))


“Macizas ruedas en pesado carro,
al eje fijas, rechinante rima,
con que trabajo llegas a la cima
si al piso se te pone algún guijarro
(“Soneto a la rima”, en… “Poesías” (1907))


“Vuelvo a ti, mi niñez, como volvía
a tierra a recobrar fuerzas Anteo,
cuando en tus brazos yazgo, en mí me veo,
es mi asilo mejor tu compañía
(“Soneto a la niñez”, en… “Poesías” (1907))


“Tranquilos ecos del hogar lejano,
grises recuerdos del fugaz sosiego,
suaves rescoldos de apacible fuego,
cansada ante ellos, tiémblame la mano
(“Soneto XVII”, en… “De Fuerteventura a París” (1925))


              II.      Con rima asonante

Mira, amigo, cuando libres
al mundo tu pensamiento,
cuida que sea ante todo
denso, denso. (…)

Dinos en pocas palabras
y sin dejar el sendero,
lo más que decir se pueda,
denso, denso
(“Denso, denso”, en… “Poesías” (1907))


“Corral de muertos, entre pobres tapias
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz en el desierto campo
señala tu destino.

Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar tras humantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas los rumores vanos.

Como un islote en junio
te ciñe el mar dorado
de la espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.

Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón ¡pobre corral de muertos!
y sienten en sus huesos el reclamo
del riesgo de la vida.”
(“En un cementerio de lugar Castellano” (fragmento), en… “Andanzas y   visiones españolas” (1922)).


             III.      Versolibrismo
¿Arte? ¿Para qué arte?
Canta, alma mía,
canta a tu modo…,
pero no cantes, grita,
grita tus ansias
sin hacer caso alguno de sus músicas,
y déjales que pasen,
¡son los artistas!
Redondas conclusiones
quieren los pobres;
tú busca, busca sin descanso, busca
donde no encuentres.
(“Caña Salvaje” (fragmento), en… “Rimas de dentro” (1923))  
              

“Tu cuerpo de hombre con blancura de hostia
para los hombres es Evangelio.
dieron sus cuerpos los helenos dioses
de la rosada niebla del Olimpo
para la vista en pasto de hermosura,
regocijo de vida que se escurre;
mas sólo tú, la carne que padece,
la carne de dolor que se desangra,
a las entrañas nos la diste en pábulo,
pan de inmortalidad a los mortales.
¡Tú eres el Hombre-Dios, hijo del Hombre!
(“Ecce Homo” (fragmento), en… “El Cristo de Velásquez” (1920)). 


            IV.      Con rima forzada
AGRANDA la puerta, padre, – porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños, – yo he crecido a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta, – achícame, por piedad;
vuélveme a la edad bendita – en que vivir es soñar.
Gracias, padre, que ya siento – que se va mi pubertad;
vuelvo a los días rosados – en que era hijo no más.
Hijo de mis hijos ahora – y si masculinidad
siento nacer en mi seno – maternal virginidad.
14-III-1928 
(en… “Cancionero”)


SUPER FLUMINA BABYLONIS
ES EL DESTIERRO mi tierra, – donde llueve manso orvallo
sin duro sol de justicia – en la mocedad del año.
Es el destierro mi patria, – junto a la mar que cantando
va la verdad escondida – sin palabras, sin engaños.
De un sauce de la frontera – he recogido estos cantos,
dormían en su follaje, – brisa de la mar brizábalos.
Junto a este río que corta – como una daga a los largo
el corazón de Vasconia, – mi tierra de mayorazgo.
Es el destierro mi tierra, – donde llueve manso orvallo
sin duro sol de justicia –en la mocedad del año.

                               31-III-1928
(en… “Cancionero”)



Estatua de Unamuno, en Salamanca:
la casa del regidor Ovalle Prieto.
El saber de la muerte, al decir de Julián Marías, es buscado siempre por Unamuno, por todas las vías imaginables; y trata de previvirla desde después, e incluso desde la eternidad divina, inmortal; por eso se detiene en la muerte de Cristo, para encontrar imaginativamente el punto de apoyo de la divinidad y ver desde él la muerte humana:

“Sólo quedaste con tu Padre – solo
de cara a ti-, mezclasteis las miradas
– del  cielo y de tus ojos los azules –,
y al sollozar la inmensidad su pecho,
tembló el mar sin orillas y sin fondo
del Espíritu y Dios, sintiéndose hombre,
gustó la muerte, soledad divina.
Quiso sentir lo que es morir tu Padre,
y sin la Creación vióse un momento
cuando doblando tu cabeza diste
al resuello de Dios tu aliento humano.
¡A tu postura gemido respondía
sólo a lo lejos el piadoso mar!”
(“El Cristo de Velázquez”, segunda parte, II)


La espera de la muerte, la realidad de una cita inevitable, la incertidumbre de no saber cuándo ha de llegar lo que tiene que llegar, se revela, se hace sentir en el poema “Vendrá de noche”. La muerte está implícita en el poema, el autor no la nombra, cada verso construye el ámbito de su llegada, la inminencia de su arribo, el inevitable encuentro entre la vida que se va y la muerte que llega. El verso anafórico “Vendrá de noche” es una letanía insistente que nos indica esa llegada que nadie quiere, “encuentro del que nadie quiere hablar”. Unamuno descree de la “nada”. Muerte es ya no existir, privación de la razón, del pensamiento, del sentimiento. Unamuno se aferra a la permanencia, a la inmortalidad ¿A la resurrección, temática ontológica a la que tantas horas y páginas ha dedicado? Parece ser que sí. Unos versos finales abren una abertura a esta suposición. La alusión a la “calma” y las dos suspensiones de los dos versos finales parecen confirmarlo:
             
“Vendrá de noche sin hacer ruido,
se apagará a lo lejos el ladrido,
vendrá la calma…
vendrá la noche…”

Veamos el poema para tener una visión panorámica de su contenido:

“¿Vendrá de noche, cuando todo duerma;
vendrá de noche, cuando el alma enferma
se emboce en vida;
vendrá de noche, con su paso quedo;
vendrá de noche, y posará su dedo
sobre la herida.
Vendrá de noche, y su fugaz vislumbre
volverá lumbre la fatal quejumbre;
vendrá de noche,
con su rosario; soltará las perlas
del negro sol que da ceguera verlas,
¡todo un derroche!
Vendrá de noche, noche nuestra madre,
cuando a lo lejos el recuerdo ladre
perdido agüero;
vendrá de noche, apagará su paso
mortal ladrido, y dejará al ocaso
largo agujero…
¿Vendrá una noche recogida y vasta?
¿Vendrá una noche maternal y casta
de luna llena?
Vendrá viniendo con venir eterno;
vendrá una noche del postrer invierno…,
noche serena…
Vendrá como se fue, como se ha ido
– suena  a lo lejos el fatal ladrido –,
vendrá a la cita,
será de noche mas que sea aurora;
vendrá a su hora, cuando el aire llora,
llora y medita…
Vendrá de noche, en una noche clara,
noche de luna que al dolor ampara,
noche desnuda;
vendrá…, venir es porvenir…, pasado
que pasa y queda y que se queda al lado
y nunca muda…
Vendrá de noche, cuando el tiempo aguarda,
cuando la tarde en las tinieblas tarda
y espera al día;
vendrá de noche, en una noche pura,
cuando del sol la sangre se depura
del mediodía.
Noche ha de hacerse en cuanto venga y llegue,
y el corazón rendido se le entregue,
noche serena,
de noche ha de venir… ¿él, ella o ello?
De noche ha de sellar su negro sello,
noche sin pena.
Vendrá de noche, la que da la vida,
y en que la noche al fin el alma olvida,
traerá la cura;
vendrá la noche que lo cubre todo
y espeja al cielo en el luciente lodo
que lo depura.
Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,
su negro sello servirá de broche
que cierre al alma;
vendrá de noche sin hacer ruido,
se apagará a lo lejos el ladrido,
vendrá la calma…
vendrá la noche…”
(citado en… “Miguel de Unamuno”, Julián Marías; Espasa – Calpe Argentina, S.A., Segunda edición, 1951, págs. 127-128).


Unamuno ha creído encontrar en la muerte de Cristo nuestra liberación, en ese sacrificio sobrehumano está la permanencia de nuestra conciencia tras la muerte.


XI
PAZ EN LA TIERRA
¡YA ESTÁS EN PAZ, LA DE LA MUERTE, AMIGO!
Tú que a traernos guerra descendiste
a nuestro mundo, guerra creadora,
manantial de deseos desmedidos,
huracán de las almas que levantan
como olas sus ahíncos con la tema
de anegar las estrellas en su seno;
guerra con Dios, como Jacob cuando iba
en busca de su hermano, pues padece
fuerza la gloria; guerra que es la base
del que ansía la paz; guerra que es gloria.
Sólo en tu guerra espiritual nos cabe
tomar la paz, tu beso de saludo;
sólo luchando por el cielo, Cristo,
vivir la paz podremos los mortales.
Pero tu paz, Hermano, y no el embuste
que como tal da el mundo, hasta aquel día
en que el león con paja se apaciente,
y anide el gavilán con la paloma,
porque guerra de paz fue tu pasión.


XIV
ARROYO – FUENTE
COMO UN ARROYO AL SOL TU CUERPO BRILLA,
vena de plata viva en la negrura
de las rocas que ciñen su encañada;
las aguas corren y el caudal es uno
sobre el alma del cauce duradero.
Nos bañamos en Ti, Jordán de carne,
y en Ti de agua y de espíritu nacimos.
De tu haz en el cristal –ondas de plata-
de la paloma el blanco vuelo vemos:
sus alas se confunden con las ondas,
pareciendo volar en lo profundo
del lecho de tus aguas. Tú bautizas
con Espíritu Santo y nos sumerges
en la mar increada, que es luz pura.
La visión del espíritu en tu pecho
se espeja, y a nosotros su paloma,
blanca lengua de fuego, como copo
vemos que nieva desde tu regazo.
Eres, Jesús, cual una fuente viva
que canta en la espesura de la selva
cantares vírgenes de eterno amor.


"El Cristo de Velázquez",
obra de Unamuno de carácter
religioso, publicada en 1920.
“El Cristo de Velázquez”, poemario extenso, fue gestado por su autor por el año 1913. Ya en 1917 tenía Unamuno terminado el extenso poema (el libro excede los dos mil quinientos versos), pero la búsqueda de una intensidad expresiva llevaba al autor a retocarlo constantemente y a añadirle nuevos parágrafos. Una lectura del poema en El Ateneo de Madrid hizo que se hablara del poema mucho antes de que saliera de la imprenta. Leyó durante más de una hora sin añadirle a los versos la menor apostilla. Fue aplaudido como siempre, pues, el vasco leía con gran magnificencia. El lienzo del Cristo Crucificado de Diego Rodríguez Silva Velázquez da pe a este extenso y orgánico poema, que rehúye una lógica que lleve a ubicarlo en los escalafones tradicionales de la retórica. El poema es como una brazada de meditaciones en torno a la imagen del “Cristo Crucificado” del lienzo del pintor sevillano. El extenso poema nos hace recordar los inmortales diálogos de Marcelo, Sabino y Juliano en torno a la miseria humana y del origen de su fragilidad, que es del pecado, en el libro “De los nombres de Cristo” de Fray Luis de León. Así como Fray Luis a través de sus personajes citados expone uno de los nombres de Cristo (Pimpollo, Fazes o Cara de Dios, Camino, Pastor, Monte, Padre del siglo futuro, Brazo de Dios, Rey de Dios, Amado, Jesús y Cordero) y señala los principales lugares bíblicos en que tal nombre se emplea, y desarrolla después las cuestiones que se contienen en tal nombre o se derivan de él, así Unamuno, siguiendo la pauta gráfica del lienzo de Velázquez, va desentrañando el sentido religiosos de Corona, Cabeza, Rostro, Melena, Ojos, Brazos, Nariz, Orejas, Hombros, Mejillas, Pecho, Manos, Índice de la diestra, Llaga del Costado, Rodillas, Verija, Vientre, Pies, Frente. Esto se da en la tercera parte.


IV
Mi amado es blanco…
CANTARES, V, 10

Questo occhio vede in quella bianchezza
tucto Dio e tucto uomo, la natura
divina uñita con la natura umana.           
(SANTA CATERINA DA SIENA:
“Libro della Divina Dotrina”,
capítulo CXI.)
              
¿EN QUÉ PIENSAS TÚ, MUERTO, CRISTO MÍO?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde alborea
El sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivifico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.
Que eres, Cristo, el único
Hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amargo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere,
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida, y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan,
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dio toda su sangre
porque las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo,
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡oh noche, madre de los blancos sueños,
madre de la esperanza, dulce Noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador.


El libro está dividido en cuatro partes: La parte primera 39 párrafos, la segunda de 14, la tercera de veintisiete y la cuarta de ocho. Todo el poemario está escrito en versos endecasílabos de rima libre y el final de cada párrafo encontramos un endecasílabo agudo. Este poema religioso de sobrecogedora belleza, se caracteriza por su bronquedad, por la frecuencia del concepto, la dureza de la expresión, características tan peculiares en don Miguel.

  X
LA VIDA ES SUEÑO
¿ESTÁS MUERTO, MAESTRO, O BIEN TRANQUILO
durmiendo estás el sueño de los justos?
Tu muerte de tres días fue un desmayo,
sueño más largo que los otros tuyos,
pues Tú dormías, Cristo, sueños de Hombre,
mientras velaba el corazón. Posábase,
ángel, sobre tu sien esa primicia
del descanso mortal, ese pregusto
del sosiego final de aqueste tráfago;
cual pabellón las blandas alas negras
del ángel del silencio y del olvido
sobre tus párpados, lecho de sábana
parda la tierra nuestra madre, al borde,
con los brazos cruzados, meditando
sobre sí mismo el Verbo. Y di, ¿soñabas?
¿Soñaste, Hermano, el reino de tu Padre?
¿Tu vida acaso fue, como la nuestra,
sueño? ¿De tu alma fue en el alma quieta
fiel trasunto del sueño de la vida
de nuestro Padre? Dí, ¿de qué vivimos
sino del sueño de tu vida, Hermano?
¡No es la sustancia de lo que esperamos,
nuestra fe nada más que de tus obras
el sueño, Cristo! ¡Nos pusiste el cielo,
ramillete de estrellas de venturas;
hicístenos la noche para el alma
cual manto regio de ilusión eterna!
Por Ti los brazos del Señor nos brizan
al vaivén de los cielos y al arrullo
del silencio que tupe por las noches
la bóveda de luces tachonada.
¡Y tu sueño es la paz que da la guerra,
y es tu vida la guerra que da paz!


     XVI
CORDERO
CORDERO BLANCO DEL SEÑOR, QUE QUITAS
los pecados del mundo y que restañas
la sangre de Caín con la que corre
de tu hendido costado, es mansedumbre
divina la blancura de tu cuerpo,
resignación la luz del foco ardiente
de tu fiel corazón: que eres hoguera
que a toda la ciudad de Dios alumbra.
Sobre tu cuerpo, ya arrecido, lágrimas
de tu madre la tierra han escarchado,
como el rocío que en vellones cándidos
del cordero arrecido en noche helada,
como el rocío que en el vellón que puso
Gedeón en la era, a Dios pidiéndole
señales en la lucha por su pueblo.
El vellocino tras el cual surcaron
los argonautas los remotos mares
más tenebrosos nos los dan tus manos
empapado en la sangre de tus venas,
y es vellocino de oro verdadero
que ni se gasta ni ladrón alguno
nos puede robar, ¡del oro puro
de tu sangre sin mancha, de que se hizo
con el fuego de amor la luz del sol!


Tumba de Miguel de Unamuno,
muere en 1936.
En “El Cristo de Velázquez” encontramos a Unamuno arrodillado ante el Cristo crucificado. El largo monologo del poeta esta sostenido por una emoción y un fervor religioso rayano en el fanatismo. El precedente de este poema fue otro inspirado en el Cristo yacente del monasterio de Santa Clara, en Palencia, “un Cristo lúgubre, impresionante, que es una momia humana estucada, puesta en vitrina sobre el ara o mesa de altar” (Onieva, 1964). En 1913 Unamuno escribía a su amigo, el poeta portugués Teixeira de Pascoaes: “A mí me ha dado ahora por formular la fe de mi pueblo, su cristología realista, y… lo estoy haciendo en verso. Es un poema que se titulará Ante el Cristo de Velázquez, y del que llevo escritos más de setecientos endecasílabos. Quiero hacer una cosa cristiana, bíblica… española”.
                         Wolfsschanze, Marzo – Octubre del 2014